Espero que te alcance

noviembre 18, 2009 at 8:41 pm (Uno que cuenta)

Había programado toda la tarde para llevar a cabo actividades que me resultaban de carácter impostergable, entre ésas, la de bañarme, pero de imprevisto recordé que tenía un vale para una librería… En realidad, lo que quedaba del vale, porque ya le había dado uso. Quedaba lo suficiente como para una edición de bolsillo o un autor que nadie lee. Pero el personarme en dicho establecimiento requería una dedicación de tiempo que seguramente desbarataría la concreción de las actividades que me hube propuesto, o por lo menos alteraría la serenidad con las que pensaba concretarlas; menos por haraganería que por preservación de la salud, ya que han pasado varios años desde que descubriera que el apuro me produce arcadas. Es inevitable, basta que me corra prisa para que me convierta en un felino atragantado con su bola de pelos, da igual si es para dar un examen, como si me cierran la tienda de fiambres, si para no llegar tarde a la película o al casamiento de tu bisabuela. No me gusta llegar tarde, pero mucho menos me gusta andar correteándome los huevos: que la medalla al culo apretau se la den a otro. Y lo que digo: no se debe a ninguna filosofía zen sino simplemente a observaciones médicas. Sé que otro diagnóstico me haría más funcional en un sitio, un mundo donde “el que no corre, vuela”, o “si no te movés te comen los piojos” (o los leones), o “si dormís, te lleva la corriente”, y así anda todo el mundo, pensando a quién puede cagar y levantándose a las seis de la madrugada para que no venga otro hijo de puta a querer cagarlo a las once de la mañana; y así andan todos, apretando el acelerador para escaparle a la muerte… ¡A re-pedo! porque la muerte siempre te estuvo esperando justo donde te quedaste sin gasolina o te reventó el carburador. (Menos mal que me he depilau, porque si no este hijo de puta me afeitaba hasta los pelos del culo, decía mi abuela cuando cruzábamos una calle en donde nunca faltaba el desenfrenado de siempre).

Al final, decidí ir a la librería, tenía un libro en mente y otro que he pedido hace tiempo, pero no me llevé ninguno de esos dos; yo soy un convencido de que las cosas te van llamando, está en Uno prestarles atención o ignorarlas. Yo sabía que el libro que tenía en mente se encontraba en la “W” de Evelyn Waugh (el dato es intrascendente, pero se acerca mi cumpleaños, y por ahí le quito a Alguno la preocupación de qué regalarme). Llevado por la intuición (o por un oído atento) viré hacia la “A” y encontré un libro de Aira (César Aira, se llama, en caso de que alguien recuerde mi próximo cumpleaños o de que, sin llevarse por fechas, quiera oficiarme un regalo) que no estaba la vez anterior. Todo sucedió rápido, pero ése es el punto: yo no iba apurado. Así y todo esta acción no duró más de cuarenta minutos, tiempo que no intercedía para nada en la común consecución de las actividades antes propuestas, pero que igualmente no llevé a cabo… ¡Menos mal que alcancé a bañarme! Y conseguí un libro que presumo estupendo por sólo tres euros con veinte. Y ya ven que ni he sudado.

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