Pronóstico

julio 29, 2010 at 6:02 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Ayer miércoles mi ansiedad lunática, que no por nada ese día se llama así, había aminorado considerablemente; supongo que ya voy preparando el ánimo para el fin de semana. Decidí que bajaría al pueblo a proveerme de los fiambres acostumbrados. Ubicación de la tienda: de 3800 a 4350 metros hacia al sur de mi casa; la bajada no es sólo cartográfica. La parada del servicio de bicicletas más cercana contiene dos rodados, pero una muchacha ya se dirige a ella doce metros por delante de mí. Cuando estoy pensando que una, la última, será para mí, se me adelanta raudamente una muchacha que venía cinco metros detrás de mí. No reaccioné a correr; era demasiado tarde. Aún así me quedé mirando y deseando oscuramente que la que quedaba no fuera para nadie. El deseo se cumplió y yo maldije durante 400 metros, justo hasta la próxima parada, mi mala voluntad; porque esa muchacha iba de verdad apurada, y yo no tenía ninguna prisa. En el trayecto, ya en bici, crucé dos patrullas policiales a la salida de un metro; una mujer lloraba y se apretaba un trapo contra su sien derecha (¿«derecha»?, hasta donde yo sé, la sien es única e indivisible). No hubo nada más que ahora me urgiese contar hasta una vez realizada la compra de fiambres. Durante mi estadía en la tienda, la conversación con las dependientas se desarrolló de manera animada y nos despedimos deseándonos unas muy felices vacaciones. Me había ganado una cerveza. Decidí volver a un lugar donde Helena me había llevado la penúltima vez que bajé al pueblo, donde la bebida, además de ser de una marca que no se acostumbra encontrar por estos lados, estaba tirada como dios manda. Ubicación del bar: de 900 a 1000 metros hacia el noreste desde la tienda de fiambres (Nota mental por el camino: ¿cómo es posible que de un promedio de quince bares por manzana, tenga que atravesar nueve o diez sin dar con una cerveza decente y respetuosamente tirada). Aún así no tengo la ubicación exacta, porque esa vez condujo la Hele y no presté demasiada atención a las calles que caminábamos. Durante el trayecto, a pie, crucé dos policías en moto que obligaban a irse a una vendedora ambulante. Me apeno, pero sigo mi curso por la calle lateral de la catedral, ésa que es una lomada hostil para el caminante de verano (Curiosidad: en esta calle se filmó una escena de la película Las manos, donde se suponía que sucedía en Pistoia, Italia. Moraleja: A Europa siempre nos la venden cambiada). En el punto álgido de la calle veo otro vendedor ambulante; me acerco y le digo que tenga cuidado, que dos de la montada se acercaban por el pie de la colina. Apenas me giré para continuar mi camino, vi que otros seis o siete vendedores, respondiendo a una sutil señal del primero, corrían y se perdían con su mercadería por las calles del barrio gótico. Nunca encontré el bar, y eso que recorrí la zona varias veces, abarcando un radio de acción de nueve manzanas. Decidí volver a casa y tomarme la cerveza en un bar cercano donde tiran una cerveza alemana que da igual si la saben tirar o no. Por la noche, la Hele me precisó la dirección del bar; había pasado por esa esquina tres veces y sólo había visto una persiana de chapa.

Hoy vinieron a colocar una mampara en el baño y nos aconsejaron que no usáramos la ducha hasta dentro de veinticuatro horas. Estuvo tronando toda la tarde, así que, mientras escribo, espero que se largue a llover con fuerza, para poder bañarme en la terraza.

La ansiedad evoluciona favorablemente, y se pronostica un clima inmejorable a partir del viernes. El lunes siguiente me encontrará de vacaciones.

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Instinto básico

julio 27, 2010 at 8:13 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Menos mal que hoy era martes (aún lo es) y pude canalizar mi ansiedad de una manera más ordenada; digamos que no tuve tanta urgencia en ponerme a hacer algo o culparme por no hacerlo, sino que aflojé un poco la cuerda (que no es lo mismo que dar rienda suelta) y busqué, tímidamente, un espacio en el natural suceder de las cosas. Puse a hervir agua mientras picaba unas aceitunas negras y revisaba mis correos; esto no significa ir tranquilo por la vida, ya que mezclé dos actividades antagónicas, como son la gastronomía y la tecnología, pero si hubiese sido ayer, además de eso, hubiese leído un periódico de soslayo y molestado a los vecinos de abajo con un monótono y nervioso repiquetear de talón, pensando las qué de cosas que podría estar realizando si no estuviera obligado a llevar a cabo las cuatro o cinco tareas que estaba llevando a cabo. Comí pastas con manteca, aceite de oliva, especias y aceitunas negras picadas; las pastas eran rellenas de queso. A la hora de la digestión, leí un libro que fue el colmo de anhelado: At swim-two-birds, de Flann O’Brien. Pongo el título en inglés porque resulta igual de incomprensible que en su traducción. Conocí a este autor por una reseña de otro autor acerca de este libro, pero antes me compré otros cuatro de O’Brien, porque éste estaba fuera de catálogo o agotado; lo reeditaron hace muy poco. Me hace cagar de risa. (En mi mesa de luz hay dos de Castaneda, sigue el de Sales y hay otro de Quiroga; libros que voy alternando según me place.) Leí cerca de una hora, y gratamente. Después decidí bajar a tomar una cerveza en El Refugi (leer escritores irlandeses conlleva obligatoriamente esta actividad). Me detuve un rato charlando con Dúmar, el portero del edificio, del que ya referiré alguna vez.

Al salir a la calle me topé con uno (el mayor) de los hombres mayores con los que suelo compartir barra. Lo saludé casi sorprendido (me costó reconocerlo fuera de ambiente) y él me respondió con una alegre sonrisa. Caminaba lento, aunque el bastón no le incomodaba. Decidí esperarlo preguntándole si acaso íbamos al mismo sitio. «A la misma iglesia», me respondió y nos reímos. Llegamos al bar, y allí ya se encontraba el otro hombre mayor y, por supuesto, la Adeli. Además había una pareja en la barra. El del bastón ocupó su sitio habitual, y yo iba a hacer lo mismo pero la pareja ocupaba una parte de él. Y aquí es donde ocurre lo raro: el menor de los hombres mayores, que es el que estaba ya en el bar, me dice que me siente, y se levanta de la barra argumentando que ya se iba al súper a hacer unas compras; ocupo su lugar y él se mueve a la esquina de la barra y se queda parado, terminando su copa de cerveza sin alcohol. Yo entiendo que, a pesar de mis treinta y pocos, doy una imagen física bastante deplorable. Y ahí estamos, otra vez los cuatro, charlando; creo que me adoptaron porque escucho mucho e intervengo sólo lo necesario; voy recolectando historias: de la guerra y la posguerra, de la filatelia, de por qué el Fiat 600, en España, ni tiene ni la menor forma de un verdadero Fiat 600, y de cuánto valía antes la peseta. A veces los miro conversar e imagino a Beavis & Butt-head luego de cuarenta años de éxito televisivo. Pero sus historias están plagadas de personajes que no existen: cuentan de un primo, que en paz descanse, de un amigo, que en paz descanse, y ese estado es muy poco vital, convengamos. Después de más de treinta minutos, el menor de los mayores cumplió su promesa de ir al súper; los tres seguimos conversando y luego se sumó otro hombre. No tomé partido en el debate de si la casa de la infancia de cada uno sigue siendo su casa después de tanto tiempo; el mayor de los mayores y Adeli así lo aseveraban. Decidí que era hora de volver a casa, así llegar antes que Hele, y poder negarle con convicción que había estado en el bar. Al salir me topé con el menor de los mayores que volvía del súper. En la puerta de vidrio de la portería contigua, me vi reflejado; algo en mi manera de caminar saliendo de El Refugi no terminaba de convencerme.

Así se vio reflejado Irtzuberea a la salida de El Refugi

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A mí que no me prueben

julio 26, 2010 at 5:34 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

No debíamos de tener más de diez años. En ese entonces, como en otros, infinitos más, nos veíamos todos los días, puesto que vivíamos al lado. Un día, caminando y conversando por el barrio, a punto de cruzar la calle Belgrano, me acuerdo patente, me dijo que su papá opinaba que nosotros no éramos amigos, sino sólo compañeros de juego. Yo me pillé una rabieta… ¿Qué podía entender un adulto lo que era la amistad? O bien, ese entendimiento, ¿podía superar la concepción que de ese abstracto tiene un niño de diez años? ¿Acaso podía rebatirlo? Me enojé; con el padre, por poner en duda una relación en la cual ni siquiera participaba, y con mi amigo, por no haberle rebatido al padre en ese momento; él también había dudado de nuestra amistad. Por entonces sólo éramos compañeros de juego; nuestra amistad, sería probada con el tiempo, como todas las cosas. Porque ni siquiera la idea que uno se hace de la palabra se mantiene inalterable con el paso de los años. Pero seamos serios; no intento en estos renglones hacer una aproximación al significado de esta palabra. En todo caso deberíamos hablar de «ansiedad», que es el impulso que ahora escribe estas líneas. Los lunes soy un atado de nervios: alguna fuerza astral me incomoda física y psíquicamente, siento estar de más en cualquier lugar, inepto para cualquier actividad, pero con la suficiente fuerza y convicción para culparme por no encarar nada; ni siquiera estoy tranquilo en la autocomplacencia. Tomar la decisión más irrelevante me provoca un malestar cuyas secuelas me acompañan durante horas, por lo que elijo (y ni siquiera) el placebo de la irresolución permanente. Así que si ahora estoy escribiendo es por no destrozarme las uñas a mordiscones o subiendo y bajando repetidas veces por el ascensor.

Tan diferente ayer o hace dos fines de semana.

«Compañeros de juego». Pensándola después, me di cuenta que la expresión no era para nada desafortunada. El tiempo, menos preocupado en confirmar la concepción de amistad de un crío de diez años, fue regalándome con distintos y variados compañeros de juego. Ayer, por ejemplo, pasé un día ameno y afectuoso en Mataró con algunos de ellos. Y dos o tres domingos atrás, en Caldetas, había pasado otro día brillante y cálido con otros; y también en Salta y en Mendoza. Pero son compañeros de juego. Con diez años no podía comprenderlo, pero ahora entiendo que el padre de mi amigo también tuvo diez años, aunque en esa época tenía la suficiente cantidad de años como para que el tiempo le hubiese demostrado muchas veces lo errado que estaba en la idea que se hacía de la palabrita. No adhiero para al pensamiento del padre de mi amigo, sino sólo a la expresión utilizada, que me parece harto fecunda, porque si estamos hablando de jugar, qué mejor que hacerlo con los amigos.

Con éste de la infancia cada vez nos vemos menos, porque el tiempo siempre está haciendo su trabajo, pero las pocas veces que lo hacemos, salimos a caminar por el barrio, y a conversar como si sólo tuviéramos diez años.

Terminado este escrito, ahora debo decidir si bajar al bar a tomar una cerveza, leer un libro, irme a bañar… Vuelve el malestar.

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Cuentos rodados (¿Busca o se esconde?)

julio 20, 2010 at 7:35 pm (Uno que cuenta)

(Advertencia: El siguiente relato pertenece a la serie cuentos musicalizados o ambientados, por lo que se ruega al supuesto lector ir accionando los links, cada vez que el relato así lo requiera. De no hacerlo de la manera indicada, el supuesto lector no se convertirá en un supuesto escucha. También se recomienda escuchar el tema completo o detenerlo antes de accionar el link siguiente, de lo contrario, el supuesto lector-escucha estará escuchando, al menos, cinco canciones simultáneamente antes de finalizar el relato)

(Comienza música de fondo: –Link– luego baja y funde con sonido ambiental)

Locutor: Gauna se encontraba justo donde Vergara pensó que lo haría: en la última mesa de “El Olmo”, una vieja bodega; había hecho de esa mesa una especie de oficina alternativa, ya que en la suya no se podía estar del calor. «Así que te vas», dijo Vergara mientras se sentaba. «Así que me voy», respondió el detective casi sin levantar la vista de unos apuntes que estudiaba. El cantinero se acercó con dos cervezas. «No sé de qué te quejás: tenés las vacaciones pagadas», medio bromeó el Chango. «No entiendo por qué S.R. se empeña tanto en dar con Errolan»; Vergara se encogió de hombros: «Querrá encarrilarlo». La verdad era que el capricho de S.R. había llegado a límites insospechados para cualquier persona que no lo tratara con asiduidad, y eso incluía al detective, que se había ganado un viaje a Argentina para dar con el paradero de Errolan. «Si ni siquiera lo conozco al tipo ése», refunfuñó Gauna.

(Nueva música –Link– luego baja)

Locutor: En vano había intentado el detective sacarle más información a Irtzuberea, puesto que éste era el que quizá más conocía a Errolan, pero éste lo mandó a pasear diciéndole que dejaran ya de joder a su amigo, que si él hubiese querido que lo encontraran, ya hubiera aparecido. No fue por falta de cooperación ni mala leche, sino porque Irtzuberea estaba recibiendo gente a diario en su casa, que si para instalar el aire acondicionado, que si para tomar medidas del toldo, que si revisar las cañerías, que si conectar cables, que si arreglar el bidet, que si desconectar cables, que si contestar por enésima vez el llamado de otra compañía telefónica. Apenas si le pasó algunos datos de sus compañeros de La Plapla, en Mendoza; al recapacitar, Irtzuberea se disculpó de su reacción y le dijo que ya encontraría un tiempito para contarle algo más de Errolan, pero que en ese momento no podía, y que probara suerte con Leira. Hacia él se dirigió Humberto Gauna. El Licenciado lo recibió con extremada hospitalidad, e inmediatamente se puso a buscar los apuntes que había realizado sobre la poesía de este autor. El resultado fueron dos horas y media de una lectura tediosa y académica, de donde el detective, que no era para nada un hombre de letras, concluyó que Errolan oscilaba entre un pobre diablo que gozaba con el abandono de las mujeres, y otro pobre diablo que se relamía en la metafísica. Un dato importante: hasta ese momento sólo se había movido en tres provincias argentinas: Salta, Mendoza y, ocasionalmente, Córdoba.

(Nueva música –Link– luego baja y funde con sonido ambiental)

Locutor: Sobre la mesa, se habían vaciado entre diez y doce botellas de cerveza. «Vos también lo conociste, ¿no?», preguntó Gauna, acomodando o haciendo a un lado los papeles que estaban desparramados. «Poco; coincidimos en algunas publicaciones, pero no mucho. Te podría dar algunos contactos como LePlant, el diseñador de la revista Hambre, o Eugenio Flores, director de Ran s/t, o el de Apolinario, que aparte de redactar para ambas, convivió un tiempo con él, pero creo que ellos también le perdieron el rastro», contestó Vergara entre compasivo y desganado. Gauna se preguntó en voz alta si debería recorrer cada bar de mala muerte de Salta, Córdoba y Mendoza para ver si la suerte se ponía de su lado y aparecía Errolan. «Y los teatros», aumentó el Chango, «porque hasta donde sé también escribe y suele actuar en obras, o dirigirlas».

(Suena música –Link– luego baja y se oyen risas estruendosas)

Locutor: Se despidieron en la puerta de la bodega, a los gritos y a las risotadas, ebrios. Gauna no tuvo reparos en que Vergara pagara las veintiocho cervezas consumidas; después de la sexta de cada uno, se habían olvidado por completo del tema Errolan, pero casi al llegar a su casa, al detective le volvió la preocupación: ¿cómo encontraría a ese hombre? Si al menos tuviera una somera idea de sus motivaciones… porque ¿qué buscaba? Tal vez lo mismo que S.R. y que el mismo Gauna: dar, por fin, con Errolan; tres personas que buscaban lo mismo. Había un mensaje en su contestador; lo puso.

Irtzuberea: (mensaje) «Hola… ¿Humberto? Mirá, sé que cuando él se encuentre no va a tener inconveniente en presentarse, por eso me violenta que lo anden buscando. Lo de S.R. es un capricho, una niñería… pero lo tuyo es trabajo, por eso voy a tratar de ayudarte. Cuando estés en Salta, andá a la calle Rivadavia, esquina con Zuviría, es un café de antaño, no me acuerdo ahora cómo se llama, y preguntá por el Pocoto Domínguez; él te va a saber decir algo, porque Errolan estuvo en su bar hace no más de dos semanas, cantando y recitando algunos poemas. Me lo contó el mismo Pocoto, y además me mando un breve fragmento que alcanzó a grabar de esa noche… Lo tengo aquí mismo… ¡Esperá! (se sienten unos ruidos) Un momento, que no alcanzo a… ¡Ahí va!

(Irtzuberea acerca el tubo de su teléfono al equipo de música)

Errolan (su voz se escucha a través del contestador de Gauna):

“Se aprieta en el pecho

el recuerdo

y suspira la boca que aspira

y aspira otra boca

y aviva la brasa que ahuyenta las sombras

y se hace ceniza si nadie te nombra”

(Suena música –Link– y fin)

(Agradecimientos: A The Clash, PJ Harvey, Lou Reed y John Cale, Jaime Roos y Café Tacvba)


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Hay que apechugarla

julio 14, 2010 at 10:15 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

No sabía cómo iba a hacer esas pechugas de pollo, pero sabía que iba a necesitar ajo, cebolla y pimiento. Dudé con este último ingrediente porque moraba en la heladera desde hacía varios días; ni los pimientos verdes ni el rojo se encontraban en estado de descomposición, pero estaban arrugados como la yema de los dedos cuando están mucho tiempo bajo el agua; habían envejecido, casi hasta enmohecerse. Y mientras picaba los pimientos, me acordaba de Pepito. Pepito es un hombre grande, creo que de más de setenta años, pero tiene el cuerpo menudo de un niño, y se viste (o lo visten) como tal. Me lo crucé un par de veces en el súper; es un personaje conocido en el barrio, y todos lo cuidan mucho; la motricidad no es su fuerte, camina con dificultad y temblor, y no habla, pero parece entender más de lo que uno imagina. Ayer entró en el bar donde me encontraba, se hizo servir una gaseosa y se la bebió a mi lado. A través de algunos gestos, y por intermediación de la Adeli, la dueña del bar, se las arregló para saber mi nombre, mi estado civil y algún que otro dato más sobre mi identidad. Para esto sólo se valió de unos movimientos suaves de mano e inclinaciones de cabeza, que variaban unos centímetros, según lo que preguntaba. Terminada su investigación, engulló un bombón helado y se fue. Pero esto fue al final, cuando ya estaba a punto de volver a casa para ver qué hacía con esas pechugas de pollo.

Otro hecho me conmovió al principio: cuando llegué a El Refugi, saludé en voz alta porque en otra ocasión ya había compartido barra con los dos parroquianos que se hallaban ahí presentes; Adeli me sirvió una cerveza. En ese momento, los tres conversaban sobre los reyes magos, y el desencanto que sufrieron cuando se enteraron que eran los padres. El clima era ameno pero yo no podía aportar mucho más que orejas, puesto que no recordaba el momento en que conocí esa verdad; sólo hice el chiste de que, tras la revelación, y conjuntamente con los reyes, también pierden credibilidad los padres. Supongo que ese recuerdo, junto con otros anteriores, me vendrán conforme me haga más viejo. En un momento, el hombre que parecía de mayor edad (ambos parroquianos pisaban los ochenta), hizo el ademán de irse, y el otro lo atajó diciendo que aún quedaban diez minutos; se ve que el tope eran las ocho de la tarde. Entonces, el que estaba a punto de desertar se puso a contar la vez que “los reyes” le trajeron una cocina de juguete («que era casi de verdad») a uno de sus hijos, y cómo tuvo que ingeniárselas para esconder algo tan grande hasta que llegara el momento, y las peripecias que tuvo que afrontar para prolongar la ilusión de su progenie. Contaba y reía, y sus ojos brillaban más que la estrella de Belén, y se admiraba de lo que fue capaz de hacer aquella vez. El relato tuvo un final de cuento navideño, ya que en el trajín se había perdido una pieza, el grifo, precisamente; lo vio en una tienda pero no se lo vendían solo, así que le explicó la historia al dueño, y éste, conmovido, separó el grifo del resto y no sólo no se lo vendió sino que se lo regaló. Ahí, el otro hombre, que había estado escuchando con la vista sobre la barra, se llevó repentinamente una mano a la cara, que se contraía en pequeños espasmos; estaba llorando. Un llanto viril, pequeño y silencioso, sin más aspavientos que el de frotarse los ojos para enjugarlos, y que no duró más de seis segundos. Presumí que no era por la historia en sí sino por lo que fue capaz de hacer alguna vez. Los cuatro nos quedamos un ratito callados, comprendiendo, e inmediatamente dieron las ocho. Primero uno, luego el otro, los hombres se fueron; yo pedí otra cerveza.

Resolví lo de las pechugas utilizando unas cervezas sin alcohol que alguna vez compró Hele (para los invitados, dijo), y que de no ser por la cena de anoche, hubieran echado raíces en la heladera. Y los pimientos, arrugados y todo, seguían sirviendo; lo único muerto era el pollo.

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Nacional ¡so! si alista

julio 9, 2010 at 6:55 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

“Los sentimientos son como las tetas de tu madre: sabes dónde están, pero es mejor no tocarlos” Charlie Harper. Two and a half men

Tres países se disputan la nacionalidad de Carlos Gardel. Que fuera francés es tal vez la hipótesis menos creíble. Temiendo que las razones de Uruguay pudieran ser válidas, ¿qué tendría que hacer yo como argentino? Pararme en una orilla del Río de la Plata y gritar hacia el otro lado: «¡Uruguayos! ¿Quieren a Gardel? Entonces entreguen a Horacio Quiroga, o a Juan Carlos Onetti. Dennos a Leo Masliah y pueden quedarse con Gardel y Fito Páez, si les viene bien». Como si un solo tipo legitimara nuestro ser nacional. A mí me da igual dónde hayan nacido. En todo caso, si creyera que lograré una superioridad de cualquier índole por compartir nación con un famoso, diría que Horacio Quiroga nació en el Salto, Uruguay, y yo nací en Salta, Argentina, pero que estamos unidos por el gentilicio; ambos somos salteños, pero eso no hace comparable mi talento o inteligencia a la de él. Esto viene a raíz de lo que estoy viviendo con el Mundial. «Somos un pueblo hostigado», me decía un amigo catalán en referencia a la ocupación española que va a cumplir tres siglos. No he estudiado a fondo el tema, pero supuestamente Catalunya desea emanciparse de España. ¿Por qué enfatizo el «supuestamente»? Porque a medida que fue transcurriendo el Mundial, el discurso, no ya el de mi amigo sino el de la mayoría de personas que me pueblan a diario, fue variando, y ni siquiera sutilmente puesto que todo ha ocurrido en menos de un mes. Desde el deseo desesperante de que España quedara eliminada, hasta el anhelo silencioso y desvergonzado de que sea campeona, pasando por la indiferencia, es decir, que les daba igual quien ganara, hasta la patética: «si gana está bien, pero si pierde, también». ¡Veletas! Un pueblo que se gira así de fácil, ¿con qué fundamentos exige la emancipación? Y lo digo con algo de bronca, por mi natural inclinación a ponerme de parte de los oprimidos. No digo que todos sean así, pero son los comentarios que he tenido que escuchar, no sin desgano y rabia, en estos últimos treinta días. Después están los consuelos: que la columna vertebral de la selección española juega en el Barça y que copiaron el estilo de juego y que tal y cual es catalán y que la Selección es lo que es gracias a esta comunidad autónoma y que si ganan será gracias a los jugadores del Barça y que blablabla. Y es como si la identidad nacional tuviera que ver con cómo se juega al fútbol. Y por el otro lado, los madrileños le hacen un pequeño guiño de complicidad a su pueblo oprimido y titula en los diarios: «Visca España» (Viva España, en catalán), y todos la mar de contentos. Esta imagen me trae otra: la del adolescente rebelde que se va de su casa porque quiere usar la ropa que le dé la gana, comer lo que se le antoje y coger tranquilamente, pero que su mamá le sigue lavando la ropa y preparando la viandita, y que vuelve a llorar desconsoladamente porque su noviecita, también emancipada y rebelde, claro, ha quedado preñada por coger tan tranquilamente, y ahora no sabe qué va a hacer. Me apena, me horroriza esta situación.

Para mí, el Mundial terminó el 3 de julio a las 18 horas (hora de Sudáfrica), por lo que me da igual quién gane ahora, aunque preferiría que fuera Holanda, por no tener que ver a gente que aprecio festejando y olvidándose o pasando por alto todo lo que en varias oportunidades me dijeron acerca de su identidad nacional; preferiría no tener que enfrentarme a esa escena. Sé que algunos, con casi tres siglos de opresión, no tolerarían ni disfrutarían viendo a España campeona, pero ahora no sé si son tantos como creí alguna vez. Al pan, pan, y al vino, vino.

Este tema de las banderitas me pone bastante nervioso, según qué cosas. Me daría igual si Borges hubiese sido japonés y escribiera sobre samuráis si lo hiciera igual de bien que con los compadritos. España está jugando bien, y si el deseo es que gane el mejor, por amor al fútbol, a nadie debería caérsele la cara si apoya a la “Roja”, pero si hay una confrontación emocional, si por un lado expandimos el discurso del victimismo y el sufrimiento, y si por el otro nos cae un látigo en la mano y empezamos a repartir para todos lados… Porque, entendámonos, una identidad no es sólo un idioma, una camiseta (si fuera así, Argentina sería el chamán del mundo). La identidad tiene que ver con lo que verdaderamente es de cada uno, y cómo lo defiende, sea lo que sea, pero de principio a fin, sin telones y sin máscaras. La identidad no se negocia.

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La terraza indiscreta II

julio 6, 2010 at 6:59 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Hace días que no nos visitan las torcazas, o al menos han dejado de posarse en la medianera. Por las madrugadas me parece escucharlas, pero el gorjeo viene de más allá de la terraza. ¿Habrán visto algún mal modo? Igual ahora no las voy a ver, es de noche y estoy ocupado fisgoneando el vecindario con el largavistas, metiéndome donde no me llaman. Recuerdo que la vez pasada, cuando también se me dio por chismosear, se me cayeron los lentes de ver normal y se me rompió un cristal. Igual sabía que eso iba a suceder. Y ¿cómo lo sabía?, se preguntarán. Porque cada vez que rompí o se me rompieron los lentes, lo había soñado con anterioridad. Siempre tuve la sensación de que el sueño era una advertencia de lo que estaba por venir, un pronóstico, nada más que su forma de ver el futuro responde a un código propio del inconsciente, difícil de desentramar por el consciente, y por eso nunca sé por qué me pasa lo que me pasa, aun ya estando avisado (una viejecita se sentó en el balcón y toma de una taza, sola, supongo es una infusión, pero es tarde, pasada la medianoche, después no se podrá dormir, señora, y a su edad no es fácil conciliar el sueño); es decir, que si yo me gano la lotería, no precisamente hube soñado conmigo ganándome la lotería, sino, tal vez, con un conejito blanco o una bañadera con musgo o vaya a saber qué (a contraluz, en un balcón, se ve la silueta de dos jóvenes: la chica está apoyada en la barandilla; el chico la abraza desde atrás), pero con el tema de los lentes no es así. Cada vez que se me rompieron, yo había soñado que se rompían, literalmente; es decir: en el sueño yo iba por ahí, y ¡zas! se me caían las gafas y saltaban los vidrios. El problema radica en que nunca supe con cuánta anterioridad lo soñaba, así que nunca pude prevenirme. Hasta ahora nunca pasaron más de cuarenta y cinco días desde el aviso onírico hasta los lentes hechos pedazos (la chica se ha soltado con brusquedad, pero no da la impresión de que estén enfadados, sino de estar jugando), pero la última vez no quedé tranquilo con la reparación. Pasó que volví a soñar con gafas rotas dos o tres noches después de la primera. Esto me trajo tres sospechas: a) que mi método no era infalible; b) que yo era un boludo atómico que andaba por el mundo creyéndose un profeta; y c) que los lentes volverían a romperse dos o tres días después. Sucedió lo más temible, es decir, lo único que implicaba un gasto monetario (ventanas y más ventanas vacías o cerradas). Pero esto ocurrió siete u ocho días después de la penúltima vez, por lo que mis sueños funcionan como el servicio meteorológico: sí, va a llover; pero ¿cuándo? (la chica ha quedado sola en el balcón; una luz se ha encendido en la habitación contigua; la vieja ya no está); así que por más visionario, esto no significa ningún poder si yo tengo que pasarme un día entero corriendo hasta encontrar una óptica, sin ver un pomo, y sin saber cuánto me va a costar la jodita.

Ahora la chica deja el balcón y parece dirigirse a la habitación donde se encendió la luz; sólo veo sombras proyectadas que se mueven con lentitud; la chica vuelve a aparecer por el balcón. Más allá se cierran unas persianas. Más acá sacuden un mantel o una sábana. La chica camina de espaldas, lentamente, su silueta se mueve cansada (porque con esto de los sueños premonitorios… no puedo hacer nada para que no suceda, pero ahora ya tengo unos lentes de recambio, por si las moscas). En la habitación contigua se ha apagado la luz; el chico pasó al salón y se sienta en un sofá; parece ver televisión (sólo saber que va a suceder y estar al tanto). La chica se para frente a él y vuelve a salir al balcón, sola, se queda mirando la noche, como yo (porque si no puedo cambiarlo, al menos puedo tener una respuesta rápida).

Sigo sin ver una teta mediante los prismáticos y desde hace unos días me recurre un sueño… o varios: son diferentes y con distintos escenarios, pero versan sobre lo mismo. En ellos aparece gente a la que no veo hace mucho. De ellos, de los sueños, también espero una profecía, y no hacer nada, para que suceda (es tarde, y mis persianas también se cierran).

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Mirá si serán bichos

julio 2, 2010 at 7:17 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

El día de ayer pintaba bien, aunque caluroso; habíamos quedado con la Hele que la pasaría a buscar por su trabajo a las ocho para ir a cenar fuera: marisquitos, que hacía mucho que no comíamos. Decidí salir a las siete, agarraría una bicicleta de transporte privado, al cual estoy abonado, y en media hora estaría sentado en un bar, tomando una cerveza y esperando que se hiciera la hora acordada. El ascensor se había estropeado, nuevamente: bajé siete pisos por la escalera, pero eso no iba a mutar mi excelente estado de ánimo. Me dirigí a la parada de Biking más cercana. Sólo había dos bicis de las treinta potenciales. Mentalmente trazo el panorama matemático de las probabilidades de que me toque una fallada; igual: un cincuenta por ciento; o me toca fallada o no me toca fallada… en caso que me toque. Acerco la tarjeta al lector y éste me cede la que ocupa el aparcamiento 1. El transporte no sale, está atascado. Presumo que tal vez el calor me haya debilitado, así que vuelvo a tirar con algo más de ímpetu. Nada. Vuelvo al lector: con otras palabras me dice que no me va a dar otra bici porque yo ya ando por ahí dando vueltas con una. Vuelvo a embestir el estacionamiento 1 hasta joderme una articulación, y vuelvo al lector, que repite su negativa. Un hombre fuma un puro al lado del lector y ha visto toda la secuencia: «Se ve que no va», dice. Lo miro como diciéndole que no hace falta su aclaración porque ya me había dejado un hombro para comprobarlo. Urbanamente decido secarme el sudor de la frente en lugar de aplastarle el cigarro en la boca y le pregunto si sabe de algún locutorio, así llamar a la empresa y notificarles mi situación. Se acuerda de uno a la vuelta de la esquina. Memorizo número de parada y de bicicleta; en total, nueve dígitos. En el “Locutorio colombiano” me atiende un paquistaní. La cabina que me toca no tiene luz, así que tengo que pulsar en sistema Braille. Me atiende una grabación que me informa durante dos minutos de algo que a nadie interesa, y luego se pone a dar las opciones: «Para tal y tal cosa, pulse uno; para tal y tal otra, pulse dos…». Mi tal y cual cosa recién aparece en el número ocho. Cuando parece que van a contestarme, la comunicación se corta. Vuelvo a marcar y a disponerme para otro sermón de casi seis minutos. En el trance, el paquistaní se puso a hacerme señas y a hablarme. Me dice que para que la llamada siga su curso, tengo que pulsar asterisco luego de marcar, tal y como lo indica el cartelito que tengo frente a mí y que no había siquiera visto. Me dice eso, pero lo comprendería después, porque en ese entonces, entre la voz de la grabación, la repetición mental de los dígitos que había memorizado y no debía olvidar porque me los preguntarían, la oscuridad y la gota gorda sudándome en la frente, no cazaba una; el tipo se dio cuenta y realizó el procedimiento con sus propias manos. Otra vez la grabación interminable. Pulso el ocho para que me atienda una persona y el marcador comienza a correr. A los cinco minutos, cuarenta y un segundos, es decir, a los dos euros con ochenta (para que entendamos dónde está el negocio), me atiende una mujer. Le explico lo que me pasa. Primero me pide los números y luego me pide que espere. Sigo esperando. Casi a los nueve minutos vuelve al tubo y me dice que ya está todo arreglado y que gracias por utilizar su servicio; dudo si es la vieja que me atendió o si es otra grabación. Igual: cinco euros con cuarenta. El día vuelve a recuperar, poco a poco, su luminosidad.

No sé qué hora es, pero estoy seguro que caminando no llegaré a la hora acordada, así que encuentro otra parada de Biking (que, por cierto, debe leerse así, biquing y no baiquin, como alguno lo habrá pronunciado). Hay tres, de las treinta y cinco posibles. Las probabilidades de que me toque una fallada siguen siendo de un cincuenta por ciento. La bici sale al primer tirón; la rueda trasera está pinchada; no hay tiempo para detenerse con quejas, ni tampoco para arriesgarse a pedir otra bicicleta. Emprendo el trayecto en esas condiciones, transpirando, con dificultades para frenar, derrapando al doblar y sufriendo con cada pozo que piso con el temor de quedarme en llantas. Una iglesia cercana da las tres campanadas que indican que han pasado tres cuartos de una hora. Ya no podré disfrutar la cervecita de la espera. Creyendo acortar camino, me meto por una callecita desconocida de Ciutat Vella; me pierdo. Pedaleo seguro de que siempre saldré a un lugar que sea un punto de referencia. Lo encuentro y me pongo a buscar una parada donde poder dejar la bici. La encuentro y camino con celeridad porque las campanas de la catedral dan las ocho. Creyendo acortar, me meto por otra callecita desconocida de Ciutat Vella; me vuelvo a perder; apuro el paso para dar con otro punto de referencia. Lo encuentro y doy por fin con Hele, pero cuarenta y cinco minutos después de la hora en que me había propuesto llegar.

La naturaleza compensa: pedimos una variedad de cinco platos de bichitos (dos que sólo disfruta mi nena: no soy muy afín a los bichos de mar con cáscara; y otros tres que compartimos –me parece que pierdo en la ecuación), un vino blanco bien fresquito, y nos chupamos los dedos. A la vuelta, el ascensor seguía sin funcionar.

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