Promesas hechas

septiembre 10, 2011 at 9:07 am (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara), Humberto Gauna, detective)

No me gusta ser alcahuete, pero me estaba acordando que Humberto Gauna prometió explayarse sobre las razones que le hicieron perder su vuelo de vuelta a Barcelona, y no lo hizo. Menos por responsabilidad que por puro aburrimiento, yo sí pienso contar por qué perdí el vuelo que me devolvía a Barcelona. Como algunos sabrán, yo debía haber pisado esas tierras el primero de agosto, partiendo desde el Aeropuerto de Salta el día 31 de julio a las 11.45 horas. Como algunos podrán presumir: sigo en Salta.

Después de haber pasado ese fin de semana a cuarenta kilómetros de Yacuy, junto a Gauna y al cura Elías, el lunes 29 decidí estar tranquilo en Tartagal y hacer noche ahí, puesto que mi colectivo salía el martes a primera hora para Salta. La noche me encontró sentado en una pulpería de la calle Camino de los Jesuitas frente dos tamales y medio litro de vino. Apenas hube terminado los tamales, justo cuando pedía otra jarrita de medio, cayó Elías al bar guiado por la certeza de que yo estaría ahí. «Adiviná quién está en cana», me dijo mientras pedía un vaso con una seña; «A ver, dejame pensar», me hice el que reflexionaba mientras le llenaba el vaso; «Hoy al mediodía nos fueron a sacar del Centro», se quejó; «¿Por qué no me avisaron o me vinieron a buscar, entonces?», me escandalicé; «Y ¿qué hubieras hecho?», me increpó; «Bulto, aunque sea», me resigné. El Centro es un establecimiento, un local que servía como albergue, comedor, iglesia, campo deportivo cuando había mal tiempo, que estaba (que está, porque aún no lo demolieron) ubicado a mitad de camino entre la capilla (la original) y la escuelita, y supuestamente edificado sobre tierras con dueño. Yo y otros colaboradores más solíamos dormir ahí. El aviso de desalojo había llegado hace más de un año, y se esperaba a esa gente en cualquier momento. También se intentó apelar o mover algunos papeles para que eso no ocurriera, pero al Capital siempre le viene bien una burocracia desganada.

Camino a la comisaría, el curita me contó que Gauna estaba enajenado, porque, aparte, los habían ido a sacar con toda la policía de Tartagal, que si bien no era mucha, eran más que ellos. Y continuó:

«Me pidió que me llevara a los chicos que había a la iglesia, para que no fueran a ser testigos de alguna locura, y se quedó medio sólo, con el Severino al lado. Se ve que Ortiz, el comisario, no quería demasiado quilombo y apelaba a la cordura de Humberto, pero había un changuito de traje y corbata, guagua, todavía, pendejo olor a leche y aspirinetas, al que le deben haber dado un puesto de funcionario después de haber chupado algunas pijas, que se quiso hacer el valiente argumentando que esos eran terrenos fiscales y no sé cuántas otras cosas más, y Gauna lo dejaba gritar con cara de perplejo y lo miraba como estupefacto. Esto que te estoy contando, me lo contó el mismo Ortiz hace menos de una hora, cuando estuve en la comisaria, y estaba preocupado porque pensó que Gauna le iba a bajar los dientes de un soplamocos y el iba a tener que recurrir a la fuerza, cosa que detestaba, pero por suerte al final Gauna esperó a que terminara de hablar el mocoso y se limitó a tirar con fuerza de la parte ancha de la corbata, dejándole un nudito pequeño, apretado e imposible de desatar, y lo siguió ignorando… ¡Ay, mirá que es culiado este Gauna cuando quiere! Jiji, se ve que la criatura miraba para todos lados como un pajarito enjaulado, exigiendo una respuesta y forcejeando con su corbata, me contaba Ortiz. Evidentemente, ese no era un motivo para arrestar a Gauna, así que Ortiz tuvo que esperar a que seis de sus hombres se revolcaran en el suelo gracias a la gentileza de los puños de Gauna y del leal Severino. En el momento en que se los llevaban en un coche policial, volvía yo y le pedía a Ortiz que se dejara de joder y nos dejara en paz, y el muy turro me decía que el clero no debía meterse en cuestiones seculares.»

Cuando llegamos a la comisaría yo esperaba encontrarme a Gauna y a Severino atados a unas sillas y con la cara toda magullada… Más que nada, por un afán cinematográfico, entiéndaseme bien, no por otra cosa, pero ahí estaban, el detective, Severino, el comisario y un cabo que se frotaba la mandíbula, sentados alrededor del escritorio del tercero, tomando mates. En ese momento, Gauna decía: «Sos un hijo de mil putas, Ortiz.»; «Y ¿qué querías que hiciera?», respondía el comisario, «lo trataste muy mal a ese chiquito.»; «Sí, pero me contuve; no le iba a pegar, si él también es otro mandado», aclaraba el detective; «Sí, pero lo míos también son unos mandados y no te contuviste. ¿Me asevera, cabo Juárez», refutaba Ortiz mirando a su subalterno; «Doy fe, comisario», cerraba Juárez sobándose la dentadura; «Disculpame, Juárez», se excusaba Gauna; «No pasa nada, Don Humberto, cada uno cumplía sus objetivos», se apiadaba el cabo; «Compréndame, Gauna, yo cumplo órdenes», agregaba el comisario. En ese momento, y sentándose, hacía su aparición el cura Elías: «Sí, pero vos alguna tajada te llevás, Ortiz; no nos engañemos»; Y contestaba el comisario: «Sí, pero va a ser para investigar quién fue el reverendo hijo de puta que nos pinchó las ruedas de las bicicletas»; «Agradezco el trato, Oficial, o debo llamarlo Egregio Comisario, para que se sienta secularmente pagado». Los dos hicieron como que no habían entendido la referencia directa, o como si no importara, y seguimos conversando de otras cosas. Ortiz nos mostró una especie de mapa donde se veía claramente todo el territorio que les iba siendo arrebatado a los indígenas.

Junto con el clarear, salíamos de la comisaría. Silencioso el Severino, fumando el curita y yo, y puteando a todo el mundo Humberto. Algunos notarán que esto en nada explica, todavía, por qué perdí el avión de regreso, puesto que, hasta el momento, yo igual podría haber tomado un colectivo que me llevara a la Capital, para, al día siguiente, poder abordar tranquilamente el avión que me conducía a Barcelona, pero es que no me dejan terminar; la verdad es que me están cerrando el locutorio y no me da el tiempo. Pero les prometo, que en la próxima, termino de contarles la verdadera razón de por qué en estos momentos no estoy en Barcelona.

Abrazos.

El Chango

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