Cuentos de hadas

enero 2, 2009 at 5:00 pm (Uno que cuenta)

En una humilde casita, alejada de la ciudad, vivía una niña de tez muy blanca y negros cabellos (casi tan oscuros como sus ojos). Se había corrido la voz que tenía poderes mágicos y curativos, que con sólo su mirada tierna y compasiva sanaba las heridas. Al principio sólo acudieron aquellas personas que ya no tenían nada para perder y se aferraban con fuerza a una última esperanza. Con el tiempo aumentó el número de peregrinos, y las peticiones se fueron volviendo cada vez más caprichosas. La niña ya no intercedía sólo por comida, salud y necesidades básicas; ahora acudían a ella por nuevos modelos de autos, televisores con pantalla plana y pasajes a Maimi con pensión completa. A la niña no le importaba. Consideraba que todo marcharía bien si crecía la cantidad de personas contentas. Tampoco les cobraba nada. Un poco porque su ingenuidad le hacía pensar que los favores y los buenos actos no llevan factura, y otro poco porque, a pesar de su corta edad, era consciente de que no poseía poderes mágicos, que la gente conseguía lo que deseaba movida por su propia fe o sus propias acciones; pero si servía de excusa, o de motivación, estaba bien. Pero pronto vio que en los alrededores de su casita se habían contruido hoteles y confiterías, y se montaban puestos de artesanía con su imagen. La niña, de cabellos y ojos negros, se apenó mucho y dejó de creer en sí misma… Y la gente dejó de creer en ella.

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