Ese cerdo

diciembre 21, 2013 at 2:03 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Puede que al final del anuncio mi atención haya mermado, pero el resto promocionaba que el kilo de cochinillo salía a 7,49 euros, en tal o cual mercado. Al día siguiente me dirigí a uno de los establecimientos de tal o cual cadena de supermercado. Me acompañó mi nena, la más pequeña. La investigación me venía bien porque además tenía que comprar artículos de limpieza. Coincide que mi morada está en el punto que marca el centro entre dos establecimientos del mismo dicho supermercado; calculo que a la misma distancia exacta sólo que uno tiene la ida cuesta arriba mientras el otro la vuelta. Confié en que el de arriba (no hablo de Dios sino del súper que está más adentrado en la montaña) abastecería todas mis necesidades y la bajada aliviaría la carga de la compra. Resultó que al llegar, en la puerta nomás, un cartelito ponía, de oferta, el cochinillo a 9,25 el kilo. Se lo comenté a alguien del personal y no sabía nada del comercial. Decidí fijarme igualmente. Nada: dos chanchitos de aproximadamente cinco kilos a 9,25 el kilo. El margen de error, el equívoco en la comunicación interna de grandes negocios suele ser grande, así que decidí probar con el de más abajo (¡Que no! Que no es una patética versión de Fausto). Resultó que tampoco acataban el anuncio y el personal además aseguraba desconocerlo. Claro que la diferencia entre 7,49 y 9,25 resulta amplia en cinco kilos. Amén de la estafa. Opté por comprar solamente los artículos de limpieza.

HadesLa cola para pagar era larga. Trataba de mantener entretenida a mi nena para evitar tener que perseguirla. De reojo vi que los que estaban inmediatamente delante nuestro se salieron de la fila y se adelantaron a una caja contigua. Algo pasó entre éstos y la cliente que estaba delante de ellos, pero en una de esas oigo que el tipo que junto a sus hijas se había adelantado se pone a gritar. No sé qué pasó, pero en ese establecimiento precisamente a veces se forma una cola larga en vez de varias en cada caja (las dos últimas cajas no tienen casi espacio para la formación de colas, pues se hallan como en un recodo), al modo de las colas de migraciones o para hacer un check-in (para poner dos ejemplos que son válidos en espacios internacionales): una sola cola que avanza y que en un punto se desperdiga según las cajas o los puestos que se vayan liberando. El punto que en estos dos casos mencionados, es funcional y organizado, mientras que en este súper es un criadero especulativo y oportunista. De todas maneras no interesa saber quién estaba en lo cierto. El tipo, bien parecido, hay que reconocerlo, de unos cincuenta años, a juzgar más que nada por sus acompañantes que imaginé sus hijas y andarían por los dieciocho y veintiún años, simpaticón con las cajeras, pero más que nada porque sus rubores, los de las dependientas, lo vindican y legitiman. Bueno, este personaje de figurín cinematográfico, de maduro cantante de melódicos era el que estaba a los alaridos gritándole a la mujer que seguramente perdió el turno: que a él no le hablara, que se callara o que hablara con la pared. Me oí pegar un grito desde el último de la cola: “¡Eh! ¿Así tratás a todas las mujeres? No creo que no me haya escuchado, pero en ese momento también atendía a una señora que con torcida sonrisa condescendía y le pedía que no se amargara justo ahora que venían las Fiestas. Como el tipo se desentendía y se prodigaba en amable consejo de una completa desconocida, salió en defensa una de sus hijas que me hizo ver que yo estaba siendo injusto con su padre que en ningún momento había faltado el respeto. No pude imaginarme en qué momento algo empezaba a ser una falta de respeto para la chica, pero, como se dice, ponía el listón demasiado alto. Como la cosa no era con ella (reconozco que se dirigió a mí con educación; llegó a llamarme señor), y la caja siguiente a la que ellos ocupaban ahora, la última del recodo, parecía iba a desocuparse pronto, esquivé la afrenta con un “cómo que no” tajante.

Al final terminé saliendo del súper antes que cualquiera de los aquí implicados, sólo que al salir pasé por detrás del tipo y su hijas, yo acompañado de la mía. Algo balbuceó la hija que no alcancé a escuchar y noté que lo que yo creía apagado no lo estaba. Sí alcancé a entender algo del padre desde una voz que ya no era tan enérgica como hacía unos instantes: “Me lo dices a mí”, intentó conminarme en una pálida defensa varonil, pero además como queriendo hacer ver que yo había lanzado mi pregunta sólo para la escucha de si hija. “¡A vos te lo dije!”, me calenté. Algo me quiso contestar pero rebotó en mi mano alzada en posición de chocar los cinco si el interlocutor fuera de agrado, o de imaginario muro levantado por las fuerzas de una paciencia agotada: “Hablá con mi mano”, le dije. No oí qué me dijo, porque hablaba con un pudor dispar al que había expuesto antes, pero como no parecía que fuera a entender que mi postura ejecutaba la justicia retributiba del Código de Hammurabi, le expliqué que eso que en mí él creía una falta de respeto había sido lo mismo que hizo pero con la diferencia que su trato era hacia una mujer; volví a insinuarle que se dirigiera a mi mano y mi nena y yo salimos del súper de la mano.

hades1Me quedé pensando cómo un tipo, padre de mujeres, puede quedar tan tranquilo después de mandar a otra mujer a hablar con una pared. ¿Un tipo así no es capaz de pensar que el Código de Hammurabi puede actuar con una justicia que no fuera inmediata, sino que se tomara su tiempo para que luego, otro pelafustán cualquiera, mande a su hija a hablar con una columna? Hay otro dato que puede que no sea relevante, pero nunca se sabe: la mujer silenciada era china (me parece, aunque no lo aseguro), por lo que puede que no haya sido la misoginia quien impulsó al galancete al improperio, sino la xenofobia (conociendo el paño, puede que ambas). Puede que yo también haya sido impulsivo, no sabía qué había pasado entre ellos ni si la mujer dijo algo primero, pero la suya no me parecía actitud correcta, de todas maneras.

Por la tarde volví al súper porque había olvidado algo de vital importancia, nada más que esta vez fui sin la compañía de mi nena. Me atendió la misma cajera de la mañana y creí verle una mirada incriminadora, como si yo fuera el villano de la novela, como si hubiese atentado con ése que siempre tiene una sonrisa para con ellas. Mantuve la mirada, sin violencia, sin arrepentimiento. Ella no quiso, no fue capaz de llevar su juicio más allá. No me hubiese importado. Pensé que sería muy triste que el mundo (aunque el mundo abarque un barrio simplemente) estuviera habituado y considerara normal que se callara a las mujeres, que se las mandara a quejarse a un muro porque son indignas de una conversación o de un intercambio verbal… o a los extranjeros. ¿Qué mundo podría permitirse contener esa desagradable forma de ser?

El resto del día, pero sobre todo su noche, fue tranquilo. En estos días espero volver a dar con el anuncio, para cerciorarme sobre el valor inflado de un cerdo.

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