Visto por casualidad

marzo 25, 2009 at 7:38 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Supe, por casualidad, por encontrarme sin querer en el lugar, que Errolan había vuelto a tocar en bares. Fue una gran sorpresa; en la entrada del bar, un cartel sólo ponía una larga lista de brebajes alcohólicos y, al pie, borrándose en tiza, la palabra “Espectáculo”. Nada más. Lamentablemente llegué a mitad del último tema. Enemigo del aplauso, posición que conserva de cuando era actor y director de teatro, casi se evaporó del escenario. Pensé en compartir unas cervezas cuando volviera pero no volvió. La última vez que lo había visto fue cuando pasó por mi casa y me pidió que lo acompañara. Adónde, pregunté. Hasta donde lleguemos con la tarifa básica del tren, me contestó. Ese lugar era Mongat, pero transgredimos una parada y nos bajamos en Masnou. Durante el viaje me contó que estuvo a punto (y este “a punto” había sucedido apenas un poco antes de que pasara por mi casa, lo que explicaba el porqué de su apariencia formal pero no el de la guitarra que colgaba en su espalda) de firmar con una discográfica, que sólo era cuestión de limar algunas concesiones para cerrar el trato y que les contestó que para romperse el culo él tenía diez dedos que le bastaban y le sobraban, y que para eso no necesitaba ayuda de nadie, y, tomándose su tiempo pero sin demorarse, saludó uno a uno a los allí presentes, y en una cordial despedida les dijo que esperaba que una pequeña discrepancia no les impidiera la consecución de futuros posibles proyectos. Adentrados en Masnou encontramos un parque cercado; un lago con su puente y su coherente variedad de aves: patos, gansos y “tortolitos”. En tres de los lados del parque se levantaban edificios de no más de cinco pisos. En ese vallecito nos detuvimos. Me mostró algunas canciones nuevas pero más que nada conversamos: él planeaba formar un grupo con un amigo que toca el bandoneón, y que todavía no tenían nada en concreto pero sabían que el grupo iba a llamarse “El vuelo de la peluca”, yo le expuse el tema de una novela que vaya a saber si escribo, entre otras cosas. Nos costó apartarnos del parque y de la conversación, pero corría un viento frío. Durante el viaje de vuelta, el silencio se mantuvo incluso hasta después del momento de la despedida: no nos dijimos nada, ni siquiera nos miramos. Recién al salir de la estación pensé que él, seguramente, seguiría hasta donde llegase con la tarifa básica del tren. Ésa fue la última, mejor dicho, la penúltima vez que lo vi. En esta última me enteré que había vuelto a tocar en los bares, aunque es difícil saber de antemano dónde lo hará; en cualquier bar, en cualquier noche, a cualquier hora, en la última parada, sin avisar, sin promocionarse, simplemente llegando y tocando, para dejar bien sentado que una de las virtudes, si no la mayor, de un artista, cualquiera, es la invisibilidad.

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El último reducto

marzo 19, 2009 at 6:49 pm (Uno que cuenta)

Y es entonces cuando Uno recuerda el cartelito colgado en la puerta de aquel emprendimiento gastronómico que pergeñó junto a dos o tres amigos. “No se cobra más de lo gastado”, decía el cartelito. Aquel emprendimiento no era más, ni menos, que un reducto con algunas mesas, un poco más de sillas y una escasa variedad de platos. Pero la gente comía, repetía, bebía y se abandonaba al jolgorio. La fiesta no concluía a la hora de pagar. Entonces Uno llegaba con la cuenta, que no era un resumen detallado de lo consumido y servido, sino un monto simbólico y básico a pagar por persona en la mesa imputada. Lo jugoso se daba en las mesas grandes, de más de cinco comensales, porque ahí nomás Alguien elevaba la cantidad estipulada a lo que él consideraba, dadas las emociones despertadas en la velada, que debía abonar cada uno de ellos, y Otro la doblaba, porque si Alguien había vivido grandes emociones, Otro había vivido mejores, y la puja era siempre cerrada por el borracho de turno, alcanzando cifras bastante propicias. Lo bueno era que no importaba pagar más si todos pagaban más por igual, como tampoco preocupaba demasiado si todos también pagaban menos. Por otro lado, en las mesas individuales, el monto básico era el mínimo para cubrir, a grandes rasgos, la materia prima, pero ahí nomás Alguno se plantaba, sabiendo que Nadie pondría en tela de juicio la veracidad de las emociones vividas (o no) por Alguno; pero también Cualquiera anda por allí creyendo que paga más de lo que gasta, es decir, que todavía se les debe.
En el recuerdo, Uno preveía que, tarde o temprano, eso acabaría con el emprendimiento. Una orden municipal, amparada en vaya Uno a saber qué leyes ni qué ocho cuartos, evitó que se diera y se viera este deterioro, y logró que el reducto ocupara un lugar en el imaginario lugareño.
Y así, concluido el recuerdo, Uno se da cuenta que, sobre la mesa repleta de migas, con cuatro o cinco servilletas, dos docenas de escarbadientes y trocitos de pan, ha estado moldeando y reproduciendo aquel lugar que el repaso le traía. Y mientras escribe en un pedacito de papel, y en minúsculas letras: “No se cobra más de lo gastado”, para por fin culminar su obra diminuta, Uno piensa que tanto el precario diseño replegado en el mantel como el recuerdo, ambas reproducciones, no son más que maquetas en pequeña escala de emociones vividas.
Así que… a pagar se ha dicho.

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Calçotada

marzo 11, 2009 at 7:48 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

No se extraña un pedazo de carne (en todo caso, no se “entraña”, dirá alguno esperando que el oportunismo sea recompenzado con una sonrisa). La reflexión viene a cuento de que días pasados asistí a una calçotada (evento popular catalán que consiste en el consumo de tallos jóvenes de cebolla –calçots– asados a la llama); debo admitir que no con el mejor de los ánimos, basándome en la teoría física de que si una parrilla está hecha de hierro, es porque debe sostener algo de peso, en el peor de los casos, un pollo. Luego estaba la otra teoría física, aquella que los domingos me impide alejarme más de cinco metros del sofá de mi casa. Ya en el lugar del hecho, en las afueras de Barcelona, nos pusimos manos a la obra. Un amplio Consejo Regulador democratizaba el fuego y la parrilla, mientras sólo dos abnegados sudaban la gota gorda. A otro grupo nos tocó la tarea de poner la mesa, untar pan con tomate, disponer las salsas, tomar vino; en fin, de estar agradablemente a la sombra. (A propósito del vino: para que el evento tradicional se cumpla rotundamente, éste debe ser ingerido dejando caer un chorro desde una especie de tetera de vidrio, con la forma de la cabeza del Pájaro Loco, llamada porró, e ir alejando el cacharro de manera tal que mientras mayor sea la distancia recorrida por el líquido antes de llegar a la boca, tanto mejor. Algunos se jactaban con atávicas técnicas, haciendo que el chorro se estrellase contra la frente, deslizándose, cara mediante, hasta la boca). El resto del rito no es diferente a cualquier juntada para asar algo, lo que fuera, sólo que las manos quedan tiznadas de negro y también la cara de algún desprevenido; pequeñas diferencias. Por eso digo que no extraño la carne. No extrañaría una cebolla, tampoco, como tampoco lo harían los más acostumbrados a los calçots. Es otra cosa. Es la idea de calor que nos revela la distancia, ya sea el ardor tenue de las brasas que cuecen la entraña o la llama viva de las raíces.

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La manera exacta

marzo 4, 2009 at 5:53 pm (Así es Uno)

Nadie sabe cómo fue a dar ahí, la cosa es que Uno se encuentra, primero, en el No Sé Cuántos Congreso de Periodismo, y luego, ya en el intervalo, conversando con el Consagrado Periodista. Lo que sí sabe Uno es que “conversando” es sólo una manera de decir, dado que si algo caracteriza al periodismo, ese algo es la verticalidad; tal es así que eso del “intervalo” le parece otra falacia, y lamenta profundamente que la copa de vino que sostiene le reste agilidad para la oportuna huida. Al principio piensa que tal vez no sea del todo malo y que algún provecho pueda sacar de tan elevada disertación, pero no tarda demasiado en desdecirse y apurar resignadamente la primer copa a fin de abastecerse una segunda. El Acreditado afirma la incompatibilidad entre el periodismo y la ficción, y Uno no es capaz de desautorizarlo, en principio, por considerar de mala educación hablar con la boca llena de líquido, y porque además admite que la mezcla ha dado híbridos peligrosísimos (Uno piensa en Truman Capote, por ejemplo), que no llegan ni a chicha ni a limonada y, mientras, vuelve a estirar su brazo sin saber si es la comparación o la disertación lo que le da sed. En el único momento que puede introducir un comentario, trata al Consagrado Periodista como un apólogo de la objetividad, y éste, lejos de interpretar la sorna, se anima aún más y elucubra los más diversos razonamientos en desmedro de la ficción. Ante tamaña verborragia, Uno presume que una refutación posible sería estrellarle la cuarta o quinta copa de vino (aunqué ésta todavía está llena, y apura el trago, por si acaso), o bien, y es lo que termina haciendo, esperar a estar completamente borracho una vez acabado el intervalo. Mientras tanto, sonreír, condescender y entender que la “objetividad”  (y las comillas las pone Uno) es sólo una manera (otra más) de decir.

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