Estado clínico

julio 25, 2015 at 10:45 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Mi mujer dice que es porque estoy somatizando, pero como para hacerle caso a mi mujer estoy yo. El lunes por la madrugada me desperté de golpe, como si un hacha se hubiera hundido con fuerza en mi gélido espinazo. En un acto reflejo me levanté repentinamente para cerrar la ventana de la habitación con tal de no dejar que entrara la muerte, pero pronto descubrí la inutilidad del reflejo porque supuse que ya había entrado, y un escalofrío, a puntadas acuosas y desesperadas, me bordó la abertura del espinazo. Apagué el ventilador y volví a acostarme. Apenas si podía moverme sin que una anguila de hielo me atravesara de cabo a rabo todo el cuerpo. Pasado el horror metafísico inicial, conjeturé que me había engripado. Tirité con cada movimiento hasta que al fin pude volver a dormirme.silueta-flaca-del-hombre-23033953

Al día siguiente, y a pesar de la costura, igual se notaba el hachazo, así que me preparé, bajo 30 grados a la sombra, para hibernar durante una semana o, en su defecto, durante siete días, que es como aconsejan los sabios que se pasan estas anomalías. Todo transcurría normalmente, sólo que una tos seca hizo que dejara de fumar, y este segundo hecho, el de la desintoxicación, me trajo aparejado una tos flemática que no reemplazó a la anterior sino que se fueron alternando y a veces ni eso y salían ambas a la vez, abriendo un hueco en la faringe que hacía muy propenso el devenir de arcadas con probabilidades de vómito. Afortunadamente éstos no se produjeron. Pienso que cualquier enfermedad ya de por sí es lo suficientemente desagradable como para autentificarse con vómitos. Todo seguía su curso natural: la normalidad dentro de la anormalidad. La noche del lunes y la del martes pude dormir gracias a una fiebre capaz de voltear a un bisonte, incluso hice siesta y todo, pero al aminorar ésta, la fiebre, y al aumentar la intensidad de la tos, tuve dificultad para conciliar el sueño el miércoles y el jueves. Mis nenas, la más grande y la más chiquita, tampoco descansaron muy bien. Natural.

A mí me gustaría que las mujeres tuvieran la lógica de las enfermedades… o al menos la mía. El viernes, a eso de las diez de la madrugada, y siendo que aún no había cumplido las ocho horas recomendadas para un descanso pleno (ya que me dediqué a toser hasta pasadas las cuatro de la madrugada), mi mujer, quizá haciendo equilibrio entre ser suave y ser escuchada y que no olvide su mensaje, pero cayendo definitivamente hacia lo último, como una sombra, una aparición en el umbral de la puerta, me dijo que tenía cita con el médico a la una. Como soy muy poco aficionado a las pesadillas, intenté volver a dormirme. No pude. Natural.

A la una menos diez, la sala de espera rebalsaba de gente, y de gente malhumorada que tenía turno desde las 11.30 y aún no la atendían. ¡Como para hacerle caso a mi mujer estaba yo! Estuve a punto de volverme a casa, pero no me sentía con fuerzas para mentir. Además mi nena, la más grande, exigiría recetas y prospectos. Así que esperé. Fui el último: me atendieron a las dos y cuarto.

Cuente”, me obligó la doctora. Nomás comenzado mi relato y la mención de la tos, me preguntó si tenía hijos. Noté que estaba buscando responsables, así que le contesté afirmativamente y además agregué que también tenía esposa. “¿No eres muy amigo de los médicos, no?”, me cuestionó. Le iba a contestar que cuesta confiar en alguien cuya carrera se basa en programas de estudio diseñados por las farmacéuticas. De la misma manera que tampoco confío en los economistas, ni en los actores que venden su alma a Spielberg o Mel Gibson, o a cualquier otro director que ejercite más la propaganda que la cinematografía… Ni siquiera en los chefs, cuyos programas de estudio estarán patrocinados por McDonalds o Pizza Hut, y cuya práctica futura está destinada a que la gente común salga corriendo a buscar grasas y comida basura a la vuelta de la esquina (por eso hacen los platos tan pequeñitos), y a que la clase acomodada, en su afán de exclusividad, pague cifras exorbitantes por meterse bolitas de mierda y encima disfrutar con eso. También me acordé una frase de un libro que terminé hace poco. En él, Pitigrilli le hace decir a uno de sus personajes algo así como: “antes era la tierra la que cubría los errores de los médicos y ahora son los errores de los médicos los que cubren toda la tierra”.

doctorAl final sólo respondí que no, pero que más que nada por humildad. La doctora pareció no entender, y yo aclaré: “Creo que no me los merezco”. Los que de verdad se merecen a los médicos son los que hacen recortes en sanidad, o los que pretenden privatizarla, ellos sí se merecen a los médicos, y a los farmacéuticos; así tendrían de su propia medicina… y además pagándola a coste de esa mierdecita de canapé hecha por Ferran Adrià.

Salí de la consulta sabiendo lo mismo que con lo que había entrado. La doctora no me dijo ni lo que tenía ni nada, como si no tuviera importancia y le estuviese haciendo perder el tiempo, pero advirtiéndome que si continuaba así, lo mejor sería que fuera raudamente a un Servicio de Urgencias, que ahí seguramente me dirían o harían algo (no me lo dijo textual, pero si no quería significar eso, pasa raspando); me recetó un antiinflamatorio no esteroideo (como si eso necesitara receta; bastaba con hacerle caso a mi mujer, que pretendió drogarme desde un primer momento) y unos granulados expectorantes, y listo, pa’ la casa. ¿Y así cree que yo puedo mejorar mi relación con los médicos?

La que ahora salta de alegría es mi mujer, que vio certificada por los galenos su tendencia a empeparme ante el menor indicio de anomalía física, porque el sello del hospital avala “toda la razón que tuvo desde un principio”. No, si como para hacerle caso a mi mujer estoy yo.

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1 comentario

  1. martineztamborininicolas said,

    Muy bueno. Puedo usarlo en facebook?

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