No te lo puedo decir

mayo 24, 2013 at 1:03 am (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

la-tempestad-w-shakespeare-astrana-marin-madrid-1924_MLA-O-3814951050_022013Me hallo leyendo La tempestad, de William Shakespeare. Expongo esto para que el supuesto lector comente para sí: «¡Uy! ¡Lee a Shakespeare! Se nota que el bloguero es un tipo leído». La verdad es que retomé a este autor porque no tenía otra cosa para leer. Le hice saber a mi mujer, como quien no quiere la cosa, de un libro que me interesaba: La historia del dinero, de Alan Pauls, pero no ha mostrado celeridad para satisfacerme… En lo que se refiere al libro, se entiende, en cualquier otro aspecto el supuesto lector no tiene por qué interesarse ni enterarse.

Convengamos que no hace falta ser letrado para leer a Shakespeare ni a Borges ni a Homero ni a nadie, sino que sólo hace falta predisposición para la lectura. El asunto es que o me tocaba releer algo o leer alguna de las muchas obras que no había leído del Bardo puesto que tengo una edición de sus obras completas que me regalaron alguna vez. Son de esos libracos totalmente fatigosos para leer en la cama antes de dormirse, impresos en papel biblia a dos columnas por página, con una tipografía ilegible incluso para un búho con bifocales. Es la edición con traducción, estudios y notas de Luis Astrana Marín, un reputado estudioso de Shakespeare y de Cervantes, y uno de los personajes de referencia en estos temas (también menciono esto para hacerme el erudito). La verdad es que generalmente no me gustan los libros con notas al pie de página, a menos que sean del propio autor o aclaren un hecho al que no llegaríamos sólo con la lectura del texto, y la verdad es que no sé por qué me empeño en leer las que acota el Marín este. Transcribo: «(3) Highest queen of slate (Sic). Vertemos state por Olimpo, aunque en ningún glosario o versión lo hemos visto empleado; pero la idea del dramaturgo es clara por demás». Amén de que primero dice «slate» y luego «state», que puede ser un error tipográfico posible en tamaña edición (ese y otros varios), Astrana nos está diciendo que lo traduce así porque sí, porque le da la real gana, y porque el mismísimo Shakespeare lo hubiera querido de esa forma. No era la primera nota que me ponía rabioso, pero es la primera que recuerdo ahora, al momento de escribir.

Poco antes de finalizar el Acto Cuarto, se despacha de la siguente manera: «Son tantas las curiosidades que ofrece La tempestad, que no pueden tratarse sino en una edición crítica, que en su día publicaremos. Fuerza nos es, por tanto, aunque bien a pesar nuestro, no poder emplear otra extensión aquí.» ¿A pesar «nuestro»? ¿De quién? Nada más que suyo será. ¿Para qué cuernos advierte de las curiosidades de la obra si después se va al mazo y no cuenta una? Sólo para decir que él conoce esas curiosidades, y que si el inepto e indocto lector de esa edición no las conoce, mala suerte, a pelarse y comprar la publicación de sorpresitas que el señor Marín (sí, sólo el señor Marín, aunque le guste usar el plural para que usted crea que son un montón de estudiosos) le está preparando. Pero no contento con haber usufructuado la edición de las Obras Completas del Bardo de Avon para promocionar un promisorio fiasco de no sé cuántas páginas, en la misma página, seguido y debajo de lo anterior, advierte: «Juego de palabras intraducible (…) Nuestro Cervantes trae un pasaje del mismo género en el Quijote, que por no dilatar estas notas no incluimos Sí, «no incluimos» en negrita. No voy a ser yo quien avise que todas las notas son en sí una dilatación insoportable, pero no entiendo por qué justo en ésta se le da por la prudencia: no aclara el por qué de lo intraducible y no pone un ejemplo que podamos entender.acertijo

El famoso: «Si vos supieras…». Un amigo, un familiar, un cercano, alguien cualquiera se manda una cagada grande; uno se lleva las manos a la cabeza y le pregunta: ¿Por qué hiciste esto? Y el tipo te contesta apenas meneando la cabeza: «Si vos supieras…». Y con esa respuesta uno no solo tiene que darse por enterado sino comprender y justificar el comportamiento del tipo. «Algún día te lo voy a contar», remata el tipo.

De vez en cuando leo el blog de un incipiente afamado bloguero. Hasta hace poco era partidario del modelo económico y político propuesto por los Kirchner. De un día para el otro el tipo medio se dio vuelta hasta el punto de insultar a la presidenta de la manera misógina en que lo hacía y lo sigue haciendo la falta de ideas y propuestas de la oposición. Me da igual, aun reconociendo que era y es propenso a puntos de vista más que interesantes, pero también que era, es y será proclive al ansia de reconocimiento. En todo caso cabe aceptar que el tipo escribe en momentos de calentura. Eso le sirve y seguro hace catarsis, pero también le sirve a los otros, sean del bando que sean… No quiero irme del tema: quería ejemplificar que en su calentura escribió: «…algo político (de lo) que me enteré por casualidad, sinceramente horrible». Él, habiéndose ganado la fama de periodista idealista y honesto, nunca dice qué es eso tan horrible que supo. El mismo chantaje de Astrana Marín. Como cuando un forastero llega a un pueblo y se corre la voz de que no es bienvenido y van a darle una paliza. Nada: ese rumor es un acto de especulación y cobardía. Si el forastero no es bienvenido, lo cagan a trompadas y listo. Si algo no te gusta, lo decís y listo, no amenazás con el «ya se van a enterar y van a ver». Diagnóstico: Lucas Carrasco padece el síndrome Astrana Marín.

Volviendo al tema de Astrana (aunque nunca me fui), admito que se sincere y diga, por ejemplo: «Se ignora el significado de…», o: «Pasaje controvertido» o que tal o cual vocablo no tiene un correspondiente en castellano. Pero de ahí a decir: «…al escribir estas palabras, tal vez pensara…», o tal vez: «la presente canción parece ser…», o cosas como: «que posiblemente se acordó Shakespeare de…», o: «es posible que aludiera a…». ¿Qué clase de estudio es ese? O está embarazada o no está embarazada. Cualquiera puede hacer un estudio de Shakespeare o de cualquiera imaginando lo que tal vez podría haber sido y haciendo de un adverbio de duda una sentencia. Me parece muy poco serio. En todo caso, el silencio suele mostrar más erudición que la elocuencia innecesaria; y ni yo como lector ni Shakespeare como escritor tenemos la culpa del escaso éxito de la mediocridad narrativa de Luis Astrana Marín. Bien podría haberse ahorrado tan largas notas o mencionado apenas como promoción de una edición futura que él y sus amigos imaginarios publicarían en su día.

topo_eruditoEn las últimas páginas del Acto Cuarto, sus notas ocupan más espacio que el texto de Shakespeare, y habla del otoño del dramaturgo, de sus tres obras más raras en cuanto a maravilla y extrañeza, y de la experiencia que dio sus frutos, en un extensísimo blabla, y no sé en qué momento del aburrido relato termina diciendo que la muerte lo salvó de caer en abstracciones coloreadas y oscuridades enigmáticas, y con un histrionismo que el bardo no planteó en ninguna de sus obras, se anima a decir: «¡La muerte arrebató a Shakespeare para que en su obra no se descubriera ninguna arruga!». En todo caso, su  muerte nos libró de más interminables notas al pie de las ediciones de Astrana Marín.

No me cuesta reconocer que lo mío tiene mucho de reprobable, puesto que el señor Astrana Marín no puede defenderse, pero no me importa; tampoco busco el estrellato aferrándome a la cola del éxito de Marín. Lo que sí, y de esto estoy seguro, este disgusto, esta alteración que ahora me posee bien podría subsanarse si en mi mesita de luz reposara la última novela de Alan Pauls. Sirva este post para despertar la bondad, anónima o no, del supuesto lector o para refrescar la volátil memoria de mi hermosa mujer.

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Haceme el cuento

mayo 15, 2013 at 11:54 pm (Uno que cuenta)

perroÁngel Camilo Firas, ganador de la séptima edición de Haciendo el Cuento, le propuso a su amigo Fermín Barnes que se presentara en la octava edición. Barnes le hizo saber a Firas que el dinero del premio le tentaba bastante, pero que aun así la propuesta le parecía algo disparatada porque la fecha de cierre del concurso se hallaba al caer y él en su vida había escrito cuento alguno. Tratando de calmar el ataque de entusiasmo y de histeria de Barnes, Camilo Firas le dijo que eso no era motivo de preocupación y pasó a relatarle su plan, que era por demás sencillo: Firas contaba con algunos cuentos de su autoría que no podía presentar como tales debido a que en esta edición él formaba parte como jurado del concurso, pero que si eran signados por otra persona no sólo tendrían chances por su calidad literaria sino por la influencia que podría ejercer dentro del comité de valoración. Luego se repartirían el botín. No queda claro en esta historia cuáles eran los porcentajes para cada uno de los intervinientes, si repartirían en partes iguales o según el grado de trabajo, responsabilidad y riesgo. Lo cierto es que Fermín Barnes no había cambiado de opinión con respecto a lo tentador del premio, así que aceptó. Y Ángel Camilo Firas lo fue guiando en lo referente a presentación, los sobres con el material y los datos que debía precisar, ya que tenía experiencia en eso.

Ese año, para gran sorpresa de Barnes, en la octava edición de Haciendo el Cuento el premio fue declarado desierto. Firas le explicó que no pudo hacer nada, que tuvo poca o ninguna injerencia sobre los otros tres representantes del jurado. Seguramente ambos se preguntaron qué era lo que podía haber pasado, si era un hecho más que seguro, pero tal vez uno de los dos se lo preguntara con más ahínco. Técnicamente, lo mejor hubiera resultado que algunos de los cuentos de Firas resultara ganador; tal hecho nos evitaría algunas conjeturas. Aunque es preciso convenir que Fermín Barnes no tenía más nada que perder que el modesto importe de las impresiones y el envío, el breve tiempo dedicado a esas labores y la ilusión de una remuneración rápida y mal habida a un esfuerzo casi nulo.

DANIEL RADCLIFFE as Harry Potter and GARY OLDMAN as Sirius Black in Harry Potter and the Order of the Phoenix

Daniel Radcliffe y Gary Oldman interpretan a Fermín Barnes y Camilo Firas en la versión anglosajona de “Haciendo el cuento” (Fotograma).

Sin embargo, y entre las conjeturas que no pudimos evitar, cabe preguntarse sobre la impotencia de Ángel Camilo Firas al ver invalidada y anulada su opinión por los otros tres integrantes del jurado… porque alguna tímida y sutil opinión a favor habrá vertido, aun aceptando que tres cuartas partes del jurado creían que sus cuentos eran mediocres e indignos de premio alguno (los suyos y los de otros participantes del concurso, que no vienen al caso mencionar a menos que nos interese hablar de la supuesta arrogancia, egolatría y afectación de esa o cualquier otra junta evaluadora). De haberse dado así la cosa, Firas no podía menos que agradecer que ninguno de los miembros de la octava edición haya constituido el tribunal del certamen anterior. Pudo también cuestionar el engreimiento de sus compañeros o su incapacidad de interpretar el verdadero arte. Pudo lamentar que ninguno reconociera su estilo, aunque la pena de ese descubrimiento, de ese reconocimiento significara evidenciar la trampa y la fechoría. Pudo aceptar con humildad su falta de talento o su escasa dedicación, y preguntarse qué había sucedido como para que renglones similares hubieran obtenido una recompensa en un certamen anterior. Asimismo pudo sospechar que el resto del jurado también poseía testaferros literarios. ¡Es dura la vida del escritor!

No obstante pudo suceder que los cuentos firmados por Fermín Barnes hayan contado con el beneplácito de varios del jurado, y que fuera el mismo Firas quien, a ojos de los otros integrantes del tribunal, resultara arrogante y receloso, y criticara sus propios escritos, menos por el convencimiento de su escaso interés artístico que por un ataque de probidad y buena fe. De haber sido así, en su conciencia, antes de dormir, no le pesaría más que el hecho de haberle arrebatado a su amigo un respiro económico; respiro del que también se privaba el propio Firas, ya que de no haber preponderado esta necesidad, nunca hubiese pergeñado dicho plan.

Tal vez, Fermín Barnes deambule por la vida sin sospechar una tercera conjetura, o más bien, una variación de la anterior: que una mayoría del jurado ponderara la prosa de Barnes, y lo diera como justo ganador, o como simple ganador en un concurso donde reinaba la vulgaridad, y que Camilo Firas se encargara de negarlo, de abatir su propia escritura, de criticar el supuesto trabajo de su amigo aun en desmedro de una satisfacción económica, de un respiro para ambos. Quizá fue conciente Camilo que su escritura estaba desprovista de estilo, de personalidad, y era fácilmente atribuible a cualquiera, y por ende, el premio sería arbitrario y abusivo.

Camilo

“Camilo”. Óleo sobre tela de Pablo Gombardich.

Pero pudo haber sido también que no fuese su honestidad quien rechazara el fraude ni su sensatez la que actuara con modestia, sino su vanidad, el espanto de que otro nombre, uno cualquiera, borrara el suyo y todo lo que supo cosechar durante ese año. Temió, acaso, que su propia obra lo volviera anónimo. Tuvo el presentimiento de que su personaje mejor logrado sería aquel Ángel Camilo Firas, Primer Premio de la VII Edición Provincial Haciendo el Cuento.

Firas ganó algunos otros concursos literarios, y no sería equilibrado negar que son merecidos cierta fama y reconocimiento regional de los que goza. Incluso suelen pagarle por sus colaboraciones en algunos periódicos locales. Aún es joven y puede pulir mejor su personaje. De Fermín Barnes se sabe que camina algunas calles de Europa.

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No es lo que parece

mayo 14, 2013 at 6:24 pm (Sin categoría)

IMG_4416 1No me acuerdo quién había dicho eso de que una imagen vale más que mil palabras, pero la imagen, como las palabras, también está expuesta a subjetividades, a no ser esos íconos que se fueron haciendo de un solo sentido, puesto que son representaciones consabidas y consensuadas, y no creo que a ninguno se le ocurra pensar, al ver un dibujo simplificado de un tenedor y un cuchillo, que se está aproximando a un bazar. Pero después existen imágenes que pueden provocar estímulos diferentes según el espectador. Por ejemplo: en una esquina se exhibe una gigantografía, un póster, donde se ve un auto deportivo rojo, o negro, o amarillo, lustradito, a estrenar; al lado del coche se inclina sensualmente una morocha de gruesos y rojos labios, pechugona, cinturita de avispa y con un trasero que nadie se imaginaría que de ahí podría nunca salir un pedo. La imagen que describo es bastante tópica pero sirve para demostrar la diferencia de reacciones frente a esa imagen. Está comprobado (debe de estarlo, porque si no las agencias no seguirían apostando a ese tipo de imágenes) que hay una gran cantidad de personas que cuando ven ese póster tienen ganas de conducir un auto; ese auto. Sé que habemos otras personas a las que la vista de ese afiche nos provoca ganas pero no precisamente de manejar un auto, por más sin estrenar que esté.

Me he demorado en la introducción, pero quería comentar sobre un afiche que vi al pasar y cuya foto (un fragmento, en realidad, y que borroneé algunos datos por si llegaba a herir alguna susceptibilidad o para no promocionar de manera gratuita) ilustra el inicio de este post. Es una de esas imágenes que si no vienen acompañadas de mil palabras nos pueden llevar a cualquier lado. No sé, yo veo la foto y puedo llegar a pensar que el aviso se trata de un nuevo y resistente colchón, de un tatami, de pastillas para contrarrestar la fatiga crónica (también conocida como encefalomielitis miálgica), de un poderoso encerador de pisos, de una ONG contra la violencia de género, de un parquet aromatizado, de métodos para saber si ya viene el tren o cuánto le falta, o técnicas orientales para espiar al vecino de abajo, cualquier cosa menos… El supuesto lector sabrá acercarse o alejarse con más imaginación de lo que le sugiere la imagen.

village people

La carrera solista de uno de los Village People.

Después de todo, ¿quién tiene el Gran Decodificador Universal? Las corporaciones mediáticas dicen y hacen ver como que lo tienen, pero cualquiera con un atisbo, o al menos con un lapsus de criterio sabe que hace falta un decodificador Súper Especial para interpretar a las corporaciones dueñas de medios de comunicación. Pero no quiero entrar en este tipo de ficción hoy: más bien quería relatar un suceso que nos aconteció no hace más de una semana. En realidad, no lo vi, pues en ese momento estaba contribuyendo al mercado interno comprándome una cerveza, pero mi nena, la más grande, me refirió que mientras le daba de mamar a mi nena, la más chiquita, bajo el umbral de un negocio cuyas persianas estaban cerradas, vio acercarse un tipo. Mi nena, la más grande, no exenta de prejuicios, agarró su bolso como para asegurarse que el tipo no se lo manoteara. Pero el tipo, lejos de querer robarle, y llevado por sus propios prejuicios, le extendió un billete de cinco euros a modo de dádiva. Mi mujer, mi nena más grande, me detalló que se tomó la molestia de explicarle al tipo que se confundía, que ella no estaba en esa condición por privación económica; y me lo contaba como ofendida, encima. ¿Es que nadie es capaz de aceptar la generosidad de un extraño? Aparte no era una limosna de monedas, era ya un billete que a mí me hubiesen significado, por ejemplo, seis cervezas más de la que estaba tomando y que me hubiesen venido de maravilla para aceptar que mi mujer rechazó cinco euros por orgullo… Suficiencia que hubiese estado justificada si no hubiera andado vestida de crota y dándole de mamar a su hija como una desposeída sin papeles. ¡Ojo! que esto no es una crítica: yo soy el primero en ponderar la comodidad sobre la elegancia; pero después no me quejo. Es más, suelo andar las calles vestido como para lograr la comprensión y humanidad del más impío, pero hasta ahora nadie me dio un mango. Así que imagínense cómo me puse ante ese ataque de inmodestia de mi mujer.

En fin, a diario asistimos a errores de decodificación. Sin ir más lejos, no conozco ningún portero que no tome un gesto de educación, por ejemplo, un saludo coloquial, como una invitación a la charla. Ni hablar si uno, como al pasar, menciona algún tema que se halla entre los de interés para el portero.

brackdance

VIII Encuentro Provincial de Break Dance

He tratado de explicarle a mi nena, la más grande, que si ella se queda en un umbral del la zona cuando sale de su trabajo, donde pasan muchos turistas, dándole de mamar, o haciendo como que le da de mamar, a mi nena, la más chiquita, no estaría pidiendo, pero tampoco estaría rechazando lo que la humanidad quisiera darle, y que ninguna Iglesia, o secta, amasó su fortuna con la vergüenza. A veces creo que mi mujer tiene un pésimo sentido del humor.

Por último, estimado y supuesto lector, no esfuerce el coágulo de su cerebro: el afiche promocionaba un curso o algo que tenía que ver con la danza contemporánea, aunque no sé quién en su sano juicio querría practicar ese arte si tiene que darse de esa forma contra el suelo; menos valentía se requiere para el judo.

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