Sol sostenido

marzo 12, 2010 at 8:41 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Es evidente que si alguien se compra un instrumento pasada la treintena de edad, cuando en su vida lo ha tocado, es porque no pretende hacer carrera ni cerrar el no sé cuánto Festival Internacional de Ejecutantes y Concertistas. Yo asumí ese hecho con mi reciente acordeón. Pero aun así estoy abarrotado de impaciencia: mi repertorio apenas si crece, si es que se le puede llamar repertorio a un conjunto de fragmentos de distintas canciones; en realidad no logré sacar ningún tema completo, aunque esto no se debe a la falta de oído musical sino a la deficiente comunicación entre la mano izquierda y la derecha para coordinar o disociarse, según lo requiera el caso; de hecho, la izquierda muestra una severa falta de puntería. Sé que es cuestión de tiempo y de práctica, pero aun así me desespero ante la ausencia de resultados, además del temor de que el autodidactismo me lleve a una manera de tocar que no sea la adecuada, y eso sería irreversible. Amigos y familiares aducen estar sorprendidos ante mis rápidos avances con el instrumento, aunque sospecho que nada más lo hacen porque son concientes de la facilidad con la que suelo desanimarme, y temen que termine usando el acordeón para avivar el fuego del asado siguiente o, lo que es peor, que me encapriche con cualquier otro instrumento (ahora que nos vamos a mudar de departamento, no creo que a Hele le haga gracia tener que trasladar un xilofón, ni que gaste plata en un Stradivarius). Por lo pronto me sirve para esquivar la metafísica, ya que sólo me dedico a pensar dónde van los dedos, y cuando dejo de tocar, estoy tan aturdido que sólo pretendo ver tele y que las imágenes me entren sin nada de esfuerzo. Sé que poco a poco, minúsculamente, voy avanzando, pero ahí nomás me machaco y busco en Internet videos de acordeonistas, pero sobre todo del Chango Spasiuk. ¡Qué grande, ese hijo de puta! Me viene tocando las fibras desde hace casi diez años. Y aunque siempre me entró por el oído, ahora que intento aprender, veo cómo su mano derecha se mueve por el teclado como esas arañas rápidas y de patas largas y finas del desierto, no las gordas y peludas; pero no es eso: se mueve como lo hace la sombra de esa araña por el desierto, porque uno no llega a distinguir al insecto. Mientras que su mano izquierda es como un reflejo sobre un metal plateado o dorado, un reflejo titilante, centelleante (el título de este escrito resume ambas imágenes, aunque tal vez lo había pensado como calificativo de este músico increíble). Salvando algunas diferencias, creo no estar muy lejos de él: mi mano izquierda se mueve como una araña de metal, y mi mano derecha, como la sombra de un reflejo.

Dos cosas tengo en claro: seguir practicando y seguir escuchando al Chango Spasiuk.

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