Animal republicano (Historia que te puede volar la melena)

octubre 12, 2016 at 9:01 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

leonA los leones viejos no les gustan los cachorros… Los ajenos, al menos, porque sí protegen los propios. Inicio el escrito de esta manera para narrar una contienda que mantuve en el trabajo. Se podría decir que en el restorán donde me desempeño los fines de semana como mozo hay dos manadas importantes: la de la cocina y la del salón en sí. Con el león viejo de la cocina ya supe intercambiar algunos entredichos cuando quiso hacerse el gracioso y no estaba acostumbrado a refutaciones con ingenio que lo dejaran en ridículo delante de sus admiradores. El episodio no pasó a mayores. Con el león viejo del salón, el jefe de los mozos, tuvimos un cruce alguna vez, algunos empujones, algunos gritos (de su parte, porque a mí no me gusta andar gritando), una que otra intimidación callejera, pero la cosa quedó como un arrebato momentáneo. Lo extraño resulta que me sigan viendo como una amenaza, como un cachorro de león, siendo que la gastronomía no es para nada mi ámbito natural. Por mí pueden quedarse con sus parcelas de semidesierto con toda tranquilidad, porque para mí la sabana es transitoria o al menos eso espero; lo transitorio a veces dura una eternidad.

El pasado sábado tuve otro altercado con el Gran Falafar (es el jefe de los mozos, el que de alguna manera tiene el mango de la sartén. Ya escribí algo sobre esto. Si el supuesto lector conserva el interés por esta historia y por su preámbulo, puede hacer clic aquí). No hay nada peor que un resentido o un cobarde, o ambos a la vez, con algo de poder, aunque sea mínimo, porque ellos sabrán cómo darle un pésimo uso. La Historia es un fiel reflejo, y lo sabríamos si no fuéramos una humanidad desmemoriada.

Podría situar espacialmente al supuesto lector detallando el escenario del restorán y del salón contiguo, que es un pelotero aunque recibe comensales cuando el salón principal se llena, pero le ahorraré pormenores arquitectónicos y catastrales. Diré solamente que están distribuidos en la manzana como una “L” y se comunican por medio de la cocina, sólo que el salón da a la cocina de forma natural y a través de una puerta, mientras que el pelotero accede únicamente por un agujero en forma de ventana. El punto es que ese mediodía él se encontraba en el principal y yo en el otro, más precisamente en el agujero en forma de ventana. Le solicité un favor (que me alcanzara unas gaseosas, ya que en mi salón no había) y él se negó diciendo que no le hinchara las pelotas en ese momento y yo lo mandé a cagar. Luego le pedí el favor a otro compañero y a otra cosa mariposa; es cierto que el clima era de vorágine en ambos salones.

En algún momento me dirigí al salón principal, y el tal Lucas Falafar me vio y comenzó a manifestar su enojo. Fue raro porque yo pensé que el hecho había quedado ahí nomás, pero el Falafar andaba a los gritos, enajenado porque yo lo había conminado a chuparme la pija. No recuerdo eso. Seguramente la gente de la cocina agrandó el insulto en su afán de fomentar el puterío. De todas maneras creo que la petición en sí no le molestaba tanto como el hecho de que hubiera sido pública. Aprovechando que una moza estaba entre medio me tiró una piña en el brazo. Reaccioné y me abalancé sobre él sin pensarlo demasiado y sin tener en cuenta que es más alto, más fornido, más grande que yo y que en su juventud practicó Taekwondo. Se interpuso la moza, pero en ese pequeño lapso la mirada de Falafar traslució su cobardía; ya no era la mirada iracunda de un hombre grande, ducho en artes marciales. No me pareció seguir brindando semejante espectáculo delante de una dama, así que retrocedí y le hice ver que cómo podía ser que un tipo de su edad no supiera resolver un problema sin hacerse el gallito y me fui, volví al salón de la vuelta.

Más tarde volví a cambiarme. Me encontraba sentado sobre un cajón de cervezas, en calzoncillo y descalzo cuando entró Lucas y volvió a amenazarme. Le dije que si llegaba a tocarme se fuera buscando un abogado y un nuevo trabajo porque se le iba a acabar el golpe de suerte que lo puso como jefe de mozos y volvería a ser el pelandrún que siempre fue. Él seguía con sus improperios de macho cabrío pero aún así alcanzó a escuchar cuando le recordé lo gil de cuarta y lo pobre diablo que era. Yo seguía sentado cuando me tiró un puntapié en la canilla, violencia que me hizo levantar y enfrentarlo, entonces me tiró un cabezazo sin importarle que llevara anteojos. street_fighter_iiNo entiendo dónde está la valentía de alguien que ataca a otro que está sentado, en calzones y usa anteojos. El cabezazo impactó sin fuerza en mi boca, y si bien no me dolió ni me movió un pelo, estallé. El tipo estaba desencajado pero a mí me importó un bledo y de un empujón lo saqué del cuarto donde me cambiaba, lo estrellé contra una heladera y le tiré un cortito de derecha que le acomodó un poco la cara. No fue un golpe muy fuerte, pero bastó para girarle la cara. Ahí nos separaron y él siguió gritando que me agarraría afuera, en la calle. Terminé de cambiarme y salí. Él estaba afuera, esperándome para hacer su paripé de hombretón desquiciado y vengador. Lo ignoré y volví a mandarlo a cagar; aún tenía trabajo por hacer.

Eso fue al mediodía. Por la noche volví al trabajo. Falafar quiso correr el rumor que me había hinchado con su golpe. Cuando alguno de la cocina me trajo ese comentario yo bromeé que seguramente me habría dado el golpe en la panza, que era lo único que tenía hinchado, pero intenté evitar cualquier tipo de comentario, incluso cuando, los que no habían sido testigos, me preguntaban qué había pasado. Yo insinuaba que había sido un altercado que no pasó a mayores. Y en realidad fue así, sólo que la parte que se vio bastó (yo en calzoncillos, descalzo, arrinconando y estrellando un puñetazo en la mandíbula del grandote) para desmentir y echar por tierra las bravuconadas de Falafar.

No me gustan las peleas, me incomodan, y mucho más si estoy involucrado en alguna. No me gustaban con la testosterona urgente de la adolescencia, mucho menos ahora. No me enorgullecen ni creo que ninguno sea ganador a menos que se trate de una contienda regulada como el boxeo o el judo. Pero al parecer más de uno disfrutó lo que vio, y más de uno disfrutó con lo que le contaron los que vieron. Esa noche algunos tarareaban la canción de Rocky cuando yo entraba en la cocina; el parrillero me extendió su mano en señal de felicitación… (Conviene aquí una pequeña disgregación: una o dos semanas atrás, el parrillero mantuvo un altercado con el mismo Falafar. No pasó de un par de gritos, pero el parrillero le puso los puntos de tal manera que el Gran Falafar no tuvo más remedio que ir a alcahuetearle, primero, al encargado y, segundo, al dueño de la actitud insurrecta del parrillero). A nadie le caen bien los alcahuetes, y no hay cobarde que no sea un alcahuete; es un silogismo inequívoco. No desprecié su saludo, pero le recordé que él, el parrillero, había comenzado esto. “Pero vos lo terminaste”, concretó. Hubo uno, el Gitano, que ahora ocupa el lugar que antes ocupaba el Mojarra (si el paciente y supuesto lector buceó en el link anterior, sabrá de quién estoy hablando): el de chivato de los Falafar, en tanto que su cachorrito, que buscó en mi cara alguna huella de hinchazón y se sorprendió de no encontrarla. El león de la otra manada, el jefe de la cocina se encontró conmigo y con otro compañero en el cuarto de cambiarse y contó una anécdota recién acontecida con el parrillero en la que el jefe de cocina (un ser pequeñito) le decía en broma al parrillero (una persona grandota) que no se hiciera el pesado porque ya había visto que los grandes son los que mejor caen. En otro momento, el mismo jefe de cocina me hacía la broma a mí de que no me hiciera el loco porque él no era como Falafar.

gorilaSigo creyendo que no fue más que un pequeño intercambio, y que lo demás fue parte más bien del mito, la leyenda y el deseo de mucha gente de que alguien pudiera por fin poner en su sitio al jefe de los mozos. A algunos leones viejos les molesta que yo haya desperdiciado mi tiempo leyendo algún que otro libro en lugar de entrenar en el llevado de varios platos a la vez. Y no por desmerecer, pero no me interesa ni el territorio ni el reinado de los leones, ni en la gastronomía ni en ningún otro rubro. No me agradan los reptiles ni las hienas ni otros predadores de la sabana, incluidos sus reyes. Mi ámbito natural es muy otro.

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