La comunidad (retomando el tema)

julio 22, 2011 at 6:58 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

No voy a mentir, no voy a exagerar y decir que he sido ovacionado por los vecinos alguna vez tocando el acordeón, pero he recibido alguna lisonja y algún que otro vítor. Tampoco soy capaz de asegurar si las alabanzas fueron motivadas por la sinceridad, ni menos si por alguna noción de armonía o composición musical. Sí puedo asegurar que provinieron de los vecinos más inmediatos a mi habitáculo, es decir, desde la derecha de una pared y la izquierda de la otra. La tanda fue inaugurada por la vecina de la derecha (de hallarnos mirando hacia la montaña), a la que llamaremos Amanda, como ya lo hiciéramos en otra oportunidad; fue hace como dos sábados: me encontraba en la terraza practicando con el instrumento cuando un sonido estridente se coló en mi música. Lo primero que pensé fue que habría otro botón u otra tecla para revisar y reparar; también cabía la posibilidad de que simplemente le hubiera errado, o sea, que no hubiera dado la nota, provocando así la no buscada disonancia. Repasaba estas reflexiones en silencio cuando volví a sentir el chillido: era Amanda, desde la terraza contigua que arengaba y estimulaba mis prácticas. Si bien la situación era bastante novedosa, puesto que cada vez que me crucé con ella en el rellano lo único que hacía era quejarse del… y no llamaba al instrumento sino que en una contorsión abría y cerraba los brazos esperando a que yo la ayudara con el nombre del instrumento, digo que si bien era nueva, no me pareció extraña; lo hacía por un sentimiento de soledad. No hacía más de dos días que se había visto desprovista de la compañía de su madre, doña Joaquina, que ahora se encuentra en un lugar mejor, debido al Alzheimer… el hijo, uno de los hermanos de Amanda, ubicó a su madre en una residencia. Digo un lugar mejor, porque doña Joaquina, debido a su enfermedad, era una persona dependiente. Pero resulta que Amanda no es menos dependiente que su madre; desconozco la información científica del caso, pero algo le falla, ha perdido la Reina y la mayoría de los Peones.

No detallaré aquí los puteríos de mi edificio, pero cabe decir que todo él se hallaba en preocupación extrema por lo que pudiera suceder si dos personas con esas dificultades vivían solas, por más que el hermano de una e hijo de otra las visitara más o menos asiduamente, el cual estaba al tanto del desvelo vecinal, pero siempre postergaba diciendo que la solución estaba en trámite. Al parecer algo de la solución llegó hace poco: el traslado de doña Joaquina a una residencia, ocultándole a Amanda el verdadero paradero de su madre, mintiéndole y diciéndole que su madre tuvo que ser llevada casi de urgencia al hospital (cuando algunos testigos la vieron salir caminando y de lo más campante), y bajo amenazas para que no contara nada de lo sucedido al resto de los vecinos; Amanda, cuando me lo contó, me hizo jurar que no le dijera a nadie, pues si su hermano se enteraba que había abierto la boca, «le iba a cortar el cuello como una gallina» (la frase, cómo no, iba acompañada de su mímica correspondiente). Así mismo, me pidió que estuviéramos al tanto por cualquier cosa que ella necesitase. Le respondí que no había problema, pero que tuviera en cuenta que mi mujer estaba embarazada, así que no se nos podía exigir mucho, y ella me retrucó que no habría problema y que cualquier cosa que nosotros necesitásemos, no dudásemos en acudir a ella, que ahora no, porque tenía cuarenta y cinco, pero que pronto cumpliría cuarenta y seis y entonces sí que podría ayudarnos con la criatura. No sé qué irá a pasar con esta chica: algunos rumores hablan que lo único que le interesa al hermano es desprenderse de su hermana y así poder vender el piso, y que por eso instaló a su madre en una residencia, y nadie sabe qué irá a hacer con su hermana, pero si quiere manejar todo con secretismos y silencios, no creo que trame nada bueno.

La cosa es que desde ese día Amanda festeja mis prácticas con el acordeón. Bueno, ahora ya no tanto porque tuvimos una discusión. Fue justo el mismo día de la lisonja por el lado izquierdo. No fue por el acordeón, sino que se quejó de los golpes que daba el Ramón contra su pared (el Ramón es el hombre que vino a casa a hacer algunas refacciones), poniendo como excusa que su madre se encontraba en el hospital. A punto estuve de replicarle que si su mamá se encontraba allá, poco le iban a molestar los ruidos; al final inventé que se nos había desprendido la persiana y que necesitábamos repararla con urgencia, y como no me encontraba demasiado paciente, dejé la conversación ahí y continué tocando el acordeón, aun a riesgo de entorpecer la labor del Ramón. Y ahí llegaron los otros halagos. Tampoco doy fe de la sinceridad de los elogios, y los veo más bien como un intento de entablar una comunicación: dos hermanas, mayores ya, sólo que una, la dueña del piso, estaba de paso porque vive en Castelldefels, pero hace poco le regalaron un acordeón porque tocarlo era un sueño que tenía de pequeñita.

En los mejores cines

Le comento que el motivo de que en ese momento me hallara haciendo ruido era por un sueño parecido al suyo y patatín patatán nos ponemos a charlar un rato, ellas de su lado y yo del mío, pero los tres recostados y torcidos sobre la baranda que nos permite que ninguno de los tres ahora estemos estrellados en el suelo, siete pisos más abajo, y a ofrecernos las recíprocas ayudas en caso que nos sean necesarias, y que, cualquier cosa, ya sabemos.

Le pregunté más tarde al portero, que todo lo sabe, sobre su apreciación de mis vecinos de la izquierda. Me dijo que eran buena gente y que no tenían problema con ninguno. Pero tampoco sabe nada de cómo irá a terminar la historia de Amanda.

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