La rebelión de los artefactos

julio 1, 2019 at 7:57 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Cuando llegamos a instalarnos en Salta nos quedamos en la casa de mi abuela, en la parte de arriba. Al principio por razones económicas. Cuando tuvimos posibilidades de mudarnos, no quisimos dejar sola a la vieja. No hay, por supuesto una única razón, pero explicar el contexto es cansador, y no me senté frente al teclado por ese motivo. Decía que al llegar a Salta nos instalamos donde ya dije. Es una casa antigua, pero es cómoda en cuanto a ubicación. Aunque durante la semana hay mucho movimiento en horas laborales y es calle por donde suelen pasar manifestantes y procesiones religiosas. Sin embargo eso atañe a aspectos del exterior y yo quería hacer mención a los del interior.

Empezaré por donde nos sugiere el título. Los artefactos eléctricos. De Barcelona nos trajimos la computadora, un equipo de música que también reproduce DVD y un televisor. Este último necesita una antena o un codificador o vaya a saberse qué cosa porque los sistemas del norte difieren de los del sur, entonces no podemos ver ninguna frecuencia ni por aire ni por cable. Tal vez sí por satélite, pero si no tuve la diligencia de conseguir ese adaptador, fuera lo que fuese, mucho menos una antena satelital. Además, en la casa había otros tres televisores: uno en la habitación de la abuela, otro en el comedor y un tercero en la que fuera mi pieza de soltero y ahora, quince años después, la de casado. Durante este intervalo están los diez años que vivimos en España. El televisor de la abuela funciona bien y se ven todos los canales, pero falla el control remoto. No son las pilas; las cambiamos y nada. También intentamos con uno universal y tuvimos que devolverlo. Esto no es gratuito y creo que tiene que ver con el deterioro de la abuela. No porque el mando haya sido como su fiel acompañante y se mimetizara, sino porque junto con el tedio y el aburrimiento de la ancianidad y las limitaciones propias, la mente le empezó a fallar; carece de memoria a corto plazo, lo que hace que a los dos minutos no sepa qué es lo que está viendo, y al no enterarse decide cambiar de canal para ver si en el siguiente engancha la idea. Esto cuando aún funcionaba el aparato. A veces se ponía a cambiar simplemente por encontrarse haciendo una acción, sin interesarse en lo que pasaban, por el solo hecho del cambio de iluminación; formas de mantenerse despierta, de cerciorar que sigue viva, como la de repetir lo mismo cada minutos: no importa el mensaje ni lo que se diga, importa sentir que no se le apagó la voz. En fin, el constante manoseo terminó por inutilizar el mando. Ahora casi ni ve la tele, por lo ya contado y porque cada vez escucha menos.

Luego está el del comedor. Además de también tener un control remoto poco efectivo tiene la limitación de tener sólo 30 frecuencias y entre las cuales hay seis o siete que jamás se pudieron sintonizar… Miento: en una época, allá por mi soltería, se veían 30 canales diferentes, pero alguien decidió hacerse el entendido en tecnología y jamás se volvieron a ver tantos canales. Ahora, eso, seis o siete frecuencias de hormigueos, cuatro o cinco canales deportivos, cinco o seis de dibujos, otros tantos de noticias (de los cuales sólo uno no pertenece al grupo hegemónico), un par de variedades y chismes, el canal público y dos culturales. Una oferta bastante limitada. Además el control remoto; hay botones que no funcionan o que requieren de una presión mayor a la normal. También tiene afectadas las pilas, pero a veces con un golpecito empieza a funcionar. Otras veces, cuando el golpecito no funciona, giro las pilas. Me pasó algunas veces que este procedimiento funcionó, pero más bien creo que fue azaroso: es como si tuvieran una posición especial, y que yo desconozco, que abre las puertas a la energía, como las combinaciones giratorias de un maletín. Cada vez se me hace más difícil acertar la clave secreta. Por suerte los tres o cuatro canales que suelo ver están juntos, por lo que cambio de frecuencia de manera manual.

Y tercero estaba el de nuestra habitación. Se veían todos los canales. Pero una prima decidió regalarnos uno que ya no usaría, y como tenía más pulgadas hicimos el siguiente cambio; nos quedamos con el regalo en nuestra habitación, bajamos el de nuestra habitación y relegamos el de veinte aburrimientos a otra sala pero a modo de trasto. Este movimiento no duró mucho. Más pronto que tarde, al del comedor le comenzó a fallar el sonido y se iba a cero. Con el control se lo volvía a subir, hasta que en algún momento volvía a quedar en mute. Cada vez fue más difícil restaurar el volumen hasta que llegó el momento en que se subía e inmediatamente se bajaba hasta que ya no se pudo subir más porque la reacción de mantenerlo en cero del televisor era más rápida y tenaz que mi pulgar y que el de cualquier otro descendiente de los primates. Así que el viejo trasto volvió al comedor.

Durante algún tiempo disfrutamos de ver tele tirados en la cama, pero el aparato que nos regaló la prima comenzó a fallar y a oscurecerse y cambiar los colores para verse en tonalidades de rojo y azul, como si estuviese solarizado en un Photoshop. Pasaba que si uno era paciente, al rato de encendido volvía a la normalidad, por lo que teníamos que tener bien planeados los horarios de espectador: Pensamos que era porque al aparato le costaba entrar en calor, pero cuando nos pasó que de un tiempo de estar viendo normal volvía a solarizarse, entendimos que no era enfriamiento. Además de que no había un tiempo estipulado de espera sino que se normalizaba cuando se le ocurría, y cada vez se le ocurría más tarde. En todo caso es la pérdida menos molesta porque soy de los que creen que la habitación no es un espacio para ver televisión, si bien muchas veces resulta más que confortable.

Si a esto sumamos dos radios incapaces de sintonizar una frecuencia por vez, todo parecería indicar de que se trata de un complot electrónico, y lamento haber escrito esto porque de ahora en más voy a escribir preocupado de que la computadora se llene de virus, se apague, revienten los parlantes y se me queden los dedos pegados al teclado.

Hay películas enteras dedicadas a esto; no voy a redundar. Al contrario, tiene que ver menos con la tecnología que con su caducidad. Todo es viejo, todo a renovar. Las paredes de la cocina (y de otros lugares) parecen la piel de un lagarto en plena muda. En la sala donde ahora escribo, cuando llueve se asemeja al vestuario de un club de fútbol, con la diferencia que en el suelo hay más tachos que en la batería del de los Chili Peppers. En el living, que nadie usaba excepto en las fiestas navideñas de antaño, donde se juntaba una familia numerosa y que volvió a usar mi nena, la más chiquita, porque fue el único lugar donde pudimos poner una cama elástica que nos regalaron, se quemó un foco que no había sido cambiado desde que tengo memoria. Quise cambiarlo pero me quedé sólo con la parte de vidrio; la parte de metal que se enrosca quedó pegada, y no quise indagar más por estar a medio camino entre un frágil equilibrio de una escalera enclenque y de otro más frágil: colgado de la araña.

La factura del agua cada vez es más cara. Mucho tiene que ver el desgraciado que nos gobierna, pero también es cierto que cuando se arregla una pérdida, la presión hace que un agujero se abra en otro lado, y un sonido persistente, constante nos traslada hacia a algún recoveco amazónico. Las cañerías son de plomo y la desidia ha obrado durante más de medio siglo. Mis conocimientos de oficios hogareños, si bien se han profundizado, siguen sin alcanzar, como tampoco alcanzan los pegamentos ni las famosas gomitas de los grifos.

Casa Tomada, el cuento de Cortázar, tiene variadas interpretaciones; se habla de fantasmas, de una clase media que no acepta al peronismo y a sus cabecitas negras, de espíritus, del pasado que va comiéndose poco a poco los colores, tiñéndolo todo de sepia o blanco y negro, atrapando a las personas en ese revivir que es un no vivir, de una simple pesadilla. Pero también está el deterioro. A los personajes del cuento les gustaba la casa “porque aparte de espaciosa y antigua (…) guardaba los recuerdos…” Tal vez los personajes la abandonaron porque convenía más eso que la reparación de los daños que se la iban comiendo cada vez con mayor celeridad. Tal vez porque de pronto les empezaron a sobrar los espacios, y porque ni siquiera todos los recuerdos de la infancia alcanzaban a llenarlos; entonces todo se volvía vacío.

Ante lo irreparable a veces conviene dejarse ir. Y esto no sólo tiene que ver con una casa antigua, sino con cualquier otra situación, un noviazgo, un matrimonio, un contexto laboral, una amistad, un aburrido hobby, la vida en general. ¿Cuánto se invierte en arreglar? ¿Cuánto en empezar de nuevo? Claro que si lo vemos bien, hay una línea delgada entre la sensatez y la cobardía, y lo que para algunos es una cosa, para otros es muy otra. Pero no estoy aquí ni escribo esto para filosofar, sino para cumplir el compromiso que le hice al Director (mejor dicho: por ahora y por un tiempo “exdirector”) de tratar de mantener este blog medianamente activo. Por eso y porque no puedo ver una mierda en televisión si no es en mute, en colores de cómics o de expresionismo alemán o a través de periodistas (que se creen tales) obnubilados por una bilis envenenada, un servilismo ciego, y jugando a ser Todos los hombres del presidente (y que, por supuesto, lo son).

Comencé este texto hablando de los electrodomésticos y pretendo retomarlo en los pocos renglones que seguramente quedan. A decir verdad, con el único que no tuvimos inconvenientes es con la plancha. De hecho no por el instrumento en sí, sino porque en casa no planchamos más que cuando dormimos. Si lo analizamos con calma recordaremos que la vieja plancha tenía un cable con ruidos magnéticos similares a los que emite un trozo de pollo al primer contacto con aceite hirviendo. Además de que el enchufe macho estaba todo quemado y daba bastante impresión tener que conectarlo, aunque el problema que lo dejó así hubiera sido de un mal día del enchufe hembra. Tenía pensado hacer el chiste de que era probable que, más que la ropa, fuera uno el que quedaría planchado, pero sería casi lo mismo que la analogía de dormir.

El lavarropas tampoco se portó bien en estos casi cuatro años que llevamos aquí. Lleva algunas reparaciones y sigue actuando con el desgano de un funcionario público. En cierta forma, y dada nuestra modalidad sedentaria, es la forma que tienen nuestras vestimentas de salir a dar unas vueltas (hoy estoy a full con los juegos de palabra). Mención aparte merece una pava eléctrica que se incendió, más bien se derritió sin ninguna otra razón aparente de que la abuela la hubiese puesto a calentar sobre una hornalla encendida de la cocina. Despego al artefacto eléctrico de toda responsabilidad en este episodio; el problema eléctrico se da en el circuito interno de la abuela.

En fin, así están dadas las cosas.

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