Informe de la situación XV

enero 26, 2014 at 12:30 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea), Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira), Uno que siempre es Otro)

…y, aunque la fama se juega,

el que por gusto navega

no debe temerle al mar.”

El Moreno. Martín Fierro

Prensa amarilla

Prensa amarilla

A Nadie le extrañó las ausencias de Gauna y Errolan; y no era de extrañar pues ambos se encuentran en algún punto del norte de Argentina… Además que nunca concurrieron a ninguna reunión efectuada en las oficinas de este blog. Tampoco extrañó la falta de Vergara debido a que Quién sabe dónde anda ahora; Alguno dijo que creía que andaba por Toledo, pero Otro lo interrumpió diciendo que era poco probable, ya que siempre se estaba moviendo. Sí fue motivo de sorpresa la presencia del Licenciado Nolrad Leira, que tampoco acostumbra a asistir y que seguramente se habría eqivocado. Ninguno notó la demora de Irtzuberea, que media hora más tarde aparecía con un periódico bajo el brazo y advertía que si Alguien quería ocupar el baño, se esperara unos minutos. Su consejo casi no es oído debido a los gritos que profiere en esos momentos S.R., nuestro acreditado Director. Irtzuberea pregunta qué fue lo que se perdió y Uno, sotto voce, explica que la enajenación viene otra vez por el dichoso concurso de blogs de 20 Minutos. “¿No tuvimos ya esta charla?”, pregunta acertadamente Irtzuberea. Uno simplemente levanta los hombros al son de las cejas y explica que no es por no ganar, porque el Director es capaz de aceptar que no hacemos el mejor blog del mundo ni nada parecido, sino porque ve anomalías, ya que vio por algún medio que llamaban a inscribirse y Nadie, en este blog, había tenido noticias del periodo de inscripción, como sí habíamos sido avisados en años anteriores, pero que el año pasado sí nos habían mandado la notificación de inscripción, y luego no volvimos a tener noticias, como sí habíamos tenido en años anteriores, y patatín patatán, y Alguno tuvo la ocurrencia de decir que quizá nuestro criterio editorial no concordaba con el del periódico organizador, a lo que el Director, estallando, dijo que de qué criterio editorial le hablábamos, si este espacio no era más que una recolección de vivencias personales acordes solamente al grado de onanismo de sus colaboradores. Irtzuberea, convencido de su derecho a interrumpir, alegó que Quién querría ganar un premio otorgado por un periódico como ése (y puso sobre la mesa, a la vista de todos, el ejemplar que traía bajo el brazo), que pone en primera plana, ocupando la mitad de la página, la foto de un muerto que lleva así más de un mes, a juzgar por su estado, para culpar y estigmatizar al ejército sirio, siendo que en ninguna de sus páginas, ni en las de ése día ni en las de ningún otro, hablan de las matanzas de los rebeldes patrocinados, hasta hace poco (o eso mienten), por Estados Unidos y por la Comunidad Europea, y que nada dicen de Qatar y Arabia Saudita, también mecenas de mercenarios, y eso cuando intentan hacerse los periodistas serios, porque si no es una foto de dibujos animados de gran audiencia y… Pero más convencido de su derecho a interrumpir se halla nuestro Director que grita a los cuatro vientos que le importa un bledo la integridad y la honestidad intelectual de esos espurios medios de comunicación, sino que el premio que otorgan serviría para introducir ciertas mejoras en este blog, a lo que, envalentonado por el discurso de Irtzuberea, Alguno se anima a decir que esa miseria que ofrecen de premio difícilmente alcance siquiera para saldar las deudas que “este blog” tiene con sus colaboradores, al tiempo que Otro se lanza, con unos reflejos de felino, a sujetar al Director para que no le rompa la cara Alguno.

Tata-MartinoMientras el caos se desata, Irtzuberea aprovecha para acercarse y saludar afectuosamente al Licenciado Leira. En menos que cante un gallo, ya se encuentran hablando como si no pasara nada. Irtzuberea dice que el fútbol europeo, el europeo en general, ¡bah!, son exitistas, y que así escriben su prontuario gente como Guardiola y Mourinho, pero que a él le parece extraordinario lo que está haciendo Martino, y no sólo por abrir las posibilidades de juego del Barça y brindar más salidas y soluciones que solamente tener la pelota hasta que el contrario se canse y se aburra, sino que además hace jugar, y hace jugar bien, a todos los jugadores opacados o que no le encontraban la vuelta los dos seleccionadores anteriores, como Tello, Alexis, otros chicos de las inferiores, incluso el mismo Fàbregas, y que eso hace que el Barça sea mucho menos Messi-dependiente, y que lamenta que la afición no sepa reconocerlo si no es a cambio de títulos y copas, porque eso demuestra que no les interesa el fútbol sino el reconocimiento internacional que pueden lograr gracias (o no) al fútbol, y que tal vez por eso se la pensaran más de una vez a la hora de contratar a Bielsa, y que por eso Menotti pasó por estos lados sin pena ni gloria, pero sobre todo sin gloria, y que el fútbol se debe disfrutar en una cancha, no en una vitrina… Y ni hablar del lujo que significa verlo y oírlo en las ruedas de prensa que…

Justo en ese momento, llevado por el sentimiento de que no lo tomaban en serio (al parecer de Uno), el Director, soltándose bruscamente de la sujeción de Otro, e ignorando olímpicamente a Alguno, pregunta sarcásticamente hacia donde se encuentran Leira e Irtzuberea qué era eso tan relevante que debía ser tratado en susurros, pero que no respondieran, que lo dejaran adivinar: se lleva la mano a la frente en esa parodia de concentración como Quien sorbe algo extremadamente frío y luego dice que seguramente se trata de cómo mejorar y hacer más visible este blog. Sagazmente, el Licenciado Leira dice que precisamente era de eso de lo que hablaba con su compañero Irtzuberea. Y desarrolla: “Le adelantaba al Vasquito un informe que tengo entre manos. Surgió de una duda personal. Cualquiera en esta sala conoce la leyenda de que cuando los hermanos Lumière estrenaron L’ Arrivée d’un train à La Ciotat, los espectadores salieron corriendo, asustados porque pensaban que la locomotora de la pantalla arrasaría con ellos. Bien. También estarán al tanto de aquella emisión radial de La guerra de los mundos, de Orson Welles, que provocó el pánico y la conmoción en la audiencia. Pienso que en este último caso es factible la agitación del oyente, puesto que sólo se halla expuesto a su sentido auditivo y el resto es rellenado por la propia imaginación; no es difícil demostrar que damos por cierto cualquier cosa que hayamos oído de un medio de comunicación. Pero es diferente si analizamos la filmación de los Lumière, y el alboroto que se produjo, por una sencilla razón: los seres humanos solemos ver la vida en colores. Y resulta extraño que alguien se espante ante una imagen, que por más real que pudiera parecer, se nos presenta descolorida, solamente en tonos de grises. ¿Cómo alguien no pudo sospechar el engaño ante un cielo color perla o blanco y un terraplén del mismo color que el cielo? De esta pregunta infiero dos cosas: uno, que todos los espectadores que salieron corriendo eran hámsters; dos, que todos los espectadores que salieron corriendo padecían acromatopsia, más vulgarmente conocida como monocromatismo, pues aun encontrándose en la oscuridad de una sala de cine les quedaría el recuerdo de los colores que perciben en el día a día. cebraCabe en este estudio una tercera posibilidad, y acá es donde empezamos a hablar de los medios de comunicación: puede ser que sólo uno de los espectadores sufriera acromatopsia, o fuera un hámster, y que su terror, su pánico al ver que un tren se le venía encima lo hiciera gritar desesperadamente y salir corriendo, contagiando y transmitiendo así la histeria al resto de la concurrencia”.

Los rumores en los que se presumen alabanzas comienzan a acrecentarse, pero son interrumpidos en seco por S.R., que con la autoridad que le confiere su chapa de Director pregunta: “Y díganos, señor Licenciado, ¿cuándo podremos iluminarnos con los resultados de tan destacado estudio?”. “Ya estoy acabando, jefecito”, contesta humildemente Nolrad Leira, y retoma, susurrando, con un dejo de picardía en su mirada cansada, la conversación de fútbol que mantenía con Irtzuberea, mientras nuestro reputado Director se ve moralmente debilitado para proseguir su retahíla de insultos y sermones.

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Cuernos de toro y orejas de burro

enero 19, 2014 at 3:36 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Cruzamos el Río Tajo a pie, por un puente que se llamaba algo así como Jesús Vega, o algo parecido. Menezes me sugirió que era mejor dejar el auto escondido donde estaba. Ya había perdido un auto y ahora se proponía abandonar otro. No entendía, pero tampoco quise enterarme mucho; ya estábamos en Toledo. ¿Para qué? No tengo la menor idea, pero estaba bien saber que estábamos en algún lado. Otra vez era de noche. Buscamos un bar para comer y tomar algo. Le dije a Menezes que a veces era demasiado decido como para ser portugués. Me preguntó que en qué me basaba para esa sentencia. “No sé, lo sostiene Pereira”, bromeé para evitar tener que pensar una respuesta.

Pinocho_BurroYa en el bar, y una vez comidos y medio bebidos, las charlas que acostumbrábamos se encendían. Gran error, si tenemos en cuenta que todo se espía, que todo se sabe, y que el pusilánime y caradura de Obama promete no dejar de espiar, pero hace una excepción con algunos “amigos”, a los que venía espiando, pero que no es para calentarse, total, “¿somos amigos o no somos amigos?”. Mirá que hay negro buenos, pero justo tenía que ser presidente este desgraciado. Desde ya y desde este bar hago una premonición: seguro gana el Oscar la película 12 años de esclavitud, y no porque sea buenísima y esté bien hecha, sino porque al establisment le viene de perillas, porque le conviene que de cuando en cuando ganen negros y latinos, para poder seguir diciendo al mundo que USA es una tierra de oportunidades; y no les importa que el mensaje de la película sea lo mal que trataron a los esclavos, sino que los descendientes de esos esclavos ahora pueden caminar por la alfombra roja. ¡Descarados!

Pero no hablábamos de eso. En realidad, le comentaba a Menezes que, para mí, el problema de España (y lo hago extensible al cualquier país que le caiga el sombrero) era la ignorancia, pero no la ignorancia en general, que a un gran Reino como España poco puede importarle saber las capitales del resto del mundo ni las leyes básicas de la matemática y la aritmética, sino el particular desconocimiento de la ortografía. Y que por eso, cuando creían estar en la cima, porque el pelandrún de Rajoy se los decía (o cualquiera de los otros pelandrunes a los que estaban y están acostumbrados los españoles), no podían ver que en realidad se encontraban en la sima. Menezes, siendo portugués, me miraba como quien escucha llover, sin prestar atención al juego de palabras, pero sucedió que alguien nos escuchaba (¡cómo no!). Resulta que el tipejo se levantó de su mesa y con una lisonja a mi comentario se sentó a nuestro lado a participar del debate. Ni a mí ni a Menezes nos importó el inoportuno. Se presentó como Marc Dalmau Serra: catalán, aclaró, como para hacer ver que él nada había tenido que ver con que esos malandras gobernaran España. Con Milton Menezes nos miramos y nos dimos a entender que no podía ser peligroso un catalán en Toledo, así que yo continué con mi teoría de la ignorancia ortográfica. Dije que el problema principal radicaba en que los gobernantes actuales habían sido votados y no botados. Silencio. Ni Menezes ni Dalmau Serra entendieron la ironía, y eso que tuve especial reparo en pronunciar “votados” dentalmente y “botados” labialmente. Con mi mano hice la pantomima de “votar” introduciendo un sobre imaginario en una urna imaginaria, y luego remarqué la diferencia con “botar” haciendo un gesto con la misma mano como si expulsara algo. Viéndolo a la distancia, el gesto y el movimiento de muñeca es bastante parecido, sólo que en el acto de “botar” la mano se abre al final. En fin, no se entendió mi apreciación, y se los hice saber: les dije que gracias a esa ignorancia gramatical la industria gastronómica era lo mismo que la industria textil, porque la clase dominante ni come cocidos ni viste cosidos; come chino y viste nuevo, gracias a chinos cocidos y cosidos.

UrnaGracias al nuevo integrante de la conversación, la charla derivó en el hecho de la independencia catalana: Marc Dalmau Serra supo ser acérrimo defensor de la causa y comenzó a exponer sus argumentos. Pero no acababa de empezar cuando Menezes lo interrumpió diciendo: “La millor botiga del món”. Dalmau entendió el tono sarcástico del portugués y preguntó a qué se refería. Menezes le respondió que había un presupuesto de siete millones de euros destinados a una intervención urbanística en el Paseo de Gràcia, y que no creía que ese presupuesto ayudara a la gente de a pie sino a los mismos favorecidos de siempre, a la oligarquía o burguesía que llenaba sus bolsillos en esa zona, y entonces le preguntó de qué pueblo catalán le hablaba, siendo que lo único que se buscaba era una especie de emancipación clasista, para que todos los que podían pagarse un asiento en el Fútbol Club Barcelona pudieran decir, sin que se les caiga nada, que eran una Nación independiente con su propio idioma y con un equipo de fútbol que los representaría mundialmente, más allá de que sin una competencia real los Xavis, los Puyols, los Busquets, etcétera, los que, según el sentimiento nacional catalán, les hicieron ganar una copa del mundo a España, se agotarían en menos de dos años, dejando un seleccionado de fútbol incapaz de competir con un combinado escolar, sin importarles lo que el pueblo verdadero necesitase; “Una independencia de tribuna. Pero esa catalanidad sería sólo para esos pocos que pueden pagarla”, sentenció Menezes en un castellano claro. También habló que se trataba de una independencia que dejaba fuera a todos aquellos que no eran capaces o solventes como para comprar en el Paseo de Gràcia y que, paradójicamente, esas “botigas” que los llenaban de orgullo eran, en su mayoría, de capitales extranjeros que estaban absorbiendo y eliminando a las tiendas autóctonas, y que lo que estaban defendiendo era que la Marca Catalunya fuera una simple franquicia, como ya lo era su par, la Marca España.

Dalmau comenzó a enervarse, pero sin perder las formas, el seny, dio a entender que quizás no entendía del todo la situación por ser de afuera, lo que me pareció un verdadero error, sobre todo si tenemos en cuenta que hablaba con dos de afuera, pero más si tenemos en cuenta que desde adentro tampoco se ve tan claro. Supe que Dalmau Serra nunca iba a entender lo adentro o lo afuera que estaba, y antes que Menezes se exasperara (o yo), pagué lo que habíamos consumido y nos despedimos de Dalmau. Milton no quería irse, quería que antes el catalán lo entendiera, que entrara en su razón. No valía la pena.

Cabe aclarar que saqué, casi a rastras de ese bar, a Milton Menezes, no porque estuviera en desacuerdo con sus postulados, sino porque quería evitar un quilombo a menos de tres kilómetros donde habíamos dejado, abandonado, un auto quizás robado. Además debíamos buscar un lugar donde pasar la noche, despojados ya de nuestra pensión de cuatro ruedas. En el camino le señalé a Menezes que tal vez había sido algo duro con el talanca, y que no podía generalizar, ya que habría gente preocupada por esos otros invisibles, los que no eran habitués de los alrededores de la Plaza Catalunya. “Certamente”, me respondió, “pero ése no era de ésos”.

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Más breves que bravos

enero 17, 2014 at 7:45 pm (Los Otros)

Ni lerdo ni perezoso

Las cáscaras de semillas de girasol estaban desparramadas sobre el suelo, justo debajo del pupitre de Nico. Era extraño porque Nico había perfeccionado un método que consistía en vaciar el paquete de semillas en el bolsillo izquierdo del guardapolvo, para luego ir sacando, con la mano afín, sigilosa y silenciosamente, de a una, la semilla que se colocaba entre dientes, mordía suavemente y retiraba la cáscara con la diestra para dejar la cáscara en el bolsillo de la derecha, dispuesto exclusivamente para tal fin, y que luego descargaba a la salida del colegio. La técnica no sólo contribuía a la limpieza del aula sino que también evitaba tener que compartir las semillas de girasol, puesto que pocas veces sus compañeros notaban que las estaba comiendo.

AlumnoTerminó de esparcirlas un brusco movimiento de pies, producto del sobresalto que le provocó el timbre de salida. Nico no se apuró en recoger sus útiles. La algarabía, el bullicio parecía mayor al de otros días. El aula se fue vaciando; quedaron los más lerdos terminando de copiar del pizarrón las tareas para el día siguiente. Entre ellos se encontraba Nico. Esto tampoco era muy habitual, porque si bien no era el alumno más aplicado de la clase, solía hacer lo mínimo indispensable como para no tener que exponerse a dar excusas frente a la maestra, el director o sus padres. Poco a poco fue quedando solo, el cuaderno abierto, la lapicera inmóvil en la mano derecha, la que esta vez no había utilizado para descascarar semillas.

Extrañada por la conducta de Nico, la maestra se acercó y le preguntó si le pasaba algo. “Nada, estaba terminando de copiar, me distraje un poquito”, disimuló; viendo que la tarea ya estaba copiada, la maestra lo reprendió cariñosamente: “¡Vamos, remolón!: a casa entonces”. Hubiese deseado que su maestra viera el chancherío que había dejado en el suelo y le prohibiese irse hasta que no barriera y dejara su sitio en condiciones, pero tal vez porque no vio las cáscaras en el suelo, o tal vez porque tenía más ganas de llegar a su casa que el propio Nico, no le dijo nada.

Mientras guardaba sus útiles en la mochila pensó en lo lejos que quedaba el día para entregar las tareas, el día siguiente, pero quiso que ya fuese ese día, aunque se ganara un aplazo por no haberlas hecho. También deseó que fuera el último recreo de ese día, el que ya había pasado, donde Alina, la compañerita que a él le gustaba, lo miró con tanta admiración como gratitud y le abrió una puerta, una esperanza, esa tierna y efímera posibilidad que es suficiente para la candidez de un niño. Quiso volver a ese momento, justo a ese instante eterno y anterior a que Raulito, alias Choño, ese pequeño boceto de rufián dos años mayor que él, le advirtiera: “Te espero a la salida”.

El obediente

Artemio Acevedo Flores, tal vez más conocido como el Casanova de Apolinario Saravia, ya no se preguntaba por qué había sido invitado sino por qué concurría a la boda cuando segundos antes de ingresar al templo vio detenerse el coche que llevaba a la novia. Se quedó parado, casi congelado. Vio cómo le abrían la puerta y la ayudaban a descender con su amplio y blanco vestido; vio como ella se soltaba suavemente de quienes intentaban ayudarla y se dirigía hacia él; se desvió apenas de su recorrido para saludarlo con dos besos, uno para cada mejilla; la mejilla de Artemio que daba hacia la pared sintió la suave brisa de un susurro: “Sólo un gesto, dame sólo una palabra y esta boda no termina… ¡te lo juro!”. Luego vio cómo la novia extendía delicadamente una mano hacia su padre para ser conducida hasta el altar.

CasanovaEl Casanova de Apolinario Saravia vio la larga cola del vestido arrastrarse por la alfombra roja, y detrás de ella vio sus piernas largas y descubiertas en un parque, vio sus manos igual de delicadas sobre una o varias mesas de una o varias confiterías, vio su espalda una y otra vez, sus senos apretados contra las sábanas, sus hombros redondos, el principio y el final de su cuello, y vio y repasó cada una de las innumerables expresiones que ella le había regalado. Dejó de ver cuando el cura lo sobresaltó con la frase más ajada del cine romántico: “…algún impedimento, que hable ahora o calle para siempre”.

Artemio Acevedo Flores ya no se preguntaba por qué había sido invitado a la boda sino qué hacía escondido detrás de un árbol sobre la vereda del frente cuando el resto de invitados se agolpaba en la puerta de la iglesia a esperar a la novia. Se quedó parado, casi petrificado. La vio aparecer entre una lluvia de pétalos y creyó ver que lo buscaba entre el alborotado gentío con la mirada. Esperó que la concurrencia se dispersara y desapareció sin ser visto.

Perdió u olvidó su fama. Sin embargo no son pocas las voces que creen haberlo visto en altas horas de la noche, siempre detrás del árbol frente a la iglesia, estático como su propia sombra, a Artemio Acevedo Flores, tal vez más conocido como el Mudo de Apolinario Saravia.

(N del E: Relatos extraídos del libro Más breves que bravos, de Ariel Chocaklián, 2007; Editorial Balderrama.)

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Hasta qué punto digo mis líneas, director

enero 11, 2014 at 10:53 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

¡Y pasaron nomás las Fiestas! El mundo vuelve a la normalidad. Cualquiera sabe que el tiempo es uno y sucesivo, pero aún así se establecen estas fechas del año para que volvamos a desparramar las esperanzas sobre el tapete, como si en la segunda quincena de diciembre se quebrara la inercia. Inútil es tratar de pasar estos días como otros cualquiera: un mundo afuera se mueve aceleradamente empujándote hacia el consumismo, los balances y un escenario donde se está conminado a pasarla mejor que el resto del año. Claro que tremendo esfuerzo económico y emocional nos deja totalmente debilitados para empezar ningún año y nos cuesta volver a empujar la piedra del tiempo, para que recupere el movimiento que le frenamos.

3En el almuerzo familiar de Navidad comenté que los villancicos me parecían tristes, ante la sorpresa y casi el escándalo de los que me escuchaban, que no alcanzaban a vislumbrar por qué unas melodías de unión, amor y esperanza a mí me entristecían. La primera explicación que vino a mi cabeza era que los villancicos eran otra de las invenciones, de las ocurrencias que el hemisferio norte trata de inocular a la fuerza a los del hemisferio sur, pero no me pareció una explicación oportuna, así que opté por una que no es menos cierta, pero que no hería ninguna susceptibilidad; les dije que los villancicos eran canciones de invierno, tonadas de nieve y frío que poco condecían con la época del año en que yo acostumbré a pasar la Fiestas en el hemisferio sur, que en todo caso, allí había villancicos más autóctonos, que conocí, escuché y disfruté (aún hoy lo hago) por una inclinación folklórica más que con un sentido navideño. Con respecto a los villancicos comunes, los aborrezco porque aparte de invernales, suenan de fondo en todos los comercios, alterando solapada y a la vez abiertamente la conducta de todos los viandantes, volviéndolos también infernales.

Y así nos enchufan cancionetas, y así nos enchufan un gordo barbudo que, si repartiera con igualdad en ambos hemisferios, volvería a su casa en el Polo Norte con diez kilos menos y al borde de la deshidratación, vestido como le gusta ir al gordo. Pero todos sabemos que el trabajo fuerte de Papá Noel sucede por encima del Ecuador; abajo van las sobras, y seguramente terceriza el reparto. Y así nos meten que Cristo es rubio y de ojos celestes, que tiene la cara de Robert Powell, porque es evidente que alguien que le deseaba tanto bien a la humanidad no podía ser un moreno ni un negro ni un amarillo de sombrías intenciones; la claridad y luz de un pensamiento se traduce en la pigmentación cutánea… ¡y lo que darían los comercios, los negociados de hoy en día en occidente porque Cristo hubiera sido sueco, noruego, alemán o estadounidense…! ¿Cómo harían para vender hoy un Cristo de rasgos árabes?

Por supuesto que no consideré oportuno ponerme a explicarle esto a mi hija de dos años, pero como vi que los pesebres le llamaban la atención, también construimos uno en casa; salíamos a pasear y ella se quedaba un rato observando los pesebres armados en distintos locales. A mí me llamó la atención el de una sucursal del Deutsche Bank, a la vuelta de mi casa. Un pesebre normal, modesto, con la vaca y el burro echados, con un rozagante y rubio bebé, con una bandera catalana en el techo para contentar a la comunidad local, una oveja caída, “un gallo y una galla”, según la mirada de mi nena, la más chiquita, un José al que parece no importarle la infidelidad y una abnegada y calma María sin ninguna muestra de haber recién parido, como si el Niño Dios hubiera nacido de un huevo. Normal: un pesebre como cualquiera. Pero el detalle, que no creo que en esta institución haya sido un descuido, está en los Reyes Magos: mientras que Melchor y Gaspar, los caucásicos, cabalgan sus sendos camellos, Baltazar, el negro, va a pie, llevando de las bridas un camello que para la entidad bancaria alemana seguramente es más caro y primordial que el tercer Rey Mago. Sin embargo, compramos todos los buzones que nos venden, desde la fertilidad supraterrenal de una paloma hasta el himen intacto de una embarazada.

Nosotros armamos el pesebre con lo que teníamos: esto es con Mamá y Papá Pig como María y José; los Reyes Magos fueron solucionados con tres muñequitos de indios, mejor dicho, de pueblos originarios, y una Maggie Simpson como Niñita Dios, que si bien es rubia, para conformidad de occidente, también es mujer, para disgusto de oriente y occidente.

1Hablando de magos y de lo que nos tragamos con papas, se me ocurrió un plan tremendo para todos los malandrines y estafadores que adivinan el futuro y proponen salidas a futuro por televisión. Esta especie de cooperativa nigromántica que tengo en mente seguramente aumentaría la rentabilidad no sólo de cada uno de los atorrantes que conducen y producen los programas, sino la mía, pero no me parece prudente; no me sentiría cómodo. Quizá porque tengo al menos un idea vaga del lado que quiero estar, porque sé de qué lado no quiero estar. Pienso en lo bastardo que se volvió el periodismo… en realidad, todo se volvió espurio, y lo peor es que esa simulación, esa falsedad está legitimada. ¿Cómo puede salir un egresado en medicina, con qué o cuáles conocimientos si sus estudios, sus congresos, etcétera, etcétera, están patrocinados por las mismas farmaceúticas que esconden un producto por barato y eficiente y lucran con drogas de las que nadie sabe nada? ¿Cómo un estudiante de Ciencias Económicas? Por supuesto, defendiendo una implantación innecesaria de una prótesis acordada entre el doctor, un tercero (que no es precisamente el paciente) y la empresa que la produce; por supuesto, defendiendo a capa y espada el error tremendo y neoliberal, la excusa del libre mercado. Porque después de hacer leña y fuego del árbol caído, es necesario apagarlo… echando alcohol, encima. Lo del periodismo no es diferente: si un ochenta por ciento de los medios de comunicación defiende los intereses de ese poco por ciento que ostenta la riqueza mundial, imaginémonos la cantidad de putones verbeneros que juegan a ser los adalides de la verdad. Puedo creer en la ingenuidad de algunos, en la necesidad económica de otros. Pero los hay que son lacayos a gusto y conciencia, y les encanta su papel de repetidoras del discurso dominante. Y claro que obtienen su tajada, pero a fuerza de qué: de ser más leña en esa hoguera de vanidades.

He mencionado tres profesiones de gran influencia social, pero en este momento enfoco mis dudas en una profesión que no tiene tanta incidencia social, al menos no en forma tan directa: la de actor. Me acordaba que Denzel Washington se negaba a besar a mujeres blancas. Este hecho es algo paradójico, para mi gusto, puesto que Washington es uno de los pocos actores que se ha librado de hacer de negro en las películas (como Andy García se libró de hacer de traficante latinoamericano). Entonces, si el prejuicioso Hollywood le abrió la oportunidad de hacer de abogado, soldado o luchador por los derechos humanos, y no de abogado negro, soldado negro, etcétera, ¿por qué la negativa de índole racial para el amor? Por supuesto que este rumor debe ser parte de la mitología detrás de los bastidores, pero de ser cierto, ¿por qué Washington se niega a un personaje tolerante ante la diferencia racial y acepta el de un abogado homofóbico e intolerante ante la diferencia sexual? ¿Hasta dónde un actor es responsable de los papeles que elige? No hablo de la payasada a punto de estrenarse en la que Stallone y De Niro se pelean interpretando a Rocky y a Jake La Mota, respectivamente, porque ver a dos sesentones apalizándose sobre un ring no molesta a nadie, pero en el caso de Meryl Streep, por ejemplo. Ignoro su ideología, pero alguna vez la oí velar por los derechos humanos. Entonces, ¿está bien que acepte el papel y, de alguna manera, reivindique el rol de Margaret Thatcher? ¿Dormirá tranquila tras el halago de Cameron? Claro que puede ser que la actriz no tenga toda la responsabilidad y que la bajada de línea se haya dado en la post-producción, pero no creo, por ejemplo, que Susan Sarandon hubiera aceptado ese papel.

No la vi, pero seguramente la oportuna, la advenediza película de Mandela nos muestre un mandatario descafeinado, un estadista digno de la cartelería de Hollywood. No nos preocupemos: seguramente se espera el próximo estreno del biopic del buenazo de Ariel Sharon, todo un ejemplo para la moral occidental, héroe de varias guerras y otras tantas escaramuzas, y que, por supuesto, nada tuvo que ver con la muerte de Yasser Arafat, que ingirió Polonio durante años sólo por accidente. ¿Estará dispuesto Alan Arkin a vender su conciencia por un Oscar? ¿Cuánta gente hay dispuesta a aceptar un Oscar sabiendo lo que esa industria significa?

2Ahora imaginemos un caso más o menos contrario: ¿Qué dirían de Charles Bronson si interpretara a Gadafi en una versión cinematográfica que no condice con la falacia que inventó ese ochenta por ciento de medios de comunicación? ¿O si el mismo Denzel Washington interpretar a un Obama mandando a dedo, cada martes, un drone que aniquile niños y mujeres inocentes en Afganistán? No me imagino a Sean Penn, a quien vi al lado de Chávez, haciendo de un presidente que desde la Casa Blanca salva al mundo del terrorismo internacional aliado a los marcianos. ¿Hasta qué punto un actor es ingenuo, necesita comer o es un lacayo dispuesto a los fundamentalismos católicos de Mel Gibson o los sionistas de Spielberg? ¿Hasta qué punto un actor es responsable de ser un soldado bueno y moral, que pone su vida en riesgo para salvar la humanidad o rescatar otro soldado bueno y moral frente a despiadados ejércitos alemanes, japoneses o rusos? En este sentido debo reconocer la importancia de George Clooney que, si bien hace tonterías pro yanquis como actor, es capaz de producir, y también actuar, películas con mensajes no del todo aprobados por el establishment. ¿Cuándo un actor deja de hacer cine para hacer publicidad sin darse cuenta, o dándose cuenta, pero no importándole? ¿Hasta que punto alguien elige ser periodista, economista, médico o actor por el reconocimiento, por dinero, por vanidad? ¿En qué punto de esta elección se olvidan de informar, favorecer a la sociedad, sanarla y entretenerla sin más? ¿En qué punto el arte es sólo una artesanía, una manualidad de la clase dominante? ¿En qué punto del tejido Penélope dejó de esperar y se enredó toda la trama?

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