El gran juguetón

octubre 28, 2010 at 5:31 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Inodoro Pereyra, de Roberto Fontanarrosa

“Néstor con Perón, el Pueblo con Cristina” Sentimiento anónimo, popular y argentino, recogido en la calle

Pocas muertes de «personajes públicos», por decirlo de alguna manera, me han tocado de verdad, de cerca, como quien dice; la muerte siempre está ahí, y te mira desde el espejo. Me acuerdo que la mañana del 5 de marzo, mientras cursaba mis once años y me vestía para ir al colegio, mi abuela me avisó que Olmedo había muerto. Me había visto casi todas sus películas y, a pesar de mi corta edad, disfrutaba de su programa semanal: No toca botón, incluso llegué a verlo en el teatro, y eso que salían minas en bolas; en mi familia no me inculcaron la desnudez como un tabú. Me parecía alguien muy cercano. Maestro del doble sentido, a veces podía pecar de soez, de guarango, pero a mí me hacía reír alguna ternura que emanaba de quién sabe donde; se cagó en los libretos y en los códigos de la televisión. Recuerdo también que esa vez esperaba que mi abuela se hubiese equivocado, que hubiera escuchado mal el nombre, incluso deseé que hubiera sido su hijo el que murió, y no él, no el gran Olmedo; a esa edad presumía que iba a ser un vacío difícil de llenar. Se cayó del balcón de un piso 11. Me pasó algo parecido hace poco más de dos años cuando, hojeando un periódico, fui a dar con la cara de Fontanarrosa. Al principio me sentí entusiasmado con la idea de que un diario europeo, tan lejos de todo, ellos, se interesara por un personaje como Fontanarrosa, pero ahí nomás caí en la cuenta de la sección del diario en la que me encontraba: era la de obituarios. Me acongojé bastante y me dio una tristeza demasiado grande si tenemos en cuenta que no conocí nunca personalmente a Roberto, que así se llamaba; creo que su arte también nacía de la ternura. Los dos, tanto Olmedo como Fontanarrosa, eran cómicos: el primero, en el cine, el teatro y la televisión; el segundo, en la gráfica. A los dos apodaban “el negro”, y, como si esto sirviera de algo, los dos habían nacido en Rosario de Santa Fe.

Ayer volví a sentir que una muerte me impactaba: descansaba, ahora Néstor Kirchner. Como siempre pasa, el primer efecto fue de irrealidad pero, como ya estoy medio grandecito, enseguida cedió lugar a la desazón. Debo reconocer que le había puesto bastantes fichas a la política de Kirchner (y espero seguir poniéndole). Me cayó en gracia desde un principio cuando, recién asumido como presidente, se metió al enfant terrible de la televisión en el bolsillo. Me refiero a Caiga quien caiga (la versión original, la argentina, porque las versiones que vi de otros países eran más bien ingenuotas, chiquillos jugando al periodismo comprometido pero con las espaldas y los bolsillos cubiertos, y menos incisivos que una cuchara de madera); les siguió el juego, e incluso los metió en el suyo; Néstor sabía jugar. Desde que tengo memoria, ésta es la primera vez que me siento orgulloso de la programación de un canal estatal (que son dos, en este caso, y los dos interesantísimos). Pero no voy a hablar de lo que a mí me parecen logros importantes, porque imagino que ya lo hará cualquier medio, aunque sí voy a decir que tenía las pelotas bien puestas, se animó a muchas cosas y yo presumía que se iba a animar a muchas más, aunque esto último quizá se fundamente sólo en una intuición (recuerdo también que a los doce años, cuando ya todos en mi familia se habían ido a dormir, me quedé viendo la tele y los últimos resultados de la elección presidencial que ganó Carlos Menem; esa vez tuve algo parecido al pánico, creí que el Apocalipsis había llegado y tenía ganas de despertar a alguien y que me contestase qué nos iba a pasar ahora, no quería irme a acostar, y me temblaban las manos; pero era sólo una intuición). Creo que Kirchner entendió que un país de América no podía hacer frente al viejo y desgastado poder de Europa ni al nuevo y grosero de Estados Unidos, y yo estaba esperanzado por eso, porque veía a América renacer como un pueblo, independientemente de las fronteras, y la fuerza política de Kirchner me parecía sumamente relevante para el Cono Sur, y para la alianza con los países vecinos, con los hermanos americanos.

Ayer, después de enterarme, sentí un gran pesar, que con el correr de las horas se transformó en desagrado e irritabilidad (y lo terminó pagando mi afectuosa Hele, que nada tiene que ver con este asunto, pobrecita). Después de cenar, me conecte al MSN; necesitaba conversar con alguien, saber cómo se vivía allá, pero no había nadie y decidí escribirle un mail a una de las pocas personas con la que no me había peleado por defender a los Kirchner la última vez que estuve en Argentina (familiares y amigos incluidos): «Sólo nos queda Solanas», finalizaba el mail que le escribí a Anaya, y él me contestaba esta mañana: «Ése (por Pino Solanas) antes de parar la pata se va a mandar un buen quilombo, acordate». También él, como muchos más, está compungido por la muerte de Kirchner: «despues de Perón viene Kirchner», dice que dijo Moyano aludiendo a la reivindicación de los derechos de los obreros, a que en Argentina se volvió a discutir sobre los sueldos y sobre las atrocidades cometidas en los gobiernos de facto, a que no le importó echarse a los medios de comunicación más importantes encima (importantes en cuanto a poder económico, se entiende, porque de periodismo, nada), y otros arrojos e inteligencias diversas.

«Ésta es la Corriente del Sur. ¡Goooozalaaa!» (In memoriam Néstor Kirchner. 1950-2010)

Néstor Kirchner fue un político movido, travieso, revoltoso, inquieto (también encuentro algo de ternura en esto); fue un guerrero juguetón. Espero que el resto de América levante la bandera que dejó el caído y sepa llevarla, porque el destino de América excede a un solo tipo.

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Algunas aficiones

octubre 26, 2010 at 3:54 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“La ociosidad es la madre de todos los vicios” Jostein Gaader

“La ociosidad es la madre de la filosofía” Thomas Hobbes

“Yo al que le creo es a Hobbes” Uno

Guardiola aún no me ha contestado la carta que le envié. Tampoco espero que lo haga. Nadie pone en duda lo que ha logrado con este equipo, pero la verdad es que a veces me aburre un poco ver un partido del Barça, me recuerda a uno de los primeros videojuegos que jugué: el Space Invader, ése en el que uno es la navecita de abajo que tiene que dispararle a las de arriba antes que se acerquen a la tierra. Bueno, el juego de este Barça imita el ataque de los invasores, que van adelantando sus líneas en bloque, para que de cuando en cuando se descuelgue, se desprenda una navecita y ataque por los flancos en un movimiento pendular. ¡Me aburro! Y después me tengo que comer las quejas y el victimismo tan propio de sus adeptos de que siempre los contrarios se cierran atrás. ¿Y qué más van a hacer? Es como el gordito dueño de la pelota, que si no le pasan su pelota se empaca y se la lleva para que nadie juegue. Y ahí van, pasándose la pelota de un lado para otro, como en un entrenamiento; el contrincante, más que nada, pierde por aburrimiento… y porque entiende que no hay lugar para él si el otro está meta y meta pajearse; hay que soltarla, caramba, porque si no te vas a volver loco o quedar ciego. Y yo cambio de canal a ver si aparece Mourinho en una conferencia de prensa, que eso sí que es divertido, a pesar que la prensa barcelonesa lo haga quedar peor que Cruella de Vil; me cae simpático el Mourinho. También Guardiola, o el Quique Sánchez, o Manuel Preciado, que lidia cabeza a cabeza con el entrenador del Madrid a la hora de dar el espectáculo, sólo que en esta liga a nadie le importa otro equipo ni lo que suceda más allá del Barça o del Madrid, Stallone y Zchwarzenegger, la Coca o la Pepsi. Pero ni Guardiola me ha contestado la carta, ni Mourinho ni Preciado me han llamado para invitarme una cerveza.

Pizarra robada del vestuario blaugrana, donde se develan los secretos tácticos de Pep Guardiola.

Creo que voy a aficionarme al Club Esportiu Europa, ya que me queda a menos de cinco cuadras de mi casa. No voy a seguir al equipo de los mayores porque cobran diez euros la entrada, pero voy a ver a los juveniles, ya que la entrada es gratuita y los jugadores no están viciados por el negocio del show del fútbol. Aunque también es probable que no me mueva de mi casa y me quede leyendo o tocando el acordeón o rascándome las que te dije.

Hablando de leer, ayer, mientras paseaba mi ocio por el barrio, encontré libros tirados en la calle: elegí cuatro que me parecían medianamente interesantes; había unos cuantos más, y se ve que había habido otros tantos, casi una caja llena, pero llegué tarde.

En la imagen puede verse al señor Carlos Irtzuberea, padre de nuestro colaborador. La foto fue tomada por, nada más y nada menos, que Humberto Gauna. Según el detective, en ese momento Irtzuberea, padre, le reprochaba a su hijo la facilidad con la que esquivaba el bulto, y así mismo le preguntaba qué pensaba hacer de su vida, si es que tenía una, a lo que el hijo respondía citando a León Felipe y esquivando el bulto: «Ya vendrá un viento fuerte que me lleve a mi sitio», a lo que el padre, mirando al detective y excluyendo del comentario a su hijo, exclamaba: «Mirá si no será pelotudo». Si el detective hubiera ampliado el plano de la foto, también podríamos haber visualizado a nuestro colaborador. Gauna se excusó diciendo que era mejor detective que fotógrafo, cosa que tampoco nos consta.

Los libros que me encontré y tal vez lea (sigo sin terminar Incerta glòria, aunque ya comencé la tercera parte, por si a alguien le interesa: acabo de terminar el momento en el que uno de los personajes se entera que su mejor amigo, ambos en el frente pero ahora en diversas Compañías, ha estado haciendo un trabajo fino, constante y prolijo, vía epistolar, para birlarle su esposa; el libro va lento por pesado, pero no en el sentido de densidad literaria, sino pesado en cuanto a constitución física –casi 800 páginas–, es decir, incómodo para leerlo en la cama, que es donde hallo el sosiego, la atención y la postura ideales para emprender una lectura; también es complicado para llevarlo a una plaza; digamos que es un libro de salón), los libros callejeros, decía, son: Confesiones, de San Agustín, que terminé regalándoselo al portero, porque yo no estaba preparado para esa lectura, y él le iba a sacar más provecho; Ronda del Guinardó, de Juan Marsé (tengo otros dos libros de este autor, pero creo que todavía no he sido llamado); El pan de los años mozos, de Heinrich Böll, autor que desconocía por completo pero que, por lo poco que he investigado, promete; y Segunda memoria, de Salvador Pániker. Veré que pasa con éstos, de lo contrario podrán encontrarme, los domingos, en el Club, y el resto de la semana, caminando por el barrio para ver si encuentro, tirado, algo de Nicanor Parra, o de Rodolfo Wilcock, o de Marcel Schow, o de Felisberto Hernández, o de Copi, o de Chandler, o de Carver, o de Lamborghini, o de Martínez Estrada, o de Vallcorba, o de…

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Informe de la situación VIII

octubre 22, 2010 at 10:14 pm (Uno que juega)

A pesar de las ausencias del detective, aún en Argentina, de Errolan, Quién sabe dónde, y del Licenciado Neira, que llegó más tarde, aunque Nadie lo esperaba, puesto que hace más de medio año que no colabora en este blog, la reunión de esta mañana se llevó a cabo puntualmente, tanto que, antes que los presentes alcanzaran a acomodarse, el Director ya había lanzado la pregunta de si Alguien había tenido la deferencia de leer el periódico del día anterior. Naturalmente se abstuvo de esperar una respuesta de Vergara, porque éste había dejado bien clara su posición frente a la prensa, pero tampoco Nadie dio una respuesta afirmativa. El Director se limitó a hacer circular una página del diario en la que se detallaba una lista con los ganadores de un concurso de blogs. A ninguno parecía interesarle el contenido de la página, ni mucho menos tenía curiosidad por descubrir qué se proponía nuestro Director con dicho acto, aunque ya lo adivinábamos, pero S.R. no tardó en confirmarlo: «¿Alguien me puede decir por qué ni siquiera figuramos entre los finalistas?», preguntó retóricamente a modo de prólogo del sermón que quizá ya tenía preparado desde tiempo atrás, incluso desde antes de inscribir este blog en el concurso. A Vergara no le importó que la pregunta no exigiera una respuesta: «¡Es porque somos negros!», contestó con un movimiento ondulante y descendente del brazo derecho, señalando un punto indefinido de la mesa y dejando caer levemente los hombros hacia delante, en un gesto que, suponemos, es como a Vergara se le figura un rapero. Irtzuberea concluyó la humorada con un «¡Chócala, hermano!», y Alguno hubiese festejado la escena con una sonrisa sincera de no haber sido truncada por la cara de orto que en ese momento enmascaraba a nuestro Director. Irtzuberea intentó calmar las aguas diciendo que no era para tanto y parafraseando a Lorca sobre el mal fario que pueden traer los premios en su Charla sobre teatro. Acto seguido, el Director dejó en claro que no estaba hablando de medallitas, porque eso a él le chupa un huevo, sino de la retribución en efectivo perdida, y que éste era el segundo año consecutivo en que no ganábamos nada, y justo en el momento en que se disponía a repartir sus lamentaciones de índole monetaria entró el Licenciado Leira con una bolsa repleta de bizcochitos de grasa, que dejó sobre la mesa antes de ponerse a saludar afectuosamente a sus colegas, Director incluido (que miraba la escena con esa expresión de desesperación aturdida que pone Jeremy Irons en cualquier película), mientras que Uno corría a buscarle una silla al nuevo integrante y cafés para todos los presentes.

Hablando de comedias, ésta tal vez es, lejos, una de las mejores que se hayan hecho en el cine: «Le dîner de cons» o «La cena de los tontos», de Francis Veber. Una delicia.

Al momento de volver, haciendo equilibrio con la bandeja llena en una mano y un banquito en la otra, Uno encuentra a Leira dándole palmaditas al Director en la espalda, diciéndole que no tiene por qué preocuparse, y que seguramente ese concurso, como cualquier otro está acomodado, y que si no que se acuerde cuando el año pasado recibíamos comentarios de lo lindo que les había parecido nuestro blog y que estarían encantados de otorgarnos su voto, eso sí, si nosotros éramos capaces de darle el nuestro a ellos, y que más que un concurso aquello era una simonía, y el Director respiraba hondo y masticaba casi sin ganas un bizcochito; y un poco más allá oye que Alguno le dice a Otro que lo que haría falta es una visión más comercial; «Claro», afirma Otro, «invertir en publicidad». «¡Un eslogan!», se entromete Alguien que estaba escuchando, «algo así como: “El Otro Seba Weblog… Algo nunca visto», y Otro y Alguno lo miran como sin poder discernir si está haciendo una broma, o si en realidad Alguien es un boludo de cuidado; y un poco más acá, ya completamente desentendidos del tema en cuestión, Irztuberea le cuenta a Vergara que es muy simpática la china que atiende la verdulería donde él compra, que es pura risa y contorsiones, y que la última vez se pusieron a charlar, bueno, a tratar de entenderse («yo hablo español poco», dice Irtzuberea que le decía la china), y que él le explicó que era el que hacía las compras y cocinaba en su casa, y que la china le respondió algo así como «mujel con moto», y que Irtzuberea entendió que esa expresión refería a la felicidad de su mujer al tener quien le cocine, y Vergara se ríe y lo escucha, e Irtzuberea continua que no sabía por qué pero cada vez que tenía ese tipo de conversación él se contagiaba y comenzaba a hablar como el otro, y que no era mala intención ni burla, al contrario, pero que de pronto se encontraba hablando con una gramática ininteligible y pronunciando peor que de costumbre, como esa vez que él señaló la cerveza que acababa de terminar, y el oriental detrás de la barra le preguntó: «¿Otla?», e Irtzuberea respondió: «Otla», pero sin pensarlo sino que le salió así, y Vergara está que se mea de la carcajada, y esparce las migas de los bizcochitos salados por toda la oficina, y es ahí cuando Uno abandona raudamente la sala, y no sabe si es por el café o qué, pero va al baño y se caga, literalmente, en los concursos.

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Decálogo ordinario

octubre 20, 2010 at 9:15 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

De último momento: Creemos que bajo amenazas de contarle al detective que le había chocado el Taunus, pero lo cierto es que Vergara se dignó a escribir algo luego de más de tres meses de inactividad, por lo menos, en este blog.

No tengo costumbre de leer periódicos. Primero, porque si necesitase que me infundaran terror, me abrazaría a cualquier doctrina religiosa, y conste que no hablo de fe, puesto que no soy tan incrédulo, o consultaría cotidianamente mi saldo bancario. Segundo, porque si quisiera desarrollar algún sentimiento patrio, con todo el bagaje de prejuicios que conlleva, me conseguiría una mina a la que cagar a palos por haber salido a la calle donde hay tanto negro, chino o tahitiano suelto, para luego, sentado en el comedor y entre mate y mate, tararear «mi Buenos Aires querido…», o en otro caso comer patatas bravas o pa amb tomàquet y cantar jotas o sardanas, o lo que fuera, y evitaría mirar hacia dentro mío para no contradecir el certero axioma de que la mierda siempre viene de afuera y toda la culpa es de los demás. Tercero, porque si buscara cohesión social con una masa uniforme que sólo sabe hablar de fútbol (si es que), vería los partidos y no pagaría un euro diario para que una turba de tunantes y fanáticos forme mi opinión. Cuarto, o resumen de las tres premisas anteriores, porque no me gusta que me infundan nada. Quinto, porque para convencerme que es mejor dejar las cosas como están, no alterar el orden establecido y quedarme en casa como un borrego dopado acumulando mundanos placeres me bastan los cachiporrazos de las fuerzas policiales y me sobran esos doscientos o trescientos gramos de papel ensuciados con tinta negra. Sexto, porque si quiero que me inventen la realidad prefiero a los autores clásicos (aprovecho para recomendar la lectura de Antiimperialismo: Patriotas y traidores, de Mark Twain, un periodista de a de veras, cuyos textos, a pesar de estar escritos a principios de mil novecientos, desparraman actualidad), y si me tienen que hacer el cuento elijo a Borges y a Alfonso Reyes, o a Arreola y Poe. Séptimo, porque no tengo un perro al que domesticar a fuerza de golpes ni tampoco vendo huevos. Octavo, porque en el peor de los casos, ante la carencia de un bidet, opto por el papel higiénico que es más suavecito y no me deja más negro que lo que es propio en la zona. Pero básica o novenamente no leo periódicos porque me aburren y no me dicen nada nuevo.

Sin embargo, de cuando en cuando hojeo alguno (como si necesitara una excusa para hacerme mala sangre), como para pasar un tiempo sin pensar demasiado. Ayer, por ejemplo, leo que va a salir un libro de la «tormentosa vida» de Keith Richards, de sus excesos y su relación con Mick Jagger. Lo curioso es que, según el diario, el guitarrista recibió un adelanto de más de cinco millones de euros, a saber a razón de qué, porque hasta donde pienso no hace falta tanta plata para adivinar que Jagger es un insoportable y que las drogas hacen mal hasta el punto de meterte a tu padre muerto por la nariz; es más, con ese dinero se puede drogar a toda la población joven de Europa para que esos muchachitos, solitos, saquen sus propias conclusiones acerca de las drogas. Indudablemente hay público para todo, y habrá mucha gente que compre un libro sobre la vida de alguien que se erigió como uno de los emblemas del rock por haber acertado cuatro notas en alguna época de su vida, y que las repitió hasta agotarse tanto que, en esta época, difícilmente acierte a dar con una dentro de una canción, y sin embargo le queda la cara (porque está visto que ya no le importa nada) como para pretender que sus confidencias valen toda esa millonada de anticipo, aún sin asegurar que fueran verdad.

Décimo, porque creo que indudablemente nos están tomando el pelo; por eso no leo los periódicos.

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Línea mortal

octubre 13, 2010 at 4:02 pm (Uno que cuenta)

Para evitar otros detalles también innecesarios, diré que era de noche y nos encontrábamos sentados en una mesa (alrededor de ella, se entiende), al aire libre; el plural es porque me acompañaban un tipo y su hermana, además que el lugar estaba abarrotado de gente, aunque no en nuestra mesa. No diré que el tipo era mi amigo, pero al parecer él tenía la suficiente confianza como para haberme contado que a su hermana (no ésta que nos acompañaba, sino otra; creo que tenía como cuatro hermanas) la habían plantado a punto de casarse. Por lo que pude entender, su hermana iba a casarse más que nada para ayudar al que iba a convertirse en su marido, no sé si por papeles o cuestiones de residencia, vaya Uno a saber. Lo cierto es que el novio la plantó casi en la iglesia y se fue con otra mina. Esto me contaba mientras rellenaba una encuesta de una compañía de teléfonos, pongamos que se trataba de Movifón, el nombre da igual porque no viene muy al caso y además es muy probable que todas las compañías terminen perteneciendo al mismo capital. El asunto es que el tipo iba rellenando despreocupadamente los papeles mientras me comentaba el suceso con algo de rabia pero sin perder la educación. Al terminar esa encuesta se giró a la mesa de al lado y se la entregó a un gordo de bigotes. El gordo le agradeció con alegría, y el tipo retomó la conversación mientras agarraba la encuesta de su hermana y comenzaba a rellenarla. Hasta ese momento no me había dado cuenta del carácter casi obligatorio del cuestionario para todos los allí presentes; al lado de mi vaso y debajo de mi brazo apoyado me esperaba el mío. Miré a mi alrededor y nadie parecía estar incomodado por esa tarea, más bien disfrutaban alborotadamente de la noche. Al terminar con ese formulario, el tipo se lo entregó a su hermana, y ésta se levantó de la mesa y se fue muy contenta a entregarlo, como si hubiese sido la primera en terminar la prueba de matemáticas. El tipo la vio alejarse, sonrió e inmediatamente me preguntó con un gesto, sin palabras, señalando debajo de mi brazo apoyado, si quería que me la rellenara a mí. Yo no pensaba hacerlo así que se la di; además me vendría bien por si había alguna represalia por no completarla. «No te gusta mi hermana, ¿no?», me preguntó sin mirarme pero al terminar la pregunta levantó la vista y esperó una respuesta o una reacción o algún gesto que me delatara. La verdad es que ni me había fijado en su hermana. Tenía el pelo oscuro y ensortijado, las facciones de una adolescente, la carita pequeña y oculta detrás de unos mechones. Miré en la dirección en que se había ido, un poco para ver si su caminar me decía algo, y otro poco como para ordenar la respuesta. Le dije que mi condición de casado me impedía verla de esa manera, pero no me impedía notar su encanto; mencioné algo de su ingenuidad, y no sé si no utilicé palabras como «angelito», o «flor silvestre». Él me escuchó atentamente, y agradeció mi modo honesto de entender a las mujeres y de ver más allá que unas piernas, no como el otro desgraciado, ése que plantó a su otra hermana. Se interrumpió un momento para hacerme la última pregunta del cuestionario en voz alta. Todas las preguntas anteriores eran de opciones múltiples, pero esta última me inquietó ya que exigía desarrollarla por extenso. Le comenté mi preocupación y el temor de que pudieran darse cuenta de la trampa, ya que habría varios cuestionarios con la misma letra, sobre todo por ese punto. Él le restó importancia y me dijo que difícilmente se fijaran en eso, pero que en todo caso pensara mi respuesta y se la dictara. Esta preocupación moral mía me impidió darme cuenta, en el momento, del horror verdadero; la pregunta decía más o menos así: «¿De qué manera aparece Movifón en su sueño?». Cuando creí tener la respuesta se la dicté: «De ninguna, puesto que ni siquiera tengo celular». La evidencia del horror me vino al momento de despertarme (el sueño había seguido un instante más en el que los tres caminábamos con intenciones de entrar al cine, aunque andábamos como por túneles de metro, y seguramente el tipo seguía hablando del que plantó a su hermana), de despertar y comenzar la vigilia asociando a las multinacionales con Freddy Krueger, de no tener a mi disposición ni siquiera el único espacio dedicado a la intimidad de Uno; el neoliberalismo no conoce fronteras. Lo peor del caso radica en la imposibilidad, al menos, de comercializar y sacar algo de provecho de esos espacios cedidos, arrebatados y saqueados para su publicidad; el engaño diario de hacernos creer que las opciones son múltiples.

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Y así se va cocinando

octubre 11, 2010 at 10:39 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

A las siete menos diez de la tarde el autor duda entre ponerse a escribir o ver una de las series televisivas que reafirma su patetismo y a la vez lo entretiene; en este caso: «Scrub». En dicho momento Irtzuberea se pregunta: «¿Debo escribir o «Scrubar»?» Como es tan común en él, opta otra vez por la opción incorrecta

Ingredientes: Masa para tarta; 200 g de jamón cocido; 250 g de queso; disposición para la improvisación.

Modo de preparación: Hasta no tener más o menos claro el camino a recorrer, no sacar ninguno de los ingredientes de la heladera para no cortar la cadena de frío. La receta inicial trae, además de los mencionados, tres huevos duros picados, dos tomates cortados en rodaja, orégano, y algún otro ingrediente de los cuales puedo prescindir por completo. Por ejemplo, ahí nomás veo una conserva de ananá que la Hele había comprado para agasajar a unos invitados el domingo pasado, pero como ellos trajeron el postre, la fruta tropical pasó desapercibida. En la lata hay un simbolito de «Abre fácil», pero cualquiera sabe que eso casi siempre es mentira; además esta lata no trae ninguna argollita de la cual tirar, así que recurro al viejo y querido abrelatas. Surge la primera duda: usar la rodaja entera o en trocitos. Estéticamente optaría por la primera opción, pero temo los huecos que pueda ocasionar en la tarta. Me decido a cortar el ananá en triangulitos (cuando vivía en Mendoza, y fatigaba sus noches, siempre tuve miedo de morir acuchillado, de ser asaltado en la esquina y que el frío me entrara como un rayo silencioso y que, por el mismo lugar, me saliera a borbotones lo caliente hasta vaciarme y dejarme completamente frío; cuando vivía en Salta temía otra muerte; acá en Barcelona temo morir atropellado; una muerte bastante pedorra la que me acosa aquí, fría, como las otras, las de allá, pero carente por completo de imaginación). No sé si es la tonalidad o qué pero recuerdo que en la heladera me queda medio pimiento amarillo que sobró de la última ensalada de tomate, pimiento y cebolla, que hicimos para agasajar a esta gente que luego no se comería el ananá en conserva, y me pongo a picarlo en trozos pequeñitos. Además de que porque no me gusta el aceite de oliva para freír, sino solamente en crudo, y porque el aceite de pepitas de uva es demasiado sabroso y sutil, pero también caro, elijo el de girasol para seguir estando a tono; vaticino una cena de intensidad alimonada (y esa mujer, aunque es bastante mayor que yo, de ojos verdes que no alcanzo a descubrir si siempre fueron así de profundos o se fueron abismando con el correr de los años que me mira como quien no quiere la cosa y me hace pensar que esos ojos serían el principio y el fin de cualquiera que se animara a saltar al vacío). Y ahí están rehogándose en la sartén los trocitos de pimiento, y apenas se ponen algo ambarinos aprovecho para sumar los trozos de ananá y los dejo cociéndose a fuego mínimo (una lástima que el fuego de la cocina sea azul y no amarillo, pero sería una exageración ponerse a hacer fuego a leña por medio pimiento, y también sería una exageración tanto amarillo). El vino blanco que fulgura en la copa, aunque acorde a este proceso y siempre eficaz en muchas oportunidades, esta vez no hará escalas antes de mi garganta. Sin embargo… (¡ojalá esté!)… recuerdo haber comprado hace mucho una conserva de maíz… (¡Sí, no me equivocaba!) Ahí está la latita. Como en el caso del ananá, siempre hubiese sido mejor en su estado natural, pero tampoco vamos a complicarnos hirviendo y pelando una mazorca («eso es para hippies», diría un amigo). Y ahí van, los granos de maíz a rehogarse. Les echo sal, un puñado de bolitas de pimienta verde e inmediatamente el almíbar del ananá. Mientras eso sigue dorándose, amaso la masa de la tarta, que es redonda, para que quepa y sobre por los lados de una bandeja cuadrada, y me apena que una imposibilidad matemática influya o determine mi cocina (fuentes redondas hay, pero no tengo; habrá que ver cuando salgan las masas cuadradas). Apago la sartén y dejo que se enfríe los sancochado, mientras encajo la masa en la bandeja y luego la tapizo con las fetas de jamón cocido; encima esparzo lo de la sartén y más encima disperso el queso (utilizo emmental y edam; de haber tenido, hubiese usado cuartirolo y reggianitto, pero a pesar que todo el mundo habla de la cocina mediterránea, debo reconocer que es bastante precaria en su materia prima, sobrevalorando algunos productos que ni fu ni fa e ignorando otros que son un verdadero paraíso para el paladar).

«Mirá que cocinar así… Lo que yo digo: gente como uno» Emile

De la misma manera, si tuviéramos otro mercado, al comprar la masa para tartas, nos vendrían dos círculos del mismo tamaño, que funcionarían uno como base y otro como tapa; como acá esa idea resulta ser una locura, hay que ingeniárselas y utilizar sólo una base (que para eso amasé y estiré más de la cuenta), para tratar de cubrir la parte de arriba de la tarta. Por supuesto que no alcanza y nos queda un cuadrado sin cubrir, como un estadio de fútbol. Se mete en el horno, que ya había estado calentando, con la función de quemar de abajo, nada más (por favor, no utilizar la resistencia de arriba: un horno no debe ser la cama solar de la comida). Se deja durante quince minutos aproximadamente, minutos que utilizo para poner la mesa (para dos, aunque la tarta alcance para cuatro o cinco comensales) y recordar un tipo que suelo ver en el Passeig de Sant Joan, y que me incomoda sobremanera, como la mayoría de personas que veo en ese paseo, sobre todo si están jugando a las bochas, y por más soleado y lozano que se muestre el día. A este tipo siempre lo veo sobre las dos y media de la tarde sentado en un banco, como digiriendo el almuerzo. Viste un mameluco azul engrasado (por lo que deduzco que es mecánico), pelo canoso pero que debió ser colorado (ahora se lo ha cortado), anteojos y algo de un bull dog en la mandíbula (con el pelo largo parecía un pequinés). Pero no es su aspecto lo que me incomoda sino su postura: recostado sobre el banco, con su brazo izquierdo apoyado a lo largo sobre el respaldo y con su brazo derecho cruzado sobre el pecho y con su mano derecha agarrándose el chichi izquierdo… la teta izquierda, para que se entienda mejor; y no parece estar controlándose las pulsaciones… Pero mejor no pensar en eso, porque ahora la masa se ha dorado, y es hora de cenar. (Tengo miedo de que con el tiempo me olvide de escribir mis memorias.)

La familia Irtzuberea consume en este establecimiento porque cree innegablemente que la degeneración no se halla en lo «raro y nuevo» sino en lo viejo y caduco.

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Informe sobre Errolan

octubre 6, 2010 at 5:25 pm (Humberto Gauna, detective)

Luego de personarme en el café sito en la intersección de las calles Rivadavia y Zuviría, y de que el Pocoto Domínguez me informara que ni sabía nada ni le importaba un comino el paradero ni el destino de Errolan, me dirigí hacia la única pista medianamente clara de mi objetivo: aprovechando que también vacacionaba en Salta, y que resultaba ser amigo del mencionado y desaparecido autor, encaré a Irtzuberea, aun sabiendo de antemano que poco iba a sacar de él, menos porque no supiera nada que porque (creo) no le caigo para nada en gracia. Me dio la dirección de un tal Anaya, un amigo en común (de ellos, no mío, naturalmente), y me dijo que ya estaría avisado de mi visita esa noche.

Viernes 13 de agosto, 22.48 hs. Reconozco que, cuando llegué a casa de Anaya, no me contentó que Irtzuberea estuviera ahí. «Éste es el Gauna del que te hablé», me presentó e inmediatamente me ignoraron; fue la única vez que me llamó por mi nombre, porque luego estuvo llamándome con un «Eh, detective» entre jocoso y peyorativo. Me serví del vino que compartían y me puse a esperar. Conversaron de publicidad, de política y del derecho de los maric homosexuales a casarse y adoptar. Por lo que alcancé a entender, en esto último estaban de acuerdo, tanto entre ellos como en reconocer ese derecho. No quise opinar, y les hubiese importado un pepino; debo reconocer que ambos mostraban cierta elocuencia.

23.32 hs. Llegó un muchacho, del que olvidé el nombre, y antes de saludar comentó que traía un hambre increíble. Pensé que podría tratarse de Errolan, puesto que al parecer éste solía pasar hambre, como muchos de ésos que andan por la vida haciéndose los bohemios, pero llevaba un peinado y una vestimenta que no armonizaban con la imagen que me habían retratado del autor. Durante la siguiente media hora estuvieron debatiendo qué comer. A Irtzuberea le antojaban unas empanadas, pero argumentaba que había de comerlas in situ (textual), ya que éstas perdían su particularidad al ser trasladadas, al tiempo que abría la segunda botella de vino (en mi presencia; presumo que ya llevaban algunas antes de mi llegada), mientras el muchacho exageraba que iba a desvanecerse si no comía algo ya. Después entendí que lo que quería era comer lo antes posible para que ciertas porquer sustancias no lo agarraran con el estómago vacío, pero se ve que no aguantó a esperar; al final comió dos empanadas, para disimular o por darle algún uso a la inquietud de su mandíbula, que no ya a la de su estómago. Siguieron conversando, entre otras cosas, de un grupo de rock local: Mambrú y los desertores; cuando quise averiguar me dijeron que no me esforzara porque su cantante había fallecido el año anterior; el grupo estaba bien, y me distrajo de las boludeces que hablaban.

Madrugada del sábado 14, 2.13 hs. Irtzuberea lamenta no poder seguir jugando con nosotros, pues su mujer duerme sola y él pretende acompañarla. Me doy cuenta que con el «jugando» se refiere a mi trabajo y lo mando un poco a la mierda. «Eh, detective, no te bancás una broma», me dice y me palmea el hombro. Luego se va satisfecho de haberse zampado casi una docena de empanadas fritas. Anaya me dice que los acompañe, que en una de esas aparece Errolan, y que si no me va a contar algo. Los sigo porque sé de buenas fuentes que Anaya frecuenta el andergraun underground salteño. Entramos en un bar de cholitos que la van de rockers. El de la puerta me mira de arriba abajo, creo que es por el sobretodo y porque hace calor. Le hago entender que entre ignorarlo y cagarlo a patadas esta vez opto por lo primero. A partir de aquí, mi entendimiento empieza a ser brumoso: distintos personajes van desfilando como los vinos, y en cada momento en que Anaya no conversa con alguien o se está yendo al baño (cualquiera, menos yo, pensaría que sufre cistitis), me cuenta algo; bastante poco: que estuvo con él, que incluso un día estuvieron hasta la madrugada tocando canciones, encerrados en una habitación, que no era asiduo a ningún lugar o que lo era a todos; le pido otro vino al mozo y éste se queda mirándome absorto; le pregunto si está drogado, y él se disculpa y luego se ríe: «No mientras trabajo». Le digo que entonces sí que está intoxicado porque no lo veo trabajar ni traerme el vino que le pedí; vuelve a disculparse y se va; al cabo de no sé cuántos minutos, más o menos a las seis de la mañana, y después de acompañar a Anaya al baño en dos ocasiones, nos vemos entrando en un bar donde abundan los cansados y los habituados al fracaso, traficantes de poca monta y nada para perder, cualidades que siempre hacen peligrosa a una persona; le digo a Anaya que me está haciendo perder tiempo de mi trabajo en la búsqueda de un compositor musical, y él me responde que si soy boludo o qué, que si me he creído el verso del autor sensible y bohemio comprometido con el amor, y que si era así hubieran contratado una adolescente histérica y no a un detective; y allí siguen desfilando los vinos y las personas, pero ninguna es Errolan, o yo ya no puedo distinguir un burro montado en otro; cerca de las ocho de la mañana, calculo, un tipo agrede a uno de los travestis que compartían mesa con nosotros; me levanto volteando un vaso y le increpo que no me fuerce a defender una dama, y el tipo también se envalentona, pero alguien me agarra del brazo, y no alcanzo a recordar quién era, pero cuando vuelvo la vista veo que el tipo está tirado en el suelo y siendo violentamente pateado por el travesti antes agredido, que por cierto se hacía llamar Ximena, y antes de nada, Anaya y yo, y la otra gente, estamos siendo empujados hacia la salida; juzgamos que es hora de dejar de trabajar y ponerse a dormir. Nos despedimos con el sol en plena cara.

Sábado 14, 16.38 hs. El no saber cómo había llegado a mi hospedaje explica también el hecho que ni si quiera me haya sacado el sobretodo para dormir. Cuando buscaba en los bolsillos mis cigarrillos, encontré un papelito con la siguiente inscripción: «CASI CASI. ESTUVISTE ASÍ DE CERCA». Volví a buscar en las caras de la noche anterior. Supe que Anaya no podía ser, no le hubiese interesado serlo, además, pero sí tal vez alguno de los marihuaner hippies músicos que tocaban percusiones en el patio de su casa. Pensé en el muchacho moderniqui con peinado de rockero adolescente, en el mozo que me miró estupefacto cuando le pedí un vino y en el que me miró con asco en la puerta, en el que nos sirvió las empanadas, en el mechudo que tocaba el teclado y cantaba imitando al Flaco Spinetta, en Ximena y Yanina, su amiga, en el tipo al que patearon y clavaron sus tacos en el suelo, en los monigotes que nos sacaron casi a patadas, incluso en el Pocoto Domínguez… hasta en el recepcionista de mi hospedaje pensé. Cualquiera de esos también perdedores, de aquellos también lanzados al vacío, pudo haber sido Errolan. Podría intentar volver a encontrarme con ellos, pero sé que sería en vano; esa gente desaparece, se esfuma con bastante facilidad; los hijos bastardos de la nada. Y aunque son, es como si no existiesen. Sólo me queda un cigarrillo, y está partido al medio.

Humberto Gauna, detective

PD: Por favor, decirle a Vergara que de tanto en tanto arranque el Taunus, para que no se eche a perder, y al Director que estoy esperando por el pasaje de vuelta o, repito, su equivalente en dinero.

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Todo lo que baja tiene que subir

octubre 4, 2010 at 2:40 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Aún hoy sigue siendo un dilema, no sólo para la Educación Física, sino también para la Física; aunque no contradiga para nada la vieja sabiduría del viajero de que la vuelta siempre se hace más corta. Pero esa vez tardamos más de cuarenta minutos en bajar desde la cumbre hasta el río y menos de quince en hacer el mismo recorrido pero a la inversa, es decir, de subida. Fue en 1993, cuando cursábamos el quinto año de secundaria; habíamos realizado ese viaje con motivos ecológicos y paramos en el que luego sería el Parque Nacional Los Cardones; el motivo era ése: que un trozo de tierra se convirtiera en parque nacional; incluso una foto de nuestra promoción salió en el diario y todo, pero no pretendo hablar de nuestro aporte al ecosistema, puesto que ni siquiera teníamos muy en claro lo que estábamos haciendo, y para nosotros el verdadero logro era que nos ausentaríamos tres días de clases, con el apoyo de los directivos, y nos iríamos de viaje todo el curso (alumnos: 16; profesores y tutores: cinco o seis). La pasamos bastante bien: de noche hacíamos fogones, tocábamos la guitarra, nos golpeábamos con almohadas o bajábamos al pueblo a tomar cerveza con el director del colegio. También jugamos un partido de fútbol con los lugareños y empatamos a un tanto; no es que ellos fueran mejores ni peores, pero hay que reconocer que estaban mejor habituados a la altura (el lugar está situado a más de 2500 metros sobre el nivel de mar). Nuestro gol vino de un tiro de esquina, y de la exquisita elegancia a la hora de definir en el área del que aquí suscribe. Siguiendo con los deportes, y en materia sexual, no pasó nada, puesto que sólo teníamos cuatro compañeras, a las que cuidábamos como si fueran nuestras hermanas (éramos una promoción bastante familiar), excepto por el episodio en el que Ariel Platz estuvo a menos de un palmo de ser violado ferozmente por un guanaco en celo; se lo hubiese merecido por hacerse el gracioso y molestar a la fauna autóctona… Se lo hubiera merecido y punto, por querer hacerse siempre el gracioso a costa de otro. Por lo menos se tenía bien merecido el escupitajo del guanaco, aunque ahora me cuesta discernir cuál de los dos era más guanaco; creo que el cuadrúpedo nos despertaba más simpatía.

Ya en el viaje de vuelta a Salta podría mencionar la manera en la que un compañero expresó dentro de una bolsa su angustia por el camino de cornisa, pero no quiero demorarme ni seguir dilatando el tema del principio, y menos con asuntos tan asquerosos, a saber: cuando cuatro compañeros confirmamos que la Física no debería ser tratada como una ciencia exacta. En el trayecto de vuelta, nos detuvimos en Piedra del Molino, el punto más alto (3348 m.s.n.m.) de la Cuesta del Obispo. Basados en el principio de que ante un panorama amplio las distancias no son lo que parecen ser, decidimos bajar el «cerrito» para refrescarnos en las aguas del arroyo situado en la falda de la colina. En ese momento, nadie se percató de que el ahora neurocirujano Adolfo Evie i Vaca, Carlitos Murda, el Gordo Bianqui (al que recordaremos por haberme fisurado una costilla el agosto pasado) y yo emprendíamos el descenso. El cerro estaba plagado de cactus, por lo que pisábamos con cautela pero sin descuidar el rapto expedicionario. En el río nos demoramos algún tiempo, bañándonos, sacándonos fotos (que conserva Murda), riendo. De vez en cuando nos llegaban voces lejanas desde la cima, a las que respondíamos agitando los brazos, y creyendo, así, devolver el saludo. Resultó que no nos estaban saludando sino llamando desde hacía media hora. Menos mal que en aquel momento ya teníamos las zapatillas puestas. El hombre (uno de los tutores, del cual no recuerdo el nombre, aunque creo que era médico y jugaba al fútbol de manera semi profesional, en ambas actividades compañero del padre de Adolfo) se nos acercaba profiriendo los insultos más indecentes que esperábamos recibir… y menos por nuestro notorio amor por la naturaleza: «¡Que reputa se hacen los modelitos, pelotudos de mierda!», ahí creo que logramos comprender que no venía a bañarse ni a inmortalizarse en instantáneas con nosotros. Como un Eolo embravecido nos conminó a que ya mismo estuviéramos en la cima, nos recomendó que no nos demoráramos ni un puto segundo, no escatimó en proferir amenazas de muerte y mencionar lo mal que la íbamos a pasar si él llegaba a alcanzarnos antes que nosotros alcanzáramos la cúspide. La parte peor de las intimidaciones me la comí yo, porque cuando quise darme cuenta los otros ya me habían sacado diez metros de ventaja, con Murda a la cabeza (era el único de los cuatro que podía jactarse de una vida deportiva activa), incluso una piedra se estrelló ahí nomás de mi tobillo; no sé si me había apuntado y le erró, pero si me llegaba a dar iba a dificultar mi velocidad en el ascenso; la furia no entiende de razones. A mitad de la travesía pude superar al Gordo, pero también hay que decir que a esta altura el tipo ya se había calmado, o al menos no le salían los insultos por estar agitado y exhausto. En quince minutos estuvimos arriba y no nos importó tatuarnos las piernas con cada uno de los cactus que nos cruzábamos; el terror es más exacto que la Física. El tipo éste seguía encabronado y nos negó el agua diciendo algo así como: «¡No les den ni mierda a ésos! ¡Que se caguen por pelotudos!». Menos mal que la Anahí, hermosa almita, llevó una botella de agua, de contrabando, a la parte trasera de colectivo, donde desfallecíamos los insurrectos. Y todo porque habíamos retrasado la hora de llegada a destino.

Por razones que también escapan a las ciencias, esta última vez que estuve en Salta no pude ver a Carlitos Murda. Sí vi al Gordo (aunque parece que éste no me vio a mí y por eso me llevó por delante durante un «amistoso» de fútbol); El doctor Evie i Vaca sigue en Freiburg. Me apenó no ver a Carlitos, aunque sé que esta historia que acabo de contar hubiese vuelto a renacer entre vinos y risas. Aunque también sé que esta misma historia, contada a dos o más voces, estaría más viva.

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