¿Qué bicho no te picó?

febrero 20, 2019 at 11:32 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Al final le puse un nombre; con mi nena, la más chiquita, lo llamamos Shazam. Creí que era lo apropiado. No el nombre en sí, sino el hecho de nominarlo, de reconocerlo, de que sea parte.

Pero empecemos por el principio: martes por la tarde. Nos encontrábamos en el natatorio (no me gusta esta palabra) Juan Domingo Perón. Utilizo el plural porque hallábame junto a unas compañeras de trabajo, y nos hallábamos en nuestras funciones, que como recordará el supuesto lector, no puedo especificar. Una de ellas lo descubrió sobre la mesa. La verdad es que escapaba a la mayoría de los invertebrados que acostumbramos a ver, si bien poseía unas antenas de cucaracha rubia, un exoesqueleto parecido al del escorpión, aunque más pequeño acabado en una cola con un color intenso, como de luciérnaga bajo consumo, amarillo con puntos negros y anaranjado el último segmento o telson; seis patas zancudas, pero con serrucho, como las langostas, las de tierra (aunque mirado de cerca su cuerpo tenía algo de langosta marina). Esto, sumado a nuestros escasos, más bien nulos, conocimientos entomológicos, hizo que tratáramos de identificarlo y clasificarlo en los insectos que conocíamos medianamente, y pasó de ser un mosquito a una mantis religiosa en un santiamén, pasando por un alacrán, un grillo o cualquier otro insecto que nuestro bagaje enciclopédico nos permitiera. Desde ya descartamos un arácnido porque sólo contaba con seis patas. Por esta razón también desechamos que fuera un miriápodo. Más tarde me aseguraría de que no era un himenóptero, pues carecía de alas: a menos que si las tuvieran las castas reproductoras de su especie, pero eso sí que me impresionaría. Le mandé una foto por celular a mi nena, la más grande, para que la compartiera con mi (nuestra) nena, la más chiquita.

Una de mis compañeras, y expresando que uno teme lo que desconoce, propuso matarlo. Es cierto que impresionaba y que no estábamos seguros de si picaba o no… o si mordía o si expulsaba un gas venenoso, o si podía ahorcarnos o degollarnos. Y entre los pocos conocimientos que albergábamos estaba el de que los colores llamativos suelen avisar de un peligro, conocimiento proclive a los errores que nos haría acariciar una viuda negra y saltar horrorizados ante una mariquita o un pez payaso. En fin, sin ser budista ni nada parecido, opté por la vida del artrópodo y juzgué innecesario el crimen. Mi compañera confesó que su padre actuaba de manera semejante y prefería soplarlos a matarlos. Y si bien nos quedó cierto recelo, que nos hizo tratar de ubicarlo a cada momento, sobre todo para certificar que no lo teníamos en la nuca, el bicho deambuló por la mesa a sus anchas.

Y ahora viene lo interesante o espeluznante. En un momento de la tarde, nuestras actividades hicieron que nos olvidáramos del insecto; es más, con el trajín y la cantidad de personas que transitaron por nuestro lugar de trabajo, era hasta probable que estuviese muerto, pero a causa de un delito culposo y no doloso, como proponía mi compañera. Una vez pasada la batahola, y vuelto todo a la tranquilidad, me dirigí a los sanitarios (ahora entiendo por qué no me gusta la palabra “natatorio”), ubicados a unos 60 metros de nuestro puesto de trabajo. Diez metros antes siento una tenue cosquilla en mi antebrazo izquierdo. Evité cualquier movimiento brusco, y ahí lo vi: el invertebrado trepando por mi brazo, con sus patotas quebradas y ásperas y sus antenas flexibles y oscilantes. Dejé que alcanzara la parte de mi cuerpo que cubría la remera y aproveché para preguntarle al personal del natatorio, puesto que ellos estaban allí todos los días, si estaban familiarizados con el insecto. No. Jamás habían visto uno así. Alguien se ofreció a quitármelo a fuerza de un castañazo limpio. Le agradecí pero le dije que ya me las arreglaría. Entonces soplé siguiendo los sabios consejos del padre de mi compañera. Nada. El bicho inclinó su cuerpo hacia delante y se aferró con ganas a mi remera. Volví a soplar, esta vez con más fuerza, y él repitió el mismo gesto, con más ahínco, dejando su parte trasera semi levantada y achicando distancias en su parte delantera y mi remera, apoyando su minúsculo pechito contra el mío, obstinándose contra viento y marea. No voy a exagerar y decir que pude sentir sus latidos, pero sí me pareció verle la cara, frunciendo el seño y cerrando sus ojitos. Ya no temí una picadura, sino que me dio pavor su obsesión; no le di un tincazo pero lo aparté lo más suave que pude con el meñique; no vi dónde cayó. Meé con un leve cargo de conciencia.

Al terminar la jornada, recogimos todos los bártulos y regresamos cada cual a su hogar. Mi casa se encuentra a catorce cuadras del natatorio. Llegué, saqué el equipo de mate, dejé mi mochila en el comedor, y me dispuse a emprender las tareas de cocina para la cena. Yo no lo ví, lo vio mi nena, la más grande, y lo reconoció por la foto que le había mandado. trataba de salir de un bol donde ponemos algunas frutas o verduras; se esforzaba y antes de llegar al borde resbalaba y volvía a caer. Antes de que la más grande de mis nenas entrara en pánico, agarré una espumadera y logré que se subiera. Lo saqué a la calle. Después me arrepentí: debí dejarlo en algún cantero o una maceta en el patio o en el balcón. Lo dejé en una parte del frente de la casa que es como una medianera baja, como una repisa que funciona como asiento de piedra. Se quedó ahí, frotándose con fuerza una antena con sus dos patas delanteras, como si a él lo hubiera picado algo, como enojándose de que la señal que él esperaba no llegase. Volví adentro y seguí cocinando, pero siempre con la mente puesta en el bicho. Cualquier mente pseudocientífica podría argumentar que no se trataba del mismo, que podría tratarse de cuatro, cinco o la cantidad de bichos de esa especie (incluso no faltaría quien asegure que seguramente eran vidas extraterrestres) que hicieran falta para justificar el recorrido y el apego. Yo sé que no, que se trató siempre del mismo. El nombre lo propuso mi nena, la más chiquita, cuando salí a mostrárselo y trataba de buscar una aplicación o una manera online de poder saber de qué insecto se trataba. Ahora lo sé: se trata de Shazam.

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