Pa’ atrás, como el cangrejo

abril 21, 2010 at 2:39 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Me da la sensación que el tiempo pasa con mayor celeridad en Europa. Tiene que ver con cómo se promocionan algunos eventos en los medios de comunicación. Por ejemplo, los festivales de música: cuando aún no terminan de apagarse los ecos del último, ya están promocionando el venidero. Cuando se aproxima (y digo «se aproxima» sólo por decir algo) una banda grande de rock, se avisa del concierto con medio año de anticipación. Con Helena, para ver a The Cure, compramos las entradas casi seis meses antes del recital. Puede que después de transcurrido este tiempo miremos hacia atrás y nos encontremos con que no ha pasado nada trascendente, pero antes de que transcurra, uno no puede menos que pensar que pueden ocurrir infinitas cosas que nos veten ese recital. Incluso yo dudaba si los Cure me seguirían interesando después de tanto tiempo, pero si conservaba esa idiosincrasia, seguro que me hubiese quedado sin verlos. Esto tiene que ver con la proyección que cada cual hace de sí mismo en el tiempo, y en este sentido un europeo medio se proyecta a mayor distancia que un americano o un africano de la misma talla. Es sólo una apreciación que no pretende ser, para nada, un elogio. Tampoco soy un apólogo del carpe diem, simplemente que no tengo la capacidad de visionarme con anterioridad. Más bien, al contrario: el futuro suele asaltarme por la espalda.

En estas líneas también me descubro mirando atrás: cuando pasaba los veranos en J.J. Castelli, un pueblito de Chaco, donde vivía y vive todavía la mayor parte de mi familia paterna. No (me) abrumaré con interminables anécdotas, porque son las anécdotas que siempre ocurren en las vacaciones de verano, y que también se pueden encontrar en la lectura de Tom Sawyer (cuando entrábamos a robar fruta en un colegio de monjas, y éstas salían a perseguirnos con trozos de mangueras a modo de cachiporras, y nos soltaban los perros, por ejemplo –la Iglesia no ha cambiado sus métodos); nada más diré que el calor, en las siestas, era inaguantable incluso para las lagartijas, pero eso no impedía que nos juntáramos en la plaza a tomar tereré, con polcas y chamamés de fondo, provenientes de alguna tienda con altoparlantes; ni que por las noches, después de habernos bañado y cenado, volviéramos a la plaza, y mientras las tías y las abuelas, los padres, los familiares grandes, charlaban con una satisfacción enorme (y eso que la diversidad de insectos que pululaban la noche podía dar trabajo a varias generaciones de entomólogos), los chicos jugábamos a la Escondida, o a la Pilladita, o a cualquier otra cosa que malograra el baño que acabábamos de darnos, hasta bien pasada la medianoche. En ningún momento de cualquiera de esas noches me hubiese detenido a pensar que dentro de veinte o treinta años volvería, de otra forma, de ésta, a esa plaza. Como tampoco se me ocurre ahora pensar de qué manera estaré volviendo dentro de cinco, diez o quién sabe cuántos años.

Diseños de la serie «Acabose». Aptos para todo público, pero siempre teniendo en cuenta que el que no sabe inglés no es parte del mercado.

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