Peligro inminente

junio 16, 2010 at 6:12 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

El lunes pasado empecé a escribir algo pero lo dejé porque sentí que estaba forzando el texto. Es importante que rescate al menos un poco del sentimiento que me apesadumbraba ese día. Había sido despertado por una de las torcazas a las seis y media de la mañana. Este bicho funciona como un reloj; tengo que ver la manera de que cante sólo a las ocho, y nada más que en días laborables. No pude conciliar el sueño de vuelta, pero la somnolencia me duró casi todo el día, y no sé si fue ese estado o el clima real pero había algo inminente el lunes, esa atmósfera de calma pretendida y delusoria que antecede a un suceso de grandes dimensiones, o que deja entrever un peligro que acecha. Durante la tarde había ido a un parque a leer un libro conciente de que la iglesia contigua me iría dando noticias de la hora con sus campanadas, pero al parecer le estaban enseñando a tañerlas a un mono drogado que daba tres golpes seguidos cada un espacio irregular de tiempo que variaba entre los quince y los cincuenta segundos. Perdí ese texto, pero aparte de la sospecha de que algo se estaba gestando en otro plano, también había comenzado a notar síntomas de incubación.

Ayer martes, a pesar que continuaban los indicios patógenos, el día se planteaba con total normalidad, así que decidí salir de compras: pasaría primero por el supermercado, y luego por un bar donde me proveen de aperitivo casero y soda de sifón, para la cual llevaba el envase de recambio correspondiente, de vidrio, como en los viejos tiempos. Apenas salir del departamento noté que llegaba el ascensor: adentro venía una de las vecinas del departamento de al lado. Creo que no me referí a ellas todavía. Apenas llegados al edificio, indagamos al portero sobre los vecinos que nos tocaban. Nos dijo que en general no tendríamos inconvenientes, pero que fuéramos cuidadosos en el trato con las del 3; resumo: la madre, una señora de unos sesenta y largos, si no más, padece Parkinson: cada vez que me la encuentro en el rellano tengo que volver a presentarme con cordialidad como «el nuevo vecino», y no digo nada más que esto (aunque empiezo a no fiarme de esa situación, o de la ingenuidad o pérdida de memoria de la vieja); desconozco la denominación médica de lo que aqueja a la hija, pero le faltan un par de fósforos en la cajita; es la que venía en el ascensor, mirando para todos lados como un pajarito enjaulado, para asegurarse que ese era su piso, mientras yo abría la puerta y la saludaba (aunque tardé en reconocerla sin su camisón blanco y raído y sus dos coletas desparejas como peinado, que es como la había visto en ocasiones anteriores). «Tú eras…», me dijo y frunció la cara como para recordar el nombre que nunca le había dicho. La dejé hacer. «Ariel», reaccionó seguidamente. Por un instante, y llevado por el pánico, pensé en estrellarle el sifón vacío y salir corriendo o rodando, daba igual, escaleras abajo (Ariel es mi primer nombre, pero no lo escucho más que en las entrevistas de trabajo, pues es lo primero que se lee en un currículum, y en las publicidades de jabones para la ropa –debo admitir que yo había quedado blanco-blanco­–, por lo tanto no acostumbro a identificarme con él). Antes de que pudiera volver a tomar conciencia de la situación, me preguntó si con «Helena» teníamos una «criatura». Supuse que se refería a la descendencia, y además pensé que mi mujer ya había hablado con ella y le habría dicho nuestros nombres, pero seguía extrañándome que no me presentara como «Sebastián». Le respondí que todavía no teníamos hijos, y me dispuse a abordar el ascensor (me pareció oír que unos pisos más abajo golpeaban la puerta en señal de reclamo por la demora). «¿Sabes qué no nos gusta?», me interrumpió con esa vocecita de niña entrometida que en nada condice con sus cuarenta y no pocos años, y esa frase me puso más tenso que si me hubiera sostenido por el antebrazo, además de que el plural también entrometía a la vieja: «No nos gusta cuando te pones a tocar…», y volvió a contraerse y fruncir la cara abriendo y cerrando sus brazos. La dejé hacer: no la ayudé con mi nombre, menos lo iba a hacer con el instrumento que ahora rechazaba. «El acordeón», recordó de pronto con un chillido. El terror había cedido espacio a la rabia y la siguiente imagen que proyecté fue la mía introduciendo, con una mano, su cabeza en el ascensor, y con la otra cerrando la puerta repetidas veces, y sin escatimar violencia, contra su cuello, pero me contuve y le expliqué que era bastante discreto con los horarios, dándole a entender que iba a seguir tocándolo; ella mencionó a unos niños en el piso de abajo y yo asentía cerrando la puerta del ascensor (no contra su cabeza, claro, sino en señal de que ya me tenía que ir y que lamentaba muchísimo dejarla hablando sola). El ascensor se detuvo en el cuarto, en el tercer, en el segundo y en el primer piso: una clara venganza por parte del que había estado esperando y golpeando la puerta dos pisos más abajo. Al volver tuve cuidado de no encontrarme a nadie en el rellano. Esa noche le pregunté a Helena si ella le había confiado nuestros nombres, y me dijo que no, que seguramente los había fisgoneado en la taquilla del buzón de correos. Sonaba razonable, pero si lo sobrenatural de los vecinos no me deja tranquilo, tampoco me calma lo que es «natural» en ellos.

Hoy no quise salir de mi casa; me quedé incubando.

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