Soy de Salta y hago falta

noviembre 4, 2015 at 3:56 am (Los Otros, Uno que cuenta)

Dorrini1Para duda, ¡mi podonga!” Chiste chabacano, anónimo y popular salteño

¿Cuándo dejamos de ser protagonistas para ser parte del coro?” Dragón Lóbrego

Álvaro Dilvano Dorrini siempre dijo preferir el teatro al cine, y cualquiera de éstos a la televisión. En el grupo, sus más allegados, pensábamos que estaba meando fuera del tarro, porque si Álvaro tenía alguna aptitud era para la jactancia (muchos consideraban que era una condición sine qua non de la profesión), y razonábamos que esa competencia luciría mucho mejor en la proyección televisiva que en la marginalidad teatral. Eso y que la Salta de aquellos tiempos no era precisamente la ciudad que podía catapultar a la fama a nadie ajeno al folklore. Aún siendo fiel a su vocación, entendía que lo que quería mostrar necesitaba algo de promoción, porque la gente no se acerca así nomás al teatro si es que no hay algún conocido en la cartelera, por lo que paralelamente a sus puestas en escenas buscaba trabajo en la industria cinematográfica. En el grupo pensábamos que a lo que aspiraba Dorrini era a ser ese “algún conocido” del cartel. No obstante, sus obras no eran del todo malas, y a la aptitud para la jactancia sería justo agregarle el tesón, el entusiasmo y la persistencia, cualidades imprescindibles para llegar a algún lado sin gastar siquiera una pizca de talento.

A principios de los ochentas desapareció de la escena teatral local, y cuestionado sobre este aspecto nos enteramos que le habían salido algunos proyectos cinematográficos, y que por eso pasaba gran parte del año en Buenos Aires, filmando, pero que no nos quería adelantar nada, que ya nos enteraríamos, seríamos los primeros.

Nos enteramos a mediados de la misma década. Organizó un ágape en una antigua fábrica de maíz inflado e invitó a sus más allegados, a periodistas de los medios de la época, a algunas personalidades de la función pública, a celebridades de la cultura local. También publicó algunas notas de prensa haciendo hincapié en que las películas a exhibirse se estrenarían aun antes que en Buenos Aires. El convite tuvo más éxito de lo que muchos esperábamos, pero menos según las animosas expectativas de Dilvano Dorrini. Asistieron los personajes más destacados de la sociedad salteña, ansiosos como siempre de hacer ver que la vanguardia está al alcance de sus manos, casi tanto como las bandejas de canapés y de bebidas que hacen grata cualquier inauguración cultural. La gala tuvo la estridencia y el brillo (el glamour) típicos de aquellos años, acrecentados por la democracia naciente y, una vez arrasado y saqueado el servicio de catering, Dorrini nos invitó a pasar al salón contiguo y sentarnos en las sillas ubicadas frente al blanco paño donde se proyectarían los filmes. Dio una breve explicación de la importancia de respaldar la industria cinematográfica nacional y agradeció el apoyo y el cariño que siempre había recibido, aunque muchos pensáramos que los únicos que lo conocían éramos sus amigos. A Dilvano no le importó ese detalle y saludó con ademán afectado a la concurrencia.

Antes de los títulos iniciales, cualquier persona que haya visto más de tres películas podía presumir que la película carecía por completo de presupuesto, cosa que no era determinante de nada ya que muchas películas se hicieron a pulmón y resultaron asombrosas. No era ese el caso: a los cinco minutos de proyección, cualquiera podía argüir que no despuntaría ni por el argumento ni por las actuaciones, sobre todo al constatar el histrionismo de una joven vestida de mucama, gritando e invocando a su Señor nuestro Dios, siendo brutalmente penetrada por un rubio que ni siquiera se había sacado su traje. En representación de la pacatería más conservadora de la sociedad salteña, un primer grupo se levantó y se escapó totalmente escandalizado y desmoralizado. Cuando la esposa del rubio, que había estado espiando la escena desde la habitación de al lado, se sumó a la festichola, un segundo grupo, que también representaba al sector anterior pero que había hecho un esfuerzo sobrehumano para hacer notar su progresismo y su tolerancia y comprensión de las nuevas corrientes, salió llevándose las manos a los ojos o a la boca para connotar pudor e integridad moral.

Dorrini2Un tercer grupo, en el que se hallaba la mayoría de los periodistas, esperó el final de la película por el morbo de ver a la nueva celebridad local transpirando en toda su intimidad. Eso no ocurrió, y antes de la segunda proyección sólo quedábamos sus amigos, unos cuantos periodistas (los menos), y otros tantos libidinosos. La segunda proyección no se trataba de una película completa sino de una edición con fragmentos de otras seis películas, del mismo corte dramático, a estrenarse próximamente. Tampoco pudimos reconocer a Álvaro en tales escenas.

Acabada la segunda proyección, salió Dorrini y se interpuso entre la pantalla y el escaso público esperando el aplauso y alguna que otra ovación. Tampoco esto ocurrió. En tono seco y en señal que ellos se habían quedado hasta el final por el amor a la objetividad, los periodistas que quedaron le preguntaron si acaso era el director, musicalizaba o solamente era lobbista de la pornografía y la denigración argentina. Azorado, decepcionado casi hasta el dolor físico, Dilvano Dorrini explicó que sin él esas películas no hubiesen ocurrido tal y como lo hicieron, puesto que aparecía en la mayor parte de la cinta. No fue necesario que aclarase que sus apariciones eran intermitentes, es decir, que aparecía y desaparecía… aparecía y desaparecía. Uno de los periodistas, cuya paciencia había sobrepasado cualquier límite, preguntó a Dorrini si de verdad estaba tan orgulloso por su trabajo de doble, y si ameritaba toda la parafernalia desplegada. Dilvano lo miró como sorprendido de la ignorancia manifestada por el periodista y aclaró que, en todo caso, el doble era el rubio que hacía de marido en la primera, de bombero en la segunda y de tenista en la sexta; también era su doble el bigotudo de la tercera y la quinta y el enano de la cuarta, pero dado el tiempo de aparición, él era el protagonista principal en todas las filmaciones junto a las blondas y morenas actrices. Y ya se había desabrochado el cinturón y se disponía a bajarse los pantalones cuando dos de los nuestros truncaron su énfasis probatorio.

Excepto uno de los periodistas, que había permanecido en silencio, y que se levantó con delicadeza e incluso se despidió atentamente del actor y de la escasa concurrencia que permanecía sentada, que éramos sus allegados, el resto de los periodistas (cuatro) se levantó con brusquedad e indignación, abandonado el predio con profundo malestar por haber dilapidado su tiempo. Sus amigos lo felicitamos por la labor realizada en una actividad tan dura, por el empeño, el brío y la entrega que ponía en cada escena, y porque al fin tenía un trabajo.

Al día siguiente, la mayoría de los medios locales que optaron por no ignorarlo mostraron su desagrado y su desagravio, excepto uno, un medio pequeñito y discreto cuyo cronista finalizaba su critica aludiendo que, para un trabajo así, se necesitaban unas bolas así de grandes.

Al día siguiente, Álvaro Dilvano Dorrini maldijo la ciudad que lo vio nacer, la trató de básica, de campesina y de incapaz de comprender la envergadura de un artista verdadero, y casi inmediatamente partió nuevamente hacia la gran Capital Federal.

Pocas noticias más nos llegaron. Siguió trabajando, siguió creciendo, se hizo medianamente famoso en el ámbito, mejoró su nivel de vida al tiempo que dejaba la carrera de actor para convertirse en productor. Del teatro no volvió ni a hablar. Y si bien su poder adquisitivo y su statu quo mostraron evidentes signos de mejoría y desarrollo, prontamente todo su ser se fue desvaneciendo afectado por la devastadora enfermedad de la época; porque hasta en los excesos, y más que nada en los excesos, la vanidad y la fatuidad se hacen patentes; nomás entrada la segunda mitad de la década se hizo yuppie; todo lo alcanzado como actor porno se fue deteriorando, se fue esfumando en la dolencia infecciosa de no ser más que otro más.tu premio

No hace mucho, un cronista de un pequeño medio local, aunque hablando de bueyes perdidos, evocaba la impecable e implacable actuación de Álvaro Dilvano Dorrini en el cine nacional, por allá por los principios de la década, cuando las voluptuosas garras de los ochentas aún no se vislumbraban del todo.

¿Que no soy ambicioso? ¡Claro que soy ambicioso! Me he propuesto alcanzar el nivel que pretende mi vanidad” El Doble de Dilvano Dorrini en De noche, todos los gatos son bardo, 1984

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