No confundir olor con tufillo

noviembre 28, 2017 at 11:20 pm (Uno que cuenta, Uno que juega)

Vamos a ver: Cualquiera tiene el derecho a creer que posee un talento o un don que es único, pero a veces sale Alguno… que de verdad lo tiene; y no el derecho a creer sino el don. Uno, al que no le falta ni le afecta una dosis suculenta de ingenuidad, suele a veces desconfiar. Por eso cuando Alguno anuncia que, cual Jean-Baptiste Grenouille, es capaz de dilucidar, a ojos cerrados y fosas nasales abiertas, la nacionalidad de una persona nomás que por su olor o hedor corporal, Uno lo mira como chino al que le ha entrado algo en un ojo. Alguno percibe la desconfianza no sólo de Uno sino también de Otro que comparte mesa y de Alguien que está en una mesa contigua pero comparte la conversación sin que Ninguno lo haya permitido, y aclara que si bien le da igual si Nadie le cree, puesto que su don no aumenta ni se desarrolla con la fe ajena sino con el rigor científico y la observación sensorial propios, se anima a aventurar que dentro del bar en el que se encuentran, además de la mayoría argentina, hay un uruguayo, un grupo de cuatro o cinco estadounidenses (y precisa que esa vaguedad numérica no se debe a su infalible olfato sino a su precario entendimiento geopolítico, puesto que uno del grupo es de Puerto Rico; asume que generalmente erra con nacionalidades con conflictos autonómicos o coloniales, y pone como ejemplo que para él un ucraniano o un lituano siguen siendo rusos), y otro centroamericano que no se anima a determinar si es de Belice o de Guatemala puesto que está más lejos y detrás del portorriqueño que le hace interferencias). Que hay un charrúa lo sabe Cualquiera, ya que el yorugua es dueño del bar. Nomás cabe hacer un paneo a través de la penumbra para atisbar al grupo de angloparlantes porque difieren sobremanera del resto de los parroquianos tanto físicamente como en vestidos, y Quién sabe: el portorriqueño debe ser el mulatito de pequeños y oscuros rizos. A Uno le da la impresión que, más que la observación sensorial, precisamente la olfativa, Alguno lo que ha desarrollado es el prejuicio y el estereotipo.

Ninguno se anima a atentar contra la discreción y a corroborar, y Alguno infla el pecho, ya no para oler sino para jactarse desde el fondo último de la falsa modestia. Cualquier don, cualquier talento se deprecia en las ínfulas. Alguno se da cuenta o percibe lo que Uno está pensando, e inmediatamente intenta un atisbo de humildad que Nadie se lo cree. En ese atisbo está el contar su secreto. Habla de un olor atávico en cada pueblo que está determinado tanto por sus climas y accidentes naturales como por sus costumbres culinarias, y que incluso dentro de cada nación hay que diferenciar, puesto que no es lo mismo un español criado a cocidos que otro criado a crustáceos, y que para eso “hay que conocer bien la materia prima de cada zona, porque según el porcentaje, según el dejo de cúrcuma que destile el olor corporal de una persona, nos podemos aventurar a afirmar si es Indio o Pakistaní, de la misma manera que la intensidad del cardamomo de Etiopía, también llamado falso cardamomo, nos define y distingue a un ugandés de un tanzano…”

A esta altura, Ninguno sigue con demasiado entusiasmo el relato de condimentos y Uno se debate en estamparle al menos tres nudillos en plena nariz para después, pero casi inmediatamente, preguntarle si a eso no se lo había olido venir. Se ve que a Alguno le cuesta controlar su vanidad, pero también se aprecia que su don es verdadero porque además hay que tener en cuenta que en un mundo cada vez más globalizado, la virtud estaría en reconocer si son de una hamburguesería o de la otra, y en todo caso no habría mucha diferencia entre una japonesa y una cheta de Nordelta o Recoleta. Y si bien Cualquiera se lo podría preguntar, es Uno el que se pregunta el porqué de ese don. Está bien que un don pueda tener alguna dosis innata pero después hay que trabajarlo. Y también hay que reconocer que no es un talento con mucha salida laboral, a menos que trabaje en migraciones. Un don es el esfuerzo o la suerte por no pasar desapercibido, es la necesidad de existir, de ser ante la mirada de Otro, de Cualquiera, de Alguien… Como ese Alguien que ahora ve la posibilidad de terminar de inmiscuirse en la mesa y en la conversación de al lado, y dando manotazos le pide a Alguno que no se dé vuelta pero que adivine la nacionalidad de esas personas que acaban de entrar al bar. Otro ve en esa mala educación, en esa intromisión la posibilidad de probar a Alguno, aunque con una mirada centelleante deja bien clarito que sólo por esta vez lo deja pasar, pero que una vez comprobada la cosa cada Cual volverá a su mesa de siempre. Ninguno cree que Nadie haya interpretado tamaño mensaje en una mirada fugaz cuyo brillo bien podría deberse a la bebida.

Por la puerta de entrada van apareciéndose cuatro personas de indudables rasgos y tonos orientales. “Son argentinos”, lanza Alguno. Otro le pide que no se precipite, que los deje acercarse un poco más, aunque no tanto como para que los escuche hablar. Porque cabría la posibilidad, y esto lo piensa Uno, que su talento no fuera el olfato sino el conocimiento de idiomas y dialectos; una virtud para nada despreciable, por supuesto, y con mejor salida laboral. Ya se podía escuchar con claridad que lo que hablaban era chino, y Alguien ya estaba festejando una victoria que no era suya ni de Otro ni de Nadie, y sin embargo, Alguno seguía manteniendo la argentinidad de los recién llegados. Ahorraremos los detalles de un final que ya Cualquiera ve venir; eran argentinos, nacidos y criados en algún punto entre Ushuaia y La Quiaca. Pero antes de saberse, en el interín en el que Alguno se obcecaba y Alguien se regodeaba y Otro se animaba y Uno sospechaba y Cualquiera se divertía y Ninguno se movía y Nadie se iba, corrían las apuestas. Uno, que es ajeno a las apuestas y a los juegos de azar, se mantiene al margen, pero siempre hay Alguien que entra y Otro que pierde y etcétera, etcétera. El botín que ya lleva Alguno se ve incrementado ingentemente tras la comprobación de los cuatro yanquis y los dos centroamericanos.

Antes que termine la noche, Uno se permite una confesión: “Sospecho el engaño”, se dice; donde Uno veía vanidad, no era más que estratagema; donde Uno veía o presumía un don, lo había, pero nada tenía que ver con el olfato sino más bien con la ilusión, la delación; donde Uno creía ver rigor científico, debía ver literatura. Resumiendo: Alguno les hizo el verso, les metió el cuento. Así lo entiende Uno cuando ve que, disimuladamente, una parte del botín ganado va a parar en las discretas, sigilosas y risueñas manos del uruguayo. En definitiva, era un aroma oriental… pero a cuento chino.

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Hay que escuchar las dos campanellas (un intento más por comprender a una fracción de la población argentina)

noviembre 9, 2017 at 11:01 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Si no recuerdo mal, porque la vi hace mucho tiempo, en la Película Luna de Avellaneda, el personaje que interpretaba Ricardo Darín abogaba por una tarea conjunta, colectiva, y tiraba ideas y proyectos con el fin de mantener el club, ese reducto de encuentro que los había contenido durante tanto tiempo. Ese personaje nostálgico se oponía al que interpretaba Daniel Fanego, que afirmaba que progreso era privatización, y que lo mejor era vender el club a inversores (seguramente extranjeros; no recuerdo, pero no me extrañaría), porque eso crearía puestos de trabajo y bla, bla, bla (ya conocemos el discurso de los personajes como el de Fanego). Al final, una mayoría de socios elige hacerle caso al personaje de Fanego, que se inclina por los bienes materiales, las ganancias y el vil metal en contraste con los cabales principios del buenazo de Darín.

También en Metegol, la película de animación, contrapone a dos personajes: el uno, una gran futbolista con el ego más subido que el de Cristiano Ronaldo, y cuyo resentimiento lo llevó a tener el éxito y el dinero que ganó para vengarse de quién sabe qué cosa… ¡Ah, sí!, para vengar la humillación sufrida años atrás por haber perdido un partido al metegol justo con el niño bueno, soñador y de valores barriales, que es el antagónico.

Campanella es efectista y conoce muy bien las técnicas y las fórmulas para lograr que el público se ponga del lado del bien y termine odiando visceralmente al villano. Pero esa moralina que rebalsa sensiblería en sus películas no condice con las elecciones que parece tomar nuestro premiado director en la vida real, en la que es confeso defensor de villanos. Es como si Ken Loach sólo tuviera palabras de admiración para Margaret Thatcher… salvando las diferencias, por supuesto.

Entonces uno se pregunta el porqué, y creo que seguiré hablando de Campanella para graficarme mejor las posibles respuestas a mi pregunta, aunque aclaro que lo siguiente que exprese no será más que una hipótesis que pergeño en mi cabeza con tal de dar con la o las respuestas.

Veamos: Campanella supo ser bastante crítico con el kirchnerismo, a pesar que durante esa época se ve la mayor producción de cine argentino de la historia, producción que aminoró de forma notoria con este gobierno al que Campanella adhiere. Esto significa que hubo más subvenciones por parte del INCAA, que repartió más subsidios. Pienso que el problema radica en la repartija. No faltaron ni faltarán los diarios que digan que es un desperdicio tirar dinero en películas que ni se ven, y tal vez Campanella les dé la razón, pero nadie comenta que el problema tiene que ver con la distribución y con el escaso margen de exhibición que tienen estas cintas en comparación con las que exhibe el mainstream. Que no sean vistas no significa que sean malas. Pero ahí está el punto: el no haber sido vistas no significa que no puedan ser iguales o mejores a una de Campanella (podría usar otro nombre como ejemplo, pero no quiero confundirme). Y sería muy duro para un director que ganó tantos premios darse con que una película filmada con menos presupuesto, sin actores de renombre, y casi sin patrocinadores sea muy buena y capaz de competir por los mismos premios si es que los premios no estuvieran tan politizados. Siempre siguiendo una suposición: es probable que el nombrado, y renombrado, director no se acerque a tan viles sentimientos. Pero si mi suposición fuera cierta nos encontraríamos con el miedo de ver reflejada la propia mediocridad, porque al darle más oportunidades a más directores, se podría ver que varios de ellos podrían hacer un producto mejor que uno tan comercializado. Entonces, y siguiendo esta imaginaria hipótesis: un hombre que pergeña alguna de sus obras con una moraleja, con un mensaje que tiende a encaminar la humanidad (si es que no es sólo una estratagema para sentirse superior a los demás), ¿cómo es que adhiere a un modelo que se basa en todo lo contrario, que fomenta la meritocracia eligiendo a dedo, que hace loas de la competitividad, justamente eliminándola? Porque, claro, ¿para qué fomentar nuevos directores, si se pueden usar esos mismos recursos en la nueva película de un director que ya fue premiado y que además lleva gente a las salas?

Vuelvo a aclarar: no digo que así piense Campanella; digo que no estoy seguro. Pero que este ejemplo me lleva a otros que puede que funcionen de la misma manera, y no es más que otro intento por acercarme o aventurarme a comprender una conducta que parece estar generalizada en la clase media. Salgámonos del cine y metámonos en la televisión. ¿Cuántos actores que le vendieron su alma a Pol-Ka podrían estar resentidos con otros actores que no trabajaban hace mucho y tuvieron su pequeño lugar en la televisión pública, y encima con series de calidad? ¿O cómicos? ¿O cuántos periodistas, con su nicho asegurado, no apoyaban la Ley de Medios (después discutiremos si su implementación fue acertada o no) porque les quitaba pauta a ellos? ¿Y qué pasaba con estos periodistas cuando se mostraba que podía haber una perspectiva diferente a la de ellos, o que había un periodismo que sí chequeaba o investigaba? Por eso el encarnizamiento con 678; no era tanto por su oficialismo durante el kirchnerismo, sino porque, desde un pequeño reducto, desde una trincherita, como decían los integrantes de este ahora censurado programa, les enrostraba a los periodistas y lobistas enquistados en los medios su sumisa mediocridad. Debo reconocer, y en defensa de Campanella, que no me parece un mal director; es bueno. Aunque para mí es bastante normalito, pero esto no es más que una apreciación subjetiva. No así los periodistas enquistados, que sí me parecen bastante malos.

Y siguiendo esta hipótesis, creo que esto se puede trasladar a todos los rubros, a los médicos, a los ingenieros, a los arquitectos, a la clase media en general, que está tan satisfecha del lugarcito que logró (rompiéndose el culo laburando o por mediación divina), que se vuelve loca sólo de pensar que otros partan con sus mismas ventajas, porque saben que su lugarcito peligra, que si todos tienen que recorrer cien metros puede que haya muchos más rápidos, o ser más hábiles ante la misma cantidad de vallas. ¡Vamos: que nadie quiere que un “negrito” olor a mandarina haga mejores asados en la casa de al lado! ¡Como si un grasa que toma mate pudiera ser cirujano! ¡A ver si las investigaciones de un novato periodista pueden tener la difusión que tienen las boludeces viscerales y poco cerebrales del que se rompió el orto (o se lo dejó romper, obediencia debida) para estar donde está! No faltará entre esta gente el que diga que oportunidades tienen todos, sólo que hay algunos que no quieren laburar y se gastan los planes en cerveza, y ahí nomás mentará el ejemplo de tal o cual que salió de la villa y ahora, míralo, llegó a ser gobernador, u otras fábulas que alimentan el mito del sueño americano; “Lo que pasa es que no quieren”.

Esa es la lógica del desmantelamiento de la educación pública. Eso es lo que se haya incrustado en la frase: “Vienen de Bolivia, de Perú, de Paraguay a hacer uso de nuestras universidades”. Lo mismo se dice de los hospitales, de la sanidad. Porque les jode que todos puedan tener los mismos derechos, porque lo que buscan detrás de un derecho es la sensación de exclusividad y de prestigio que está dentro o detrás de ese derecho. Es como con el fútbol: todos tenían derecho a verlo, pero muchos ahora piensan que si no podés pagarlo, es justo que te quedés sin el clásico; y si no podés pagar la facultad, es justo que seas y mueras zapatero, como bien lo hizo tu padre; y si no podés pagar los remedios, es justo que mueras y punto. Se llenan la boca y los bolsillos hablando de competitividad e intentan eliminarla a toda costa. Hablan de meritocracia y el único mérito es que sus padres hayan podido pagar sus estudios.

No me quiero desviar mucho del tema. Vuelvo a aclarar: el uso de Campanella tenía un fin, para mí, clarificador y ejemplificador de conductas de gente que no nombro y que no me vale la pena nombrarlos, que le temen al otro, y no porque este otro los vaya a empalar con un micrófono de radio, sino porque este otro, con iguales o parecidas condiciones, funciona como un espejo que los evidencia, que les refleja que no son “gente como uno” sino gente, como todos, y que les muestra su mediocridad.

 

“La mediocridad es uno de los méritos más celebrados” Mario Levrero

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