El pan de cada día

diciembre 28, 2010 at 2:58 pm (Los Otros, Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

Sabiendo tempranamente que por la noche no me cocinaría, salí a comprar pan; un pan te arregla con bastante rapidez y sin necesidad de muchos utensilios el asunto de la comida. La panadería estaba llena, pero no tenía inconveniente en esperar. Delante mío conversaba una pareja de jóvenes angloparlantes, y al parecer se estaban conociendo porque el chico le preguntó cuántos años tenía, es decir: «How old are you?». La chica contestó su edad y a mí me hizo reír una idea que se me cruzó por la cabeza: me imaginé la debacle que se hubiera producido en la panadería si la chica hubiera entendido mal la pregunta, por ejemplo, que hubiese sentido «How cold are you?» («¿Qué tan fría eres?»); o «How cow are you?» («¿Cuán vaca eres?»), y me reía por lo bajito ante la escena. De todas maneras, no creo que haya mucha diferencia entre preguntarle a una dama qué tan fría, gorda o vieja es. Imagino, por supuesto, que la frase en inglés no exige una traducción literal. Me desentendí por completo de la conversación de los chicos, porque además de no interesarme, el juego de palabras me trajo el recuerdo de Ramiro Blázquez, no sé por qué, tal vez por su último chiste (aunque ésta tampoco es la palabra). Cuando lo encontraron en su casa de Parque Belgrano, llevaba dos días muerto. El vecindario no tardó en hacer correr el rumor que lo suyo fue una sobredosis de marihuana. Hasta donde yo sabía, Ramiro fumaba marihuana, y mucho. Pero hasta donde yo también sabía, nadie había muerto por una sobredosis de marihuana (aún hoy sigo sin tener conciencia de un caso así); sospeché que se había atragantado con galletas de chocolate o que se había quedado dormido mientras fumaba y murió incinerado. Pero nada de eso había ocurrido.

Lo conocí en 1994; el año lo recuerdo con claridad porque en esa época dictaba una asignatura en la UNSa. Él ya había terminado de cursar la carrera, pero igual fue a verme. Pensé que buscaba asesoramiento para su tesis, pero sólo buscaba conversar. No era mucho menor que yo y teníamos algunos intereses en común, y aunque no llegamos a ser amigos, si es que se llega a eso, lográbamos una compañía amena; varias veces me invitó a su casa y nos quedamos horas hablando. De Ramiro puedo decir que tenía la… no me sale la palabra, pero definitivamente no era «virtud»… de adelantarse a los hechos. El problema radicaba en que no aplicaba esta condición en la adivinación sino en la literatura. En sus escritos, que solía mostrarme cuando lo visitaba, se podían encontrar frases como «La despiadada Julieta (como se verá más adelante) se acomodó los soquetitos rosados»; o «Muriel (¡ay! Dios, ¿para qué encariñarse con la adorable Muriel si sabemos lo que le ocurrirá después?)…»; o «El intachable mayordomo (del que nunca nadie hubiese sospechado)…». Al principio creí que se trataban de acotaciones que hacía Ramiro para luego no olvidarse la idea primaria, o no perderle el rastro a sus personajes, o que luego no tomaran vida propia y terminaran desviando completamente el cauce de la novela, pero no, así debían ser impresas, y él argumentaba que de esa forma el lector sabía a qué atenerse y nada lo iba a agarrar desprevenido.

Una tarde pasé por su casa y golpeé la puerta; como tardaba en abrir, estaba a punto de irme cuando una voz sonó desde dentro; me costó reconocer a Ramiro; me pedía que por favor lo disculpara pero que no podía atenderme. Durante la semana siguiente me fue a buscar a la facultad y me contó que sufría de una «ansiedad galopante», y que el otro día no me había abierto porque «estaba justo en el medio de un ataque de pánico». No me extrañó su confesión porque ya alguna vez me había contado de que una idea resuelta solía producirle taquicardia o arcadas mientras trataba de darle un soporte físico, y que por eso a veces yo había leído un cuento donde los tiempos parecían superponerse y el relato perdía cualquier coherencia. «Una vez que estoy ahí, sólo deseo que pase», me dijo en esa oportunidad, y creo que fue la única en que dejó sus ojos fijos y no los revolvió como buscando algo urgente. «Por eso fumo»; porque era lo único que lo calmaba, que le ralentizaba esa necesidad inútil de adelantarse y tener una certeza de lo que fuera a ocurrir. Y que además solía mitigar el dolor de ver las cosas, los objetos desprovistos de su esencia.

Ese mismo año dejamos de vernos porque a mí me salió un proyecto en otra provincia. Supe, por un conocido en común, que había publicado una novela. También supe que se había envenenado, y que eligió una sustancia que lo fue adormilando lentamente hasta la muerte. Y supe que la policía encontró un papel que contenía por escrito esa «virtud», por decirlo de alguna manera, de adelantarse a los hechos: «Que la gilada hable de sobredosis, pero yo muero de una “pobre dosis”; porque nunca fue suficiente, porque no me alcanzó».

Cuando la panadera me preguntó qué quería, me quedé mirándola como un tarambana, sin saber qué decir, negué con la cabeza (aunque más que nada fue un temblor), y salí corriendo de ahí. Tal vez no cene esta noche.

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