Nacional ¡so! si alista

julio 9, 2010 at 6:55 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

“Los sentimientos son como las tetas de tu madre: sabes dónde están, pero es mejor no tocarlos” Charlie Harper. Two and a half men

Tres países se disputan la nacionalidad de Carlos Gardel. Que fuera francés es tal vez la hipótesis menos creíble. Temiendo que las razones de Uruguay pudieran ser válidas, ¿qué tendría que hacer yo como argentino? Pararme en una orilla del Río de la Plata y gritar hacia el otro lado: «¡Uruguayos! ¿Quieren a Gardel? Entonces entreguen a Horacio Quiroga, o a Juan Carlos Onetti. Dennos a Leo Masliah y pueden quedarse con Gardel y Fito Páez, si les viene bien». Como si un solo tipo legitimara nuestro ser nacional. A mí me da igual dónde hayan nacido. En todo caso, si creyera que lograré una superioridad de cualquier índole por compartir nación con un famoso, diría que Horacio Quiroga nació en el Salto, Uruguay, y yo nací en Salta, Argentina, pero que estamos unidos por el gentilicio; ambos somos salteños, pero eso no hace comparable mi talento o inteligencia a la de él. Esto viene a raíz de lo que estoy viviendo con el Mundial. «Somos un pueblo hostigado», me decía un amigo catalán en referencia a la ocupación española que va a cumplir tres siglos. No he estudiado a fondo el tema, pero supuestamente Catalunya desea emanciparse de España. ¿Por qué enfatizo el «supuestamente»? Porque a medida que fue transcurriendo el Mundial, el discurso, no ya el de mi amigo sino el de la mayoría de personas que me pueblan a diario, fue variando, y ni siquiera sutilmente puesto que todo ha ocurrido en menos de un mes. Desde el deseo desesperante de que España quedara eliminada, hasta el anhelo silencioso y desvergonzado de que sea campeona, pasando por la indiferencia, es decir, que les daba igual quien ganara, hasta la patética: «si gana está bien, pero si pierde, también». ¡Veletas! Un pueblo que se gira así de fácil, ¿con qué fundamentos exige la emancipación? Y lo digo con algo de bronca, por mi natural inclinación a ponerme de parte de los oprimidos. No digo que todos sean así, pero son los comentarios que he tenido que escuchar, no sin desgano y rabia, en estos últimos treinta días. Después están los consuelos: que la columna vertebral de la selección española juega en el Barça y que copiaron el estilo de juego y que tal y cual es catalán y que la Selección es lo que es gracias a esta comunidad autónoma y que si ganan será gracias a los jugadores del Barça y que blablabla. Y es como si la identidad nacional tuviera que ver con cómo se juega al fútbol. Y por el otro lado, los madrileños le hacen un pequeño guiño de complicidad a su pueblo oprimido y titula en los diarios: «Visca España» (Viva España, en catalán), y todos la mar de contentos. Esta imagen me trae otra: la del adolescente rebelde que se va de su casa porque quiere usar la ropa que le dé la gana, comer lo que se le antoje y coger tranquilamente, pero que su mamá le sigue lavando la ropa y preparando la viandita, y que vuelve a llorar desconsoladamente porque su noviecita, también emancipada y rebelde, claro, ha quedado preñada por coger tan tranquilamente, y ahora no sabe qué va a hacer. Me apena, me horroriza esta situación.

Para mí, el Mundial terminó el 3 de julio a las 18 horas (hora de Sudáfrica), por lo que me da igual quién gane ahora, aunque preferiría que fuera Holanda, por no tener que ver a gente que aprecio festejando y olvidándose o pasando por alto todo lo que en varias oportunidades me dijeron acerca de su identidad nacional; preferiría no tener que enfrentarme a esa escena. Sé que algunos, con casi tres siglos de opresión, no tolerarían ni disfrutarían viendo a España campeona, pero ahora no sé si son tantos como creí alguna vez. Al pan, pan, y al vino, vino.

Este tema de las banderitas me pone bastante nervioso, según qué cosas. Me daría igual si Borges hubiese sido japonés y escribiera sobre samuráis si lo hiciera igual de bien que con los compadritos. España está jugando bien, y si el deseo es que gane el mejor, por amor al fútbol, a nadie debería caérsele la cara si apoya a la “Roja”, pero si hay una confrontación emocional, si por un lado expandimos el discurso del victimismo y el sufrimiento, y si por el otro nos cae un látigo en la mano y empezamos a repartir para todos lados… Porque, entendámonos, una identidad no es sólo un idioma, una camiseta (si fuera así, Argentina sería el chamán del mundo). La identidad tiene que ver con lo que verdaderamente es de cada uno, y cómo lo defiende, sea lo que sea, pero de principio a fin, sin telones y sin máscaras. La identidad no se negocia.

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1 comentario

  1. Overlord said,

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