Conejo blanco

febrero 20, 2015 at 4:39 pm (Uno que cuenta)

Debieron de ponerme algo en la bebida. El “debieron” que utilizo tal vez resulte algo confuso y pueda dar a entender que mi deseo era que ellos, los sujetos tácitos, tendrían que haber colocado algo en mi bebida, pero lo cierto es que lo hicieron, de otra forma no podría explicarme lo que sucedió, o lo que me acuerdo que sucedió, o lo que creo que sucedió.

conejo blancoLlegué al bar donde nos juntaríamos apenas entrada la noche; la excusa era ver un partido de fútbol de ascenso de liga. No tenía afición por ninguno de los equipos, pero había empezado a simpatizar con algunos de sus aficionados, o al menos pasaba mucho tiempo con ellos. No puedo decir que fuéramos amigos, pero debo reconocer que con el tiempo les fui tomando cariño; de alguna manera me producía cierta aversión tener que hacer lo que tenía que hacer. Uno de los camareros del bar también era un infiltrado, pero éste sólo me sirvió la primera cerveza; las siguientes corrieron por cuenta del Gordo. En el entretiempo, cuando el equipo del Gordo ganaba por dos goles, proliferaron los festejos y las bebidas, y comencé a sentirme mal. “¿Qué pasa mi pollo?”, se burló el Gordo, “¿es que no te aguantás ni un tiempo?”. Sonreí con gran esfuerzo y le eché la culpa a la hamburguesa que comí. En el baño vomité, y mientras me lavaba la cara con violencia sentí: “¿Estás bien?”; tardé en reconocerlo. Al principio lo atribuí a una mancha o una deformación del espejo, pero luego descubrí que esa cara tortuosa y mutable pertenecía al camarero infiltrado: “Ahora te toca a vos. Si se complica ya sabés lo que tenés que hacer. ¿Está claro?”. No sé si asentí pero volví a enjuagarme la cara con fuerza y tratar de recordar qué es lo que me tocaba y qué tenía que hacer. No, no estaba claro.

Volví al salón. Allí me esperaba el Gordo con toda la muchachada victoriosa. “Ey, Pollo, te has perdido el tercero”, gritó uno. “Pedite algo; la barra corre por mi cuenta esta noche”, me sugirió el Gordo. En vano intenté dar con el camarero conocido. Supuse que era lo mejor para no levantar sospechas, pero en ese momento se me acercó el Bocha por detrás: “El que buscás tuvo que salir por un recado. Se va a demorar. Pedile a cualquiera que aquí todos saben servir. Para eso les pagan. ¡Ey, muchachos, sírvanle algo al Pollo que tiene la garganta hecha un ripio!”, mandó el Bocha y se alejó después de palmearme el hombro. Simulé una torpeza y volteé el vaso recién servido. “¡Eh, muchacho!”, intervino la voz del Pájaro, “apenas tres cervezas y ya andás ‘cascoteau’. ¡Sírvanle otro igual! Que nunca le falte al amigo”, ordenó a los de la barra. Pero el Pájaro no se alejó, se quedó para brindar, se quedó para protegerme de mi torpeza. Perdido por perdido, me bebí el vaso de un sólo trago.

La siguiente imagen que tengo es la mía en el reflejo de un espejo del bar: estoy sentado en una silla con el cuerpo inclinado y apoyado en la pared de mi derecha (¿o es la derecha de la imagen en el espejo?). En el bar ya no queda casi nadie… En realidad quedan seis o siete personas, pero ya no están los camareros, o son parte de esas seis o siete personas. Alguien me toca el hombro. Es el Laucha que me dice: “El Gordo te necesita”. No veo al Gordo entre ninguno de los que todavía están en el salón. El Laucha me mira como para que lo siga. Lo sigo. Caminamos por el pasillo que lleva a los baños pero no entramos ahí sino por una puerta que prohibe el paso a toda persona ajena al personal. Detrás de la puerta hay una escalera, oscura, que nos lleva a un sótano. “Ahí estás, Pollo, retumba la voz del Gordo, “pensábamos que te habías ido”. Suena una música distinta a la del salón. Debajo de un foco tenue hay un hombre atado a una silla. Otra vez tardo en reconocerlo, como tardo en reconocer a los demás que están en el sótano aunque no estén atados ni amordazados. El de la silla es el camarero. Tiene la cara hinchada y sangrante. “Tomá, Pollo, me ofrece el Pájaro y sin pensarlo me meto una raya de coca. “Es duro éste; no suelta nada”, me insinúa el Oso, “y eso que a tozudo no me gana nadie”. escaleraMe meto otra raya y comienzo a pegarle al camarero. Pensaba que mi debilidad, que mi vacilación era también física, pero vi cómo el camarero sangraba aún más. “Ven: les dije que el Pollo era de los nuestros”, oí que decía el Gordo a mis espaldas, y yo le seguí dando. En la mirada del camarero podía leer con claridad de que era el momento de hacer lo que yo sabía que tenía que hacer… Pero yo no lo sabía. Le pegué una más y me caí, no sé si por el desgaste, por la náusea o por la incertidumbre. “Descansá, pibe”, me tranquilizó el Bocha y me invitó otra raya y un trago. Los tomé por despecho, por desaire.

¿Está usted bien, joven?”, me preguntó una anciana. Me sobresalté. Estaba en un colectivo, en uno de los asientos del final, golpeando mi cabeza contra la ventana. Miré hacia la calle. Todavía estaba oscuro, pero ya se veía movimiento. Algunas personas apenas más despiertas que yo la transitaban bajo el ruido apagado, afónico de la madrugada. Asentí. No por encontrarme bien sino para evitar una insistencia que me impidiera enfocarme en lo que estaba sucediendo. Empecé a reconocer el escenario y me percaté que fuera lo que fuera que estuviese pasando me encontraba sobre uno de los colectivos de la línea 55 y me había pasado tres o cuatro paradas. Intenté pararme con la brusquedad que mi estado me permitía, pero una mano me detuvo: “Tranquilo, pichón; hace mucho que ya no vivís ahí”. Era el Bocha… O era su voz. Dos asientos más adelante vi que el Pájaro me guiñaba un ojo. Se me hizo que a su lado estaba el Cicatrí. Creí que todo era inútil. El sueño me vencía. Me pareció que afuera llovía pero ninguno de los peatones, aunque dieran muestras de cargar un peso atmosférico, llevaba paraguas ni se cobijaba. Volví a dormirme o a deambular en un nivel muy alejado, muy por debajo de la conciencia. Por alguna razón, el último pensamiento que me visitó no fue de congoja ni de extravío, simplemente pensé que, dado el cansancio que llevaba, lo mejor sería seguir el recorrido del colectivo hasta que diera la vuelta y ahí sí me bajaría en la parada correspondiente, en la que me había pasado.

Me desperté lentamente. El sol me golpeaba a pleno pero sin violencia. Intuí que el colectivo había finalizado su recorrido y ahora volvía, aunque no reconocía nada del paisaje ni del urbanismo. Pasé por una plaza donde unos niños, pocos, jugaban a la pelota. Las hamacas estaban vacías. Un reloj electrónico que marcaba las 9:40 me llenó de agonía, porque no tenía fuerzas para un sobresalto. Pensé que a esa hora ya debía estar en casa y que mi mujer estaría echando diablos porque yo tenía que quedarme con los chicos esa mañana, que por alguna razón (no recuerdo cuál) no tenían colegio, para que ella no faltase a su trabajo. Sentí una desazón inmensa pero ni siquiera me moví. Esa laxitud anticipaba la reflexión, la certidumbre, la triste realidad que vendría: hacía más de un año que no los veía, ni a mi mujer ni a mis hijos… desde que empecé con este caso, desde que me inmiscuí en la vida del Gordo. Y por más que el colectivo volviese, yo ya no podría bajarme nunca más en esa parada, porque esa parada se me había pasado hacía más de un año. Pero el colectivo tampoco volvía; fue otra confusión, un espejismo. Me había dormido cabeceando del lado derecho del transporte y ahora me despertaba apoyado sobre las ventanas del lado izquierdo, y no sé si del mismo transporte o de otro. La confusión estaba dada por los espejos, como en los trucos de magia. Y en ese espejo yo veía a otro, al que había sido años atrás. Ese espejo me devolvía otro recorrido, otra vida, una imagen falaz.

A mi lado estaba el Oso. “¿Dónde estamos, dónde está el Gordo?”, le pregunté. Me miró y se encogió de hombros, pero no dijo nada. El que sí dijo fue el Bocha que venía sentado detrás, junto al Pájaro: “Lo vas a extrañar al Gordo, ¿no? Estoy seguro que él también te extrañaría si su condición se lo permitiese. Resignación, cachorro; resignación. Hay que meterle para adelante… Al menos vos, porque nosotros nos bajamos acá”. “Tomá”, intervino el Oso, “para matar el aliento a tigre”, y me hizo tragar una pastilla.

PeonzaComo por arte de magia: desaparecieron ellos y yo aparecí en otro lugar, en otra situación. Se bajó el telón, cambió la escena y el decorado, para que el público, los espectadores (yo entre ellos) imaginen qué demonios pasó entre esas dos certidumbres, entre esas dos instancias, entre la galera y el conejo. No veo el doble fondo… no veo siquiera el fondo, sólo el agujero. Veo que un taxi se detiene en una estación de servicio. Vuelve a ser de noche. De él nos bajamos cuatro o cinco personas. No sé quiénes son los otros aunque me tratan con familiaridad y yo tengo la sensación de haber compartido buenos momentos con ellos sin haber ahondado. Ninguno de ellos es el Cicatrí, ninguno el Oso, ninguno el Laucha y mucho menos el Bocha. Tampoco ninguno es el Gordo. El taxista dice en voz alta la tarifa que nos corresponde abonar por el viaje. A mí me parece estratosférica, como si hubiésemos viajado de una provincia a otra, como si hubiésemos cruzado una frontera. Busco en mis bolsillos y no encuentro nada, pero además el ademán es inútil porque nunca hubiese llevado encima la cifra que me tocaba pagar, aun dividiéndola entre cinco. Espero alguna piedad de los otro cuatros pero el que junta la colecta me dice que le dé lo que tenga. Me disculpo y le digo que no tengo nada. Estoy mareado y en falta, sin embargo sólo albergo una meta. Le pregunto a uno de los que pone combustible, a uno de los empleados de la gasolinera, dónde puedo tomar el 55. Me mira extrañado, pero luego me indica que en la siguiente esquina doble a la izquierda y suba tres calles. Mientras me alejo unos metros en la dirección indicada veo que el taxista abre el baúl de su auto y saca una escopeta o un rifle. Me giro y veo que los cuatro siguen con la colecta, pero que uno llama al taxista diciendo que ya tienen la plata, que ya juntaron todo, que no se ponga así. Pero el taxista dispara. Un cuerpo cae y yo comienzo a correr. Oigo cinco disparos más y un sexto se estrella en la pared que podría tocar si yo estirara mi brazo. Un séptimo me susurra al oído. En la esquina giro a la esquina y al fin veo algo claro después de dos noches (si es que fueron sólo dos): no se trata de una tarifa, no se trata de guita. Y al fin recuerdo lo que yo sé que tengo que hacer: no parar de correr.

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Dónde está lo cómico (The interview)

febrero 14, 2015 at 11:55 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

¿Habrá sido en los cincuentas? Probablemente, pero personalmente creo que la promoción pasó a ser más importante que el producto o el servicio mucho antes, aunque no me animaría a datar este suceso. En todo caso no creo que el punto sea cuándo empezó sino por qué es más importante cómo se vende que qué se vende. Hasta para conseguir un trabajo termina siendo más importante cómo se promociona el postulante que las aptitudes que en realidad posee. Con algunos viejos amigos solíamos tergiversar un eslogan de Sprite que decía: “La imagen no es nada, la sed es todo”, y nosotros invertíamos el sentido, sin pretensión original alguna, y decíamos que la sed no es nada y la imagen es todo; lo decíamos después de salir de un boliche, abrazados, queriéndonos y caminando en S. Tal vez no nos queríamos y no nos abrazábamos sino más bien nos sosteníamos, pero éste tampoco es el punto. La imagen es todo. A un político no se lo critica por su gestión sino por si lleva o no lleva corbata. A tal punto la imagen lo es todo, que los peores saqueadores y genocidas del mundo andan muy orondos por el mundo gozando de esa tenue presión en el cuello que les propone su corbata, siendo que la corbata no les debería colgar sino que ellos deberían colgar de la corbata.

kimHace poco me recomendaron una película y la vi. La película había estado envuelta en un caso de hackeo, de filtraciones cibernéticas que apuntaban al gobierno coreano. La cosa quedó ahí, en una acusación sin pruebas como nos tienen acostumbrados los medios hegemónicos de comunicación. La puesta en escena ya estaba dada, y en los afiches promocionales se leía en un recuadro y con signos de exclamación “La película que nadie quería que vieras!!!!!”, o algo por el estilo. Mientras que los paladines de la crítica cinematográfica de los medios más importantes se apuraron en calificarla como una ácida e irreverente sátira política. Como dije antes: vi la película y ahora ignoro dónde ésta gente a la que le pagan por ver películas (si es que en realidad las ve, y si es que no le pagan sólo por comentarlas y comentarlas bien), ignoro, digo, dónde ve una sátira política. Desconozco en qué momento de la vida tirarse pedos y meterse en el ano un cilindro metálico caído desde un drone significa una sátira política. ¿Desde cuándo se justifica un aburrimiento sideral, un mal gusto ilimitado de casi dos horas sólo para que al espectador le quede la idea de que Kim Jong-Un es despiadado, megalómano y marica? “La película que nadie quería que vieras”. Y es que ¿quién en su sano juicio, y sin sobres bajo la mesa, te la recomendaría? Yo también hubiese querido no verla.

Sin embargo, su promoción funcionó: se culpó a Corea de restringir su proyección y la película pasó a enarbolar el estandarte de la libertad de expresión, que es libertad cuando expresa los valores e intereses de occidente, como cuando el episodio de la revista Charlie Hebdo, pero en Francia arrestan a un humorista por decir Je suis Charlie Coulibaly, Assange sigue asilado en la embajada ecuatoriana de Londres, Snowden amparado en Rusia, Chelsea Manning cumpliendo una pena de 35 años por manifestarse y cuarenta y tres estudiantes desaparecidos en Iguala, que hay que ver la que se habría armado si hubiesen desaparecido en alguno de los países no alineados con Washington; como así también andarían muy relajados por las calles de cualquier lugar del mundo Snowden, Assange y Manning de haber filtrado cables de Venezuela, Libia, Irán o China. Y nada le hubiese pasado al humorista Dieudonné si decía Je suis Obama o Je suis Netanyahu, aunque éstos acumulen en sus prontuarios más muertos que el reciente e incipiente Estado Islámico. (También es extraño que el editor de texto que uso al escribir me subraye como errores a Dieudonné, Snowden, Assange y Manning, mientras que Obama y Netanyahu están aceptados con y en la más absoluta normalidad.)

BaneRecordé lo que sucedió en las secuelas de Batman dirigidas por Christopher Nolan: antes del estreno de la tercera entrega un desquiciado entró en un cine disfrazado de Bane, el enemigo de Batman, uno de ellos, y mató a no me acuerdo cuántas personas. Antes del estreno de la segunda, muere de sobredosis Heath Ledger, el actor que interpretó al Guasón, y la prensa se encargó de difundir que su interpretación era merecedora del Oscar al mejor actor de todos los tiempos; yo me permití discordar. No sé si hubo un suceso de tamaño impacto en la primera, pero aun así yo aceptaría sin resistencia un chaleco de fuerza y una futura internación psiquiátrica si pensara, si se me ocurriese pensar, que esos aconteceres se debían a una maniobra publicitaria. Sin embargo, lo de The Interview se cae de maduro. Lo que está bien hecho no necesita promoción; la propaganda está para convencer que algo mediocre y carente de virtud, de talento, de ideas es bueno.

¿Y qué se gana con esto? Aparte de colmar las salas de cine con una película pésima que la única vez que logra una sonrisa es cuando comienzan a salir los créditos, se logra sancionar a Corea del Norte, y eso a nadie le importa porque los coreanos son los malos de la película. Como los rusos, como los chinos, como los árabes. Y la culpa es enteramente nuestra por comprar lo que nos venden, y porque además nos gusta creer que esos son los malos porque tenemos la oscura, miserable y no tan secreta intención de ser alguna vez un hombre de corbata en pecho, porque alguna vez nos vendieron que ese era el máximo anhelo y la mejor forma de disfrutar esta vida, y nosotros compramos porque en el anuncio venía acompañado de un auto recién lavado y una rubia en biquini. Pero es que hasta eso nos vendieron, y nosotros compramos el tipo de auto, mujeres y hombres que nos hicieron creer que nos gustaba, y porque alejarse de los cánones de belleza y felicidad que nos proponen nos convierte automáticamente en coreanos, rusos o bárbaros árabes. ¡Menos mal que la globalización y el sistema nos permiten probar sus exóticas comidas, que nos convierte en seres de corbata harto tolerantes con las culturas que jamás entenderemos, lo que nos reviste de una superioridad moral al tono con nuestra corbata, y eso sin tener que pisar sus roñosas tierras!

Hace un tiempo, un periodista alemán, Udo Ulfkotte, publicó un libro llamado Periodistas comprados. El libro alcanzó un nivel de ventas muy alto en Alemania a pesar que ningún diario se atrevía a promocionarlo; también hay que decir que el nivel de ventas fuera de Alemania fue casi nulo. En el libro confiesa haber aceptado sobornos para escribir lo que otros querían que dijese, incluso aceptó que a veces ni siquiera tenía que escribir, pues los artículos ya venían pergeñados por servicios de inteligencia y él sólo tenía que rubricarlos con su nombre. Entre alguno de dichos artículos se denunciaban los planes de Gadafi de usar gas venenoso contra su gente para que la opinión pública en general y la zorra venenosa de Hilary Clinton en particular justificaran los ataques que luego sobrevendrían sobre el líder libio. (Es extraño, el editor de texto me subraya Gadafi… a ver, probaré con Khadafi… no, también me lo señala; a ver Merkel… ¡Ops! A Merkel no la subraya; estos de la NSA cuidan todos los detalles.)

Entiendo que un publicista pueda decirnos que un incapaz subordinado a los designios de Estados Unidos pueda gobernar Argentina, Grecia, Venezuela o Bolivia; es su trabajo. Y lo hacía cuando nos aseguraba que por usar tal o cual mayonesa nuestra vida sería tan hermosa como tener una ocupación jerárquica, con reuniones importantes, una esposa linda y abnegada y una hija más linda aún que seguramente heredó la inteligencia y la capacidad de su padre. Con un poco más de esfuerzo puedo aceptar que un actor interprete un personaje usado para la manipulación ideológica, porque los publicistas y los actores tienen que comer. Aunque dudo que Sean Penn, Susan Sarandon o Tim Robbins se prestaran para un rol propagandístico. Sí lo hizo Meryl Streep sin que se le moviera un pelo. Pero los actores viven de la actuación y es más fácil ser digno si se está medianamente bien, lo que hace que la Streep no tenga mérito alguno. Pero, en todo caso, aprendí que no hace falta tener las ideas muy claras para ser buen actor como Clint Eastwood, o director, como Clint Eastwood y Juan José Campanella, tan mercenarios, para mí, como Meryl Streep. En todo caso, no mezclemos.

CristinaPero volviendo al tema de la importancia de la promoción: si fuera sólo por lo que leo o veo o escucho en los medios tradicionales, en las empresas que coparon esos medios, yo tendría que salir a gritar al mundo, y totalmente convencido, que el infierno cristiano está en Medio Oriente, que Putin es más inmoral y ambicioso que Sauron, que Estados Unidos e Israel buscan la democracia mundial, pero que a Europa y al Vaticano se les ocurrió la idea primero, que River Phoenix hubiese sido mejor actor que Joaquin Phoenix, que Frozen es mejor que Brave, que soberanía es (porque el “pueblo tiene la facultad de elegir”) que el pueblo decida arrodillarse y bajarse los pantalones ante el poderoso, que Cristina Kirchner usó una de sus telas de araña para inmiscuirse por la ventana del piso de Nisman, burlando a los guardias de seguridad y a las cámaras que protegían el edificio de una persona tan importante, para meterle un tiro en la cabeza y salirse sin dejar rastro alguno, tal como lo hacen las presidentas de Marvel. También debería estar convencido de que The interview es una sátira política desopilante y graciosa. Pero fuera de broma, ¿saben dónde está la gracia? En que la Sony denuncie el hackeo, siendo uno de los piratas más grandes de la industria artística, eso sí que es cómico, y a la larga termina siendo lo mismo que hacen los que tienen la sartén por el mango, como los que mencioné anteriormente, como Washington, como Bruselas, como los bancos, como los fondos buitres, como los grandes medios de comunicación, como los partidos eternamente arrebujados en el sillón de los mandatos, que siendo Drácula acusan al mosquito por chupar sangre.

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Una historia posible

febrero 4, 2015 at 11:08 pm (Los Otros, Uno que cuenta)

Poco importa a dónde me dirigía o qué me impulsaba a estar conduciendo por una ruta ya entrada la noche. Sí es relevante el cansancio que me aquejaba y que me indujo a detenerme en el primer pueblo que vi. Lo mejor sería comer y beber algo, y dormir para continuar el trayecto más fresco. Reservé una habitación en una posada que tenía más de guarida que de hospedaje. Pedí algo para comer, nada demasiado elaborado, y un vaso de vino. Las mesas ya estaban recogidas, aunque faltaba más de una hora para la medianoche, así que me senté frente a la barra. En el bar no había más nadie que una mujer que se fue nada más servida mi comida, el cantinero, que era a su vez el dueño del albergue, y que tampoco tardó en desaparecer una vez dada la explicación de cómo encontrar mi cuarto, y un parroquiano que bebía en la barra a una distancia de dos asientos de mí. Precisamente de él provino la voz que comenzó un relato que no pedí pero que con el transcurrir no pude evitar oír. «¿Quiere que le cuente algo?», preguntó y antes de saber mi respuesta continuó:
Arnold«¿Pero dónde están mis modales? Permítame presentarme. Me llamo Arnold Laeri; soy escritor… Más bien aspiro a serlo, o alguna vez lo fui, aunque algunos premios regionales no sean garantía de la última aseveración. Sin embargo, hace algún tiempo vislumbré la posibilidad de convertirme en un verdadero escritor cuando tuve o creí tener entre mis manos, latente y palpitante, el corazón de una gran historia. Hace poco más de cinco años recibí una encomienda, un paquete que provenía de un pariente lejano por parte de mi madre, que Dios la tenga en su gloria. Poco sabía de él hasta ese momento en el que averigüé sólo un poco más: se había muerto. El tipo tenía títulos nobiliarios y una gran fortuna de la que no recibí absolutamente nada, excepto el paquete que contenía un medallón y una nota en francés. La nota decía: De mí no esperes más que este obsequio, pues es mucho más de lo que otros jamás recibirán. Teniendo en cuenta que había en el mundo millones de personas que de él no recibirían absolutamente nada, la nota no carecía de razón. El medallón, o lo que fuera eso, no parecía un trabajo de orfebrería sino más bien una pieza de una máquina, un engranaje dorado con una esfera roja en el centro, del que no tardé en cerciorarme que carecía de valor en el mercado, ni oro ni rubí ni nada; el tasador me dio a entender que incluso valía más la correa que lo sujetaba que la pieza en sí. Sin embargo se le pasó algo por alto: si uno hacía girar la pieza, en el interior de la esfera se formaba un dibujo en plateado, aunque no se formaba de una sola vez sino que uno lo terminaba formando o intuyendo por el recorrido del halo plateado; era un ocho acostado, el infinito, pero según la incidencia de la luz exterior a veces aparecía la cabeza de una serpiente o de un dragón oriental encabezando el recorrido del trazo aunque este dibujo no tuviera ni principio ni fin; la serpiente que se muerde indefinidamente la cola. Un dibujo normal, mediocre, usado hasta el hartazgo y con más pretensión que originalidad; eso y la calidad del material lo convertían en un objeto ni siquiera digno de ser vendido como una bagatela. No había pilas ni baterías, pero el mecanismo no me llamó la atención más que por el hecho de considerarlo una broma de mal gusto de alguien que ni siquiera conocía y fue a parar a un cajón durante un tiempo.
»Pero es antojadizo el azar o porfiado el destino, y uno de los dos quiso que volviera a mi memoria el olvidado artefacto. Fue en un parque de diversiones, en una feria de atracciones. Esperando a una persona me distraje jugando con un rifle, aun sabiendo que están torcidos o con la mira desviada… es decir, sabiendo eso, intenté arreglármelas con ese margen de error. Agotados mis tiros, el de la tienda me dio a elegir entre unos objetos de pésimo gusto, y a punto estuve de llevarme una imitación a escala de una cabina telefónica londinense cuando vi el libro: Apuntes no tan secretos de la masonería en Francia, se llamaba. No me hubiese interesado el tema de no ser porque en la tapa, aunque pequeño y de fondo, aparecía el ofidio inacabable encerrado en un medallón igual o similar al que recibí. Elegí el libro, por supuesto. Sin embargo poco o nada decía del objeto, más bien era mencionado como al azar, aunque en varios pasajes se aludía directa o indirectamente al fallecido pariente lejano. Fue cuando comencé a sentir la punzada, el aguijón de la historia; me entusiasmé en creer que ese símbolo, esa baratija había llegado a mí como alguna señal inequívoca.
»Le ahorraré, compañero, algunas vivencias de mi largo periplo. Para resumir le diré que el libro había sido editado hacía poco más de dos décadas y la editorial ya no existía. Aquí viene toda esa larga parte que prometí ahorrarle (y no crea que no fue ardua) hasta que por fin pude dar y contactar con quien había escrito el libro, el antropólogo Saeb Armanian. Tuve que viajar a Inglaterra, que es donde vivía en ese momento. Me recibió con harta cordialidad y no dejaba de mirarme con cierto embeleso, expectante. Imaginé que quería ver el artefacto, pero me disculpé diciendo que había viajado sin él por temor a problemas en la aduana. Saeb asintió y condijo que había hecho bien o que quién sabía. No entendí a qué se refería pero no quise preguntar. Una vez acomodados en amplios y acogedores sillones Saeb me refirió:
Saeb“He cometido muchos pecados con el libro que tuvo en sus manos; no he indagado lo suficiente. Sin embargo estaba obsesionado con los masones y esa obsesión deslució los caminos que me hubiesen acercado a la verdad. Pero entiendo que no es la masonería lo que lo trajo a usted hasta Leeds, sino eso que usted llama medallón. Confieso que cuando escribí el libro pensé desacertadamente que ese medallón (lo llamaremos así de ahora en adelante puesto que su nominación no interfiere ni cambia nada de lo que voy a contarle), era un símbolo exclusivo de cierta agrupación poderosa, y me vi en la obligación de escribir un segundo libro con la intención de subsanar algunos errores gruesos del que usted leyó. En él describo, y me retracto de lo anterior, que no era una imagen propia de algunos grupos secretos de poder, puesto que algunas investigaciones me habían llevado a constatar que el medallón tuvo su aparición antes de la Revolución Francesa… Hay un grabado de la época, del que se desconoce el autor, donde una mujer harapienta sujeta el símbolo en medio de una muchedumbre. Y volví a asociar el medallón de forma errónea. El libro, ¡Dios es grande!, se halla hoy descatalogado, y en su primera y única tirada no contó con muchos ejemplares; tal vez quiera usted rastrearlo y dé con alguno de ellos, pero desde ya le advierto que consta de más equívocos que el primero.
”Recién editado mi segundo libro, en un congreso, tuve la oportunidad de cruzarme con el señor S.E. Radlon, un eminente historiador y arqueólogo, quizá haya oído hablar de él. Mi carrera empezaba su ascenso y quise congraciarme. Me acerqué para obsequiarle un ejemplar, pero me lo rechazó con violencia y me dijo: ‘¡Imbécil! Estás buscando lejos. No sólo en el lugar sino también en el tiempo’. Y se fue. Sólo le faltó darme con el paraguas en la cabeza antes de irse. Sentí que otra vez había equivocado el camino, que buscaba la verdad a través de un vidrio empañado, de unos lentes resquebrajados. No volví a publicar nada durante mucho tiempo, simplemente me aboqué a la mera investigación de la insignia, si es que era una insignia. Podría nombrarle ahora mismo los lugares y los años donde me llevaron mis exploraciones, mis estudios, mis rasguños desesperados sobre la superficie de las cosas, podría hablar de un utensilio de teatro en la época isabelina, de un tallado en el mástil de un barco pesquero holandés, de un haiku que tal vez lo refiera, pero serían simples naderías comparados con los hallazgos de Simon Emmett Radlon, que supo seguir las pistas del medallón hasta las vasijas egipcias del periodo Badariense, pasando por pentagramas apócrifos del Barroco, por un poema épico escrito en griego popular que lo menciona y describe y un mosaico que representa una escena religiosa donde uno de los fieles lo porta en el periodo Bizantino. También encontró referencias de este símbolo en los pueblos originarios de América. Pero esto no lo supe sino hasta mucho tiempo después. Durante los tres primeros años hice lo imposible por entrevistarme con Radlon, pero en cada oportunidad fui rechazado. Durante los siguientes tres años, Radlon simplemente desapareció del mapa, nadie supo más de él.
”Un día, pasados esos largos seis años, apareció sin más frente a mi casa. Tardé en reconocerlo con el pelo todo desgreñado y una barba que le tocaba el pecho, las ropas raídas y el cuerpo encorvado en nada me recordaban a aquel señor que fuera capaz de atizarme el cerebro con un paraguas que usaba a modo de bastón. Me preguntó si podía pasar cuando ya había atravesado el umbral de mi puerta. Ahí fue cuando me enteré: desplegó sobre mi mesa el cúmulo de sus investigaciones y me las enseñó sin jactancia, sin arrogancia, sin ganas, sin ilusión. Le pregunté si eso lo había mantenido alejado del mundo durante este último tiempo y me miró con ternura, casi con lástima. Me dijo que no, que contaba con eso desde hacía mucho tiempo, incluso antes de nuestro primer encuentro. Lo miré atónito y le pregunté si sabía todo el esfuerzo y tiempo que me habría ahorrado si el hubiese mencionado todos sus hallazgos antes. Me miró condolido pero sin rastro de culpa o arrepentimiento y me contestó:
Radlon‘De verdad lo lamento, muchacho, no lo sabía. No imaginé aquella vez que usted se abocaría al estudio de ese artefacto demoníaco, lo mío fue más bien un reproche, un no-vuelva-a-hacerlo… Incluso yo ya había abandonado mis investigaciones para esa época y no pensé que tuvieran ninguna utilidad. Me preguntaba, usted, qué era lo que me había alejado del mundo en estos últimos años. Estaba investigando sobre algo más relacionado a mi campo de estudio; y no tendré inconveniente en enseñárselo llegado el momento, porque supongo que ahora se estará preguntando qué me hizo pensar que la pista de ese artefacto no correspondía con mi campo siendo yo arqueólogo e historiador. Se lo contaré antes que su impaciencia termine de germinar. Más bien le leeré una carta que me envió el astrónomo Timofei Vygotsky cuando yo todavía seguía la pista del artefacto. La epístola dice:

Estimado Profesor S.E. Radlon:
Me alegra y enorgullece saber que sus estudios están bien encaminados, sus hallazgos son impactantes. La única salvedad que me gustaría reconocerle es que sus estudios no dejan de ser solamente terrestres. Me refiero a que no indagó más allá del globo terráqueo. Me explicaré mejor. Estará usted al tanto de los denominados Agujeros de Gusano. No dudo de su inteligencia y sé que habrá entendido que mi hipótesis acerca del artefacto en cuestión radica en los viajes espacio-temporales. Deducirá también que esta teoría implica que, técnicamente, el artefacto aún no fue creado, más bien será creado en un tiempo futuro donde los viajes al espacio sean moneda más corriente que en estos tiempos que corren. O bien, que el artefacto ya fue creado, pero todavía no viajó. Sé que lo que escribo puede resultar contradictorio, pero tengo la certeza que usted me está bien interpretando; es decir: que usted tenga noticias de dicho símbolo se debe a que alguien que seguramente aún no nació se lo hizo conocer. O puede que sea contemporáneo pero de un universo paralelo. Pero existe otra posibilidad, una posibilidad en la que no sea necesario un viaje por el espacio, porque sería el mismo artefacto quien abriera la puerta, el pasadizo hacia otro tiempo u otro mundo. Timofei¿Y sabe cómo se me antoja esta hipótesis que tal vez usted considere descabellada? Porque cada uno de sus hallazgos corresponde a una constelación, es decir, que de alguna manera, cada constelación es en sí una coordenada en la tierra, tanto espacial como temporal. Pero no es tan simple, porque no debemos guiarnos sólo por las constelaciones actuales sino por todas aquellas que el imaginario popular fue creando en el transcurso del tiempo. Por ejemplo, una de las constelaciones de El Zodíaco, imaginada o trazada en el siglo VI a.C. Me dio el punto exacto donde fue hallada esa vasija del egipcio periodo badariense que usted consta en uno de sus informes. Podría decirle, verbigracia, que la constelación Cygnus me lleva, según mis cálculos, a una fecha de 1627 donde hubo un teatro inglés; en ese lugar y aproximadamente en esos días, se estrenó la obra The English Traveller, de Thomas Heywood, aunque esto quizá no podamos comprobarlo aún, y aunque el dato histórico quizá no signifique absolutamente nada. Sin embargo es necesario que también sepa de mi encuentro y del aporte que el señor Raymond Welshman me hiciera hace unos meses. Él sostenía que…

»La carta nos remite a la hipótesis de vida extraterrestre, y ésta a su vez nos lleva a un episodio de vampirismo, que a su vez nos conduce a un mundo futuro dominado por lagartos evolucionados, que a su vez refiere a otras historias que se encadenan y que hacen escasas y finitas las variedades de comillas, corchetes, llaves y otros signos de puntuación, e inoperante la gramática a la hora e contarlo. Se da cuenta de esto, compañero. Una espiral de historias cada vez más inverosímiles y un libro sin escribir: el mío; el que pensaba me convertiría en un escritor, en un escritor de ficción.»
Así concluía Arnold Laeri su periplo: le invité otro vaso de whisky de una botella que le había solicitado con anterioridad al cantinero, cuando todavía me relataba su encuentro con Saeb Armanian. Se lo bebió en un suspiro y volví a servirle. Laeri continuó su soliloquio autocomplaciente unos cinco minutos más y luego cayó desarmado, completamente desmayado sobre la barra. Miré en busca de ayuda, pero no localicé ni al cantinero ni a la mujer. Pensé que esas cosas sucedían cotidianamente. ElOtroQuise erguir y despabilar al escritor pero fue imposible, no reaccionaba. Como había imaginado, encontré el medallón en el bolsillo interior izquierdo de su saco. Pagué mi cena, el whisky y la habitación donde nunca descansaría. A pesar del cansancio continué mi viaje, una mano al volante y la otra aferrada al bolsillo externo de mi chaqueta, donde palpitaba incansable el medallón y una historia posible.

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