Maratón de la suerte

junio 8, 2017 at 7:41 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

En la escena más popular de Marathon Man, el personaje que interpreta Lawrence Oliver pregunta: “It is safe?”, “¿Están a salvo?” o “¿Está seguro?”, dependiendo de la traducción. De cualquiera de las dos formas resulta bastante alarmante si la pregunta viene de alguien que empuña en una de sus manos un instrumento odontológico. Es inevitable no pensar que un dentista, además de extraerte una muela o una caries, también quiere extraerte una confesión. Todo tiende a la tortura, desde la sala de espera, donde el torno se amplifica como una sierra eléctrica, hasta el hedor, esa mezcla de clavo de olor y látex, pasando, por supuesto, por el instrumental, cuyo diseño no es más que la imitación a escala de las peores máquinas de tormento de la Edad Media, y la luz enfocada directamente a los ojos para que no podamos reconocer los rasgos de quien nos atiende.

Será válido, entonces, si antes de una consulta con dicho profesional se preguntan si están a salvo o si es seguro. Y puedo responderles: ni más ni menos que cuando visitan un neurólogo, un psiquiatra, un mecánico de coches o un gasista. Nadie visitaría a esta gente, a menos que mediare algún parentesco, alguna amistad o algún afecto, pero si pudiera elegir se alejaría lo más que pudiere; la visita se da porque hay un bien físico, mental o material que está en juego o en riesgo. También puede tratarse de un bien moral, entonces uno visita a profesionales que atienden su consulta en las iglesias. Curas buenos hay, como también los hay dentistas, plomeros, pilotos de aviones, periodistas, etcétera, pero no nos olvidemos que no dejan de ser, antes, seres humanos.

A lo que iba: después de mucho tiempo, casi una década, volví a ser parte de una obra social (queda claro que hablo de la entidad que administra las prestaciones médicas a un trabajador, no de un aporte a la humanidad por mi parte), así que decidí ver cómo iba mi dentadura. Mal. Pero bueno, tampoco vine a hablar de mi condición oral. Tuve un presentimiento no muy sano con el profesional que me atendió, algo me olía mal (pensé que la próxima consulta sería a un otorrinolaringólogo). Había algo que no me cerraba, además de la boca mientras me revisaba. Dijo que había que extraer dos muelas, me tiró dos alarmas más y me derivó a su consultorio privado. Pero que me apurara. Pensé que el matiz de esto último se debía a una urgencia sanitaria pero en su siguiente aclaración noté que se debía a que en dos semanas entraba en sus vacaciones. Dejé que se las tomara tranquilamente, y yo me dejé estar un tiempo. Luego volví a sacar una orden pero pedí verme con otro profesional de la obra social. Una mujer. Me dijo que había que extraer una muela y la otra era salvable a través de una endodoncia. Me derivó a una especialista en tratamiento de conducto que hizo su trabajo. En el consultorio contiguo sentí la voz del primero que me atendió con un speech igual o similar al que me había hecho a mí, y también derivando a alguien a su consultorio privado. Me sentí seguro. La segunda doctora terminó su trabajó y a su vez me derivó al profesional que me terminaría el trabajo de restauración. “It is safe?”, resonó la voz de Lawrence Oliver cuando vi que el encargado no era ni más ni menos que el profesional del que creía haberme librado. Sentí ganas de correr y no parar hasta que todo acabara.

Hubiese estado bien. Pero la verdad es que me encontraba atado a una silla. Tenía que sacar una orden para que me viera el Dr. Christian Szell (más adelante tal vez explique por qué no uso el nombre verdadero de este profesional). Cada orden por consulta tiene un valor de 50 pesos, por lo que, ya que de igual forma me iba a tener que atender con él, aproveché que estaba en el consultorio contiguo y lo consulté. Debo reconocer que ese día mostró cierta disposición y algo de deferencia hacia mí. Me habló de las distintas variantes para reconstruir el molar donde habían profanado los conductos y que tenía que ver si la extracción del molar adyacente sería simple o necesitaría una cirugía (aunque otros dentistas aseguraban que era simple), y ahí nomás me extendió una tarjeta personal (la segunda, pues al parecer se había olvidado de nuestra primera cita) para que sacara un turno para su consultorio personal, y que allí sólo me cobraría 50 pesos más de lo que gastaría siendo atendido en los consultorios de la obra social.

Adelantándome a su diagnóstico, contacté con otro profesional, puesto que en el tema de implantes es poca o ninguna la contribución de la entidad. Sin embargo, antes le solicito un turno por medio de un correo electrónico, recordándole que me había pasado algunos presupuestos y que ya, más o menos, sabíamos lo que iba y tenía que hacer. Él me contesta el mensaje diciéndome que prefiere no tratar por ese medio sino que le mande un WhatsApp o le haga una llamada al celular “(esto solamente para pedir turno no para consulta via telefonica)”, aclara, sin importarle el uso de los tildes. Uno entiende que mucha gente opta por no tildar ni poner ningún signo de puntuación, como si la tecnología los absolviera de la gramática, sin embargo, y si bien rapido, dias, ahi, descontare, odontologico, también carecían de tilde, se tomó el trabajo de ponerlos en recién, andá y algún, por lo que no se trataba sólo de un lenguaje pensado para las nuevas tecnologías. Luego me conmina a visitarlo a su consultorio, y que ahí “en una consulta vemos y te paso costos”, me dice; que la consulta sale 300 pesos “que te descontare luego si te hago algún tratamiento odontologico, y añade que me puede dar turno para ese mismo día a las 17 horas. Le contesto, ya por WhatsApp, que se me complica ese día. Él me dice que “”, pero que le confirme apenas pueda, y me recuerda que la consulta me la va a cobrar pero que después me la descontará y me hará un mejor precio por ser afiliado pero que “sigue siendo en forma particular la atención, sí?”, me remarca. Le contesto que esa semana ando medio ocupado, pero que ya le escribo para la próxima.       Dale”, me alienta, “pero no te dejes estar”, se preocupa.

Al día siguiente le escribo: “che, disculpá la curiosidad, pero ¿por qué 300? Me dijiste que por ser del sindicato sólo me cobrabas 50 pesos más por particular”. “De las prestaciones que se hacen en el sindicato”, me contesta. “La consulta es una de las prestaciones”, le retruco. Ahí parece que el Dr. Szell pierde los estribos y se pone vehementemente a hacer hincapié sobre sus costos y la atención particular, aunque enumerando, es decir, diciendo: primero, bla bla bla; segundo, patatín patatán, tercero, otra fruta. Y al finalizar su colérico discurso (o a mí me lo pareció así: nunca se sabe en este tipo de medios porque el matiz se lo pone uno), me aconseja que me siguiera atendiendo por el sindicato o me buscara otro médico. El punto es que no tendría inconveniente en hacerme atender por el sindicato si en el sindicato no atendiera él (¿Cómo me atendería sabiendo lo que “conversamos”?). No quise referirle el absurdo en el que había caído. De todas maneras, yo para ese entonces había seguido su sabio consejo aun antes que me lo diera y ya tenía turno con un odontólogo de confianza… mujer, ella. Le escribía como una forma de revancha personal. En todo caso, él podía cobrar lo que le diera la gana; era su consultorio, pero había cosas que dijo y luego fueron otras. Creo que se sintió descubierto, develado, y por eso el tono de resentimiento que yo creí leerle. A su advertencia de que pagara sus costos o me buscara otra persona, respondí que me disculpara, que me había confundido y llegué a creer que él sabía algo de deontología, pero que mi error fue no saber ver que él sólo sabía de dentología (sí, inventé la palabra para poder cerrar el chiste), pero que a mí no me importaba hacerle llegar la “O” que le faltaba, y le envié esto: . Los emoticones son como las varitas mágicas o el anillo de Sauron: depende cómo se los use.

No quise poner el nombre verdadero de este dentista, primero, porque no estoy seguro de que la cantidad de personas que leen este blog sea ingente, y mucho menos si entre ellas hay alguna relacionada con algún órgano regulador; si quisiera denunciar tendría que haberme dirigido a una entidad afín o a la misma obra social, aunque es posible que en su burocracia me terminaran sacando más guita que el dentista y ninguna muela perjudicada. Además, o segundo, porque no es el único odontólogo que trabaja de esta manera. Ni odontólogo ni neurocirujano ni plomero ni técnico de televisores ni administrativo de la AFIP. Muchos lo hacen así, porque trabajan con el miedo, porque se aprovechan de lo que uno, cualquiera, desconoce, y la ganancia resulta mayor proporcionalmente a lo que el cliente siente que está por perder: no es lo mismo una muela que un corazón, ni la casa compartida durante un derrumbado matrimonio que el canal 13 se vea borroso y con interferencias. Da miedo lo que se desconoce, pero el que tiene dinero paga lo que le piden o no tiene inconveniente en pagar más por otro médico u otro electricista. Lo fulero de alguna gente es que comercia con el miedo y la pobreza, porque un pobre con miedo, con desconocimiento, no alberga otra esperanza y se aferra a esa única opción que tiene. Obligan a la resignación. Jode en este tipo de personas lo rastrero, lo bellaco. Y por último, o tercero, no quise poner el nombre de este tipo porque admito la posibilidad de que todo haya sido un malentendido, una mala interpretación de palabras y matices…

¿Está seguro?

-No sé a qué se refiere.

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Los animales sueltos son intratables

junio 1, 2017 at 1:11 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

fantinoTengo un amigo que está convencido que un debate, una conversación sobre política debe empezar y terminar por el tema de la Corrupción (sí, él lo pone en mayúsculas y negrita, aunque lo esté diciendo en voz alta), por eso es muy difícil mantener una charla de política con él. Es uno de los que no quiere a Cristina, aunque no estoy seguro que sepa bien por qué, simplemente no la quiere… Y no importa el debate que se esté manteniendo, pero él se las ingenia para meterla a ella o a los funcionarios de su gobierno en el brete. Funciona con el mismo reflejo que los trolls de Marquitos Peña, independientemente de lo que se esté hablando o de cuál sea la noticia. No importa si Odebrecht tiene a todo el gobierno de Macri con el culo entre las manos por coimas e irregularidades, la respuesta es: “Y los bolsos de López”, “Y lo que choreó La Cámpora, que además iban armados” (y si uno les pide que desarrollen el tema se vuelven locos porque sólo son capaces de recordar los titulares de Clarín y los zócalos de TN). No importa si la inflación supera con creces la de gobiernos anteriores, total siempre es culpa de la “pesada herencia”, y por esa misma razón es que en un año y medio nos endeudamos como nunca antes lo habíamos hecho y se triplicó la fuga de capitales, pero eso es culpa de Báez y sus negocios con la chorra de Cristina. De nada sirve comentarles que cada vez que investigan a alguien para acusar a CFK y tratar de proscribirla para siempre, cada una de esas veces aparece implicado un socio o un testaferro de nuestro no sé que adjetivo ponerle presidente. No importa si tienen a la justicia agarrada de las bolas y a los genocidas lamiéndoselas o viceversa, no importa si le recortan medicamentos a hospitales y jubilados, no importa si se desmantela la educación pública, si se cierran las industrias o aumenta el desempleo por las políticas de este gobierno, no importa si se empeñan los recursos naturales y se regalan las Malvinas, o si se les chupa las medias a todos los países que se cansaron de saquearnos, ni si Macri va a China en un viaje de negocios e intenta condonarle una deuda a su padre, ni si se tira al bombo a YPF en un servilismo genuflexo, al igual que a Aerolíneas Argentinas, ni si la Ministra de Seguridad no sabe dónde queda Salta o si ninguno de ellos sabe que cuernos pasó un 25 de Mayo de 1810, porque además desconocen que fue ese año, ni si la titular de la Oficina Anticorrupción (esa palabrita que tanto les gusta) fue puesta a dedo (porque no cumplía con los requisitos requeridos) para tapar todas las miserias que el PRO barre bajo la alfombra y para denunciar hechos, cual cualquier Carrió, que más que para hacer justicia sirven para desviar la atención. No importa que haya bajado el consumo de leche, carne y pan y que a su vez haya subido el de champaña y 4×4. No importa que haya escuchas ilegales, porque son para frenar el comunismo de Kicillof, ni que la Policía irrumpa en los secundarios ni que los militares vuelvan a copar las calles; no importa que se perdone a los criminales de lesa humanidad, no importa, porque siempre recurrirán a Hotesur, a los bolsos de López y a la yegua y chorra que nos reparió. ¿Qué es lo que saben de eso a lo que apelan? No más que lo que le dan masticado los medios de comunicación. ¿Y qué saben los medios de comunicación? Que deben cuidar este gobierno porque ellos lo pusieron ahí para que les restituyan lo que los “populistas” le habían arrebatado.

En vano uno trata de hacerles entender que un resentimiento inducido, un odio inoculado, una rabia contagiada no son un argumento político. Por supuesto que la corrupción es condenable, en todos y en cualquier caso. Le acerqué ambas reflexiones durante la conversación. Las pasó por alto porque continuó en su obstinada diatriba y en el encarnizado intento de que yo condenara o aceptara que López debía ir preso. También le hice saber que en ningún momento defendí al tal López, nada más decía que un debate de política no tiene que cerrarse sólo en el tema de la corrupción porque si no entramos en una espiral de la que no salimos más y es ahí donde un debate político se convierte en una mera discusión partidaria y maniquea. Tampoco pareció hacer caso de esto, o no lo debe haber leído… sí, “leído”, porque la discusión se resolvía en un grupo de WhatsApp. Como si ya no fuera difícil mantener una conversación civilizada de temas políticos frente a frente, se nos ocurre hacerla por este medio.

Comenzó con uno de los chistes que suele enviar este amigo (en adelante A) para despotricar contra el gobierno anterior. La derecha, el conservadurismo, además de ser (como cualquier enfermedad) una rama específica de la mala educación, suele ser muy poco creativa, casi nada ingeniosa y apenas graciosa (podemos citar a Miguel del Sel, Nik, Lanata y el hijo bobo de Tato Bores entre los más notables exponentes de este tipo de humorista, y ya ven la gracia que hacen). Yo opté por ignorar ese tipo de agravio (el que corresponde al mal gusto no el idiosincrático), pero otro amigo (en adelante B), que tampoco se caracteriza por su adoración a Cristina, respondió: “Avisen cuántos añitos más hay que darle a Macri pa q haga algo”. Ya que la bomba estaba echada, sugerí que le preguntaran a A o a P (otro participante del grupo con un alto nivel de encarnizamiento para con CFK), que ellos tenían la data. A contesta con una guarangada que golpea un poco a este gobierno pero sólo con la excusa de martillar al otro de rebote. Entonces B cuenta su experiencia: dice que en los últimos 12 años él pudo crecer más que su familia en toda su vida y que en este último año y medio tuvo que cerrar su negocio, que lo había mantenido durante 20 años pasando momentos feos como los del menemismo, incluso. Ignorando el triste relato de B, A argumenta (¿?), con tal de meter a todos en la misma bolsa, que nunca tuvimos un gobierno que hiciera las cosas relativamente bien. Ahí me meto y me dirijo casi solamente a A: le digo que bastaba con mirar qué era lo que este gobierno estaba destruyendo con tanto ahínco para darse cuenta lo bueno que había hecho el anterior, pero que además me había cansado de enumerarle cosas que se habían hecho bien durante el llamado kirchnerismo. A se aferró a una denuncia de Laurita Alonso, en el programa de Majul, contra 6-7-8. Evidentemente no sabe quién es Laurita Alonso y Majul, y se lo hago saber… no es que no los conozca, es que no sabe o no quiere saber que de trigo limpio sólo les queda el abono. Y ahí se encarnizó con lo de López y Báez y no quedó conforme hasta que yo dije que si son culpables deberían ir presos junto con los que están detrás de ellos. Recién ahí se conformó y abandonó, triunfal, la conversación. Se habría ahorrado un precioso tiempo si hubiese leído antes, desde un principio, que nadie estaba de acuerdo con la Corrupción, pero estaba tan obsesionado en que aceptáramos la palabrita ligada al gobierno anterior que no se permitió abandonar antes la discusión ahorrándonos un tiempo precioso.

C, otro amigo, suele decir que hay personas dispuestas a sacrificar lo que tenían en aras de no dar el brazo a torcer, de no aceptar lo evidente porque eso los colocaría en el lugar del error. También dice que hay personas dispuestas a sacrificar lo que tenían con tal de que otros, que gozan de una condición peor a la de ellas, tampoco lo consigan. C suele ser algo radical. Pero es cierto, aunque C no lo haya dicho, sino que lo digo yo después de una asociación mental, que hay personas que se niegan a un debate sobre política (también pasa mucho en los programas de panelistas). Se niegan o se ven imposibilitados de sostener una conversación o de emitir un argumento porque es tal la satisfacción que sienten al pronunciar la palabrita que la boca se les llena de una efervescencia como de caramelos Fizz, como de burbujas de champaña, como de vitamina C de Roche que les impide una oración compuesta proveniente de una reflexión larga. Entonces, cada vez que pronuncian la palabrita se les llena la boca y la garganta de burbujas, de una espuma que rebalsa incontenible, como la de la rabia, ésa que transmiten algunos animales domésticos u otros seres silvestres.

Hay otra palabrita que también ocupa un lugar placentero en boca de estos especímenes: “Patria”, que es al concepto que aluden cuando quieren hacer ver que el otro les importa, aunque en realidad les importa un bledo.

“Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” Juan 8:44

macri-risa

 

 

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Mentime que me encanta

diciembre 1, 2016 at 9:45 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Cuenta Saint-Exupéry apenas comenzado El Principito que cuando tenía seis años leyó que las boas se tragaban sus presas enteras, sin masticarlas y después, inmóviles, dormían durante largos periodos, y que esa lectura lo motivó a hacer el famoso dibujo que ningún mayor podía apreciar, el de la boa que se había tragado un elefante que todos veían como un sombrero. Leí ese libro antes de entrar en la pubertad y también vi un sombrero, pero no me parecía imposible la idea de un elefante en proceso de digestión. Hace unos días encontré ese libro con la intención de ir leyéndoselo a mi nena, la más pequeña, así que para atraerla le mostré los dibujos y le comenté en pocas palabras de qué iba la cosa. Mi nena, que tiene cinco años, es decir, uno menos que el autor cuando dibujó lo que él creía su obra maestra, escuchó con atención y luego expresó con entusiasmo: “No me puedo imaginar que una boa abra la boca tan grande”. En todo caso también existía la aceptación de que pudiera ser otra cosa aparte del sombrero que ella también vio. Al pan, pan y al vino, vino. Por más que Saint-Exupery quisiera hacer quedar a los grandes como unos cuadrados faltos de imaginación, lo que había dibujado era un sombrero. Después está lo que cada uno quiere ver: si la copa blanca o los perfiles enfrentados negros, si la mujer desnuda o el perfil de Freud. Y por supuesto: también está lo que algunos no quieren ver.

Donde algunos sólo ven un palo borracho (ceiba speciosa) yo vislumbro una mujer embarazada y desnuda con los brazos al cielo y la cabeza echada hacia atrás.

Donde algunos sólo ven un palo borracho (ceiba speciosa) yo vislumbro una mujer embarazada y desnuda con los brazos al cielo y la cabeza echada hacia atrás.

El episodio recién mencionado me sirve como introducción a lo que pienso contar a continuación, con el fin de dilucidar el comportamiento y pensamiento de un sector importante de la clase media argentina (como también intenta explicárselo mi amigo y compañero en este blog El Chango Vergara). Dos puntos. Mi actividad en el whattsap es bastante reciente, desde que heredé un celular apto para esta aplicación. Anteriormente le daba uso de cuando en cuando mediante el celular de mi nena, la más grande. No soy muy devoto de estas prácticas, pero participo en dos grupos, uno de amigos de Mendoza y otro de amigos locales, con los que transitamos la escuela secundaria. Este último grupo nació con un fin organizativo, pero sólo sirvió en dos o tres oportunidades, después nada más nos juntábamos en forma fragmentada. En fin, el grupo volvió a su esencia: la de mandar memes, pornografía, chistes y algún comentario gracioso para paliar la soledad que cada uno lleva dentro o al menos para que uno se conforte comprobando que hay otros tan o más solos que uno. Hace poco reenvié unos memes que me habían llegado al otro grupo (pues no sé cómo conseguirlos por cuenta propia). No eran chistes aunque resulten cómicos si uno los mira a través del absurdo. El primero refería a que el Congreso, mientras todos estaban obnubilados, encandilados por la prensa, por una ley sobre carreras de galgos, aprobaba otra en la cual nuestro emérito presidente podía meter su mano en los recursos de la ANSeS (la Administración Nacional de Seguridad Social). El cuadrito finalizaba con un “Que no te metan el perro”. Casi inmediatamente reenvié otro en el que se explicaba que Melconián, el actual presidente del Banco de la Nación Argentina que tiene el 85% de su patrimonio en el exterior (así están las cosas), era uno de los bonistas que demandó a la Argentina junto a los fondos buitres. Y cerraba mis comentarios con un tercer meme que rezaba: “La próxima vez que quieras un cambio, hacete puto, así el orto te lo rompen sólo a vos”. No estoy seguro si uno de mis amigos se vio ofendido en su ideología o en su sexualidad, pero no tardó en responder con un meme en el que se veía a Cristina sosteniendo un cartelito que decía algo así como: “Vacié el país y todavía hay boludos que me defienden”.

No sé dónde leyó este chango que yo estaba defendiendo a Cristina (que lo haría sin ningún remordimiento y con todo el corazón, como corresponde a todo caballero), y se lo hice ver. Pero es que él y muchos más como él actúan de la misma manera que la gestión actual y la mayoría de los medios de comunicación: pateando la pelota a la tribuna. No importa de qué se hable, pero cualquier cosa es una excusa para pegarle a la gestión anterior y fundamentalmente a Cristina. No importa que el gobierno de Macri haya vuelto a endeudarse logrando un récord histórico y que nada de esta deuda haya llegado al sector público, total Cristina se robó todo; no importa que el presidente y sus secuaces quieran blanquear el dinero mal habido que ellos y sus familiares tienen en el exterior, total Báez la tenía enterrada; no importa que la vicepresidenta no logre explicar de dónde salió el dinero que le robaron, total el vicepresidente anterior era más corrupto que Calígula; no importa que el presidente les quiera condonar a las eléctricas una deuda equivalente a 10550 bolsos de los de López, porque es mucho más inmoral revolear cinco a un convento; no importa que se compruebe la mentira, la puesta en escena de los timbreos y de un viaje en colectivo del presidente, ni los actores pagos que usan en las fotos grupales, ni cómo obligan a niños que lloran a mostrarse sonrientes para la cámara, total ya se tapará con uno de los caprichos revanchistas del juez Bonadío; no importa que Milagro Sala sea una presa política, acusada de los mismos delitos que varios funcionarios de esta gestión, pero que a diferencia se pasean tranquilamente en reuniones sociales, total, Milagro Sala es más ladrona por ser negra y mujer, y además legitimada esa condena por el mismísimo presidente: “Siento a la vez que la mayoría, e incluyo especialmente al periodismo que ha seguido de cerca todo lo que pasó con Milagro Sala en esa provincia, cree que ella es una persona que creó un Estado paralelo y que creó una organización armada que ha sido muy peligrosa para la vida de todo el norte argentino”, es decir, que está presa porque gente como este amigo mío y algún otro, creen que, vaya a saber por qué, debería estar presa. Y está bien que ésta y otras barbaridades sean dichas, porque de eso se trata la libertad de expresión, de que venga una descerebrada y afirme que está bien el presidente que tenemos porque tiene una familia blanca y pura; y que venga otro descerebrado y diga que la culpa de nuestros males se debe a peruanos y paraguayos, que son los adalides de la delincuencia, pero que hay algunos que sirven pero vienen a estudiar en nuestras universidades y nos quitan las plazas y los trabajos; y un tercero que asevere que niñas de 14 años se embarazan por plata (y nada tiene que ver que el gobierno haya quitado los fondos para prevención y educación sexual), y que la mayoría de los pobres que hay son “inempleables”; y un cuarto que, avalado por esta corte de energúmenos, niegue los muertos y desaparecidos de la dictadura militar. Porque la libertad de expresión es eso: que la gente de bien, la gente como uno, pueda desnudar tranquilamente sus prejuicios, su racismo, su clasismo, su homofobia, su xenofobia, su ignorancia, para que una porción importante de oyentes pueda reforzar los suyos. No importa si amenazan de muerte o no le dan espacio en los medios a algunos periodistas, a otras voces, porque esas voces son “kirchneristas y defienden la corrupción”, y está bien que no anden por ahí hablando.

palo1Si bien no me molesta que me clasifiquen de tal (creo que es la mejor clasificación política en la que podría encajar actualmente), no soy kirchnerista; no del todo. Tengo una idea de país, y tanto Néstor como Cristina fueron los que más se acercaron. Tengo una idea de país, y si Cristina es la más idónea para volver a ponerlo en esa dirección, que lo haga, y si no puede hacerlo, que lo haga otro u otra, me da igual de qué partido o color sea. Para eso, debemos ser capaces de ver más allá del sombrero. Pero, y parafraseando a Saint-Exupéry, hay personas que no comprenden nada por sí solas y es agotador tener que darles siempre y siempre explicaciones. Niegan lo que es evidente, porque están prestas al engaño, a la mentira, como en la lucha libre, como en la pornografía; por un contrato social se asume el montaje, la farsa como algo cierto. Entonces, el actual gobierno sale a buscar inversiones en el exterior con los logros e índices del gobierno anterior, pero para adentro habla de la pesada herencia, porque hay millones de personas sedientas de creer que es real que toda la culpa la tiene Cristina. Y si hay mayor desocupación es porque, como dijo Prat Gay, la gente no sale a buscar trabajo sino hasta después de las vacaciones; o de que esas palabras vacías: “juntos, unidos” que profiere su querido presidente los incluye de algún modo. Hay una cantidad ingente de personas dispuesta a creer en una bóveda que se abre para adentro, o cualquiera de las sandeces de turno de Lilita Carrió, o de la actual denunciante suplente, la Margarita Stolbizer con tal de justificar su incapacidad de ver más allá del sombrero, porque por alguna razón, ininteligible para mí, entienden que es más fácil tapar el sol con el dedo que ver un paquidermo. Sin embargo, esta gente se la pasa viendo pornografía, y el pajero soy yo.

No sé hasta qué punto se puede gozar con el engaño; no sé hasta qué punto, cuando en la soledad uno siente la culpa de haberse masturbado, puede no darse cuenta, no aceptar que esa satisfacción provenía de una mentira. No sé hasta qué punto alguien puede no ser capaz de ver al elefante nadando en los jugos gástricos del ofidio, sobre todo si nos están mostrando el dibujo, corte longitudinal mediante, del interior de la boa, como hiciera Saint-Exupéry para aleccionar a los mayores. No sé como alguien no puede ver lo grande que puede abrir la boca una serpiente, y como se va tragando todo de un solo bocado, sin masticar.elefante

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Animal republicano (Historia que te puede volar la melena)

octubre 12, 2016 at 9:01 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

leonA los leones viejos no les gustan los cachorros… Los ajenos, al menos, porque sí protegen los propios. Inicio el escrito de esta manera para narrar una contienda que mantuve en el trabajo. Se podría decir que en el restorán donde me desempeño los fines de semana como mozo hay dos manadas importantes: la de la cocina y la del salón en sí. Con el león viejo de la cocina ya supe intercambiar algunos entredichos cuando quiso hacerse el gracioso y no estaba acostumbrado a refutaciones con ingenio que lo dejaran en ridículo delante de sus admiradores. El episodio no pasó a mayores. Con el león viejo del salón, el jefe de los mozos, tuvimos un cruce alguna vez, algunos empujones, algunos gritos (de su parte, porque a mí no me gusta andar gritando), una que otra intimidación callejera, pero la cosa quedó como un arrebato momentáneo. Lo extraño resulta que me sigan viendo como una amenaza, como un cachorro de león, siendo que la gastronomía no es para nada mi ámbito natural. Por mí pueden quedarse con sus parcelas de semidesierto con toda tranquilidad, porque para mí la sabana es transitoria o al menos eso espero; lo transitorio a veces dura una eternidad.

El pasado sábado tuve otro altercado con el Gran Falafar (es el jefe de los mozos, el que de alguna manera tiene el mango de la sartén. Ya escribí algo sobre esto. Si el supuesto lector conserva el interés por esta historia y por su preámbulo, puede hacer clic aquí). No hay nada peor que un resentido o un cobarde, o ambos a la vez, con algo de poder, aunque sea mínimo, porque ellos sabrán cómo darle un pésimo uso. La Historia es un fiel reflejo, y lo sabríamos si no fuéramos una humanidad desmemoriada.

Podría situar espacialmente al supuesto lector detallando el escenario del restorán y del salón contiguo, que es un pelotero aunque recibe comensales cuando el salón principal se llena, pero le ahorraré pormenores arquitectónicos y catastrales. Diré solamente que están distribuidos en la manzana como una “L” y se comunican por medio de la cocina, sólo que el salón da a la cocina de forma natural y a través de una puerta, mientras que el pelotero accede únicamente por un agujero en forma de ventana. El punto es que ese mediodía él se encontraba en el principal y yo en el otro, más precisamente en el agujero en forma de ventana. Le solicité un favor (que me alcanzara unas gaseosas, ya que en mi salón no había) y él se negó diciendo que no le hinchara las pelotas en ese momento y yo lo mandé a cagar. Luego le pedí el favor a otro compañero y a otra cosa mariposa; es cierto que el clima era de vorágine en ambos salones.

En algún momento me dirigí al salón principal, y el tal Lucas Falafar me vio y comenzó a manifestar su enojo. Fue raro porque yo pensé que el hecho había quedado ahí nomás, pero el Falafar andaba a los gritos, enajenado porque yo lo había conminado a chuparme la pija. No recuerdo eso. Seguramente la gente de la cocina agrandó el insulto en su afán de fomentar el puterío. De todas maneras creo que la petición en sí no le molestaba tanto como el hecho de que hubiera sido pública. Aprovechando que una moza estaba entre medio me tiró una piña en el brazo. Reaccioné y me abalancé sobre él sin pensarlo demasiado y sin tener en cuenta que es más alto, más fornido, más grande que yo y que en su juventud practicó Taekwondo. Se interpuso la moza, pero en ese pequeño lapso la mirada de Falafar traslució su cobardía; ya no era la mirada iracunda de un hombre grande, ducho en artes marciales. No me pareció seguir brindando semejante espectáculo delante de una dama, así que retrocedí y le hice ver que cómo podía ser que un tipo de su edad no supiera resolver un problema sin hacerse el gallito y me fui, volví al salón de la vuelta.

Más tarde volví a cambiarme. Me encontraba sentado sobre un cajón de cervezas, en calzoncillo y descalzo cuando entró Lucas y volvió a amenazarme. Le dije que si llegaba a tocarme se fuera buscando un abogado y un nuevo trabajo porque se le iba a acabar el golpe de suerte que lo puso como jefe de mozos y volvería a ser el pelandrún que siempre fue. Él seguía con sus improperios de macho cabrío pero aún así alcanzó a escuchar cuando le recordé lo gil de cuarta y lo pobre diablo que era. Yo seguía sentado cuando me tiró un puntapié en la canilla, violencia que me hizo levantar y enfrentarlo, entonces me tiró un cabezazo sin importarle que llevara anteojos. street_fighter_iiNo entiendo dónde está la valentía de alguien que ataca a otro que está sentado, en calzones y usa anteojos. El cabezazo impactó sin fuerza en mi boca, y si bien no me dolió ni me movió un pelo, estallé. El tipo estaba desencajado pero a mí me importó un bledo y de un empujón lo saqué del cuarto donde me cambiaba, lo estrellé contra una heladera y le tiré un cortito de derecha que le acomodó un poco la cara. No fue un golpe muy fuerte, pero bastó para girarle la cara. Ahí nos separaron y él siguió gritando que me agarraría afuera, en la calle. Terminé de cambiarme y salí. Él estaba afuera, esperándome para hacer su paripé de hombretón desquiciado y vengador. Lo ignoré y volví a mandarlo a cagar; aún tenía trabajo por hacer.

Eso fue al mediodía. Por la noche volví al trabajo. Falafar quiso correr el rumor que me había hinchado con su golpe. Cuando alguno de la cocina me trajo ese comentario yo bromeé que seguramente me habría dado el golpe en la panza, que era lo único que tenía hinchado, pero intenté evitar cualquier tipo de comentario, incluso cuando, los que no habían sido testigos, me preguntaban qué había pasado. Yo insinuaba que había sido un altercado que no pasó a mayores. Y en realidad fue así, sólo que la parte que se vio bastó (yo en calzoncillos, descalzo, arrinconando y estrellando un puñetazo en la mandíbula del grandote) para desmentir y echar por tierra las bravuconadas de Falafar.

No me gustan las peleas, me incomodan, y mucho más si estoy involucrado en alguna. No me gustaban con la testosterona urgente de la adolescencia, mucho menos ahora. No me enorgullecen ni creo que ninguno sea ganador a menos que se trate de una contienda regulada como el boxeo o el judo. Pero al parecer más de uno disfrutó lo que vio, y más de uno disfrutó con lo que le contaron los que vieron. Esa noche algunos tarareaban la canción de Rocky cuando yo entraba en la cocina; el parrillero me extendió su mano en señal de felicitación… (Conviene aquí una pequeña disgregación: una o dos semanas atrás, el parrillero mantuvo un altercado con el mismo Falafar. No pasó de un par de gritos, pero el parrillero le puso los puntos de tal manera que el Gran Falafar no tuvo más remedio que ir a alcahuetearle, primero, al encargado y, segundo, al dueño de la actitud insurrecta del parrillero). A nadie le caen bien los alcahuetes, y no hay cobarde que no sea un alcahuete; es un silogismo inequívoco. No desprecié su saludo, pero le recordé que él, el parrillero, había comenzado esto. “Pero vos lo terminaste”, concretó. Hubo uno, el Gitano, que ahora ocupa el lugar que antes ocupaba el Mojarra (si el paciente y supuesto lector buceó en el link anterior, sabrá de quién estoy hablando): el de chivato de los Falafar, en tanto que su cachorrito, que buscó en mi cara alguna huella de hinchazón y se sorprendió de no encontrarla. El león de la otra manada, el jefe de la cocina se encontró conmigo y con otro compañero en el cuarto de cambiarse y contó una anécdota recién acontecida con el parrillero en la que el jefe de cocina (un ser pequeñito) le decía en broma al parrillero (una persona grandota) que no se hiciera el pesado porque ya había visto que los grandes son los que mejor caen. En otro momento, el mismo jefe de cocina me hacía la broma a mí de que no me hiciera el loco porque él no era como Falafar.

gorilaSigo creyendo que no fue más que un pequeño intercambio, y que lo demás fue parte más bien del mito, la leyenda y el deseo de mucha gente de que alguien pudiera por fin poner en su sitio al jefe de los mozos. A algunos leones viejos les molesta que yo haya desperdiciado mi tiempo leyendo algún que otro libro en lugar de entrenar en el llevado de varios platos a la vez. Y no por desmerecer, pero no me interesa ni el territorio ni el reinado de los leones, ni en la gastronomía ni en ningún otro rubro. No me agradan los reptiles ni las hienas ni otros predadores de la sabana, incluidos sus reyes. Mi ámbito natural es muy otro.

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Los expedientes X

julio 28, 2016 at 2:25 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

palomasSuele haber días llenos de particularidades. El pasado lunes, con mi nena, la más chiquita, nos fuimos a pasar la tarde en el parque San Martín. Fuera de la exploración y el paseo yo albergaba una expectativa oculta: como el parque en cuestión tiene tiendas de juguetes, y como se acerca el cumpleaños de mi nena, quería un sondeo de sus intereses. No resultó porque ponía el mismo entusiasmo en casi todos. Cuando volvimos ella entró directo a la bañera. Yo me quedé en la vereda. Allí, una anciana esperaba ansiosa que la fueran a buscar; se acercaba la hora. A los quince minutos un auto se cruza en la doble fila. Transgrede las reglas de un estacionamiento estándar no sólo por aparcar en doble fila sino también por hacerlo de manera diagonal a modo de ocupar un tercio de la triple fila. De ahí se bajan dos jóvenes con, aparentemente, más operatividad que SWAT y conducen a la anciana hacia el coche, al tiempo que el precipitado conductor se baja de su asiento y comienza a gesticular con los brazos hacia el tránsito para desviarlo del campo de acción. Cuando consiguen introducir a la señora en el auto, del asiento de acompañante se baja la hija de la anciana y mujer del conductor, bordea la parte delantera del coche mientras grita que se demoraron porque el tránsito está increíble. Y se presta a seguir narrando, pero su marido, con más tino que a la hora de estacionar la invita a contar su historia en un momento más prudente. La hija y mujer rodea ahora la parte trasera del auto, como para no volver sobre sus pasos, y vuelve a sentarse en el asiento de acompañantes. Parte el auto. Se dirigen a la misa de responso de un familiar cercano. Lo sé porque son mi familia y es el responso de mi tío, el Cachún. Me quedo a cuidar el negocito de mi vieja sentado en una silla en la vereda.

Intercambio algunas percepciones futbolísticas con el José, el que cuida los autos aparcados. En un momento se aparta e inmediatamente aparece otro señor con el que en algún momento comenzamos a saludarnos a fuerza de vernos seguido. Una sonrisa, una complicidad facial, un comentario generalmente no oído bien por el otro; una inercia en que llegada y partida es toda una. Ese lunes algo trancó la rueda. Antes de saludarme viró su vista hacia la copa del árbol más cercano y comenzó a contar en voz alta: “Una, dos, tres…”, se giró y puso sus ojos en el árbol más lejano y siguió contando: “Allá cuatro, cinco, seis, siete… ¡Pum! Ya tenemos para el estofado”. Por los indicios que recogí entendí que hablaba de palomas y de hambre. Le dije que las palomas urbanas eran duras hasta en estofado, pero que las torcazas silvestres eran buenas en escabeche. Acá hubo un desentendimiento porque las torcazas tenían diferentes características según quien las describía. Y ahí se lanzó en una especificación ornitológica pero sin respetar las clasificaciones científicas sino haciéndole caso a los modos expresivos de los lugareños. Me nombró muchísimas, algunas las había escuchado, otras me pareció que las estaba inventando, pero a cada rato volvía a referirse al estofado, y sonreía de manera ambiciosa y apuntaba su aire comprimido imaginario y ¡Pum!: una, dos tres, siete para el estofado. No sé si extrañaba remotos tiempos de cuando era cazador o de cuando comía algo de carne. Yo comí escabeche de paloma silvestre cuando niño. Recuerdo haberlo disfrutado, pero visto desde la distancia no le pondría más fichas que a un escabeche de cualquier otra ave.papa

Ese recuerdo no llegó a ser más fuerte que el que me atravesó en el parque cuando, sentados al borde del lago, esperábamos a los patos o a que éstos se fueran para que apareciera algún pez a comer algo de la superficie que habíamos arrojado con tales fines. En esos interines tuve lo que solemos llamar un dejà vu. Pero efectivamente yo ya había vivido ese momento. Lo viví en forma de sueño cuando niño. Tuve esa certeza. Un sueño olvidado, enterrado, casi inexistente, que se materializó. En ese sueño estaban los patos, los peces, el lago, las islas, las palmeras… y la personita que estaba a mi lado. Sólo que en ese sueño la veía a la misma altura de mis ojos, porque la veía desde los ojos del niño que soñaba. No hubiese podido imaginarme nunca que esa personita, esa compañía, la de ése y este sueño, iba a ser mi nena, la más chiquita.

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Gente como uno o gente común o… (Una pistola para Ringo)

julio 14, 2016 at 3:23 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

La gente necesita de la esperanza para vivir. Y digo “la gente”, no digo el pueblo, no digo las personas; digo “la gente”. No está en la intención de este escrito ahondar en la semántica; personas con más estudios ya lo hicieron. Pero es evidente el uso que en los últimos años se viene haciendo de este concepto en la batalla cultural argentina: hasta hace poco, la población, el conjunto de personas que la formábamos éramos pueblo, y ahora la población es gente. No todos, por supuesto (la gente no es de incluir), sino ese rebaño monótono y homogéneo, ajeno a los conocimientos de lo público, que aún no se cayó de la clase media. Para esta gente la esperanza resulta imprescindible. Aún más que el bienestar; si la gente está bien no se conforma y tiende a destruir (abrazada al miedo) para volver a tener esperanzas y así poder vivir. gorrion supremoEn algún capítulo de Juego de Tronos, el Gorrión Supremo, personaje encarnado por Jonathan Pryce, dice algo así como lo que nos molesta o nos incomoda de los pobres y los marginados es que son nuestro reflejo pero desprovistos de esperanzas. Tal vez sea la mejor definición de esto que encuadramos en la palabra “gente”.

Esta mañana me dirigí al súper de la vuelta de casa para adquirir una salsa y me encontré con una persona a la que no veía hacía más de diez años. Supimos trabajar juntos. Ella escribía para un periódico mensual de empresas y negocios que yo corregía, que si bien se disfrazaba de una publicación periodística del mundo de los negocios no dejaba de ser un panfleto para promocionar y enjabonar al empresariado local. Le tenía gran aprecio, pero me agarraba dolor de cabeza cada vez que corregía alguno de sus artículos. Y si bien sus conocimientos ortográficos y gramaticales apenas superaban los de un escolar de segundo grado, al menos se veía el esfuerzo de igualar la sintaxis de un traductor de texto online. Me la encontré, nos saludamos, le conté que estaba buscando trabajo, y ella inmediatamente desenfundó su esperanza y disparó: “Ya se van a arreglar las cosas, ya vas a ver”. Como vi por dónde venía el tiro le contesté que le quedaban siete semestres para perpetuar su ingenuidad (no quise utilizar una palabra más fuerte y más precisa). De la otra cartuchera desenfundó el argumento que tiene la gente para defender lo indefendible y culpó al gobierno anterior de todos los males del mundo, y mostrando que, además de que sus armas eran de un solo calibre, no le quedaban balas ni en la recámara apuntó directo a la corrupción. La gente no lo sabe, pero algunas personas sí: si en una conversación de política un interlocutor sólo hace blanco en la corrupción es porque tiene la mira desviada y el arma mal calibrada. Lo peor es que la estrategia no es nueva: cada vez que se quiso atacar un gobierno que hizo políticas para el pueblo, se lo atacó por ese lado; le pasó a Perón, le pasó a Yrigoyen, le pasó a Rousseff, a Chávez; la lista no es interminable porque siempre fueron más los que condescendían ante el poder real y económico que los que buscaban regularlo. Pero bueno, el asunto es que le pregunté por qué creía que enterrar dinero era menos honesto que fugarlo; y ella adujo que esa plata fugada la había hecho él, en referencia al que ya todos sabemos. Yo le cuestioné la honestidad que ella le adjudicaba diciendo que esa plata que “él hizo” viene heredada de pactos espurios de su familia con los militares para que estatizaran sus deudas privadas, y que fugar dinero también es delito. Ella se tiró hacia un costado, detrás de un barril y mientras buscaba más balas en un cinturón que no tenía gritó que le gustaría que ella (no ella misma, sino Ella, por Cristina) explicara su patrimonio.

Así luce un fascineroso según la "gente", que adora a los rubios de ojos celestes.

Así luce un fascineroso según la “gente”, que adora a los rubios de ojos celestes.

Le dije que lo había explicado, le inquirí por qué era capaz de concederle honestidad y trabajo a un tipo que no laburó en su vida y que era ultra millonario y no a ella (por Cristina), y, gatillando como Giuliano Gemma en dirección al barril (por ahí explotaba), sostuve que el tema de su patrimonio era cuestión de la justicia, y que si había alguna irregularidad debería cumplir condena como cualquier hijo de su madre, pero que la diferencia estaba en que hasta ahora sólo habían sido acusaciones y denuncias mediáticas, todavía sin prueba alguna, mientras que en el caso de su amado hijo de su madre había pruebas concretas de sus dineros mal habidos, de sus dólares marcados. Ella hurgó en su bota derecha y me lanzó su cuchillito de escaso filo mentándome los casos de Báez y López, y otra vez hizo gala de su pésima puntería a la hora de entablar un debate, un duelo de política, y el arma fue a estrellarse en la pared del salón sin siquiera llegar a clavarse. Contesté con un sarcasmo que no fue interpretado que me extrañaba que ella, “siendo periodista” (y aquí hice blanco volándole el sombrero), no notara que todos los medios estaban fogueando con eso para que la “gente” no viera las barbaridades que el innombrable forajido está haciendo en nuestro pueblo, ni cómo lo está devastando. Cuando ya no quedan balas (y es sorprendente la rapidez con la que la gente agota sus municiones), lo único que resta es arrojar el revólver o pegar con la culata: “Son todos iguales”, “ninguno sirve para nada”, “todos tiran para su lado”, y otras frases de uso común en los de mira corta y tambor vacío.

Ya en la cola de la caja, y como agitando un pañuelo desde atrás de un barril que lamentablemente no contenía pólvora, me cuenta que su sobrina también se volvió de Barcelona, y que además es más kirchnerista que yo. Apenas levantando la vista, pero accionando la palanca de mi Winchester contesto que no por estar en contra de este tipo que nos desgobierna tengo que ser obligadamente kirchnerista, que el sistema binario es más bien apto para la informática, que la bipolaridad no es una forma equilibrada de salud, y que si tener una idea de país me inclina hacia un lado y termino cayendo en una clasificación, que de todos modos es una clasificación que acepto con una gratitud y una consideración sideralmente más grande que si fuera incluido dentro de los macristas. Ella tuerce su cuerpo y agita sus brazos en un intento inútil de cubrirse, protegerse, y la cajera escupe su tabaco para demostrarme que a ella tampoco le temblarían las manos si tuviera que desenfundar su arma en contra mía. Yo estoy lejos de temer, sabiendo la carencia de municiones y de puntería de la gente, y aprieto la montura de mi caballo. Lo monto luego de afirmar la punta de mi bota izquierda sobre el estribo. Ella, como si le hubiera molestado mi perdón, y en un intento de reivindicar su valentía ante la gente que había asomado sus narices por las ventanas, grita a mis espaldas que, al menos ahora, duerme tranquila. Sin siquiera girarme le contesto que lo aproveche, porque ya hay cuatro millones de pobres nuevos, de pueblo, que ya no pueden pegar un ojo tan tranquilamente. Algunos del pueblo me despiden con la sobria venia de agarrarse apenas el ala del sombrero. También presiento las ansias de lincharme de la gente. Mi silueta se pierde, se difumina en el polvo del desierto.

giulianoCorolario: Busqué la etimología de la palabra “gente” (del latín “gens”) y leí cosas muy interesantes y que aportarían a la concepción y uso que buscan darle y el porqué de su inoculación en la guerra cultural que se está librando. Pero también recordé lo que gens significa en catalán (no creo que tenga mucho que ver –o sí–, no soy filólogo, pero viene al pelo para cerrar): significa “nada”.

 

 

“El marginado es pueblo y es persona, pero nunca será gente, porque no es como uno, ¿viste?” Del refranero de la gente común

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La clave del éxito (Un negocio de muchos niveles)

junio 16, 2016 at 11:07 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

piramideCuando estudiaba en Mendoza, y además buscaba trabajo, fui convocado a una reunión, a una entrevista laboral. Era en la calle Garibaldi a menos de trecientos metros del kilómetro cero. Iba con la ilusión de haber sido citado por una gran empresa, pero en la locación nada me hacía ver una gran empresa más que la oficina del que supuestamente era el director. El resto del salón contaba con unas sillas desordenadamente distribuidas, papeles por el suelo y no recuerdo siquiera si había un teléfono o algo que se asemejara a una recepción. Casi enseguida pasamos a la oficina del supremo. Nos recibió muy cordialmente (éramos tres chicos), tuvo algunas simpatías y chistes para con nosotros. Ahí nomás nos explicó el negocio. Estaba bueno, porque a diferencia de otros puestos de trabajos ofertados no necesitábamos experiencia ni conocimientos ni coche propio ni nada, sólo el mayor de los entusiasmos y ganas de triunfar en la vida. Seguidamente nos mostró un antes y un después de su vida, lo gordo y pobre que era antes en comparación con lo esbelto y rico de ahora (de ese momento: pasadas dos décadas es probable que haya vuelto a estar gordo y pobre). Nos mostró fotos y todo. Como si ya no estuviese dudando de la oferta, la idea de que un gerente, un empresario desnudara de esa manera su intimidad me llenaba de sospechas, porque ni siquiera hacían eso los gerentes de Iglesias, fueren las que fueren las Iglesias. Además, algunos representantes (pongo como ejemplo a los mormones), siempre están más inclinados a averiguar de uno que a mostrarse ellos. Un amigo solía creer que los mormones eran enviados por el FBI para hacer un relevamiento de los electrodomésticos que había en tu casa. Estudiosos del mercado. En fin, volviendo al tema. Se trataba de una de esas organizaciones multinivel, y ya en esa época no me sentí lo suficientemente ingenuo como para emprender ese proyecto.

Creo que nada les viene mejor a este tipo de organizaciones que una crisis o un desempleo desbordante. Hace poco fui a comprarle unas bandejas descartables a mi vieja y el tipo que me atendió me preguntó por cómo iba el negocio. Le respondí que había bajado bastante pero que no era mi negocio, que estaba desempleado. Y ahí nomás me dice: “¿Te gusta leer?”. No sé si la gente da por hecho que por llevar anteojos cualquiera es asiduo a la lectura. Respondí con un silencio que para mí afirmaba y especulaba a la vez. Buscó algo entre unos papeles mientras hacía su discurso introductorio para ahí nomás abalanzarse con su birome sobre una hoja en blanco a dibujar números. En menos de dos minutos yo ya había ganado 68000 pesos en una empresa propia. La pregunta inicial era si yo me bañaba, pero no me dejó contestar y lo dio por hecho, y enseguida me preguntó si yo podía conseguir ocho personas que se bañasen. Pensé que el cuestionamiento era extraño, pero como el tipo era italiano imaginé que tendríamos diferentes tiempos para el aseo y para la privacidad. Al tano no le importaban mis respuestas. Me hizo un plano, una red de personas dispuestas a la higiene y a hacerse ricas. Me habló de la empresa para la que gestionaríamos y con un tono algo ganador me inquirió si conocía a un tal Barak Obama. No debe haber visto mi seño fruncido hasta el tuétano porque siguió ensimismado en su hoja de garabatos y, anotando, me sugirió que buscara en Youtube el nombre del presidente junto al de la empresa. “¿Conoces a un tal Clinton, Bill Clinton?”. Y anotó otra sugerencia de búsqueda. “¿Conoces a un tal George Bush?”. okÉl dio por hecho, como con todo, que yo tenía un buen concepto de los tres delincuentes y asesinos que nombró. El punto era que, al parecer, yo ganaría 70.000 pesos los primeros tiempos y, luego, con paciencia, llegaría a la presidencia de Estados Unidos. Le dije que ya me pondría en contacto con él, apenas tuviera WhatsApp (en ese momento ya tenía o estaba pronto a tener). Nunca supe dónde entraba mi interés por la lectura.

No pasó un mes que mi hermana, que recepciona en un hotel, me contactó con un gerente de marketing que estaba interesado en un comunicador social. Le envié un mensaje de presentación por medio de la mencionada e imprescindible aplicación. Me respondió casi inmediatamente y me envió un link con un video (con la recomendación que lo viera sin prejuicios) que jamás vi porque ya me imaginaba de qué iba. El tipo me asedió unos días hasta que se debe haber dado cuenta de mi desidia por el asunto. Igual tardó más que lo que el sentido común permite.

Pensé que tenía un imán para ese tipo de ofertas o que mi cara lleva el dibujo de un idiota de fácil motivación, pero además de eso, existe siempre la necesidad. Entiendo el negocio. No se basa en la venta de ningún producto sino en la colecta de soldados, como en las Fuerzas Armadas. Da igual si se trata de filtros para el agua, dentífricos o mentiras nutricionales; lo importante es reclutar, porque el negocio no está en la venta sino en la inversión inicial de cada recluta y a los gastos de capacitación. Creo que los que llegan a ocupar altos rangos sí ganan dinero debido a toda una red de obedientes soldados que auguran que alguna vez llegarán a coronel, por lo menos, y que se complacen en saber secretamente (y no tanto) que tienen, a su vez, gente trabajando para ellos. Pero ni el soldado raso ni el teniente (que aún no recuperó su inversión inicial) ni el general saben, en realidad, para quién trabajan. ¿Y si ni siquiera fuera así? ¿Si ni siquiera los generales ganaran? O ganaran de otro modo. Siendo empleados por algún servicio secreto o alguna masonería, por ejemplo. Pero, ¿con qué motivo, además de tener a muchos reclutados enviciados con la ambición y la esperanza, de albergar idiotas de varios niveles?

uncle-samEl asunto es simple. ¿Tiene usted un tiempito para prestarme? Sólo dos minutos ¿Le gusta la lectura? Usted, supuesto lector, es quizá un idiota en potencia o tiene grandes ansias de serlo, y seguramente conocerá a otras cinco u ocho personas de similar mirada de vida, que a su vez conocen otros tantos idiotas que…

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Si es así que está dispuesto

junio 1, 2016 at 9:13 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

No sé bien cuál es la idea de muerte que tiene un niño. Yo, ya boludo grande, no concibo una. Siempre supuse que de manera inconsciente expresaban, y siguen expresando, su mirada en la negativa a dormirse; ese tour de force por permanecer lúcidos el mayor tiempo posible; el perdurar en la vigilia; el hacer.

forrestCuando a mi nena, la más chiquita, la supera el cansancio no muestra reparos en manifestar su impotencia, y la embarga lo inenarrable, lo que no se puede explicar. Y es un último esfuerzo de alcanzar contención, mimos, comprensión. A veces los niños no saben que a los grandes también nos agarra lo inenarrable y nos descontrola. Hace unos días mi nena, la más chiquita, en medio de un ataque volvió a expresar que no quería morirse. No era la primera vez; en otras ocasiones ya nos había planteado el asunto. Una vez, aferrándome a lo primero que encontré, le dije que nosotros no íbamos a morirnos porque éramos inmortales. Como los vampiros, cometí el error de añadir. “¡Pero los vampiros ya están muertos!”, exclamó explotando un poco más su llanto, cuando mi nena empezaba a incursionar los cuatro añitos. No volví a utilizar ese argumento. Creí… Porque estaba de moda, que los vampiros… También están de moda los zombis, pero esos también están muertos. Todo un culto. Mejor ayuda que estas criaturas vendría siendo Dios, pero mi nena no tiene muy bien asimilado ese concepto. Un poco porque sus padres, conscientes de que siempre hay tiempo para tener fe, no se empeñaron en narrativas divinas, y otro poco porque últimamente se está más expuesto a chupasangres y comecerebros que a Dios. Tratando de ahondar en nuestra negligencia, mandamos a la nena a un colegio que decía ser laico. Yo presumía lo peor siendo que el colegio ya tiene nombre de un santo. Alguna vez, nuestra nena nos contó que bendecía el desayuno. Nos lo tomamos como un acto de gratitud que no conviene ahorrar, pero ayer o antes de ayer nos dice que alguien le dijo que hay que rezar a la virgen para que te cumpla algunas cosas. Eso no está bien: una cosa es agradecer y otra es andar pidiendo… Y mucho menos a un Dios, porque un acto de fe es agradecer lo que el Señor te dio y otra, que nada tiene que ver con la fe, es negociar, intercambiar encogimientos por dádivas. Para colmo, todo esto se da en el contexto de que van a recibir a la Virgen del Perpetuo Socorro en el colegio, y para eso los niños deben llevar dos pompones, de esos que usan las porristas, en blanco y amarillo, para recibirla. Fijarse hasta dónde ha llegado el espectáculo que ahora hay que alentar a figuras de yeso. Como si no lo hubiésemos hecho con Giunta, Batista, Pasarella. Total, para adorar un yeso da igual si es San Expedito, la Venus de Milo o el tabique que separa provisoriamente el comedor de un despacho improvisado. ¡Hip hip! ¡Hurra!

Que no se me malinterprete: no desdeño ninguna creencia ni literatura, pero creo que todas las narrativas deben contar con el mismo tiempo de exposición desde temprana edad: si no hay opciones, tampoco libre albedrío. Al revés: para mí hubiera sido más fácil explicarle a mi nena que en realidad no nos morimos sino que nos mudamos de vida, generalmente a una mejor, a menos que no te tomés toda la sopa. La idea de un cielo ayuda a dormir a cualquiera. Pero no la usé hace dos noches. Le dije que faltaba mucho, tanto que cuando estuviéramos viejos ya habríamos hecho tantas cosas que estaríamos cansados y querríamos descansar. Se ve que mis respuestas con respecto a este asunto de la muerte no son del todo convenientes, porque a mi nena le volvió a explotar el llanto al tiempo que gemía: “Es que yo quiero hacer cosas y cuando muera ya no voy a poder hacer cosas”. Los niños suelen ver con una claridad que encandila. Ella lloró un poquito más, el tiempo que exigían sus deseos de contención y mimos, y se durmió como un angelito. Yo tardé en dormirme, y después me levanté sobresaltado a eso de las cinco de la mañana, sin un porqué, y ya no volví a dormir. Es que no se le deben decir esas cosas a un padre.

THE-BOOK-OF-LIFE-01El padre a veces considera como modo de trascendencia el perdurar en una obra, pero ahí nomás piensa que eso es más propio de los capataces que se cayeron en el cemento al principio de un edificio. La de perdurar en una obra es una idea tan presuntuosa como la de inventarse otra vida después de. Argumentos de zombis y vampiros, de reencarnaciones. Con ese criterio, la idea de que vamos a engordar gusanos, para que estos abonen la tierra que dé la hierba que coma la vaca que se haga matambre, etcétera, no es menos cruenta. Si no fuera por nuestra natural aversión hacia los gusanos.

A un padre no se le deben decir esas cosas porque puede que el padre ande en uno de esos momentos donde se cuestiona si de verdad está haciendo algo y tiene la sensación de no estar haciendo un pepino, por lo que la idea de ya no poder hacer nada no debería preocuparle en absoluto, pues nada o muy poco cambiaría. O donde se pregunta el para qué hacer eso poco que está haciendo. Uno de esos momentos donde también se responde con una pregunta: Hacer nada, ¿según quién? Según los defensores de ese invento del sueño americano, donde supuestamente cualquier idiota puede llegar lejos. Como en Forrest Gump. Como en la actual presidencia nacional. Entonces, si yo no llevo haciendo nada en esta vida, ¿cómo es que todavía no soy presidente?

La próxima vez, ante esta pregunta, y si no me agarra muy desprevenido y con la guardia baja, tal vez le cite las palabras de Gandalf, aquellas con las que se dirige a un hobbit y dice: Eso desean los que viven en estos tiempos pero no nos toca a nosotros decidir qué tiempo vivir, sólo podemos elegir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado”. O tal vez me dé cuenta a tiempo que ante lo inenarrable lo mejor es no articular palabras. Pero contener y mimar. Porque el sueño debe acogernos tranquilos y en concordia con nosotros mismos; contenidos. Si es que de verdad queremos descansar.

El libro de la vida, una película animada que vimos algunas veces con mis nenas, plantea que después de la muerte existe un paraíso para los muertitos que aún permanezcan en la memoria de algún vivo, por lo que ese edén estaría marcado por las obras que se hayan hecho en vida (aunque más no fuera no haberse comportado como un papanatas a cuerda y haber sabido responderle a una niña de casi cinco años un hecho tan simple y cotidiano como la muerte); se conjuga la invención de otra vida a raíz de lo hecho en vida: mientras más sólido el soporte… La muerte final es el olvido. La película no nos soluciona ningún padecimiento existencial, pero sí nos divierte durante más de una hora. catrina-libro-vida-muerteY es algo que hacemos con mis nenas, la más grande y la más chiquita.

“Quiero decirte mi amor
en estas torpes palabras
que cada vez que llores
lo sabrá mi corazón”

Jaime Roos. Si me voy antes que vos.

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Su propia medicina

mayo 20, 2016 at 2:41 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

cupidoIgnoro si no es una de las tantas caras que adopta la melancolía para hacerse presente disimuladamente pero tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en la mayoría de las cosas que hago, con excepción de los momentos que vivo con y para mi familia, sobre todo con mi nena, la más chiquita. Fuera de eso, caigo en el hastío con bastante facilidad. Hace poco un amigo me contaba que no se sentía para nada en su salsa, que si hace unos años le prometían tener la familia, el trabajo y la situación que ahora tiene, él hubiese firmado sin pensarlo, pero que sin embargo no se hallaba completo; él lo atribuye a su proximidad con los cuarenta y su crisis consiguiente. Tal vez sea un poco eso junto a la imposibilidad de comprarme un convertible. Tal vez sólo sea que no tengo un convertible. O que fuera de mi familia no tengo la situación laboral que hubiese deseado, siendo que prácticamente casi no tengo situación laboral. Y acá hay un poco de paradoja, puesto que siempre pensé que la felicidad o su símil estaba fuertemente asociada a la ausencia de trabajo. De todas maneras, la sensación de vacío no responde a un calendario. Y a diferencia de mi amigo (que también es cuñado –aunque podría ser cualquier otro amigo), albergo los fantasmas de las decisiones equivocadas. Excepto algunas cosas, todo se me aparece como un gran sinsentido, como una broma pesada, de muy mal gusto.

Debido a la disminución de mi trabajo como mozo, y por medio de la gestión de un primo, me vi involucrado en la inscripción a un curso de Seguridad Privada. Gracias a dicho familiar me bonificaban la inscripción, por lo que pensé que el saber no ocupa lugar y mucho menos si no hay que vaciar el bolsillo para ello. Inicié los trámites para cumplir los requisitos necesarios, aunque quizá un poco tardíamente, lo que puso en peligro el comienzo del curso; no del curso en sí sino mi incorporación al mismo.

El pasado 16 del corriente, a las 2132 horas de la noche, en plena cena de embutidos, me comunican que he sido aceptado, que habían intentado comunicarse antes pero les fue imposible y que al día siguiente, día 17, debía personarme en el establecimiento a las 0750 horas para dar comienzo a mi capacitación. Les digo que me era imposible porque ya tenía compromisos planeados para el día en cuestión (además que no soy la fulana de nadie, pero esto no se los dije), pero que concurriría el jueves siguiente con el mayor de los entusiasmos y el pantalón de vestir, la camisa blanca y la corbata como ellos sugerían que debía presentarme.

Ahí estuve el jueves, a la hora convenida, aunque el profesor de Nociones Legales no apareciera antes de las 0821. Después de dilapidar algunos minutos en innecesarias presentaciones, nos dice que le prestemos atención porque en el examen le gustaría que le respondiéramos con los conceptos que él dio, y que si bien hay una cartilla de estudio (a la que volveremos a abordar renglones más adelante), que no le demos mucha bola porque está bastante enrevesada. Y ahí nomás sacude que la Constitución Nacional es el fundamento del orden jurídico de un Estado moderno y soberano. Por participar nada más, ya que él así lo quería para dinamizar una clase (que si no se vuelve más aburrida), le pregunto a qué se refiere con “moderno”. Trastabilla. Intenta explicar que moderno es para diferenciarlo de un Estado Europeo (duda) como los de antes. Luego habla de los Incas, la colonización. Lo ayudo preguntando a lo Fantino, es decir, sobreactuando mi boludez supina, inquiriendo si, quizá, se deba a la Edad histórica que sucedió a la Edad Media. Asiente aliviadamente.

Fantina es la versión moderna de la Doña Rosa de Neustand pero con peinado de futbolista.

Fantino es la versión moderna de la Doña Rosa de Neustand pero con peinado de futbolista.

Luego habla de las reformas constitucionales: que estas debían ser a favor del pueblo y no de un mandatario con ganas de perpetuarse en el poder; y se está un rato bajando línea de sus prejuicios y sus odios hacia Cristina Kirchner. Siempre con humildad, le pregunto si eso no debía ser elección del pueblo, ya que este era soberano, y que en todo caso estaba en él decidir cuánto quería que dure un presidente. Contra las cuerdas (resultaba fácil ganarle el centro del ring) manotea que si había un 40% que trabajaba y un 60% que vivía de los planes sociales y la vagancia, era muy probable que la presidenta volviera a ganar. Comprendo que entiende que hay una gran porción de pueblo que no piensa como él y que es soberanamente ignorante y desprovista de su capacidad de voto y de trabajo. Larga otra serie de prejuicios sin inmutarse, y yo prefiero callarme y volver a la esquina a que me revisen el ojo, porque al parecer lo tengo tan abierto que no veo un burro montado en otro, que es la miopía del que no piensa como el disertante.

Después habla de supremacía y dice que la Constitución Nacional está por encima de todo y a la altura de los Tratados Internacionales; que luego le siguen las leyes nacionales, luego las provinciales, luego las ordenanzas municipales y por último las sentencias judiciales. Pregunto si una ordenanza municipal puede funcionar como cautelar de una ley provincial, y pongo el ejemplo de la ley de tolerancia cero, que no permite a los conductores llevar ni una sola gota de alcohol en la sangre; una ley que sólo se aplica en Salta (en realidad no sé si en alguna otra provincia argentina). Inquiero más o menos así: ¿Qué pasaría si Cafayate quiere promocionar su ruta del vino y, como municipio, saca una ordenanza que permita al visitante conducir con una cantidad de alcohol en la sangre mayor a 0 (cero)? Él contesta que eso es imposible, puesto que, según el orden de supremacía, la ordenanza municipal está supeditada a la ley provincial y jamás podría sobrepasarla. Contraataco: ¿Qué pasaría entonces si un conductor de Tucumán, que desconoce la ley provincial es detenido por agentes de tránsito con una dosis de alcohol mayor a cero –lo que infringiría la ley provincial- pero menor a la permitida por la ley de alcoholemia nacional? Balbucea. Tiembla un poco. Trastabilla nuevamente en una explicación que ya no me interesa y que en ningún modo excusa la languidez de sus nociones de supremacía. Antes que madure el knock out, tira la toalla y da un recreo para que descansemos antes de la próxima pelea.

El sparring siguiente es menos que mosca: entra al ring y se da con que ninguno de los presentes tiene la dichosa cartilla. Se siente desarmado y sin el casco protector. Comienza a dar saltitos para todos lados y adopta posturas más convenientes a un banderillero que a un boxeador. A diferencia del anterior, reconoce que sin la cartilla no es ni somos nada. Pasa lista (yo no estoy en la lista). Se retuerce sobre su mesa. Nombra dos leyes al azar y nos pide que, en casa, “googleemos” otra. Intenta preguntas de sociabilidad y no da golpe. Uno sabe que con sólo un amague el contrincante besa la lona, pero uno es un caballero y decide no contestar ni siquiera ante la pregunta más inocente. El supuesto profesor de Higiene y Seguridad confiesa que fue llamado casi a última hora; que fue invitado a participar del violento campamento que está planeado como cierre del curso y que jamás en su sano juicio lo haría; de alguna manera no se explica qué diantres hacemos allí; ni él ni nosotros. En el duodécimo silencio incómodo llega a preguntarse/nos: “¿Y ahora qué hacemos, nos vamos?”. Aprovechando su arrojo, la iniciativa que yo quería tomar hacía ya unos treinta minutos y la única definición que largó en casi una hora (la de que Higiene y Seguridad es la encargada de prevenir, proteger y preservar la integridad psicofísica de las personas), me levanto con un leve “si me disculpan”, y me retiro del aula.

Afuera está el que me llamó por teléfono en las vísperas del curso. Se preocupa por mi deserción. Le digo que aprovecho que la clase no progresa debido a la falta de la cartilla para ir a buscar a mi hija al cole, lo que no es del todo mentira. Le pregunto el costo del curso por un amigo (en realidad es sólo conocido) que quiere hacerlo. No voy a dar cifras aquí, pero voy a advertir a mi conocido. La dichosa cartilla cuesta el doble que el derecho al examen final. No mencionaré el precio de cada una de las cuatro cuotas, que es igual al del campamento final.

Andykaufman“Nos vemos mañana”, mentí. A la salida me encontré con un viejo conocido que siempre fue seguridad. Le pregunté sobre la obligatoriedad de tener el certificado de ese curso para ejercer, según me dijeron lo exigían las leyes provinciales. Se rió de eso. Intente buscar la resolución por internet y no encontré nada asociado a la Seguridad Privada; seguro es culpa de mi impericia. Me sentí como el personaje de Man of the moon en la escena final: en la película, Jim Carrey hace de Andy Kaufman, un comediante estadunidense que con sus bromas supo vulnerar las normas establecidas a tal punto que nada de lo que hacía resultaba ser cierto o no. Ni siquiera le creyeron su muerte, tal era su farsa. En la película (que seguramente no es del todo fiel a la vida del comediante), el personaje, aquejado de una enfermedad letal decide hacerse ver por curanderos, y en el momento en que lo están tratando, él descubre la farsa, el engaño, y ahí, al borde de la muerte, sólo se ríe… como si fuera el reconocimiento de su única alternativa.

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El ojo de la tormenta

abril 28, 2016 at 3:24 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

No sé cuándo fue la última vez que escribí algo para este blog. No sé cuándo fue la última vez que escribí algo, ni siquiera la última lista de supermercados. La verdad es que todo fue cambiando demasiado rápido desde que nos mudamos. Y a pesar de tener la sensación de que todo está paralizado, estancado… eppur si muove. Como si estuviera en el ojo de la tormenta, donde pareciera no haber peligro ni para despeinarse, sin embargo…

TandaricaHe conseguido un trabajo, de mozo, o de camarero como los que conseguía antes. Se ve que es vocacional. Yo todavía no me doy cuenta; seguro es por estar dentro del ojo del huracán. Ya cuando todo se calme, me pondré a pensar seriamente si quiero hacer carrera. Que no se me malinterprete: no estoy desestimando ni ese ni ningún otro trabajo, sólo que tengo derecho a no disfrutarlo… ni ese ni ningún otro trabajo, por supuesto.

El tipo que me contrató se jacta de haber comenzado con cinco personas y ahora ser cerca de 30, o sea que mal no le van las cosas. Cuando me reuní con él (presentado por una persona en común) le pedí que no me tomara por compromiso. Sigo pagando el derecho de piso. No sólo en este laburo sino que siento que lo vengo pagando desde hace muchos años, y eso que siempre pensé que el acto de pagar el piso tenía un techo; parece que no. Claro que también tiene que ver que, por diversas razones, siempre estuve terminando y comenzando trabajos; a veces estaban recién estrenados cuando los terminaba. Pero entré y ahí nomás me di cuenta que nunca llegaría a ser un buen mozo: no puedo llevar más de tres o cuatro platos por vez; no llevo el servicio al borde de la servidumbre; no apuro una mesa llevándole la cuenta para que se vean obligados a retirarse así entran nuevos comensales; no me gusta juntarme en camarillas en la cocina para hablar mal del compañero que no está ni planear ardides contra otros; me gusta ir de frente; no me arrastro por las propinas; no me ando fijando en el otro para remarcarle lo que está mal, incluso soy bastante capaz de asumir mis errores, cosa que en la restauración es casi una herejía, pues siempre se puede culpar al otro, aunque esta actitud no es exclusiva de este rubro. Sin embargo, trato de compensar éstas y otras faltas siendo agradable con el cliente, a tal punto que termino identificando con mayor rapidez el momento justo de un chiste o una humorada que el de acercar los palillos.

A pesar de haber un dueño, el salón es manejado por la mafia de los Falafar (no son árabes; aclaro esto porque existe una tendencia universal a culparlos de cualquier desgracia, sino que elijo un nombre sonoramente parecido pero sin llegar a identificarlos del todo). Son hermanos y llevan muchos años en el negocio. Apenas entré había un Jefe de Mozos, que supuestamente se encargaba de coordinar los movimientos de servicio del personal. Enseguida pude darme cuenta que era un título más bien imaginario, como para legitimar la importancia del restorán, porque el tipo no dirigía nada: los piolines conducían hacia las manos del menor de los Falafar, Lucas. No había que ser Hércules Poirot para darse cuenta. El mayor de la familia es un camarero mucho más profesional, capaz de cargar seis platos de postres en sus extremidades sin acusar el menor peso, la menor gravedad ni la mínima falta de equilibrio: Arnaldo actúa como el consiglieri. Siempre tiene buenos modos para todos, y muestra preocupación por las afecciones de los demás, pero además de trabajar en las segundas mejores mesas asignadas del salón (ya podemos imaginarnos quién cubre las primeras), trabaja sobre la oreja de su hermano, a veces sin influencia alguna, que es lo que tiene ser un consejero.

Después está Gustavo, que intenta caerle en gracia a Lucas y así escalar posiciones, algo que me parece absurdo, porque esta jerarquía, a diferencia de la deuda por derecho de piso, sí tiene un techo. Sobreactúa su cortesía hasta llegar a ser algo invasivo y obsecuente, es sumamente ansioso hasta el punto de querer acaparar más mesas, con sus consiguientes propinas, de las que le corresponden, se esconde en la cocina a deglutir cualquier bocado que sobre, pero si sobra algo de vino en alguna mesa lo guarda y reserva para compartir con el jefe de los Falafar. Gustavo es hermano del que solía ser Jefe de Mozos. Sí, lo leyeron bien: “solía”; ya no suele serlo más.

mafiaTambién está el Mojarra (todos tenemos apodos: a mí me dicen Barcelona o Barça, debido a que vengo de ahí, o Barbacoa, haciendo referencia a la barba que solía portar en contra de las leyes de la gastronomía, y que mantuve durante un largo tiempo, para enorme disgusto de Lucas Falafar, que veía una irreverencia a todo lo que había aprendido y era. Hay leyes extrañas en el rubro. La de la barba es una, similar a la de que todo mozo debe hacer un curso de manipulación de alimentos, cosa que es una paradoja porque eso significaría que el mozo, es decir, el último transporte de alimentos, anda metiendo sus dedos en la comida del cliente; entiendo que sí lo hagan los cocineros, aunque un pelo de barba puede pasar más desapercibido que un cabello de cabeza o axila; según el largo de la barba, claro). Vuelvo al Mojarra, un chico de veintipocos años que cree que la vida le debe. Acaba de ser padre, pero cuando lo conocí se debatía entre una adolescencia que lo tuvo todo y la inmediatez de tener que convertirse en un hombre. Un día se hizo el nervioso (como todo hijo único con sus taras) y le retruqué que se tranquilizara, que estaba liberando más estrógeno que su mujer que estaba embarazada. En su púber imaginación, entendió que yo estaba insultando a su mujer. A mí me hubiese resultado más fácil decirle que dejara de comportarse como una loca histérica, pero tengo la maldita costumbre de no subestimar la inteligencia de mi interlocutor. Se envalentonó. Pero no de una manera lógica a cualquier corajudo herido, que hubiera sido callarse y, una vez terminada nuestra labor, esperarme en un rincón oscuro y cagarme a palos, sino de esa manera de quedar como un valiente bravucón sin que se pudiera demostrar lo contrario. Como cuando en el barrio un tipo se encargaba de difundir que iba a cagar a golpes a otro tipo, donde la fama importa más que la acción; como cuando un pusilánime ofuscado se pone a gritar: “¡Agarrame que lo mato, agarrame que lo mato!”. Así hizo público su deseo de vengar lo que el creía el honor mancillado de su mujer. Le hice saber que a mí me costaba mucho esfuerzo retroceder veinte años o hacerme una lobotomía para ponerme a su altura, pero que había miles de razones, entre las cuales no estaba el miedo de cagarnos a golpes, que me impedían entrar en una disputa física, y que si quería podía hacer correr la voz por todo el restorán y por su grupo de amigos que yo había reculado ante sus amenazas, porque me daba igual, ya que sabía de antemano que eso no me hacía ni menos hombre ni lo hacía más hombre a él. No supo entender. Supongo que tenía algo de penitenciario el asunto y el quería mostrar su hombría para que no se lo culearan en las duchas. Lo ignoré durante una semana hasta que me sacó de mis casillas y lo acogoté. Inmediatamente me di cuenta que me estaba poniendo a su altura (y que no nos escapábamos de la visión de algunos comensales) y lo solté. Él hizo un escandalo e intervinieron algunas personas. Por supuesto no los mozos compañeros, que de compañeros no tienen un pingo y se hacen los boludos como perro que ha meado la alfombra, pero nos llovieron las amenazas de dar información al dueño de lo sucedido. Lo miré al Mojarra y le dije: “Ves, ahí va una de las razones por la que no iba a pelearme”. Para cuidar el trabajo. Él creo que esa vez entendió y comenzamos, si bien no a llevarnos de puta madre, al menos a no estorbarnos, pero al tiempo igual me redujeron días laborales, por lo que podríamos habernos trompeado tranquilamente. Pero para qué iba a pelearme. En un momento, cuando era un atado de nervios, le dije que estaba intentando demostrar su hombría de forma errónea, pero que ya tendría tiempo de demostrarla dentro de un mes, aludiendo al crío que le venía en camino.

Tanto el Mojarra como Gustavo intentan emular al Gran Falafar: le copian las bromas, imitan sus gestos, sus muletillas (hay todo un léxico a desarrollar en este rubro) y sus peores vicios, y eso logra que Lucas se crea el sensei de la gastronomía. Su hermano sabe que es mejor mozo, pero prefiere quedarse a la sombra; carece de liderazgo.

Yo, en todo caso, intento inventar mi propio estilo, aun a sabiendas del costo: siempre está el síndrome del león viejo que hace lo posible para que el león joven se mantenga alejado de la manada (o se está con él o contra él), pero están confundidos porque no me interesa su manada, pues soy un lobo o un gorila. El jefe de la cocina también padece esta patología, y ya supe tener algunos intercambios, pero ese es otro tema.

histericosDespués está el dueño, que a veces libera más estrógeno que el Mojarra, con el que también tuve un intercambio al hacerle notar que por eso no quería que me contratara por compromiso, porque creería que me estaba haciendo un favor, pero yo traté de hacerle ver que yo agradecía ser su empleado más nunca su esclavo, siempre a mi modo, sin subestimar la inteligencia de mi interlocutor. Y que si quería hacerme un favor, me subsidiara u oficiara de mecenas, pero ese favor que él cree hacerme bien se lo pago yo con trabajo. Ahora con menos días. No sé si se debe a mi manera de reivindicar la dignidad o a que los Falafar, que deciden los días libres del personal, también definen los compañeros prescindibles. Porque un compañero prescindible son más mesas a cubrir, por ende más propinas a repartir. Esto también lo sabían algunos compañeros que, lamentablemente, ya no están con nosotros.

Si bien el recorte no nos favorece económicamente (hablo de mi familia, porque seguramente sí favorece al dueño y a su runfla mafiosa), yo he logrado grandes avances psicológicos. He logrado en el trabajo lo que mi nena, la más chiquita quiere de su colegio: ir dos días y quedarse en casa los cinco restantes de la semana. Mis nenas, la más grande y la más chiquita, también sufren los cambios; yo cuento algunas penurias mías más por un ejercicio de fantasía, que a veces creo estar perdiendo, que por autocomplacencia. Existe un mundo que ya no vemos desde aquí, y que extrañamos muchísimo, que se lo llevó el tornado… más bien diría que un tornado nos arrancó de ese mundo. Y si bien seguimos en el ojo del huracán, podemos ver el cielo azul de otro mundo, aunque la tormenta siga. Y el polvo también.

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