Maratón de la suerte

junio 8, 2017 at 7:41 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

En la escena más popular de Marathon Man, el personaje que interpreta Lawrence Oliver pregunta: “It is safe?”, “¿Están a salvo?” o “¿Está seguro?”, dependiendo de la traducción. De cualquiera de las dos formas resulta bastante alarmante si la pregunta viene de alguien que empuña en una de sus manos un instrumento odontológico. Es inevitable no pensar que un dentista, además de extraerte una muela o una caries, también quiere extraerte una confesión. Todo tiende a la tortura, desde la sala de espera, donde el torno se amplifica como una sierra eléctrica, hasta el hedor, esa mezcla de clavo de olor y látex, pasando, por supuesto, por el instrumental, cuyo diseño no es más que la imitación a escala de las peores máquinas de tormento de la Edad Media, y la luz enfocada directamente a los ojos para que no podamos reconocer los rasgos de quien nos atiende.

Será válido, entonces, si antes de una consulta con dicho profesional se preguntan si están a salvo o si es seguro. Y puedo responderles: ni más ni menos que cuando visitan un neurólogo, un psiquiatra, un mecánico de coches o un gasista. Nadie visitaría a esta gente, a menos que mediare algún parentesco, alguna amistad o algún afecto, pero si pudiera elegir se alejaría lo más que pudiere; la visita se da porque hay un bien físico, mental o material que está en juego o en riesgo. También puede tratarse de un bien moral, entonces uno visita a profesionales que atienden su consulta en las iglesias. Curas buenos hay, como también los hay dentistas, plomeros, pilotos de aviones, periodistas, etcétera, pero no nos olvidemos que no dejan de ser, antes, seres humanos.

A lo que iba: después de mucho tiempo, casi una década, volví a ser parte de una obra social (queda claro que hablo de la entidad que administra las prestaciones médicas a un trabajador, no de un aporte a la humanidad por mi parte), así que decidí ver cómo iba mi dentadura. Mal. Pero bueno, tampoco vine a hablar de mi condición oral. Tuve un presentimiento no muy sano con el profesional que me atendió, algo me olía mal (pensé que la próxima consulta sería a un otorrinolaringólogo). Había algo que no me cerraba, además de la boca mientras me revisaba. Dijo que había que extraer dos muelas, me tiró dos alarmas más y me derivó a su consultorio privado. Pero que me apurara. Pensé que el matiz de esto último se debía a una urgencia sanitaria pero en su siguiente aclaración noté que se debía a que en dos semanas entraba en sus vacaciones. Dejé que se las tomara tranquilamente, y yo me dejé estar un tiempo. Luego volví a sacar una orden pero pedí verme con otro profesional de la obra social. Una mujer. Me dijo que había que extraer una muela y la otra era salvable a través de una endodoncia. Me derivó a una especialista en tratamiento de conducto que hizo su trabajo. En el consultorio contiguo sentí la voz del primero que me atendió con un speech igual o similar al que me había hecho a mí, y también derivando a alguien a su consultorio privado. Me sentí seguro. La segunda doctora terminó su trabajó y a su vez me derivó al profesional que me terminaría el trabajo de restauración. “It is safe?”, resonó la voz de Lawrence Oliver cuando vi que el encargado no era ni más ni menos que el profesional del que creía haberme librado. Sentí ganas de correr y no parar hasta que todo acabara.

Hubiese estado bien. Pero la verdad es que me encontraba atado a una silla. Tenía que sacar una orden para que me viera el Dr. Christian Szell (más adelante tal vez explique por qué no uso el nombre verdadero de este profesional). Cada orden por consulta tiene un valor de 50 pesos, por lo que, ya que de igual forma me iba a tener que atender con él, aproveché que estaba en el consultorio contiguo y lo consulté. Debo reconocer que ese día mostró cierta disposición y algo de deferencia hacia mí. Me habló de las distintas variantes para reconstruir el molar donde habían profanado los conductos y que tenía que ver si la extracción del molar adyacente sería simple o necesitaría una cirugía (aunque otros dentistas aseguraban que era simple), y ahí nomás me extendió una tarjeta personal (la segunda, pues al parecer se había olvidado de nuestra primera cita) para que sacara un turno para su consultorio personal, y que allí sólo me cobraría 50 pesos más de lo que gastaría siendo atendido en los consultorios de la obra social.

Adelantándome a su diagnóstico, contacté con otro profesional, puesto que en el tema de implantes es poca o ninguna la contribución de la entidad. Sin embargo, antes le solicito un turno por medio de un correo electrónico, recordándole que me había pasado algunos presupuestos y que ya, más o menos, sabíamos lo que iba y tenía que hacer. Él me contesta el mensaje diciéndome que prefiere no tratar por ese medio sino que le mande un WhatsApp o le haga una llamada al celular “(esto solamente para pedir turno no para consulta via telefonica)”, aclara, sin importarle el uso de los tildes. Uno entiende que mucha gente opta por no tildar ni poner ningún signo de puntuación, como si la tecnología los absolviera de la gramática, sin embargo, y si bien rapido, dias, ahi, descontare, odontologico, también carecían de tilde, se tomó el trabajo de ponerlos en recién, andá y algún, por lo que no se trataba sólo de un lenguaje pensado para las nuevas tecnologías. Luego me conmina a visitarlo a su consultorio, y que ahí “en una consulta vemos y te paso costos”, me dice; que la consulta sale 300 pesos “que te descontare luego si te hago algún tratamiento odontologico, y añade que me puede dar turno para ese mismo día a las 17 horas. Le contesto, ya por WhatsApp, que se me complica ese día. Él me dice que “”, pero que le confirme apenas pueda, y me recuerda que la consulta me la va a cobrar pero que después me la descontará y me hará un mejor precio por ser afiliado pero que “sigue siendo en forma particular la atención, sí?”, me remarca. Le contesto que esa semana ando medio ocupado, pero que ya le escribo para la próxima.       Dale”, me alienta, “pero no te dejes estar”, se preocupa.

Al día siguiente le escribo: “che, disculpá la curiosidad, pero ¿por qué 300? Me dijiste que por ser del sindicato sólo me cobrabas 50 pesos más por particular”. “De las prestaciones que se hacen en el sindicato”, me contesta. “La consulta es una de las prestaciones”, le retruco. Ahí parece que el Dr. Szell pierde los estribos y se pone vehementemente a hacer hincapié sobre sus costos y la atención particular, aunque enumerando, es decir, diciendo: primero, bla bla bla; segundo, patatín patatán, tercero, otra fruta. Y al finalizar su colérico discurso (o a mí me lo pareció así: nunca se sabe en este tipo de medios porque el matiz se lo pone uno), me aconseja que me siguiera atendiendo por el sindicato o me buscara otro médico. El punto es que no tendría inconveniente en hacerme atender por el sindicato si en el sindicato no atendiera él (¿Cómo me atendería sabiendo lo que “conversamos”?). No quise referirle el absurdo en el que había caído. De todas maneras, yo para ese entonces había seguido su sabio consejo aun antes que me lo diera y ya tenía turno con un odontólogo de confianza… mujer, ella. Le escribía como una forma de revancha personal. En todo caso, él podía cobrar lo que le diera la gana; era su consultorio, pero había cosas que dijo y luego fueron otras. Creo que se sintió descubierto, develado, y por eso el tono de resentimiento que yo creí leerle. A su advertencia de que pagara sus costos o me buscara otra persona, respondí que me disculpara, que me había confundido y llegué a creer que él sabía algo de deontología, pero que mi error fue no saber ver que él sólo sabía de dentología (sí, inventé la palabra para poder cerrar el chiste), pero que a mí no me importaba hacerle llegar la “O” que le faltaba, y le envié esto: . Los emoticones son como las varitas mágicas o el anillo de Sauron: depende cómo se los use.

No quise poner el nombre verdadero de este dentista, primero, porque no estoy seguro de que la cantidad de personas que leen este blog sea ingente, y mucho menos si entre ellas hay alguna relacionada con algún órgano regulador; si quisiera denunciar tendría que haberme dirigido a una entidad afín o a la misma obra social, aunque es posible que en su burocracia me terminaran sacando más guita que el dentista y ninguna muela perjudicada. Además, o segundo, porque no es el único odontólogo que trabaja de esta manera. Ni odontólogo ni neurocirujano ni plomero ni técnico de televisores ni administrativo de la AFIP. Muchos lo hacen así, porque trabajan con el miedo, porque se aprovechan de lo que uno, cualquiera, desconoce, y la ganancia resulta mayor proporcionalmente a lo que el cliente siente que está por perder: no es lo mismo una muela que un corazón, ni la casa compartida durante un derrumbado matrimonio que el canal 13 se vea borroso y con interferencias. Da miedo lo que se desconoce, pero el que tiene dinero paga lo que le piden o no tiene inconveniente en pagar más por otro médico u otro electricista. Lo fulero de alguna gente es que comercia con el miedo y la pobreza, porque un pobre con miedo, con desconocimiento, no alberga otra esperanza y se aferra a esa única opción que tiene. Obligan a la resignación. Jode en este tipo de personas lo rastrero, lo bellaco. Y por último, o tercero, no quise poner el nombre de este tipo porque admito la posibilidad de que todo haya sido un malentendido, una mala interpretación de palabras y matices…

¿Está seguro?

-No sé a qué se refiere.

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