Su propia medicina

mayo 20, 2016 at 2:41 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

cupidoIgnoro si no es una de las tantas caras que adopta la melancolía para hacerse presente disimuladamente pero tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en la mayoría de las cosas que hago, con excepción de los momentos que vivo con y para mi familia, sobre todo con mi nena, la más chiquita. Fuera de eso, caigo en el hastío con bastante facilidad. Hace poco un amigo me contaba que no se sentía para nada en su salsa, que si hace unos años le prometían tener la familia, el trabajo y la situación que ahora tiene, él hubiese firmado sin pensarlo, pero que sin embargo no se hallaba completo; él lo atribuye a su proximidad con los cuarenta y su crisis consiguiente. Tal vez sea un poco eso junto a la imposibilidad de comprarme un convertible. Tal vez sólo sea que no tengo un convertible. O que fuera de mi familia no tengo la situación laboral que hubiese deseado, siendo que prácticamente casi no tengo situación laboral. Y acá hay un poco de paradoja, puesto que siempre pensé que la felicidad o su símil estaba fuertemente asociada a la ausencia de trabajo. De todas maneras, la sensación de vacío no responde a un calendario. Y a diferencia de mi amigo (que también es cuñado –aunque podría ser cualquier otro amigo), albergo los fantasmas de las decisiones equivocadas. Excepto algunas cosas, todo se me aparece como un gran sinsentido, como una broma pesada, de muy mal gusto.

Debido a la disminución de mi trabajo como mozo, y por medio de la gestión de un primo, me vi involucrado en la inscripción a un curso de Seguridad Privada. Gracias a dicho familiar me bonificaban la inscripción, por lo que pensé que el saber no ocupa lugar y mucho menos si no hay que vaciar el bolsillo para ello. Inicié los trámites para cumplir los requisitos necesarios, aunque quizá un poco tardíamente, lo que puso en peligro el comienzo del curso; no del curso en sí sino mi incorporación al mismo.

El pasado 16 del corriente, a las 2132 horas de la noche, en plena cena de embutidos, me comunican que he sido aceptado, que habían intentado comunicarse antes pero les fue imposible y que al día siguiente, día 17, debía personarme en el establecimiento a las 0750 horas para dar comienzo a mi capacitación. Les digo que me era imposible porque ya tenía compromisos planeados para el día en cuestión (además que no soy la fulana de nadie, pero esto no se los dije), pero que concurriría el jueves siguiente con el mayor de los entusiasmos y el pantalón de vestir, la camisa blanca y la corbata como ellos sugerían que debía presentarme.

Ahí estuve el jueves, a la hora convenida, aunque el profesor de Nociones Legales no apareciera antes de las 0821. Después de dilapidar algunos minutos en innecesarias presentaciones, nos dice que le prestemos atención porque en el examen le gustaría que le respondiéramos con los conceptos que él dio, y que si bien hay una cartilla de estudio (a la que volveremos a abordar renglones más adelante), que no le demos mucha bola porque está bastante enrevesada. Y ahí nomás sacude que la Constitución Nacional es el fundamento del orden jurídico de un Estado moderno y soberano. Por participar nada más, ya que él así lo quería para dinamizar una clase (que si no se vuelve más aburrida), le pregunto a qué se refiere con “moderno”. Trastabilla. Intenta explicar que moderno es para diferenciarlo de un Estado Europeo (duda) como los de antes. Luego habla de los Incas, la colonización. Lo ayudo preguntando a lo Fantino, es decir, sobreactuando mi boludez supina, inquiriendo si, quizá, se deba a la Edad histórica que sucedió a la Edad Media. Asiente aliviadamente.

Fantina es la versión moderna de la Doña Rosa de Neustand pero con peinado de futbolista.

Fantino es la versión moderna de la Doña Rosa de Neustand pero con peinado de futbolista.

Luego habla de las reformas constitucionales: que estas debían ser a favor del pueblo y no de un mandatario con ganas de perpetuarse en el poder; y se está un rato bajando línea de sus prejuicios y sus odios hacia Cristina Kirchner. Siempre con humildad, le pregunto si eso no debía ser elección del pueblo, ya que este era soberano, y que en todo caso estaba en él decidir cuánto quería que dure un presidente. Contra las cuerdas (resultaba fácil ganarle el centro del ring) manotea que si había un 40% que trabajaba y un 60% que vivía de los planes sociales y la vagancia, era muy probable que la presidenta volviera a ganar. Comprendo que entiende que hay una gran porción de pueblo que no piensa como él y que es soberanamente ignorante y desprovista de su capacidad de voto y de trabajo. Larga otra serie de prejuicios sin inmutarse, y yo prefiero callarme y volver a la esquina a que me revisen el ojo, porque al parecer lo tengo tan abierto que no veo un burro montado en otro, que es la miopía del que no piensa como el disertante.

Después habla de supremacía y dice que la Constitución Nacional está por encima de todo y a la altura de los Tratados Internacionales; que luego le siguen las leyes nacionales, luego las provinciales, luego las ordenanzas municipales y por último las sentencias judiciales. Pregunto si una ordenanza municipal puede funcionar como cautelar de una ley provincial, y pongo el ejemplo de la ley de tolerancia cero, que no permite a los conductores llevar ni una sola gota de alcohol en la sangre; una ley que sólo se aplica en Salta (en realidad no sé si en alguna otra provincia argentina). Inquiero más o menos así: ¿Qué pasaría si Cafayate quiere promocionar su ruta del vino y, como municipio, saca una ordenanza que permita al visitante conducir con una cantidad de alcohol en la sangre mayor a 0 (cero)? Él contesta que eso es imposible, puesto que, según el orden de supremacía, la ordenanza municipal está supeditada a la ley provincial y jamás podría sobrepasarla. Contraataco: ¿Qué pasaría entonces si un conductor de Tucumán, que desconoce la ley provincial es detenido por agentes de tránsito con una dosis de alcohol mayor a cero –lo que infringiría la ley provincial- pero menor a la permitida por la ley de alcoholemia nacional? Balbucea. Tiembla un poco. Trastabilla nuevamente en una explicación que ya no me interesa y que en ningún modo excusa la languidez de sus nociones de supremacía. Antes que madure el knock out, tira la toalla y da un recreo para que descansemos antes de la próxima pelea.

El sparring siguiente es menos que mosca: entra al ring y se da con que ninguno de los presentes tiene la dichosa cartilla. Se siente desarmado y sin el casco protector. Comienza a dar saltitos para todos lados y adopta posturas más convenientes a un banderillero que a un boxeador. A diferencia del anterior, reconoce que sin la cartilla no es ni somos nada. Pasa lista (yo no estoy en la lista). Se retuerce sobre su mesa. Nombra dos leyes al azar y nos pide que, en casa, “googleemos” otra. Intenta preguntas de sociabilidad y no da golpe. Uno sabe que con sólo un amague el contrincante besa la lona, pero uno es un caballero y decide no contestar ni siquiera ante la pregunta más inocente. El supuesto profesor de Higiene y Seguridad confiesa que fue llamado casi a última hora; que fue invitado a participar del violento campamento que está planeado como cierre del curso y que jamás en su sano juicio lo haría; de alguna manera no se explica qué diantres hacemos allí; ni él ni nosotros. En el duodécimo silencio incómodo llega a preguntarse/nos: “¿Y ahora qué hacemos, nos vamos?”. Aprovechando su arrojo, la iniciativa que yo quería tomar hacía ya unos treinta minutos y la única definición que largó en casi una hora (la de que Higiene y Seguridad es la encargada de prevenir, proteger y preservar la integridad psicofísica de las personas), me levanto con un leve “si me disculpan”, y me retiro del aula.

Afuera está el que me llamó por teléfono en las vísperas del curso. Se preocupa por mi deserción. Le digo que aprovecho que la clase no progresa debido a la falta de la cartilla para ir a buscar a mi hija al cole, lo que no es del todo mentira. Le pregunto el costo del curso por un amigo (en realidad es sólo conocido) que quiere hacerlo. No voy a dar cifras aquí, pero voy a advertir a mi conocido. La dichosa cartilla cuesta el doble que el derecho al examen final. No mencionaré el precio de cada una de las cuatro cuotas, que es igual al del campamento final.

Andykaufman“Nos vemos mañana”, mentí. A la salida me encontré con un viejo conocido que siempre fue seguridad. Le pregunté sobre la obligatoriedad de tener el certificado de ese curso para ejercer, según me dijeron lo exigían las leyes provinciales. Se rió de eso. Intente buscar la resolución por internet y no encontré nada asociado a la Seguridad Privada; seguro es culpa de mi impericia. Me sentí como el personaje de Man of the moon en la escena final: en la película, Jim Carrey hace de Andy Kaufman, un comediante estadunidense que con sus bromas supo vulnerar las normas establecidas a tal punto que nada de lo que hacía resultaba ser cierto o no. Ni siquiera le creyeron su muerte, tal era su farsa. En la película (que seguramente no es del todo fiel a la vida del comediante), el personaje, aquejado de una enfermedad letal decide hacerse ver por curanderos, y en el momento en que lo están tratando, él descubre la farsa, el engaño, y ahí, al borde de la muerte, sólo se ríe… como si fuera el reconocimiento de su única alternativa.

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El mediocre perfecto

mayo 13, 2016 at 3:21 am (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

“El lujo es vulgaridad” Redonditos de Ricota

smilesLa pregunta es: ¿para qué perfeccionarse si alguien puede poner dos satélites en el espacio y encontrarse actualmente desempleado, con el estigma del ñoqui o del militante, mientras que otro puede ser ingeniero civil sin saber de qué se trata una “obra pública”? Dicho lo anterior en el sentido que el supuesto lector quiera darle, ya que como presidente también lo desconoce. La mediocridad se desprende por todos lados, y resulta lógico que la mediocridad argentina tenga un tan digno representante. Porque ser presidente no tiene nada que ver con andar resolviendo los problemas del pueblo que gobierna, sino de ser presidente, que es caminar por una alfombra roja, que aplaudan los gastados y repetidos discursos, sonreír y saludar cuando corresponda y poner cara de compungido cuando también corresponda, aunque no sepa bien cuándo corresponde cada una de las caras, pero ¿qué esperamos?: no se le puede pedir todo a un presidente. Y si nuestro emérito presidente repite desde hace cinco meses el mismo discurso, subrayando “la pesada herencia”, la devastación del campo, el déficit fiscal y lo necesario de tantos despidos, que por supuesto no los produce el PRO, la corrupción, etcétera, pero un etcétera cortito, que ahí nomás se acaba, como sus ideas políticas, es porque la repetición de un discurso en todos los actos se debe a la consideración del gobierno para con sus oyentes, para que éstos puedan recordar en cuotas el mensaje que deben repetir a su vez en el café y en las reuniones familiares; también a la consideración de los que rodean al presidente para que éste no se vea obligado a tomarse sus cuartas vacaciones en lo que va de los cinco meses de mandato por tener que memorizar un discurso diferente.

Me contaba hace mucho tiempo el Vasquito Irtzuberea que, cuando aún vivía en Barcelona, una persona le criticó, le cuestionó que por qué su hija de menos de tres años decía “enojado” en vez de “enfadado”, que en España costaba saber el significado del enojo porque estaba en desuso, siendo que lo que estaba en desuso era el diccionario de esta inquisidora persona. Porque la mediocridad busca equiparar, pero busca equilibrar para abajo. Para qué vas a estudiar para sacar las mejores notas si podés distraer a tus compañeros para que no saquen una nota más alta que la tuya; total, después podés decirles que quién les quita lo bailado; y si no que miren a ese científico con no sé cuántos posgrados que no tiene dónde caerse muerto. Son los mismos que están de acuerdo con que se desmantelen ciertos programas de inserción social, porque para qué gastar plata en cosas que ya pasaron, eso de los militares ya pasó, lo del mercado interno es un verso para mantener borrachos, y seguramente a esas minas les gusta que le peguen. Para qué financiar una de las mejores universidades públicas de América; eso es un gasto innecesario que bien se lo podríamos dar a empresas extranjeras para que generen trabajo, si al fin y al cabo los estudiantes terminan siendo cajeros de supermercados. ¿Qué es eso de andar subvencionando a los desempleados del futuro, como lo hacía el anterior gobierno? Ese dinero podríamos dárselo a las facultades privadas que no dejan que nos descarriemos de la fe. Porque pensar que las universidades son para cualquiera es un desperdicio, por eso está bien ponerle un precio, para que sólo pueda acceder gente como uno. Lo mismo con los autos, los restoranes, la salud, la educación, la vivienda y el alimento; el que no alcance esto es porque no se lo merece. Un medio de distinción natural: el que puede pagar, estudia; el que no, a la metalúrgica. Porque al fin y al cabo, si uno puede pagar, aprueba, y pagando y aprobando es de la única manera en que este tipo de instituciones puede prevalecer.

FORRO AMARILLOEs lamentable, pero así razona la mediocridad argentina. No sólo la argentina, porque lo primero en globalizarse fue la mediocridad. Y así, los hay que piensan que para qué intentar políticas novedosas si explotando (literal y figuradamente) un país pueden quedarse con sus recursos sin el agobiante esfuerzo de una negociación. Como diría un sabio amigo: “Para qué intentar la heterodoxia si la ortodoxia aún funciona”. Y tal como piensa de las universidades, opina de los medios de comunicación. ¿Pluralidad? ¿Para qué? ¿Para que después venga un cualquiera que, en un ejercicio de criterio, quiera derribar años de sólidas estructuras de prejuicios? Si pensando todos más o menos lo mismo estamos bien, sin pelearnos, sin discutir, siendo felices, juntos

Razona así porque entiende que si todos tuvieran sus mismas herramientas su mediocridad quedaría aun más expuesta. Porque con el mismo martillo unos hacen una mesa, otros prueban reflejos y otros se sangran los dedos. Por eso nuestro emérito representante y sus secuaces intentan abolir todo lo que huela a política, porque en sus manos sólo les sirve para machacarse; ¡tantos clavos y no dan una!

Elegimos una mediocricracia por la inseguridad, pero no por la inseguridad de las calles, ni por la delincuencia, la elegimos por una inseguridad personal, por el temor de que un cualunque de baja estirpe nos muestre que sin papá no somos nada, que un título puede ser conseguido y no comprado, y que ese trabajo que tenemos lo puede hacer cualquiera aunque no tenga un tío como gerente de la empresa. El miedo a la libertad, porque la libertad se da en la igualdad, no en la posibilidad individual de salir de compras. Mediocricracia. Miedicocracia (MM). El miedo del otro; no de que nos asalte o nos viole, sino de que sea mejor, de que nos muestre quiénes somos en realidad. Por eso se estigmatiza al otro, para que sea responsable de todos los males, para que sea peor. Por eso, como dijo Eduardo de la Serna, los medios de comunicación revivían a Lázaro cada dos días: para culpar al otro y obviar la política (o su ausencia). Pero la mediocridad argentina, aunque no tenga otras voces que le digan que les están montando un policial para que se olviden que les están saqueando los bolsillos y los derechos, ¿no es capaz de preguntarse por que Lázaro Báez dejó de ocupar las primeras planas y todos los horarios cuando saltó que era socio de un primito del presidente que además ocupa un alto cargo en la función pública (aunque demuestre tanto conocimiento de lo público como su primo de ingeniería civil)? Misericracia. Mierdocracia (MM).cucaracha1

Esta mediocridad es la que, antes de las elecciones, creía que estaba bien ser un panqueque (un hipócrita que se da vuelta según su conveniencia) porque un agua saborizada se lo decía. Y es la que ahora se imagina viviendo en una meritocracia donde cada persona tiene lo que se merece, porque se lo dice un anuncio. Y esta mediocridad, que ansía “tener y poder”, es la que toma el agua saborizada y se compra el auto del anuncio para diferenciarse del resto, de esos otros que nunca, porque no les da el cuero, podrán ser tan mediocres como ella misma.

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