Un jugador con casi todas las letras

enero 25, 2011 at 5:37 pm (Los Otros, Uno que cuenta)

(Relato extraído de El fulbo ez azí, de Ismael Soquete)

¡El Zurdito Cañabate! Yo nunca he vizto a nadie hazer loz jueguitoz que hazía el Zurdito con la pelota, ni ziquiera a loz brazucaz, que para ezo zon buenízimos, pero el Zurdito lez zacaba trez vueltaz de ventaja, y hablo en pazado porque no he vuelto a zaber de él dezde haze como diez añoz, cuando ze mudó a Corrientez o a Entre Ríoz, no me acuerdo bien, pero no me van a creer zi lez cuento que podía pazarze el día entero haziendo pataditaz zin que la pelota tocara ni una zola vez el zuelo, y ezto lo hazía con catorze o quinze añoz nomáz. Y, ¡claro!, nunca le faltó el oportunizta de turno, que en ezte cazo fue su tío, el Rengo Cañabate, hermano de zu padre fallezido, que ganaba apueztaz a cozta del changuito. Una vez zubió por el azzenzor loz diezizéiz pizoz de un edifizio, meta y dale con la pelotita, y dezpuéz bajó por laz ezcaleraz y volvió a zubir por ella loz diezizéiz para luego bajar por el azzenzor. Y al Rengo le brillaban loz ojoz de la plata que iba a contar. Pero eza vez, loz que apoztaron que ze le caería el ezférico, ze metieron con el Zurdito dentro del azzenzor y apenaz zi le dejaron un ezpazio, pero no le importó porque ahí mizmo, en una baldoza nomáz, el Zurdito no la dejaba caer; a vezez la dejaba durmiendo zobre zu frente o enzima de un hombro, pero enzeguidita la pelota comenzaba a rebotar de nuevo y pim pim pim, y el Rengo que lo invitaba a un zánguche y una gazeoza con el efectivo que recaudaba, y que el Zurdito ze zampaba con unaz ganaz locaz, y a vezez todavía haziendo pataditaz.

El Rengo vio la pozibilidad de apuntar máz alto y ze lo llevó a probar zuerte a Buenoz Airez, pero le zalió mal la jugada porque al final no quedó en ningún club. Un poco porque el chiquito añoraba zu caza y otro poco, y ézta ez una verdad durízima, porque el Zurdito ze perdía en el equipo. Noz dimoz cuenta cuando lo fichamoz para el campeonato del barrio. Al prinzipio lo puzimos adelante, como era lógico para un jugador con tanto dominio del balón, pero cada vez que rezibía ahí nomáz la perdía, o zi no era él el que dezaparezía: no zabía jugar zin pelota ni en equipo, pero lo manteníamoz como titular porque le pegaba como loz diozez y todaz laz pelotaz paradaz eran para él: zi pateaba loz córnerz, te la ponía juzto en la cabeza y cazi que ni teníaz que zaltar; zi había un tiro libre, era un gol cantado porque el tipo te la mandaba a guardar juzto ahí, donde duermen laz arañaz. Loz arqueroz del otro equipo ya ni ze tiraban cuando el Zurdito pateaba laz faltaz, nada máz ezperaban que, en el mejor de loz cazoz, la bocha ze eztrellara en el pozte, porque zi no era ir a buzcarla a la red. Al ver que el pibe no daba pié con bola en el ataque lo mandamoz a la defenza para que al menoz, de vez en cuando, la reventara a la tribuna; incluzo llegó a jugar algunoz partidoz al arco.

Pero... ¿vos no eras zurdito, acaso?

El día que jugábamoz la zemifinal del torneo, pazé a buzcarlo por zu caza. Mientraz él ze cambiaba me quedé charlando con zu madre, y ézta me dezía que el Zurdito eztaba loco con el fútbol, que todoz loz díaz ze quedaba hazta la madrugada haziendo jueguitoz, inventándoze jugadaz, pateando penalez ante un inmenzo público imaginario, y me moztró el patio donde practicaba: era baztante grande y había diverzoz mueblez dizpueztoz en forma de obztáculoz, zillaz apiladaz formando una barrera, bancoz zimulando rivalez, una lona con agujeroz de un diámetro apenazz grande que el de una pelota; me explicaba zu madre que, no zabía cómo, pero que zuz plantaz y zuz florez eztaban intactaz, y que nunca había roto ni una ventana ni nada, y ezo que a vezez le pegaba fuerte.

Eze día hizimoz un buen partido, pero cuando faltaban trez minutoz para el final perdíamoz por un gol, y enzima elloz zacaban un córner: zi lográbamoz clavar una pepa antez del pitido final habría alargue y ezo noz favorezía porque loz teníamoz contra laz cuerdaz, y zi no zeguro que ganábamoz en loz penalez. Tiran el córner y uno de elloz alcanza a rematar de cabeza y el balón va a dar al travezaño y queda ahí, dando vueltaz en el área chica; en medio de la confuzión, el Pelado Irazuzta logra conectar un patadón y dezpeja la pelota que va a dar un poco máz allá del mediocampo, y le va a caer juzto al Zurdito, que debía eztar en Babia o ze habría olvidado que eztaba jugando porque la pelota le quedó dormida en el empeine, como zi no hubieze hecho eza parábola del tremendo guazcazo que zacó el Pelado dezde nuestra área, y ahí eztaba el Zurdito como enajenado de todo, y pim pim pim, comenzó a hazer pataditaz, como zi eztuviera en el patio de zu caza a laz doz de la mañana. Y veo cómo loz rivalez ze le iban al humo y algunoz de nozotroz que corríamoz para que dezcargara rápido, pero eztábamos lejoz y loz del otro equipo ya cazi que lo habían rodeado. Entonzez, yo me acordé y le grité: «Hazé de cuentaz que zon zillaz», y ahí el Zurdito la pizó y apenaz zi la empujó para adelante y le metió un cañito al primero, y ahí nomáz zacó una bizicleta y ¡paf!, pazó de largo el zegundo que quedó mirando para arriba como una avizpa católica, y el Zurdito que ya había tomado envión y le hizo tragar el amague al terzero y también al cuarto, pero el cuarto y último lo ziguió de zerca y medio que lo iba agarrando del brazo, pero el Zurdito eztaba imparable y era como una locomotora a vapor, azí que cuando llegó al área contraria ze perfiló para pegarle, y dezde el mediocampo vi como zacaba eza zurda como un latigazo, y yo que ya eztaba levantando loz brazoz para feztejar… Y de pronto vi que el Zurdito rodaba y que el arquero de elloz alzaba la pelota victoriozamente. El Zurdito Cañabate le había dado con todaz zuz fuerzaz al zézped; a nozotroz noz coztó la zemifinal, y al pobre pibe le valió un brutal ezguinze de tobillo.

Al año ziguiente, cuando el Zurdito ya ze había ido a Corrientez o a Entre Ríoz, no me acuerdo bien, a eztudiar veterinaria, el Copete Barragán, aquel ázpero defenzor que corriera codo a codo en el tramo final de la recordada jugada junto al Zurdito Cañabate, me confezó que fue él el rezponzable de que un zertero ezcupitajo en el ojo dezequilibrara a nueztra última ezperanza goleadora.

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Un inservible cualquiera

enero 18, 2011 at 10:47 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Al final pude juntar la plata para retirar del taller el Taunus de Gauna, pero pienso demorarlo allí un tiempo más porque no tengo dónde dejarlo por las noches; además de que no tenemos noticias del detective desde hace más de dos meses, desde principios de octubre del pasado año, que es cuando recibimos su último y único informe de Errolan. Algunas malas lenguas afirman que se trasladó a Pocitos, en la frontera con Bolivia, y que anda metido en cosas de contrabando, pero tampoco debemos hacer caso de los rumores, puesto que también nos llegaron voces de que estaba cosechando manzanas en Río Negro, que regenteaba un cabaret de mala muerte en Lomas de Zamora, que entrenaba las divisiones inferiores de un club de fútbol en San Pedro de Jujuy; el sobre que contenía el informe que mandó tenía el código postal de la localidad de Guaymallén, por lo que presumimos que el detective continúa sobre la pista de Errolan en Mendoza. Irtzuberea dice que, conociendo al detective, cualquiera de estos rumores podría ser cierto, y que además el detective sería capaz de manifestar su ineptitud en cualquiera de esas actividades. Es evidente que a Irtzuberea no le cae demasiado en gracia el detective, pero también conviene mencionar que cuando se expresó de esta manera venía de una entrevista de trabajo que le había trastocado el humor. Al enterarse que yo andaba con algo de guita en el bolsillo, me conminó a que lo invitara unas cervezas y me refirió su historia:

«Viene el tipo y me pregunta si sé hacer entrevistas. Le pongo cara de incisivo y le respondo que sí, por supuesto, y antes de que empezara a presumir de algunos logros del pasado, el tipo me pregunta si sé manejar el algo, ahora no recuerdo bien el nombre que me dijo pero era un programa de diseño y edición. Le mentí que conocía algunas funciones y elementos básicos del programa, pero se ve que no quedó muy satisfecho que digamos porque ahí medio se excusó y me explicó que al parecer estaba mal redactado el anuncio porque se había presentado un centenar de personas que o eran periodistas o eran diseñadores, pero que ninguno cumplía las dos funciones a la vez, y lentamente la expresión de mi cara va mostrando el brillo que da la comprensión y le digo que entiendo, y estoy a punto de darme la vuelta y volver caminando despacito hacia mi casa cuando el tipo reanuda su explicación… No era una excusa, está claro, era como una especie de confesión, pero al final me termina contando que lo que la empresa necesita no es alguien que escriba los versos más hermosos ni a otro que haga un diseño de la vanguardísima madre, sino a uno solo que se ocupe mediana, aunque técnicamente de ambas. Milanesas con papas fritas, pienso yo; pero el que pela y fríe las papas también las sirve, pero no se va porque alguien tendrá que lavar los platos después… Da igual, pero en ese momento yo pensaba que me había quedado atrás, que no sabía manejar un programa que era básico en el funcionamiento editorial, que las cosas que debía saber fueron mutando y no me di cuenta, que no fui capaz de “aggiornarme”, que tengo fallas en mi sistema evolutivo».

Dejé pasar el rato de silencio que me pareció prudente y le dije que no era para tanto, y que no era una falla de su sistema evolutivo, sino que la cosa era así: nos comemos el invento de la especialización, es decir, si querés triunfar en esta vida, tenés que hilar cada vez más fino; ya no alcanza con ser ingeniero en biogenética, sino que además tenés que estar doctorado en el cromosoma 7. Pero a la vez no se generan puestos para esa especialización, ni para el otro ingeniero que se masterizó en el cromosoma 11, sino para un ingeniero en biogenética que sepa repulgar empanadas. Y así no sólo se favorecen un montón de rufianes inventando cursillos para estar en la moda (y cuando digo “un montón”, estoy hablando de millones y millones de truhanes y traficantes de la educación), sino que a la hora de considerar la valía del candidato o el empleado, se tendrá por bien pagarle una mierda de sueldo porque el pobre desgraciado de ese ingeniero no supo recitar su tesis en nepalí, y así se abarata la mano de obra y te meten el miedo de que si no aceptás esa mierda de sueldo va a venir otro de los infinitos que vienen detrás, y que además es agrimensor e hizo un curso avanzado de Excel, y se va a poner a repulgar las empanadas. Y así nos vamos proliferando los inservibles y los cobardes, para hacer nuestro valioso aporte al sistema.

«Colaboramos desde la nulidad, desde el desuso», reflexionó Irtzuberea; Efectivamente, asentí; «¿Viste qué raro suena “Desde el desuso”?», saltó Irtzuberea, y nos pusimos a hablar de otra cosa.

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Los muy mosquitos muertos

enero 14, 2011 at 7:40 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

«Después, y sin revestir menos peligrosidad que las caracterologías mencionadas hasta el momento, también están los “sin espejo”, personas incapaces de hacerse una idea de sí mismos sin la intervención de terceros, es decir, que perciben su personalidad basándose mayormente en la mirada y el reconocimiento de los otros, siendo estos últimos igual de botarates que el primero, construyendo así una cadena interminable de eslabones perdidos, pero convencidos de su buena y ubicada posición en la sociedad gracias a las complacientes palmaditas de sus pares.»

Con el párrafo anterior se inicia el capítulo XXIII: De vampiros y otros fantasmas (Nolrad Leira, Los unos y los potros. Editorial Balderrama, Salta, 1989; p.187). Este capítulo abarca casi una decena de páginas en las que el Licenciado despotrica contra este tipo de caracterología humana. Dice que suelen armarse de un «criterio prestado», es decir, que van por la vida recogiendo ideas, opiniones y pensamientos (de gente que ellos estiman superiores) y que los adoptan como propios, lo que les sirve para reforzar sus prejuicios y no para combatirlos, como debería ser si esta clase de personas se animara a formarse una idea de sí mismos frente al espejo. También nos dice Leira que es importante determinar el ambiente en el que este tipo de personalidades se desenvuelve; según el autor, si ésta actúa en un ámbito social suele hablar fuerte, llamar la atención, trata de agradar, y sus argumentos suelen basarse en la potencia de sus cuerdas vocales y su total sordera hacia los sonidos que no refuercen sus magníficas reflexiones; en cambio, si se desenvuelve en su ámbito laboral, suele ser un lameculos; esto resumiendo, puesto que el Licenciado no se expresaría de esta manera… al menos no en una publicación. El capítulo concluye con una alusión a los nativos americanos que, cuando la colonización, intercambiaron su oro por espejos puesto que el metal no les representaba ningún valor, y el reflejo en el espejo los representaba (de paso aprovecho para insistir y exigir que devuelvan lo que han robado, a nuestros nativos de América y a cualquier otro nativo de cualquier otro lugar).

De las conclusiones que saqué de estas páginas, dos llegaron a perturbarme sinceramente: la peor, que yo no hubiera sabido interpretarme en el espejo y en realidad sea uno de esos tipejos; y la no menos mejor: que no existiera otra opción y que la identidad de cada uno sólo estuviera supeditada a la decodificación de los otros. ¿Creen que sería sano dejar la formación de la personalidad de cada uno en manos de una panda de energúmenos sin imaginación? Yo no. Pero, por ejemplo: esta barba lleva más o menos dos meses conmigo, y muchas personas que no me veían hace más de ese tiempo (o al menos desde el principio de estos dos meses, cuando todavía no era una barba sino sólo su sombra) no tienen mejor comentario al verme que: «¡Eh, Che Guevara!», como si fuera el único referente de barbudo argentino. Hasta ahora nadie me dijo: «¡Eh, Cortázar!» (aunque haya nacido en Bruselas), o «¡Eh, Macedonio Fernández!»… o Martín Fierro o Checho Batista en el Mundial del 86, da igual.

Test: ¿Aparece usted en esta imagen? ¿No? Entonces ya sabe qué clase de tipo es.

La cosa, y volviendo a la segunda preocupación, es que de un tiempo a otro yo he pasado a ser «el tipo de la barba», y esto debe estar bien porque al fin y al cabo me define, y me ahorra esa ardua tarea, y me ubica social y, a veces, laboralmente. Puedo conceder y concebir esa idea: «el tipo de la barba»… Pero siempre estará su sombra.

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