Qué me vienen a hablar de Venezuela

febrero 14, 2019 at 11:47 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

A un país democrático se lo puede reconocer fácilmente: es el que no tiene empacho en mostrarse sometido a los designios e intereses de una potencia imperialista, colonial. Por oposición se puede reconocer a los países con regímenes totalitarios, antidemocráticos, fascistas y alineados a las fuerzas de Satán. De la misma manera debemos saber que el fraude electoral se produce cuando la mayoría no vota a los candidatos conservadores, cipayos, oligarcas y genuflexos ante la colonia. Un mismo sistema electoral puede dar a un ilegítimo usurpador del poder como a un gerente de empresas privadas que bien se lo merece. Igualmente, un delincuente detenido por golpista y por causar muchas muertes es considerado preso político, mientras que los presos políticos, en los países arrodillados ante el imperio, son tratados como delincuentes y asesinos. Sobran los ejemplos. Y por supuesto: libertad de expresión es cuando más del 80% de los medios de comunicación puede consensuar tranquilamente, y sin que disonantes voces los molesten, sobre qué y cómo hay que opinar en torno a los asuntos que para ellos son importantes.

Y tantas veces repitieron y mintieron sobre eso que al final la gente termina creyéndoselo. Incluso los mismos periodistas terminan creyéndoselo. Y a muchos les viene bien esa credulidad. Y unos mienten y otros repiten, y no les mueve en absoluto ser parte de esa farsa, de esa ficción. Y ahí están los que corean con aire cansado y reprobatorio que el tirano de Maduro rechaza la ayuda humanitaria. Y les es más fácil canturrear eso y amargarse en el estribillo que recordar lo que le pasó a Irak, a Libia, lo que le podría estar pasando a Siria, cada vez que Estados Unidos o Europa, tan consternados ellos por el ser humano universal, mandaron su “ayuda humanitaria”. O leer por ahí, en uno de esos medios tan desentonados (¡que menos mal que son pocos y no alcanzan ni el 20% del total!), que esa ayudita que les querían meter los antes mencionados era bastante miserable. Durante 2017 y 2018 los buenazos de EEUU y Europa mandaron una ayuda de 60 millones de dólares, siendo que el bloqueo que esa misma gentuza le hace a Venezuela es de 20 mil millones. Es decir que, dándole al pueblo venezolano un 0,3% de lo que le usurparon, estos desgraciados sienten no sólo el derecho sino la obligación de tener injerencia en su soberanía. Y usted me preguntará: “¿No estará usted exagerando?”; y yo le contestaré que basta con que un pelandrún de Estados Unidos, con un mediano poder en el dedo índice (pero que llega a hacer estragos con el mayor), pronuncie las palabras “Narcotráfico”, “Ayuda Humanitaria” o “Democracia”, para que el erario de ese país pase a solventar otra base militar más fuera de su territorio. Pero no sólo ese país y los de la comunidad europea. Por supuesto que hay corporaciones multinacionales que tienen un corazón enorme y se angustian notablemente ante un pueblo que sufre y que poco les importan esos mundanos bienes como el petróleo, el gas, el oro, los diamantes, el coltán, etcétera, etcétera.

Ahora imaginemos que un congresista norteamericano se sienta sobre la falda del monumento a Abraham Lincoln y se autoproclama presidente de su país. No pasarían cinco minutos sin que una certera bala arruinara y manchara de carmesí el traje del malogrado presidente (tanto el del viejo y marmolado, como el del nuevo y autoproclamado). A las 24 horas gran parte del mundo estaría repitiendo que el congresista no sólo era irrespetuoso con la memoria de ese país, sino que además era un despechado terrorista perteneciente a un comando palestino-venezolano-iraní entrenado en Nizhni Nóvgorod por la mismísima Viuda Negra. Y casi al unísono saldrán los lameculos de siempre a declarar que el sistema y la justicia funcionan, y por eso es importante que los más poderosos nos metan mano y administren nuestros recursos, nuestra justicia y nuestra soberanía.

Sin embargo, va un tipejo en Venezuela y desconoce el voto de más de seis millones de venezolanos, es decir el casi 68% del electorado, y tan tranquilo se autoproclama presidente. Diez minutos, una hora, dos días, una semana después el tipejo conserva su frente y su traje intactos. Otros igual de payasos (aunque estos sí elegidos) e igual de muy poco graciosos salen a reconocer su cargo.

Entre los primeros en salir a apoyar este desvarío, ¡faltaba más!, Estaba Trump. ¿Cómo no iba a estar entre los primeros si seguramente estaba al tanto de eso aun antes de que ocurriera? Y luego su séquito de impresentables: Bolsonaro, Piñera, el desleal Lenin Moreno, sus pares de Colombia, Perú, Paraguay y, por supuesto, el nuestro que, ¡pobre!, no entiende nada de lo que pasa: su país se incendia y él lo único que pretende es ser el hijo predilecto de Trump porque su padre, el verdadero, nunca dio un rublo por él. Y se pone a hablar de democracia cuando intenta proscribir por cualquier vía a Cristina, incluso mediante jueces y fiscales extorsionadores, y cuando su campaña electoral consiste en robar datos e identidades de la población, luego de haberles vaciado los bolsillos y la heladera. A su par, e hiperbólico nominal, francés también se le quema el país, y también sale a bancar este fantoche, al igual que el español. Ahora pregúntenle a este último qué es lo que está haciendo y cómo está obrando, no ante un tipejo, ante una marioneta caprichosa, sino ante un pueblo que desde hace años busca emanciparse de un Estado que lo oprime, y plantea una República independiente. Seguramente, y por corrección política, no contestará que cagándolos a palos y encerrando a sus referentes en condiciones infrahumanas. Asimismo el alfil de Estados Unidos en la OEA y otros igual de impresentables a los que también les demora en llegar la bala.

Hay algo en común en este tipo de personajes: son malcriados, mal aprendidos, caprichosos y maleducados como buen nene de papá. Y para mantenerse en su antojo contratan a un ejército inmensurable capaces de decir que el rey va vestido y sin sonrojarse aunque ande con el culo al aire. Y unos obedecen y repiten, y otros acatan y repiten, y un montón más repite. Porque hay que combatir el mal, y por eso tanto los unos como los otros van a la iglesia a rogar que una bala se estrelle en la frente del Papa porque no fue capaz de posicionarse a favor de una marioneta que decide ser presidente de un día para el otro sin elecciones, y sin aceptar el diálogo de paz que propone tanto su mandatario (el verdadero, el elegido) como gran parte del pueblo venezolano. Claro, me faltó especificar: diálogo es ese proceso donde el interlocutor escucha silenciosamente y sin interrumpir, las barbaridades de uno de estos especímenes, independientemente de si saben hablar y pueden articular una oración entera sin ponerse en ridículo. Y así como definen el diálogo definen una investigación periodística: si molesta y no coincide con el consenso de los medios que ocupan el 80% del mercado informativo (que son los que tapan o te hacen tapa), se trata de una operación planeada por un servicio de inteligencia ruso y cruento; pero hablar de bóvedas que se abren para adentro, imaginar un diálogo, desviar el tema, repetir lo que las agencias le mandan repetir o abundar en condicionantes sería periodismo independiente.

Cuidado con las palabritas, porque un usurpador, al parecer, nunca será aquél que invoque la injerencia extranjera, que permita que los buitres metan sus zarpas, en el cuerpo herido, pero no muerto de un país. Apoyado por los carroñeros internos que reconocen que de no ser así de serviles, tendrían que competir con gente bastante más capaz que ellos. Y al no tener más herramientas que una lengua ávida y desvergonzada, se verían en la obligación de tener que aceptar su inacabable mediocridad.

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Memorias de unas vacaciones

febrero 8, 2019 at 3:15 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Martes

Cuando vimos que alquilar un coche era apenas un poco más fácil que sensibilizar a Christine Lagarde, desistimos de nuestra aventura por los Valles Calchaquíes. La idea era ir lentamente, parando cada vez que nos diera la gana de hacernos los bucólicos, y pernoctar en distintos tramos del recorrido. Al final, y dado el inconveniente mencionado, decidimos pasar todas las noches en un solo lugar, tomando, además de no obviar el precio, la precaución de que el lugar no estuviera demasiado lejos, ni tan cerca que nos hiciera o permitiera volver ante cualquier eventualidad.

Foto: Brian Abán

La imposibilidad de alquilar un coche no fue del todo desafortunada, porque con auto teníamos planeado parar en campings… en carpas. Y conociéndome, nos hubiéramos pegado la vuelta al segundo día, y más teniendo en cuenta la facilidad con que el clima se daba a la lluvia. En resumen: tomamos un autobús que nos llevó a Trancas, en Tucumán, y de allí otro semi-urbano que nos alcanzó a San Pedro de Colalao. No mucho para reseñar, excepto que el conductor de este último trayecto, al principio, intentó o hizo algunas anotaciones mientras conducía y tuvo que encarrilar de golpe al vehículo en varias ocasiones, porque éste se iba para la banquina. Cuando terminó de anotar fue peor, porque para mí estaba a punto de quedarse dormido, pero como llevaba gafas de sol no podía cerciorar mi presunción. Cada tanto se acercaba algún pasajero invocando una parada próxima o preguntando por otra; esto lo mantenía despierto.

San Pedro de Colalao carece de algunos beneficios muy aptos para el goce de la buena burguesía. Pero también para los otros. Por ejemplo, hay un solo cajero que se queda sin efectivo en pleno fin de semana. Y luego, cuando vuelven a depositar dinero, es tal la demanda que se recalienta, y cada cierta cantidad de personas deja de funcionar hasta nuevo aviso; las colas son interminables. Los comercios tampoco tienen muy afianzado el uso de tarjetas, sean de crédito o de débito; algunos las aceptan según la hora del día. Suelen acusar a la caída del sistema pero a mí me suena a arbitrio o capricho. También es difícil conseguir una bolsa de hielo. Hoy ni en la gasolinera tenían. Esto se explica, quizá, fácilmente: no hay agua, la cortan cada dos por tres, o sale turbia por la crecida del río. Igual, lo de bañarse diariamente está sobreestimado.

Hoy, siendo el segundo día en San Pedro de Colalao, mientras buscaba cualquiera de esas cosas, agua, hielo, dinero, cortes de carne para asado, se frenó un auto cerca de mí. Ya me preparaba para decirle que no era del lugar, pero que ya tenía una idea de qué cosas jamás iba a encontrar aquí, cuando el conductor me preguntó si por casualidad no necesitaba un taladro. Estuve tentado en preguntarle si recibía tarjeta de débito, pero nomás le dije que gracias, pero que ya había venido con mi mujer.

Miércoles

En todo caso vacacionar no es más que cambiar el escenario del tedio; es cotizar el aburrimiento, pagarlo más caro (aunque mucha gente se empeñe en creer que es para descansar). Eso en caso de “salir de vacaciones” en el sentido de alejarse del hábitat cotidiano. Porque es verdad, en el inconsciente colectivo deambula la idea de que si uno no se distanció y gastó mucho dinero para convertir lo prescindible en algo vital, siente como si no hubiese salido de vacaciones. Pero si se pone atención, ese mismo uno que regresa de su “salida de vacaciones” siente como si no hubiese descansado.

Foto: Brian Abán

Cuando me desperté la segunda mañana (porque el primer día llegamos por la tarde), no había luz: la habían cortado. De haber estado usando el ventilador de techo lo habría notado más temprano, pero por suerte refrescó las dos primeras noches (y espero que así continúe, porque el ventilador de la habitación donde duermo (que es también comedor) tiene un foco agarrado de una manera que no debe ser la habitual, porque cuando lo encendí para probar, el foco comenzó a girar al compás de las paletas, golpeándose contra las paredes de la tulipa. Me pareció que eso ponía en riesgo la integridad del foco, hecho que me tendría que chupar un huevo, porque no había luz de todas formas, por lo que tampoco puedo poner a andar el ventilador.

Me desperté por la lluvia, y porque oí desde la ventana que tres personas debatían sobre la desaparición de un teléfono celular, ocurrida la noche anterior. Habían diferentes conjeturas. Se hacía hincapié en la negligencia del nieto del damnificado, de nueve años y díscola atención, pero aun así se ponía énfasis en que el aparato debía seguir dentro del predio del hospedaje. Desde mi cama los escuchaba como quien oye llover. Después de desayunar me preocupé e involucré en el hecho, porque nos habíamos relacionado, y de manera grata, con el hombre del celular, su mujer, la hija y el nieto (el principal responsable, pero el menos sospechoso). Revisamos el predio con cautela. Las cámaras de seguridad nos darían una referencia cercana, pero la luz no había vuelto aún. Se volvió a largar fuerte y nos quedamos charlando con esta gente en el quincho, de bueyes perdidos y de otros cornudos que gobiernan el país. En un momento, un chico (uno de los mellizos hijo de una de las tres personas conjeturantes), apareció con el hallazgo. Fue raro: lo encontró bajo la lluvia más intensa en un lugar que había sido revisado en varias oportunidades (como en el caso de Sergio). Mi santiagueño amigo se contuvo de mayores indagaciones. no culpo al niño, ¡ojo!, otras personas residen en el complejo, incluso los dueños y sus hijos y sus nietos (uno de los dueños era la tercera persona que debatía).

Pero bueno, apareció el cuerpo, pero no se resolvió el misterio y los culpables siguen impunes. Por la tarde fuimos al zoológico.

Jueves

Esta mañana se fue la vecina junto a sus hijos mellizos, con los que comimos un asado anoche. Hemos tomado la costumbre de trabar relaciones con gente que se va al día siguiente. Supongo que es una manera inconsciente de evitar excesos o abusos de confianza de cualquiera de las dos partes. Al igual que con la pareja anterior, con esta chica (la madre de los mellizos) también compartíamos puntos de vista similares en algunos aspectos y en la comprensión de eso que llamamos realidad. El hecho no es menor si tenemos en cuenta que coincidíamos con el periodo vacacional de nuestro presidente, circunstancia que hacía que nuestro ocioso status se viera legitimado por el cargo público de mayor importancia, coincidencia que, en realidad, carece de cualquier valor por dos razones: primero, porque es muy difícil no coincidir con los tiempos de holgazanería de ese vago inoperante; y segundo, porque nadie en su sano juicio debería coincidir en nada con el mentado, y a la vez innombrable, funcionario.

Es una pena porque mi nena, la más chiquita, había hecho buenas migas con uno de los mellizos, y la más grande con la madre. Por supuesto que es más fácil hacer amigos a edades tempranas. Por lo pronto he decidido ponerme a leer. Ante la suposición de que tendría harto tiempo libre me traje (o debó decir “me llevé”) tres libros. También está el mito que en vacaciones uno hará todas esas cosas que suele postergar por la rutina, pero la verdad es que no estoy leyendo un pomo y presumo que no alteraré esta inercia. El tiempo que tengo libre lo estoy dedicando casi enteramente a la inacción. Este modo de aparentar reflexión hizo que me centrara en un antiguo dolor de muelas (o de lo que queda de ellas: una fue una reparación hecha hace menos de tres años pero la perdí la semana pasada cuando un Sugus masticable de menta). El asado debió alentar la inflamación.

Ignoro cómo hacía las peregrinaciones este santo, pero llegó a la iglesia de San Pedro de Colalao. Al fin de cuentas son los ángeles los que no tienen sexo.

Aprovechando que el día estaba fresco y que no teníamos con quién jugar, fuimos a visitar la promocionada gruta de la Virgen de Lourdes. Nos habían mencionado la belleza del camino, la excelente imitación de su par en Francia debido al trabajo de un arquitecto traído especialmente de ese país. El camino es, como cualquier otro, un armado de cemento y arena u hormigón o lo que fuera que le ponen a los caminos, de dos o tres metros de ancho, ciento veinte de largo, con una pendiente de 45 grados, plagado de recomendaciones, directrices y obligaciones con el fin de no alterar el debido silencio en el que la virgen puede escuchar las plegarias que le dirigen (incluso recomiendan, en dos o tres oportunidades, “ir correctamente vestido”). El camino concluye en la imitación de la gruta francesa: otro bodoque de cemento de unos diez metros de alto con un gran agujero en la parte inferior a modo de cueva y una estatua de la virgen arriba a la derecha. Estoy rogando que nadie me pregunte qué me había parecido, porque será el momento en que empiece a hacer enemigos.

Para poner mi frustración y estafa en remojo, fui a la pileta con mi nena, la más chiquita. Ella volvió a hacer amigos. Al rato se metieron dos adultos más, que habían estado compartiendo unas cervezas y entablado una fructífera relación de vacaciones. La pileta no es olímpica, por lo que pronto me vi escuchando su conversación (aunque me pareció que entre ellos no se escuchaban). No sólo eso, sino que en varias oportunidades me dirigieron miradas con el fin de participarme. Yo me hice el que sin lentes no veía, independientemente de si ellos sabían o no que suelo usar gafas, me zambullí, salí de la pileta y fui a darme una ducha. No había hecho el duelo aún; no estaba preparado para una nueva relación.

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Memorias de unas vacaciones II

febrero 8, 2019 at 3:07 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Viernes

Esta gente defiende sus empanadas de la misma manera en que defiende a su virgen. Todas las provincias defienden sus empanadas como si fueran su escudo, su bandera. La empanada es un símbolo provincial, la gruta es más zonal. Como si la empanada midiese la importancia de una provincia a nivel nacional. Para el supuesto lector extranjero, convendría aclarar que una empanada es algo así como una cucharada de guiso envuelta en una masa circular cerrada en forma de medialuna, cocida al horno o frita, que varía según los ingredientes del guiso. Total, que el guiso es bastante parecido en Salta y en Tucumán, pero las empanadas tienen mayor aceptación a nivel comercial y nacional (también están bien posicionadas en el mercado internacional). Supongo que la cocina es como la tonada al hablar: su variación es proporcional a la distancia recorrida. Sin embargo, en Tucumán los tamales llevan pasas de uvas. Ese cambio brutal en la receta podría aceptarse recién a más de 700 kilómetros; pasando Córdoba, por decirlo de alguna manera; pero es inadmisible en un pueblo vecino.

Foto: Brian Abán

Hoy no salió el sol ni un poquito, más bien llovió todo el día. Estaba ideal para ponerse a leer, pero supe encontrar otras formas de no hacer nada. Por la mañana, tirando al mediodía, me enfrasqué en la búsqueda de un vino blanco que no fuera dulce o cosecha tardía. Lo bueno de utilizar la ajada frase “Me caminé todo el pueblo” es que en este caso no es motivo ni de exageración ni de victimismo ni de hazaña alguna. Al fin conseguí uno.

El dolor de muelas no fue el primero ni el único. El primer día, recién llegado, caminé descalzo hasta la pileta y me clavé una espina en el dedo gordo del pie izquierdo. No le di mayor importancia, pero me siguió molestando. Tuve la desgracia de comentarlo, además que no podía ver el lugar donde se alojaba la astilla. Esto se debía a dos razones que no conviene dejar pasar: una vista defectuosa y una elongación ligeramente más plástica que un caño de PVC. A la tarea se abocaron mis nenas. Esto fue el miércoles, la noche del asado. No sé aún, siendo viernes, si lograron sacar la espina, pero el agujero que lograron a su alrededor debería ser suficiente como para que la espina cayera sola. El dedo gordo me sigue doliendo.

Lo que sí se puede encontrar en el pueblo son humitas. Casa de por medio las venden; a la olla o en chala. Creo que hay un gran error en el estudio de mercado, y no entiendo por qué se empeñan en seguir posicionando sus empanadas, que gozan de pocas chances. Es como si la humita se diera todo el año, independientemente del choclo. Incluso deberían pensar en exportar la sobreproducción a provincias vecinas donde escasea. Ni hablar de Córdoba hacia abajo, que ni siquiera saben de qué se trata.

Otra cosa que se encuentra en el pueblo: una sala de juegos electrónicos de los de antes, juegos en los que yo solía pasarme las tardes hace tres décadas. El estado de las máquinas también acusa el tiempo pasado. En el Pac-Land perdí mis tres vidas en una pileta que antaño saltaba con ojos cerrados a causa del deterioro de la palanca. Otros personajes saltan y golpean con eficacia pero de pronto se quedan ancladosen algún lugar de la pantalla y no hay quién los saque.

Y en el predio donde se ensaya para la fiesta de la Virgen, a la que, ¡oh, aciago destino!, no podremos concurrir, se llevan a cabo ciclos de cine a la fresca. Está promocionado como autocine, pero tienen la delicadeza de poner sillas para la gente de a pie. La gente no lugareña que cae puntualmente, es decir, no muy antes, puede darse con que las sillas están todas ocupadas; algunas con un equipo de mate o víveres y bebidas, a modo de mesita; otras, sosteniendo los cómodos pies de alguien que acostumbra a ver películas de forma casi horizontal. A estas personas no parece importarles que otras tengan que sentarse en la húmeda (y pantanosa) tierra. Hoy vimos El Grinch. Después daban la de Queen. Desde donde escribo me llega el sonido, sobre todo cuando las canciones. Y si estiro un poco el cogote puedo captar la parte superior de la pantalla. ¡Y ahí va! Another one bites the dust.

Sábado

Hoy también llovió. Una lástima porque era nuestro último día. En realidad lo digo por mi nena, la más chiquita, que no pudo disfrutar la pileta hasta el final. Pero en verdad parece que mucho no le importó. Pasa que en la zona donde nos hospedamos las calles son de tierra, es decir, de barro. A mí me sirve porque potenciar el tedio hace que me duela un poco menos aceptar que ya se acaban las vacaciones. Igual nos queda una noche todavía.

Mis nenas decidieron cenar fideos con manteca. Imagino que ellas también desean multiplicar el hastío y el malestar para que el volver no cueste tanto. Yo opté por pedir media docena de empanadas. Supongo que quiero finiquitar de una vez por todas esta absurda competencia. Me habían dado el teléfono de un delivery, al que mandé un mensaje a las 19.19 horas. Sabiendo que la celeridad no es una de las virtudes de los habitantes del pueblo, y aprovechando el algo de luz diurna que aún quedaba, para certificar dónde pisaba, salí en busca de un plan B por los alrededores. Nada; sólo humitas y sánguches de milanesa.

Siendo las 20.28 horas comencé a hacerme la idea que tendría que embarrarme por una cena que no deseaba, no teniendo otra opción que una ensalada de cebollas. En ese momento mi nena, la más grande, me avisó que en el portón de entrada del recinto había unos niños ofreciendo empanadas. Por supuesto, le agradecí a nuestra patroncita, la Virgen de Lourdes. Un niño y una niña de no más de doce años solicitaban que anotara mi pedido en un papelito arrugado que llevaban. Anoté 6 de carne, 21.30 hs, Cabaña 2. Al entrar a la cabaña vi que tenía un mensaje del delivery. Hora del mensaje: 20.36. Le dije que en cualquier momento le decía algo. Pienso contestarle cuando llegue a Salta, total, no hay apuro.

Recibí las empanadas a las 21.23 horas. Saqué algunas conclusiones: a diferencia de las salteñas les falta cebolla de verdeo y les sobra comino; este último dato no se me podría escapar, porque todavía lo estoy repitiendo. También acostumbran acompañarlas con limón (como a las empanadas árabes) en lugar de salsa criolla; esto lo sospeché porque en el encargo no había salsa sino un trozo de limón que permaneció intacto.

Al día siguiente emprendimos nuestro retorno. No mucho para signar, además que correspondería a vivencias y emociones no encuadradas en esto que se dio en llamar Memorias de unas vacaciones.

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El idiota útil (u Otro intento por comprender una fracción de la clase media)

diciembre 30, 2018 at 7:35 pm (Los Otros, Uno que siempre es Otro)

¡HOLA! ¡Bienvenidos a una nueva edición de “TE BATO LA JUSTA”! Quien les habla y agradece su acompañamiento: Abelardo Areces. Esta semana abordaremos un tema que no por cotidiano y usual implique menos importancia, cuando no, una peligrosidad palpitante y latente; esta semana, dames y caballeres intentaremos indagar y profundizar en cómo reconocer a un idiota útil. La tarea no es simple, puesto que esta patología no presenta un rasgo mayoritariamente distintivo: puede adoptar cualquier forma, cualquier sexo, cualquier raza, cualquier religión, cualquier nacionalidad u oficio y profesión; a veces presenta un síntoma y otras un conjunto de tales tal que también confunde. Sin embargo, mi estimado público, no se frustre ni impaciente, que no tardará en reconocerlo… es más, es incluso probable y fáctico que, de lanzar una piedra a sus espaldas y aún con los ojos vendados, es imposible que le erre a uno. Le digo más: las piedras a la vera de un arroyo no serían suficientes para alcanzarlos a todos.

Pero no dilatemos más y entremos de lleno en el tema que nos compete: Cómo reconocer a un idiota útil (IU). Lo primero que hay que saber y aceptar es que el IU carece de voz propia, es un eco, una reverberación: un espacio hueco entre bodoques de piedra; una repetidora, es decir, un dispositivo empleado para amplificar una señal, cual sea que fuere que le hayan dado; un pedazo de madera antropomorfa sobre la pierna de un ventrílocuo anónimo; un androide que sangra y raya el mismo casete… El IU necesita sí o sí de una voz autorizada y legitimada para hacerle ver o creer a un tercero que él es capaz de esbozar una idea con criterio. Pero veamos un ejemplo: durante una época, y aún hoy los hay, alguna gente, gentecilla, gentuza se encargó de vociferar pestes sobre Messi. Está bien, veamos: es probable que a no todos nos guste un estilo de juego o de jugador, y estoy seguro que esta gente que critica a Messi indudablemente se emocionó y se emocionará hasta las lágrimas ante una muestra de ductilidad empapada en fantasía de Heinze, o una plasticidad artística de Hrabina, una exquisitez de Pepe, o una genialidad de galera de Nigel de Jong, y entiendo su visión del juego, pero de ahí a decir que Messi es un nadie, un pecho frío o lo que fuera es patearla bien a la tribuna. ¡Y claro!, no es que ellos piensen eso de uno de los mejores jugadores de fútbol de la historia. Al menos no por motu proprio. Sino que hay un tipo de prolija barba que así lo gritó en televisión, y que por algo calienta una silla en los honorables estudios de TyC Sports. Lo que no se detiene a pensar el IU es que ese periodista, panelista o tribunero tiene que llenar dos horas de programa sin ningún otro material que sus cuerdas vocales y las de sus compañeros. Y los habrá que en algún momento de sus vidas hayan pateado una pelota, pero en este momento sólo la rompen sin siquiera tocarla. Pero no ahondaremos en los profesionales de los medios, ya que hay que hacer un zapping por demás exhaustivo hasta dar con el canal y el horario justo donde no haya un IU. En todo caso, este tipo de idiota obtiene algún rédito. Pero volvamos al ámbito vecinal. Hay una prueba suficientemente eficaz para reconocer a uno de estos especímenes: invite usted, dame o caballere, a un IU en potencia, o a un sospechoso de serlo, a ver un partido de fútbol a su casa. No es necesario que juegue Messi. Atiéndalo con cordialidad, sea hospitalario, agasájelo y a la hora del partido ponga el televisor en mute. Si intenta alguna objeción invente cualquier excusa: diga que tiene que llamar a un técnico, que su hijo menor es sordo y que por comprensión y avenencia siempre lo hacen así o simplemente que los relatores y comentaristas de televisión le ponen los huevos al plato y no quiere arruinar esa hermosa velada que están compartiendo. Pronto verá que su eufórico vecino va cediendo al silencio, que se va quedando sin poder comentar y que, incluso, en un afán por mantener al personaje futbolero que lavaba su coche en el frente de casa, lanza cosas como: “¡Pasenselá al de negro… no ven que siempre está solo y nadie lo marca!”; o “Los únicos que pueden agarrar la pelota con la mano son los que tienen guantes… porque la pelota no se mancha”; seguramente balbuceará nombres al azar como quien no se sabe la letra de una canción pero intenta mostrar al resto su entusiasmo por la música. Desprovisto de una voz legitimada, recurrirá a recuerdos de comentarios antiguos, frases hechas, o reafirmará lo que opine alguien de la sala, y con más ahínco si ese alguien es médico o abogado, independientemente de si sabe o no sabe un sorcho de fútbol, pero si ha llegado tan lejos será por algo. Y usted o usteda dirá para provocarlo sin que él se dé cuenta: “Este es bueno, pero no hubo ni habrá un marcador de punta igual a Staedtler… Ni siquiera el armenio Pelikan, ni el ‘talanca’ Castell, ¡mire lo que le digo!”, y nuestro IU asentirá con gravedad en un rotundo “Así es, mi amigo, es de usted la razón”.

Dames y caballeres, invoco un ejemplo futbolístico, pero el IU se desenvuelve con similitud en cualquier otro ámbito, sea el de la religión, el de la economía, el de la política, el del corazón o el del origami. Y si bien no hay un patrón físico por el que podamos definirlos, ya que pueden ser gordos, flacos, musculados, lacios, ruludos o quiscudos, sí suelen manifestar un cierto rencor, un resentimiento no tratado, cuando no, un odio envenenado: suelen ser blancos que odian a los negros, mestizos que odian a los negros, negros que odian a los negros. Usted o usteda dirá, pero si es que en Argentina no suelen haber muchos negros. Yo les contestaré que es muy cierto, pero que el negro en la Argentina no tiene que ver con una tonalidad sino con una clase social; se odia al marrón que por una u otra razón no es o no percibe como cremita. Pasa que el IU está aferrado con uñas y dientes a esa voz que le hizo creer que era rubio y de ojos celestes, y que si circula la teoría de que Hitler no murió en el búnker de Berlín y escapó hacia Argentina fue porque sabía que era en ese país donde se hallaba la segunda reserva aria del mundo. Y claro, para el IU no hay voz mejor legitimada que la que sale escupiendo ponzoña. Acá no importa la información, ni la investigación; basta con que el periodista destile veneno en sus opiniones, insulte, agreda, ofenda, no sólo a la persona de la que habla sino también a la inteligencia en general de su audiencia, porque el IU es capaz de aceptar ese embiste porque lo dice alguien que ha llegado a la televisión. Y por eso cree y reafirma lo que dice un tipo cuya única revolución, cuya única rebeldía fue fumar en el estudio cuando no estaba haciendo una seña obscena con esa mano; y si un petizo acomplejado (cualquiera, de éstos está lleno), con un máster en agravio gratuito, le dice que la culpa es de los extranjeros, ahí va el IU, dispuesto a estrellarse en un avión contra una tintorería con tal de que los japoneses no lo colonicen culturalmente.

Al IU pueden estar llevándole el televisor en sus propias narices, pero no aceptará el hecho si en ningún canal lo están contando, y mientras pierde todo lo que logró en un tiempo de bonanza, que el IU adjudica a su rotura anal producto de su esfuerzo por sacar el país adelante o a alguna virgen de por ahí, el tipejo o la tipeja dirán que es culpa de los anteriores que “se robaron todo”, como bien repiten los IU de la tele, y aceptará la pérdida gracias al consejo de unos mercenarios mediáticos que le harán entender, por su bien, que es justo, porque estaban viviendo por encima de sus posibilidades, que estuvieron viviendo de prestado, y que hay que devolver todo a aquellos que son más rubios y más blancos, tanto como los guantes que usan, y al que el IU votó con ese discernimiento que emana de un hígado enfermo y pateado.

Y esto, mi estimado público, nos lleva a otro de los síntomas: aun con más evidencia sobre la mesa que en el Watergate, es incapaz de asumir una equivocación; al IU le resulta más fácil recitar un trabalenguas en ruso que reconocer que estuvo en un error. De ahí el famoso y repetido “Yo no lo voté”. Así es dames y caballeres, señores y señores, el IU habrá podido defender a capa y espada la inoperancia, la incapacidad, el latrocino, el saqueo, la violencia, la estupidez supina y el cinismo más aberrante, pero jamás lo hubiese votado ni lo volvería a hacer. Sería muy difícil explicarnos que inútiles (o IU) de la talla del turco que lo re parió, el “Chupete” de la Rúa” o inoperantes bastante más actuales pudieran gobernarnos de no ser por la anuencia de este espécimen humano que votó a aquél que mejor lo representaba. En cierta forma, si se quiere, se puede decir que no hubo error directo por su parte, que nada más se encargó de repetir y amplificar el error de otro, otro mejor posicionado y con un alto nivel de credibilidad.

Pero el tiempo es tirano y llega ya la hora de despedirnos. En esta edición de “TE BATO LA JUSTA”, hicimos un repaso de algunos de los síntomas que ostenta la idiotez útil. Dijimos también que estos especímenes se encuentran en todos los lugares sin discriminación alguna. Incluso ocupan puestos de todas las jerarquías: siempre habrá un idiota útil a quien lamerle las botas, y habrá otro abajo y un millar a los costados. Y si bien es una patología muy contagiosa, se puede evitar no exponiéndose al contacto directo ni tampoco al indirecto a través de los medios de comunicación.

Soy Abelardo Areces. Tengan ustedes y ustedes un gran día, para que la noche no sea demasiado larga.

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Está todo aquí (o Como presidir un G20)

diciembre 2, 2018 at 10:52 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Una euforia casi inusitada me empuja a escribir estas líneas. Perdonará el lector si en un acelerado tipeo descuido algún que otro tilde o confundo el sonido de una letra o su altura incurriendo en una falta ortográfica, o si carezco de una sintaxis prolija y un estilo acabado, pero en esta vorágine de emociones me gustaría dejar asentado al menos el estado emocional que me embarga: ¡¡¡Volvimos al mundo!!! Sí, sí, señores, volvimos a ubicarnos en el globo terráqueo luego de mucho tiempo de andar en las márgenes o en algún lugar de la ionósfera, volvimos a ocupar el lugar que nos corresponde como argentinos en el planisferio, como en los viejos tiempos, como cuando comprábamos sillas de madera a Alemania porque allá clavan mejor, y por eso éramos “derechos y humanos” y no torcidos y desacatados, como cuando nuestro patilludo presidente se la pasaba jugando fútbol, básquet, vóley o andando en Ferrari, que es lo que debe hacer un representante de un pueblo como el nuestro, que para eso llega a presidente; o como cuando el otro, que no hacía esas cosas porque jamás llegó a enterarse que era presidente, ni cuando lo sacaron en helicóptero.

Y es lógico que volvamos ahora al mundo cuando tenemos un presidente que representa el híbrido perfecto entre los que nombré al último, pero además con una importante carga genética de la Junta Militar. El descaro, la desfachatez, la ineptitud, la desinteligencia y la obediencia debida a los de afuera, todo en uno, y además mejorado con claros tintes arios… para que cuando nos den bien la ubicación que tendremos en el mundo no nos pongan cerca de Somalia o bajo de Bolivia, por ejemplo. Pero era evidente que con la sola apariencia no alcanzaría para demostrarle al mundo quiénes somos y dónde debemos estar. Para eso hacía falta traer a los países más importantes y demostrarles nuestras habilidades; para eso era imprescindible reunir al mejor equipo de los últimos cincuenta años.

Lo primero que teníamos que hacer era mostrar lo salvajes que podemos ser. Para eso (ya que con el episodio del Boca-River no fue suficiente) era necesario que los foráneos vieran una ciudad baldía, vallada por donde se la mire, y que los porotos se los anotara la Ministra de Seguridad al haber obligado a los ciudadanos a abandonar la ciudad, su ciudad, prometiendo balas (y no de goma) si no se portaban bien. Lo segundo era demostrarles a los presidentes de otros países (siempre y cuando no fuera el de Estados Unidos) que nos importaban un bledo. Para eso teníamos que dejar de recibir al presidente de Francia, o mejor dicho, hacer que lo recibiera personal aeroportuario con chalecos amarillos, como si eso no significara nada ante la situación que vive Macron en su país; luego, mediante la vicepresidenta, hacerle llegar que los galos hablan extrañísimo y muy mal, y que por eso no lo aprendemos (en otra burla, a Michetti le faltó decir que había llegado tarde porque pinchó una rueda). Por supuesto que la vicepresidenta también dejó en claro que tampoco aprenderíamos el italiano, y que a nosotros, por ser quienes somos, nos basta con poner en el currículum que los sabemos. Como variante podíamos practicar el himno de China ante un asiático cualquiera, ante el primero que se bajara de avión, sin importar si era o no su primer ministro, bajo la premisa de que para nosotros todos los orientales son iguales, que a su vez es la manera de entender bien el comunismo.

Tercero era demostrar que, como buenos salvajes que somos, podemos prescindir de la tecnología, y dejar tecleando al presidente norteamericano (que luego se vengaría, aunque no de forma consciente, parece, dejando a nuestro representante dando vueltas, mirando el suelo, clamando por ayuda y no sabiendo qué carajo hacer, cual digno hijo de uno de sus padres, el que presumía de no ser aburrido). Éste mencionaría que le era mucho más fácil entender a Mau en persona que a través del traductor. Esto nos deja muy mal parados y nos pone en evidencia como pueblo porque ¿cómo es posible que un tipo de escasa cultura, que llegó a presidente, pueda entender a su par de argentina, mientras que para cuarenta y cuatro millones nos sea prácticamente imposible? Si bien es cierto que Estados Unidos es una de las potencias mundiales en tecnología, no podíamos olvidarnos de Japón, así que también hicimos que nos fallaran micrófonos y traductores ante el premier nipón; para que no cupiera la menor duda de que “cambiamos futuro por pasado”, como bien lo hubo señalado nuestra piel de corderito, total, para estar en consonancia con este atado de salvajes que somos los argentinos, deben brindar la mayor precariedad posible, así el pueblo se siente a sus anchas.

Siguiendo, nuestro benemérito presidente, debía dejaren claro, y a micrófono abierto, que no era capaz de aprenderse los veinte países que integran el G20 con sus respectivos líderes, lo que representa un total de vocablos similar al que él maneja en su vocabulario personal, por lo que si se aprendía Arabia Saudita, debía borrar de su memoria “juntos” y “unidos”; si se aprendía Shinzo Abe, debía renunciar a pronunciar “esfuerzo” y “lluvia de inversiones”; y ni hablar de aprenderse el del príncipe saudí, y menos cuando se avecina un año electoral.

Pero sobre todo, nuestros mandatarios debían demostrar que no eran un gobierno antipopular, y para eso era necesario decorar el teatro Colón tapando la obra de arte de Soldi, colocando una luces que acercaran el soberbio establecimiento al escenario de una bailanta tropical. ¡No se les escapa una! Y qué mejor que un teatro para sobreactuar una emoción. (APLAUSOS) Lloró tal ves por ser la primera obra de arte que veía.

Una vez me prestaron un libro cuyo nombre no recuerdo ni tampoco su autor, lo que es una lástima… era algo así como Elogio o apología de la tontera… pero no era el Elogio de Erasmo, era un autor bastante actual. En él contaba, (este es un resumen muy acotado, por supuesto) que el tonto medio es mediocre e inseguro, y que el sistema estaba gobernado por tales y que jamás progresaría el mundo porque esta gente, con tal de permanecer en el lugar que había alcanzado, y por temor a que le serrucharan el piso, lo que hacía era elegir a sus subordinados asegurándose que éstos no fueran ni más ni igual de inteligentes que ellos, sino todo lo contrario: alguien en inferioridad de condiciones jamás le arrebataría su puesto. No siempre es fácil lograrlo. Por ejemplo, si tomamos el caso de un niño que ya haya cursado dos semestres de primer grado, nos encontraremos con una eventual amenaza, puesto que ya alcanzó un nivel superior de lectura que nuestro actual presidente. La tarea era harto complicada, sin embargo logró un equipo más que acorde.

Es lógico que con un equipo tan… tan… tan así, tan extraordinario en el sentido de que es más que ordinario, volvamos a estar abiertos al mundo. Y otra vez sin vaselina.

“Has atribuido a la villanía condiciones que resultan simplemente de la estupidez” Robert Heinlein

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No te metas con tus hijos (De esi no se habla)

noviembre 18, 2018 at 9:08 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“Si quieres mi opinión, somos heterosexuales por defecto, no por voluntad propia, depende de lo que te guste, es todo una cuestión de estética, sin una puta mierda que ver con la moral”. Renton. Trainspotting.

por Effy Beth

Anteriormente expresé que no puedo explayarme demasiado sobre mi trabajo por no sé qué asunto, y está bien que tanto el insospechado lector como yo pensemos que se trata de algún servicio de inteligencia o de un tipo de comando de guerrilla. Creo que tiene mucho de ambos. Pero mi ocupación no cambia mucho el relato que viene… aunque debería. Sobra con saber que mi tarea transcurre en algunos colegios de la ciudad. En uno de ellos había… hay un profesor que, como teníamos el mismo horario de salida, tenía la amabilidad de acercarme al centro. Lo hizo en un par de ocasiones. Un día nos encontramos antes del horario de salida en la cocina y se nos ocurrió mantener un intercambio de lo que cada uno consideraba “normal”. En realidad yo ponía en duda el concepto directamente. La discusión venía a colación de la diversidad. No pretendo desmenuzar la conversación, pero resumiendo, el tipo pensaba que todo lo que no entraba en el índice del manual de las buenas costumbres era “anormal”. No voy a pecar de falsa modestia, pero reconozco que a la hora de argumentar o de sostener una posición contraria tengo mis herramientas. Por tal motivo, y con injusticia, he sido tachado de soberbio en más de una oportunidad; recriminación con la que me hallo en total desacuerdo, porque en mi antítesis nunca intento demostrar que tengo razón o que es mía la verdad, sino en mostrarle a mi interlocutor que él o ella puede no tenerla o ser su dueño/a. Cuando pudo aceptar (muy a regañadientes o sólo para demostrar apertura mental) la orientación sexual, debido a que no pudo contrariar la prueba de homosexualidad en otras especies animales, comenzó a trastabillar con el asunto de la identidad de género. Le expliqué que si no había un ser humano idéntico a otro, aunque fueran gemelos, porque no había en el mundo una herencia genética idéntica a otra en el mundo, tampoco podía haber una sexualidad igual a otra, ya que ésta no se limitaba al coito sino a todo un bagaje cultural, social, económico, intelectual, etcétera, etcétera, y que era inherente a cada uno, siendo cada uno único e irrepetible, y por más que a ambos nos gustasen las mujeres (como se empeñaba en recalcar a cada rato), aún así, él y yo teníamos sexualidades diferentes. Como no podía restablecer su equilibrio intelectual y emocional, apeló a la “naturaleza” y a la lógica binaria: tiene pitito, es varón; tiene conchita es mujer y sanseacabó. Aproveché que invocaba a la sabiduría de la naturaleza para enfrentarlo con las personas intersexuales y recordarle que estos casos no eran nuevos sino que eran tan viejos como la homosexualidad de los primates. En ese instante sus ojos reflejaron como la “naturaleza” pasó de ser la madre del orden universal a ser un laboratorio de deformidades.

La conversación aumentaba en temperatura. Como un manotazo de ahogado, y en otro intento de criminalizar lo que “no es normal” me hablo de la calle San Luis y de cómo los vecinos de la zona se quejan de que los trans le rompen los focos y la iluminación pública, y todo para qué, para poder laburar tranquilos (sic). Siendo alusivo le dije que el estaba desenfocando el asunto, y que el problema básico no era de bombillas si no por qué esas personas tenían que recurrir a la prostitución para sobrevivir. Abandonó la discusión y la cocina diciendo algo de que tendrían que cargar ladrillos o algo así, no le escuché bien, pero presumo que no me perdí una gran moraleja. Por supuesto que ese día me volví a pata.

Pasaron dos semanas para que volviera a acercarme al centro, pero en el trascurso de este tiempo me reuní con el director a pedido suyo para ver cómo iba lo que yo estaba haciendo, sea lo que fuese que estuviera haciendo; quería saber si contaba con el apoyo docente. No lo dije abiertamente pero le hice saber que el apoyo docente era un poco menos que un bastón de madera balsa. El aprovechó para indagar sobre lo que yo pensaba sobre algunos temas que incomodaban a los docentes de su escuela, pero que él, desde su posición jerárquica y su cansancio crónico no podía tomar partido. Mencionó que algunos de ellos creían que este avance de derechos en cuanto a diversidad tenía que ver con un complot universal para el control de natalidad o poblacional como lo fueron y lo siguen siendo las guerras. Por supuesto que eso no era lo que él pensaba, pero que era lo que escuchaba; aun así dejaba una neblina bastante densa acerca de lo que él pensaba. Le respondí, aludiendo a sus docentes, que había pastillas para tratar ese tipo de desórdenes, y aumenté la apuesta diciendo que podría tratarse de un plan de extraterrestres, incluso. Me trajo a colación un video que alguien le había mostrado donde un hombre de 56 años se percibía como una niña de cuatro, y que fue adoptado por una familia y no sé qué más. Le dije que cada persona tiene derecho a ser percibida según se auto-perciba. Él contraatacó: “Y si un día venís y yo estoy sentado con dos antenitas porque creo que soy un marciano, ¿qué hacés?”. Le extendí mi mano como el saludo vulcano y dije: nano-nano, para que no quedaran dudas. El director podría concordar o no con mi visión, pero sabía que estaba ante un contendiente de cuidado. Aproveché que mi respuesta lo había descolocado para seguir, y parafraseé los versos del poema Reivindico mi derecho de ser un monstruo, de Susy Shock (que me hubiese gustado saberlos de memoria), y ahí nomás, a modo de prólogo de mi siguiente parafraseo, hablé de que si no eran los negros, eran los judíos, y si no eran los judíos eran los polacos, y si no eran los polacos eran los musulmanes, y si no eran éstos serían los gais y así, pero que llegaría un momento, y aquí viene el parafraseo de Trainspotting (o lo que yo recordaba), llegaría el momento en que todos seríamos personas. Y nada más. La conversación no duró mucho más. Pero mientras volvía a mi casa me pregunté si el macho alfa docente no había hablado con el director para que me interpelara, el muy nenaza.

Volvió a acercarme al centro, y durante el trayecto se esforzó en contarme como, cuando era penitenciario, impidió que una persona se suicidara a fuerza de patadas y maltrato psicológico. Relató, también, otra anécdota de este calibre, como para que me quedara bien claro lo macho, normal y buena persona que era. No lo juzgo, todos tenemos fantasmas. A mí, ese tipo de actitud me recuerda al personaje de Chris Cooper en Belleza Americana, ese coronel que brega para que su hijo no le salga homosexual, porque sabe el largo camino que hay que transitar para ocultarlo.

Y así está todo: barrido debajo de la alfombra, lavando trapos sucios de puertas para adentro. Como si lo “normal” fuera vivir una farsa porque es lo que marca el patriarcado, como si lo “normal” fuera llevar una careta, no la que elegimos sino la que nos venden en el mercado. Y así está todo: aquellos que embanderaban la bandera de las dos vidas, sin saber qué carajo significa una vida, ni siquiera la suya, y que levantaban el estandarte de la educación sexual integral, son los mismos que ahora se entrometen y detestan la educación sexual, y hablan de “ideología” de género.

Vuelvo a la conversación que mantuve con el director: en un momento me acercó la preocupación (no suya, por supuesto, sino de un docente que a su vez se la había acercado a él) de que pudiéramos influir sobre la orientación o identidad de alguien. Yo, manteniendo el tono de humor y de ironía leve, afirmé que podría ser, tal vez por hipnosis o por tortura, pero que eran métodos que no manejaba con soltura. Sin embargo, y ahora que lo pienso, cuántas personas mantienen una identidad y una forma de vida por no afectar a sus padres o lo que manda la sociedad. Esos padres, emperadores de la patria potestad que siempre tuvieron muy claro lo que haría felices a sus hijos; que los hicieron abogados, médicos, bomberos, amas de casa, esposas de abogados, médicos y bomberos porque así ellos y ellas fueron o hubiesen sido muy felices; como si lo “normal” fuera cortar las alitas de los hijos. ¿Para qué probar la heterodoxia si la ortodoxia viene funcionando? Las cosas están bien como están. La lana blanca al mostrador, la negra y su infinidad de variantes de gris, al ropero.

Y lo “normal” termina siendo lo que un conjunto de prejuciosos con miedo a vivir, pero con mucho más miedo a que otros vivan lo que no fueron capaces de vivir, deciden.

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Se las veía venir

septiembre 16, 2018 at 3:29 am (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

Nunca terminó de definir del todo si lo suyo era la profecía o la influencia en el destino. Dependía de su estado de ánimo, de la consideración hacia sí mismo del momento. Pero de cualquiera de las dos maneras, creía que veía y comprendía el futuro de cerca, y que además era su instrumento. Sin embargo, para Danilo Mesumeseme no era lo mismo: los peores defectos salían a la luz según optara por una u otra posición.

Todo comenzó en la escuela primaria. Seguramente había comenzado antes sin que él llegara a percibirlo; este tipo de don, en caso que lo fuese, no era de ningún modo adquirido, se debía nacer con él. La anécdota bien podría haber quedado en una picardía, en un arrebato imaginativo infantil. Para una tarea determinada Danilo puso todos los esfuerzos en la descripción que se le pedía, y además agregó datos e ideas que nadie le pedía. La narración apenas obtuvo un Bueno, nada especial, bastante regular; ni siquiera la palmadita, la caricia de reconocimiento que esperaba de su señorita. Pero tiempo después fueron de paseo escolar a una granja y Danilo vio una vaca bastante igual, casi idéntica, se diría, a la que él había referido en la narración. Por la noche, su padre, poco paciente para la escucha de fantasías prepuberales, le indicó que en realidad todas las vacas eran bastante parecidas, como los chinos, sentenció, y que no era ningún mérito atinar con algunas características que más que nada eran un patrón, un molde de fábrica. No es fácil razonar con el orgullo herido de un niño: ¿y cómo explicaba entonces lo de la gallina, que actuó de la misma manera que como lo había contado? ¿Y qué decir del caballo?, que… Su padre no lo dejó continuar; lo interrumpió con un contundente “las vacas dan la leche, las gallinas ponen huevos y los caballos son salames”. Esa noche Danilo tardó en dormirse; recién lo logró cuando el cansancio de la rabia, la impotencia y el llanto lo vencieron.

Durante la semana siguiente, a su señorita maestra le costaba interpretar la insistencia de su alumno. Llegó a contestarle que si era tanta su vocación por escribir, no necesitaba que lo obligaran a hacerlo. Danilo Mesumeseme se lamentó de no haber pensado esa variante por sí mismo. Una cosa empezaba a tener claro: el pronóstico de futuro o la incidencia que pudiera causar en él no se daba si no por la cristalización escrita del suceso; necesitaba de ese soporte, era allí cuando se le revelaba, o era allí cuando lo construía. Es decir que no se producía de sólo pensarlo, de lo contrario hubiese tenido el reconocimiento de su señorita y su padre se tendría que haber limpiado los tallarines con tuco de la cabeza.

Emprendió con ahínco todas las tareas de la materia de Lengua, incluso ponía énfasis en la construcción de oraciones compuestas. Temprano se dio cuenta que, para mejor comprobación, sus oraciones no debían referir a personas lejanas o inexistentes, como tampoco le era práctico el uso de personajes de ficción, por lo que sus sujetos pasaban a ser compañeros de colegio, maestros y familiares cercanos, mientras que los complementos circunstanciales de lugar sucedían dentro de su barrio. Esto le valió no escasas palizas por parte de compañeros que no gustaban de verse ilustrados en las poco imaginativas composiciones de Mesumeseme.

También le ocasionó algunos disgustos y rubores a su maestra: cuando se sentía motivado y cargaba en su mano la tinta forjadora de destino, solía relatar situaciones de alto voltaje platónico y amoroso, no comprendiendo, a esa edad, que de ocurrir, su maestra hubiese sido apresada o lapidada socialmente. Igual supuso que esa profecía no se daría inmediatamente, sino que sería a largo plazo. Además ella debería divorciarse de su marido, y eso llevaba tiempo. Aun de niño fue bastante consciente, por eso tachó y borró inmediatamente el episodio de un avión estrellándose en la cancha de básquet del centro vecinal donde solían concurrir sus desmedidos compañeros. Había leído en alguna de sus revistas que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y que no sería justo la muerte de otras muchas personas por cuatro o cinco pelafustanes.

Con el correr de los años comprendió que, si bien la prosa tenía un alto grado de efectividad, la fuerza verdadera se encontraba en la poesía; ya que mientras más describía, menores eran las probabilidades de acertar del todo. En cambio, en la poesía… una sola estrofa, a veces un verso solo, bastaban para un futuro prometedor y prometido. “Suele atribuirse al pavo/de mi persona el menoscabo/pero si no estás a mi lado/más que triste y solo acabo”, sería la estrofa que anticiparía su primer noviazgo, su primera y torpe relación. Sin embargo era tal la novedad, las sensaciones a flor de piel que dejó de escribir mientras duró. Por eso no lo vio venir ni se imaginó cuando lo dejaron. ¡Bah, lo dejaron! El golpe fue muy fuerte. De haber seguido con la escritura en esos momentos tal vez hubiese narrado lo que luego vería a través de la ventana del cuarto de su novia, a saber: la desnudez de su novia en medio de las desnudeces de dos de sus excompañeros que deberían haber muerto aplastados por un Boeing 747 mientras intentaban divertirse embocando la pelotita en el centro vecinal.

Danilo tardó en reponerse, y no lo lograría sin sus escritos. Quemado con leche, apuntó sus poemas a relaciones casuales y descomprometidas. De alguna manera retomó algunos de los temas de su primaria pero los coloreó con algo de indecencia y mucho más de incandescencia. Hacía tiempo que había decidido no inmiscuirse en asuntos que alteraran la vida de otros, tal vez desde cuando tachó el siniestro aéreo. Tampoco quería predestinar sobre política o asuntos internacionales. Decía que porque no entendía mucho, y que si lo suyo no fuera sólo un vaticinio, seguramente armaría la de Dios es Cristo, y no podía ni quería cargar esa cruz. Así que se abocó sin más a su vida y a su consiguiente futuro. Pero el hedonismo no puede esperar. No obstante, la fiebre le impedía encontrar la metáfora correcta y versos como: “Si cerca te tuviera/muchas cosas te diría/pero invocaría al silencio/para calmar mi jauría”, o “Es llamado el aullido/es el deseo contenido/luna baja a mi nido/y desgarraré tu vestido”, lo único que hacían eran certificar que no sucedería lo que él quería por una sencilla razón, que Mesumeseme no supo captar en su momento: en sus versos se movía en grupo, en manadas… Y cualquiera sabe lo poco afectas que suelen ser las señoritas ante estas situaciones: les gustan los perros, no las jaurías. Por supuesto que uno u otro acercamiento carnal tuvo, pero sin la frecuencia esperada. Lo atribuyó a la confusión que cruza esa etapa de vida, donde lo físico y lo psíquico sufren grandes mutaciones. Se dijo a sí mismo que cuando todo terminara de acomodarse, volvería a leer o escribir su futuro.

De las pocas relaciones que mantuvo, algunas no resultaron ser tan pasajeras, y muchas noches se veía escribiendo poemas de desolación, desamor y soledad; innumerables sextillas con pretensiones de que lo dejaran. Generalmente le dieron buenos resultados, si ignoramos que un chico de su edad con vanaglorias proféticas suele ser a menudo insufrible. Y las chicas se iban con personas que sabían que iban a ganar, que era el único vaticinio que les interesaba. De todas formas, su promiscua vida adolescente se acabaría temprano, anticipada por los versos: “Con taras de buscarte/en aras de encontrarte/el cebú solo/no va a ninguna parte./Lleva en su blanca joroba/el latido muscular”… Otro error de interpretación; del animal y de la prominencia: no era una giba sino un embarazo, y tampoco era un cebú macho como quiso pensar. Se casó prontamente, antes que la giba comenzara a notarse en el barrio. Basado en este percance, siempre se negó a predecir el sexo del bebé viniente aun en las tertulias familiares y de amigos.

A partir de ahí su vida devino bastante previsible, como la gran mayoría de vidas así. Aparecieron las rimas con entrañas y trabajo, y con ellas más latidos y menos respiros. No podemos decir que haya sido infeliz ni tampoco completamente dichoso. Seguramente tenía otros planes para sí, como la gran mayoría.

Esperó a que sus hijos fueran mayores y lograran cierta estabilidad en sus vidas mediante una profesión, un trabajo, y dándole algunos nietos. Si bien nunca había reconocido en él un talento especial para la poesía (conocía sus limitaciones: siempre se reconoció más un profético que un literato), sabía que se encontraba en la antesala de su gran obra maestra. Siempre supo que gran no era sinónimo de extenso, por eso para esta oda no precisaba muchas hojas ni un descomunal cuaderno; necesitaba dar con las imágenes justas, con el verso cabal, y ante todo encontrar la ubicación exacta de los signos de puntuación, sobre todo con el punto final.

La poesía final jamás fue publicada, como casi ninguno de sus escritos. Nos llegó de manos de su esposa. Al parecer, en su última obra (al menos de la que tengamos noticia) entendió del todo: la mejor forma de vaticinar algo es siendo lo más críptico posible. Un dinosaurio sumergiéndose lentamente en un lago, una hoja que al caer refleja el plateado escondido del novilunio, el aliento congelado, detenido del otoño, el medio tono que se apaga tras la sordina, un meteoroide que en su desintegración se vuelve luz, un túnel, un pozo, y más imágenes de este calibre. Según Miriam, su mujer, él venía como queriéndose despedir de hacía rato. En las reuniones familiares estaba más contemplativo que de costumbre, abrazaba más a sus nietos, exageraba consejos a sus hijos y sobreactuaba la melancolía en algunos momentos. Una mañana no apareció más. Junto a su último escrito había una escueta carta dirigida a Miriam. Que el momento estaba por llegar, que era lo mejor, que ella sabía cuánto odiaba las dramatizaciones y los exabruptos emocionales y que sabría entender porque estaba escrito en el poema.

Ella entendió, como lo hicieron sus hijos y la gente del barrio. A todos los que lo conocían les pareció seguir viéndolo por las calles y por las noches, durante muchos años, errando, una sombra, desapareciendo cuando se creía visto o descubierto. Pero todos coincidían que Danilo Mesumeseme jamás erraría un pronóstico de esa manera. Aunque Miriam sospechaba que había conocido otra mina, como se dejaba traslucir en su obra maestra.

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Cabría señalar algo

septiembre 9, 2018 at 10:35 pm (Uno que cuenta)

Perisanza observa, de frente, su austera biblioteca. Podría haber sido más vasta de no haber sido por la generosidad o el olvido a la hora de reclamar un préstamo. Sin embargo, es suficiente. Recorre sus libros con una impronta taciturna. Los libros que leyó y que cerró al comprender las últimas palabras, el párrafo definitivo, pero que tal vez jamás terminó. Porque terminar no es sólo alcanzar el final; es completar con el final; Perisanza leyó todos los finales, y es muy probable que todos los principios, pero siempre sospechó un salto involuntario de páginas. Menos por desgano o ansiedad por acabar pronto que por algo que cabría señalar.

¿En dónde me había quedado? ¡Ah, sí! en la sospecha de Perisanza de nunca haber concluido un libro. Me distrajo el teléfono… No el aparato en sí, se entiende, sino el sonido que indicaba un llamado que contenía la potencialidad de ser algo importante, etcétera, etcétera… Pero no. Preguntaron por mí, por una documentación y por algo o alguien más que no alcancé a escuchar por no perder la idea de lo que estaba haciendo. Más vasta… impronta taciturna… que jamás terminó… los finales… un salto involuntario… algo que cabría señalar… ¡Ahí está!: Algo que cabría señalar.

Casi nunca compraba nuevos libros, o compraba uno cada tres o cuatro releídos. A veces cada más. Decía que siempre encontraba partes por las que nunca había transitado, como si fueran hojas agregadas después de cada lectura. Por supuesto que recordaba innumerables partes de los libros que retomaba, y no conviene asegurar si eran la mayoría o no, pues eso dependía de cada libro que reanudaba. Incluso no siempre tenía que ver con un libro ya acabado en otro tiempo, sino con el de turno: una noche se acostaba, acomodaba almohadas y almohadones, calibraba la luz de su mesita y abría el libro donde indicaba el señalador. De ahí nomás tendría que averiguar en qué punto de las dos páginas que exhibe un libro abierto es donde había detenido su lectura la noche anterior. Y podía suceder que encontrara el lugar preciso. Pero también podía ser que no. A menudo ojeaba esas dos páginas recordando y reviviendo las imágenes que leía, y solía terminar la revisión de la página impar sin encontrar el punto o el momento donde había abandonado la lectura, y daba vuelta la página, y recorría los párrafos y renglones ya recorridos, hasta que daba con imágenes nuevas. Esto a veces sucedía cuatro, cinco, nueve o muchas páginas después. Para ese entonces estaba tan cansado de la búsqueda que nomás le restaba volver a colocar el marcador, ahora sí, con la precaución de que lo dejaba entre las hojas correctas, y apagar la luz para dormir. O también todo lo contrario: descubrir que en la página par no había ningún indicio de haber pasado por ahí, y volver la página y darse con que había pasado esas hojas de un salto. Había las veces en que retrocedía hasta dar con el punto de un párrafo recordado, pero también había las veces que, por el temor a tener que comenzar de nuevo, retomaba en un punto donde le parecía conveniente, o donde presumía que igual entendería el sentido general del libro. Por eso desestimaba y desechaba de plano las novelas policiales, de misterio o los best sellers…

Ya lo había dejado sonar repetidas veces sin atenderlo, pero volvían a insistir, así que temí que fuera algo importante y atendí. No era nada importante: otra vez la pregunta por mi persona, y si había perdido mi documento de identidad, porque habían encontrado un documento con mi nombre junto a una persona (que ahora sí recordé el nombre), o junto al cuerpo de esta persona, o que esta persona lo tenía y se los había hecho llegar o se lo arrebataron o qué sé yo. ¡Es difícil concentrarse así! Pero era otra voz, eso sí, distinta a la anterior; era de mujer. Y al ser distinta me trajo el recuerdo o la sensación de que no era la segunda vez de esta llamada; me embargó la sensación de haber recibido esta llamada en más de cuatro ocasiones (contando estas dos), y que incluso, en las primeras, había retenido el nombre de esa otra persona o cuerpo o lo que fuera, para luego olvidarlo… ¡A ver! …el señalador… el lugar preciso… ya recorridos… ningún indicio… un salto… ¡Ahí está!

Por eso desestimaba y descartaba lisa y llanamente los best-sellers, las novelas policiales o de misterio. Llegó a albergar la idea de leer sin descanso, de una vez comenzado un libro no parar hasta dar con el punto final. La tarea era algo descabellada. Si bien existen libros que con un solo día basta y sobra, no eran del tipo de libros que poblaban su biblioteca. Además que la lectura no era el único hábito de Perisanza, y necesitaba descansar, amén de estar bien alimentado…

El asunto es por qué se repetían ese tipo de llamadas. ¿Cómo sabían mi nombre? ¿Cómo mi teléfono? ¿Por qué siempre hablaba alguien diferente? ¿Por qué aseguraban tener mi documento? ¿Por qué, de un tiempo hasta ahora, insistían tanto? ¿Quién era el tipo, el cuerpo o la cosa del que volví a olvidarme el nombre?

A menudo ojeaba esas dos páginas recordando y reviviendo las imágenes que leía, y solía terminar la revisión de la página impar sin encontrar el punto o el momento donde había abandonado la lectura, y daba vuelta la página, y recorría los párrafos y renglones ya recorridos, hasta que daba con imágenes nuevas.

¿No serían de algún servicio de inteligencia? Y si fuera así, ¿para qué les importaba alguien como yo? Un escritor de poca monta. ¿Por qué buscaban o inventaban un lazo con alguien o algo que yo desconocía?

A veces descubría que en la página par no había ningún indicio de haber pasado por ahí, y volver la página y darse con que había pasado esas hojas de un salto. Había las veces en que retrocedía hasta dar con el punto de un párrafo recordado, pero también había las veces que, por el temor a tener que comenzar de nuevo, retomaba en un punto donde le parecía conveniente, o donde presumía que igual entendería el sentido general del libro.

La última llamada me extrañó. La voz era de un niño. Sin embargo me costaba imaginar un niño por la forma de expresarse. Aun así, y con bastante más paciencia que en las otras ocasiones, repetí que mi documentación estaba a salvo, conmigo, que no conocía, ni tenía especial interés en conocer a la persona que nombraban. Como esta vez no corté abruptamente, por temor a dañar la sensibilidad de un infante, el pequeño interlocutor aprovechó para agregar que, además de todo lo ya especificado, también habían encontrado un libro señalado en cierta página donde se subrayaba la siguiente frase que leyó impostando levemente su voz: “Descubrir con precisión lo que no ha sucedido ni va a suceder es el privilegio inapreciable de todo hombre culto y de talento”. Hizo una pausa como para salirse del personaje y me preguntó si me parecía conocida. Le respondí que sí, que efectivamente, que me parecía haberla leído con anterioridad, pero que no podía asegurar si se trataba de Borges, Twain o Wilde. Es de Oscar Wilde, sentenció la voz del otro lado. Una inquietud me arañó la columna. Corté sin despedirme, ahora sí, como en las veces anteriores. Corrí hacia la biblioteca. No había ningún libro del autor irlandés, aunque no sabía si eso era un motivo para tranquilizarme o para desesperarme del todo.

Perisanza sostenía que lo que le pasaba se debía a la injerencia de un duende que por las noches recorría las mesitas de luz de la zona, y en su asignada travesura cambiaba silenciosamente los señaladores de lugar, a veces adelantándolos, a veces retrasándolos. Los vecinos de la zona descreían de esta teoría; solían asegurar que a ellos no les había pasado nunca, y que los duendes no existen, pero lo que sí era real, en todo caso, y seguramente le afectaba la lectura (y otras cosas), era su inclinación a la bebida. Perisanza se enojaba y gritaba que el hecho de que no les haya sucedido nunca no probaba la inexistencia del duende del señalador, sino que jamás habían leído un libro. Era evidente que la relación con su comunidad no era la más deseada.

Ahora se está agolpando una muchedumbre, los veo desde mi ventana, con sus expresiones justicieras y de asco. Inevitablemente esto me distrae por más que no quiera; hay ruidos, gritos, clamores, pero eso no tiene por qué alterarme: será alguna manifestación; es sabida la escasez de agua que hay por la zona. Pero ¿dónde es que estaba? Vio que su documentación había desaparecido de su mesita de luz. Seguramente alguien había entrado a hurtadillas y se la había robado mientras atendía la puerta… No; debe ser antes. Cerró la puerta de un portazo… No. Primero intentó con amabilidad, les dijo que él no había perdido su documentación, que ese libro no era suyo y que jamás había oído hablar de ningún Pelifanza o Perinsaza o como fuera que se llamase ese o eso que le mencionaban, pero al ver que esas personas no estaban dispuestas a creerle… No; tampoco. Antes. Revisó por enésima vez en los bolsillos de su ropa manchada, y nada, ¿dónde pudo haberla dejado?… No. Se alejó trastabillando. Atrás y en el suelo quedaba Perisanza… No. Se levantó súbitamente de la mesa, volteando sin querer y sin darse cuenta el último trago de güisqui, y salió decidido del bar… No, tampoco aquí. Pero ¿quién o qué era Perisanza? Y ¿por qué le generaba esa animadversión?… No, no recuerdo haber estado aquí, ni haber pasado. ¿Dónde es que estaba? Lo mejor será que siga mañana, ahora estoy agotado… un poco mareado…

La gente sigue afuera, se la ve desde mi ventana. Tal vez haya salido a la calle con la intención de capturar al duende. Aunque no advierto ningún servicio de inteligencia.

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Bondis a Finisterre

agosto 25, 2018 at 9:32 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Lo de ayer jueves fue una verdadera debacle. Desconozco los motivos verdaderos, pero algo tenía que ver con lo que los empleados tenían que darle al dueño al terminar su jornada, y eso significaba más de un 150% más de lo que se decía que debían darle. No sé si he sido claro. Lo cierto es que los remiseros, y en reclamo por su situación, cortaron la Avenida San Martín, una arteria harto importante para la circulación vial de la ciudad, puesto que la mayoría de las líneas de colectivos la transita y el resto la cruza. La verdad es que la logística fue bastante apropiada, porque no cortaron toda la avenida, sino las calles que la cruzaban, por lo que no sólo paralizaron la San Martín; también las calles paralelas cercanas y la parte aledaña de las perpendiculares. ¡Que diferente serían las cosas si la educación y la salud tuvieran estos medios! Pero los hombres de a pie deben caminarla más.
En fin, la cosa es que estuve más de una hora tratando de conseguir el colectivo que me llevase a destino. El 4A, que es el que tomo algunos días, transita la San Martín, por lo que, después de un tiempo, averigüé que ahora bajaba por una calle paralela a doscientos metros. Pero por ahí también bajaban todos los que lo solían hacer por la San Martín, así que era un mundo de gente que no tenía la menor idea dónde paraba su línea porque, como es lógico, no había indicación alguna; así se veía a un montón de personas extendiendo en vano su brazo para que su colectivo parase, mientras el colectivero hacía caso omiso, ya fuere porque no era el lugar de su parada (ninguno lo era en esa calle) o porque iba hasta el tronco, incluso de gente que no debía tomar esa línea pero que lo hacía para salir de esa catástrofe denominada centro. Después de aseverar que el que me llevaba a mí no paraba donde yo le había hecho señas, caminé en pos de su parada verdadera. Esto fue difícil, porque en el transcurso pude notar que unos seguían por esa calle y otros giraban a la izquierda por otra. Más tarde comprendería que los que seguían de largo intentaban ingresar al centro, y los que doblaban iban hacia el oeste, que es donde me dirigía, pero en ese momento aposté al caballo equivocado.
Luego de que otros dos colectivos hicieran caso omiso a mi solicitud de detención (lo que en cierta medida me favoreció, pues me hubieran llevado a una vuelta interminable y hacia el lado contrario), pensé que lo mejor era caminar hacia mi destino siguiendo el recorrido que el micro acostumbraba a hacer; en algún punto los melones se acomodarían. Se acomodaron más lejos de lo que yo pensaba: un kilómetro y una hora veinte después.
Pero claro, mantengamos que eso ocurrió en un día especial, no signado por el normal acontecer. Sin embargo no es tan así. Hace más de dos meses que me traslado desde el centro de la ciudad hacia la zona oeste. Desde que conseguí otro trabajo del cual no puedo hablar… al menos no todavía. Los que me conocen descartarán de antemano que haya entrado en algún servicio de inteligencia, aunque quizá me mueva, por ahora, entre la bruma, entre la humareda de una novela negra. En todo caso, uno nunca sabe para quién trabaja. Lo que sí puedo adelantar es que he vuelto a saborear las mieles de la renuncia, y que a partir del primero de setiembre se hará evidente mi ausencia en el restorán donde me desempeñaba… O no, porque cada vez iba menos. El jefe no lo tomó la mar de bien, y no porque fuera imprescindible. Creo que ni siquiera era necesario porque la demanda bajó un montón (el “mejor equipo de los últimos años” tuvo mucho que ver, por supuesto), pero el dueño es algo sensible al abandono. En fin, no nos desviemos que ya nos parecemos a un colectivo de la empresa salteña de transporte que no quiero ni nombrar.
Decía que tengo que viajar diariamente hacia el oeste. Para este fin recurro a la línea 4, en sus variantes A y, un día, sólo para volver, B, y también a la 3A. Esta última pasa frente a la Casa de Gobierno de la Provincia, por lo que cada vez más a menudo debe desviarse debido a las manifestaciones (a nivel provincial también gozamos de un “gran equipo”, como a nivel nacional). Si a eso agregamos que muchas calles del centro están siendo arregladas… No nos engañemos: algún desprevenido lector seguramente dirá: “¿De qué carajo se queja éste, de que en su ciudad están haciendo obras y avances?”, y tal vez reciba uno que otro improperio. La verdad es que la refacción de las calles céntricas, como así mismo de sus plazas o alguna otra fachada siempre me inspiró una cierta desconfianza: primero, porque es una máquina de lavado; y segundo porque sólo es pour la galerie. A ningún intendente le conviene hacer cloacas en una villa marginal, ni potabilizar el agua de un barrio alejado, porque eso no se ve, en cambio, un mediocre arreglo en zona centro, en manos de una constructora amiga con capacidad de sobrefacturar, está a la vista de cualquiera que no tardará en afirmar: “Este roba, pero al menos hace”. ¿Pero qué es lo que hace, señora? Hace pantomima, cáscara, máscaras, un show electoral, y también hace agua en los temas que son de necesidad básica. Y nos volvimos a desviar.
La incertidumbre viene impresa en cada boleto de transporte. He visto a señoras ancianas o de motricidad angustiosa tener que bajarse en cualquier otro lugar y tener que duplicar o triplicar el trayecto a andar para llegar a su destino. Veo a personas levantarse de golpe de sus asientos para preguntarle al chofer dónde es que los está llevando; la sensación en cada viaje de que un terrorista secuestra el transporte para estrellarlo contra alguna institución de escasa gestión; el estremecimiento de ir a parar a Claypole o a Cincinnati, porque seguramente allí subirá un inspector de colectivo que nos regañará y multará porque nuestro pasaje no corresponde al recorrido alcanzado; las cabezas que giran de golpe, desorientadas y algo aturdidas al ver pasar esa esquina donde el colectivo no dobló y que se resignan a aceptar que se alejan irremediablemente de su destino; los cuerpos que se lanzan desesperadamente para apretar el timbre y que bajan en estampidas por la escalera trasera del vehículo, chocándose entre ellos y contra la puerta que aún no se abrió del todo, y que parece no importarles que el transporte siga andando y no se haya detenido; las mentes que se la pasarán preocupadas por no saber que es lo que les espera a la vuelta, si es que hay una, si es que el viajar en transporte público no es sólo un viaje de ida.

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Informe de la situación XVII

julio 6, 2018 at 11:51 pm (Uno que juega)

Se informa al personal de este blog que, de persistir en la falaz creencia de que la vagancia y la holgazanería constituyen un modo digno de vida, la dirección se verá en la obligación de buscar vagos nuevos que aporten a la reconstrucción del mentado blog. Si los viejos perezosos no encuentran el esfuerzo apropiado para interpretar lo anteriormente dicho, la dirección explica: Esto quiere decir que se acrecentará aún más, si eso es posible, la calidad de prescindibles de los gandules referidos, es decir, que tendrán que mover y trasladar sus ociosos y escarados culos a otras oficinas.

La decisión se toma partir de las siguientes estadísticas: El Chango Vergara no destila su visceral aversión a este gobierno desde hace poco más de tres meses (salvedad aparte: venía siendo uno de los colaboradores más prolíficos; fecundidad directamente proporcional a las cagadas del gobierno que nos ocupa); mientras que su cómplice (a esta altura no se puede hablar de otra cosa), lleva medio año sin aportar con sus vivencias y pensamientos; la única explicación posible es que se halle en estado de coma.

La Dirección considera que de los demás no vale la pena la tinta que se gastaría en hablar de ellos, siendo la que se utiliza en esta nota, un gasto superior al que los tales invirtieron en los años que llevan colaborando (¿?) con este blog.

Tanto los que fueron mencionados como los que no, quedan formalmente notificados.

Atentamente, pero bien hasta los huevos

La Dirección

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