Cúmulo de sospechas

octubre 15, 2015 at 4:14 am (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

En algún momento apenas anterior al siglo veintiuno me reencontré con un viejo compañero de universidad y de andanzas. La vida nos supo llevar por distintos caminos, pero coincidimos esa vez, y por antojo de la fortuna, en Cuernavaca. Él estaba en un congreso, y yo paseando, empapándome de esa ciudad tan mentada por respetados escritores. Nada de esto viene mucho al caso; sí que, durante la velada compartida, salió el nombre de un libro que a ambos nos había llamado la atención positivamente. Había leído dicho libro, por primera y última vez, muchos años antes, a fines de los setenta, si mal no recuerdo. Era una edición del año 1933. Me impresionó el título de la obra, así que no pude refrenar mi impulso y lo compré, o tal vez lo robé, inmediatamente. muertitoescaleraLa novela policial se sitúa en una mansión de Melbourne, promediando la segunda mitad del siglo diecinueve, cuando la fiebre del oro en Australia, y el asesino termina siendo Lord Thomas Luhrmann, propietario de la mansión. No hago ningún mal develando al asesino, puesto que dudo que alguien vaya a leer la edición de 1933 de este libro. Decía que me llamó la atención el título del libro, aunque debo reconocer que me esperaba una novela liviana y de fácil lectura; nada más alejado. Y si bien había gratos momentos de humor negro, también había que estar atento porque cada detalle, por más nimio que nos pareciese, confluía de alguna manera en el inesperado final (que quizá ya no lo sea tanto para quién esté leyendo estas letras… o sí). Ese libro se llamaba: Esta vez sí que no pudo ser el mayordomo. El título deja de ser curioso, porque pasa a ser evidente, cuando en el primer capítulo nos enteramos que el mayordomo es la víctima. En la solapa del libro, una escueta biografía del autor: Vicente Lizpano, nacido en 1906 en la ciudad de Joaquín V. González, Salta, Argentina; médico forense y algún otro dato de su experiencia laboral. Esta vez sí que… era la primera edición de su primera (¿y única?) novela.

Esa noche comentamos con entusiasmo la novela por ambos leída; yo me dejé llevar un poco por su conversación, puesto que no la tenía tan fresca en la memoria como él, que la había leído recientemente. Sin embargo, no pudo menos que llamarme rotundamente la atención un dato que profirió: que la asesina había sido Umina Rogers, la criada más joven, hija, asimismo, del ama de llaves. Lleno de perplejidad le pregunté si estaba seguro de que ése era el final, y él me contestó que sí, y además se puso a dar los razonamientos y los motivos que la llevaron a cometer el crimen. Dudé entonces de mi memoria: estaba seguro de la culpabilidad del dueño de la mansión y como un juego le propuse mi teoría (basado en lo que había leído o me había parecido leer aquella vez). Mi amigo se rio y aceptó que mis razones podían estar bien fundadas, pero que ya era tarde para influenciar a su autor, puesto que en la solapa de su libro constaba muerto desde el año 1971. Le pregunté si por casualidad traía consigo el libro; me dijo que no pero que le extrañaba que yo sospechara de su palabra. Le aseguré que no era eso, pero seguí indagando si se acordaba, por esas cosas de la vida, de la editorial y del año de su edición. Contestó que le parecía recordar que fue impresa en Buenos Aires, por allá por el 56. Le comenté lo poco que sabía del autor y él refirió que la solapa de su libro aumentaba la fecha de su muerte, algunas otras experiencias laborales y su paso por otros países, pero que además de un libro de poesía sólo había editado esa novela.

A esta altura, el lector de estas líneas habrá sospechado lo mismo que yo sospeché aquella noche. Ahorraré el relato de mi búsqueda e investigación (aunque tampoco he conseguido demasiado: cada edición tenía una tirada muy pequeña, al parecer subvencionadas por el mismo autor, al menos la mayoría de ellas; no así la primera edición que, según un periódico de la ciudad del autor alcanzó un éxito respetable y le auguraban nuevas ediciones y un próspero futuro como escritor al señor Lizpano –La Diana de Salta; 12 de Febrero de 1933; pág. 16–, y seguramente tampoco la última), pero me gustaría dejar algunas reseñas sobre el tema (no relataré el móvil del asesinato ni cómo los llevaron a cabo en ninguno de los casos, pero advierto que el autor lo hace de manera impecable y no deja ningún cabo suelto, borrando por completo la autoría criminal de los personajes de otras ediciones): en la publicación de 1943, lejos de culpar a Luhrmann por el sádico y sórdido juego que tramó para sus invitados, ni de hacer hincapié en la venganza fría y meditada de Umina Rogers (que también resulta ser hija del malogrado mayordomo), Lizpano decide, en el último capítulo, como en el resto de las ediciones, volcar la sangre en manos de Aslhey Williams, una de las invitadas (y amante del Lord) al ágape de fin de semana de la mansión. biblioteca-de-babelEn la de 1947, el asesino resulta ser David Nguyen, marido de la anterior; en la de 1950 es el cochero; en la de 1960 es la hija autista de los Taylor, también invitados de la mansión junto a los Brown, los Beresford y a Charles Justinson, poeta en todas las ediciones y asesino en la siguiente de 1961. La edición inglesa de 1965 no es menos sorprendente, ya que luego de 46 capítulos de tensiones, rumores, culpabilidades, sospechas y violencias de distinto tipo entre los personajes, resulta ser que el mayordomo había muerto accidentalmente, ni siquiera se había suicidado sino que por una torpeza, por una ineptitud fue a dar con el otro barrio. Aun así, el relato impecable de Lizpano no tira por la borda ni los capítulos ni las versiones anteriores sino que ahonda en lo absurdo. En la edición de 1936, tal vez la segunda (y también la primera), Lizcano culpa al ama de llaves, mientras que en la de 1972 (edición póstuma), tal vez la última y también primera, el autor se culpa a sí mismo del crimen.

No encontré otras versiones, pero presumo que existe una por cada personaje del libro. Así es como Vicente Lizcano escribió un sólo libro (con excepción del de poemas, que nunca encontré) que reeditó muchas veces, tantas como nuevos libros que se le iban ocurriendo.

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