El baile del duende

marzo 3, 2011 at 6:58 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

(Todo lo que vaya a ocurrir a partir de ahora va a necesitar de la participación activa del supuesto lector. Cualquier escrito debería al menos pretender que un lector, también cualquiera, participe, de lo contrario nos estaríamos tomando el pelo.)

“No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos” Ambrose Bierce

Siempre me gustó The Cure. Hace mucho que no los escucho, pero el otro día, escuchando otra cosa, me vino a la cabeza uno de sus temas: «The Caterpillar»; sé que no es para nada ingenioso, pero el nombre del tema lleva un link incluido que, si clickeamos (¿se dice así?), nos llevará a escuchar la canción mencionada; así, los que la conocemos, la refrescaremos en la memoria; y los que no, le prestarán algo de atención para reafirmar o refutar la hipótesis que detallaré más adelante.

Mientras en la otra ventana, o en la otra pestaña, suenan los Cure, iré contando tonterías como para rellenar el vacío. ¿Qué quieren que les diga? Me cuesta tirar los calzoncillos viejos, o las zapatillas, o las remeras, o cualquier cosa que logró amoldarse a uno o que terminó amoldando a uno a esa cosa. La mayoría de las veces, lo nuevo me resulta incómodo; el calzado nuevo me lastima, el calzoncillo nuevo me irrita las bolas, la esponja de lavar platos no enjabona una mierda de lo dura que está, y la toalla no seca un pelo si está estrenándose. Igual de inservible y nocivo puedo ser yo como acompañante del conductor en un viaje; no es que me duerma, no, pero me quedo como tildado, la ruta me adentra en una modorra en la cual me pesa tener que hablar. Tampoco es que me aboque a la reflexión filosófica, sino que exploro el lado profundo de lo inservible, y el conductor siente que si era por llevar algo a su lado hubiese llevado un crash test dummy, que mostraría mi misma capacidad de conversación pero no le criticaría la música que pone. Cuento esto porque el fin de semana que pasó fuimos invitados por unos amigos a pasar unos días maravillosos en Torredembarra. En realidad, cuento esto porque se me canta, pero lo bueno siempre dura poco, y ahora ya estamos de vuelta en la mundanal rutina. Encima, con la excusa de que está embarazada, mi mujer está ávida de caprichos. Acabo de volver de Manjares, donde fui a comprar unos chorizos para los choripanes de esta noche, pero cada vez que voy ahí me quedo charlando un rato… y siempre me termino llevando más de lo que en realidad iba a comprar: hoy volví con los cinco chorizos para esta noche, y además me traje seis milanesas de peceto, que es el corte de carne que utiliza mi abuela para hacer las milanesas. No sólo eso: Adrián, que así se llama el uruguasho que lleva la carnicería, me regaló dos chorizos especiales, embutidos con morrones, nueces y algo de cava; recién los había terminado, pero como no había utilizado todo el cava me invitó a unos vasitos. La paso bien con esa gente. Pero no divaguemos: hablaba de los caprichos prenatales de Hele. El lunes me hizo mamar un documental de un equipo gay de rugby irlandés. Yo sabía que ella se quedaría dormida a los quince minutos con la excusa de que está embarazada; aún así. una excusa que no deja de resultarme hermosísima. Ignoro qué era lo que a ella le llamaba la atención de este documental, pero, para ser sincero, a mí el rugby no me despierta demasiada curiosidad. Amén que a la temática del documental, para mi gusto, le sobraban dos adjetivos: ¿A quién carajo le tendría que importar la sexualidad y la nacionalidad de unos jugadores de rugby? Ni de rugby ni de cualquier otro deporte. No tendría que ser así. Pero estamos llenos de prejuicios y seguimos confundiendo sexo con sexualidad, género con generación o degeneración. ¡Dejémonos de joder! Aceptemos que hay tantas sexualidades como personas hay en el mundo. Porque va a ser muy feo y aburrido tener que ver un documental que trate sobre el Club Atlético y Lesbiánico de Pelota al Cesto, o sobre Hijos del Incesto Paddle Team, o sobre la Asociación Sirio Libanesa de Ajedrez y Doma de Oveja. Quiero decir: a mí me gusta el fútbol, y me hubiese gustado, y hubiera sido igual de bueno, si me hubiese cogido más minas que Casanova o si me hubiese gustado tirarme del cuarto piso de culo y encima del obelisco. Personas que gustan del deporte, nada más.

Albert Pla en: "¿Y cuál es la diferencia?"

Pero no quiero alejarme del tema, que a esta altura ya debe haber terminado; me refiero al tema de The Cure: resulta que me vino a la cabeza mientras escuchaba a Raúl Barboza, el embajador del chamamé,  y mi otro profesor de acordeón, junto al Chango Spasiuk (debo admitir que las clases no son presenciales y también que ninguno de mis dos maestros tiene idea de lo que me está instruyendo). El tema que escuchaba se titula: «El baile del duende» (exactamente: volví a poner un link en el nombre para que escuchemos y comprobemos), y a mi gusto es una versión telúrica del tema de The Cure; incluso me imaginé a Robert Smith cantando sobre el acordeón de Barboza. Esto viene a colación porque me he cansado de oír a gente desprestigiar contra el folclore, que es aburrido, que es viejo. A mí me gusta el folclore, y según su etimología significa: el saber del pueblo, sólo que los que los desprestigian me parecen individuos que no saben na’. Me gusta el folclore de mi tierra, pero también aprecio el de otras tierras; son raíces, y ser moderno, ser nuevo no significa andar un paso detrás o directamente esquivar la historia; evitar el folclore no nos acerca a la vanguardia, al contrario. He comparado dos temas: uno de rock o pop o lo que sea y otro que pertenece al folclore del litoral argentino. Quizá no vean el parecido; tal vez sea sólo mi imaginación; pero hemos compartido dos temas, dos canciones sensacionales, sean del género que sean, de gente que hace música. Dejémonos de joder con las etiquetas.

Es probable que el tema de Barboza no haya terminado aún, pero para cuando termine les dejo el siguiente tema. Es de Sigur Ros y se llama «Gobbledigook»; si escuchamos la base de su percusión, notaremos que es la misma (o casi la misma) que la del malambo. Nos preguntaremos en qué se parecen los gauchos con los islandeses. En que tanto «gauchos» como «islandeses» son sólo etiquetas.

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