Qué será lo que tiene el negro

septiembre 14, 2019 at 8:36 pm (Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira), Uno que siempre es Otro)

Decir que Alejo Berger Colque fue uno de los negros que más respeto y admiración me provocó no encierra ninguna falacia más que la temporal: sigue siendo uno de los negros que más admiro, pues aún vive, y aún sigue siendo negro: un negro literario. Sé que la calificación puede causar algunas molestias y que puede haber personas que prefieran el término de escritor fantasma, pero él mismo Colque gusta de llamarse así. “Ey, ¿quién es tu negro preferido?”, suele proferirme afectuosa y jocosamente cada vez que nos encontramos. Dotes literarias para “triunfar”, si se quiere la palabra, por cuenta propia no le faltaban, pero él decidió esta forma que lo amparaba en el total anonimato. En un momento se lo cuestioné, lo acusé, poco más, poco menos, de ser un arrogante inseguro incapaz de soportar la frustración. Él casi ni se mosqueó, se sonrió con algo que se parecía a la ternura o a la sorna y me dijo: “Ey, ¿que acaso ya no soy tu negro preferido?”.

Confieso que en esos tiempos, este tipo de discusiones, de enfrentamientos llegaban a exasperarme, pensaba que era dueño de desperdiciar su talento de la manera que le diera la gana, pero al mismo tiempo veía agrandarse la gloria y la vanidad, la repugnante petulancia de los que firmaban las obras y se paseaban por los salones de la literatura y de la fama sin un atisbo de vergüenza siquiera, y yo que sabía, no entendía cómo no se les caía la cara como tampoco así ninguna idea. En realidad, me enojaba porque Alejo era y es mi amigo, un ser muy querido, y los otros sólo una horda de zánganos, pero el se reía y decía que me tomaba muy en serio algo que no valía la pena, y a veces me parecía que no se refería al reconocimiento o no social, sino directamente a la literatura. “Hay que saber manejar la vanidad”, me decía también.

Se podría decir que su carrera comenzó mientras hacía algunos trabajitos de corrección para unas pocas e ignotas editoriales, cuando fue convocado por un venezolano afincado en el modernista L’Eixample de Barcelona. El tipo no sabía que hacer con toda la guita que había juntado y que aún le sobraba de un gasto fijo y oneroso de cocaína, y al parecer se había dado cuenta que igual no le alcanzaba para lo que él quería. El tipo no había sido trigo limpio, y pretendía una especie de autobiografía que lo redimiera. Berger Colque, entusiasta de este nuevo desafío le inventó una niñez cálida al cuidado de su nana, tras la temprana muerte de su madre, divertidas y osadas anécdotas adolescentes, una juventud emprendedora y sacrificada, le escondió todos los espurios manejos en negocios y algunas otras conductas deplorables y lo fue llevando hacia una madurez templada, reflexiva y de tintes altruistas. El venezolano festejó con euforia y algarabía este vuelco notable que había dado su vida, pero quiso objetar lo de la temprana muerte de su madre, que por cierto aún vivía. Berger Colque argumentó que el temprano deceso era lo único que podía justificar la presencia y también transformación en una niñera amorosa y preocupada, la que para él sólo fuera una “cachifa hedionda, una niche sudorosa”. El venezolano no sólo aceptó el argumento sino que aplaudió y dio muestras de efusivo cariño. El trabajo final estaba bien logrado: Berger Colque había ahondado en las palabras y expresiones propias del país caribeño, que utilizó con comodidad y frecuentemente durante los primeros capítulos y que poco a poco, con el paso del tiempo de nuestro personaje se fue convirtiendo en un lenguaje más neutral, serio, sin pretensiones de vocabulario y de ritmo, tal como lo aprueba y le gusta a la Real Academia Española.

El libro no sólo le traería a Alejo cierto respiro económico sino que además, y de forma casi inmediata, le traería más trabajo. Resulta que el venezolano, moviendo sus influencias, había colocado a un sobrino suyo en un importante periódico local. El chico se había recibido en una facultad privada de Girona, pero al parecer “privada” de cualquier enseñanza; ya le costaba armar una oración compleja en su lengua materna, como para, encima, tener que construirla y escribirla en catalán, idioma en el que se imprimía dicho periódico. Fue así que Colque incursionó en las crónicas deportivas y en la escritura catalana. Y en un breve lapso de tiempo pasó de cubrir crónicas de ciclismo y judo a relatar de fútbol. Incluso hizo varias notas sobre el FC Barcelona. Podría haber seguido, porque la cúpula del periódico se mostraba más que conforme con su prosa (conla prosa supuesta al chico), pero estaba el problema de que sólo podía informar sobre los partidos que el Club jugaba de local, ya que era muy difícil justificar los viáticos de un chico que era un inútil y de su fantasma acompañante. El chico no estaba dispuesto a un gasto que saldría de su bolsillo y menos teniendo en cuenta que ya un casi cuarenta por ciento de su sueldo se le iba en un negro. Tal vez en el único acto de lucidez que tuvo el chico durante su carrera, pidió a los directivos escribir para la sección cultural. Esto no desagradaba para nada a Alejo, pero ya le había tomando cariño al ritual futbolístico.

La oferta cultural de Barcelona siempre fue copiosa, y a Berger Colque no le costó acostumbrarse a los conciertos, las obras de teatro, alguna que otra ópera, inauguraciones de galerías, pero siempre deambulando como un fantasma, cruzándose incluso con el chico que abrazaba el reconocimiento público y la frivolidad social con ahínco, y que solía bajar la mirada cuando lo enfrentaba, pero no por vergüenza sino para terminar su recorrido de desprecio y para que quedara en claro en su entorno su superioridad moral. Pero no duró mucho. A pocos meses el chico se envalentonó con la idea de escribir él mismo las notas, y prescindir del negro. Esto tampoco molestó a Berger Colque. “Es el fin de un ciclo que ya veía venir”, dijo. Yo sí me molesté y le mostré que él podía estar ocupando el lugar del chico, y que aún mostrando desagrado por ese entorno, al menos estaría cobrando un sueldo entero y no andar con esa urticaria de bolsillo. Él sólo sonrió y repitió: “El éxito y la vanidad no son para cualquiera”. Además dijo que el problema no era pecuniario porque le habían estado saliendo otros trabajos paralelos. “Se ve que en el ambiente se corrió la bolilla. No sólo de mi capacidad sino también de mi discreción”, y continuó: “Vos eras el único que sabía, Leirita, pero sé que vos no dijiste nada. Sin embargo, nos movemos por rumores. Incluso en el periódico saben que el chico no escribe. Una vez, en un entreacto de una obra… no recuerdo ahora cuál era, se me acercó el Jefe de Redacción del periódico y me hizo saber que sabía quién era yo. Y que si quería escribir para su periódico, esta vez de cara lavada al publico, que no dudara en llamarlo. Le dije que seguramente se equivocaba de persona, pero le agradecí con un gesto tenue y me fui; no vi el segundo acto: tuve que inventar más de la mitad de la nota”. Me contó también que trabajaría para dos autores de mediana reputación, pero que seguramente la desarrollarían, y me guiñó un ojo.

La versatilidad de Alejo lo acercó a ensayos, libros de cuentos, poesía, novelas, tesis doctorales, discursos políticos y canciones de distintos géneros musicales y llegó a trascender no sólo fronteras geográficas sino también idiomáticas: compuso las letras de un grupo post-punk ruso, un álbum completo. Pero yo seguía sin entender su postura. “El barro, o lo que se construye en base a él tarde o temprano se desmorona”. sonreía. En ese momento comencé a entender o creí empezar a hacerlo. Recordé al sobrino del venezolano que paulatinamente fue volviendo a la sección de deportes del periódico y terminó cubriendo certámenes de ping-pong y poco a poco sus notas dejaron de publicarse. Su tío lo acomodó en una de sus empresas. A todos se les hacía cuesta arriba mantener la farsa cuando Alejo dejaba de “colaborar” con ellos. Era muy difícil superar en un disco siguiente la poesía con la que Berger Colque matizaba las canciones, pero mucho más difícil era enfrentar el espejo con las críticas del lunes que afirmaban que a tal o cual compositor o cantautor le habían arrebatado la inspiración o su talento por arte de magia; lo complejo, frente al reflejo era que cada uno confrontase a ese que ya no era con el que nunca había sido. Algunos suelen adjudicar a este enfrentamiento personal el suicidio del vocalista de una reconocida banda londinense. Si no doy nombres es por la discreción que siempre me rogó Alejo, pero más de uno sabe de quiénes hablo. Al igual que esos dos “autores”, esos escritores de mejorada reputación, que llegaron a culparse mutuamente de plagio, llevando la causa a la justicia, por argumentos y frases que jamás, ninguno de ellos, había escrito. Este absurdo fue interpretado con ironía por el ambiente literario. Sin embargo, los autores no mencionados no fueron apartados ni castigados socialmente por la sencilla razón que en ese ambiente había más de uno, por no decir muchos, que se paseaban con el culito sucio. Aclaro que la banda post-punk rusa nunca se adjudicó la autoría de las letras sino que en su disco figuraban como anónimas; el punk suele o supo ser una expresión honesta. “Al final, el fantasma que ellos encadenaban no deja nunca de perseguirlos; ellos terminan siendo esclavos de la sombra”, me esclareció Alejo alguna vez.

Hay agrupaciones en varios países que, un poco al tanto de todo, persiguen a Berger Colque aunque no sepan su nombre, que siguen incansablemente a esa sombra, a ese fantasma. Y compran discos o libros porque escuchan o leen en ellos la pluma volátil el paso sigiloso, silencioso de Alejo.

Alejo Berger Colque sigue trabajando. A veces pide un nombre prestado y no le cobra porque desea volver a escribir del Barça o le resuena una letra para cierta melodía. En este mismo blog existen innumerables renglones que ha escrito Alejo. Incluso puede que yo no haya escrito este texto.

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Se las veía venir

septiembre 16, 2018 at 3:29 am (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

Nunca terminó de definir del todo si lo suyo era la profecía o la influencia en el destino. Dependía de su estado de ánimo, de la consideración hacia sí mismo del momento. Pero de cualquiera de las dos maneras, creía que veía y comprendía el futuro de cerca, y que además era su instrumento. Sin embargo, para Danilo Mesumeseme no era lo mismo: los peores defectos salían a la luz según optara por una u otra posición.

Todo comenzó en la escuela primaria. Seguramente había comenzado antes sin que él llegara a percibirlo; este tipo de don, en caso que lo fuese, no era de ningún modo adquirido, se debía nacer con él. La anécdota bien podría haber quedado en una picardía, en un arrebato imaginativo infantil. Para una tarea determinada Danilo puso todos los esfuerzos en la descripción que se le pedía, y además agregó datos e ideas que nadie le pedía. La narración apenas obtuvo un Bueno, nada especial, bastante regular; ni siquiera la palmadita, la caricia de reconocimiento que esperaba de su señorita. Pero tiempo después fueron de paseo escolar a una granja y Danilo vio una vaca bastante igual, casi idéntica, se diría, a la que él había referido en la narración. Por la noche, su padre, poco paciente para la escucha de fantasías prepuberales, le indicó que en realidad todas las vacas eran bastante parecidas, como los chinos, sentenció, y que no era ningún mérito atinar con algunas características que más que nada eran un patrón, un molde de fábrica. No es fácil razonar con el orgullo herido de un niño: ¿y cómo explicaba entonces lo de la gallina, que actuó de la misma manera que como lo había contado? ¿Y qué decir del caballo?, que… Su padre no lo dejó continuar; lo interrumpió con un contundente “las vacas dan la leche, las gallinas ponen huevos y los caballos son salames”. Esa noche Danilo tardó en dormirse; recién lo logró cuando el cansancio de la rabia, la impotencia y el llanto lo vencieron.

Durante la semana siguiente, a su señorita maestra le costaba interpretar la insistencia de su alumno. Llegó a contestarle que si era tanta su vocación por escribir, no necesitaba que lo obligaran a hacerlo. Danilo Mesumeseme se lamentó de no haber pensado esa variante por sí mismo. Una cosa empezaba a tener claro: el pronóstico de futuro o la incidencia que pudiera causar en él no se daba si no por la cristalización escrita del suceso; necesitaba de ese soporte, era allí cuando se le revelaba, o era allí cuando lo construía. Es decir que no se producía de sólo pensarlo, de lo contrario hubiese tenido el reconocimiento de su señorita y su padre se tendría que haber limpiado los tallarines con tuco de la cabeza.

Emprendió con ahínco todas las tareas de la materia de Lengua, incluso ponía énfasis en la construcción de oraciones compuestas. Temprano se dio cuenta que, para mejor comprobación, sus oraciones no debían referir a personas lejanas o inexistentes, como tampoco le era práctico el uso de personajes de ficción, por lo que sus sujetos pasaban a ser compañeros de colegio, maestros y familiares cercanos, mientras que los complementos circunstanciales de lugar sucedían dentro de su barrio. Esto le valió no escasas palizas por parte de compañeros que no gustaban de verse ilustrados en las poco imaginativas composiciones de Mesumeseme.

También le ocasionó algunos disgustos y rubores a su maestra: cuando se sentía motivado y cargaba en su mano la tinta forjadora de destino, solía relatar situaciones de alto voltaje platónico y amoroso, no comprendiendo, a esa edad, que de ocurrir, su maestra hubiese sido apresada o lapidada socialmente. Igual supuso que esa profecía no se daría inmediatamente, sino que sería a largo plazo. Además ella debería divorciarse de su marido, y eso llevaba tiempo. Aun de niño fue bastante consciente, por eso tachó y borró inmediatamente el episodio de un avión estrellándose en la cancha de básquet del centro vecinal donde solían concurrir sus desmedidos compañeros. Había leído en alguna de sus revistas que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y que no sería justo la muerte de otras muchas personas por cuatro o cinco pelafustanes.

Con el correr de los años comprendió que, si bien la prosa tenía un alto grado de efectividad, la fuerza verdadera se encontraba en la poesía; ya que mientras más describía, menores eran las probabilidades de acertar del todo. En cambio, en la poesía… una sola estrofa, a veces un verso solo, bastaban para un futuro prometedor y prometido. “Suele atribuirse al pavo/de mi persona el menoscabo/pero si no estás a mi lado/más que triste y solo acabo”, sería la estrofa que anticiparía su primer noviazgo, su primera y torpe relación. Sin embargo era tal la novedad, las sensaciones a flor de piel que dejó de escribir mientras duró. Por eso no lo vio venir ni se imaginó cuando lo dejaron. ¡Bah, lo dejaron! El golpe fue muy fuerte. De haber seguido con la escritura en esos momentos tal vez hubiese narrado lo que luego vería a través de la ventana del cuarto de su novia, a saber: la desnudez de su novia en medio de las desnudeces de dos de sus excompañeros que deberían haber muerto aplastados por un Boeing 747 mientras intentaban divertirse embocando la pelotita en el centro vecinal.

Danilo tardó en reponerse, y no lo lograría sin sus escritos. Quemado con leche, apuntó sus poemas a relaciones casuales y descomprometidas. De alguna manera retomó algunos de los temas de su primaria pero los coloreó con algo de indecencia y mucho más de incandescencia. Hacía tiempo que había decidido no inmiscuirse en asuntos que alteraran la vida de otros, tal vez desde cuando tachó el siniestro aéreo. Tampoco quería predestinar sobre política o asuntos internacionales. Decía que porque no entendía mucho, y que si lo suyo no fuera sólo un vaticinio, seguramente armaría la de Dios es Cristo, y no podía ni quería cargar esa cruz. Así que se abocó sin más a su vida y a su consiguiente futuro. Pero el hedonismo no puede esperar. No obstante, la fiebre le impedía encontrar la metáfora correcta y versos como: “Si cerca te tuviera/muchas cosas te diría/pero invocaría al silencio/para calmar mi jauría”, o “Es llamado el aullido/es el deseo contenido/luna baja a mi nido/y desgarraré tu vestido”, lo único que hacían eran certificar que no sucedería lo que él quería por una sencilla razón, que Mesumeseme no supo captar en su momento: en sus versos se movía en grupo, en manadas… Y cualquiera sabe lo poco afectas que suelen ser las señoritas ante estas situaciones: les gustan los perros, no las jaurías. Por supuesto que uno u otro acercamiento carnal tuvo, pero sin la frecuencia esperada. Lo atribuyó a la confusión que cruza esa etapa de vida, donde lo físico y lo psíquico sufren grandes mutaciones. Se dijo a sí mismo que cuando todo terminara de acomodarse, volvería a leer o escribir su futuro.

De las pocas relaciones que mantuvo, algunas no resultaron ser tan pasajeras, y muchas noches se veía escribiendo poemas de desolación, desamor y soledad; innumerables sextillas con pretensiones de que lo dejaran. Generalmente le dieron buenos resultados, si ignoramos que un chico de su edad con vanaglorias proféticas suele ser a menudo insufrible. Y las chicas se iban con personas que sabían que iban a ganar, que era el único vaticinio que les interesaba. De todas formas, su promiscua vida adolescente se acabaría temprano, anticipada por los versos: “Con taras de buscarte/en aras de encontrarte/el cebú solo/no va a ninguna parte./Lleva en su blanca joroba/el latido muscular”… Otro error de interpretación; del animal y de la prominencia: no era una giba sino un embarazo, y tampoco era un cebú macho como quiso pensar. Se casó prontamente, antes que la giba comenzara a notarse en el barrio. Basado en este percance, siempre se negó a predecir el sexo del bebé viniente aun en las tertulias familiares y de amigos.

A partir de ahí su vida devino bastante previsible, como la gran mayoría de vidas así. Aparecieron las rimas con entrañas y trabajo, y con ellas más latidos y menos respiros. No podemos decir que haya sido infeliz ni tampoco completamente dichoso. Seguramente tenía otros planes para sí, como la gran mayoría.

Esperó a que sus hijos fueran mayores y lograran cierta estabilidad en sus vidas mediante una profesión, un trabajo, y dándole algunos nietos. Si bien nunca había reconocido en él un talento especial para la poesía (conocía sus limitaciones: siempre se reconoció más un profético que un literato), sabía que se encontraba en la antesala de su gran obra maestra. Siempre supo que gran no era sinónimo de extenso, por eso para esta oda no precisaba muchas hojas ni un descomunal cuaderno; necesitaba dar con las imágenes justas, con el verso cabal, y ante todo encontrar la ubicación exacta de los signos de puntuación, sobre todo con el punto final.

La poesía final jamás fue publicada, como casi ninguno de sus escritos. Nos llegó de manos de su esposa. Al parecer, en su última obra (al menos de la que tengamos noticia) entendió del todo: la mejor forma de vaticinar algo es siendo lo más críptico posible. Un dinosaurio sumergiéndose lentamente en un lago, una hoja que al caer refleja el plateado escondido del novilunio, el aliento congelado, detenido del otoño, el medio tono que se apaga tras la sordina, un meteoroide que en su desintegración se vuelve luz, un túnel, un pozo, y más imágenes de este calibre. Según Miriam, su mujer, él venía como queriéndose despedir de hacía rato. En las reuniones familiares estaba más contemplativo que de costumbre, abrazaba más a sus nietos, exageraba consejos a sus hijos y sobreactuaba la melancolía en algunos momentos. Una mañana no apareció más. Junto a su último escrito había una escueta carta dirigida a Miriam. Que el momento estaba por llegar, que era lo mejor, que ella sabía cuánto odiaba las dramatizaciones y los exabruptos emocionales y que sabría entender porque estaba escrito en el poema.

Ella entendió, como lo hicieron sus hijos y la gente del barrio. A todos los que lo conocían les pareció seguir viéndolo por las calles y por las noches, durante muchos años, errando, una sombra, desapareciendo cuando se creía visto o descubierto. Pero todos coincidían que Danilo Mesumeseme jamás erraría un pronóstico de esa manera. Aunque Miriam sospechaba que había conocido otra mina, como se dejaba traslucir en su obra maestra.

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Cúmulo de sospechas

octubre 15, 2015 at 4:14 am (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

En algún momento apenas anterior al siglo veintiuno me reencontré con un viejo compañero de universidad y de andanzas. La vida nos supo llevar por distintos caminos, pero coincidimos esa vez, y por antojo de la fortuna, en Cuernavaca. Él estaba en un congreso, y yo paseando, empapándome de esa ciudad tan mentada por respetados escritores. Nada de esto viene mucho al caso; sí que, durante la velada compartida, salió el nombre de un libro que a ambos nos había llamado la atención positivamente. Había leído dicho libro, por primera y última vez, muchos años antes, a fines de los setenta, si mal no recuerdo. Era una edición del año 1933. Me impresionó el título de la obra, así que no pude refrenar mi impulso y lo compré, o tal vez lo robé, inmediatamente. muertitoescaleraLa novela policial se sitúa en una mansión de Melbourne, promediando la segunda mitad del siglo diecinueve, cuando la fiebre del oro en Australia, y el asesino termina siendo Lord Thomas Luhrmann, propietario de la mansión. No hago ningún mal develando al asesino, puesto que dudo que alguien vaya a leer la edición de 1933 de este libro. Decía que me llamó la atención el título del libro, aunque debo reconocer que me esperaba una novela liviana y de fácil lectura; nada más alejado. Y si bien había gratos momentos de humor negro, también había que estar atento porque cada detalle, por más nimio que nos pareciese, confluía de alguna manera en el inesperado final (que quizá ya no lo sea tanto para quién esté leyendo estas letras… o sí). Ese libro se llamaba: Esta vez sí que no pudo ser el mayordomo. El título deja de ser curioso, porque pasa a ser evidente, cuando en el primer capítulo nos enteramos que el mayordomo es la víctima. En la solapa del libro, una escueta biografía del autor: Vicente Lizpano, nacido en 1906 en la ciudad de Joaquín V. González, Salta, Argentina; médico forense y algún otro dato de su experiencia laboral. Esta vez sí que… era la primera edición de su primera (¿y única?) novela.

Esa noche comentamos con entusiasmo la novela por ambos leída; yo me dejé llevar un poco por su conversación, puesto que no la tenía tan fresca en la memoria como él, que la había leído recientemente. Sin embargo, no pudo menos que llamarme rotundamente la atención un dato que profirió: que la asesina había sido Umina Rogers, la criada más joven, hija, asimismo, del ama de llaves. Lleno de perplejidad le pregunté si estaba seguro de que ése era el final, y él me contestó que sí, y además se puso a dar los razonamientos y los motivos que la llevaron a cometer el crimen. Dudé entonces de mi memoria: estaba seguro de la culpabilidad del dueño de la mansión y como un juego le propuse mi teoría (basado en lo que había leído o me había parecido leer aquella vez). Mi amigo se rio y aceptó que mis razones podían estar bien fundadas, pero que ya era tarde para influenciar a su autor, puesto que en la solapa de su libro constaba muerto desde el año 1971. Le pregunté si por casualidad traía consigo el libro; me dijo que no pero que le extrañaba que yo sospechara de su palabra. Le aseguré que no era eso, pero seguí indagando si se acordaba, por esas cosas de la vida, de la editorial y del año de su edición. Contestó que le parecía recordar que fue impresa en Buenos Aires, por allá por el 56. Le comenté lo poco que sabía del autor y él refirió que la solapa de su libro aumentaba la fecha de su muerte, algunas otras experiencias laborales y su paso por otros países, pero que además de un libro de poesía sólo había editado esa novela.

A esta altura, el lector de estas líneas habrá sospechado lo mismo que yo sospeché aquella noche. Ahorraré el relato de mi búsqueda e investigación (aunque tampoco he conseguido demasiado: cada edición tenía una tirada muy pequeña, al parecer subvencionadas por el mismo autor, al menos la mayoría de ellas; no así la primera edición que, según un periódico de la ciudad del autor alcanzó un éxito respetable y le auguraban nuevas ediciones y un próspero futuro como escritor al señor Lizpano –La Diana de Salta; 12 de Febrero de 1933; pág. 16–, y seguramente tampoco la última), pero me gustaría dejar algunas reseñas sobre el tema (no relataré el móvil del asesinato ni cómo los llevaron a cabo en ninguno de los casos, pero advierto que el autor lo hace de manera impecable y no deja ningún cabo suelto, borrando por completo la autoría criminal de los personajes de otras ediciones): en la publicación de 1943, lejos de culpar a Luhrmann por el sádico y sórdido juego que tramó para sus invitados, ni de hacer hincapié en la venganza fría y meditada de Umina Rogers (que también resulta ser hija del malogrado mayordomo), Lizpano decide, en el último capítulo, como en el resto de las ediciones, volcar la sangre en manos de Aslhey Williams, una de las invitadas (y amante del Lord) al ágape de fin de semana de la mansión. biblioteca-de-babelEn la de 1947, el asesino resulta ser David Nguyen, marido de la anterior; en la de 1950 es el cochero; en la de 1960 es la hija autista de los Taylor, también invitados de la mansión junto a los Brown, los Beresford y a Charles Justinson, poeta en todas las ediciones y asesino en la siguiente de 1961. La edición inglesa de 1965 no es menos sorprendente, ya que luego de 46 capítulos de tensiones, rumores, culpabilidades, sospechas y violencias de distinto tipo entre los personajes, resulta ser que el mayordomo había muerto accidentalmente, ni siquiera se había suicidado sino que por una torpeza, por una ineptitud fue a dar con el otro barrio. Aun así, el relato impecable de Lizpano no tira por la borda ni los capítulos ni las versiones anteriores sino que ahonda en lo absurdo. En la edición de 1936, tal vez la segunda (y también la primera), Lizcano culpa al ama de llaves, mientras que en la de 1972 (edición póstuma), tal vez la última y también primera, el autor se culpa a sí mismo del crimen.

No encontré otras versiones, pero presumo que existe una por cada personaje del libro. Así es como Vicente Lizcano escribió un sólo libro (con excepción del de poemas, que nunca encontré) que reeditó muchas veces, tantas como nuevos libros que se le iban ocurriendo.

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Común acuerdo (La postura xéndrica)

junio 5, 2015 at 9:48 pm (Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

empateUna elevada conciencia de urbanidad y civismo, tanto por parte de los zobanos como de los yúmbicos, impidió el catastrófico advenimiento de una guerra de secesión en el Estado de Xendria. El conflicto fue tratado democráticamente y siguiendo los preceptos de la dialéctica; se llegó a un acuerdo sin pactos de sangre. Los Organismos Internacionales mostraron su admiración y aplauso de cara al público, siendo que en privado se mordían los labios y se golpeaban la cabeza contra la pared al verse imposibilitados de sacar tajada con sus siempre eficaces intervencionismos en pos de la libertad y la democracia. Xendria quedó dividida en dos naciones, y ambas coincidieron en que no sería justo que una mantuviera el antiguo nombre sino que formaron Zobania y Yumbia. Los dos pueblos estuvieron satisfechos con el reparto, pero como la idea emancipatoria de dichos pueblos no estaba regida por intereses económicos, sino más bien sociales y culturales, concordaron en que una división fronteriza sería más contraproducente que la forma de convivencia que tenían anteriormente, por lo que el antiguo Estado de Xendria se dividió en dos de forma totalmente aleatoria y a través de innumerables registros de catastro. Algunos barrios pasaron a ser parte de Zobania, otros de Yumbia, sin que esto significara que no podía haber manzanas alternadas y mezclándose en territorios vecinos. Incluso había edificios pertenecientes a Yambia que contaban con varios departamentos, y a veces pisos enteros que respondían a la legislación zobanesa. Y viceversa. Se dieron casos de una misma vivienda en permanente litigio fronterizo (explayaremos sobre esto si tenemos espacio o creemos que lo amerita). A la entrada de algunos barrios nacionalistas podían leerse carteles que rezaban, por ejemplo: Usted está entrando en territorio, mayormente, yúmbico. O también: La mayoría zobana le da la bienvenida, y abajo, entre paréntesis: (No sabemos qué opinan los otros, pero no tiene que interesarnos ni a usted ni a nosotros). Algunos ancianos sabios, tanto de una parte como de la otra, lamentaron que, debido a esta extraña distribución, las naciones emancipadas no pudieran llamarse República Oriental (u Occidental) de tal o cual, y vislumbraron con nostalgia el mejor posicionamiento mundial que seguramente hubieran tenido si se nominaban de manera tan conveniente.

Los símbolos patrios mantuvieron sus colores representativos en ambos lados, los que coloreaban la insignia xendria, sólo que en lugar de tener las franjas horizontales, pasaron a tenerlas verticales. Y si bien Yambia diseñó su bandera con la franja magenta del lado del mástil y la malva del lado que más ondea(1), mientras que Zobania adoptó el diseño contrario, las banderas no tenían diferencia alguna, y su representación se fundaba según se las viera del anverso o el reverso, por lo que el mástil pasó a ser un referente imprescindible a la hora de reconocerse en un emblema nacional. En las zonas donde la población de ambos países se repartía equitativamente, había banderas a modo de pasacalles, y cada cual, según los sentimientos que lo condujeran, decidía si el mástil verdadero era el poste de la izquierda o el de la derecha. Con respecto al himno, ambas naciones conservaron la música, pero creyeron pertinente que cada himno tuviera una letra acorde con la idiosincrasia de cada pueblo. Esto lograba que en eventos deportivos internacionales, nadie del público se emocionara o comenzara a silbar sino hasta no haber escuchado al menos el primer verso, como en algunos recitales de bandas reconocidas del rock. Conservaron también los próceres de la historia con el fin de ahorrar en nuevas ediciones de tomos de libros de historia, sólo que según de dónde fuera el profesor se ensalzaban las virtudes o los defectos de los héroes patrios.

YumbiaDe ninguno de los dos lados faltaban los opositores y las odiosas comparaciones, y en principios de manifestaciones se aseguraban cosas del estilo: “Esto en Yambia no pasaría”; o “Nosotros deberíamos aprender del sistema judicial de Zobania”; o “Si en Yambia uno tira un papelito en la calle…”; o “En Zobania uno puede dejar la bicicleta sin candado y al volver la bici sigue allí”. Las manifestaciones eran truncadas nomás al comenzar y sin ningún tipo de violencia puesto que el Estado (cualquiera de los dos daba las misma soluciones en estos casos) inmediatamente facilitaba el papeleo de cambio de nacionalidad de los disconformes, hecho que hacía imposible, y acaso innecesaria, la concentración en sindicatos, y mucho más los golpes o revoluciones. Estas medidas provocaron algunas disoluciones de parejas y divisiones en algunas familias, pero no cabe echarle la culpa a las administraciones estatales (puesto que las medidas eran del todo opcionales) sino al orgullo, al sentimiento herido de los ciudadanos que optaban, de manera sanguínea, por el cambio de nacionalidad pensando en el ocaso que seguramente sufriría su ex nación por no contar con el inmenso valor que él era capaz de darle. Eso, y la invaluable notoriedad que obtenía en el país de acogida al andar diciendo que era un exiliado político, un disidente. Algunos amantes continuaban sus noviazgos y matrimonios a la “distancia”; otros aceptaban con resignación la dificultad que conllevaba un cambio tan drástico en sus vidas y se separaban y repartían los bienes, no sólo con el consentimiento de ambos estados sino con su ayuda; era innegable la diligencia y la celeridad con que ambas administraciones emprendían los trámites burocráticos y legales.

ZobaniaSuele ser, la distancia, un impedimento para el amor. En este caso en particular conviene aclarar que las llamadas telefónicas eran extremadamente costosas para los habitantes yúmbicos, ya que la central de comunicaciones había quedado del lado zobano, pero esta diferencia se compensaba porque Yumbia se había quedado con los derechos del fútbol y su transmisión. Por supuesto: hecha la ley, hecha la trampa; nunca faltaba un zobano que prestaba su teléfono a un vecino por escasas monedas, ni un yúmbico que proporcionaba un carnet de un primo lejano para que un habitante de Zobania asistiera al clásico de los domingos. Solidaridad había. Pero también rectitud y disciplina a la hora de hacer cumplir la ley. Y si un ciudadano era pescado en una acción de escasa legalidad, un ente de control (del país que fuera) se veía obligado a recordarle al irregular que, si no le gustaba cómo estaban dadas las cosas, ellos le facilitarían el trámite de cambio de nacionalidad, poniendo así a prueba la dignidad y orgullo del imputado ciudadano. Claro que el ciudadano podía disculparse, retractarse y pagar una multa, y todo quedaba como antes, pero si había algo que yámbicos y zobanos tenían en común era un inconmensurable orgullo y un solemne sentido de la honra. Exceptuando éstos (los del fútbol y los teléfonos), y otros servicios menores, el resto de servicios, sobre todo los básicos para la humanidad, fueron repartidos con ecuanimidad y con convenios que permitían a todos los ciudadanos de la ex Xendria vivir de manera confortable, o al menos no peor que antes. El agua, el gas, la electricidad, las autopistas, los campos y las parcelas sobre el mar hacían que tanto yúmbicos como zobanos disfrutaran de los placeres esenciales, logrando que no hubiera diferencias de precios en pescados ni lechugas ni para los unos ni para los otros. Incluso el transporte que, si bien fue dividido, mantuvo sus tasas en ambos lados; sólo que en los trenes subterráneos se alternaban vagones para las dos naciones; en las líneas de autobuses pasaba lo mismo, y si el primero en pasar era el 163 con la insignia de Zobania, el yúmbico nacionalista podía esperar el siguiente 163 que seguramente llevaría los colores dispuestos acordes a las leyes de Yumbia. Por supuesto que todos podían subir al autobús o al vagón que les diera la gana sin que nadie se escandalizara por eso. No había prejuicios ni xenofobia, al contrario: como cada uno se sentía de a ratos extranjero, había una mirada comprensiva para aquel que venía de afuera.

Y si bien tanto yúmbicos como zobanos respondían (y responden) al estímulo del orgullo ante decisiones de identidad nacional, ambos también sabían (y saben) que con el exilio no se juega. Abundan obras plásticas, canciones, puestas en escenas que ahondan en este tema, amén de infinitos testimonios de amigos, parientes, amantes que ya no están. Dice Y (protegeremos en este informe las identidades de colaboradores): “Me pasa a menudo que creo ver a Z, y en un lapsus, y ante la duda o la delusión, interrumpo el saludo y la posibilidad de un abrazo. Algunas veces he saludado con euforia y entusiasmo, pero al ver la cara de la otra persona plena de perplejidad y sorpresa, inmediatamente me he disculpado y confesado haberla confundido con otra persona”. O cuando Z dice: “Diariamente convivo con esa inquietud, con la de ver en rostros desconocidos los gestos, los rasgos de un ser muy querido y extrañado… hasta que caigo en la incoherencia de mi impresión y recuerdo que ese ser ahora vive en otro país”. O ese otro testimonio de I Griega que dice: “La otra vez vi a Zeta en el súpermercado de Limenza esquina Portefuit, y agité mi mano para saludarlo, pero él bajó la mirada, se desentendió y se perdió entre las góndolas. A veces creo que me mintió. Que nunca se fue a otro país, y que sólo fue una excusa para alejarse de mí”. Y la posible respuesta de Zeta: “En mi partida he dejado atrás un gran amor, el amor de mi vida… Y no hay día en el que no vea su rostro dibujado en el de cualquier mujer: en el súper, en la gasolinera del barrio, detrás de la vidriera de un café; creo que mi patología ha alcanzado niveles exasperantes, y temo que en un arrebato no pueda contenerme y corra a abrazar a esa persona que tanto se parece a I Griega, y termine preso por acoso o algo parecido. Entonces, cada vez que me sucede algo así, bajo la vista con pudor y con temor, y trato de alejarme de la escena lo más raudamente posible”.

Territorio de la ex Xendría luego de la división. En magenta las zonas de Yambia, en malva las de Zobania. Con puntos negros la ubicación de sendas capitales: Yérica y Zósteles.

Territorio de la ex Xendría luego de la división. En magenta las zonas de Yambia, en malva las de Zobania. Con puntos negros la ubicación de sendas capitales: Yérica y Zósteles.

Se mencionan casos de adolescentes que se emanciparon en la misma casa de sus padres sólo porque las leyes de Zobania eran más permisibles en materia de pornografía por internet; claro que seguían subsidiados por sus padres, que eran ciudadanos yúmbicos.

En materia religiosa siguieron albergando las supersticiones que les dieron la gana, puesto que tanto el Estado de Yambia como el de Zobania coincidieron en que eso era un tema que no les competía y que respondía a invenciones de otros estados, que se rigen por normas muy diferentes a las propias (tanto de un lado como del otro). El derecho a no creer en nada también está contemplado en ambas legislaciones. Y los chistes de cada país tienen como protagonistas a sus vecinos.

(1) La mención del magenta y el malva está dirigida a la lectora femenina, que entiende y distingue los colores. Para la masculinidad, tanto de Zobania como de Yumbia, y como del resto del mundo, los pigmentos que tiñen las insignias son el rojo desteñido y un violeta venido a menos.

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Teoría evolutiva

marzo 23, 2015 at 10:46 pm (Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

the-croods06No quisiera ofender ningún credo, pero si hipotéticamente se nos diera por seguir las creencias de Darwin, podríamos observar nuestra descendencia del primate debido a la prueba, a la evidencia del pulgar oponible, aunque siguiendo este indicio bien podríamos descender asimismo del koala, hecho que no perjudicaría en absoluto la humorada popular puesto, que al igual que el mono, el koala también desciende del árbol, y la genealogía humana seguiría cerrándose en la vuelta a sus raíces. Pero, ¿alguien se puso a pensar lo difícil que sería manipular un arma sin nuestra evolución natural?, ¿cómo se pulsarían los botones más peligrosos?, ¿cómo se dispararían los misiles?, ¿cómo se identificaría a los delincuentes, si no por las huellas dactilares de tan apto apéndice? Evidentemente este dedo fue ideado por la naturaleza con fines de conservación, protección y seguridad de la especie más avanzada y avezada.

Pero para que el pulgar oponible alcanzara el nivel de desarrollo que ahora ostenta el del humano, y que por supuesto es ampliamente superior al del mono que sólo le sirve o lo usa para sostener su banana y trepar a los árboles, tuvo que ocurrir un paso anterior: el bipedismo. Liberadas las extremidades superiores del contacto con el suelo, eximidas de su función de fricción y locomoción, comenzaron su proceso de adaptación para la manufactura y la portación de herramientas. Y en su afán de ampliar sus horizontes, la especie se fue irguiendo cada vez más hasta el punto de convencerse de que era capaz de abarcar y acaparar todo aquello que se encontrase dentro de sus miras y más.

Una prueba inequívoca de que los pulgares oponibles son sinónimo de evolución está en la destreza y velocidad con la que muchos jóvenes y no tan jóvenes contemporáneos los manejan. Es presumible, pero también factible que dentro de no muchos años un niño de nueve años será capaz de volar Tianjin, Volgograd y Maracay en ocho décimas de segundo (8 ds = 0,8 s), sin pestañear siquiera.

Por el momento, el hombre demuestra una paciencia infinita en hacer desaparecer ciudades, y se lo va tomando con calma, sin prisa pero sin pausa, aunque es cierto que el tiempo arrecia y no valdría la pena arriesgarse a que surjan nuevos homínidos con igual o similar amplitud de miras, y pusieran en duda los límites de lo que algunos ya se habían propuesto acaparar; y si bien actualmente la velocidad de los pulgares sólo sirve para mandar confusos mensajes, expresiones de estados de ánimo o emoticones a gran velocidad por medio de celulares, esto no significa que la naturaleza no nos brindara esta actividad como un ejercicio, un entrenamiento en pos de la conservación, protección y seguridad de la especie más avanzada. También es plausible que esta actividad haya sido diseñada por los superiores de la especie con el fin de mantener a la mayoría de la población cabizbaja y sin mayores horizontes que las satisfacciones que le propone un celular; para desarrollar su cortedad de miras y su miopía global.

No podemos dejar pasar, dada su notoriedad, que esta reducción de la visión, sumada a la postura corporal que la acompaña, ya que la posición natural para emprender este tipo de actividades requiere un encorvamiento del torso, implica un cierto retroceso en el proceso evolutivo, ya que devuelve al hombre a un estado anterior al del homo erectus. Sin contar que existe actualmente un sistema ideado para ponernos en cuatro patas (donde se vuelve imprescindible el anteriormente desarrollado aparato fonador, para poder expresar en términos más o menos inteligibles la sensación que nos provoca el hecho de que nos la estén poniendo), que tal vez albergue el práctico objetivo de que el ser humano duplique sus pulgares oponibles para aprovechar al máximo el intercambio de naderías con desconocidos y poder desaparecer el doble de ciudades en la misma cantidad de tiempo que empleamos hoy. Grug_ExhalesPero aquí no estaríamos hablando de selección natural, sino de algo que excede a nuestro campo de investigación. (Materia de estudio aparte sería considerar lo que algunos científicos denominan el binalguismo, como otro paso natural de la evolución, puesto que el homo nalgus, al tener un nuevo punto de apoyo sobre el suelo, también liberaría a las extremidades inferiores en el proceso de traslado –puesto que el traslado se volvería inútil y peligroso–, y estas podrían desarrollar a su vez los pulgares oponibles como las extremidades superiores.)

La ciencia, aún hoy, sigue sin explicarse (de no ser por unos pocos y contados casos) el porqué del incremento en la capacidad craneal, cuando no sea el de sumar un peso tal que cada vez le sea más difícil a la especie humana levantar cabeza.

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Shooting Center (La película)

septiembre 8, 2014 at 3:37 pm (Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

Fue en septiembre de 2002. Me encontraba en México D.F. para recibir un premio por un ensayo. No era gran cosa: ni el premio ni el ensayo, pero me pagaban el viaje. La entrega fue el día de mi llegada, un viernes, y sucedió tal y como suceden ese tipo de eventos, pero contaba con la ventaja de que podría pasear el fin de semana, ya que el vuelo de vuelta salía el lunes por la tarde. Cuando estaba a punto de abandonar la ceremonia, se me acercó un muchacho, me felicitó por el premio y halagó mi ensayo. Intercambiamos tres o cuatro cortesías y luego me invitó al estreno de su película, al día siguiente: me anotó la dirección (aclaró que no la estrenaban en cines de alta competitividad), el horario y me dijo que le sería muy grata mi presencia; además servirían un copetín, un entremés. Al fin de cuentas, y con lo reacio que soy yo hacia cualquier tipo de recorrido turístico, ya tenía un plan para el sábado, o por lo menos un destino más concreto que el de caminar y caminar.

A día siguiente me apersoné en el lugar y a la hora indicada: un primer o segundo piso en la calle Cuauhtémoc. Ni siquiera era un cine sino un simple local en el estaban dispuestas unas noventa sillas plegables, la mayoría de ellas ya ocupadas. Me recibió el muchacho del día anterior con un taco de carne y porotos y un vaso de tequila; me acompañó hasta una silla desocupada y me advirtió que ya empezaría la proyección. Quise hacer un paneo para descubrir el tipo de espectadores que asistíamos a un evento así, pero inmediatamente se apagaron las luces de la sala; tuve que terminar mi taco a ciegas.

enhanced-23135-1396454597-13La película comienza y se desarrolla por completo en un shopping center, un centro comercial que podría estar situado en cualquier parte del mundo dada la homogeneización estética de estos locales; se alternan planos cortos, cerrados, con planos largos y generales, en algunas tomas, en los planos cercanos, se oye ruido ambiental, a veces se capta algún que otro diálogo, mientras que en los planos generales abunda el silencio, y se dedica igual tiempo en personas que trabajan allí como en las que están de compras o de paseo, pero con la finalidad explícita de mostrar la felicidad y satisfacción que da la estadía en estos sitios: la sala de juegos, los comedores, los baños, el personal de vigilancia, las dependientas de los locales de ropa. La introducción es larga y, a mí parecer, redunda, pero como a los quince minutos se oye la voz en los altavoces. En la película no se oye bien, o se pierde en algunos planos, pero está subtitulada. Las imágenes se siguen alternando y la voz dice algo así como que la vida que eligieron vivir es de mentira, de plástico, y que esa equivocada elección está acabando con los pequeños negocios familiares y por tanto (resumo bastante, pues mi memoria no retiene nada literal, o retiene muy poco) con la economía y las buenas costumbres de un pueblo (dijo pueblo, eso sí lo recuerdo) y de su gente. Aquí, la voz hace una pausa: en ésta se intercalan imágenes de diferente calidad a las anteriores, y en ellas se ve una mano sosteniendo un micrófono, las pantallas donde se monitorean cada uno de los rincones del shopping, unos ejecutivos (o que parecen ejecutivos) y unos guardias de seguridad amarrados, aunque sin mostrarles el rostro, pero nos lo da a entender por las vestimentas, otros guardias de seguridad, pero estos sueltos y del lado de afuera del centro comercial que le indican a unas personas (y esto se oye clarito) que en esos momentos el shopping permanece cerrado y que no se puede entrar pues están filmando una película, que disculpen las molestias y vuelvan al día siguiente (y esta es la única toma filmada en exteriores). La clientela sigue sin percatarse de nada, aunque en los rostros de algunos trabajadores se nota, si bien no preocupación ni congoja, al menos sí algo de curiosidad y sensación de novedad. Y la voz de los parlantes termina su pausa y avisa a los allí presentes que entre ellos hay unos cincuenta efectivos armados que no dudarán en acabar con cualquier actividad que consideren hipócrita o impuesta a desmedro de las buenas costumbres, e inmediatamente una toma muestra a un joven con una hamburguesa a medio engullir que se desvanece lentamente hasta acabar con la cabeza hundida en unas papas fritas con ketchup. Las cámaras retratan el malestar y, ahora sí, la congoja junto al alarmismo y la histeria de los que comían alrededor del joven, se levantan desordenados y extasiados y no tardan en caer unos cuantos más. También se desparrama una señora que se probaba unos zapatos y casi inmediatamente después, luego de soltar un grito desesperado, cae la dependienta que la atendía. Muchos buscan donde esconderse, pero en los baños o en las cocinas de los restaurantes también hay infiltrados, y todos aquellos que buscan las puertas de salida son derribados sin pausa, dejando un tendal de cuerpos tirados y amontonados a pocos metros de su salvación, niños, jóvenes, adultos y ancianos por igual. Sólo que no caen en un golpe seco, violento, sino que se van dejando caer, como faltos de energía, como desganados, hasta casi acomodarse en el suelo. Sin embargo no hay estruendos, no hay estallidos, tampoco hay sangre; la gente cae desvanecida como producto de una fuerza sobrenatural, de una anemia fulminante, de un vértigo repentino.

desmayoLos cuarenta minutos siguientes retratan todos y cada uno de los desmayos, pero con una estructura narrativa, como si fueran distintos cuentos. En uno, por ejemplo, se cuenta, se muestra cómo un hombre de mediana edad, al borde del colapso, determina la justicia por su propia cuenta y supervivencia, y sale de un restaurante provisto con cuchillos de cocina en sendas manos, lo que aumenta la tensión en el lugar. Amenaza sin ton ni son, a cualquiera que se le acerque, transpira por todos los poros. En un momento acorrala al cajero del mismo restaurante, lo persigue y lo arrincona; está a punto de saltarle encima y se lo ve decidido a clavarle alguno de los cuchillos en el cuerpo, pero en el salto se le desprenden ambas armas de sus manos y cae pesado al suelo, inconsciente, exánime. O el de la exasperación de una mujer que intenta encerrarse en el baño para que un desconocido sea capaz de otorgarle una alegría, antes de que el fin la encuentre sola e insatisfecha, y la ineficacia del joven elegido al azar para cumplir su mandato, que sale del baño acomodándose sus ropas y mirando hacia todos lados, y corriendo a esconderse en un lugar donde no lo maten ni lo violen, quedando la mujer sin resignarse, acariciándose hasta lograr su cometido, sola pero satisfecha, segundos antes de quedar exangüe sobre un retrete. O el de un adolescente que aprovecha la conmoción para fumarse un porro y empacharse de comida rápida y cerveza. También se recoge algún que otro diálogo jugoso y un intento de suicidio felizmente truncado. Y digo “felizmente” por lo que sucede a continuación, cuando el shopping no es más que un soporte de cuerpos caídos, mostrados de la misma manera que al principio de la película, alternando diferentes planos, pero ahora en absoluto silencio, sin sonidos ambientales; las luces se van apagando por sectores, como en las cárceles; desde el altavoz se escuchan las delicadas notas de Spiegel im Spiegel, de Arvo Pärt, al tiempo que unas personas, enteramente vestidas de negro, como ninjas, como sombras, comienzan a trasladar los cuerpos caídos y a acomodarlos en diferentes situaciones. Las sombras se mueven con diligencia y celeridad, y a los cuerpos para los que no encuentran silla los dejan sentados en el suelo, apoyada la espalda contra una pared. Mientras se suceden estas escenas baja la música de fondo, se sobreimprime en rojo el título de la película y la voz de antes comienza a explicar, como un epílogo, que dicha película fue filmada en tiempo real, pero que espera que la edición les tome más tiempo; que agradece a los casuales y tal vez involuntarios actores, que sin ellos esta película no hubiese sido posible, como tampoco lo hubiera sido sin los apuntadores (al matiz irónico de la palabra “apuntadores” le sigue una risa sincera y cálida); “Como no habrán podido notar”, continúa en su ironía, “ninguno de ustedes ha muerto: sólo están dormidos; se les ha disparado calmantes que no tendrán efectos secundarios. Al menos esperamos eso”. Es el único fragmento del relato que grabé casi literalmente. Explica también, la voz, que los diálogos que podemos escuchar es porque cada uno de los efectivos, de los “apuntadores”, portaba un micrófono, y que todas las tomas usadas pertenecen a las grabaciones de monitoreo del mismo centro comercial, excepto la de exteriores y la que en algunos momentos filma el micrófono por el que habla, que es la misma que filma a los vigilantes y ejecutivos del shopping (“que ahora también descansan, pero mejor, pues ya no están atados y ahora ocupan una mesa con algunos de ustedes”), y que no es más que una cámara de celular. Precisamente las tomas de estas cámaras cierran la película: la que filma la salida de unos cincuenta pares de piernas abandonando el centro comercial y una última toma que toma el micrófono y, detrás, un radio cassette pequeño, entra en el plano una mano y pulsa el botón de stop; la música se corta de repente y sólo vemos el hormigueo en blanco y negro de una televisión sin señal.televisionLas luces de la sala se encendieron. El muchacho se paró en frente y deseó que hubiéramos disfrutado la película, pero que teníamos que desalojar el salón para una próxima función. Había acabado mi tequila, así que lo felicité y salí a la calle. Una camioneta se estacionaba justo al frente del edificio. Me dio un escalofrío, pero no por el vehículo sino porque ya casi había anochecido y refrescaba. Recordé que había llevado un saco y que lo había olvidado en la sala. Al subir por las escaleras me crucé con varios hombres (unos cincuenta, quizá) que las bajaban cargando sillas plegables. Cuando llegué al segundo piso (¡era en el segundo piso!) me encontré con la sala vacía y con el muchacho sonriendo apenas y tendiéndome el saco. No habría una próxima función. No quise preguntar nada. Le agradecí por el saco, por el taco, por el tequila, por todo, y volví a salir a la calle.

Me gustaría agregar dos o tres cositas más. Con el tiempo me enteré que en ese septiembre de 2002, la película fue estrenada en simultáneo en cada una de las capitales de los países latinoamericanos, con un copetín autóctono. Supe, averigüé que al menos 16 shoppings cerraron en América latina durante 2001 hasta agosto de 2002; no pude dar con las razones. En uno que cerraron en Michoacán hablan de una indemnización extraordinaria a sus consumidores, pero no agregan mucho más. ¿Quién querría, a quién le convendría que se generara una psicosis con respecto a estos centros? ¿Quién avalaría que se expandiera la idea de que un shopping no es un lugar seguro?

Una tercera cosita: tal vez no hubiese comentado y hasta me hubiese olvidado de este suceso si un colaborador de este blog, también amigo, no me dijera que vio la misma película hará unos cinco meses, en una planta baja de un edificio ubicado en Santutxu Kalea, en Bilbao, donde le sirvieron unos pinchos y un vaso de chacolí.

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La gravedad de la fruta madura

febrero 20, 2014 at 7:14 pm (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

Artemio Linares se retiró a una edad que para el ambiente futbolístico es temprana. A los veintinueve recién cumplidos, Linares acusó una lesión ósea no del todo confirmada por el equipo médico de su club; había alcanzado su madurez. Pero su paso por el fútbol de alta competición fue breve: a los veinticinco años se había negado en varias oportunidades a formar parte del primer equipo; prefería seguir jugando en las inferiores. El Club, un club de provincia que disputaba en la segunda división, no veía con buenos ojos las negativas de un jugador con alto potencial.

c54Lo que acabo de narrar está mejor expresado en el documental de Javier Inmaraes La gravedad de la fruta madura”. La filmación de la que hablo desarrolló mi curiosidad hacia alguien que, por no ser cercano al fútbol, me era completamente desconocido, y cuyo trayecto de vida, por lo menos el que narra el documental, no podía, no tendría que pasarme desapercibido. Pero también la extrañeza, la sorpresa desconfiada hacia el realizador, que supo ver, desde los comienzos de la trayectoria de Linares, o su potencial futbolístico o su calidad de poema en vida, ya que el documental registra testimonios a partir de los veintitrés años de Artemio.

La gravedad de la fruta madura” comienza con la pregunta en off de Inmaraes a un joven Artemio que cuenta con un baldío como escenario, un baldío que boceta una cancha de fútbol: “¿Y para cuándo el salto?”. Artemio intenta mostrarse adusto y responde que cuando se sienta preparado. Hace unos jueguitos con la pelota para terminar pateándola y venciendo al arquero. Luego vuelve a enfrentarse a la cámara y confiesa: “Esto es como cuando tenés cagadera: llega un momento en la convalecencia en que uno se da cuenta de que puede tirarse un pedo vestido; eso significa que la cagadera está pasando, aminora. Pero si lo que sentías no era un pedo, como creías, o era un pedo con arrastre, estás cagado”. El documental muestra cómo Artemio Linares trasladaba esa idiosincrasia, esa ideología de vida, al fútbol, a su fútbol. Soy lego en esta disciplina, pero al parecer no le faltaban condiciones para ese deporte.

A los veinticinco años debuta en el primer equipo. Clava tres goles, pero no festeja ninguno; al menos no como se suelen festejar los goles; simplemente se vuelve hacia el centro del campo agradeciendo modesta, paternalmente a los compañeros que se acercan a felicitarlo. Para ese entonces ya se había ganado, y con creces, el mote de Don Artemio.

Enemigo de fingir la falta y de las escaramuzas entre rivales, siempre tenía unas palabras de aliento para los desconsolados del equipo perdedor. Nunca se le vio encarar violentamente a los árbitros; más bien se lo veía siempre llegando a un acuerdo de justicia. Pero no fue por su juicio sino por sus goles que se lo disputaban tres o cuatro equipos de primera división, y al año de su debut ya tenía varias ofertas para jugar en las ligas mayores. Artemio las rechaza. Inquirido sobre este tema en el documental, Inmaraes le pregunta a qué se debe su negativa. “Nunca con los calzoncillos sucios”, responde Linares. EricCantonaMuchas de las dudas de Inmaraes y del espectador se resuelven casi al final del documental, cuando Artemio Linares, recién retirado del fútbol, confiesa que, además de su “lesión ósea”, nunca supo estar a la altura de su generación. “No sé por qué”, cuenta Linares en su testimonio, “siempre creí que los futbolistas eran mayores, que hacían cosas de grandes. Tal vez porque de alguna manera construían su vida a una edad temprana, y que así debía ser porque su carrera era corta. Me pasaba lo mismo con las modelos. De pronto no podía imaginarlos haciendo cosas quizá propias de su edad. Supongo que algo tendrían que ver las fotos de los futbolistas de antaño, que aparecían con bigotes, pecho amplio, algo de panza, fornidos y curtidos, con la complexión del Batman de Adam West. Se me representaban como personas que las habían vivido, que eran capaces de cabecear una pelota que pesaba como una sandía, y que para eso había que haber trabajado duro, que había un desarrollo previo antes de ser la cara de alguna marca importante”, sentencia Linares ya no refiriéndose a los jugadores de antaño.

A los veintisiete firma para un club importante de primera división (si no he citado ningún club hasta ahora es porque creo que el lector interesado en el fútbol ya conocerá esta parte de la historia). Persiste en su actitud adusta, en apariencia desinteresada, creativa pero responsable. Los inconformes que nunca faltan le critican no sentir la camiseta, aunque Artemio Linares tenga un promedio de 1,84 goles por partido, sólo porque no se muestra efusivo al festejar goles ni triunfos; incluso no muestra más que una seria reflexión ante una derrota. Inmaraes lo refleja en su documental cuando le sugiere que esa actitud no es compatible con el fútbol europeo, a lo que Linares responde que si él hubiera querido pasarse todo el día en una peluquería, igual hubiese elegido la profesión de modelo.

Sin embargo, Linares ya daba alguna muestra de su decepción, aunque la disimulaba con mucho acierto dentro del campo de juego. Comenzaron a llegarle ofertas de Inglaterra, Italia, España, Alemania, algún equipo turco. Ninguna le interesó más que otra siendo que no le interesó ninguna. A su club le convino hasta que las cifras que ofrecían por él prometían un notorio cambio estructural. Fue cuando lo de la lesión. Los dirigentes del club estaban que echaban rayos por el culo. Artemio pide reunirse con ellos a conversar; la dirigencia se pregunta de qué van a hablar siendo que Artemio Linares es un jugador del club, y su calidad de transferible está implícita en el contrato que firmó. La cámara de Javier Inmaraes sigue a Linares hasta la puerta de la sala de reunión, pero es el mismo Linares que le ruega quedarse afuera, no registrar lo que en ella se hable. Veinte minutos le bastan a Linares para salir de la sala, dejando dentro un puñado de dirigentes, harto comprensivos, resignados a su retiro, y un equipo médico asegurando públicamente, aunque sin demasiadas pruebas, del daño óseo que le impediría la práctica futbolística, a menos a nivel profesional, el resto de su vida. BotinesLa cámara de Inmaraes capta este momento y aborda al exfutbolista. “Es que el fútbol cambia muy rápido”, señala Linares y registra Inmaraes. La gravedad de la fruta madura” finaliza con los testimonios de todos los asistentes a esa reunión explicando qué era lo que los había convencido del discurso de Linares, pues la mayoría afirma que no alcanzaron a decir ni una sola palabra, y es en lo único que concuerdan, porque a cada uno de ellos los convenció una parte del relato, o una interpretación diferente a la del resto.

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Informe de la situación XV

enero 26, 2014 at 12:30 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea), Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira), Uno que siempre es Otro)

…y, aunque la fama se juega,

el que por gusto navega

no debe temerle al mar.”

El Moreno. Martín Fierro

Prensa amarilla

Prensa amarilla

A Nadie le extrañó las ausencias de Gauna y Errolan; y no era de extrañar pues ambos se encuentran en algún punto del norte de Argentina… Además que nunca concurrieron a ninguna reunión efectuada en las oficinas de este blog. Tampoco extrañó la falta de Vergara debido a que Quién sabe dónde anda ahora; Alguno dijo que creía que andaba por Toledo, pero Otro lo interrumpió diciendo que era poco probable, ya que siempre se estaba moviendo. Sí fue motivo de sorpresa la presencia del Licenciado Nolrad Leira, que tampoco acostumbra a asistir y que seguramente se habría eqivocado. Ninguno notó la demora de Irtzuberea, que media hora más tarde aparecía con un periódico bajo el brazo y advertía que si Alguien quería ocupar el baño, se esperara unos minutos. Su consejo casi no es oído debido a los gritos que profiere en esos momentos S.R., nuestro acreditado Director. Irtzuberea pregunta qué fue lo que se perdió y Uno, sotto voce, explica que la enajenación viene otra vez por el dichoso concurso de blogs de 20 Minutos. “¿No tuvimos ya esta charla?”, pregunta acertadamente Irtzuberea. Uno simplemente levanta los hombros al son de las cejas y explica que no es por no ganar, porque el Director es capaz de aceptar que no hacemos el mejor blog del mundo ni nada parecido, sino porque ve anomalías, ya que vio por algún medio que llamaban a inscribirse y Nadie, en este blog, había tenido noticias del periodo de inscripción, como sí habíamos sido avisados en años anteriores, pero que el año pasado sí nos habían mandado la notificación de inscripción, y luego no volvimos a tener noticias, como sí habíamos tenido en años anteriores, y patatín patatán, y Alguno tuvo la ocurrencia de decir que quizá nuestro criterio editorial no concordaba con el del periódico organizador, a lo que el Director, estallando, dijo que de qué criterio editorial le hablábamos, si este espacio no era más que una recolección de vivencias personales acordes solamente al grado de onanismo de sus colaboradores. Irtzuberea, convencido de su derecho a interrumpir, alegó que Quién querría ganar un premio otorgado por un periódico como ése (y puso sobre la mesa, a la vista de todos, el ejemplar que traía bajo el brazo), que pone en primera plana, ocupando la mitad de la página, la foto de un muerto que lleva así más de un mes, a juzgar por su estado, para culpar y estigmatizar al ejército sirio, siendo que en ninguna de sus páginas, ni en las de ése día ni en las de ningún otro, hablan de las matanzas de los rebeldes patrocinados, hasta hace poco (o eso mienten), por Estados Unidos y por la Comunidad Europea, y que nada dicen de Qatar y Arabia Saudita, también mecenas de mercenarios, y eso cuando intentan hacerse los periodistas serios, porque si no es una foto de dibujos animados de gran audiencia y… Pero más convencido de su derecho a interrumpir se halla nuestro Director que grita a los cuatro vientos que le importa un bledo la integridad y la honestidad intelectual de esos espurios medios de comunicación, sino que el premio que otorgan serviría para introducir ciertas mejoras en este blog, a lo que, envalentonado por el discurso de Irtzuberea, Alguno se anima a decir que esa miseria que ofrecen de premio difícilmente alcance siquiera para saldar las deudas que “este blog” tiene con sus colaboradores, al tiempo que Otro se lanza, con unos reflejos de felino, a sujetar al Director para que no le rompa la cara Alguno.

Tata-MartinoMientras el caos se desata, Irtzuberea aprovecha para acercarse y saludar afectuosamente al Licenciado Leira. En menos que cante un gallo, ya se encuentran hablando como si no pasara nada. Irtzuberea dice que el fútbol europeo, el europeo en general, ¡bah!, son exitistas, y que así escriben su prontuario gente como Guardiola y Mourinho, pero que a él le parece extraordinario lo que está haciendo Martino, y no sólo por abrir las posibilidades de juego del Barça y brindar más salidas y soluciones que solamente tener la pelota hasta que el contrario se canse y se aburra, sino que además hace jugar, y hace jugar bien, a todos los jugadores opacados o que no le encontraban la vuelta los dos seleccionadores anteriores, como Tello, Alexis, otros chicos de las inferiores, incluso el mismo Fàbregas, y que eso hace que el Barça sea mucho menos Messi-dependiente, y que lamenta que la afición no sepa reconocerlo si no es a cambio de títulos y copas, porque eso demuestra que no les interesa el fútbol sino el reconocimiento internacional que pueden lograr gracias (o no) al fútbol, y que tal vez por eso se la pensaran más de una vez a la hora de contratar a Bielsa, y que por eso Menotti pasó por estos lados sin pena ni gloria, pero sobre todo sin gloria, y que el fútbol se debe disfrutar en una cancha, no en una vitrina… Y ni hablar del lujo que significa verlo y oírlo en las ruedas de prensa que…

Justo en ese momento, llevado por el sentimiento de que no lo tomaban en serio (al parecer de Uno), el Director, soltándose bruscamente de la sujeción de Otro, e ignorando olímpicamente a Alguno, pregunta sarcásticamente hacia donde se encuentran Leira e Irtzuberea qué era eso tan relevante que debía ser tratado en susurros, pero que no respondieran, que lo dejaran adivinar: se lleva la mano a la frente en esa parodia de concentración como Quien sorbe algo extremadamente frío y luego dice que seguramente se trata de cómo mejorar y hacer más visible este blog. Sagazmente, el Licenciado Leira dice que precisamente era de eso de lo que hablaba con su compañero Irtzuberea. Y desarrolla: “Le adelantaba al Vasquito un informe que tengo entre manos. Surgió de una duda personal. Cualquiera en esta sala conoce la leyenda de que cuando los hermanos Lumière estrenaron L’ Arrivée d’un train à La Ciotat, los espectadores salieron corriendo, asustados porque pensaban que la locomotora de la pantalla arrasaría con ellos. Bien. También estarán al tanto de aquella emisión radial de La guerra de los mundos, de Orson Welles, que provocó el pánico y la conmoción en la audiencia. Pienso que en este último caso es factible la agitación del oyente, puesto que sólo se halla expuesto a su sentido auditivo y el resto es rellenado por la propia imaginación; no es difícil demostrar que damos por cierto cualquier cosa que hayamos oído de un medio de comunicación. Pero es diferente si analizamos la filmación de los Lumière, y el alboroto que se produjo, por una sencilla razón: los seres humanos solemos ver la vida en colores. Y resulta extraño que alguien se espante ante una imagen, que por más real que pudiera parecer, se nos presenta descolorida, solamente en tonos de grises. ¿Cómo alguien no pudo sospechar el engaño ante un cielo color perla o blanco y un terraplén del mismo color que el cielo? De esta pregunta infiero dos cosas: uno, que todos los espectadores que salieron corriendo eran hámsters; dos, que todos los espectadores que salieron corriendo padecían acromatopsia, más vulgarmente conocida como monocromatismo, pues aun encontrándose en la oscuridad de una sala de cine les quedaría el recuerdo de los colores que perciben en el día a día. cebraCabe en este estudio una tercera posibilidad, y acá es donde empezamos a hablar de los medios de comunicación: puede ser que sólo uno de los espectadores sufriera acromatopsia, o fuera un hámster, y que su terror, su pánico al ver que un tren se le venía encima lo hiciera gritar desesperadamente y salir corriendo, contagiando y transmitiendo así la histeria al resto de la concurrencia”.

Los rumores en los que se presumen alabanzas comienzan a acrecentarse, pero son interrumpidos en seco por S.R., que con la autoridad que le confiere su chapa de Director pregunta: “Y díganos, señor Licenciado, ¿cuándo podremos iluminarnos con los resultados de tan destacado estudio?”. “Ya estoy acabando, jefecito”, contesta humildemente Nolrad Leira, y retoma, susurrando, con un dejo de picardía en su mirada cansada, la conversación de fútbol que mantenía con Irtzuberea, mientras nuestro reputado Director se ve moralmente debilitado para proseguir su retahíla de insultos y sermones.

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La Sagrada Familia

noviembre 27, 2013 at 10:45 pm (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

Quiso la casualidad que semanas atrás volviera a dar con ese texto, pero la pereza hizo que recién lo retomara hoy. El escrito llegó a mis manos hará unos diez años. Lo recuerdo porque fue justo en la época en que Irtzuberea tenía montada su pequeña empresa gastronómica. Estaba firmado por un tal Arnold Malmrod, y fechado en el 2002. Volvió esta vez, agazapado entre unos papeles antiguos que no sé por qué conservo. Desconozco casi todo del autor, no alcanzo a saber si leí una traducción suya o si, contrariamente a mi pensamiento, Malrmod escribe en castellano. MALMROD Sagrada FamiliaTampoco sé si el texto es coetáneo a su edición o si fue escrito con mucha anterioridad. Volví a dar con el escrito, impreso en papel madera, a ambos lados de la hoja, en un formato similar, expresamente imitado y logrado, al que publicara Émile Zola por allá por 1898 en el diario L’Aurore. Intenté buscar al autor por su nombre en internet, pero el buscador se apresura en asegurar que quizás yo haya querido decir otra cosa, como Arnold Malmros; inútil tratar de hacerle comprender a un programa, o lo que fuera sea un buscador, que sé muy bien lo que quería decir, no sólo porque tuve la precaución y la honestidad de copiar su nombre tal y como sé leerlo en la hoja que volví a tener y ahora tengo en mis manos, sino también por la extrañeza o la familiaridad que me causó la coincidencia sonora, el parecido que encontré entre su apellido y mi nombre: Malmrod, Nolrad. En ese momento, hace diez años, me pareció curioso, pero ahora, al ver escrito su nombre, descubro con cierto espanto que Arnold puede leerse como un anagrama de Nolrad. Dispuestos a imaginar podríamos colegir que el de Malmrod es un seudónimo que utilizo para transcribir algunos pensamientos de los que no estoy del todo seguro, o de los que no pretendo responsabilizarme; también podría ser que yo hubiese sido desde un principio un seudónimo de Malmrod, y sea él quien ahora escribe estas líneas, y hubiese sido yo quien escribió las otras; o simplemente podríamos situar a Malmrod como mi Doppelgänger… Ya me gustaría a mí una ficción de ese tipo, pero la verdad es que las cosas son así nomás, como las cuento, sin dobleces.

Arnold Malmrod se adhiere a la teoría de conspiración del VIH, y si bien es una teoría que no resulta inverosímil (y menos como se vienen dando las cosas), no me detendré en ese análisis más que en el enfoque que le brinda Malmrod a esta idea. Para el autor, el virus de inmunodeficiencia humana fue creado como arma biológica, pero no, como se piensa, para eliminar negros, homosexuales y rusos, sino para conservar el sistema patriarcal. Su artículo comienza con esta pregunta: “¿Y por qué, si no, la Iglesia se niega al uso del preservativo?”. Es justo decir, antes de continuar, que en ningún momento Malmrod culpa a la Iglesia de la creación del virus, al menos no como su origen, pero tampoco le quita responsabilidad en su propagación, y no tanto por su condena a los métodos preservativos, sino por los modelos morales de vida que pregona: “El sida le sirvió a la Iglesia para alarmar acerca de la promiscuidad, para terrenizar el infierno, para certificar la amenaza de que los pecadores no sólo arderán en el fuego eterno, sino que lo harán antes, llenos de manchas, con el cuerpo consumido y con un duro entrenamiento previo. Pero esta intimidación no iba dirigida sólo a la comunidad homosexual, que por otra parte no podría convalidarla si en los hechos el propio Vaticano no tuviera una baja de más del sesenta por ciento de sus prelados, sino que la advertencia iba también dirigida a las mujeres… Sobre todo a las mujeres”.liberacion-sexual-femenina

Arguye Malmrod que el arma biológica no fue pergeñada para los homosexuales en particular pero que los incluía puesto que eran parte importante del estallido de libertad sexual, allá por los sesentas, y que esa libertad era la que había que detener de alguna manera, porque terminaría moviendo los cimientos del embarrado sistema patriarcal. “El goce sincero de esa libertad aboliría la monogamia, por lo tanto el matrimonio como institución; la mujer dejaría de ser una mercancía. Pero, ¿a quién le conviene eso? A la Iglesia, no. Y mucho menos al sistema económico imperante, porque al sistema, como a la Iglesia les viene de perillas la prohibición. Si la libertad sexual propulsada por aquellos años no hubiese sido una moda hippie, si se la hubiera tomado más en serio de como se la tomó, me animo a asegurar que ni la prostitución ni la pornografía serían hoy negocios rentables; como las drogas: se estigmatizó la sexualidad y se la condenó al hogar y a la clandestinidad, en el hogar, a la posición del misionero, como le gusta a la Iglesia, y a la mujer a estar dispuesta siempre que su marido, el amo, el que hace girar el mundo, así lo desease; en la clandestinidad, a suplir lo que el pacato y bien considerado socialmente hogar no daba”.

Más adelante cita como ejemplo la película Forrest Gump, que no vi, pero me parece interesante el punto que subraya Malmrod: dice del personaje que interpreta Robin Wright, una activista y luchadora por los derechos humanos: “…a diferencia del mermo del personaje de Hanks, que se sienta a ver pasar la vida, sale a aventurarse y paga su libertad, su búsqueda y sus ganas de no quedarse en casa hinchándose a bombones, con una enfermedad letal y terminal, para que a todo espectador le quede bien clarito que nada le hubiera pasado a esa mujer si se hubiera comportado como Dios manda. La libertad sexual se paga, y más la de la mujer, excepto en un caso histórico donde una mujer tuvo un hijo producto de haber engañado a su marido carpintero con un pájaro, pero que la propaganda se encargó de hacerla Virgen”. El texto es largo, así que se le agradecer a Malmrod humoradas como éstas, que alivianan la lectura y la humanizan, aun en temas de esta clase, que muestran o intentan mostrar hasta dónde es capaz de llegar el ser humano por prejuicios, para que nunca nadie revuelva y desordene sus firmes y enquistadas estructuras.

Asegura, también, que el arma biológica no pretendía eliminar una minoría sino amedrentar a la mayoría, que el poder, siempre corto de imaginación, termina apelando al terror, y que el intento de detener el peligro de la libertad sexual, y por consiguiente la identidad sexual, tiende a mantener el estereotipo de la familia burguesa: padre, madre, hijos, dos o tres y preferiblemente rubios, y perro que te ladre, como único modelo a seguir para librarse del averno, puesto que, de lo contrario, se cambiaría el concepto y la percepción de familia, y el macho dominante o macho alfa perdería su atávica situación de poder: “Al abolirse la idealización de la institución familiar, al volver, digamos, a una concepción antigua, donde la madre era la única con derechos decisivos sobre los hijos, ya que la entidad del padre sería, al menos, dudosa, la estructura social se organizaría de manera diferente; cada padre se vería en la responsabilidad de cooperar en el mantenimiento de cuantas mujeres haya tenido y de su potencial progenie… Y conste que hablo de cooperar no de proveer y abastecer; a su vez podrían participar de la educación, tantos los posibles padres como los familiares varones de la madre, que también podrían contemplar la instrucción de las nuevas generaciones: los padres, al no estar obligados moralmente hacia una ‘familia’, podrían ser generosos en varias; los hijos en particular y las personas en general, cualquiera sea su sexo y cualquiera su sexualidad, y entendiendo que hay tantas sexualidades como personas en el mundo, estarían cobijados por la Comunidad”.

Independientemente de lo que opine quien suscribe acerca de la teoría conspirativa, creo oportuno acordar con Malmrod, en varios puntos, pero sobre todo (además de los párrafos que cité expresamente) en el hecho de que cada persona ocupe un lugar, un puesto dentro de la sociedad tomando como referencia su diferencia y no su burda imitación del estereotipo masculino, y en lo que éste decide. Interpreto, como el autor, que las mujeres deberían estar a cargo de las instituciones… me corrijo:cristina_dilma también, o con mayor razón, deberían estar a cargo, pero no como simples voceras ni carne de cañón (Malmrod señala que a las mujeres antes se las aceptó en los ejércitos que en los partidos políticos, pero que en ningún caso pasó de Sargento). Y como bien ve dicho autor: “Si la liberación sexual hubiese llegado a buen puerto o a puerto alguno, no se tendrían que realizar ‘favores’ para ocupar un puesto jerárquico, porque todo el mundo iría a trabajar ya con sus favores hechos”.

Pero el sistema, el poder debía mantener su estructura intacta, y lo logró de una manera bastante irrefutable: el virus y su propagación constituían una salida más cómoda, rápida y eficaz que la persuasión y convencimiento mundial de que la ablación es una práctica quirúrgica de innumerables ventajas para la higiene y la sanidad; otras entidades, otras instituciones deberán preservar el terror infundado, cosa que no creo les cueste porque se edificaron en torno a eso. Y hasta ahí llegaron: más no pueden hacer; si dentro de los hogares, de cada hogar, hay mujeres sublevadas correrá por cuenta de cada marido, de cada macho alfa atizarlas física o psicológicamente para mantenerlas en el redil; el mundo hará la vista gorda por el acostumbrado, endémico y de nunca acabar bien de la humanidad”, ironiza Arnold Malmrod en los últimos renglones del impreso.

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Pateando el tablero

abril 17, 2013 at 5:18 pm (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

De las innumerables variables que se realizaron del ajedrez me gustaría mencionar la de Eudoro Pastrana. Tal vez convenga hablar antes del mentado Pastrana, pero no me costaría discurrir durante líneas y líneas sin siquiera hacer mención del tema que ocupa este escrito. De su invención puede llegar a leerse algo sobre él, como también de algunas menciones que iré aportando a lo largo de este relato. De quedarme espacio, abreviaré sobre su vida.

Desconozco si continúa viviendo por esos lados, pero el manuscrito me lo entregó en mano cuando moraba en las cercanías de Itacaruaré, en el departamento de San Javier, provincia de Misiones. Poco importará declarar que nos conocimos en Buenos Aires. «Dada la importancia de las Torres, Nolrad, ¿por qué no sacarlas en el primer movimiento? ¿Por qué no sacar al Rey o a la Reina de movida? Por esa concepción absurda, barata y cobarde de mandar primero a los que ‘no valen nada’… la carne de cañón, los pobres, los soldados, los olvidados… Costumbre, vale decirlo, que se adquirió luego, porque en un principio los reyes comandaban la batalla». Tomaba el mate con lentitud extrema, como si no se acabara nunca, y miraba a lo lejos, aunque para adentro.

ajedrez-Pastrana-Fig-1

Figura 1

Según su manuscrito, el inicio del juego adoptaba las posiciones convencionales de las piezas, y conservaba la misma distancia entre un ejército y su contrario, sólo que se ampliaban los márgenes del tablero (Fig. 1). Este escenario no sólo posibilitaba la salida de cualquiera de las piezas de segunda línea en el primer movimiento, sino que además permitía potenciales ataques por la retaguardia. «La tierra no se acaba en un reino, Nolrad», me decía Eudoro y cebaba. Piezas como los Alfiles, las Torres y las Reinas podían efectuar extensos movimientos, de forma tal de salir del espacio de visión del jugador contrincante, como si fueran certeros francotiradores. Para este tipo de jugadas, el manual cambiaba un poco algunas reglas del juego convencional: si un jugador desprevenido dejaba al descubierto a su Rey por no observar el asedio de la Reina o un Alfil contrario ubicados a más de un metro del monarca, no se le avisaba del jaque sino que directamente el Rey sufría la salida del juego. La partida no terminaba allí, puesto que el rey podía ser «rescatado» si un Peón traspasaba la línea contraria (como en el tradicional), pero cabe mencionar que tras el ataque sufrido por el Rey, el contrincante debía ceder tres Peones y una de las piezas de segunda línea, en caso que le quedaren, y esas ya no podrían ser rescatadas.

Cualquier participante con pocas ganas de alargar una partida de este juego, intentaría siempre atacar por la retaguardia del ejército contrario. Para eso, Pastrana previó dos líneas de defensa detrás de cada Rey consistente en dos Alfiles, dos Caballos y cuatro Peones más, con una línea de casillas de por medio (Fig. 2). Tanto estos Alfiles como los Caballos podrían sumarse al ataque cuando lo consideraran conveniente, no así los Peones que mantendrían su movimiento hacia delante, es decir, hacia el frente del Peón, es decir, hasta el final del tablero, se hallase éste donde se hallase (si no lo mencioné con anterioridad, los márgenes del tablero podían extenderse todo cuanto los participantes lo desearan), lo que sería, aparte de inútil y disfuncional, un verdadero suicidio, ya que sobre ese margen, aunque fuera del tablero, se encontraría un ejército aliado del contrario formado por ocho Peones. Para que estos Peones entraran en juego bastaría con que uno de los Peones del equipo al que están alineados llegara hasta ese margen, cosa que resultaría bastante difícil, ya que con suerte logran pasar la línea del ejército contrario para reclamar una de las piezas importantes. Pienso que Pastrana ideó esta ubicación no para enriquecer el juego sino como una metáfora deseada en la que los pobres y olvidados observaran la batalla desde fuera.

Figura 2

Figura 2

«Nolrad, hay que librar al ajedrez de la pura matemática, de los ciclos de la geometría; hay que dotarlo de realidad, de humanidad, devolverle las contingencias», reflexionaba para sí Pastrana, aunque se dirigiera a mí, mientras acomodaba unos leños para encender el fuego; la noche ya caía sobre nosotros. No habíamos pasado las horas refiriéndonos solamente al juego, sino que cada tanto volvíamos, cuando un largo silencio y su cavilación así lo exigían. Para eso de sumar contingencias, Pastrana había diseñado una especie de tablero a modo de «baldosas flojas», es decir que cada casilla estaba a unos milímetros por sobre el nivel de suelo del tablero, de manera tal que al posar una pieza, la casilla bajaba esos milímetros. El motivo era que por debajo, es decir, al ras, habría pequeños pulsadores que al ser oprimidos por el peso que la pieza ejercía sobre la casilla, harían encender una luz al costado del tablero o sonar un timbre. Esa advertencia indicaba que esa casilla donde fue a posarse una pieza contenía un mal irremediable. Para saber acerca de este mal, el participante debería elegir al azar una de las tarjetas de un mazo diseñado para este fin. Las tarjetas llevarían inscripciones del tipo «ARENAS MOVEDIZAS», «AGUA ENVENENADA», «MINAS EXPLOSIVAS», y otros tantos motivos que dejarían a la pieza en cuestión fuera de combate; luego habría leyendas más suaves como «FIEBRE», «SOMNOLENCIA», «FATIGA», «EMBRIAGUEZ», que harían que la pieza retrocediera un movimiento, un paso, según la elección del contrincante. En realidad no siempre implicaría un retroceso, pues es el adversario quien decide el movimiento de esa pieza, por lo cual podría adelantarla, para eliminarla en la jugada siguiente, cuando a él le tocara mover las suyas. Digamos que ante las contingencias no fatales, el adversario decidía sobre el destino próximo de esas piezas. «Don Leira, yo sé que esto de las lucecitas y las campanitas y la injerencia de un tercero imparcial –encargado de distribuir secretamente los pulsadores sobre el tablero, antes del comienzo de la partida– es un sistema precario, pero el tiempo hará que el procedimiento se sustente, qué sé yo… en un tablero eléctrico que distribuya las consignas de forma aleatoria», se adelantaba al tiempo Eudoro mientras tiraba unas carnes sobre el fuego (cabe aclarar que este encuentro se produjo allá por el 87 u 88), y continuaba: «Incluso, podría ser factible que de pronto, mediante algún procedimiento similar al de la ruleta, de pronto, digo, estalle una casilla sin necesidad de movimientos… a ver si me explico mejor: un tipo piensa su próxima jugada y ¡paf!, uno de sus Peones vuela por los aires, o la Reina contraria cae… una especie de muerte súbita y azarosa… porque sí, porque la suerte, el destino quiso que esa casilla, donde cayó la pelotita, o el mecanismo que lo hiciera posible, se llevara la pieza que contenía; eso es también una contingencia. Y así puede darse que un jugador pierda su Reina o su Rey apenas comenzada la partida, antes incluso del primer movimiento, como un hecho externo a la guerra en sí».

Eudoro-Pastrana

Eudoro Pastrana (Ilustración de Isidro Pasichnik)

Por lo general, esta variante del juego respeta los movimientos de todas las piezas, excepto la del Peón, a la que otorga no sólo la libertad de avanzar dos casilla cada vez que se lo proponga (no solamente en su movimiento inicial), sino también la del movimiento diagonal, aunque no capture o coma una pieza contraria. La extensión del terreno de juego permite estas autonomías. «Sin embargo no quise que el Peón retrocediese», me dijo Eudoro Pastrana esa noche, «un Peón que ha avanzado no debe nunca recular; la peonada no debe volver atrás».

En el último capítulo, titulado «Estrategia Jornalera», y narrado más bien como una licencia literaria que como instrucciones o recomendaciones de juego, Pastrana habla de que, vencido el ejército de piezas negras, por ejemplo, un peón de las blancas debe encaminarse hasta el final del tablero, donde se encuentran los ocho peones aliados, liberarlos y hacer que ellos avancen hasta derrocar al Rey triunfador, al Rey de las blancas; y plantea un tablero regido sólo por los peones. Aunque sea difícil de imaginar, doy fe que Eudoro Pastrana no alberga ni albergó nunca pasiones comunistas; pero sí imaginaba e idealizaba un cambio en algunas reglas del juego.

La noche invitaba unas cañas, y esta bebida nos haría reírnos y recordar anécdotas de nuestra estadía en Buenos Aires… también nos haría entristecernos por el recuerdo. Nos quedamos toda la noche en vela. Antes del amanecer ensilló dos caballos que nos llevarían hasta la estación de trenes de San Javier, cuando aún funcionaban los trenes en Argentina. El sol ya pintaba de colorado la tierra cuando llegamos a la estación. Le pregunté si querría patentar o publicar su idea. «¿Para qué querría yo algo así?», me cuestionó.

Y así se alejaban, un peón sin rey y dos caballos sobre un tablero infinito.

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