De cuando Darlon Baes se robó el camioncito de limpieza urbana

diciembre 12, 2012 at 11:51 am (Darlon Baes y sus insólitas correrías)

Darlon-PasseigFue un jueves por la tarde, cerca de las cinco y a poco de que comenzara el otoño, pero la tarde ya estaba casi oscura porque se avecinaba una tormenta. Darlon pensó que la lluvia bien podría favorecerlo, pero que dependía de si se largaba cuando él ya estuviera en marcha, es decir, cuando su plan hubiera comenzado, aunque es difícil saber si a esa altura ya lo había planeado, y mucho más difícil es saber qué es lo que a Baes se le cruza por la cabeza, así que lo más probable es que quien suscribe, conociendo la historia que narra de antemano, o un boceto de la historia, pensara que a Darlon bien podría favorecerle la lluvia que se avecinaba. En adelante, se tratará de no caer en la omnisciencia, para acercarle al lector la historia tal como ocurrió o como se vio que ocurría, o al menos con algo de humildad.

Hacía una hora que Baes estaba sentado en el banco del Paseo, como esperando o como sin nada que esperar: las piernas cruzadas y estiradas, la cola casi cayéndose del banco, la espalda algo encorvada y apoyada en el respaldar sólo a la altura de los omóplatos, los brazos también estirados al costado del cuerpo y las manos en los bolsillos, seguramente silbando, con la barbilla pegada al pecho y mirando el corto vaivén de sus pies, quizá al compás de su silbido. No se extrañó cuando vio acercarse el camioncito, ¿por qué habría de extrañarse?, sólo miró hacia ambos costados, un reconocimiento del espacio, de la zona. El que conducía el camioncito no se molestó en estacionarlo y lo dejó así como venía, cruzado en medio del Paseo; se bajó, se prendió un pucho y de la caja trasera sacó unos utensilios de limpieza: en realidad, una especie de canasto pero de plástico duro y una rama larga, de bananero o palmera. Se quedó durante unos segundos, cigarro en boca, contemplando el interior de la caja trasera en un gesto que se parecía bastante a la sorna o a una ironía comprensiva; luego cerró las compuertas, se acomodó unos auriculares a los oídos y se alejó unos metros en pleno cumplimiento de su trabajo.

Despegándose del asiento sin brusquedad, y sin sacar las manos de los bolsillos, se levantó Darlon, caminó en dirección al camioncito, dio una última ojeada a su alrededor, más sutil esta vez, y sin titubear se metió en la cabina y arrancó. El barrendero alcanzó a girarse para ver cómo se cerraba la puerta y se alejaba su camioncito. En un ataque desesperado soltó sus utensilios y echó a correr tras el vehículo, pero se le salieron los auriculares y comenzó a patearlos hasta enredarse en ellos; no llegó al tropiezo, pero sí a hacer añicos, no sólo los auriculares, sino también el aparatito que a ellos iba conectado. Haciéndose nudos con el cable del auricular, logró encontrar su móvil en alguno de sus innumerables bolsillos y dio parte del robo cuando Darlon ya se había escapado al menos cien metros. Aunque con mucho cuidado, Baes no dudó en cruzar algún semáforo en rojo, sabiendo que no era sólo el barrendero birlado quien iría en su búsqueda, pero a los trescientos metros del lugar del hecho, se dio cuenta que había elegido el sentido equivocado para su escapatoria: debió haber girado el camioncito y dirigirse en dirección a la montaña; se dio cuenta porque cien y doscientos metros más adelante, aproximada pero simultáneamente, aunque de lados opuestos, otros dos camioncitos, similares al suyo, o al que pretendía hacer suyo, viraban sobre el Paseo y rumbeaban directamente hacia él. Imagino que habrá pensado que una frenada brusca serviría más para llamar la atención o para una película de Hollywood, y por eso nada más aminoró la velocidad y tomó el curso de la calle más próxima, saliéndose del Paseo e internándose en el tráfico urbano.

Darlon-cocheEl inesperado desvío cambiaba todos los planes, si es que había alguno, puesto que Darlon, al parecer, quería pasar el día en la playa, y este paso lo adentraba en el continente. Puesto que esos vehículos no alcanzan la suficiente velocidad, lo importante sería la cintura, la muñeca, en este caso. Además se daba por sentado que no serían sólo dos los camioncitos que lo perseguirían; con el correr de metros, y como se vio, irían sumándose nuevos seguidores, y no sólo eso sino que también habría confrontadores, puesto que sería una falencia enorme de operatividad si todos los que se sumaran lo hicieran con fines persecutorios y no con la actitud de cortarle el paso o emboscarlo. Este punto fue tratado con acierto por Darlon, y en ningún momento tomó por la avenida principal, puesto que el lerdo tránsito dificultaría su escape; siempre encaró por calles pequeñas. Fue entonces, en una intersección entre dos calles que no sabría nombrar, y que quizá los vecinos de la zona tampoco, cuando una flota de seis o siete camioncitos de limpieza le salieron al choque. Baes no tuvo más remedio que pegar el volantazo y los frenos, de manera tal que su vehículo dio un giro de poco más de ciento ochenta grados, giro que se perpetró (gracias a Dios) sin que las ruedas dejaran de tocar el asfalto, de lo contrario estaríamos hablando de otros ciento ochenta grados. En esa sacudida, Baes escuchó una especie de gemido que no salía de su boca, pero en el desenfreno adrenalínico le restó importancia y se preocupó más porque ese volantazo lo llevaría ahí donde no quería entrar (ya que no podía seguir a contramano y debía doblar en la primera esquina que le saliera al paso): la avenida principal. Por suerte ya era el último tramo dentro de la ciudad; nomás cruzar el puente tomaría cualquier salida de la autopista.

A la decepción de que todo empezara a salir como no lo había planeado (si es que algo había planeado), se sumó la desazón al notar que ya había oscurecido. Tal vez ni se hubiera percatado si no lo despabilara la bocina rabiosa de un auto con el que casi se estrella. Le hubiese gustado, por lo menos, hacerle un gesto de disculpa, pero una voz lo desconcertó: «¿A dónde vas tan rápido, Paco?». No es que lo desconcertara porque el no se llamaba Paco, o sí: tal vez un poco sí. Pero más que nada, la perturbación vino por el lugar de donde provenía esa voz: de la parte de atrás del camioncito, de la caja. Quiso girarse de golpe, o intentó el principio de ese movimiento pero lo truncó y optó por buscar dentro de la caja a través del espejo retrovisor. Pudo ver la imagen de una mujer, vestida igual que el barrendero al que le hurto el camioncito, desperezándose y gruñendo remolonamente. En un ataque de inspiración, decidió emitir una especie de bufido cariñoso, un gruñido ronco que tal vez haya sido producido por algo que se le atravesaba en la garganta y lo medio ahogaba; luego carraspeó y encendió las luces. Por el retrovisor también pudo ver que un convoy de furgones de limpieza se le iban acercando. La siguiente salida se hallaba a más de seis kilómetros, tiempo suficiente para que lo cercaran, así que optó por un desvío de tierra. Atrás, la mujer comenzó a refunfuñar y a quejarse por el ajetreo del coche, pero seguía mimoseando y acusando a Paco con voz flemática y cariñosa.

La zona se hacía aún más oscura, lo que resaltaba los focos seguidores como si fueran antorchas inquisidoras. Gracias a este efecto pudo notar que las luces iban menguando de a pares, pero lejos de sentirse satisfecho, una preocupación comenzó a asediarlo.

La mujer volvió a dormirse o dejó de molestar, y el espejo le mostraba ya sólo cuatros pares de luces detrás, pero uno de los pares se empequeñecía hasta apagarse o desaparecer de la visión. Ahora sólo quedaban tres furgones siguiéndolo, si es que no se habían comunicado con sus pares de los pueblos aledaños. «Es la primera vez que me llevas tan lejos para follar», se despertó la voz de la caja trasera. Evidentemente, una mujer durmiendo en la caja trasera del furgón de la limpieza, en lugar de estar trabajando, como así lo justifican los impuestos de todos, incluidos los de Baes, y encima novia o amante del damnificado al que le hurtó el vehículo, no era algo con lo que Darlon planeaba encontrarse, si es que hubiese planeado algo. Se ve que Paco tampoco era de muchas palabras, porque ella no notó nada raro en el silencio, y hasta comenzó a tararear o balbucear una canción que tenía algo de flamenco; al menos en su versión original.

Después de la última curva, Baes sólo vio un par de luces detrás que no tardaron en empequeñecerse y detenerse; entonces comprendió que ahora, no dentro de mucho, le tocaría a él: la capacidad de los tanques de gasolina de estos vehículos no es como para llegar a Portugal de un solo tirón. Vio que se abría otro camino con forma de llevar a algún lado y lo tomó. Por alguna razón, apagó las luces del camioncito, lo que fue una fortuna intuitiva, ya que no más adentrarse unos ciento cincuenta metros vio pasar dos furgones más, recientemente incorporados a la persecución, siguiendo el rastro que él hubiera dejado de no haber cambiado oportunamente de parecer. A menos de un kilómetro, el motor se detuvo, y la inercia sólo lo dejó avanzar doscientos metros más, hasta quedar anclados en la más absoluta oscuridad, sin embargo, en lo que podría ser el colmo de la buena estrella, a unos pasos de la entrada de una casa antigua.

dickturpin«¿Ya llegamos, Paco?». Desprovisto ya de la tensión que lo había acompañado todo este tiempo, Darlon contestó: «Paco está muerto». La mujer pegó un grito sideral y se despabiló de golpe al dar con la frente contra las compuertas de la caja trasera en un intento de escaparse. Algo de culpa tiñó la conciencia de Baes e intento apaciguarla con voz tenue, pero viendo que seguía histérica y golpeándose contra todos los lados del furgón, no tuvo más remedio que amenazarla diciendo que si se calmaba no le pasaría nada. La mujer pareció entender y cambió los alaridos de gorila en celo por los sollozos fetales y pendulares en un rincón. Baes le dijo que más le convenía quedarse quietita ahí donde estaba y no intentar escapar, ya que si por fortuna lograba evadirse de sus disparos, sería comida de animales salvajes. La mujer vio el paisaje por la ventana y le creyó.

Darlon se dirigió hacia la casa; deduzco que sin ningún plan. Estaba deshabitada o nadie quiso tomarse la molestia de atender ni la puerta ni las palmas. La opinión de un búho, una lechuza o un grillo le hubieran valido de algo pero no; reinaba el silencio más arbitrario. Baes se decidió a rodear la casa, aún a riesgo de dar con un perro abandonado y, por ende, hambriento. Nada, ni siquiera el movimiento de un animal salvaje atacándolo. Con mucho esfuerzo, y frunciendo los ojos como un miope, distinguió una piscina o una fuente o una represa cubierta de hojas y suciedad. Y alcanzó a verla por una fluorescencia de más allá, de detrás de la fuente. Esquivó el estanque y se dirigió hacia la luz, cosa que nadie en su sano juicio debería hacer.

Nunca pudo descifrar de dónde provenía esa luz, pero lo que dejaba ver era una cancha de tenis. La luminosidad parecía emanar de la red o refractarse en ella, lo que le permitía ver con cierta claridad su lado de la cancha y vislumbrar la otra mitad, aunque daba la sensación de una imagen en blanco y negro. Una brisa se agitó y sopló unas viejas hojas secas; se formó como un remolino de hojas que duró unos pocos segundos, pero los suficientes como para que Darlon le prestara atención. Acabado el remolino, las hojas secas volvieron a su reposo en el suelo y una pelota de tenis quedó botando hasta perderse fuera de los límites de la cancha, donde ya no alcanzaba la luminiscencia. Aun reconociendo que no era una noche para fenómenos paranormales, la curiosidad lo llevó a buscar la pelotita, o por lo menos a certificar que no había sido sólo producto de su imaginación. No logró encontrar la pelotita, pero ya en esa posición divisó una especie de garaje, de galpón. Y tuvo otra revelación: se acordó del encendedor que había estado manipulando toda la tarde, mientras esperaba en el banco del Paseo. Más que miedo, por cómo se venía dando la situación, tenía algo de aprensión por si al encender el mechero le saliera el E.T. del garaje.

Afortunadamente no había ningún bicho de esos, y además no tardó en encontrar unos periódicos viejos que utilizó a modo de antorchas. Ya, con el hallazgo de un bidón con gasolina, cualquiera se sentiría el más afortunado de la tierra, pero Darlon Baes no es cualquiera: una caja de herramientas y un Sol de noche, que le costó horrores encender, fueron su propina.

Cuando Baes volvió al furgoncito, la mujer estaba loca desesperada tratando de arrancarlo. Darlon prefirió no seguir con su papel de matón porque lo que menos necesitaba era una trastornada histérica de compañera. Le dijo que si lo ayudaba, él la invitaría a desayunar. Darlon trabajó durante toda la noche, y a medida que transcurría, la mujer fue ganando confianza y entendiendo que no iba a descuartizarla y abandonarla allí, así que comenzó a ser compinche y a importunar el aplomo de Baes con interminables monólogos. De ellos Darlon sacó en claro que Paco era un perfecto imbécil, y no precisamente por su capacidad deductiva, sino porque Pilar, tal era el nombre de la mujer, no se cansaba de repetirlo.

Camioneta-DarlonYa con el alba, el trabajo terminado, el combustible cargado, y el camioncito convertido en un descapotable, Darlon invitó a Pilar a que lo acompañara en la cabina, pero antes se encargó de devolver las herramientas utilizadas al cobertizo. Se detuvieron en una gasolinera de camino a la ciudad, y Pilar convino en sacarse el uniforme y vestirse de civil para no llamar la atención. Fue un desayuno opíparo capaz de resarcir las horas sin nada que ingerir. Ahora Baes interactuó más en la conversación, aunque Pilar siguió sin animarse a preguntarle por qué hacía lo que hacía; estaban bien así. Aun desvelada y su palidez resaltada por cansancio y sus cabellos azabaches, era linda Pilar. Con un arito en la nariz… No era precisamente un arito, sino esas bolitas plateadas que apenas sobresalen de la piel.

A esa hora empezó a llover, justo una hora antes de que Darlon dejara a Pilar en la esquina de su casa y ella le garabateara su teléfono sobre la gaveta de la nueva camioneta.

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