La intelectualidad al palo

mayo 28, 2020 at 10:59 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Leyendo las noticias, tratando de informarme pese a tanta mentira y opereta, leo el título “Beatriz Sarlo: `Me equivoqué con Cristina Kirchner y Alberto Fernández´”. El título es sugerente, y conociendo el pasado de Sarlo la verdad es que me dio curiosidad. Me parecía raro de antemano porque no es mujer de andar por ahí ni por ningún lado reconociendo sus errores, pero pensé que tal vez, no sé, la edad, el inminente final de su carrera, la ya perdida credibilidad, un mea culpa, una reflexión sincera y desprovista de su marcado gorilismo, tal vez, no sé. Así que entré en la noticia… Y entré como un chorlito. Reconozco que el deseo, el anhelo, la esperanza de un acto de honestidad intelectual por parte de esta mujer me cegó por completo y ni siquiera me fijé en el medio que publicaba la nota. Después, ya con la decepción a cuestas, noté que este titular era reproducido por los medios de siempre, que ahora actúan más en conjunto que nunca para sacar fuera toda la mierda que los inunda y porque además ya no se les ocurre una idea por separado.

Por supuesto que no encontré más que una excusa para que la pensadora sacara a pasear su resentimiento, pero por sobre todo para pegarle a Cristina. Ignoro de dónde proviene el odio que le profesa, pero seguramente debe venir de una o más vidas pasadas, porque si no, no se explica. Lo mismo hacen muchos más, nombrados en este blog como ejemplo de lo ilimitado de la miseria, la mediocridad y lo deplorable, pero uno espera alguito más de alguien que es presentada como intelectual, ensayista, y un largo etcétera de petulancias. Pienso también en Sebreli, en Aguinis, en Sandra Pitta o en tantos otros y otras que se dedicaron a acumular títulos y adjetivos para ser presentados en televisión.

Nada, el artículo, la entrevista es otro escupitajo de resentimiento gratuito que intenta demostrar, a una audiencia dispuesta a creerlo, que Cristina Kirchner es descendiente (descendienta) directo de Mengele, Calígula, Atila, el Príncipe Vlad y el mismísimo Saurón. Que la ambición de poder de Cristina es inacabable y que Alberto terminó siendo el títere que todos (los que están de ese lado) querían. Pero como ya estaba adentro y enterrado hasta el cogote, se me ocurrió leer algunos comentarios benevolentes para con Beatriz y demonizantes para con Cristina, y me di con todo lo contrario. Los que leen Clarin, La Nación, Infobae, etcétera, no suelen abrazar el peronismo, esto lo sabe cualquiera, como tampoco lo suele hacer Sarlo; todo lo contrario. Es cierto, que durante el gobierno anterior le tiró algunos palitos a Macri, sobre todo cuando estaba por acabar su mandato, pero algo tenía que disimular. No se puede pasar por alto todas las cagadas que se mandó el otro si querés que alguien te tome en serio (acá vale reconocer el gesto de Majul, Leuco, padre e hijo, Viale, igual, que expresan constantemente que ya no les importa ser tomados para la chacota), pero nunca como le dio a Cristina, es decir, a mansalva y sin asidero argumental más que el otorgado por sus vísceras. Jorge Asís suele comportarse también de esta manera, aunque presumiéndose algo peronista.

La cuestión es que los cacerolos lectores de estos medios estaban enojados con la pobre Beatriz, a mi parecer, sin haber interpretado lo que decía. Como suelen hacer, se quedaron sólo con el título (como suelen hacer estos lectores y también los medios que saben cómo funcionan sus lectores). Quizá se deba a que en un momento apoyó a Alberto Fernández en las pasadas elecciones, pero que pretendían que hiciera; el barco de Macri ya estaba completamente hundido y de ahí sólo sobrevivieron ratas y cucarachas. El tema es que los comentaristas se olvidaron ya del odio visceral que la ensayista expresó durante el kirchnerismo (pero sobre todo contra Cristina), se olvidó también de cuando fue a prepotear y camorrear a Barone en 678, programa tan denostado por ellos.

La pobre Beatriz, ignorada y descreída por los que estamos de un lado, ahora es aborrecida por los del otro lado. Hay que reconocer que, a diferencia del silencio que reinó en Aguinis y Sebreli durante el mandato de Macri, ella habló y habló mal de Macri, no con el retintín de resentimiento con el que hablaba de Cristina sino más bien con un paternalismo rezongón de tía que se enoja con el travieso le aplica un cariñoso coscorrón pero después le da chupetines a escondidas para seguir siendo la gruñona y solterona tía querida. Lo necesario para no perturbar la calidad comodidad de pantuflas y chimenea que tanto bien le hacen a la intelectocracia argentina.

Leyendo un artículo de Anibal Fernández, de allá por el 2011, este decía de Beatriz Sarlo: “…maoísta en su juventud, defensora de López Rega antes del golpe, radical alfonsinista en la recuperación de la democracia, asesora de Graciela Fernández Meijide, cuando “Ella” apuntó a ser presidenta de la Nación, devota de Lilita Carrió en sus días mejores y, últimamente, exégeta y lenguaraz de Clarín, aunque utilice a La Nación para su prédica”. Lógicamente el medio para el que trabaja, influye, aunque la mayoría de los que trabajan para estos medios, los ya mencionados y otros medios colegas, suelen presumir de independencia. “Dime de qué te jactas…” dice el refrán. En mismo artículo, Fernández recuerda un episodio donde la ensayista se levantó y abandonó el programa Los Siete Locos porque el escritor David Viñas “iba preparado para enfrentarla a ella misma. A su pasado. A su pecado que es algo más que un pecado de juventud”. Viñas pensaba que la literatura de Sarlo era comercial, no artística y que lo suyo consistía en un pacto de poder y de dinero; por eso acostumbraba llamarla Beatriz “Saldo”.

Otro Fernández con el que no se llevaba bien la ensayista. Tal vez porque Fernández es un apellido muy común, popular. No tengo nada personal con la escritora, no me gusta, nada más, no me gusta la exposición gratuita del odio y la miseria, sea por dinero, poder, sólo resentimiento o por mandato de los amos. No me gustan las expresiones vertidas desde un podio o un púlpito imaginario, sustentado en los endebles cimientos de la vanidad y la lisonja.

Permalink Dejar un comentario

El virus, definiciones y dimensiones

mayo 24, 2020 at 9:29 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“¿Es angustiante salvarse? Angustiante es enfermarse; no salvarse” Alberto Fernández

Seguimos encerrados. Algunos más que otros. Los unos dirán que por responsabilidad social, los otros dirán que es por pánico y paranoia. En Salta hubieron cuatro casos confirmados de Coronavirus y al parecer se recuperaron. Se cuenta que no hay casos de contagios comunitarios y eso posibilitó la apertura parcial del aislamiento. La gente, el salteño y la salteña promedio, desconocen el significado de la palabra “parcial” o la asumen solamente como sinónimo de arbitrario y se comportan conforme, es decir que salen a la calle de manera caprichosa e injusta, es decir de forma parcial. En fin, si bien puede ser cierto que no haya contagios comunitarios, cada vez que salgo a la calle por una necesidad mayor, de pago de cuentas, extracción de mi escaso capital, víveres, vuelvo queriendo quemar la ropa y durante unas horas siento síntomas del virus: me duele la garganta, toso, respiro con dificultad (esto suele ser hasta que me saco el barbijo), me cago entero… figuradamente, se entiende.

Hay personas que ya decidieron andar por la vida sin barbijo o con un barbijo bien de moda, como tejido a croché, y que seguramente será apto para detener virus ligeramente más grandes que una arveja pero no los que andan circulando. Ni hablar de respetar la distancia, hecho que me parecería harto normal y sano aun sin carga viral en el ambiente. El mundo se hace agüita por socializar y un simple “Un kilo de cebolla, por favor” abre un portal hacia todos los recovecos de la vida y el corazón del almacenero. El “qué tal” o el “cómo va” que proceden al “Hola”, han dejado de ser preguntas retóricas.

Es evidente que no estábamos preparados para algo así. Pero jode más la prohibición, la limitación impuesta, el quién me viene a decir a mí que no me puedo juntar a emborracharme con mis amigos. Estoy en un grupo de WhatsApp en el que de a poquitito me fui peleando con casi todos, básicamente porque algunos no entienden que yo no me quiera pasear por el centro caminando y luego atravesar la ciudad en un transporte junto a mis dos nenas y haciendo esfuerzos para respirar con los barbijos que, según Terminator, deben llegar “Hasta la vista, baby”. Ni hablar de lo difícil que es ver con los lentes empañados. Y los tres, mis nenas y yo, usamos lentes. Lo absurdo del caso, si es que no todo es un absurdo, es que con dos de ellos, y con suerte, solíamos vernos cada tres meses (a veces miento o exagero, pero también es cierto que hubo momentos de más de noventa días sin vernos). Con otros dos, nos veíamos más esporádicamente, y sólo compartíamos un rato en una tarde o un trago por la noche. A un quinto lo pude ver en el velorio de mi abuela, pero ya había pasado medio año de la última vez. El que sigue en la lista de falta de regularidad fue visto por mi persona en noviembre de 2018, y el último mucho antes. Bien está visto que nuestra compañía no era una emergencia ni tampoco una urgencia. Pero ahora sí.

No creo que necesite ser probado que el aislamiento desarrolla la susceptibilidad de las personas, y estas suelen ser capaces de ver malicia en cualquier emoji; y si ya de por sí un mensaje de texto está sujeto al matiz que le impone el receptor, aún más cuando al destinatario lo apura la soledad y tiene los sentimientos a flor de piel. Y no es que no los extrañe o no tenga ganas de ver a mis amigos y parientes, sino que a veces me resulta casi un capricho el tema del asado postergado hace dos meses. Me parece que hay gente que de verdad la está pasando mal, está enferma o tiene un familiar enfermo y no puede asistirlo, o se está muriendo en soledad, o debido a su trabajo no puede ver ni abrazar a sus hijos, y duerme en un hotel que se caga en los protocolos de salud, renegando o llorando porque tiene una cita diaria con la enfermedad o la muerte, personas que se vieron imposibilitadas de cumplir el aislamiento necesario debido a sus ocupaciones y que encima tienen que escuchar o ver cómo unos nenes caprichosos o unas nenas malcriadas se quejan de su falta de libertad y son capaces de hacer saltar la térmica de una sociedad sólo porque están aburridos y no encuentran qué hacer solos en sus casas.

Cabe la posibilidad que este aislamiento no le haya venido del todo mal a mi natural misantropía. No es una misantropía muy avanzada, pero se desarrolló lo suficiente como para que no me desespere mi ausencia en ninguna reunión de carácter social (de más está decir que es mucho menor mi ansiedad por asistir a reuniones laborales). En todo caso, es una misantropía tan ligera que me permite juzgarme y, tal vez, reprocharme pensar que de seguir esto así no voy a necesitar inventar ninguna excusa en casos de cumpleaños y navidades. Pero asumo que es injusto y egoísta trasladar o querer contagiar mi postura frente a la sociedad a los demás, y sería un necio, un gran cretino si no reconociese que hay personas para las que les es relevante y hasta urgente el encuentro con sus pares, aunque a veces cueste discernir entre la necesidad y el capricho.

La distancia no es un asunto que se lleve de igual manera. La explicación que voy a dar tiene algo de estúpida, pero la voy a dar igual, porque me da la gana y porque en estos momentos no encuentro algo de valor para hacer (con esto me refiero a una actividad de provecho, no al coraje para salir de la inacción): Desde donde está situado A hay una cierta distancia hasta donde reposa B, pero aun así estamos hablando de un tramo bastante diferente para A que para B, independientemente del cariño que se profesen estas letras. Pero también es probable que sea directamente proporcional. En fin, nada, un devaneo que utilicé para tomar envión y contar lo que sigue a continuación.

Como dije antes, es comprobable que no tengo la urgencia ni el impulso para un encuentro social, no en estos momentos… o menos en estos momentos, lo que no significa que no se me remuevan algunas emociones. Hace dos o tres días, mi nena, la más grande, salió a trabajar. Me quedé en casa con mi nena, la pequeñita, porque además ella iba a participar de una videoconferencia con los compañeritos de tercer grado, a los que no vio en todo el año. Era con la profesora de Educación Física. Al principio acompañados por uno de sus tutores, pero a medida que los y las niñas iban entendiendo el proceso, los adultos se alejaban… o al menos eso hice yo una vez que todo funcionaba. Me quedé en la misma sala, pero salí del plano y me fui a hacer otra cosa, seguramente de menor valor (y ahora puede leerse, si al supuesto lector le viene en gana, una referencia al arrojo). Sin embargo seguía escuchando de reoído (¿se podrá decir así cuando uno escucha de soslayo? ¿O sólo se aplica a la mirada?), por si precisaban a los padres para algo. En un momento me levanté para ir al baño. En el camino vi a mi hija, a mi nena, mirando la pantalla de la computadora con avidez, como queriendo abarcar a todos sus compañeritos, moviéndose, agitándose en la silla como reflejo de una impotencia, de una imposibilidad, y mientras oía el murmullo de todas esas vocecitas mezclándose, esforzándose por expresarse, descorazonándose, desesperándose por llegar, por abarcar… en todas sus definiciones y dimensiones… Y me quebré, me rompí, no me pude contener, y en el baño me explotó un sollozo, y lloré, y en el espejo, en mi mirada vidriada pude ver la impotencia, la imposibilidad de contener… en cualquiera de sus definiciones y dimensiones.

Permalink 1 comentario

La endemia en tiempos de pandemia

mayo 6, 2020 at 11:22 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Titula el periódico La Nación: “Maniobras para hacer tambalear el juicio por el pacto con Irán”. La nota es de un tal Cappiello, otro de esos periodistas de circo que gustan de los malabares y equilibrios para tratar de afirmar algo que no es cierto o carece de sentido. La nota intenta tapar las declaraciones de una jueza que denuncia los aprietes del gobierno macrista para reabrir la causa.

Ahora bien, las hipótesis de delito de esa causa no tienen asidero alguno: se decía que ese memorándum favorecía a los iraníes sospechados de atentar contra las AMIA. Pero Irán nunca aceptó el pacto; también se decía que era para levantar alertas rojas, hecho desmentido por el Secretario General de Interpol que, ¡oh, casualidad!, no se lo llamó y se le negó la posibilidad de declarar en la causa; se habló también de un intercambio de granos por petróleo iraní, pero resulta que su petróleo no puede ser refinado por Argentina y los granos no los vende el Estado sino los privados. Todo esto basado en una denuncia del malogrado fiscal Nisman, al que inmediata y aun actualmente se usa de la misma manera en que el poder usa a sus títeres con ínfulas de periodistas: su suicidio pasó a ser materia prima de una fábula exagerada a tal punto, y pese a cualquier prueba, de hacerlo pasar como homicidio, basándose en un peritaje hecho dos años y medio después, en un espacio reconstruido, es decir, ni siquiera donde ocurrió el suceso, tomando como testimonio fotos, ya no el cuerpo del occiso. Las conclusiones del peritaje de Gendarmería confrontan con todas las del Cuerpo Médico Forense, que sí hizo autopsias y sí estuvo en el lugar del hecho. Una mano lava a la otra: ustedes afirman como cierto este delirio y nosotros miramos para otro lado en el tema de Maldonado. Ninguno de los gendarmes que peritaron en esta ocasión declararon en la causa judicial. Y, ¡oh, sorpresa!, las conclusiones a las que llegó Gendarmería ya habían sido publicadas por el diario Clarín y sus repetidoras cuatro meses antes.

Estaría bueno leerlo e interpretarlo como quien lee “Viajes de Gulliver” o “Viaje al Centro de la Tierra” o como algo de Marvel, pero esa ficción nos costó cuatro años de uno de los peores gobiernos de nuestra historia, salvando las dictaduras. Y estaría mejor si no repetimos esa estupidez. En estos momentos, en pleno aislamiento, en plena pandemia, esos cretinos siguen fogoneando y avivando sus mentiras, porque son incapaces de tolerar un gobierno que haga lo que tiene que hacer, mejor o peor, y por lo que lo eligieron. Hace poco agitaron un cacerolazo con la mentira de que el Poder Ejecutivo estaba liberando violadores, asesinos y mercenarios que velarían por los intereses de lo robado históricamente por los gobiernos populistas, y ahí salieron todos ante tamaña injusticia peronista. Nadie se puso a pensar que es el Poder Judicial quien tiene las facultades de llevar a cabo esas tareas, y que nada tienen que ver ahí ni el presidente ni sus ministros, pero qué importa, a darle a la matraquita. Si alguien preguntaba, como vi que lo hicieron, por qué estaban protestando, los cacerolos no lograban ponerse de acuerdo, y cada cual tenía una respuesta. Lo cierto es que estaban ahí porque Clarín o TN se lo habían mandado, Y ¿por qué? Indudablemente no porque estos medios velen por la seguridad y los derechos del ciudadano, sino porque en ese momento se estaba sopesando la posibilidad lógica de cobrarle impuestos a los que más tienen, y porque, además, a éstos no les gustan para nada las medidas sanitarias de aislamiento porque impide que sus esclavos salgan a la calle a infectarse en pos de sus riquezas y negocios (riquezas y negocios de este selecto grupo, se entiende, no del pelagatos que sale a enfermarse ni el rascabuche que sale a cacerolear).

Imagen extraída del diario virtual JuventudInformada

Y en un manifiesto, Vargas Llosa titula: “Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo”, y seguidamente refiere a “el Estado de derecho, la democracia representativa”, y agita los también falsos fantasmas, o al menos tan deteriorados como aquel desvaído de Canterville que retrataba Wilde, de Venezuela, Cuba, Nicaragua, el comunismo y la mar en coche, y apela a la “restricción de las libertades individuales”, a sabiendas que esto cala hondo en los espíritus planos y poco profundos. Al documento lo firman el mismo escritor devenido en peor calaña, junto a pares como Macri, Aznar, Álvaro Uribe (esto ya sería suficiente para llegar donde quiero), pero también la Bullrich, Lopérfido, López Murphy. Subrayados que no tardaron en hacerse eco en cretinos como Majul, Lanata, Leuco (ambos), Feinmann (alias Fakeman), Longobardi, Morales Solá, Viale (también los dos), Laje y un largo etcétera, todos ellos (y ellas también, porque que las hay, las hay: O`Donell, Ninci, Guiñazú, Santillán, Pérez, y otro largo etcétera) cultores del hago lo que se me da la gana, potestad y libertad que, por supuesto, les fue otorgada por sus amos. Y cada vez que alguno de estos habla de libertad y de democracia es como si me inyectaran nitrógeno líquido en la columna porque enseguida me viene a la cabeza cuando Estados Unidos las nombra; y cada vez que lo hacen es para justificar la muerte y el delito.

Sin embargo, uno puede entender el comportamiento de algunos personajotes; de última ellos saben o creen saber para quién trabajan, o a quién le lamen los zapatos (porque quieren, por supuesto, por su libertad individual alcanzada), pero es difícil comprender al que escupe para arriba porque sí, al que sale a golpear ollas sin saber por qué lo hace, sólo porque se lo dijeron en televisión, y que no se dan cuenta que así están mordiendo la mano que les da de comer y los acaricia para defender al que los hecha de la casa a patadas y los deja encadenados a la intemperie. ¿De qué, o a qué tienen tanto miedo? Miedo que se traduce en resentimiento y mediocridad, y mientras golpean la cacerola con una mano, firman con la otra la amenaza que van a colgar en el ascensor del edificio dirigida a un trabajador o una trabajadora de la salud; y con una mano sin guantes pasan las hojas de un diario que los envenena mientras con la otra firman una petición del Club de Corredores o de Ciclistas, exigiendo la libertad de salir a correr con barbijo (sin temor a morir de asfixia). Y con este criterio, y defendiendo quién sabe por qué, van a salir a sus balcones, primero, a aplaudir un ratito a esas médicas, a esos enfermeros que ellos mismos echaron cobardemente del edificio para luego, y segundo, protestar por la vuelta del fútbol para que unos pobres diablos no sigan sin cobrar los derechos de televisación. Y cuando Clarín, TN o cualquier otra repetidora de sandeces, y por intermedio de sus leales y serviles súbditos, salgan a afirmar que con la actividad pugilística parada el gobierno busca atentar y avasallar los derechos individuales de andar en cueros y cagar a trompadas a cualquier otro, ahí van a estar ellos y ellas, al pie del cañón, cacerola en mano, bregando por la vuelta del boxeo y el natural deseo de violencia… eso sí, respetando la distancia que exigen las medidas de prevención; da igual, porque, en realidad, es probable que a ninguno le guste ni importe el boxeo.

Debemos cuidarnos y protegernos de la pandemia, o de cualquier amenaza externa, pero para eso es necesario tratar, y si es posible curar, una infección endémica. Como conclusión, en caso que hiciera falta, me apropiaré de palabras ajenas y transcribiré el siguiente fragmento de “Viajes de Gulliver”:

“Quedé disgustado (…) descubrí cómo escritores descalificados han descarriado el mundo hasta atribuirle las mayores hazañas de la guerra a los cobardes; los más sabios consejos a los necios, sinceridad a los aduladores, virtud romana a los traidores a su país, piedad a los ateos y veracidad a los espías. ¡Cuántas personas inocentes y virtuosas han sido condenadas a muerte o destierro por secretas influencias de grandes ministros sobre jueces corruptos y por la maldad de los mandatos! ¡Cuántos villanos han sido ascendidos a los más altos puestos de confianza, poder, dignidad y provecho!” Jonathan Swift

Permalink Dejar un comentario

La clase media y el coronavirus

abril 23, 2020 at 10:20 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“Help me to carry the fire
To keep it alight together”

Editors (No sound but the wind)

Y siempre uno se engaña, se quiere convencer que va aprovechar los días de confinamiento obligatorio para hacer las cosas que lleva tiempo posponiendo. No por estar preso, conviene aclararlo, o si, por estarlo de alguna manera pero no por motivos penales sino sanitarios. Y en ese engaño que se practica a sí mismo, uno se dice que no hay mal que por bien no venga, y que al fin podrá terminar o empezar su novela, o grabar sus canciones o aprender origami o resolver lo de las cañerías o pintar o hacer el huerto o lo que sea que se haya planteado hacer alguna vez pero que tuvo que dejar por obligaciones de relevancia. Pero se engaña (y lo sabe) y encuentra en el vacío, en la sobra de tiempo una excusa para seguir posponiéndolo. O al menos eso me pasa a mí. Aunque calculo que habrán personas que se hagan más caso que yo.

El coronavirus ha planteado un cambio bastante radical en nuestros quehaceres, en nuestra rutina, y el aislamiento nos predispone a hacernos la cabeza. Es cierto, o al menos así lo creo, que estamos ante un momento que tendrá algo de histórico, un momento bisagra, como se suele decir. Por ahí no, y esto en un par de meses habrá pasado como un río de verano; estaría bueno. Pero presumo que algo se habrá roto y que no se reparará así nomás. Hablemos de economía, de un sistema sanitario de una forma de comportamiento social, de lo que sea. No faltan los que ven una oportunidad: algunos de un cambio en el orden establecido; otros para seguir lucrando con el miedo y la desesperanza. Algunos verán una forma de solidaridad y unión futura; otros, una amenaza permanente. En realidad, las situaciones extreman actúan como potenciadores de las virtudes o defectos de cada cual.

De noche, cuando me quedo solo, cuando mis nenas, la más grande y la más pequeña ya se fueron a dormir, me quedo haciéndome mala sangre con programas periodísticos o entonando canciones en la guitarra. En estos tiempos he optado por prescindir un poco de las noticias. He notado al cantar que he perdido voz, que me cuesta alcanzar algunas notas que alcanzaba hasta hace poco. He atribuido este hecho a: 1) Que al ir afinando la guitarra la hubiese dejado en un tono más alto; 2) Recordé que muchas voces extraordinarias (que no es mi caso) perdían potencia cuando el o la cantante bajaban de peso… Pero tampoco es mi caso. Desechado este punto puedo adjudicar el hecho a que 2) Se me han subido los huevos a la garganta, y eso desentona. La escena la estamos viendo todos, no hace falta transcribirla. Se contagia con facilidad, pero puede incubarse durante mucho tiempo; en muchos casos requiere de respiradores artificiales… Ahí está el punto, en la falta de oxígeno, de aire, ahogarse, quemarse, quedarse encerrado en un lugar pequeño, sin ventilación. Y esa angustia, junto a otras, se me atraviesa en la garganta como un moño de testículos, entonces ya no canto.

Ni tampoco arreglo las cañerías, ni veo todas las películas que siempre quise ver. Pero sí estoy viendo otra película, veo muchas personas igualadas, como uniformadas, saliendo a las calles con barbijo, primero, por ordenanza municipal, provincial, y segundo, convencidos y convencidas que eso les da cierta inmunidad, como la capa de Superman, que nadie sabe para que mierda la lleva si puede volar igual sin ella; mera decoración; veo hermanas que acuerdan salir de compras a la misma hora para charlar y verse al menos respetando los dos metros de distancia; veo la impotencia ante la imposibilidad de contacto;: veo hermanos que de golpe frenan un abrazo y se chocan los codos (que es justo el lugar acordado para toser y escupir según las normas de sanidad); veo gente gritándose y solapándose en conferencias telefónicas tratando de comunicarse y expresarse, jugando a abolir la distancia; veo personas buscando excusas para salir aunque sea un rato y me cuesta, pero también veo personas cagándose en todo, convencidos que un dios todopoderoso y únicamente suyo o una cuna o un buen pasar social; pero también sé que hay personas que necesitan salir porque si no ni ellos ni su familia comen.

Mientras, la cinta sigue rodando y veo cómo se desarrollan antes que las vacunas y las defensas todas las teorías conspirativas, y como los chinos de pronto son culpables de todo por sus malas costumbres o por su avanzada sobre la economía global, pero también veo que Bill Gates y su señora y la OMS estaban al tanto desde hace tiempo con la idea de colocar chips en las vacunas y hacer una sociedad de soldados que combatan mutantes o extraterrestres, y veo unos soldados norteamericanos inmiscuirse en Wuhan, y cómo la naturaleza se venga del daño que le causó el ser humano; y también veo gente dispuesta a creerlo todo porque odia a los chinos, porque no sabe quién carajo es Bill Gates o porque saben que los norteamericanos son capaces de cualquier cosa o porque no come carne. Pero también está la posibilidad de un virus instalado hace ya mucho tiempo en la comunidad pero no expresándose con tanta virulencia.

Ni he pintado nada ni he visto las series que quería. Pero a cada rato veo sectores que se vuelven locos con la cuarentena. Los sectores de más poder que no pueden ni quieren entender que la economía tampoco funciona con muertos. Pero claro, les desespera saber que un montón de personas dejaron de producir para ellos y exigen que salgan a la calle a contribuir con sus ganancias hasta que caigan enfermos o muertos, pero que no estén por ahí desperdiciando tiempo en prevenir, si al final lo mejor es contagiarse para crear defensas, como proponen los líderes de las primeras potencias o los que son obsecuentes con ellas. Para esta finalidad, estas marionetas buscan marionetas subalternas capaces de transmitir sus deseos. Para qué hablar de ellos si abundan, los medios de comunicación rebalsan de ellos, y estos perros fieles, a su vez, llegan a personas que se preguntan cómo va a hacer el país para salir económicamente y cómo para generar empleo, siendo que estuvieron callados y sin preguntarse nada, meciéndose en su hamaca burguesa, sin importarles nada, pero que ahora, fogoneados por aquellos a los que tampoco les importan un pomo, salen a rasgarse las vestiduras. Y ¿a que no saben quiénes estaban en el poder esos últimos cuatro años? Exacto, los que ahora se preocupan por el parate económico siendo que ellos no sólo lo pararon sino que lo destruyeron, excepto, por supuesto, para unos cuantos que ahora se tiran de los pelos porque un montón de personas (aunque ellos no las consideren así) no sale a la calle a enfermarse y morirse para ellos. Aquí están los Trump, los Macri, los Vargas Llosa, los felpudos del verdadero poder.

Y no he leído los libros que quería leer, excepto uno (que aún no terminé) pero que oportunamente me regaló un amigo antes de volverse a Mendoza y apenas unos días antes que todo esto empezara. Y eso sin contar que, técnicamente, tenemos todo el tiempo que nunca tuvimos para hacerlo, pero que lo ocupamos en no hacer nada, o en administrarlo de mala manera o en ocuparlo pensando que es una verdadera pena que tengamos todo ese tiempo y no podamos compartirlo con otros seres queridos, hermanos, padres, abuelos (los que tienen), amigos, tíos (si se quiere), compañeros de trabajo. Y me refiero a tiempo presencial y de contacto. Pero no termina de ser una queja, porque sería una queja injusta y caprichosa sabiendo que hay abuelos y nietos que no se ven y personas que salen a la calle a exponerse porque ellos sí que no pueden parar, y que se les niega la oportunidad de volver y abrazarse con quienes le diera la gana, y encima y para más INRI, se encuentran con amenazas anónimas de gente que los culpa, los criminaliza, los demoniza y los quiere echar del edificio o del vecindario, y que seguramente, estos cobardes que amenazan escondidos son los mismos cagones y cagonas que estuvieron sin quejarse esos últimos cuatro años, llenándose de odio y resentimiento, viendo los canales y pseudoperiodistas que hablan de los médicos cubanos o de cualquier nacionalidad que conozcan el significado de la solidaridad como si fueran espías alienígenas; claro, no lo entienden porque la solidaridad no es remunerada en términos monetarios, y por eso no hay mercenarios en sus filas; pero lo extraño, lo verdaderamente estúpido y necio, es que de alguna manera, esta gente cree que está inmunizada al virus como lo está para la ayuda desinteresada, que visten una especie de barbijo supraterrenal que los protege hasta llegado el momento en que el Señor los llame. Sin embargo, estos cagones y cagonas van a ser capaces de desenchufar a su madre por un respirador y van a rogar y exigirle al personal sanitario, al mismo que ellos basurearon y echaron cobardemente, que los salve por el amor de Dios y de la Virgen Santísima, para que después puedan volver a subir sus videos violando el aislamiento y cagándose en todo.

Y ahí sigue mi novela sin terminar, sin siquiera empezar; de haber escrito a máquina, como en los viejos tiempos, esos bollitos de papel arrugado que poblarían el sesto de basura de ideas sin concretar serían lo más cerca que estuve nunca del origami. Sin ir más lejos, me llevó más de quince días, una vez comenzado el aislamiento, comenzar este escrito… y otros tantos en terminarlo. Acá lo dejo: iré a ver si me pongo a hacer esa mayonesa casera de apio que vengo postergando hace casi una semana. Veré si sirven los huevos que llevo en la garganta.

Permalink 1 comentario

Una de gatitos

febrero 1, 2020 at 11:08 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Esto me sucedió hace dos semanas por lo menos, tal vez un poco más. Sentí un ruido, prendí la luz del velador (o ya estaba prendida, no lo recuerdo; a veces me duermo con la luz prendida con el afán de que mi mujer, es decir, mi nena, la más grande, no pierda su capacidad de reproche); lo vi: ahí estaba mirándome, apareciendo apenas por la entrada del dormitorio, semi-oculto por el armario que está junto a la pared. En un escrito anterior mencioné la aparición de algunos seres ajenos a la familia… o tal vez de la familia pero que no son los que acostumbran a pernoctar en la casa. Opté por no hacer ningún movimiento brusco, no fuera cosa que el gato se espantara y corriera hacia algún lugar de la casa donde fuera más difícil sacarlo. Mi idea era que se fuera por donde había venido, sin violencia, sin ponernos en riesgo. Me acerqué despacio y pronuncié una débil onomatopeya de amedrentamiento que acompañé con un leve y plástico movimiento de brazos, pero sin perder las formas, para que el animal entendiera que no quería conflictos, pero ahí nomás el muy condenado me respondió con esa onomatopeya que acompaña una curvatura de espalda, una erección de pelos y que se parece a lo que nosotros hacemos cuando nos pica la garganta. Mi primera reacción se acercaba bastante al pánico, porque estos bichos juegan con ventaja en la oscuridad, además que poseen armas blancas en cada dedo. Pero debía demostrarle quién era el hombre (nunca mejor dicho), y en un acto reflejo emití un gritito histérico y un movimiento de brazos más enérgico y seguido de un espasmo de cuerpo, seguramente producto de escalofríos. El gato repitió el rugido, graznido, quejido o como se llame ese sonido gutural, pero contrariamente a mis intenciones no se volvió por donde había venido sino que el muy desgraciado saltó sobre los pies de la cama y se paseó por los bordes sin dejar de mirarme. Cuando comenzó a caminar sobre las almohadas me pareció ver que se reía. No aguanté más y agarré la almohada donde se paraba y tiré de ella. El gato saltó al suelo y volvió a ocupar su posición primera. Entendiendo que la mímica para espantar no servía, revoleé la almohada y se la estampé en la cabeza. Un simple almohadonazo. Lo extraño es que no sonó como goma espuma o plumas o lo que sea que compone una almohada, sino seco y pesado, como si hubiese tenido un ladrillo dentro. Al ver la cara que se le puso al felino y su mareo y tambaleo me asusté. El gato no se recomponía del golpe, seguía oscilando de un lado a otro, y en ese vaivén fue retrocediendo hasta alcanzar la puerta que da a la terraza. yo lo seguí despacio sin soltar la almohada, que pesaba como una almohada, ni más ni menos; me hizo pensar que el gato me estaba tomando el pelo o quería hacerme sentir culpable. En la terraza continuaba bamboleándose, como en pasitos de vals, lo que asentuaba la idea de burla, y me dispuse a estrellarle otro almohadonazo cuando vi que pisaba mal el primer escalón (o el último, depende si se baja o se sube la escalera), y de pronto comenzó a rebotar por cada uno de los escalones del primer (o último) tramo de la escalera y lo perdí de vista en la curva. Dudé en bajar y al final me quedé en la terraza, junto a la casita de madera de los trastos… Y por ahí lo vi aparecer nuevamente, con la plasticidad de un fantasma emitiendo un sonido parecido a la risa de los que no se preocupan por su vida porque tienen más.

Stelio KontosY allí, parado en la terraza, almohada en mano, comencé a vislumbrar que se trataba de un sueño, sobre todo cuando el gato, personificado en alguien con un peinado estilo setentas, muy parecido a Stelios Kontos, ese personaje que le hacía la vida imposible a Stan Smith en American Dad, me confesaba que necesitaba de nuestro hogar y nuestra comida para subsistir. Entré a la casa en silencio y cerré la puerta. Pensé en buscar algo de comida pero me arrepentí y volví a abrir la puerta como para espiar si aún seguía: allí estaba, extendiendo una frazada, un acolchado sobre el suelo, dando cobijo a otros gatos y gatitos que, supuse, eran parte de su familia.

A los pocos días volví a soñar con un gato, con otro tipo de gato, en realidad. Era de noche y yo parecía volver de una juerga porque llevaba una botella medio vacía de vino. En esas estaba cuando Alberto Fernández me encontró y me pidió que lo acompañara que tenía que ver a alguien. No pregunté mucho y fui con él. Ese alguien era el gato en cuestión: MMLPQTP (de ahora en adelante MM). Nos hizo pasar. Reconocí la casa: en la vigilia es la de unos tíos míos en el Barrio San Remo. Nos atendió con esa cortesía obligada de los niños malcriados y caprichosos. Nos ofreció algo para tomar. Alberto no quiso nada y yo dije que continuaría tomando vino, y señalé en dirección a la mesita donde lo había dejado; ya no estaba. Sospeché que me lo había robado. En ese entonces apareció su esposa, que no era como la Awada sino más peticita y retacona, un poco entrada en carnes y un brushing como peinado, similar al que tenía el gato del sueño anterior, pero más claro y esponjoso, y entre cariñosa y sermoneadora obligó al vago de su marido a ir al kiosko de la esquina y traer algo para los invitados. MM se quejó y se encaprichó en que por qué tenía que ser él, pero la señora insistió entre amorosa y severa y al final terminó yendo. Volvió quejándose del precio del whisky que el ladrón de la esquina le había cobrado. Me sirvió medio vasito y se encargó de, disimuladamente, guardarlo. A mí no me importó porque ya comenzaba asentir cansancio y casi me dormía sobre la mesa. Y justo cuando creí que nos levantaríamos y nos iríamos, Alberto Fernández dijo: “Bueno, ahora vamos a hablar de (algo que no recuerdo) que es para lo que hemos venido”. Ahí me desperté.

Ambos gatos están inspirados en hechos reales. El del primer sueño por algo que nos sucedía en casa; el del segundo, por una pesadilla. Lo curioso es que a partir de ese sueño, del que narré primero, el o los gatos (o mapaches, quién sabe) no volvieron a entrar a casa a romper bolsas y mordisquear nuestro pan o la basura. Si bien pusimos otros tipos de trabas en las puertas, sabemos que eso no es un gran impedimento para bichos tan ágiles y astutos. El otro gato espero que no vuelva nunca jamás ni siquiera en sueños o en otra pesadilla. Hay ausencias que no se extrañan y que más bien se desean. Sin embargo, entre estos dos sueños, otro habitante de la casa, la abuela, también nos dejó. Y esa ausencia sí que se extraña.

Permalink Dejar un comentario

Pompas de jamón

diciembre 1, 2019 at 9:00 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“No te tomes en serio nada que no te haga reír” Eduardo Galeano

Siempre tuve rechazo hacia lo solemne; la pompa siempre me pareció no más que una invitación al circo. Y jamás me gustaron los circos. Miento: tal vez de chico, la novedad, algunas acrobacias, el saber que a todos, a la mayoría le gustaba, y que tal vez yo podría estar equivocado. De los circos me abrumaba su tristeza, la de los payasos, la de los animales encerrados y maltratados (en mi época infante aún usaban animales), los maquillajes, las máscaras, la pobreza errante, el destierro itinerante, los sueños rotos… Prefería quedarme jugando. Pero no pretendo hablar de los circos sino de la pompa, de la puesta en escena, de la mascarada. Presumo que no les gusta ni a reyes ni a diplomáticos, pero la eligen porque saben que hay una gran mayoría que cree que detrás de esa pantomima afectada está lo sublime, una mayoría obsesionada con el afán de alejarse de lo que está cerca para soñarse en lo que está lejos, como creo que más o menos decía Jauretche.

Tampoco pretendo dar mayores características de mi trabajo pero basta con sentar que mensualmente debemos hacer un informe de nuestras actividades que será revisado por un departamento de monitoreo nacional, habiendo sido aprobado antes por una referente provincial. En el pasado mes, esta coordinadora (de aquí en adelante G) me dijo que si bien mis informes la hacían reír, por su tono literario, sería conveniente que tomaran un matiz más, cómo decirlo, académico. A mí el término “académico” me da los mismos escalofríos que la solemnidad, es otra adusta invitación a lo ampuloso. En un principio me molestó un poco la amonestación, pero también es justo reconocer que en el último informe tal vez me había extralimitado “literariamente”. También conviene aclarar que la molestia no es en sí con G, ella hace su trabajo y es la que tendría que dar la cara en caso de que alguien de monitoreo, por esas casualidades de la vida, haya leído un informe y que además justo fuera el mío. Seguramente ese alguien se sentiría algo escandalizado ante expresiones tales como: “Noté el desagrado de algunos docentes, pero cada vez me importa menos”; o que a un director “de armas no tomar” podría “caerle la de Dios es grande”; u otras del estilo. Es posible, que dado el caso, ese alguien de monitoreo le pidiera alguna explicación a G y ella se viera obligada a responder por algo que puede considerarse un capricho mío. No sería justo.

Distinto sería si la responsabilidad cayera directamente sobre mí. En ese caso me animaría, más bien me obcecaría en seguir escribiendo como me da la gana, porque en todo caso, no lo veo como un capricho sino más bien como un juego, como una pequeña subversión a lo establecido. No es de ahora: lo hacía con las cartas de presentación para un trabajo, porque entendía que esa forma era más sincera y mucho menos pomposa que la enumeración de experiencias, formaciones, cursos e intereses personales. Y así lo hago (o lo hacía) con los informes, además basándome en que alguna vez otra persona había sugerido que no hiciéramos los informes ajustados a un modelo sino que lo barnizáramos con la impronta de cada uno de nosotros (no fue textual, pero más o menos esa era la idea). Y me dejé llevar. Sin embargo, este mes, se me solicitó “academizar” mi lenguaje, es decir, que lo “normalizara”, con todo lo que esto significa. Es raro porque no hay un formato de cómo hacer informes, o no lo vi en ninguna biblioteca ni página de internet, sin embargo acarreamos una construcción cultural que nos hace pensar en la formalidad, en lo adusto como forma de expresión académica, porque los textos con los que nos educamos están escritos así; ¡y para qué ponerse a practicar la heterodoxia si la ortodoxia todavía funciona?

En fin, de mi informe recorte todo lo que oliera a metáfora, a subjetividad, y me quedó reducido a sólo un tercio de lo que era. Aún así, y por recomendación de G, que confía en que sus correcciones me servirán para ver los criterios de redacción de los próximos informes, tuve que corregir otras cositas, como expresiones coloquiales. Y repito, mi molestia no es con G, que además puso bastante de su parte y dedicó su tiempo en casi rehacerme el informe, sino con todo el sistema que propende a la “normalización” y al “correcto hacer”. En estos momentos se me viene a la cabeza un tipo diciendo: “Mire doctor, creo que lo conveniente es que usted se refiera a ellos como personas cuyo constante crecimiento logra que no terminen de amoldarse y se inclinen a la crueldad”. Y el doctor respondiendo: “Entonces tacho lo de perversos amorfos”. En todo caso, la formalidad, el academicismo en el lenguaje surge de la idea de que la objetividad es una alternativa. Para quien suscribe eso no sólo es una fantasía, una falacia, sino también el colmo del tedio. En una de las correcciones del informe quedó como si una compañera y yo hubiésemos actuado al unísono para orientar a un director en la forma de conducirse con un asunto que llevaba entre manos. Ese pequeño texto equipara mi labor con la de mi compañera, y debo decir que falta a la verdad. Ella llevó todo a las consecuencias alcanzadas, y de no haber sido por ella (mi aporte fue mínimo en comparación), el mentado director hubiese seguido de brazos cruzados en la mecedora de su función pública. La subjetividad es la que nos deja y nos propone las entrelíneas, lo que está pero no se dice.

Entonces, ¿para qué la heterodoxia? La normalización también es un resguardo, una red tendida para que el salto no sea al vacío (o al vicio); cultura de rebaño: la oveja negra no es para pullover. Sin embargo, y por poner un ejemplo, el idioma inclusivo también surge como una subversión de lo normalizado, de lo que es la norma. Y es progre aceptar y apoyar esa irrupción en el lenguaje. Yo también lo hago, aunque no como practicante; me cuesta expresarme y traducirme al mismo tiempo. La mayoría de mis compañeros lo hace, y muches de elles, gustan de poner x en lugar de vocales. Pero parece que cuesta más aceptar una ruptura en el lenguaje académico (tal vez porque el inclusivo se da como colectivo, pero por qué no aspirar a que la ruptura que planteo no alcance también esa forma), como si en este no hubiera mucho de patriarcado y social establecido, y como si uno no tuviera que andar pidiendo permiso para expresarse como le dé la real gana.

Cuando egresé de la facultad viví un episodio parecido. En realidad, dos, porque debía presentar dos tesis. Ambos profesores que debían orientarme en cada una de ellas se mostraron reticentes en la elección del tema que había elegido y cómo quería encararlo. Luego, ambos me aprobaron con diez, y uno de ellos, la que era mujer, me felicitó por el tono y la ironía que expresé al escribir. Ambos reconocieron (aunque es probable que esto sea fruto de mi cosecha), en un ámbito académico, que la realidad pasa por cada uno, que la subjetividad es tan verosímil como la pretendida objetividad, y que al final de cuentas sean, quizá, igual de inútiles, con la diferencia que la primera es tal vez, y sólo tal vez, más comprometida y arriesgada. Acaso por esto, es que los informes académicos propongan un plural inexistente a la hora de narrar, donde quien suscribe se disfraza (nos disfrazamos) de conjunto haciendo que sus (nuestras) ideas y opiniones vertidas pasen a ser parte de una construcción colectiva, inventada a modo de modestia para legitimar las barbaridades que expresa (expresamos), y que en todo caso es la mejor forma de no hacerse (hacernos) cargo de nada.

Por eso, cada vez que una fanfarria me invita al circo, yo elijo quedarme jugando.

Permalink Dejar un comentario

El medio Evo

noviembre 16, 2019 at 10:04 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Fue un rato antes de que Evo Morales renunciara. Y eso que ya le había dejado en claro a este tiparraco (o pensé que ya se lo había dejado en claro: a veces la oscuridad es tan apabullante que no hay luz que la ilumine); en alguna otra oportunidad le había dicho que prefería debatir con su hijo que seguramente con cinco añitos entendía más de política y de lo que estaba pasando que él. Es probable que se haya ofendido; eso si llegó a escucharme, porque esta gente suele bajar las persianas auditivas a la primera de cambio, y no hay forma de que les entre nada; se cierran sobre sí mismos, se bloquean. El tipejo me vio y mandó su comentario. Igual, hay que decirlo, intenta ser simpático y caer en gracia porque tiene un comercio y yo suelo ser cliente. Pero en un intento frustrado de congraciarse o exitoso de tocarme las pelotas lanza un “¿Viste lo que está pasando en Bolivia?”. Yo en ese momento deseo no haberlo visto… no lo que pasaba en el hermano país, sino el deseo de no haberlo visto a él, precisamente; sé que no me espera nada bueno, más bien impotencia, una úlcera y desolación. Y continúa: “Ves, así tendríamos que hacer nosotros” (“nosotros” ¿quiénes? La pertenencia a un grupo en común con este energúmeno me hiela el alma). ¿Qué, le retruco, quemar casas, perseguir y vejar personas, pasarnos por el forro del orto a las mayorías, devastar un país? Como ya presume, porque pateó la piedra, que nomás le queda caer, empieza a cerrar sus persianas: “Y… es la forma de acabar de una buena vez con la corrupción”, trastabilla. Le pregunto si es la única palabra que conoce al hablar de política, y si su carencia de vocabulario le permite legitimar la violencia y la barbarie. El balbucea que no, que no sé, que sarasa, y yo me alejo preguntándole por su hijo.

Más tarde sucedería los del golpe de Estado en Bolivia, aunque para algunos no se trate precisamente de un golpe sino que no, que no sé, que sarasa… o saraza… o zaraza. Y pasa lo de siempre: cualquier pelandrún legítima la violencia si la provocan o la ejecutan los ricos, las clases adineradas; si la efectúan los pobres se habla de sedición, vandalismo, bandolerismo, de turbas antidemocráticas; no hay nada más democrático que el levantamiento de las clases pudientes, aunque sean minoría y se apropien de recursos que no les pertenecen y los pongan en contra de sus iguales. Las fuerzas de seguridad tendrían que saber y aceptar de una buena vez por todas que están para servir al pueblo, no a los intereses de la oligarquía y de las potencias extranjeras.

El fantasma del fraude viene recorriendo Bolivia desde hace mucho, desde que la derecha, el conservadurismo, el entreguismo no consigue ganar en las urnas. Esta gente, los que tienen la sartén por el mango, está acostumbrada a conseguir todo lo que se propone, por eso es incapaz de aceptar una derrota; no sabe perder. Por eso denuncia fraude, porque no tolera haber sido vencida. Ante la derrota, sacan a relucir el fraude, pero también el voto calificado, es decir, cuando se los elige a ellos. Es extraño, pero siempre me pregunté qué ministerio, qué consejo daría la calificación para el voto, y en que se basarían. ¿Qué pasaría si un día esos calificados hacen perder a la derecha? Pero la derecha tiene bien claro quiénes son sus votantes: son aquellos a quienes les jode horrores votar igual que los obreros, que los trabajadores, porque ese pequeño gesto, esa delicada elección los coloca en el grupo de pertenencia de los otros, de los negros, de los pobres, de los extranjeros, de las trabajadoras del hogar, a quienes ellos, en el mejor de los casos, siguen considerando empleadas domésticas, pero que en lo profundo son las sirvientas, las criadas, las esclavas que “se crían entre personas” como dice alguna definición. Y en su loco afán de diferenciarse no les importa votar y elegir a quien los empobrece y discrimina. Son aquellos que desprecian los gobiernos populares, que aborrecen los modelos que incluyen porque les enrostra su mediocridad, porque el negro, la pobre, el indio le salpican en la cara que, partiendo de una misma largada, pueden obtener los mismos beneficios. Y que esas negras, esos pobres, esas indias puedan obtener esos beneficios, esos derechos los pone a su altura y ellos pierden lo único que los diferencia: la creencia de un status superior y algún que otro bien material. Sin embargo, lo que los diferencia es su racismo, su clasismo y ese odio que los lleva a elegir ese yunque al final de la cadena al final de la pierna, donde ajusta el grillete.

Así se eligió en Chile, en Brasil, y también en Argentina (pero aquí por suerte ya se van), entronando una derecha clasista y neoliberal. Así actuó una minoría que no pudo ganar en Bolivia, esa minoría “blanca” que recurrió a las fuerzas de seguridad que a su vez actuaban como si fueran rubios, de ojos celestes y los elegidos del Señor nuestro Dios. Esa Bolivia “blanca” que a Dios rogando y con el mazo dando trataba de dictador a Morales mientras incendiaban casas, perseguían y secuestraban mandatarios y militantes, reprimían a ciudadanos, censuraban al periodismo, sacaban los tanques a la calle, mataban ciudadanos, mientras hacían todo lo posible por proscribir al MAS y sus representantes, se autoproclamaban presidentes y ministros (igual que Guaidó en Venezuela, sin ningún voto, sin ninguna aceptación popular, ni siquiera con el reconocimiento de otros países, sólo con una biblia en mano, como si el poder les fuera otorgado por orden divina, como en esos viejos tiempos de reyes absolutistas o de sirvientes del imperio -¿Realmente hace falta volver tan atrás?-). Esa Bolivia “blanca” que habla de libertad pero que no sabe para quién trabaja, para quién o qué sirve. Total, qué les importa si esa derecha rancia y enquistada después remata o regala el litio como si fuera suyo (porque también hay que aclararlo: esta gente cree que el Estado es de su propiedad, yaya a saber siguiendo qué lógica, y cuando está en el poder rifa hasta a su madre en silla de ruedas con tal de llevar agua para su molino); no les importa.

No resulta extraño que esto se esté dando en América, nuevamente. ¿De dónde, si no, van a sacar sus recursos los más blancos y de ojos más claros del mundo. Los imperios, los colonos suelen andar por la vida creyendo que el mundo les pertenece, y algunos pusieron su bandera en la luna para que no haya malos entendidos sobre los derechos de propiedad de un satélite natural. Pero para clavar banderitas en tierras ajenas se necesita un Estado ausente o que mire para otro lado o que mire hacia el norte con total abnegación y sumisión. Por eso necesitan todo privatizado, porque es más fácil arreglar con los privados que satisfacer al público, eso es privatizar, es privarnos de lo público. Lo hicieron en Chile, en Ecuador, en Brasil, en Argentina (pero por suerte estos ya se van), y lo quieren hacer en Bolivia, y por eso pasa todo lo que pasa. Y viene la OEA y mete su cola, tira la piedra y esconde la mano. Habla de “irregularidades” en la última elección. No dice nada, y gente que sabe y analiza de verdad refuta el informe de este organismo. Aun así, Morales llama a nuevas elecciones, pero el fantasma sobrevuela como una sábana, una sábana “blanca” que se sabe derrotada, que sabe que esta vez, aún con todo ese odio que arrastra como cadenas herrumbradas, no le alcanza para ser elegidos por el pueblo y, ciego de razón, recurre a la fuerza. Y luego la OEA desaparece por completo, como desapareció (o nunca apareció) en Chile, en Ecuador. Como la ONU en Palestina, Siria, Africa, etcétera. Y así vienen de hace rato, derrocando gobiernos con golpes blandos, con la servidumbre de la oligarquía loca, la mansedumbre y podredumbre de la justicia y el servilismo mediático; así en Paraguay, así en Honduras, así en Brasil, así en Nicaragua. Pero latinoamérica no tiene porqué ser el patio de nadie, sino que debe erigirse en la casa, en el hogar de todos los latinoamericanos.

A mí me resulta sospechoso que este gobierno que ya se va (espero con ganas) de Argentina haya reconocido el resultado de las elecciones. Y me resulta sospechoso porque la derecha no sabe perder y mucho menos reconocer. Presumo que no se va a animar a tanto como la boliviana; al menos, el presidente que ya se va, si bien blanco y de ojos celestes, ni siquiera sabe persignarse. América tiene que recobrarse y debe volver a poner los huevos en la canasta de la política, porque la canasta del mercado nos los rompe.

Este tipejo que mencionaba al principio logró poner su comercio gracias a un gobierno inclusivo (no este que ya se va: el que se fue antes y ahora vuelve), compró dos autos y una moto. Pero inmediatamente subió la derecha al poder y destruyó el mercado interno. Este tipo tuvo que volver a salir a laburar, porque el negocio no le da lo que necesita. Todo esto se lo hice ver alguna o varias veces, pero él salió con lo de la corrupción, los subsidios… Le digo que el hígado es el peor órgano para elegir a nuestros representantes, y el contesta que no, que no sé, que sarasa-za-za.

Permalink Dejar un comentario

A favor de estar en contra

noviembre 3, 2019 at 11:17 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Pasaron las elecciones, y recién después de ellas siento algo de ese alivio que el innombrable se cansó de repetir en cada uno de sus discursos durante su gira de campaña. Repetía cuatro cosas en cada lugar que visitaba, y entre ellas estaba el alivio que vendría. No sé equivocó y fue tal vez en lo único que no mintió durante estos últimos años: el alivio ya se empezó a notar pero va a mejorar cuando el 10 de diciembre este desposeído político emprenda su retirada junto a sus forajidos. No estaba tranquilo, porque con los conservadores, los que responden y son las furcias del poder nunca se sabe. Agitan fantasma, hacen trampa. También me preocupaba por el elector medio pelo nacional, ese que se engaña a sí mismo queriendo cagar más alto que el culo, y que necesita de la pobreza del resto para reafirmar su condición social en base a la comparación, el (o la, por supuesto, el odio y el resentimiento son asexuados) que detesta los subsidios a los pobres y está dispuesto a pagar el triple por los servicios porque se comió el verso de que el Estado no debe intervenir en ellos porque imposibilita la fuga de capitales de los CEOS y dueños de estas empresas; ese elector/a que vota con el hígado, con la bilis y con la hepatitis inoculada por los medios de comunicación y sus voceros infectados.

Una señora conocida me preguntó con retintín: “¿Estarás contento, no?”, en referencia al triunfo de Alberto Fernández. Le contesté que en realidad me contentaba con que se fuera Macri, y que era más que probable que cualquiera de los otros candidatos eran capaces de hacer un mejor gobierno que este que pasó. Tal vez exageré con Centurión, pero la verdad es que hay que tener mucho ingenio aplicado a las fuerzas del mal para igualar y superar el daño que este gobierno (que ya se va) hizo. La señora resopló y dijo que esperaba que no vinieran por venganza. Le comenté que la venganza y persecución de este gobierno (que ya se va; no me canso de repetirlo) también es insuperable. Cité un par de datos a sabiendas del temor y recelo que esta gente le tiene a la información con fuentes, y la señora no supo más que responder de su finito archivo de frases para el momento: “Y… algo habrán hecho”. Le dije que ese tipo de pensamiento y de frase eran los que posibilitaban la revancha, la injusticia y las muertes y desapariciones de muchos inocentes. Por suerte (y como este gobierno), la señora también se fue.

Es notable cómo las frases hechas también son selectivas y sólo se aplican según el sector al que se dirigen, porque este “algo habrán hecho” jamás se aplica a los ricos, a los ladrones de guantes blancos. No, eso es sólo la revancha de los cabecitas negras, que esos sí que son delincuentes. Para unos es corrupción, para otros es conflicto de intereses; para unos es sedición y golpismo, para otros, libertad de expresión; si ganan unos es democracia, si ganan los otros es fraude. Las frases hechas son selectivas y limitadas. Cada vez que escucho a alguno de estos especímenes repetir casi sin pensar una de estas frases impuestas, recuerdo esos juguetes de la infancia con cuatro o cinco grabaciones diferentes, como el personaje de Toy Story, el cowboy de trapo, con una cuerda a tracción que al jalarla reproduce: “Hay una serpiente en mi bota”, “Han envenenado el abrevadero”, “Se robaron un PBI”, “No vuelven más”, “A Nisman lo asesinó un comando venezolano-iraní entrenado en Cuba”, “La Cámpora es el brazo armado del kirchnerismo”, “La causa cuadernos”, “Va a gobernar la yegua”, etcétera, pero no un largo etcétera: unas cuantas frases más y se quedan sin cuerda.

También me preocupaba, además del medio pelo, la izquierda que manda a los suyos a votar en blanco porque todos los demás son lo mismo, excepto ellos que son únicos y exclusivos, y lo son tanto que sólo incluyen un puñado de prosélitos. A decir verdad, esta izquierda no me preocupaba tanto. Más me inquietaban otros. Tengo un amigo, un viejo conocido, a decir verdad, con el que solemos reírnos de cuando en cuando, que se jacta de descreer en la política y en todos sus políticos. Para él, como para la izquierda, son todos una manga de rufianes que sólo llevan agua para sus molinos, y son todos iguales, liberales, progresistas, comunistas, socialdemócratas, y termina cayendo en la frase hecha de que al final es uno que si no trabaja se muere, o algo así. En cierta manera tiene un discurso pseudo meritocrático, y aunque él no se dé cuenta, o no lo quiera asumir, es más antiperonista que cualquier otra cosa. De estos votantes hay muchos, y estoy seguro que casi ninguno de ellos sabe explicar el porqué de su visceral animadversión. Incluso los “intelectuales” se las ven en figuritas para tratar de hacer pasar esa regurgitación de odio por un pensamiento, una reflexión. Periodistas que diariamente intentan convencer de que la objetividad nace de ese rencor que asciende como un reflujo gastroesofágico.

En realidad, estos últimos tienen mucho que ver con los medio pelo del primer párrafo. Hasta los votantes de Gómez centurión tienen un propósito más definido: lo vota porque tiene una posición con respecto al aborto. Al fin y al cabo fue casi su única propuesta política, pero bueno, supo captar a un electorado que pone esa discusión por encima del hambre, de la educación, de la salud, un electorado al que no le preocupa que la pobreza y la desnutrición aumenten sino que nadie decida por un embrión. Sin embargo, el antiperonista no tiene otro propósito que ese, proscribir, anular, eliminar al peronismo y al peronista. Como decía Jauretche: Ignoran que la multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor”. Para el antiperonista, una alegría colectiva es un acto de promiscuidad aberrante. Claro que los hay que pierden privilegios, pero son algunos cuantos; los otros antiperonistas más bien no pueden ceder un privilegio que no tienen pero si pueden abogar porque otros no consigan sus derechos. Y ahí nomás se le estira la cuerda: “Yo esto me lo gané, porque me rompí el culo laburando”; o “¿Por qué tengo que trabajar para mantener vagos?”; o “Los planes son para vagos y borrachos”, y otro etcétera; la mediocricracia.

Fueron las elecciones nacionales y estoy contento, porque sí creo en la política, al menos como un obstáculo, una barrera de las corporaciones, la prepotencia del mercado y el hambre insaciable de la globalización. Todavía quedan las provinciales, pero ahí tengo pocas esperanzas y casi ninguna expectativa. Un jovenzuelo advenedizo que no tardó en aprender lo peor de la política arrasó en las paso; está la izquierda exclusiva; un tipo que se promociona desde una avioneta que nos tiene con los huevos por el suelo con su orwelliana cantilena “Vote sencillo, vote amarillo: Olmedo Gobernador. Olmedo Gobernador”; un candidato con menos cuerda que el cowboy de Toy Story. Y un candidato referente del frente ganador a nivel nacional rodeado de rumores que lo perjudican, sin un mango para la campaña y como a 20 puntos del oportunista que tal vez gane y que supo apoyar y ser apoyado por el gobierno (no me aburre repetirlo) que se va. Pero, bueno, pasito a pasito.

Permalink Dejar un comentario

El visitante

octubre 6, 2019 at 9:01 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Desde hace una o dos semanas sabemos que contamos con una presencia nueva en casa. Esto no tendría que extrañarnos, porque donde habitamos suele estar siempre transitada por gente que no duerme (¡gracias al cielo misericordioso!) ahí. Pero es cierto que circula mucha gente por nuestra casa. En ella sólo vivimos cuatro personas: la abuela, mis nenas, la grande y la chiquita, y quien suscribe. Habría que sumar también al nuevo visitante, pero al parecer no mora en el mismo habitáculo sino que, como el resto de personas (enfermeras, cuidadoras –de ancianos y de coches-, algunos parientes, una madre y su amiga), merodean y rondan como Pedro por nuestra casa.

El primer indicio de nuestro no convidado fue que las bolsas donde guardábamos el pan o los grisines o los bollos, sobre la mesa del comedor, aparecían rotas en una parte donde no estaba el nudo. Yo esto lo había observado, pero lo adjudiqué a la escasa o nula paciencia de alguna de las alimañas en tránsito. Por ahí, a horas muy tempranas y recién despiertos nos es fatigoso desatar el nudo que cierra la bolsa. Sospeché en primera instancia de mi propia madre. No por nada en especial, pero a esa hora parece hacer las cosas aún dormida (es raro porque a esa hora ya condujo su coche por diez kilómetros y lo tuvo que estacionar y todo, en un lugar céntrico). Pensé que los nervios de tener que encontrar un lugar para aparcar durante un rato, la cargaban de una tensión incapaz de desanudar. De hecho, en más de una oportunidad, fui testigo de cómo abría un paquete de yerba: volando medio paquete de esta por los aires y la mesada y dejando la abertura como si la hubiera realizado un cocodrilo con sus fauces. No le di mucha importancia, porque además, el investigar me obligaba a un mayor contacto.

Sin embargo, mi nena, la más grande, sopesó la posibilidad de un animal, modesto en un principio, nimio. Adujo que la bolsa estaba rota, como rasguñada, y que siempre encontraba miguitas alrededor. Sospechó que se trataba de un roedor, de una rata más precisamente. La imputación fue desechada a la brevedad, puesto que estos animales suelen dejar sus heces por la zona, ignorando el refrán que amonesta que eso no se hace donde se come. También se desechó mi hipótesis de que podría tratarse de un comando organizado de hormigas negras. No entiendo por qué: la forma en que aparecía rota la bolsa… bien podría haberse tratado de un centenar de pinzas o mandíbulas actuando al unísono, con la ayuda de seis o siete arañas mercenarias descolgándose desde las alturas hasta pellizcar el producto alcanzado.

Mi nena, la más pequeña, desestimó que pudiera ser un mapache: “Papá, no hay mapaches en esta zona”, me dijo sin ocultar su fastidio. Le dije que quién sabe, que estamos en temporada alta para el turismo, que podría ser un mapache mochilero o que también podría no ser precisamente un mapache, pero si alguien de su familia como un coatí o un mayuato. Entendí que no tenía que ir por esa línea cuando dejaron de prestarme atención.

Se decidió, en todo caso, que sería un gato. No entiendo tampoco, porque la hipótesis de un felino tiene tantas pruebas como las que yo esbocé. La idea de que sea un gato no me gusta para nada; ya hubo uno que nos estuvo robando la comida durante casi cuatro años como para que venga un advenedizo menor. Es cierto que es la postura más posible. Es más, una noche subí las escaleras (mis nenas y yo vivimos en la parte de arriba) y al prender la luz del baño vi que de la habitación de mi hija salía un felino. Este rumbeó para las escaleras, pero yo sabía que abajo quedaría atrapado, así que le abrí la puerta de la terraza y entré al baño como para que no se sintiera impedido a escaparse. Si es el mismo gato, conoce las dos entradas: la de la terraza y la del patio trasero de la planta baja. Eso le da una ventaja y a mí me pone muy incómodo. Eso y que son animales de filosas uñas que se mueven en silencio y a oscuras. El mapache, en cambio, además de ser más exótico, creo que es más torpe y hace ruido, uno puede percibir cuando está dentro de la casa. No así el gato, capaz de pisar sobre la misma almohada en la que duerme tu cabeza. Esa peligrosa delicadeza también se agradece algunos momentos: empezamos a meter las bolsas de plástico con pan dentro de una bolsa de tela o algún otro material que no descifro. Pasó que un día nos olvidamos de sacar la basura, y la verdad es que mi nena, la más grande, se encontró con los restos esparcidos prolijamente, como si el gato hubiera sido un joyero. No quiero imaginarme si hubiese sido un mapache. Hannibal Lecter también era refinado al comer, y no por eso sería bienvenido en nuestra casa.

El rigor científico me impide dar por consumado algo que puede ser pero también puede no ser. Como ya mencioné antes, es posible que sea un gato, pero todavía no está probado. Y de la misma manera puede tratarse de un espíritu, un alma en pena, un duende, el Kurupí o algún otro personaje de la mitología nacional. Tampoco hay pruebas de que no puedan serlo. El ejemplo tal vez sea un poco excesivo, pero sirve para explicar mi punto. Tampoco descarto ninguna de estas posibilidades. Además del comando hormiga, surgió la posibilidad de que no fuera un ser terrestre. No me refiero a un alienígena o a un fantasma (aunque no elimino estas figuraciones), sino a un bicho aéreo: un ave o más de una. Mi nena más grande, o sea, mi pareja refutó que los pájaros duermen de noche, pero bien podría tratarse de un mochuelo o una lechuza. Además, si bien la mayoría de las aves duerme de noche, también es cierto que rompen las bolas desde muy temprano, por lo que el saqueo podría producirse a tempranas horas de la mañana, cuando todos disfrutamos aún del sueño. La paradoja es que de haber un gato, ningún ave entraría, pero como todavía no sabemos si hay tal gato, las aves pululan a sus anchas.

No existen pruebas que echen por tierra ninguna de las hipótesis esbozadas anteriormente, sin embargo, en el imaginario colectivo el intruso sigue siendo un gato. Mi nena, la más pequeña, y llevada por algún sentimiento de compasión, insiste en adoptarlo. La idea es por demás descabellada, primero, porque se trata de un gato, segundo porque sería lo mismo si se tratase de un perro, de una zarigüeya o un tucán. Una mascota ya de por sí es una intromisión, una alteración en el orden natural de las cosas y su normal acontecer. Además ya mencioné en algún texto anterior las adversidades que tuve que enfrentar por tenencia de mascotas. Por lo pronto hemos extremado algunas medidas como para que el visitante no entre o al menos no nos coma los grisines. Yo estoy durmiendo con un ojo medio abierto, porque no desecho y temo alguna represalia del intruso, sea lo que fuere, y tuviera pico, uñas afiladas, ansiosas fauces, enérgicas tenazas o potentes mandíbulas. Ni hablar si hay veneno. Por ahora sigo levantándome por las mañanas, y sigo encontrándome con otro tipo de intrusos, intrusos que parecen inofensivos, sólo porque no se mueven en la clandestinidad.

Permalink Dejar un comentario

Qué será lo que tiene el negro

septiembre 14, 2019 at 8:36 pm (Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira), Uno que siempre es Otro)

Decir que Alejo Berger Colque fue uno de los negros que más respeto y admiración me provocó no encierra ninguna falacia más que la temporal: sigue siendo uno de los negros que más admiro, pues aún vive, y aún sigue siendo negro: un negro literario. Sé que la calificación puede causar algunas molestias y que puede haber personas que prefieran el término de escritor fantasma, pero él mismo Colque gusta de llamarse así. “Ey, ¿quién es tu negro preferido?”, suele proferirme afectuosa y jocosamente cada vez que nos encontramos. Dotes literarias para “triunfar”, si se quiere la palabra, por cuenta propia no le faltaban, pero él decidió esta forma que lo amparaba en el total anonimato. En un momento se lo cuestioné, lo acusé, poco más, poco menos, de ser un arrogante inseguro incapaz de soportar la frustración. Él casi ni se mosqueó, se sonrió con algo que se parecía a la ternura o a la sorna y me dijo: “Ey, ¿que acaso ya no soy tu negro preferido?”.

Confieso que en esos tiempos, este tipo de discusiones, de enfrentamientos llegaban a exasperarme, pensaba que era dueño de desperdiciar su talento de la manera que le diera la gana, pero al mismo tiempo veía agrandarse la gloria y la vanidad, la repugnante petulancia de los que firmaban las obras y se paseaban por los salones de la literatura y de la fama sin un atisbo de vergüenza siquiera, y yo que sabía, no entendía cómo no se les caía la cara como tampoco así ninguna idea. En realidad, me enojaba porque Alejo era y es mi amigo, un ser muy querido, y los otros sólo una horda de zánganos, pero el se reía y decía que me tomaba muy en serio algo que no valía la pena, y a veces me parecía que no se refería al reconocimiento o no social, sino directamente a la literatura. “Hay que saber manejar la vanidad”, me decía también.

Se podría decir que su carrera comenzó mientras hacía algunos trabajitos de corrección para unas pocas e ignotas editoriales, cuando fue convocado por un venezolano afincado en el modernista L’Eixample de Barcelona. El tipo no sabía que hacer con toda la guita que había juntado y que aún le sobraba de un gasto fijo y oneroso de cocaína, y al parecer se había dado cuenta que igual no le alcanzaba para lo que él quería. El tipo no había sido trigo limpio, y pretendía una especie de autobiografía que lo redimiera. Berger Colque, entusiasta de este nuevo desafío le inventó una niñez cálida al cuidado de su nana, tras la temprana muerte de su madre, divertidas y osadas anécdotas adolescentes, una juventud emprendedora y sacrificada, le escondió todos los espurios manejos en negocios y algunas otras conductas deplorables y lo fue llevando hacia una madurez templada, reflexiva y de tintes altruistas. El venezolano festejó con euforia y algarabía este vuelco notable que había dado su vida, pero quiso objetar lo de la temprana muerte de su madre, que por cierto aún vivía. Berger Colque argumentó que el temprano deceso era lo único que podía justificar la presencia y también transformación en una niñera amorosa y preocupada, la que para él sólo fuera una “cachifa hedionda, una niche sudorosa”. El venezolano no sólo aceptó el argumento sino que aplaudió y dio muestras de efusivo cariño. El trabajo final estaba bien logrado: Berger Colque había ahondado en las palabras y expresiones propias del país caribeño, que utilizó con comodidad y frecuentemente durante los primeros capítulos y que poco a poco, con el paso del tiempo de nuestro personaje se fue convirtiendo en un lenguaje más neutral, serio, sin pretensiones de vocabulario y de ritmo, tal como lo aprueba y le gusta a la Real Academia Española.

El libro no sólo le traería a Alejo cierto respiro económico sino que además, y de forma casi inmediata, le traería más trabajo. Resulta que el venezolano, moviendo sus influencias, había colocado a un sobrino suyo en un importante periódico local. El chico se había recibido en una facultad privada de Girona, pero al parecer “privada” de cualquier enseñanza; ya le costaba armar una oración compleja en su lengua materna, como para, encima, tener que construirla y escribirla en catalán, idioma en el que se imprimía dicho periódico. Fue así que Colque incursionó en las crónicas deportivas y en la escritura catalana. Y en un breve lapso de tiempo pasó de cubrir crónicas de ciclismo y judo a relatar de fútbol. Incluso hizo varias notas sobre el FC Barcelona. Podría haber seguido, porque la cúpula del periódico se mostraba más que conforme con su prosa (conla prosa supuesta al chico), pero estaba el problema de que sólo podía informar sobre los partidos que el Club jugaba de local, ya que era muy difícil justificar los viáticos de un chico que era un inútil y de su fantasma acompañante. El chico no estaba dispuesto a un gasto que saldría de su bolsillo y menos teniendo en cuenta que ya un casi cuarenta por ciento de su sueldo se le iba en un negro. Tal vez en el único acto de lucidez que tuvo el chico durante su carrera, pidió a los directivos escribir para la sección cultural. Esto no desagradaba para nada a Alejo, pero ya le había tomando cariño al ritual futbolístico.

La oferta cultural de Barcelona siempre fue copiosa, y a Berger Colque no le costó acostumbrarse a los conciertos, las obras de teatro, alguna que otra ópera, inauguraciones de galerías, pero siempre deambulando como un fantasma, cruzándose incluso con el chico que abrazaba el reconocimiento público y la frivolidad social con ahínco, y que solía bajar la mirada cuando lo enfrentaba, pero no por vergüenza sino para terminar su recorrido de desprecio y para que quedara en claro en su entorno su superioridad moral. Pero no duró mucho. A pocos meses el chico se envalentonó con la idea de escribir él mismo las notas, y prescindir del negro. Esto tampoco molestó a Berger Colque. “Es el fin de un ciclo que ya veía venir”, dijo. Yo sí me molesté y le mostré que él podía estar ocupando el lugar del chico, y que aún mostrando desagrado por ese entorno, al menos estaría cobrando un sueldo entero y no andar con esa urticaria de bolsillo. Él sólo sonrió y repitió: “El éxito y la vanidad no son para cualquiera”. Además dijo que el problema no era pecuniario porque le habían estado saliendo otros trabajos paralelos. “Se ve que en el ambiente se corrió la bolilla. No sólo de mi capacidad sino también de mi discreción”, y continuó: “Vos eras el único que sabía, Leirita, pero sé que vos no dijiste nada. Sin embargo, nos movemos por rumores. Incluso en el periódico saben que el chico no escribe. Una vez, en un entreacto de una obra… no recuerdo ahora cuál era, se me acercó el Jefe de Redacción del periódico y me hizo saber que sabía quién era yo. Y que si quería escribir para su periódico, esta vez de cara lavada al publico, que no dudara en llamarlo. Le dije que seguramente se equivocaba de persona, pero le agradecí con un gesto tenue y me fui; no vi el segundo acto: tuve que inventar más de la mitad de la nota”. Me contó también que trabajaría para dos autores de mediana reputación, pero que seguramente la desarrollarían, y me guiñó un ojo.

La versatilidad de Alejo lo acercó a ensayos, libros de cuentos, poesía, novelas, tesis doctorales, discursos políticos y canciones de distintos géneros musicales y llegó a trascender no sólo fronteras geográficas sino también idiomáticas: compuso las letras de un grupo post-punk ruso, un álbum completo. Pero yo seguía sin entender su postura. “El barro, o lo que se construye en base a él tarde o temprano se desmorona”. sonreía. En ese momento comencé a entender o creí empezar a hacerlo. Recordé al sobrino del venezolano que paulatinamente fue volviendo a la sección de deportes del periódico y terminó cubriendo certámenes de ping-pong y poco a poco sus notas dejaron de publicarse. Su tío lo acomodó en una de sus empresas. A todos se les hacía cuesta arriba mantener la farsa cuando Alejo dejaba de “colaborar” con ellos. Era muy difícil superar en un disco siguiente la poesía con la que Berger Colque matizaba las canciones, pero mucho más difícil era enfrentar el espejo con las críticas del lunes que afirmaban que a tal o cual compositor o cantautor le habían arrebatado la inspiración o su talento por arte de magia; lo complejo, frente al reflejo era que cada uno confrontase a ese que ya no era con el que nunca había sido. Algunos suelen adjudicar a este enfrentamiento personal el suicidio del vocalista de una reconocida banda londinense. Si no doy nombres es por la discreción que siempre me rogó Alejo, pero más de uno sabe de quiénes hablo. Al igual que esos dos “autores”, esos escritores de mejorada reputación, que llegaron a culparse mutuamente de plagio, llevando la causa a la justicia, por argumentos y frases que jamás, ninguno de ellos, había escrito. Este absurdo fue interpretado con ironía por el ambiente literario. Sin embargo, los autores no mencionados no fueron apartados ni castigados socialmente por la sencilla razón que en ese ambiente había más de uno, por no decir muchos, que se paseaban con el culito sucio. Aclaro que la banda post-punk rusa nunca se adjudicó la autoría de las letras sino que en su disco figuraban como anónimas; el punk suele o supo ser una expresión honesta. “Al final, el fantasma que ellos encadenaban no deja nunca de perseguirlos; ellos terminan siendo esclavos de la sombra”, me esclareció Alejo alguna vez.

Hay agrupaciones en varios países que, un poco al tanto de todo, persiguen a Berger Colque aunque no sepan su nombre, que siguen incansablemente a esa sombra, a ese fantasma. Y compran discos o libros porque escuchan o leen en ellos la pluma volátil el paso sigiloso, silencioso de Alejo.

Alejo Berger Colque sigue trabajando. A veces pide un nombre prestado y no le cobra porque desea volver a escribir del Barça o le resuena una letra para cierta melodía. En este mismo blog existen innumerables renglones que ha escrito Alejo. Incluso puede que yo no haya escrito este texto.

Permalink Dejar un comentario

Next page »