¿Y dónde está el piloto?

enero 18, 2018 at 4:24 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Cuenta un chiste, o una reflexión, que una mujer le cuestiona a un hombre el consumo de cerveza. La mujer comienza molestándolo con la indiscreta pregunta de cuántas cervezas se tomaba al día. El hombre responde que dos, a lo que ella inmediatamente hace el cálculo del gasto diario, luego del semanal, mensual, anual, etcétera, hasta concluir que, de no haber despilfarrado el dinero en bebidas alcohólicas, y en los años que lleva tomándolas, se podría haber comprado un avión. El hombre medita y le pregunta: “Y vos, ¿cuántas cervezas te tomás por día?” Ella responde que ninguna; y el hombre concluye y finiquita: “¿Y dónde está tu avión?”

La situación, el chiste me hace acordar a este gobierno. Vinieron para bajar la inflación, el déficit fiscal, la inseguridad, el narcotráfico y la pobreza. Para restablecer la República. Para eliminar la grieta. No sólo no bajaron ninguno sino que agrandaron todos los índices que debían achicar y achicaron los que debían agrandar. Ni hablar de la grieta. ¿Dónde está el avión?

Eliminaron las retenciones a las mineras y a las exportaciones al tiempo que devaluaron la moneda nacional y aumentaron el dólar para darle el gusto a algunos potentados y para que entrara la moneda yanqui en el país (aunque luego la volvieran a sacar), pero las exportaciones se mantuvieron en el mismo nivel que en el 2015. Hablaron de bajar la inflación, y para eso destrozaron el mercado interno y por ende la demanda, y la inflación es igual a la de 2015, con el agregado que el año pasado fue del 40%, es decir, en cierta forma bajaron la inflación, pero después de haberla hecho llegar hasta una cúspide imposible, es decir que redujeron la inflación que este mismo gobierno había aumentado pero no la disminuyeron con respecto al gobierno anterior, es decir ¿dónde está el avión?

Para reducir el déficit fiscal, echaron a cuanto empleado público les dio la gana (y lo siguen haciendo), desmantelaron por completo programas de asistencia y atención a víctimas de la violencia de género, de asistencia jurídica gratuita, de asistencia laboral, de salud sexual, de tratamiento bucal; sacaron las Qunitas y las notebooks (Conectar Igualdad), quitaron pensiones a personas con capacidades diferentes; desarticularon todo lo que tenía que ver con ciencia, tecnología e innovación; recortaron, más bien mutilaron el Plan Progresar; ni hablar de los recortes en derechos humanos, en asuntos indígenas, y mucho menos los relacionados con la cultura: tres temas que generan el asco y repudio de estos que nos desgobiernan. Para reducir el déficit no se les movió ni un pelo en meterle la mano en los bolsillos a los jubilados, a las asignaciones por hijo, a los excombatientes de Malvinas. Para reducir el déficit tomaron una deuda impensable hasta para China, que ya ronda los 350.000 millones de dólares y continúa creciendo. Para reducir el déficit están destruyendo, dinamitando Aerolíneas Argentinas, los medios públicos, manoseando y hurgando en la caja del ANSES… ¿Y dónde está el avión?

¿Qué decir de la lucha contra el narcotráfico? Algunos indicadores señalan que aumentaron los procedimientos policiales, los detenidos por este delito y las incautaciones de estupefacientes. Conociendo la inoperancia de este gobierno, me resulta fácil pensar que ellos mismos compran el alijo y luego se hacen el operativo para ganarse algunas medallas y muchos minutos en la tele. Pero supongamos, quizá con acierto, que jamás podría haber salido de sus seseras una idea tan genial, ¿a quién o a quienes benefician un par de detenciones e incautaciones? El precio de la droga se duplicó en los últimos dos años; hay la misma o mayor demanda pero hay menos oferta; mayor ganancia, menor producción; mayor beneficio, menor esfuerzo. ¿Quién puede negar que el episodio responde a políticas e idiosincrasias de nuestros eméritos representantes? Producto de esto último, de lo dicho anteriormente y de otras iniquidades, la inseguridad no pudo hacer otra cosa que incrementar notoriamente. Eso y porque tienen a todas las fuerzas de seguridad cuidando sus casas o las instituciones donde despiden gente a diestra y siniestra o comprando merca para recuperarla después o reprimiendo a los que reclaman por sus derechos antes conseguidos y ahora arrebatados.

El avión de restablecer la República duerme en los hangares de la extorsión para aprobar leyes, en los depósitos empapelados de decretos de necesidad y urgencia, que no son de ninguna necesidad ni de ninguna urgencia, bajo los tinglados de una justicia ciega, sorda, parapléjica y desbalanceada, de prisiones preventivas sin proceso ni condena, de prisiones políticas, de represiones y desapariciones. Acá cabe preguntarnos ¿dónde está el submarino? Una República donde el ministro de Finanzas compra bonos por él emitidos, y el de Trabajo negrea a sus empleados; donde el presidente, junto con otros ministros, que confían en sus gestiones, tienen toda la guita fuera; donde el de Agroindustria recibe un regalo de medio millón de parte de la Sociedad Rural; o donde el presidente quisiera condonar las deudas que sus empresas privadas tienen con el Estado. Y donde el de Energía… y donde el de Comercio, en fin.

Si alguno de ellos hubiese creído, aunque sea por un ratito, que podían eliminar la grieta, jamás se hubieran armado con tanta rapidez y tesón de material antidisturbios, jamás gastarían una cantidad ingente de dinero en trolls y avivadores y voceros del odio de otros medios, jamás se hubieran abocado a mantener la democracia a balazos. Fíjense hasta qué punto lograron ensanchar la grita que hicieron papistas a los progresistas y ellos, que cada domingo pagaban en cuotas y en la iglesia su parcela en el cielo, aunque durante la semana hicieran morcillas para el demonio, y alquilaban el estandarte de la moral, ellos se volvieron anticlericales.

A mi me supera: la idea de lograr pobreza cero basados en la precarización del empleo, del poco que hay, sumado al aumento de las tarifas en los servicios, en los remedios, la ninguna injerencia del Estado en los precios del combustible y un largo etcétera, está por encima de mi entendimiento. Deberían comenzar por bajar la pobreza… ¿qué digo “pobreza”?, la indigencia, la miseria de espíritu y de alma que los determina y dirige. ¿Y el avión? ¿Y el helicóptero, en todo caso?

Que no se me mal interprete y se me llame golpista, como está tan en boga en estos tiempos. No soy golpista, como tampoco lo es el que se manifiesta por derechos o está en total desacuerdo con este avasallamiento. No quiero un helicóptero, pero si quiero que este gobierno claudique. Como plantea Julio Maier, existen mecanismos constitucionales que prevén, por referéndum, incluso revocatorio, la expulsión de un gobernante por anticipado. También está el juicio político. El golpe de Estado ya lo dieron ellos minando todas las instituciones y cargándose la Constitución Nacional, con la que se santiguan cada vez que pueden. Esta última dice, como nos recuerda Eduardo Barcesat, en su artículo 36 que todos los ciudadanos tienen derecho de resistencia cuando se avasalla la supremacía de la Constitución  Nacional.

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Pan y circo

enero 13, 2018 at 3:47 am (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

“La ignorancia de las masas es la principal fuerza de los gobernantes” Charles Malato

De los productores de “Toco un imaginario timbre donde sólo hay granito”, “Me subo a un colectivo de línea corriente, aunque éste esté fuera de servicio y sus tripulantes sean actores y extras que agradecen mi gestión, para que todos crean que estoy cerca y que no me da asco la gente” e “Inauguro obras que fueron hechas en el gobierno anterior como si fueran mías”; del director de “Me voy a vivir a una base militar porque mi vida peligra debido (mas no De Vido) al incansable combate que despliego contra el narcotráfico” y “Compro juguetes con naturalidad”; y de los mismos creadores de “Hago que saludo y respondo al cariño de la gente, aunque no haya nadie (y mucho menos cariño) a menos de 200 metros que es donde está el vallado y la tropa de gendarmería que no es usada en otros montajes del tipo: saco con casco y operativo policial a un tipo al que no le probamos nada pero que igual meteremos preso sin condena ni proceso para alegría de cierta gente que piensa como nosotros, es decir, con las vísceras” y de “Yo también compro juguetes con naturalidad” llega “Inauguro el Buenos Aires Playa y extiendo una lona azul que vale 40 millones de pesos sobre el suelo para hacer ver que es una piscina”, con un inefable, histriónico y siempre en ascenso Horacio Rodríguez Larreta.

La imagen ante todo: antes que ser, mejor parecer. La cara hacia la galería, la arenga de la frivolidad, la apología de la superficialidad; lo suntuoso, vano, trivial y efímero como expresión de la felicidad. Por eso, este gobierno goza de la misma aceptación y la misma audiencia que Mirtha Legrand o Susana Giménez. La pose, la afectación, la ingenuidad (buscada y generalmente pésimamente interpretada) como vindicadora de la ignorancia, el “sorry, gordo, me equivoqué”.

Todo es pirotecnia, fuegos de artificio, distracciones para cuando no se tiene nada para decir, como en las películas de Hollywood donde aparecen varios actores de renombre, los mejores cotizados del momento, corriendo, transpirando y escapando de un sinfín de explosiones sin sentido, y donde el argumento no difiere demasiado de aquellos que planteaba Olmedo en el sketch de Borges y Álvarez, donde un tipo iracundo salía a reventar todo porque unos maleantes le habían sopado su huevo frito. Cuando no hay nada que mostrar, todo es fachada, como en las películas del lejano oeste, cartón que simula un salón o la oficina del sheriff, porque detrás de eso no hay nada, hay sólo desierto, hay todo aquello que no se construyó pero que no importa, porque hay en el frente un cartel grande que reza “Saloon” y con eso basta para hacer ver sus “buenas intenciones” y para que el espectador albergue la esperanza de que el bueno salga de ahí sano y salvo.

Por eso, los domingos se la pasan chupando cirios, aunque durante la semana, y detrás de sus persianas, se la pasen haciendo morcillas para el diablo, porque lo que importa es que los vean saliendo de la iglesia con cara de constricción. O que la vean siendo educada en una mesa ante diversos e importantísimos invitados, mostrando su aristocrática distinción, aunque en el corte mande al camarógrafo a la reputísimamadrequeloremilreparió, y al salir del estudio, cuando su senilidad le impida recordar dónde dejó su bijouterie, ponerse de los pelos y culpar a su servidumbre (sí, servidumbre, porque aunque no se diga, ya que es políticamente incorrecto, es así y tenerla está bien visto por la gente de igual calaña, por gente como uno) del robo. Todo es políticamente correcto, pero la corrección política es casi un oxímoron, y es casi enteramente hipocresía, es representación, es farsa, es hipocresía. Y si cada vez que abren la boca suenan como esa vez en que alguien preguntó si a ese dinosaurio que habían encontrado lo habían encontrado vivo; no importa, porque tienen ojos divinos y se visten con clase; es cultura de universidad privada… privada de cualquier conocimiento.

Si estos son nuestros representantes, es porque una mayoría actúa de la misma manera y está dispuesta a pagar por ese espectáculo. Y al parecer no es relevante que los piolines se vean ni que el decorado se caiga a pedazos ni que sean pésimos actores y que no puedan decir dos oraciones sin la ayuda del apuntador que le dicta, el dictador. ¡Pésimos actores! Totalmente sobreactuados y menos creíbles que Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger en la versión yanqui de Adiós Roberto (o Brokeback Mountain); como si copiaran los gestos de Jim Carrey, Nicolas Cage o Johnny Depp. Sin embargo los hay dispuestos a creerles, porque esta gente, estos “representantes” actúan para un público de telenovelas, donde no hay nada que sea creíble más que la necesidad de creer; ese es su electorado. Y por eso copian e imitan los discursos de los profetas o los pastores de sectas e Iglesias, donde el mañana siempre será mejor, donde “Dios no está interesado en tu dinero, él está interesado en tu corazón, pero para tener nuestro corazón él tiene que tener nuestro dinero”, y por medio de eslóganes efectistas como “juntos” “unidos”, “no aflojemos”, “sigamos”, algunos, por un lado, dan contentos y obnubilados su diezmo, mientras que por el otro una población entera, y no tan contenta y no tan esperanzada, también es diezmada.

La obra da pena, el texto da sueño y los actores dan hambre, pero no hay que preocuparse porque esta temporada van a tener los espectadores necesarios debido al abnegado trabajo del periodismo lobista y lameculos que no sólo dirá que la obra es buena sino que también vale la pena volver a verla. Y es que ellos también son parte de esta mascarada; y como en toda mascarada, hay que halagar al patrón.

La derecha, el conservadurismo siempre acusó a los gobiernos populares (que la derecha apoda populistas) de ser pan y circo. Sin embargo, este gobierno apenas si difiere en lo del pan: es sólo circo; detrás de ese decorado que se derrumba y que ni siquiera está hecho con ahínco (porque ellos subestiman a sus espectadores; a veces, al parecer, con razón), está el vacío, el abismo de una deuda inconmensurable, el desmantelamiento de todo lo que se acerca a la igualdad, las ruinas de un estado de derecho, la ilusión de los derechos humanos; un cartón que apenas se sostiene porque el cartel que reza “Burdel” es demasiado grande y pesado.

Pero, ¡sean bienvenidos a este circo, damas y caballeros! ¡Donde nuestros comediantes hacen malabarismos con la economía y nuestros equilibristas deambulan por una cuerda flojísima sin más red que las que les prometen los que dicen ser sus amigos, pero que sabemos van a mirar a otro lado cuando caigan! ¡Con grandes escapistas que, antes de ponerse a salvo, procuran que sus bienes estén al amparo en el exterior! ¡Con acróbatas que se quedan estáticos y no hacen nada porque saben que las piruetas las harán los espectadores! ¡Con magos que desaparecen personas y submarinos! ¡Con un número cada vez más grande de hombres bala! ¡Y por supuesto y sobre todo: payasos y tragasables! ¡No hablaré de los títeres porque eso ya no es ninguna sorpresa! ¡Damas y caballeros… Bienvenidos al circo!

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Acerca de los 21 gramos

enero 6, 2018 at 3:47 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“La tierra giró para acercarnos, giró sobre sí misma y en nosotros, hasta que por fin nos juntó en este  sueño” Eugenio Montejo

Anoche volví a ver 21 Gramos, la película de Iñarritu. A decir verdad, la vi de a tramos, no la vi entera de principio a fin; un poco porque ya la había visto y otro poco porque no quería comerme mucho la cabeza, o prefería comérmela con el asunto de la derrota ciudadana alternando y viendo algunos programas de noticias. No voy a hablar aquí, hoy al menos, de las noticias, pero sí de unas escenas que me dejaron pensando: cuando Macri recibe un trasplante y al fin tiene un corazón; o cuando nos deja Magneto y su cuerpo libera 21 gramos y ahí nos damos cuenta que tenía un alma. (NdelRquientambiénresultaserelE: Si el supuesto lector no se dio cuenta, vale la advertencia que los renglones anteriores eran una broma o un fallido intento del redactor por hacerse el gracioso. Haremos de cuenta que no se dijo lo último que se dijo y que lo escrito hasta el momento terminaba en: “…unas escenas que me dejaron pensando”.): para el que no sepa de qué va el filme, resumo rápidamente: un tipo que logra salir de los vicios y de la delincuencia gracias a la fe en Dios un día tiene un accidente y atropella y mata a dos niñas y a su padre. El corazón de este padre (que es donante de órganos) pasa al cuerpo de otro tipo que no tiene mejor idea que averiguar de dónde viene ese músculo porque imagina que su ser está compuesto ahora por el ser del anterior dueño del órgano, y logra entablar un vínculo con la viuda a la vez que deja a su mujer.

Pero volvamos a lo de “…unas escenas que me dejaron pensando”: en la primera, el personaje de Sean Penn está en su casa, frente a una mesa con amigos convidados y agradece el primer día de su nueva vida gracias al corazón que recibió. Todos festejan que su amigo esté todavía allí, pagando una comida magnífica, y apenas antes que los clamores de gratitud y cariño terminen de acallarse, la pareja de Penn en esta ficción, interpretada por Charlotte Gainsbourg, aprovecha el júbilo y decide hacer un brindis por el hijo que van a tener, ante la mirada estupefacta de Penn, que no recuerda haber preñado a nadie. Algún comensal pregunta que para cuándo y ella se apura en aclarar que todavía no, pero que es un plan a cumplir. Esa parte fue uno de los tramos que no vi anoche, pero por lo que alcanzo a intuir según otras secuencias, ellos habían hablado ya del tema y el personaje de Penn había acordado. Pero claro, había sido antes de la operación, cuando ni siquiera tenía un donante, y donde pensaba que antes daría una vida (su vida) que otra vida. Cuando ya se fueron los invitados, Penn le confirma que su promesa era cierta pero que ahora habían cambiado las cosas, que ya no era lo mismo, y en cierta manera se sumerge en la idea de que, además de una nueva vida, tiene un nuevo ser en el cual descubrirse, una nueva identidad en la cual encontrarse.

En otra escena, el personaje interpretado por Benicio del Toro entra desahuciado a su casa y le cuenta a su mujer que tuvo un accidente que probablemente se llevó la vida de dos niñas y un mayor, aunque él está confuso y no sabe bien qué pasó ni si siguen con vida ni nada porque huyó inmediatamente de ocurrido el hecho. Y pregunta al cielo por qué Dios le puso esa prueba en el camino, el mismo Dios que hacía poco lo había ayudado a salir de una vida de excesos, y lo había encaminado, pero lo encaminó directo a una tragedia, donde su fe quedó hecha añicos sobre el asfalto del camino marcado. Decide entregarse a la policía y asumir su responsabilidad, pero su mujer (Melissa Leo) lo frena, le dice que su responsabilidad es ahí, con ella y con sus hijos, con su propia familia, y en la siguiente escena se la ve limpiando fervientemente la parrilla y el paragolpes de la camioneta, las huellas del siniestro.

En la escena narrada primeramente también hay un intento por parte de la mujer de salvar la pareja a través del embarazo y del hijo. Y mientras el hombre, el varón se marea dentro de un bucle ontológico, se hunde en un buque metafísico, la mujer se restablece en su pragmatismo y emerge en la certeza de una vida que continúa. (NdeunRquenoquiereganarsegratuitamentelaenemistaddelsexoopuestonideningúnsexo: Conviene aclarar que esta interpretación se hace sobre la mirada que Iñarritu hace en su película, y que quien suscribe para nada cree que las mujeres no estén capacitadas para profundos e inútiles devaneos). Y es ahí donde chocan dos mundos completamente diferentes, el de los puntos “esenciales” y el de los puntos sobre las íes; de dos naturalezas diferentes, pues, y ya que estamos sobre un tapete gramatical, mientras el accionar (o el no accionar y darle más vueltas al asunto) del hombre se centra en el uno, el de la mujer se ajusta al nosotros. Por eso, tras el fatal accidente, mientras el personaje de Benicio del Toro ve estrellada su fe, porque el Dios en el que él confió para redimirse es el mismo Dios que lo condena y lo prueba, hay otro personaje que pierde la fe: es el que interpreta Naomi Watts, el de la viuda, que es mujer y que sin embargo descree que la vida siga porque a ella le fue arrebatado su “nosotros”. Y mientras uno se debate en su ser y la nada, la otra se pierde en su somos y la nada.

Sin embargo, ya sean los unos o las otras, liberan la misma cantidad de peso al morir; son 21 gramos que no tienen sexo. Y la vida que sigue.

“Y… ¿Cuánto pesa un angel?”, se pregunta Uno

“MacDougall demostró que la teoría de los 21 gramos pertenece a la literatura, no a la ciencia”, objeta Cualquiera

“¡Y a quién carajos le importa tu pseudo-científica explicación!”, se calienta Uno

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No confundir olor con tufillo

noviembre 28, 2017 at 11:20 pm (Uno que cuenta, Uno que juega)

Vamos a ver: Cualquiera tiene el derecho a creer que posee un talento o un don que es único, pero a veces sale Alguno… que de verdad lo tiene; y no el derecho a creer sino el don. Uno, al que no le falta ni le afecta una dosis suculenta de ingenuidad, suele a veces desconfiar. Por eso cuando Alguno anuncia que, cual Jean-Baptiste Grenouille, es capaz de dilucidar, a ojos cerrados y fosas nasales abiertas, la nacionalidad de una persona nomás que por su olor o hedor corporal, Uno lo mira como chino al que le ha entrado algo en un ojo. Alguno percibe la desconfianza no sólo de Uno sino también de Otro que comparte mesa y de Alguien que está en una mesa contigua pero comparte la conversación sin que Ninguno lo haya permitido, y aclara que si bien le da igual si Nadie le cree, puesto que su don no aumenta ni se desarrolla con la fe ajena sino con el rigor científico y la observación sensorial propios, se anima a aventurar que dentro del bar en el que se encuentran, además de la mayoría argentina, hay un uruguayo, un grupo de cuatro o cinco estadounidenses (y precisa que esa vaguedad numérica no se debe a su infalible olfato sino a su precario entendimiento geopolítico, puesto que uno del grupo es de Puerto Rico; asume que generalmente erra con nacionalidades con conflictos autonómicos o coloniales, y pone como ejemplo que para él un ucraniano o un lituano siguen siendo rusos), y otro centroamericano que no se anima a determinar si es de Belice o de Guatemala puesto que está más lejos y detrás del portorriqueño que le hace interferencias). Que hay un charrúa lo sabe Cualquiera, ya que el yorugua es dueño del bar. Nomás cabe hacer un paneo a través de la penumbra para atisbar al grupo de angloparlantes porque difieren sobremanera del resto de los parroquianos tanto físicamente como en vestidos, y Quién sabe: el portorriqueño debe ser el mulatito de pequeños y oscuros rizos. A Uno le da la impresión que, más que la observación sensorial, precisamente la olfativa, Alguno lo que ha desarrollado es el prejuicio y el estereotipo.

Ninguno se anima a atentar contra la discreción y a corroborar, y Alguno infla el pecho, ya no para oler sino para jactarse desde el fondo último de la falsa modestia. Cualquier don, cualquier talento se deprecia en las ínfulas. Alguno se da cuenta o percibe lo que Uno está pensando, e inmediatamente intenta un atisbo de humildad que Nadie se lo cree. En ese atisbo está el contar su secreto. Habla de un olor atávico en cada pueblo que está determinado tanto por sus climas y accidentes naturales como por sus costumbres culinarias, y que incluso dentro de cada nación hay que diferenciar, puesto que no es lo mismo un español criado a cocidos que otro criado a crustáceos, y que para eso “hay que conocer bien la materia prima de cada zona, porque según el porcentaje, según el dejo de cúrcuma que destile el olor corporal de una persona, nos podemos aventurar a afirmar si es Indio o Pakistaní, de la misma manera que la intensidad del cardamomo de Etiopía, también llamado falso cardamomo, nos define y distingue a un ugandés de un tanzano…”

A esta altura, Ninguno sigue con demasiado entusiasmo el relato de condimentos y Uno se debate en estamparle al menos tres nudillos en plena nariz para después, pero casi inmediatamente, preguntarle si a eso no se lo había olido venir. Se ve que a Alguno le cuesta controlar su vanidad, pero también se aprecia que su don es verdadero porque además hay que tener en cuenta que en un mundo cada vez más globalizado, la virtud estaría en reconocer si son de una hamburguesería o de la otra, y en todo caso no habría mucha diferencia entre una japonesa y una cheta de Nordelta o Recoleta. Y si bien Cualquiera se lo podría preguntar, es Uno el que se pregunta el porqué de ese don. Está bien que un don pueda tener alguna dosis innata pero después hay que trabajarlo. Y también hay que reconocer que no es un talento con mucha salida laboral, a menos que trabaje en migraciones. Un don es el esfuerzo o la suerte por no pasar desapercibido, es la necesidad de existir, de ser ante la mirada de Otro, de Cualquiera, de Alguien… Como ese Alguien que ahora ve la posibilidad de terminar de inmiscuirse en la mesa y en la conversación de al lado, y dando manotazos le pide a Alguno que no se dé vuelta pero que adivine la nacionalidad de esas personas que acaban de entrar al bar. Otro ve en esa mala educación, en esa intromisión la posibilidad de probar a Alguno, aunque con una mirada centelleante deja bien clarito que sólo por esta vez lo deja pasar, pero que una vez comprobada la cosa cada Cual volverá a su mesa de siempre. Ninguno cree que Nadie haya interpretado tamaño mensaje en una mirada fugaz cuyo brillo bien podría deberse a la bebida.

Por la puerta de entrada van apareciéndose cuatro personas de indudables rasgos y tonos orientales. “Son argentinos”, lanza Alguno. Otro le pide que no se precipite, que los deje acercarse un poco más, aunque no tanto como para que los escuche hablar. Porque cabría la posibilidad, y esto lo piensa Uno, que su talento no fuera el olfato sino el conocimiento de idiomas y dialectos; una virtud para nada despreciable, por supuesto, y con mejor salida laboral. Ya se podía escuchar con claridad que lo que hablaban era chino, y Alguien ya estaba festejando una victoria que no era suya ni de Otro ni de Nadie, y sin embargo, Alguno seguía manteniendo la argentinidad de los recién llegados. Ahorraremos los detalles de un final que ya Cualquiera ve venir; eran argentinos, nacidos y criados en algún punto entre Ushuaia y La Quiaca. Pero antes de saberse, en el interín en el que Alguno se obcecaba y Alguien se regodeaba y Otro se animaba y Uno sospechaba y Cualquiera se divertía y Ninguno se movía y Nadie se iba, corrían las apuestas. Uno, que es ajeno a las apuestas y a los juegos de azar, se mantiene al margen, pero siempre hay Alguien que entra y Otro que pierde y etcétera, etcétera. El botín que ya lleva Alguno se ve incrementado ingentemente tras la comprobación de los cuatro yanquis y los dos centroamericanos.

Antes que termine la noche, Uno se permite una confesión: “Sospecho el engaño”, se dice; donde Uno veía vanidad, no era más que estratagema; donde Uno veía o presumía un don, lo había, pero nada tenía que ver con el olfato sino más bien con la ilusión, la delación; donde Uno creía ver rigor científico, debía ver literatura. Resumiendo: Alguno les hizo el verso, les metió el cuento. Así lo entiende Uno cuando ve que, disimuladamente, una parte del botín ganado va a parar en las discretas, sigilosas y risueñas manos del uruguayo. En definitiva, era un aroma oriental… pero a cuento chino.

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Hay que escuchar las dos campanellas (un intento más por comprender a una fracción de la población argentina)

noviembre 9, 2017 at 11:01 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Si no recuerdo mal, porque la vi hace mucho tiempo, en la Película Luna de Avellaneda, el personaje que interpretaba Ricardo Darín abogaba por una tarea conjunta, colectiva, y tiraba ideas y proyectos con el fin de mantener el club, ese reducto de encuentro que los había contenido durante tanto tiempo. Ese personaje nostálgico se oponía al que interpretaba Daniel Fanego, que afirmaba que progreso era privatización, y que lo mejor era vender el club a inversores (seguramente extranjeros; no recuerdo, pero no me extrañaría), porque eso crearía puestos de trabajo y bla, bla, bla (ya conocemos el discurso de los personajes como el de Fanego). Al final, una mayoría de socios elige hacerle caso al personaje de Fanego, que se inclina por los bienes materiales, las ganancias y el vil metal en contraste con los cabales principios del buenazo de Darín.

También en Metegol, la película de animación, contrapone a dos personajes: el uno, una gran futbolista con el ego más subido que el de Cristiano Ronaldo, y cuyo resentimiento lo llevó a tener el éxito y el dinero que ganó para vengarse de quién sabe qué cosa… ¡Ah, sí!, para vengar la humillación sufrida años atrás por haber perdido un partido al metegol justo con el niño bueno, soñador y de valores barriales, que es el antagónico.

Campanella es efectista y conoce muy bien las técnicas y las fórmulas para lograr que el público se ponga del lado del bien y termine odiando visceralmente al villano. Pero esa moralina que rebalsa sensiblería en sus películas no condice con las elecciones que parece tomar nuestro premiado director en la vida real, en la que es confeso defensor de villanos. Es como si Ken Loach sólo tuviera palabras de admiración para Margaret Thatcher… salvando las diferencias, por supuesto.

Entonces uno se pregunta el porqué, y creo que seguiré hablando de Campanella para graficarme mejor las posibles respuestas a mi pregunta, aunque aclaro que lo siguiente que exprese no será más que una hipótesis que pergeño en mi cabeza con tal de dar con la o las respuestas.

Veamos: Campanella supo ser bastante crítico con el kirchnerismo, a pesar que durante esa época se ve la mayor producción de cine argentino de la historia, producción que aminoró de forma notoria con este gobierno al que Campanella adhiere. Esto significa que hubo más subvenciones por parte del INCAA, que repartió más subsidios. Pienso que el problema radica en la repartija. No faltaron ni faltarán los diarios que digan que es un desperdicio tirar dinero en películas que ni se ven, y tal vez Campanella les dé la razón, pero nadie comenta que el problema tiene que ver con la distribución y con el escaso margen de exhibición que tienen estas cintas en comparación con las que exhibe el mainstream. Que no sean vistas no significa que sean malas. Pero ahí está el punto: el no haber sido vistas no significa que no puedan ser iguales o mejores a una de Campanella (podría usar otro nombre como ejemplo, pero no quiero confundirme). Y sería muy duro para un director que ganó tantos premios darse con que una película filmada con menos presupuesto, sin actores de renombre, y casi sin patrocinadores sea muy buena y capaz de competir por los mismos premios si es que los premios no estuvieran tan politizados. Siempre siguiendo una suposición: es probable que el nombrado, y renombrado, director no se acerque a tan viles sentimientos. Pero si mi suposición fuera cierta nos encontraríamos con el miedo de ver reflejada la propia mediocridad, porque al darle más oportunidades a más directores, se podría ver que varios de ellos podrían hacer un producto mejor que uno tan comercializado. Entonces, y siguiendo esta imaginaria hipótesis: un hombre que pergeña alguna de sus obras con una moraleja, con un mensaje que tiende a encaminar la humanidad (si es que no es sólo una estratagema para sentirse superior a los demás), ¿cómo es que adhiere a un modelo que se basa en todo lo contrario, que fomenta la meritocracia eligiendo a dedo, que hace loas de la competitividad, justamente eliminándola? Porque, claro, ¿para qué fomentar nuevos directores, si se pueden usar esos mismos recursos en la nueva película de un director que ya fue premiado y que además lleva gente a las salas?

Vuelvo a aclarar: no digo que así piense Campanella; digo que no estoy seguro. Pero que este ejemplo me lleva a otros que puede que funcionen de la misma manera, y no es más que otro intento por acercarme o aventurarme a comprender una conducta que parece estar generalizada en la clase media. Salgámonos del cine y metámonos en la televisión. ¿Cuántos actores que le vendieron su alma a Pol-Ka podrían estar resentidos con otros actores que no trabajaban hace mucho y tuvieron su pequeño lugar en la televisión pública, y encima con series de calidad? ¿O cómicos? ¿O cuántos periodistas, con su nicho asegurado, no apoyaban la Ley de Medios (después discutiremos si su implementación fue acertada o no) porque les quitaba pauta a ellos? ¿Y qué pasaba con estos periodistas cuando se mostraba que podía haber una perspectiva diferente a la de ellos, o que había un periodismo que sí chequeaba o investigaba? Por eso el encarnizamiento con 678; no era tanto por su oficialismo durante el kirchnerismo, sino porque, desde un pequeño reducto, desde una trincherita, como decían los integrantes de este ahora censurado programa, les enrostraba a los periodistas y lobistas enquistados en los medios su sumisa mediocridad. Debo reconocer, y en defensa de Campanella, que no me parece un mal director; es bueno. Aunque para mí es bastante normalito, pero esto no es más que una apreciación subjetiva. No así los periodistas enquistados, que sí me parecen bastante malos.

Y siguiendo esta hipótesis, creo que esto se puede trasladar a todos los rubros, a los médicos, a los ingenieros, a los arquitectos, a la clase media en general, que está tan satisfecha del lugarcito que logró (rompiéndose el culo laburando o por mediación divina), que se vuelve loca sólo de pensar que otros partan con sus mismas ventajas, porque saben que su lugarcito peligra, que si todos tienen que recorrer cien metros puede que haya muchos más rápidos, o ser más hábiles ante la misma cantidad de vallas. ¡Vamos: que nadie quiere que un “negrito” olor a mandarina haga mejores asados en la casa de al lado! ¡Como si un grasa que toma mate pudiera ser cirujano! ¡A ver si las investigaciones de un novato periodista pueden tener la difusión que tienen las boludeces viscerales y poco cerebrales del que se rompió el orto (o se lo dejó romper, obediencia debida) para estar donde está! No faltará entre esta gente el que diga que oportunidades tienen todos, sólo que hay algunos que no quieren laburar y se gastan los planes en cerveza, y ahí nomás mentará el ejemplo de tal o cual que salió de la villa y ahora, míralo, llegó a ser gobernador, u otras fábulas que alimentan el mito del sueño americano; “Lo que pasa es que no quieren”.

Esa es la lógica del desmantelamiento de la educación pública. Eso es lo que se haya incrustado en la frase: “Vienen de Bolivia, de Perú, de Paraguay a hacer uso de nuestras universidades”. Lo mismo se dice de los hospitales, de la sanidad. Porque les jode que todos puedan tener los mismos derechos, porque lo que buscan detrás de un derecho es la sensación de exclusividad y de prestigio que está dentro o detrás de ese derecho. Es como con el fútbol: todos tenían derecho a verlo, pero muchos ahora piensan que si no podés pagarlo, es justo que te quedés sin el clásico; y si no podés pagar la facultad, es justo que seas y mueras zapatero, como bien lo hizo tu padre; y si no podés pagar los remedios, es justo que mueras y punto. Se llenan la boca y los bolsillos hablando de competitividad e intentan eliminarla a toda costa. Hablan de meritocracia y el único mérito es que sus padres hayan podido pagar sus estudios.

No me quiero desviar mucho del tema. Vuelvo a aclarar: el uso de Campanella tenía un fin, para mí, clarificador y ejemplificador de conductas de gente que no nombro y que no me vale la pena nombrarlos, que le temen al otro, y no porque este otro los vaya a empalar con un micrófono de radio, sino porque este otro, con iguales o parecidas condiciones, funciona como un espejo que los evidencia, que les refleja que no son “gente como uno” sino gente, como todos, y que les muestra su mediocridad.

 

“La mediocridad es uno de los méritos más celebrados” Mario Levrero

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La libertad de elegir

octubre 5, 2017 at 10:25 pm (Sin categoría)

“El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos” Simone de Beauvoir

Un amigo me contaba que les decía a sus hijos que si tenían que usar la fuerza era porque no habían obrado con la inteligencia suficiente como para evitar una pelea. Al parecer, uno de sus hijos estaba convencido de que la inteligencia estaba sobrevalorada y era proclive a repartir hostias en la primera de cambio a sabiendas que el que pega primero, pega dos veces. Aun así, me contaba este amigo, la victoria no se le hacía costumbre.

Veamos: si un tipo, un presidente ajusta en salud, educación y servicios públicos e invierte en armas y vehículos de guerra (ya viejos, como para hacerles un favor a las grandes potencias sacándoles de encima esos vetustos aparatos), si un tipo es capaz de encubrir a la gendarmería nacional ante la desaparición forzada de un muchacho, a la vez que recibe al primer mandatario israelí y anuncia con bombos (o debo decir bombas) y platillos un comercio bilateral que se basa, esencialmente, en la compra de material bélico, en armamentos y cachivaches para sus fuerzas de seguridad, sobre todo equipos antidisturbios y otras cosas por el estilo, podemos afirmar que la dialéctica no está entre las fortalezas de ese tipo. También podríamos decir que es un real nacionalista que intenta recuperar las Malvinas y tener una revancha. Pero no: ese tipo se muestra, como todos los cobardes: violento con los débiles y sumiso con los fuertes. Además que no le interesa negociar por las Malvinas sino entregárselas directamente a uno de sus amos. Es empresario pero ignora las normas básicas de una negociación; a ver: EEUU frena nuestras exportaciones de biodiesel, nos obliga a comprarle cerdos enfermos, una docena de aviones que ya no usan y Macri está contento por haberle metido unos cuántos limones. ¡Menudo empresario había resultado ser!

Rajoy hizo más o menos lo mismo desde un principio de su gobierno: recortó dinero en todos los servicios públicos y se puso a gastar una millonada de euros diarios en armamentos; todo sea para complacer a los grandes. Después aprobó la famosa ley Mordaza. Tampoco se puede ver en Rajoy una inclinación al diálogo. Curiosa forma de comunicarse: la gente que hace de la nadería y el balbuceo un idioma, necesita que policías, militares y otras fuerzas de seguridad le oficien de traductores.

La actuación vergonzosa que tuvo el gobierno español el pasado primero de octubre en Catalunya, lo canallesco de su accionar, sólo puede encuadrarse en una cabeza a la que no se le escapa ni una sola idea. Y, ojo, que no me refiero a la cabeza de Rajoy, cuya capacidad le alcanza para creer que habla con su propia voz, y que la media que lo viste es un Armani. Pero los que están detrás de esa “cabeza” tampoco acusan un coeficiente de avanzada. De lo contrario se hubiesen puesto a conversar, a negociar desde un principio, como lo viene pidiendo el pueblo catalán y sus representantes (por supuesto que no intento aquí ninguna defensa de los representantes catalanes). El reclamo no es para nada nuevo; data de más de dos siglos, si es que no es más, todavía. Durante ese tiempo, los dirigentes de Castilla se ejercitaron en patear la pelota lo más lejos posible en lugar de investigar, reflexionar y argumentar para sentarse a debatir sobre el reclamo independentista. Tras la muerte de Franco se llenaron la boca con promesas de plurinacionalidad y cosas por el estilo. Pero a Catalunya le revocaron una bocha de artículos de su estatuto autonómico, es decir, que podían tener toda la autonomía que les viniera en ganas antes de que se tensara la cuerda o la cadena.

Desconozco qué tan vinculante podía ser el referéndum que se votaba el domingo pasado: no había muchas garantías ni una legitimidad verdadera (para Rajoy no sólo era ilegal sino que aparte no existía, y así hacía gala de la inconstitucionalidad de la inexistencia); ni siquiera se trataba de un referéndum la mar de representativo, según algunos, puesto que su ley había sido aprobada sin ningún debate parlamentario (Serrat habló de su falta de transparencia y de que no se sentía representado, y le saltaron a la yugular). Pero aun así era una forma de protesta del pueblo catalán, un llamado, un anhelo de ser escuchado, un quincuagésimo, un octogésimo, un sexcentésimo, un milésimo, un millonésimo pedido de negociación. Me parece incomprensible que se reaccione de forma violenta ante una petición; me parece desmedido y cobarde, de una brutalidad y una crueldad deshumanizada. Si alguien no quiere jugar más en tu equipo, se puede sentir tristeza, desazón, incluso algo de ingratitud de parte del desertor, pero no hay por qué sentir odio, no hay por qué enfrentarlo con alevosía.

conrespectoTal vez no sea el más idóneo para tomar partido en esta contienda, ya que no soy el más entendido en historia ibérica ni llevo la carga atávica de los ciudadanos catalanes ni su sentimiento, pero viví durante casi diez años en Barcelona y pude recoger distintas versiones, desde las más independentistas hasta las más soberanistas, pasando por las federalistas hasta las que te chupan un huevo. Reconozco que mis seres más cercanos y queridos (a excepción de unos pocos que venían con la familia y a quienes también quiero mucho aunque profesen ideas contrarias) tenían alguna inclinación hacia la independencia, a no reconocerse en la imposición de aceptarse españoles. Y tal vez esa emoción, ese lazo, inclinara mi irrelevante balanza hacia el deseo emancipatorio. Eso, y también que en la virulencia del discurso contrario oía más el alcance de las cuerdas vocales que los argumentos, si es que los había. Muchos, pero muchos españoles hablan con el volumen de voz acorde a ser dueños, todavía, de la Armada Invencible, y del oro y la plata de los nativos americanos.

Vale aclarar que la agresión vivida el primero de octubre no fue del pueblo español contra el pueblo catalán, sino del Estado español contra el pueblo catalán. En muchas ocasiones supe criticarles a mis separatistas y queridos amigos que abandonaban al resto de los ciudadanos ibéricos en sus luchas; mientras ellos, obnubilados en su afán independentista, dejaban solos al resto de peninsulares manifestarse en contra de los ajustes, de los recortes en sanidad, en educación y en muchas cosas más que también sucedían en Catalunya; pero esos manifestantes también buscaban la renuncia de personas que tampoco los representaban. Y si bien desde España a los catalanes se les llama “polacos” (porque hablan raro y son del este), no hay diferencias profundas entre un ciudadano español y uno catalán; como tampoco hay diferencias grandes entre un burgués o un dirigente español y uno u otro catalán. En una pirámide, la diferencia no se traza de forma vertical (como también nos quieren hacer ver a argentinos –bajo el nombre de “grieta”, venezolanos y demás), sino que se dibuja horizontal; y separa a los que tienen de los que no. Yo tengo más similitudes con un campesino eslovaco que con un dirigente de Cambiemos. Les decía que si ellos ayudaban en la lucha al resto de España, podían bajar a la derecha y poner al mando a alguien con quien se pudiera charlar y negociar, y de esa manera lograr una emancipación acordada, porque estaba visto desde un principio que con éstos no se podía.

Una reflexión y algún que otro cuestionamiento: el gobierno de España, incluido el rey (disculpen si hiero algunas susceptibilidades al escribir “rey” en minúscula), apoyó el plebiscito ilegal de la derecha venezolana para derrocar el gobierno (sí, “gobierno”, no “régimen”) de Nicolás Maduro, y ahora es incapaz de resolver el tema del referéndum catalán. ¿De verdad, a esta altura, podemos pensar, ya no creer, sino simplemente pensar, que el gobierno de España, de Argentina, de Alemania, de cualquier país que presuma de occidental, es más democrático que el de Venezuela? ¿De qué estamos hablando?

Otra cosa, y acá se ve una de tantas diferencias: del folclore catalán rescatamos la sardana. Su danza, para mí, es el colmo del aburrimiento, pero es un baile colectivo, no como el resto de la mayoría de las danzas que representan una seducción o una conquista.

Una, tal vez, penúltima cosa: los dirigentes catalanes están buscando y exigiendo un veedor internacional. ¡Cuidado! (¡amb compte!) Si los piratas grandes ven algún interés, seguro van a intervenir. Por supuesto, fogoneando el asunto, así de paso pueden colocar las armas que no les pudieron vender a Venezuela, Ecuador, Argentina y demás países, por más que hayan hecho lo improbable por lograr una contienda civil, es decir, un mercado para su industria. Pero independizarse no es cambiar de amo.

La movilización que vi para exigir el derecho a voto, la libertad para elegir, es inimaginable, y el pueblo catalán logró sacarme más de una lágrima. Y hablo del pueblo, de la gente, no de los rufianes que están en la dirigencia. La hazaña no es esa, ya que soy proclive a la sensibilidad; la hazaña es haberse mancomunado de esa forma, de mostrar lo que es la solidaridad, la comunidad, la colectividad. ¡Sírvanos el pueblo catalán de ejemplo!

Mi abrazo y apoyo a mis seres queridos, y a los millones de catalanes que concuerdan con ese sentimiento (sentiment).

“La colina hay que subir,

SANT-JORDI-17nada es sencillo aquí,

y ante todo está EL DRAGON.

Con su fuego intentará

parar la construcción,

pero habrá una solución:

Una flor un corazón,

una porción de sol,

y estas ganas de vivir…”

                 Víctor Heredia

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¿Dónde están?

septiembre 9, 2017 at 8:47 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“¿Cómo se le habla al desaparecido?
Con la emoción apretando por dentro”

Rubén Blades. Desapariciones

Estuve en la marcha pidiendo por la aparición con vida de Santiago Maldonado… como cualquier ciudadano normal, como cualquier ser humano con un resto de urbanidad, como cualquier urbano con un dejo de humanidad.

A esta altura, no creer en la complicidad del gobierno, no sospechar su implicación en el hecho, es mirar para cualquier lado o directamente no querer mirar. Pero supongamos que el día de la marcha no hubiera indicios suficientes para una mente no demasiado sagaz, o al menos no muy enterada. Presumamos que esos que tocaban la bocina de sus autos con tanta rabia no habían podido leer nada del tema porque su vida y el tiempo se los lleva por delante todos los días. Imaginemos que aquellos que miraban a los marchantes con algo de desprecio, era en realidad una envidia sana porque darían lo que fuera por andar “agitando como esos vagos” en lugar de tener que trabajar. Supongamos.

Ese día, casi al final del recorrido (del mío, porque iba a abandonar la marcha antes que volviera a su lugar de origen), me encontré, a contramano, con la directora del colegio de mi hija, a la que no nombraremos más que por la inicial de su nombre (¡a ver si todavía mi hija, antes que bullying, sufre persecución política en el jardín de infantes!). Cuando me vio venir… mejor dicho: cuando notó que yo había visto que ella me vio venir, comenzó a contorsionarse y a exagerar los gestos como si me estuviera viendo mear desde arriba el busto del Libertador, o como si anduviera corriendo en pelotas por el vaticano con Marx tatuado en el culo. Sé que me tiene algo de cariño, y alguna vez no temí hacer el ridículo en un acto para agasajar a los chicos de jardín, logrando su algarabía, pero ya se le debe haber pasado. Para acentuar su mímica, M (sí, es la inicial de su nombre) sobreactúa: “¡No me lo puedo creer! ¿Qué hacés acá?”. Estuve tentado en contestarle que tanto yo como todos los que ahí marchaban estábamos ahí porque nos había llegado el comentario de un títere que hablaba por cuenta propia, pero como los títeres siempre hablan por cuenta ajena opté por ser obvio y decir que estaba allí por la desaparición forzada de Santiago, haciendo especial hincapié en las palabras. Ella, como es natural en mucha gente que opina de la misma manera, de la manera que lo hacen los medios masivos de comunicación, digo, comenzó a defenderse de la única manera que conocen: atacando. Yo me esperaba la retahíla de lugares comunes en los que cayó. Primero los otros desaparecidos en democracia. Le contesté que también me preocupé y ocupé personalmente de cada uno de esos casos, pero que el de Santiago tenía la particular diferencia de que las pruebas apuntaban directamente a una fuerza de seguridad nacional, que había indicios que las órdenes venían de arriba y que, además, la causa, a diferencia de los otros casos mencionados, estaba caratulada como “desaparición forzada”. Ella resopló una especie de “déjense de joder”, y que dejáramos de echarle la culpa a ese otro M (¡Mierda!), que no tenía nada que ver y que lo dejáramos gobernar en paz. Como vi cómo venía la mano, le dije que no estábamos ahí para culpar a nadie, que eso lo tendría que hacer la justicia, sino para pedir la aparición con vida de Maldonado; y simulé que la marea de la marcha me arrastraba como cierre y despedida.

La marcha en Salta no tuvo mayores incidentes que algún que otro encuentro desafortunado. Pero en Buenos Aires sí. Yo me acordaba de una vez que, estando en Barcelona, se armó una rosca más o menos similar, y luego comenzó a circular un video donde los policías le daban para que tenga y guarde a un tipo y este les gritaba que parasen, que era un compañero; los siempre libres de pecados: los infiltrados. Acá pasó, y hay videos que lo demuestran, y grabaciones donde se ve que van gritando “uno, uno”, como para que los del cuerpo los reconozcan y no les pase lo del infiltrado español. Pero por más evidencia que haya, siempre hay gente dispuesta a negarla, porque prefiere que haya treinta inocentes presos, porque seguramente “algo habrán hecho”, y porque son vagos y vándalos que atentan contra la República. Y la niegan porque la gente desprecia a los vagos y a los barbudos y los que tienen tiempo de andar paseándose por las calles reclamando. Y los desprecian porque esos “vándalos” deprecian a esa gente, les resta valor, porque les enrostra que ellos, los “terroristas de la República” son capaces de moverse, de movilizarse por algo que está más allá de los intereses personales, que son capaces de arriesgar su pellejo o su libertad por otros. Ese pequeño detalle, en mayor o menor medida, muestra y resalta la propia miseria de esa gente, su egoísmo incurable, la desmoraliza, y por eso se deprecia, y por eso esa gente es la primerita en enarbolar la bandera de la “moral y de las buenas costumbres”, porque pretende, así, revalorizarse, cotizarse. Por eso esa gente es capaz de creer, para reforzar sus prejuicios, que Santiago es barbudo, mugroso, hippie, miembro de las FARC, y que practicaba karate para derribar gendarmes como muñecos, porque en algún lugar recóndito y sombrío de su alma esa gente sabe que si alguno de ellos fuera el desaparecido, Santiago hubiese marchado por ellos; y eso les cuece, les arde, porque los pone en oferta o en liquidación; por eso necesitan convencerse que el otro vale menos; por eso avalan o no les cuesta ser indiferentes a este tipo de procedimiento; por eso aceptan que los mapuches son terroristas o chilenos, que para esta gente es igual de degradante, a menos que vayan a comprar televisores al país vecino.

Esa gente es la que pone el grito en el cielo cuando en las escuelas se habla de Maldonado, porque dicen que eso es adoctrinar a los chicos. Sin embargo es la misma gente que defiende una educación religiosa en los colegios (y, volviendo a Salta, peor, porque una ley antiquísima y a contramano de la Constitución Nacional, no sólo ampara esa idea sino que la promueve), y no le importa, o no lo siente como adoctrinamiento, que sus hijos, cada vez que entran al aula, vean crucificada la imagen de un barbudo, que se manifestaba por los otros y cuyo cuerpo aún no aparece. Paradojas. Los chicos siempre dicen la verdad, pero para decirla deben conocerla.

Siguiendo con las singularidades del caso, un tipo al que llaman Felipe Noble Herrera publicó en las redes sociales una imagen de la típica trampa hecha con una caja, un palo y una cuerda con un choripán y un tetrabrick de vino como anzuelo, y una leyenda que decía: “acá colaborando con la justicia para encontrar a Santiago”. Más allá del pésimo gusto y del ningún respeto, está el descaro; no olvidemos que cabe la posibilidad de que el tal Felipe, como su hermana, sean hijos de desaparecidos. En todo caso, hay una elección, y a esta persona no le importa saber de dónde viene sino a dónde va. Pero después está esa otra gente que repite el mensaje, como broma de mal gusto o como expresión de su miseria, que por alguna inextricable razón creen estar en la línea sucesoria del Grupo Clarín. Otra artimaña para revalorizarse. ¡Qué manía la de escupir frente al ventilador!

Personalmente, y remarco esto para que se vea que no tengo ninguna afiliación partidaria, sigo preguntándome por Santiago, como también me pregunto por los otros desaparecidos; la lista es larga y contempla los 30000 que desaparecieron sin democracia. Yo me pregunto… ¿Y usted?

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Paren la mano

agosto 26, 2017 at 2:40 am (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Si bien un primer impulso me lleva, nos lleva, en el caso que alguien comparta esta reflexión, a aseverar que la derecha es torpe, casi nada sutil, que no tiene más herramientas que la fuerza bruta y una meta, que pareciera no tener propósitos sino que se mueve sólo por inercia, que persigue la cima por un camino estrecho de cornisa a paso decidido y sin mirar a los costados, sin sacarse las anteojeras por temor a la profundidad, si bien estoy tentado en declarar la torpeza de la derecha, un chispazo de precaución me detiene y hace que me pregunte si esa impericia, si esa necedad no es acaso simulada, y esconde un propósito velado, si no es un método, una estrategia similar a la que usaba el teniente Columbo, aquel personaje interpretado por Peter Falk, que se hacía el boludo durante casi todo el capítulo de la serie para terminar descubriendo al culpable del crimen.

Que los representantes del conservadurismo se hacen los boludos y que son portadores de una torpeza axiomática no es ninguna novedad, pero no les importa, porque papi los defiende y los salva de sus cagadas. Y llamemos papi a cualquier aparato o entidad funcional a eso, sean los medios de comunicación, sea la justicia, sean las fuerzas de seguridad, sean los lobistas, sean los que sean. Pero resulta muy costoso ser el papi de estos personajes (estos hijos de) que cada vez que abren la boca hay que meterlos en un contexto y ver de qué forma se inventa una realidad paralela como para que sus dichos puedan llegar a tener algún sentido. Basta escuchar cualquiera de las expresiones de Bullrich, con su pibe preso diario, con su gerencia en recursos humanos, con sus trabajadores que deben acostumbrarse a vivir en la incertidumbre y disfrutarla; la lista es inacabable, pero en la última campaña tuvo que salir la Vidal, con su mejor carita de “si ustedes saben que yo no fui”, de “por ahí no que me duele”, y cargar los muertos del candidato a senador. Ella, que anhela cambiar “futuro por pasado” y que sobreactúa más que Isabel Sarli, pero que carece de sus atributos, ella cuyos discursos parecen escritos por el dialoguista de Verónica Castro. ¿O qué decir de otra Bullrich? Que le dicen Pato menos por su patronímico que por su costumbre de mandarse una cagada con cada paso, y cuyo último ridículo (ya no el de desconocer las provincias de el país que la puso de ministra) fue sincerarse: “Se quieren plantear bandos. El bando de los que quieren encontrar a Maldonado y el bando de los que no queremos encontrar a Maldonado. Es vergonzoso. (En vez de buscar a Santiago lo cubren de barro. Ahora resulta que es “subversivo” o miembro de las FARC… Y a Nisman lo mató un comando venezolano-iraní entrenado en Cuba.) Y mientras algunos se van de boca, el presidente calla en su declaración jurada dos terrenos por valor de 900 millones, justamente él, que cada vez que la abre pone a todo el multimedio y el poder judicial culo para arriba para intentar taparle sus desaciertos. Y mientras, un tipo al que se le quemaron todos los papeles, como los bosques, sin saber cómo reaccionar, se disfraza de planta, supongo que para demostrar el estado vegetativo en el que duerme su gestión. También fue una vergüenza el conteo de las últimas PASO, y el paripé que hicieron para los medios, dándose como ganadores, a la vez que suspendían, con una maniobra algo escandalosa, a un juez que no es muy funcional a las políticas macristas, o como mejor lo expresara nuestro ilustrado presidente: los jueces tienen que saber que queremos saber la verdad o vamos a buscar otros jueces que nos representen“.

Es difícil ver en otros lados tanto tesón, tanta vocación de negar lo que es evidente; de enrostrarle al pueblo, incluso a los que los votaron, la ignorancia supina, la ineptitud atómica y la prepotencia acorde con las que gestionan. Se puede ver en Cambiemos, en el Partido Popular de España, en los republicanos de Trump (este caso es quizá diferente porque es un bravucón con juguetes harto peligrosos), y algunos casos más. Pero la derecha, además, es mal educada y caprichosa. El caso de estos hijos de me hace acordar a la película Perfume de mujer; todos estos nefastos personajes de la historia se encarnan en el de Philip Seymour Hoffman, el de alcahuete protegido.

Esta derecha, que de democrática no tiene absolutamente nada, aunque así lo quiera hacer creer José Natanson, se comporta como una elefanta encabronada y desesperada que busca a su hijo en un bazar. Y si alguien testimonia el daño que el paquidermo causó, porque oyó los ruidos y además lo vio, es embestido. Y si alguien le pregunta sobre los hechos al embrutecido mamífero, él responderá que no sabe nada, que esa la debe, que cuando llegó ya estaba todo roto, pero que justo vio salir de dentro del bazar a una hormiguita que no quiso bajarse la bombachita. Y ahí, inmediatamente, aparecerán los guardaespaldas de la elefanta, que le iniciarán una causa a la hormiguita por semejante estrago, y por no querer cooperar con la justicia bajándose la bombachita para una objetiva requisa. De ahí concluirán y difundirán que el himenóptero no actuaba sólo sino que era respaldado por otras hormigas negras (y harán hincapié en el color de los insectos) que se sentían representadas por esa reina. Y ¡claro!, habrá un montón de gusanos, amigos de la represión y de las langostas, dispuestos a creer esa farsa, porque es sabido el odio que les tienen a las hormigas. Y más si son negras.

Pero ¿y si su idiotez, si su inutilidad no fueran sinceras? ¿Si de verdad actuaran de esa manera tan torpe, tan soez para ocultar su verdadero propósito; el de enajenar de tal manera a la sociedad, de hacerle evidente la tomadura de pelo, la burla, para buscar y lograr una reacción ciudadana que permita la intervención de Estados Unidos en la zona… (como lo busca la oposición venezolana, como lo busca Temer con su reforma laboral) para que papi esté más cerca, y pueda hacerse cargo de las cagadas de estos hijos de?

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Así no se puede (campaña electoral)

agosto 9, 2017 at 10:58 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Tal vez suene descabellado o al menos paradójico decir que el problema de la situación mundial se debe a la falta de ambición de poder de los políticos que están o intentan estar en el ruedo. El “Sí se puede” de la campaña de Obama, luego copiado por la derecha argentina e imitado por cualquier derecha… ¿Qué es lo que se puede? Que no se sepa qué es lo que se puede hace más fácil la obediencia. Trato de explicarme mejor: si yo, personalmente, no sé lo que puedo ni lo que soy capaz de hacer, es inevitable que termine cayendo en una actitud de obediencia hacia alguien que sí sabe lo que puedo hacer y para qué soy útil. La falta de creatividad nos somete. Sigo oscureciendo, pero intentaré aclararme con el correr de las palabras.

Estamos a poco de las PASO de agosto y no veo en las candidaturas una ambición de poder sino simplemente un acomodamiento dentro del poder ya establecido. Es como si nadie se propusiera una banca en el senado en sí, sino lograr que otro no la ocupe. Unidad Ciudadana sí tiene ambición de poder (y no faltarán acá aquellos que no intentan interpretar lo leído a menos que ya haya sido filtrado y masticado por los medios grandes, y salgan a decir que esa ambición de poder es propia de totalitarios, desmesurados, esquizoides y con el Síndrome de Hubris explotándole en los poros); los demás buscan un ascenso del poder en función. Si es que es un poder en función, puesto que nuestro inefable presidente y toda su corte de cómplices no intentan un poder dentro de la estructura global, sino también un ascenso, una palmadita en la espalda o en la cola de los que ostentan el poder. No les interesa nada más que subir un peldaño más en la pirámide de las vanidades. Y la vanidad, como lo recordara Al Pacino en la película, es el pecado favorito del diablo. Entonces, ¿para qué buscar la verdad siendo periodista si la mentira puede ser mejor difundida y tener mayor alcance, tanto que alcance a comprar un departamento en Miami, o que coloque a familiares del periodista en cualquier ministerio? La oposición venezolana ¿quiere realmente el poder o sólo quiere quitárselo al chavismo, a la revolución bolivariana, para entregárselo a Estados Unidos o a las multinacionales, y así lograr un resguardo, un cobijo bajo el ala imperial?

Pero fijémonos en algunos estadistas que sí muestran una ambición de poder. Sólo por nombrar algunos y porque tal vez no hubiera más, pero qué pasa cuando resuenan los nombres de Putin, Maduro, Correa, Zelaya, Kirchner, Morales, Lula o Kim Jong-un (si queremos ponernos un poco más radicales). ¿Qué pasaba cuando sonaban los Gaddafi, Hussein, Chávez, Castro? Qué fácil es calificar a estos políticos de dictadores y locos desquiciados. Pero, ¿nos preguntamos por qué? No, para qué, a ver si todavía algo de conocimiento nos da el criterio y el poder de decidir por cuenta propia. ¿Para qué, si está visto que haciendo lo que nos mandan no nos va tan mal? Entonces ¿qué pasa cuando alguien se planta, con aciertos y/o errores, y descree del plan original, y comienza a hacerse respetar? ¿Qué pasa cuando alguien ambiciona de verdad el poder y no un reducto dentro de él? Nada, le mandan bombas, ejércitos, enfermedades, virus mortales, medios de comunicación y una oposición poco pensante pero muy actuante, que crea alianzas con cualquiera con tal de que ese alguien no gobierne.

No leí los libros de Tolkien, pero vi las adaptaciones cinematográficas de El Señor de los Anillos. Y por ahí iba la Comunidad del Anillo resguardando la joya, ante una constante amenaza de diversos personajes que no querían arrebatarle el anillo por el poder inconmensurable que otorgaba sino que querían quitárselo para poder entregárselo a su amo, a Saurón. No les interesaba el poder sino la conmiseración, la mirada, la consideración y benevolencia del patrón. Y ahí estaban los Nazgul que, según algunos entendidos, eran espectros fríos y sin rostro, sin poder físico pero que basaban su dominio en el miedo que inspiraban, cuyo hábitat era un medio entre el espectro y el humano, pero que alguna vez fueron “altos reyes”. Ahí estaba Saruman, que algún día codició el anillo pero que, aun siendo mago, se cagó en las patas y supuso que su amo sabría mejor qué hacer con el anillo que él. Ahí estaba la Boca de Saurón, que llevaba la voz de su amo a todos los mortales. Ahí estaban las huestes de orcos, esos seres universalmente descriptos, según una página de internet, como criaturas atrapadas en un odio constante hacia todo lo vivo, empezando por sí mismos, y siendo esclavos del miedo profesado hacia sus crueles amos, sin ninguna vocación artística pero con una tecnología dispuesta para la destrucción.. Y por supuesto: los trolls, creaciones dotadas de una fuerza y una violencia excepcional y escasa inteligencia.

(Un pequeño paréntesis: no faltarán aquellos siervos de Saurón que, utilizando sus mejores herramientas, promuevan la idea (la norma de conducta) que todo aquel que pretenda un anillo que no es suyo terminará como Gollum.)

Entre uno de los mejores servidores de Saurón había un nazgul denominado Rey Brujo. De él, su profecía decía: “Lejos está todavía su condena, y no caerá por mano de hombre”. La profecía terminaría de cumplirse en la batalla de los Campos del Pelennor, cuando Eowyn, la sobrina del rey de Rohan, le concediera un merecido descanso.

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Maratón de la suerte

junio 8, 2017 at 7:41 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

En la escena más popular de Marathon Man, el personaje que interpreta Lawrence Oliver pregunta: “It is safe?”, “¿Están a salvo?” o “¿Está seguro?”, dependiendo de la traducción. De cualquiera de las dos formas resulta bastante alarmante si la pregunta viene de alguien que empuña en una de sus manos un instrumento odontológico. Es inevitable no pensar que un dentista, además de extraerte una muela o una caries, también quiere extraerte una confesión. Todo tiende a la tortura, desde la sala de espera, donde el torno se amplifica como una sierra eléctrica, hasta el hedor, esa mezcla de clavo de olor y látex, pasando, por supuesto, por el instrumental, cuyo diseño no es más que la imitación a escala de las peores máquinas de tormento de la Edad Media, y la luz enfocada directamente a los ojos para que no podamos reconocer los rasgos de quien nos atiende.

Será válido, entonces, si antes de una consulta con dicho profesional se preguntan si están a salvo o si es seguro. Y puedo responderles: ni más ni menos que cuando visitan un neurólogo, un psiquiatra, un mecánico de coches o un gasista. Nadie visitaría a esta gente, a menos que mediare algún parentesco, alguna amistad o algún afecto, pero si pudiera elegir se alejaría lo más que pudiere; la visita se da porque hay un bien físico, mental o material que está en juego o en riesgo. También puede tratarse de un bien moral, entonces uno visita a profesionales que atienden su consulta en las iglesias. Curas buenos hay, como también los hay dentistas, plomeros, pilotos de aviones, periodistas, etcétera, pero no nos olvidemos que no dejan de ser, antes, seres humanos.

A lo que iba: después de mucho tiempo, casi una década, volví a ser parte de una obra social (queda claro que hablo de la entidad que administra las prestaciones médicas a un trabajador, no de un aporte a la humanidad por mi parte), así que decidí ver cómo iba mi dentadura. Mal. Pero bueno, tampoco vine a hablar de mi condición oral. Tuve un presentimiento no muy sano con el profesional que me atendió, algo me olía mal (pensé que la próxima consulta sería a un otorrinolaringólogo). Había algo que no me cerraba, además de la boca mientras me revisaba. Dijo que había que extraer dos muelas, me tiró dos alarmas más y me derivó a su consultorio privado. Pero que me apurara. Pensé que el matiz de esto último se debía a una urgencia sanitaria pero en su siguiente aclaración noté que se debía a que en dos semanas entraba en sus vacaciones. Dejé que se las tomara tranquilamente, y yo me dejé estar un tiempo. Luego volví a sacar una orden pero pedí verme con otro profesional de la obra social. Una mujer. Me dijo que había que extraer una muela y la otra era salvable a través de una endodoncia. Me derivó a una especialista en tratamiento de conducto que hizo su trabajo. En el consultorio contiguo sentí la voz del primero que me atendió con un speech igual o similar al que me había hecho a mí, y también derivando a alguien a su consultorio privado. Me sentí seguro. La segunda doctora terminó su trabajó y a su vez me derivó al profesional que me terminaría el trabajo de restauración. “It is safe?”, resonó la voz de Lawrence Oliver cuando vi que el encargado no era ni más ni menos que el profesional del que creía haberme librado. Sentí ganas de correr y no parar hasta que todo acabara.

Hubiese estado bien. Pero la verdad es que me encontraba atado a una silla. Tenía que sacar una orden para que me viera el Dr. Christian Szell (más adelante tal vez explique por qué no uso el nombre verdadero de este profesional). Cada orden por consulta tiene un valor de 50 pesos, por lo que, ya que de igual forma me iba a tener que atender con él, aproveché que estaba en el consultorio contiguo y lo consulté. Debo reconocer que ese día mostró cierta disposición y algo de deferencia hacia mí. Me habló de las distintas variantes para reconstruir el molar donde habían profanado los conductos y que tenía que ver si la extracción del molar adyacente sería simple o necesitaría una cirugía (aunque otros dentistas aseguraban que era simple), y ahí nomás me extendió una tarjeta personal (la segunda, pues al parecer se había olvidado de nuestra primera cita) para que sacara un turno para su consultorio personal, y que allí sólo me cobraría 50 pesos más de lo que gastaría siendo atendido en los consultorios de la obra social.

Adelantándome a su diagnóstico, contacté con otro profesional, puesto que en el tema de implantes es poca o ninguna la contribución de la entidad. Sin embargo, antes le solicito un turno por medio de un correo electrónico, recordándole que me había pasado algunos presupuestos y que ya, más o menos, sabíamos lo que iba y tenía que hacer. Él me contesta el mensaje diciéndome que prefiere no tratar por ese medio sino que le mande un WhatsApp o le haga una llamada al celular “(esto solamente para pedir turno no para consulta via telefonica)”, aclara, sin importarle el uso de los tildes. Uno entiende que mucha gente opta por no tildar ni poner ningún signo de puntuación, como si la tecnología los absolviera de la gramática, sin embargo, y si bien rapido, dias, ahi, descontare, odontologico, también carecían de tilde, se tomó el trabajo de ponerlos en recién, andá y algún, por lo que no se trataba sólo de un lenguaje pensado para las nuevas tecnologías. Luego me conmina a visitarlo a su consultorio, y que ahí “en una consulta vemos y te paso costos”, me dice; que la consulta sale 300 pesos “que te descontare luego si te hago algún tratamiento odontologico, y añade que me puede dar turno para ese mismo día a las 17 horas. Le contesto, ya por WhatsApp, que se me complica ese día. Él me dice que “”, pero que le confirme apenas pueda, y me recuerda que la consulta me la va a cobrar pero que después me la descontará y me hará un mejor precio por ser afiliado pero que “sigue siendo en forma particular la atención, sí?”, me remarca. Le contesto que esa semana ando medio ocupado, pero que ya le escribo para la próxima.       Dale”, me alienta, “pero no te dejes estar”, se preocupa.

Al día siguiente le escribo: “che, disculpá la curiosidad, pero ¿por qué 300? Me dijiste que por ser del sindicato sólo me cobrabas 50 pesos más por particular”. “De las prestaciones que se hacen en el sindicato”, me contesta. “La consulta es una de las prestaciones”, le retruco. Ahí parece que el Dr. Szell pierde los estribos y se pone vehementemente a hacer hincapié sobre sus costos y la atención particular, aunque enumerando, es decir, diciendo: primero, bla bla bla; segundo, patatín patatán, tercero, otra fruta. Y al finalizar su colérico discurso (o a mí me lo pareció así: nunca se sabe en este tipo de medios porque el matiz se lo pone uno), me aconseja que me siguiera atendiendo por el sindicato o me buscara otro médico. El punto es que no tendría inconveniente en hacerme atender por el sindicato si en el sindicato no atendiera él (¿Cómo me atendería sabiendo lo que “conversamos”?). No quise referirle el absurdo en el que había caído. De todas maneras, yo para ese entonces había seguido su sabio consejo aun antes que me lo diera y ya tenía turno con un odontólogo de confianza… mujer, ella. Le escribía como una forma de revancha personal. En todo caso, él podía cobrar lo que le diera la gana; era su consultorio, pero había cosas que dijo y luego fueron otras. Creo que se sintió descubierto, develado, y por eso el tono de resentimiento que yo creí leerle. A su advertencia de que pagara sus costos o me buscara otra persona, respondí que me disculpara, que me había confundido y llegué a creer que él sabía algo de deontología, pero que mi error fue no saber ver que él sólo sabía de dentología (sí, inventé la palabra para poder cerrar el chiste), pero que a mí no me importaba hacerle llegar la “O” que le faltaba, y le envié esto: . Los emoticones son como las varitas mágicas o el anillo de Sauron: depende cómo se los use.

No quise poner el nombre verdadero de este dentista, primero, porque no estoy seguro de que la cantidad de personas que leen este blog sea ingente, y mucho menos si entre ellas hay alguna relacionada con algún órgano regulador; si quisiera denunciar tendría que haberme dirigido a una entidad afín o a la misma obra social, aunque es posible que en su burocracia me terminaran sacando más guita que el dentista y ninguna muela perjudicada. Además, o segundo, porque no es el único odontólogo que trabaja de esta manera. Ni odontólogo ni neurocirujano ni plomero ni técnico de televisores ni administrativo de la AFIP. Muchos lo hacen así, porque trabajan con el miedo, porque se aprovechan de lo que uno, cualquiera, desconoce, y la ganancia resulta mayor proporcionalmente a lo que el cliente siente que está por perder: no es lo mismo una muela que un corazón, ni la casa compartida durante un derrumbado matrimonio que el canal 13 se vea borroso y con interferencias. Da miedo lo que se desconoce, pero el que tiene dinero paga lo que le piden o no tiene inconveniente en pagar más por otro médico u otro electricista. Lo fulero de alguna gente es que comercia con el miedo y la pobreza, porque un pobre con miedo, con desconocimiento, no alberga otra esperanza y se aferra a esa única opción que tiene. Obligan a la resignación. Jode en este tipo de personas lo rastrero, lo bellaco. Y por último, o tercero, no quise poner el nombre de este tipo porque admito la posibilidad de que todo haya sido un malentendido, una mala interpretación de palabras y matices…

¿Está seguro?

-No sé a qué se refiere.

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