El lado de la fuerza

octubre 11, 2013 at 3:32 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

sauron_eyeTuve una infancia bastante dividida, lo que no es ninguna queja sino más bien una simple aclaración: la repartía entre la casa de mi mamá, la de mi viejo, que se separaron al poco tiempo de que naciera, la de mi abuela materna y la de mis abuelos paternos, en Chaco; en todas fui particularmente feliz.

La casa que supieron compartir mis padres, pero a la que en el párrafo anterior mencioné como la de mi mamá, se hallaba en la calle Las Golondrinas del barrio Bancario. La cualidad quizá más especial de esta calle es que era la última del barrio, es decir que, nomás cruzarla, uno accedía a un descampado en cuya una de sus porciones de terreno, se alzaba una fábrica de detergente o algo parecido. La fábrica en sí, es decir, el inmueble, lindaba con una ruta provincial perpendicular a Las Golondrinas y como a unos doscientos metros de mi casa, pero su terreno se extendía hasta la línea de nuestra vivienda, sólo que a unos sesenta metros ya adentrados en el descampado, y se alzaba sobre el nivel de suelo, no sé si soy claro en las coordenadas y en la descripción. La cosa es que, cruzando mi calle, y caminando aproximadamente cien pasos de niño, se elevaba un cuadrilátero a modo de represa que era como un recipiente de algún mineral o simplemente de lodo con algún mineral mezclado al que llamábamos la bórax, siendo que en esa nominación quizá hallásemos la respuesta. Más que una pendiente de tierra de dos metros no había ningún otro impedimento para que yo y otros niños arruináramos miles y miles de pares de zapatillas chapoteando en esa solución marrón. Aunque no siempre uno se hundía: a veces estaba seco y daba la impresión de desierto, de lejano oeste. Paralelo a mi calle, y al terminar esta represa había que cruzar un alambrado para encontrarnos en medio de una plantación de caña de azúcar, a la que luego seguía una de tabaco o algo con hojas grandes que no eran lechugas y luego, casi un kilómetro después, una zona frondosa con un arroyuelo de agua fresca y cristalina.

A lo que quiero llegar, es que para un niño, esa topografía era poco menos que un paraíso, y en ella se podían desarrollar las miles de aventuras. Uno de los juegos que más disfrutaba tenía que ver con el heroísmo o por lo menos con la temeridad del personaje que representábamos. El plural es porque la mayoría de las veces jugaba en compañía, y no porque no pudiera hacerlo solo, que de hecho lo hacía, sino que al hacerlo en solitario, y al estar supeditado solamente a mi imaginación, no requería de un escenario tan vasto, me bastaba mi habitación o un pequeño jardín. Se trataba del típico juego de confrontación en sus variantes de vaqueros e indios, o soldados contra soldados de otra nacionalidad o de mercenarios. terence-hill-bud-spencerSi éramos muchos podíamos dividirnos en dos bandos y cagarnos a cascotazos, pero a veces no juntábamos ni para un doble de tenis, entonces nos agrupábamos en el mismo bando y la lucha era contra seres imaginarios. El guión siempre era muy básico: había un tesoro o había que llegar a un lugar secreto donde se hallaba la solución cifrada a tal o cual problema; con los años el tesoro se fue convirtiendo en una mujer, y que por más vaqueros o soldados que fuéramos la historia tenía ese algo de cuento medieval aunque nuestras espadas dispararan más de diez proyectiles por segundo. Otras veces simplemente escapábamos de algo que decidíamos de común acuerdo antes de comenzar a repartir tiros. A esa edad no teníamos ni la fuerza ni las herramientas suficientes como para enfrentarnos a  ese tanque ideológico que arrasaba (y sigue devastando) con las ofertas de entretenimiento; veníamos perdiendo esa batalla cultural desde hacía mucho tiempo. No creo haberla ganado ahora, pero en algunos campos se sigue combatiendo, y en inferioridad de condiciones, como cuando niños, que no sé de dónde sacábamos las balas necesarias como para derribar tantos enemigos imaginarios. Y si bien es cierto que el traje de vaquero me quedaba bien y lo llevaba con soltura, debo reconocer que no me gustaba ser soldado, antes prefería ser un sublevado, o un policía pero no de uniforme, sino que era más bien como un detective, un investigador, un espía, alguien más parecido a James Bond o a Bruce Willis (aunque no tenía ni remota idea en ese entonces de quién sería Bruce Willis); de Rambo sacaba sí su efectividad y número de enemigos abatidos per cápita, pero también es justo reconocer que era un renegado del ejército, por lo menos en la primera, que lucha contra la policía que defiende un sistema que lo dejó fuera: Rambo no era ya un soldado en la primera. Luego sí, es un mercenario que trabaja para el imperio en su lucha contra el terrorismo, pero ese Rambo es un pelele sin identidad, sin caracterología; una marioneta amorfa y servil a Hoolywood. En mi defensa cultural debo reconocer que mis vaqueros se parecían menos a los de Clint Eastwood que a los de Terence Hill. Es más, de haberlo sabido a esa edad, hubiera elegido siempre el bando de los indios en vez de hacerme el cowboy.

No tengo una referencia precisa, pero calculo que esa vez yo debo haber tenido entre diez o doce años, tal vez once, o nueve, no importa demasiado. Diego tenía la misma edad que yo. Me divertía con Diego pero no daba más que lo justo, es decir: era un buen acatador y eso me convertía a mí en guionista y director de la historia, pero no proponía hazañas ni peligros nuevos… Por supuesto que tenía la independencia y la afición de matar a cuanto enemigo se interpusiera en su mente, pero no se salía de las líneas generales que yo pactaba. Años más tarde conocería a Raulito: él si sabía proponer y solíamos ser co-autores y co-directores de la aventura, además que la edad nos aportaba más experiencia y hasta más puntería si se quiere. Creo que con Raulito le saqué el máximo provecho a este juego de apuntar al imaginario. Pero tardé poco en darme cuenta que era de esa clase de personas que si tiran una granada en la trinchera salta a resguardarse sin avisar al resto, del que esconde al resto las municiones… Es increíble lo que dice de las personas su forma de jugar.

Esa vez habíamos traspasado el alambrado y nos encontrábamos abriéndonos paso entre las cañas de azúcar, cuando nos topamos con un grupo de cinco chicos que también andaban jugando en el cañaveral. Eran un poco mayores que nosotros, uno o dos años, pero no tenían más de trece. Estaban vestidos de soldados, pero sólo uno llevaba casco, y cargaban con armas de madera… quiero decir que no llevaban las réplicas de plástico como nosotros sino una estructura de madera que simulaba un fusil, pero no con los detalles del fusil, sino lo suficiente como para dar a entender que se trataba de un fusil, aunque su superficie se veía tersa y barnizada. Visto ahora, desde la distancia, supongo que el arma no intentaba ser un reflejo fiel (ni siquiera tenían gatillo) de la forma sino una representación que insinuase el peso verdadero de un fusil.toy-soldiers-009

No nos costó relacionarnos y pronto nos invitaron a jugar con ellos. No sé la motivación de Diego, pero yo intuí que podría librarme un poco de la tarea de guionista, y accedimos. Como éramos los invitados, dejamos que ellos tomaran la iniciativa. Así lo hicieron, y de pronto nos vi formando una fila (o una hilera, olvidé cuál es cuál), uno detrás de otro, con una distancia de dos metros entre cada uno, Diego y yo en los últimos puestos. Como nunca había hecho de soldado, quise conocer la experiencia, pero ahora que lo pienso, Diego y yo llevábamos revólveres, lo que en cierta forma nos daba una jerarquía de oficial que se queda en su despacho y no de raso de campo. En fin, ahí estábamos, caminando sigilosamente entre las cañas de azúcar y deteniéndonos cada vez que el que iba primero lo ordenaba susurrando. Cada vez que nos parábamos yo pensaba que íbamos a ponernos a disparar, pero no, después de unos segundos otro susurro nos obligaba a seguir caminando. No sé cuánto les habrá tomado descubrir que dos de los suyos habían desertado y se habían perdido sigilosamente entre el cañaveral para, seguramente, divertirse. No aguantamos más y nos salimos de camino (aunque Diego tal vez sólo me hubiera seguido a falta de una mejor propuesta).

Esos cinco chicos no, pero Diego y yo nacimos en plena dictadura cívico militar, y el tiempo me enseñó que en América Latina los ejércitos no estaban para protegernos de las amenazas extranjeras sino que eran parte, eran el instrumento que concretaba la amenaza, un instrumento que empuñaba también la oligarquía, siempre en connivencia con los intereses ajenos, que les paga en dólares y que también empuñaba la Iglesia. Daba la impresión que esos chicos, o uno o algunos de ellos, eran hijos de militares y no jugaban; entrenaban. Pero ha pasado algún tiempo y a veces nos parece que los golpes de Estado ya no se hacen desde las Fuerzas Armadas (hubo fracasos en Venezuela, Ecuador, Bolivia, en Paraguay inventaron un no sé qué constitucional, aunque lo de Zelaya sería una excepción en cuanto fue sacado de su casa por milicos); ahora la oligarquía encontró sus mercenarios en el periodismo. Pero no voy a hablar de esto. Sólo me preguntaba qué habrá sido de la vida de esos cinco chicos. Desprovisto el ejército argentino de su función principal, ¿se habrán hecho periodistas de alguna corporación mediática? ¿Se habrán convertido en el «bloguero más leído» como el Soldado Que Huye Carrasco? O simplemente estarán sentados en sus sillones creyendo ciegamente en un posible síndrome de Hubris o de Moria, diagnósticos hechos por personas que tienen tanto de médicos como de periodistas: nada más que una matrícula. ¿Cuál será su posición de lo que está pasando en algunos países de América? Ya ni siquiera el clima destituyente invita al ejército, y el periodismo se ha convertido en ese ejército que es servil a los intereses de la oligarquía. ¡Ojo! No estoy desmereciendo para nada ni la carrera militar ni la periodística ni el anillo de Sauron, sólo que hay usos correctos y usos que no lo son.cristina22

Yo sé de qué lado estoy, y desde acá le quiero hacer llegar todas mis fuerzas a Cristina, nuestra presidente, esperando que se mejore y siga co-guionando y co-dirigiendo junto al pueblo este proyecto de transformación que comenzó hace diez años. Desde este humilde espacio me gustaría hacerle saber que cuenta conmigo y con todas mis municiones. Los enemigos no se ven (o hay gente que no cree y no quiere verlos), pero están ahí y aparecen por doquier. No dejemos que nos arruinen el juego. Esta batalla, por fin, tiene que ser nuestra.

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