Meando fuera del tarro

septiembre 17, 2013 at 12:31 am (Uno que cuenta)

Up-Carl-Fredricksen-1846Eusebio Gálvez se apersonó en la comisaría más cercana a su habitual y desganado recorrido diario, caminata que oficiaba menos por la estricta recomendación de su médico que por librarse del infierno cotidiano de los cuatro nietos con los que convivía, convivencia ésta que también había sido obligada desde que falleciera su mujer y los tres zopilotes que tenía como hijos lo instaran a vender su casa con la excusa que estaría mejor viviendo con alguno de ellos para que nada malo le pasase, o por si le pasase, que así ellos estarían más tranquilos y él más cuidado y mejor atendido. En realidad, por iniciativa de los dos mayores, que en ningún momento ofrecieron sus casas para que el destechado anciano morara, y el silencio resignado de su hija menor que lo acogió pese a las argumentaciones poco despreciables (en cuanto a argumentaciones, no a calidad humana) de su marido, que aun siendo razonables no tenían ni la mitad de la fuerza que los prejuicios y las rotundas negativas de las mujeres de sus hijos mayores, contingencias delicadas que no serían impropias de ser narradas y vendrían muy a cuento si Eusebio Gálvez se hubiera presentado en una peluquería y no, como lo hizo, en una comisaría.

Aparte de cierta agitación, su mal humor era más que evidente; un agente quiso ser amable y se preocupó por lo que lo traía por allí, pero Eusebio exigió hablar con alguien de mayor rango, o por lo menos alguien que haya sacado su arma de la cartuchera para algo más que limpiarla. El agente, que si bien era joven igual era policía, se abstuvo de enseñarle modales a través de la prodigiosa oratoria de la cachiporra y le pidió que entonces esperara, acción que el anciano llevó a cabo sin dar siquiera una mínima tregua a sus quejas y rezongos, y algo de razón tenía puesto que ninguno de los agentes allí presentes ni el sargento o comisario que se vislumbraba a través de una entreabierta puerta de vidrio se veían muy atareados que digamos, más que en impedir que el señor Gálvez irrumpiera en la oficina del comisario, o del sargento, a interrumpir la lectura del periódico. La inmensa sabiduría que llevó a ese hombre a ocupar un cargo de relevancia dentro de la Fuerza, lo llevó también a comprender que nunca podría completar el crucigrama si antes no atendía, despachaba a ese anciano que importunaba e insultaba a toda la jefatura. Sólo por darse importancia llamó desde su interfono diciendo que se había desocupado y que hicieran pasar al señor Gálvez, pero el mensaje se escuchó clarito de la voz que llegaba desde su oficina, y lo mismo hubiera dado que sólo hiciera un gesto atrayente con la mano en simultaneidad con un coloquial psssst.

El Jefe Gorgory_800El arrebatado anciano se vio en la obligación de subir el tono de sus reproches cuando tuvo que repetir su denuncia, puesto que la primera vez el comisario se hallaba desatento por creer haber descubierto la respuesta de la consigna 14 horizontal, y su afán de retenerla, al tiempo que miraba de soslayo hacia el crucigrama para ver si coincidía con el número de espacios y con las letras sueltas que ya se encontraban allí, le hizo perder todo el vehemente soliloquio de Gálvez. El oficial se disculpó por su desatención, producto de un día muy agitado si bien no físicamente al menos sí administrativamente, y rogó que repitiera su denuncia mientras tomaba notas en un cuaderno; al tiempo que Eusebio hablaba, el comisario repasaba mentalmente algunas de las consignas que había leído y que recordaba, y anotaba las posibles respuestas. Así, medio de refilón, el funcionario se fue enterando que lo que don Eusebio quería era justicia, porque las leyes estaban para ser cumplidas si no nos estábamos tomando el pelo. Y que si una ley prohibía orinar en la vía pública, era justo que tan bárbaro acto fuera castigado, y con más razón si esos actos habían ocurrido en las mismísimas inmediaciones de la comisaría ante neófitos agentes que preferían hacer la vista gorda con tal de ahorrarse abrir un expediente. El oficial mantuvo su expresión cariacontecida hasta que el señor Gálvez se animó a arriesgar, aunque para eso tenía buen ojo, las edades de los incívicos, y se le desdibujó en una más estupefacta. Y por supuesto que el señor Gálvez estaba al tanto que la policía no estaba para regular la incontinencia de dos niñas menores de cuatro años, pero que bien podrían sancionar a sus madres, que son quienes motivan y apañan ese tipo de conducta, porque si esas cosas se dejan pasar, la ciudad no va a tardar en convertirse en un inmenso retrete, y que con la excusa de que sólo son niños… Como si no mearan y cagaran hediondo por ser niños. Porque, y esto lo sabía muy bien ya que había cambiado los pañales de tres, no bien comienzan los sólidos en la dieta de cualquier criatura, sus heces ya no huelen como antes, y una meada es una meada, y ya que toda la ciudad olía a orín, bien podría tenerse el cuidado de que los parque olieran a las flores y a las hierbas que en él crecen.

Manneken-PisAprovechando que el señor Gálvez nunca aceptó la invitación a sentarse, el comisario se puso de pie y con tono conciliatorio le pidió que se tranquilizase, que haría todo lo que estaba a su alcance, mientras sutilmente, o no tanto, lo acompañaba hacia la salida de la oficina, propósito que fue descubierto por el anciano que exigió que no lo tratasen como a un niño malcriado y que hicieran lo que debían hacer, que para eso él pagaba sus impuestos y contribuía a que toda esa seccional alimentara a sus familias, y que en todo caso él personalmente los acompañaría hasta el parque de enfrente e identificaría a esas dos madres, pero que no venía en ellos ni un asomo de cumplir con su trabajo, y que si nos poníamos a pensar todo se estaba yendo al garete, porque al fin de cuentas no había mucha diferencia entre una niña de tres años y él, ya que ambos podían sufrir el mismo grado de incontinencia, sólo que a él seguro que lo metían preso. El agente que lo había atendido en un principio, que había estado escuchando la conversación como el resto de los funcionarios, vio la oportunidad de vengarse por el injusto maltrato recibido y afirmó que de ninguna manera lo condenarían si es que, por supuesto, meaba bajo la tutela de su madre, atrevimiento que terminó de enajenar a don Eusebio que al tiempo de un van a ver que conmigo no se jode, sacaba su arrugada picha e intentaba mear sobre el buró del imprudente agente que, mientras tanto, era regañado por el comisario. Pero el pobre Gálvez se quedó sólo en el intento y no porque se arrepintiera o porque las Fuerzas de Seguridad actuaran con celeridad en su detención, sino por haber desoído a su médico que, además de salir a caminar, le había aconsejado beber abundante agua para las piedras de sus riñones.

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