Verás que todo es mentira

febrero 12, 2011 at 5:14 pm (Uno que cuenta)

“Rico no es el que más tiene sino el que menos necesita” San Agustín

Trampas hay por todos lados. Me acuerdo una vez cuando era chico, y ahora me sobra tiempo para recordar: iba caminando por una de las calles de mi barrio, y me encontré con un conocido de la familia: me revolvió los pelos, me saludó con excesivo cariño y, al momento de despedirse, me pidió que le diera sus recuerdos a mi madre. Bueno, le dije y me quedé esperando, pero el tipo sonrió, se dio vuelta y se fue tan pancho. Cuando llegué a casa, le conté a mi madre lo que había sucedido, y que el tipo en cuestión le mandaba sus recuerdos; y mi madre se quedó mirándome y esperando alguna anécdota, alguna vivencia pasada que el tipo me haya confiado, y le tuve que decir que el tipo no me había contado nada suyo, que sólo le enviaba sus recuerdos, por lo que yo supuse que mi madre ya los conocía, pero a juzgar por su cara no tenía ninguna idea de los recuerdos de ese tipo. Esto que cuento viene a colación porque hace como una semana un amigo me contó todo enojado de las mierdas y mentiras que le hacían tragar la publicidad. El Ale, que es este amigo que les digo, me explicó que una multinacional sueca de muebles y artículos para el hogar usaba la frase de San Agustín como eslogan, y que a él le parecía el colmo de los engaños porque si uno entra en uno de sus locales termina llevándose más del triple de lo que no necesita, y que todo está dispuesto como un enorme laberinto del que sólo podés salir llenando tu carrito de artículos que no vas a usar en tu puta vida, y que al final terminás gastando una plata que no tenés porque asumís que los precios están más bajos que en otro lado, y así acabás con un montón de cosas que se irán a la calle en no mucho tiempo, y se calentaba el Ale al tiempo que descargaba el baúl de su coche. «¡El que menos necesita… el que menos necesita!… ¡Manga de zánganos!», refunfuñaba el Ale desde atrás de una caja gigante que vaya a saber Uno qué es lo que contenía. También me contó que antes de ese eslogan, la empresa tenía un comercial que te incitaba a transformar tu habitación en un búnker capaz de resistir las afrentas del resto de tu familia, y seguía blasfemando el Ale.

Ahora que tengo tiempo para pensar, me doy cuenta que lo del Ale no fue nada en comparación con lo mío. Ayer viernes fui al supermercado porque tenía un excelente plan para ahorrar dinero llevándome muchas cosas, pero a diferencia de mi amigo, estos productos son de gran necesidad puesto que corresponden al rubro alimentario. Fui llenando el canastito, y a medida iba anotando en una libretita el producto con su precio a modo de ticket personal. Cuando llegó el momento de pagar, la suma que me exigía la cajera era superior a la de mis cálculos al menos en un cincuenta por ciento. Le advertí de su error, o el de su caja registradora, y le mostré mi lista con la operación matemática que daba un resultado bastante menor. Ella me refutó que el error era mío, puesto que los precios que yo había anotado correspondían al segundo producto de cada artículo, y yo le hice saber que no era ningún pelotudo y que además sabía leer de corrido y comprender las consignas, pero ya que persistía en su obcecación le aconsejé que fuera a las estanterías y comprobara, y que vería que los primeros productos estaban allí, intactos, y que ni siquiera los había tocado, y que en todo caso les cobrara ese precio exorbitado a los que se llevaran esos primeros productos, y se ve que a esta altura de mi defensa había levantado algo el tono porque la cajera no tuvo más remedio que llamar a seguridad, y éstos no tuvieron más remedio que sacarme del súper a los empellones.

Con todo el enojo y la plata que me había ahorrado en el súper a cuestas, me metí en una de esas tiendas que tienen un cartel de Todo por 4,99. Con la experiencia que me había relatado el Ale, me prometí ser cauto y llevar sólo lo que me fuera imprescindible, y que además pudiera cargar, porque, también a diferencia de mi amigo el Ale, no tengo coche. Escogí dos pares de medias, un encendedor eléctrico de cocina, un cucharón sopero, tres pinchos para hacer brochette, una bolsa de carbón, un cuaderno de notas, trabitas para el pelo y una Madreselva en su macetita para regalarle a Una. Iba a llevarme también el geranio de al lado, pero no es cuestión de ser tan ambicioso, además que tampoco me alcanzaban las manos para llevarlo, así que puse un billete de cinco sobre el mostrador y me fui caminando despacito con todas las otras cosas que podía llevarme por sólo 4,99. La chica, que tenía una apariencia bastante oriental se puso a gritar; yo supuse que era porque quería darme el vuelto, pero como Uno no es ingrato, no reclama; es más: la miré con cara de generosidad y le hice comprender que podía quedarse con el centavo sobrante.

Afuera el sol brillaba y mi alegría era inmensa segundos antes de sentir un grito espeluznante simultáneamente con un golpe de patada a la altura del omóplato derecho que hizo que me desestabilizara, revoleara todas mis compras por los aires y fuera a dar de bruces al suelo, desparramando mis adquisiciones por todos lados y los trozos de carbón rodando por toda la vereda. Lo primero que pensé es que querían robarme mis cosas, así que me levanté de un tirón y me encaré contra el oriental que me había propinado la patada, y con el cucharón sopero pude asestarle en plena mollera, pero antes que pudiera continuar en el castigo con el recién caído otra violenta patada por detrás me hizo revolcar por el suelo; se veía que estos delincuentes no hacían pata ancha solos; me la estaba viendo peluda. Así que en un arranque de desesperación rompí el blíster de los pinchos y sostuve uno en cada mano, actitud que me pareció por demás ridícula, puesto que ni siquiera sé hacer brochettes, y además nadie mejor que los orientales para el manejo de armas blancas. Pensé que hubiera logrado mejor resistencia si hubiese agarrado el encendedor eléctrico, o las trabitas para el pelo. En ese momento se acercaba un tercer oriental, y menos mal que justo llegó la policía y me ahorró la feroz golpiza que iban a darme. Lo extraño es que, a ojos de la ley, yo resultaba ser el culpable de todo esto. En vano intenté hacer entrar en razón a los oficiales que me metían en su coche, diciéndoles que el cartel lo expresaba claramente y que yo podía llevarme Todo por 4,99.

Cuento esto ahora, porque tengo tiempo; el juez recién dirá algo el lunes. Tengo agua, comida, una especie de cama que tal vez sea de la firma sueca, y el cuaderno de notas que fue lo único que pude conservar y que, al parecer, era lo único que me alcanzaba con ese billete de cinco. Me gustaría saber si soy rico ante los ojos de San Agustín.

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