La doble vida de los personajes

noviembre 10, 2012 at 11:38 pm (Uno que cuenta)

Estoy cansado, hastiado, saturado de oír que los personajes cobran vida. Va un boludo que la va de escritor y recibe un premio, y en alguna parte de la entrevista o la conferencia de prensa se le ocurre decir que nunca se pone a escribir con una historia ya resuelta sino que un atisbo es más que suficiente para que luego esos indicios de personajes se desarrollen. Imagino que tanto Pirandello como Flann O’Brien, como algún otro también, ya se burlaron de este tipo de escritores, y con una clase inimaginable, pero como si nada: cada tanto hay un escritor que presume de doctor Frankenstein, supongo que para responsabilizar a otros de su inmerecido premio.

Tomemos como ejemplo al boludo que la va de escritor y que acaba de recibir un premio. En uno de sus libros cuenta: «A Larva lo recorrió un escalofrío. Si bien el invierno de aquel año no era tan agresivo como el de años anteriores, igual conseguía penetrar por los vidrios rotos y las rendijas. Recordó que su mano derecha aún empuñaba el arma helada y estuvo a punto de deshacerse de ella, cuando oyó el quebrarse de una rama no tan lejos como hubiese deseado». Por supuesto que la narración sigue, pero justo en este punto pude advertir que Gargas Roza, el escritor que había comenzado a darle vida al Larva, interrumpió su escritura. Se preguntarán cómo puedo estar tan seguro de que Gargas Roza suspendió su escritura, y les adelantaré que no soy Gargas Roza como estarán sospechando (¡Dios nunca lo permita!), sino que simplemente se trata de un don con el que nací que me permite adivinar desde qué punto hasta qué otro fue escrito de corrido. Pero no nos desviemos. Justo en el punto inmediato a «deseado», el señor Gargas Roza (pensaba no nombrar al escritor, porque a veces suele ser rencoroso, y seguramente querrá escribir un cuento donde yo aparezca de forma velada, como uno de sus personajes, para hacerme quedar mal, o matarme directamente; y no quería hacerlo, no por mí ni por no verme humillado en un párrafo, sino para ahorrarnos otro insoportable escrito de Gargas Roza), decía que justo en ese punto, el escritor se levanta a atender el teléfono, o a apagar la pava para su té, o por una violenta contracción del esfínter producida por un té que ya se había tomado. Y se levanta también por que es un pusilánime y espera que al volver el Larva haya cobrado vida y resuelto esa situación en la que su creador lo había dejado.

Pero yo sigo leyendo el libro, y palabras más, palabras menos nos venimos a enterar que la rama quebrada provenía de algún animal mediano, y se pasa unas diez páginas hablando del clima, un lobo o un zorro (el autor no se decide), y el estado anímico y de espera del Larva que aguanta agazapado y que, a pesar del frío del metal en su mano derecha, no se dispone a dejar el arma, no sea cosa que justo en ese momento… Digamos que yo también necesito ir a mear, o se me quema el guiso o me aburro horrores y estoy a punto de quedarme dormido, entonces decido alcanzar el próximo punto y aparte, porque es en estos puntos donde los personajes suelen descansar mejor, para abandonar momentánea o no tan transitoriamente la lectura, y es cuando el Larva «extiende su mano izquierda, la inerme, hacia el picaporte de la puerta, sin dejar de espiar por la mirilla, donde la sombra de un árbol se agita fluctuante y amarga».

Difícilmente retome este libro, y es que Gargas Roza, si alguna vez dio algo a las letras castellanas, con el tiempo fue derramando el tintero en cada una de sus páginas y de sus escritos, borroneándolos con el codo, seguramente con la misma mano con la que Larva carga el arma. Pero en caso de que volviese, tendría que encontrarme al Larva en la misma situación en la que lo dejé, a punto de abrir la puerta, y para ese entonces es probable que el Larva, que ha cobrado vida, tenga un calambre a lo largo de todo su brazo izquierdo y un aterimiento al borde de la gangrena en su mano derecha… Porque los personajes cobran vida al momento de la escritura, no de la lectura, donde ya se encuentran vivitos y coleando. Pero siendo así, en el momento en que Gargas Roza se levantó a cagar o a abrir la puerta o a lo que fuera que se haya levantado (como si a alguien le importase un rábano la vida del tal Gargas Roza), al volver podría haberse encontrado con que el Larva, alienado por el pánico de una noche fría, siniestra y alerta, se hubiese disparado en plena boca, ahorrándonos el montón de páginas que le sucedieron luego de que no se animara a esa resolución, porque el Larva no fue capaz, y dejó que el otro incapaz le resolviera su situación en un aburrimiento de casi trescientas páginas. O bien, podría haber llamado por teléfono a un montón de locas travestis, y en media hora esa casa se hubiese convertido en una bacanal de sexo y drogas, y el Larva en un personaje de Copi, que si bien no corren mejor suerte que los de una novela negra, de un policial o de cualquier narración, al menos se hartan de coger y drogarse. Y aún hubiese podido conservar el arma.

(Me pareció oír los tacones de una mujer en el acto de subir unas escaleras.) A lo que quería llegar es que si los personajes cobraran vida (es como si a lo lejos alguien llamara a una puerta), yo no estaría obligado a congelarme, a quedarme inerte, tan quieto y entallado como un signo ortográfico, en el siguiente punto. (Se oyen pasos de hombre que se alejan.)

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