Instinto básico

julio 27, 2010 at 8:13 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Menos mal que hoy era martes (aún lo es) y pude canalizar mi ansiedad de una manera más ordenada; digamos que no tuve tanta urgencia en ponerme a hacer algo o culparme por no hacerlo, sino que aflojé un poco la cuerda (que no es lo mismo que dar rienda suelta) y busqué, tímidamente, un espacio en el natural suceder de las cosas. Puse a hervir agua mientras picaba unas aceitunas negras y revisaba mis correos; esto no significa ir tranquilo por la vida, ya que mezclé dos actividades antagónicas, como son la gastronomía y la tecnología, pero si hubiese sido ayer, además de eso, hubiese leído un periódico de soslayo y molestado a los vecinos de abajo con un monótono y nervioso repiquetear de talón, pensando las qué de cosas que podría estar realizando si no estuviera obligado a llevar a cabo las cuatro o cinco tareas que estaba llevando a cabo. Comí pastas con manteca, aceite de oliva, especias y aceitunas negras picadas; las pastas eran rellenas de queso. A la hora de la digestión, leí un libro que fue el colmo de anhelado: At swim-two-birds, de Flann O’Brien. Pongo el título en inglés porque resulta igual de incomprensible que en su traducción. Conocí a este autor por una reseña de otro autor acerca de este libro, pero antes me compré otros cuatro de O’Brien, porque éste estaba fuera de catálogo o agotado; lo reeditaron hace muy poco. Me hace cagar de risa. (En mi mesa de luz hay dos de Castaneda, sigue el de Sales y hay otro de Quiroga; libros que voy alternando según me place.) Leí cerca de una hora, y gratamente. Después decidí bajar a tomar una cerveza en El Refugi (leer escritores irlandeses conlleva obligatoriamente esta actividad). Me detuve un rato charlando con Dúmar, el portero del edificio, del que ya referiré alguna vez.

Al salir a la calle me topé con uno (el mayor) de los hombres mayores con los que suelo compartir barra. Lo saludé casi sorprendido (me costó reconocerlo fuera de ambiente) y él me respondió con una alegre sonrisa. Caminaba lento, aunque el bastón no le incomodaba. Decidí esperarlo preguntándole si acaso íbamos al mismo sitio. «A la misma iglesia», me respondió y nos reímos. Llegamos al bar, y allí ya se encontraba el otro hombre mayor y, por supuesto, la Adeli. Además había una pareja en la barra. El del bastón ocupó su sitio habitual, y yo iba a hacer lo mismo pero la pareja ocupaba una parte de él. Y aquí es donde ocurre lo raro: el menor de los hombres mayores, que es el que estaba ya en el bar, me dice que me siente, y se levanta de la barra argumentando que ya se iba al súper a hacer unas compras; ocupo su lugar y él se mueve a la esquina de la barra y se queda parado, terminando su copa de cerveza sin alcohol. Yo entiendo que, a pesar de mis treinta y pocos, doy una imagen física bastante deplorable. Y ahí estamos, otra vez los cuatro, charlando; creo que me adoptaron porque escucho mucho e intervengo sólo lo necesario; voy recolectando historias: de la guerra y la posguerra, de la filatelia, de por qué el Fiat 600, en España, ni tiene ni la menor forma de un verdadero Fiat 600, y de cuánto valía antes la peseta. A veces los miro conversar e imagino a Beavis & Butt-head luego de cuarenta años de éxito televisivo. Pero sus historias están plagadas de personajes que no existen: cuentan de un primo, que en paz descanse, de un amigo, que en paz descanse, y ese estado es muy poco vital, convengamos. Después de más de treinta minutos, el menor de los mayores cumplió su promesa de ir al súper; los tres seguimos conversando y luego se sumó otro hombre. No tomé partido en el debate de si la casa de la infancia de cada uno sigue siendo su casa después de tanto tiempo; el mayor de los mayores y Adeli así lo aseveraban. Decidí que era hora de volver a casa, así llegar antes que Hele, y poder negarle con convicción que había estado en el bar. Al salir me topé con el menor de los mayores que volvía del súper. En la puerta de vidrio de la portería contigua, me vi reflejado; algo en mi manera de caminar saliendo de El Refugi no terminaba de convencerme.

Así se vio reflejado Irtzuberea a la salida de El Refugi

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1 comentario

  1. Setnas said,

    Yo vi al mismo tipo en Mataró!!!!!!!!!!

    Y sobre compañeros de juego, esto:

    esto

    y esto

    El Pueblo dice: acabá con Sales fulero!!!!!!!!

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