Los expedientes X

julio 28, 2016 at 2:25 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

palomasSuele haber días llenos de particularidades. El pasado lunes, con mi nena, la más chiquita, nos fuimos a pasar la tarde en el parque San Martín. Fuera de la exploración y el paseo yo albergaba una expectativa oculta: como el parque en cuestión tiene tiendas de juguetes, y como se acerca el cumpleaños de mi nena, quería un sondeo de sus intereses. No resultó porque ponía el mismo entusiasmo en casi todos. Cuando volvimos ella entró directo a la bañera. Yo me quedé en la vereda. Allí, una anciana esperaba ansiosa que la fueran a buscar; se acercaba la hora. A los quince minutos un auto se cruza en la doble fila. Transgrede las reglas de un estacionamiento estándar no sólo por aparcar en doble fila sino también por hacerlo de manera diagonal a modo de ocupar un tercio de la triple fila. De ahí se bajan dos jóvenes con, aparentemente, más operatividad que SWAT y conducen a la anciana hacia el coche, al tiempo que el precipitado conductor se baja de su asiento y comienza a gesticular con los brazos hacia el tránsito para desviarlo del campo de acción. Cuando consiguen introducir a la señora en el auto, del asiento de acompañante se baja la hija de la anciana y mujer del conductor, bordea la parte delantera del coche mientras grita que se demoraron porque el tránsito está increíble. Y se presta a seguir narrando, pero su marido, con más tino que a la hora de estacionar la invita a contar su historia en un momento más prudente. La hija y mujer rodea ahora la parte trasera del auto, como para no volver sobre sus pasos, y vuelve a sentarse en el asiento de acompañantes. Parte el auto. Se dirigen a la misa de responso de un familiar cercano. Lo sé porque son mi familia y es el responso de mi tío, el Cachún. Me quedo a cuidar el negocito de mi vieja sentado en una silla en la vereda.

Intercambio algunas percepciones futbolísticas con el José, el que cuida los autos aparcados. En un momento se aparta e inmediatamente aparece otro señor con el que en algún momento comenzamos a saludarnos a fuerza de vernos seguido. Una sonrisa, una complicidad facial, un comentario generalmente no oído bien por el otro; una inercia en que llegada y partida es toda una. Ese lunes algo trancó la rueda. Antes de saludarme viró su vista hacia la copa del árbol más cercano y comenzó a contar en voz alta: “Una, dos, tres…”, se giró y puso sus ojos en el árbol más lejano y siguió contando: “Allá cuatro, cinco, seis, siete… ¡Pum! Ya tenemos para el estofado”. Por los indicios que recogí entendí que hablaba de palomas y de hambre. Le dije que las palomas urbanas eran duras hasta en estofado, pero que las torcazas silvestres eran buenas en escabeche. Acá hubo un desentendimiento porque las torcazas tenían diferentes características según quien las describía. Y ahí se lanzó en una especificación ornitológica pero sin respetar las clasificaciones científicas sino haciéndole caso a los modos expresivos de los lugareños. Me nombró muchísimas, algunas las había escuchado, otras me pareció que las estaba inventando, pero a cada rato volvía a referirse al estofado, y sonreía de manera ambiciosa y apuntaba su aire comprimido imaginario y ¡Pum!: una, dos tres, siete para el estofado. No sé si extrañaba remotos tiempos de cuando era cazador o de cuando comía algo de carne. Yo comí escabeche de paloma silvestre cuando niño. Recuerdo haberlo disfrutado, pero visto desde la distancia no le pondría más fichas que a un escabeche de cualquier otra ave.papa

Ese recuerdo no llegó a ser más fuerte que el que me atravesó en el parque cuando, sentados al borde del lago, esperábamos a los patos o a que éstos se fueran para que apareciera algún pez a comer algo de la superficie que habíamos arrojado con tales fines. En esos interines tuve lo que solemos llamar un dejà vu. Pero efectivamente yo ya había vivido ese momento. Lo viví en forma de sueño cuando niño. Tuve esa certeza. Un sueño olvidado, enterrado, casi inexistente, que se materializó. En ese sueño estaban los patos, los peces, el lago, las islas, las palmeras… y la personita que estaba a mi lado. Sólo que en ese sueño la veía a la misma altura de mis ojos, porque la veía desde los ojos del niño que soñaba. No hubiese podido imaginarme nunca que esa personita, esa compañía, la de ése y este sueño, iba a ser mi nena, la más chiquita.

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Gente como uno o gente común o… (Una pistola para Ringo)

julio 14, 2016 at 3:23 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

La gente necesita de la esperanza para vivir. Y digo “la gente”, no digo el pueblo, no digo las personas; digo “la gente”. No está en la intención de este escrito ahondar en la semántica; personas con más estudios ya lo hicieron. Pero es evidente el uso que en los últimos años se viene haciendo de este concepto en la batalla cultural argentina: hasta hace poco, la población, el conjunto de personas que la formábamos éramos pueblo, y ahora la población es gente. No todos, por supuesto (la gente no es de incluir), sino ese rebaño monótono y homogéneo, ajeno a los conocimientos de lo público, que aún no se cayó de la clase media. Para esta gente la esperanza resulta imprescindible. Aún más que el bienestar; si la gente está bien no se conforma y tiende a destruir (abrazada al miedo) para volver a tener esperanzas y así poder vivir. gorrion supremoEn algún capítulo de Juego de Tronos, el Gorrión Supremo, personaje encarnado por Jonathan Pryce, dice algo así como lo que nos molesta o nos incomoda de los pobres y los marginados es que son nuestro reflejo pero desprovistos de esperanzas. Tal vez sea la mejor definición de esto que encuadramos en la palabra “gente”.

Esta mañana me dirigí al súper de la vuelta de casa para adquirir una salsa y me encontré con una persona a la que no veía hacía más de diez años. Supimos trabajar juntos. Ella escribía para un periódico mensual de empresas y negocios que yo corregía, que si bien se disfrazaba de una publicación periodística del mundo de los negocios no dejaba de ser un panfleto para promocionar y enjabonar al empresariado local. Le tenía gran aprecio, pero me agarraba dolor de cabeza cada vez que corregía alguno de sus artículos. Y si bien sus conocimientos ortográficos y gramaticales apenas superaban los de un escolar de segundo grado, al menos se veía el esfuerzo de igualar la sintaxis de un traductor de texto online. Me la encontré, nos saludamos, le conté que estaba buscando trabajo, y ella inmediatamente desenfundó su esperanza y disparó: “Ya se van a arreglar las cosas, ya vas a ver”. Como vi por dónde venía el tiro le contesté que le quedaban siete semestres para perpetuar su ingenuidad (no quise utilizar una palabra más fuerte y más precisa). De la otra cartuchera desenfundó el argumento que tiene la gente para defender lo indefendible y culpó al gobierno anterior de todos los males del mundo, y mostrando que, además de que sus armas eran de un solo calibre, no le quedaban balas ni en la recámara apuntó directo a la corrupción. La gente no lo sabe, pero algunas personas sí: si en una conversación de política un interlocutor sólo hace blanco en la corrupción es porque tiene la mira desviada y el arma mal calibrada. Lo peor es que la estrategia no es nueva: cada vez que se quiso atacar un gobierno que hizo políticas para el pueblo, se lo atacó por ese lado; le pasó a Perón, le pasó a Yrigoyen, le pasó a Rousseff, a Chávez; la lista no es interminable porque siempre fueron más los que condescendían ante el poder real y económico que los que buscaban regularlo. Pero bueno, el asunto es que le pregunté por qué creía que enterrar dinero era menos honesto que fugarlo; y ella adujo que esa plata fugada la había hecho él, en referencia al que ya todos sabemos. Yo le cuestioné la honestidad que ella le adjudicaba diciendo que esa plata que “él hizo” viene heredada de pactos espurios de su familia con los militares para que estatizaran sus deudas privadas, y que fugar dinero también es delito. Ella se tiró hacia un costado, detrás de un barril y mientras buscaba más balas en un cinturón que no tenía gritó que le gustaría que ella (no ella misma, sino Ella, por Cristina) explicara su patrimonio.

Así luce un fascineroso según la "gente", que adora a los rubios de ojos celestes.

Así luce un fascineroso según la “gente”, que adora a los rubios de ojos celestes.

Le dije que lo había explicado, le inquirí por qué era capaz de concederle honestidad y trabajo a un tipo que no laburó en su vida y que era ultra millonario y no a ella (por Cristina), y, gatillando como Giuliano Gemma en dirección al barril (por ahí explotaba), sostuve que el tema de su patrimonio era cuestión de la justicia, y que si había alguna irregularidad debería cumplir condena como cualquier hijo de su madre, pero que la diferencia estaba en que hasta ahora sólo habían sido acusaciones y denuncias mediáticas, todavía sin prueba alguna, mientras que en el caso de su amado hijo de su madre había pruebas concretas de sus dineros mal habidos, de sus dólares marcados. Ella hurgó en su bota derecha y me lanzó su cuchillito de escaso filo mentándome los casos de Báez y López, y otra vez hizo gala de su pésima puntería a la hora de entablar un debate, un duelo de política, y el arma fue a estrellarse en la pared del salón sin siquiera llegar a clavarse. Contesté con un sarcasmo que no fue interpretado que me extrañaba que ella, “siendo periodista” (y aquí hice blanco volándole el sombrero), no notara que todos los medios estaban fogueando con eso para que la “gente” no viera las barbaridades que el innombrable forajido está haciendo en nuestro pueblo, ni cómo lo está devastando. Cuando ya no quedan balas (y es sorprendente la rapidez con la que la gente agota sus municiones), lo único que resta es arrojar el revólver o pegar con la culata: “Son todos iguales”, “ninguno sirve para nada”, “todos tiran para su lado”, y otras frases de uso común en los de mira corta y tambor vacío.

Ya en la cola de la caja, y como agitando un pañuelo desde atrás de un barril que lamentablemente no contenía pólvora, me cuenta que su sobrina también se volvió de Barcelona, y que además es más kirchnerista que yo. Apenas levantando la vista, pero accionando la palanca de mi Winchester contesto que no por estar en contra de este tipo que nos desgobierna tengo que ser obligadamente kirchnerista, que el sistema binario es más bien apto para la informática, que la bipolaridad no es una forma equilibrada de salud, y que si tener una idea de país me inclina hacia un lado y termino cayendo en una clasificación, que de todos modos es una clasificación que acepto con una gratitud y una consideración sideralmente más grande que si fuera incluido dentro de los macristas. Ella tuerce su cuerpo y agita sus brazos en un intento inútil de cubrirse, protegerse, y la cajera escupe su tabaco para demostrarme que a ella tampoco le temblarían las manos si tuviera que desenfundar su arma en contra mía. Yo estoy lejos de temer, sabiendo la carencia de municiones y de puntería de la gente, y aprieto la montura de mi caballo. Lo monto luego de afirmar la punta de mi bota izquierda sobre el estribo. Ella, como si le hubiera molestado mi perdón, y en un intento de reivindicar su valentía ante la gente que había asomado sus narices por las ventanas, grita a mis espaldas que, al menos ahora, duerme tranquila. Sin siquiera girarme le contesto que lo aproveche, porque ya hay cuatro millones de pobres nuevos, de pueblo, que ya no pueden pegar un ojo tan tranquilamente. Algunos del pueblo me despiden con la sobria venia de agarrarse apenas el ala del sombrero. También presiento las ansias de lincharme de la gente. Mi silueta se pierde, se difumina en el polvo del desierto.

giulianoCorolario: Busqué la etimología de la palabra “gente” (del latín “gens”) y leí cosas muy interesantes y que aportarían a la concepción y uso que buscan darle y el porqué de su inoculación en la guerra cultural que se está librando. Pero también recordé lo que gens significa en catalán (no creo que tenga mucho que ver –o sí–, no soy filólogo, pero viene al pelo para cerrar): significa “nada”.

 

 

“El marginado es pueblo y es persona, pero nunca será gente, porque no es como uno, ¿viste?” Del refranero de la gente común

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