Continuación de Continuación de El uso correcto de la vainilla

enero 10, 2013 at 7:05 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Una vez por semana, generalmente los miércoles, pasa mi suegra y se lleva durante dos horas a mi nena, la más chiquita. Son dos horas en las que yo quisiera dedicarme por entero a mí, a tocar el acordeón, leer, intentar escribir, practicar con el charango, o ponerle letra a una composición que Errolan me pidió hace más de un año… (A propósito: hace tiempo que no sé nada de Errolan; lo último que supe, a través de Vergara es que andaba metido en armar una radio con la comunidad wichí, junto al detective, Humberto Gauna, y a curita Elías, en algún distrito del noreste de Salta); lo que fuera: dedicar un tiempito a no hacer nada, si se quiere, a sentarme en el sillón a ver un canal de dibujitos animados o de chismes de farándula o fútbol. Pero nunca sucede. O me pongo a cocinar para cuando vuelva mi nena, o salgo a hacer las compras (siempre falta algo), o me dedico a alguna tarea hogareña.

Cimiento básico del Proyecto "Cocinita"

Cimiento básico del Proyecto “Cocinita”

Ninguna de estas actividades me deja exento del ocio, sincerémonos, porque las llevo a cabo con toda la tranquilidad del mundo y lleno de gozo, pero a veces me gustaría tener esas dos horas sin, digamos, estas pequeñas obligaciones sólo para que, una vez pasadas las dos horas, yo me culpara por no haber hecho absolutamente nada, ni tocar el acordeón ni el charango ni un libro ni nada, y me «arrepintiera» de haber perdido la oportunidad de aprovechar el tiempo; aunque sé que sería una incriminación con algo de disfraz, pues tampoco me la creería del todo.

Hoy, apenas se fueron, terminé de prepararme el mate y me llevé el acordeón al comedor, que goza de buena iluminación natural; me disponía a disfrutar de al menos ciento diez minutos de mí mismo, más de una hora y media ocupadas en la total complacencia y el narcisismo, a tal punto que si hubiera tenido un par de brazos más, lo hubiese utilizado en masajearme las pelotas al son de un vals. Pensaba en este desatino de la Naturaleza cuando sonó el timbre. Pensé que mi suegra se había olvidado algo, y esperaba que no me restara mucho del tiempo calculado de licencia. No era, y debo reconocer que, al ver quién era, hubiese querido que fuera mi suegra.

Me venía escapando de este tipo desde hacía una semana. El jueves pasado me lo encontré mientras buscaba en las calles algún elemento que me solucionara la estructura de la segunda bandeja del horno de la cocinita de mi nena. Anteriormente lo había visto tres o cuatro veces en alguna reunión con amigos en común. Creo no haber hecho nada que lo inspirara a pensar que podríamos afianzar un lazo de amistad entre nosotros. Es más, creo que durante las tres o cuatro oportunidades tuve especial recaudo en que nada de eso aconteciera; pero no sé: a veces la noche me confunde. Me lo encontré el jueves pasado. Me invitó a tomar un café, pero me excusé diciendo que me esperaban en casa. El tipo no se amedrentó y en cada esquina, cuando yo intentaba dar el viraje para despedirme, él hacía un gesto como que iba en mi misma dirección. Estuve a punto de pasar de largo de mi edificio, pero me saludó el portero y no me quedó otra que decir que era ahí donde vivía con ese tono de presentación que tiene algo de modestia o resignación. Le dije que no lo invitaba a subir porque teníamos amigos a cenar y yo me tenía que bañar y ayudar a mi mujer a preparar la mesa y patatín patatán, pero que ya quedaríamos. «¡Cómo no!», me dijo y me hurtó mi número de teléfono. Pensé que todo quedaría en eso, en un encuentro fortuito y aislado, pero el fin de semana me llamó tres veces, y tuve que usar dos excusas diferentes, porque una me sirvió en dos oportunidades: le conté que estaba armando una cocinita para mi nena y que quería terminarla a la brevedad, pero que no faltaría oportunidad para encontrarnos. cableguyEl lunes volvió a llamarme porque tenía algo importante para proponerme, y le repetí lo de la cocinita, que además era del todo cierto y fue terminada el martes por la tarde con el asunto de la segunda bandeja solucionado: decidí que el horno sólo llevara una bandeja. De todas manera, mi nena no va a hacer empanadas todavía, por lo que con una sola se basta. Me demoré demasiado en la parte del ensamblado, puesto que mientras pegaba algo no podía adelantar en otros aspectos del electrodoméstico; el pegado de la puerta del horno me ocupó un tiempo impensado.

Bueno, el del timbre de esta mañana era él. Lo recibí con un «¡eh!» que hacía unos esfuerzos enormes en demostrar que la sorpresa había sido grata, y se prolongaba en el eco del rellano como buscando una ayuda vecina. El tipo estiró el cogote y husmeó dentro: «¡No me digas que tú tocas el acordeón!». Antes de esperar mi asentimiento o mi negación, el tipo se mandó dentro de mi casa. Pensé que si me pasaba la hora y media dándole puñetazos y puntapiés al tipejo, terminaría algo satisfecho pero también pensé que de igual forma me desviaría de la intención inicial, donde no había lugar para otra persona que no fuera yo, aunque me purgara de mis impulsos violentos. «Tomas mate, también», redundó en su estupidez, «nunca lo probé». Le ofrecí, y lo rechazó porque no sabía cómo le caería, pero que si tenía café… No tenía café, me lamenté; no obstante sí que tengo café, aunque no tome; tengo café para ofrecerle a nuestros invitados. Léase bien: in-vi-ta-dos. El tipo dijo que no importaba, que con un vaso de agua estaba bien. Dijo que el portero le había indicado mi piso y el número (llegada la ocasión, hablaré del nuevo portero). Cuando volví con el agua, el quía ya había revisado el resto del comedor, y estaba parado frente a la cocinita de mi nena. «Está bastante bien», me aduló, «pero pensaste todo el tiempo que habrías ganado si la comprabas». Levanté las cejas como diciendo «¡pero en qué pensamiento más profundo me hiciste caer!», al tiempo que me asaltaba la imagen de mí mismo saltando y clavándole en el ojo uno de los nabos de madera que completan el juego de la cocinita. Me figuré que lo relativo a la ganancia temporal era una frase hecha que serviría de preámbulo de eso que el quería comentarme, después de todo, el tipo tenía toda la pinta y la actitud de un preventista, así que no me hubiese extrañado que quisiera venderme una heladera, un lavarropas y demás electrodomésticos de juguete. Pero no; debía ser otra cosa, si no me lo hubiese planteado apenas se enteró del proyecto. Imaginé que podría ser un marchante de arte contemporáneo. El tipo algo me decía, pero ya no lo escuchaba y me reía por dentro conjeturando que más que «marchante» era un «mal chanta» o un «machacante». Gane-tiempoPorque al final, ¿qué era eso de «ganar tiempo»? Hasta donde sé, eso es sólo posible en la eternidad, o en alguna forma de omnipresencia, pero en general es como la banca, que se lo lleva todo. Todo el tiempo es, en cierta manera, tiempo perdido; de ahí la imagen del reloj de arena: no se puede sumar arena en la parte superior, todo es arena que se desmorona, que se derrama, que no se recupera.

Lo interrumpí diciendo que todo era tiempo perdido. El quía puso cara de no entender qué le estaba diciendo, y puede que tuviera razón en no entenderme ya que creo que él hablaba de una cosa muy distinta ya cuando lo interrumpí con el asunto del tiempo. «Ves ese acordeón», le dije apoyando un brazo sobre su espalda y empujándolo suavemente hacia el instrumento. «¿Vos creés que alguna ves será herramienta de mi sustento? No me contestés», lo detuve con un gesto suave de la mano que no se apoyaba en su espalda, «te lo anticipo yo: no lo creo. Su práctica, indudablemente, es una pérdida de tiempo, ya que no tiene una utilidad futura más que el placer que pueda proporcionarme. Cada persona elige la forma en que quiere derrochar su tiempo: el que lo derrocha acopiando monedas, la que lo dilapida buscándose más actividades de la que un ser humano es capaz, el que junta estampitas, el que busca tesoros, la que tiene un facebook, el que estudia cualquier carrera para emigrar… Hasta vos mismo estás eligiendo esta manera de despilfarrar tu tiempo tratando de convencerme con una propuesta que ni siquiera me tomé la molestia de escuchar». La mano que seguía libre me sirvió para abrir la puerta de entrada y con la otra volví a darle un suave empujoncito, en ese vago y ambiguo ademán de sacarlo de mi casa, pero también de darle ánimo. «El convencimiento de que podés ganar tiempo es tuyo y, ¿quién sabe?, a lo mejor te funciona; tal vez sea el secreto que te empeñaste en enseñarme mientras yo divagaba otras cosas. Pero la convicción de que yo no pienso perderlo con vos es mía». Y suavecito le fui cerrando la puerta en la cara.

Me quedaban menos de cincuenta minutos, y decidí perderlos haciéndole unos retoques a la nueva cocinita de mi nena.cocinita

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