Línea mortal

octubre 13, 2010 at 4:02 pm (Uno que cuenta)

Para evitar otros detalles también innecesarios, diré que era de noche y nos encontrábamos sentados en una mesa (alrededor de ella, se entiende), al aire libre; el plural es porque me acompañaban un tipo y su hermana, además que el lugar estaba abarrotado de gente, aunque no en nuestra mesa. No diré que el tipo era mi amigo, pero al parecer él tenía la suficiente confianza como para haberme contado que a su hermana (no ésta que nos acompañaba, sino otra; creo que tenía como cuatro hermanas) la habían plantado a punto de casarse. Por lo que pude entender, su hermana iba a casarse más que nada para ayudar al que iba a convertirse en su marido, no sé si por papeles o cuestiones de residencia, vaya Uno a saber. Lo cierto es que el novio la plantó casi en la iglesia y se fue con otra mina. Esto me contaba mientras rellenaba una encuesta de una compañía de teléfonos, pongamos que se trataba de Movifón, el nombre da igual porque no viene muy al caso y además es muy probable que todas las compañías terminen perteneciendo al mismo capital. El asunto es que el tipo iba rellenando despreocupadamente los papeles mientras me comentaba el suceso con algo de rabia pero sin perder la educación. Al terminar esa encuesta se giró a la mesa de al lado y se la entregó a un gordo de bigotes. El gordo le agradeció con alegría, y el tipo retomó la conversación mientras agarraba la encuesta de su hermana y comenzaba a rellenarla. Hasta ese momento no me había dado cuenta del carácter casi obligatorio del cuestionario para todos los allí presentes; al lado de mi vaso y debajo de mi brazo apoyado me esperaba el mío. Miré a mi alrededor y nadie parecía estar incomodado por esa tarea, más bien disfrutaban alborotadamente de la noche. Al terminar con ese formulario, el tipo se lo entregó a su hermana, y ésta se levantó de la mesa y se fue muy contenta a entregarlo, como si hubiese sido la primera en terminar la prueba de matemáticas. El tipo la vio alejarse, sonrió e inmediatamente me preguntó con un gesto, sin palabras, señalando debajo de mi brazo apoyado, si quería que me la rellenara a mí. Yo no pensaba hacerlo así que se la di; además me vendría bien por si había alguna represalia por no completarla. «No te gusta mi hermana, ¿no?», me preguntó sin mirarme pero al terminar la pregunta levantó la vista y esperó una respuesta o una reacción o algún gesto que me delatara. La verdad es que ni me había fijado en su hermana. Tenía el pelo oscuro y ensortijado, las facciones de una adolescente, la carita pequeña y oculta detrás de unos mechones. Miré en la dirección en que se había ido, un poco para ver si su caminar me decía algo, y otro poco como para ordenar la respuesta. Le dije que mi condición de casado me impedía verla de esa manera, pero no me impedía notar su encanto; mencioné algo de su ingenuidad, y no sé si no utilicé palabras como «angelito», o «flor silvestre». Él me escuchó atentamente, y agradeció mi modo honesto de entender a las mujeres y de ver más allá que unas piernas, no como el otro desgraciado, ése que plantó a su otra hermana. Se interrumpió un momento para hacerme la última pregunta del cuestionario en voz alta. Todas las preguntas anteriores eran de opciones múltiples, pero esta última me inquietó ya que exigía desarrollarla por extenso. Le comenté mi preocupación y el temor de que pudieran darse cuenta de la trampa, ya que habría varios cuestionarios con la misma letra, sobre todo por ese punto. Él le restó importancia y me dijo que difícilmente se fijaran en eso, pero que en todo caso pensara mi respuesta y se la dictara. Esta preocupación moral mía me impidió darme cuenta, en el momento, del horror verdadero; la pregunta decía más o menos así: «¿De qué manera aparece Movifón en su sueño?». Cuando creí tener la respuesta se la dicté: «De ninguna, puesto que ni siquiera tengo celular». La evidencia del horror me vino al momento de despertarme (el sueño había seguido un instante más en el que los tres caminábamos con intenciones de entrar al cine, aunque andábamos como por túneles de metro, y seguramente el tipo seguía hablando del que plantó a su hermana), de despertar y comenzar la vigilia asociando a las multinacionales con Freddy Krueger, de no tener a mi disposición ni siquiera el único espacio dedicado a la intimidad de Uno; el neoliberalismo no conoce fronteras. Lo peor del caso radica en la imposibilidad, al menos, de comercializar y sacar algo de provecho de esos espacios cedidos, arrebatados y saqueados para su publicidad; el engaño diario de hacernos creer que las opciones son múltiples.

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