Informe de la situación XVIII (Ni con un seguro se está seguro)

junio 15, 2019 at 8:31 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea), Uno que juega)

Hace casi cuatro meses que nadie aporta a este blog. Eso en general; en particular se podría mencionar colaboradores que han perdido por completo su condición de tales. No estamos aquí para alcahuetear a nadie, pero la verdad es que el Director tiene algo de razón; no sé si en sus improperios más fuertes, pero sí en la base del reclamo. Eso si entendemos que una colaboración es gratuita, cosa que no damos por sentado ninguno de los que alguna vez supimos colaborar en esta editorial.

Aun así no es justificable el histrionismo y su sobreactuada victimización. Fingir un paro cardíaco era demasiado excesivo. Incluso hasta él mismo se dio cuenta (aunque seguramente no tan a tiempo como le gustará recordar), y de pronto cambió el gesto de agarrarse el supuesto brazo acalambrado y el rictus por una relajación y lasitud que apuntaba a desmayo y que, debido a sus pésimas dotes actorales y a su impuntual discreción, terminó siendo un sentido desvanecimiento, a lo sumo, una baja de presión. En medio de ese clímax, y en un tour de force, fue que me dejó a cargo de este blog aduciendo que en ese estado en el que se encontraba le iba a ser harto trabajoso asumir con tesón y aplomo el liderazgo de la empresa (sic). (Telón)

Sinceramente, no entiendo bien en qué cambia la cosa, si el Director vino a aparecerse después de no sé cuántos meses a hacer su paripé teatral, ante un público más que escaso, es decir, sólo ante el editor de esta redacción, que no resulta otro que quien suscribe, y tal vez el único que escribe… al menos en los últimos tiempos. Con la inmediatez que me caracteriza, me puse manos a la obra, y pasado mes o mes y medio de la entrevista con el Dire convoqué a una reunión con algunos de los colaboradores. Dejé pasar este tiempo prudencial para no preocupar al personal por el frágil estado de nuestro abandónico líder, y porque no me iba la vida en ello. Me hubiese gustado que ellos también vieran el espectáculo al que fui sometido, sobre todo porque varios de ellos profesan un sentido de la discreción y de la corrección algo diferente al mío. Digo: hubiese estado interesante que alguien hubiera convencido in situ al Director, de la forma que fuese, que del ridículo no se vuelve.

En fin, aquí me veo escribiendo. La intención primera era relatar lo sucedido en la mencionada reunión. No por lo que se habló o proyectó, por supuesto, sino por lo que terminó ocurriendo por intentar un encuentro laboral en un lugar de expendio de bebidas alcohólicas y con miembros a quienes la madurez emocional les está vedada casi por completo y cuya idea de vida es la de un disparate triste o alegre, según el caso y el día, pero inmediato. Los grandes ausentes fueron Errolan y el Licenciado Nolrad Leira, dos personas que hubiesen podido apaciguar la impronta sanguínea y proclive a la refriega del Chango Vergara, de Gauna y del curita Elías. Que quede en claro que hice lo que estuvo a mi alcance para evitar la disputa, como bien se lo expliqué al oficial en la comisaría (un Director, aunque sea de manera interina, tiene mucho para perder). Pero seguramente relataré lo sucedido en algún momento… o lo harán los otros testigos y partícipes si es que les viene en gana cumplir con lo que prometieron ese día, entre copas, antes de la escaramuza, a saber: volver a colaborar.

Por mi parte, comienzo dando el ejemplo y subiendo a este blog estas palabras que desconocen dónde irán a parar, pues no me he propuesto ningún tema ni ninguna idea ni nada que merezca ser publicado. Además del episodio del bar, se me viene a la cabeza la deplorable situación argentina, la dejadez, la inutilidad, la negligencia, la soberbia, la altanería, y a la vez sumisión, la vergüenza impúdica, impune y paseandera con las que se conducen los que dicen conducirnos. Pero fue uno de los compromisos que adquirió Vergara ese día. Sin embargo, hubo algo que sucedió en estos días: recibí por correo un mensaje alarmante. El asunto decía: “tramite” (así, en minúscula y sin tilde) seguido por un número de siete cifras. Ya en el cuerpo del texto, dos renglones exaltan mi natural sereno:

“Ante la imposibilidad de contacto con usted

Le solicitamos por favor se contacte con nosotros a la brevedad, por un siniestro.” (Así, sin signo de puntación después de “usted”.)

La idea de un siniestro exalta a cualquiera porque no conlleva nada bueno (creo que no estaría bien aplicado decir que Messi y Maradona son siniestros por pegarle con la zurda). Inmediatamente la mente se puebla de oscuridad y catástrofe. Sigo leyendo, más acelerado, y renglón y párrafo siguiente está la invitación, más bien la conminación a comunicarme en días hábiles, en horario de corrido a un teléfono, con interno y todo, o que visite cualquiera de sus sucursales. Yo no sé de qué carajos ni de sucursales de qué me está hablando, mientras que transversalmente mi cerebro busca conocidos o familiares que pudiera tener en Buenos Aires, puesto que el teléfono tiene la característica de esa localidad, y analiza cómo mierda hacer para hacercarme a “algunas de sus sucursales”. Tiene la firma de una persona que existe: Ana Clara Zavaleta. Lo sé porque gugleé su nombre para saber si no se trataba de una de esas estafas o de piratas informáticos. Esta persona figura como Analista de siniestros y trabaja para una empresa de seguros importante, pero no llegué a averiguar si se trataba de eso por lo que la había gugleado, aunque es casi seguro. Otra cosa me hizo sospechar: el cuerpo del texto comenzaba con un “Estimados buenos días:” (así, si coma, por lo que deduje que los “estimados” no éramos los destinatarios del mensaje sino los “buenos días”; todos estimamos los buenos días, si fuera por nosotros no tendríamos ni un día malo). Lo que me llevó a la siguiente deducción: no era un asunto personal. Aunque tratándose de un siniestro es evidente que podría involucrar a varias personas, pero imagino que lo comunicarían con al menos una pizca de delicadeza.

Nombré a Zavaleta porque ella me envía el correo, y pretendiendo que si alguien sabe algo de esto me lo comunique o lo comunique para tranquilidad del resto de afectados, que imagino montones. No nombro la empresa porque en esta, mi nueva gestión no vamos a publicitar gratuitamente, pero sí voy a decir que debajo del logo de la empresa venía un mensaje (otra amenaza) que decía en letrita pequeña: “La información contenida en este mensaje y sus archivos adjuntos, es confidencial y está dirigida exclusivamente a sus destinatarios consignados. No debe ser divulgada sin autorización previa del remitente. Si usted no es uno de los destinatarios, no está autorizado a copiar, distribuir y/o retener la información contenido (o parte de ella), instándolo en tal caso a notificar al remitente inmediatamente y eliminar el correo”… hay un poco más de blablablableo hasta una recomendación final: que pensemos en nuestro medio ambiente antes de imprimir ese mail.

Cuando el corazón empieza a recuperar su ritmo cardíaco normal, el cerebro puede descubrir la tomada de pelo, pero sobre todo en un hecho preciso: dice “Ante la imposibilidad de contacto con usted”. ¿Y qué es lo que está haciendo en este momento, señora? O señorita. Usted se está contactando conmigo por correo, o todo esto me lo he imaginado, y yo no sé de dónde robó mi dirección. La hubiese robado antes, cuando le era presciso y al parecer indispensable contactarse conmigo por un siniestro. Usted no mintió señora o señorita Zavaleta, era por un siniestro; por el siniestro modo de conducirse, suyo, de la empresa que la patrocina y de otras tantas empresas y organizaciones que actúan de igual o peor manera. Es como la primera vez que alguien recibe una de esas cadenas de no sé qué cosas, y que si uno no se la reenvía a veinte amigos (como si se pudiese tener tal cantidad de tales), se quedaría pelado, perdería a un familiar querido y no volvería a usar el pito ni siquiera para mear. No sé a cuánta gente pueden captar de esta manera, pero no soy quién para subestimar ese procedimiento porque seguramente les funciona. Y eso es más siniestro aún.

La nombro, señora o señorita Ana Clara Zavaleta, porque quizá, en un ataque de vanidad como los puede tener cualquiera, usted guglee su nombre y se encuentre con este texto. Y al leerlo tenga la amabilidad de contestarme de qué se trata el “tramite” 11456 y dos números que ahora no recuerdo, y me libre de tener que viajar casi dos mil kilómetros para que usted me venda un plan de seguros o algo parecido. O si quiere explicarme o excusarse o putearme o amenazarme por haber divulgado sin autorización la información confidencial que me dirigieron “exclusivamente” a mí y a otros no sé cuántos miles de destinatarios. Total, usted tiene mi contacto aunque jamás se lo haya dado… ni a la empresa para la que trabaja.

Quedo a su disposición, pero ahora me despido porque tengo obligaciones gerenciales dentro de esta editorial que no puedo esquivar, y porque en breve debo presentarme ante un fiscal o algo así a declarar sobre mi participación en una gresca tabernaria ocurrida hace poco más de un mes.

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