Palabras Cruzadas

diciembre 30, 2008 at 4:08 pm (Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira))

“Yo, por suerte, obedezco… Ese condenado es dueño de sus actos”, decía un general Inglés acerca de Lawrence de Arabia, cuando este conducía la rebelión para librarse de los turcos. La obediencia es el camino más fácil. En “El miedo a la libertad” Erich Fromm dice que, en la Edad Media, el hombre poseía un lugar determinado en la sociedad; había un orden social dado por el orden natural; había pocas probabilidades de cambiar de clase social. Con el ascenso de la burguesía se proponía una modificación en la estructura social, una mayor libertad individual, lo que acarreó un sentimiento de inseguridad e incertidumbre. También dice que hay una disposición humana a someterse a autoridades capaces de darle seguridad y librarlo de la tortura de la duda. Este sentimiento es el que ha llevado a las sociedades europeas a ampararse en el luteranismo, el calvinismo, el fascismo, y tantos otros ismos: la persona liga su vida a un poder exterior, a una entidad superior y se refugia en un mismo sentimiento colectivo; pierde su identidad, su yo y adopta la personalidad según las pautas culturales; se libra, así, de la carga que significa la propia libertad.
La modernidad estableció un culto al trabajo. Con el fin de esquivar el aislamiento y la incertidumbre que provoca la inestabilidad social, la humanidad prefirió una vida planificada, con una rutina en que las horas transcurren sujetas a un programa, preferencia que se vio severamente satisfecha cuando la Revolución Industrial convirtió al trabajo en un valor social dominante; así, el individuo ocupaba 16 a 18 horas diarias de su vida en el trabajo y su libertad dejaba de mortificarlo. La actividad incesante trajo, también, la esperanza de éxito, ya que, mediante la aceptación y el reconocimiento, la vida adquiere sentido, y el individuo ya no se siente solo porque se ve reflejado en los juicios de otros. Hoy, se piensa sin pudores que el éxito está asociado al hecho de “estar muy ocupado”. Y así nos sometemos a las convenciones, convirtiéndonos en autómatas, en engranajes, viendo en cada reloj cómo se vacía nuestra vida.  Sin embargo, es considerado “normal” aquel que muestra una excelente adaptabilidad y eficiencia social. Fromm reconoce que el individuo “normal”, al despojarse de su yo, es menos sano que el neurótico en su búsqueda de libertad e independencia: Neurótico es aquel que ve mutilada la expansión de su personalidad, dice. En “El miedo a la libertad” también se plantea que el hombre sólo podría liberarse de la desesperación de su soledad si logra dominar la sociedad y subordinar el mecanismo económico a los propósitos de la felicidad humana, si participa activamente en el proceso social. En este punto, Fromm diferencia la “libertad de” de la “libertad para”; no la enajenación total, sino la disposición de energía y tiempo necesario para desarrollarse en la cultura, la concepción de uno mismo como una entidad distinta, de pensar y sentir como se creyera conveniente. ¿Cuántas veces nos regodeamos la boca con opiniones ajenas y las adoptamos como propias porque son socialmente aceptables, cuando no, dignas del pensamiento de la época? Las inclinaciones humanas resultan de un proceso social, un aprendizaje, no están dadas en su naturaleza biológica; aparecen como la determinación de una voluntad de poder que permite la conformación de ciertos tipos de verdad y de ciertos modos de subjetivación. El deber, la conciencia, el qué dirán, también son autoridades internalizadas. Entonces, no hay que plantearse si el pensamiento es correcto o no, sino si es propio de cada uno; recuperar la capacidad de experimentar la vida de manera espontánea, de asumir la carga de la libertad y, sobre todo, saber a ciencia cierta que nada está escrito.

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