De escuelas y secuelas

febrero 9, 2021 at 9:14 pm (Sin categoría)

“Sólo un tonto mete los dos pies en el agua para ver su profundidad” Proverbio Africano

No voy ser yo quien ponga en duda la sabiduría de la naturaleza, pero también es cierto que tengo algunas objeciones; seguramente de la falta de conocimiento o de respuestas. Porque, claro, cada especie tiene sus particularidades, y la nuestra, que goza de la razón, puede explicarse una trompa, un pico alargado, una lengua larga, un caparazón, los pulgares oponibles. Pero hay cosas que son meramente ornamentales. El cuerno del rinoceronte, por ejemplo (¿o debemos decir “cornamentales”?). Hasta donde sé, no lo utiliza ni para atacar ni para defenderse. Presumo que les debe servir como una especie de mira que los centra en el recorrido. Tal vez su cortedad de vista, su miopía se deba a que siempre estuvo enfocando cerca. A lo que voy es que seguramente tiene alguna función que el poquitito de masa encefálica que no me sobra no alcanza a comprender. Como con el apéndice o las muelas de juicio…

O los meñiques de los pies, a menos que sea para fundamentar la acción futbolística de pegarle a tres dedos, acción que igual podría ser llevada a cabo sin este pequeñín. Basta dar una ojeada a cualquier pie humano para darse cuanta del sobrante: excepto en los recién nacidos, el espectáculo es de muy mal gusto, a menudo están, por debajo del anular, como asfixiados por el peso, o sobresalen para arriba como si dependieran de la luz solar para su subsistencia; rara vez tienen uña, sino más bien un simulacro, una especie de señal que indica que allí alguna vez hubo una uña, como una sombra de uña. Y sí, cualquiera pensaría que eso es producto de su exposición casi temeraria a patas de mesas, sillas, camas o cualquier otro mueble cuyo sustento sea una amenaza para el meñique. Pero aún así eso sería un indicativo de que está de más. No le pasa a otros animales: si nos fijamos conservan sus meñiques en estado natural, sin bruscas alteraciones. Ni siquiera el basilisco, ese lagarto que cruza las aguas a grandes velocidades a riesgo de patear un imprevisto nenúfar o una rama sobresaliente. La explicación es sencilla: la naturaleza no pensó en calzados; el diseño original es para andar descalzos. Aunque también podría ser porque no tienen muebles o no se levantan apurados a atender el teléfono.

En todo caso, el meñique de los pies llegó a ser inservible y desagradable porque el ser humano no estuvo a la altura en el diseño de calzados. Pero veamos algunos aspectos donde no intercede ningún producto manufacturado: los pelos. Al parecer hasta las cejas están al pedo. Pero no me refiero a los exteriores precisamente sino a la pelambre indoor. Ejemplo: a medida que envejecemos, crece el pelo en las orejas pero es más fácil que te entre agua en los oídos. Parecido pasa en la nariz, mientras más espesa es la barrera somos menos inmunes a cualquier virus o bacteria (puede que la explicación sea esa: y que en ambos casos fuera peor sin el regular crecimiento de la maleza). Lo más probable es que el ser humano en general haya sido el experimento fallido de la naturaleza, el hecho que se le fue de las manos, el ángel caído. Por eso, calculo, cada tanto suelta algún flagelo en su afán de reconstituir el orden.

Supongamos, ahora, que haya algo de razón en las boludeces que vengo hablando, incluidas las del último párrafo. En un primer vistazo estaríamos hablando de una sabiduría desprovista de moral, de una naturaleza que equivoca el blanco, donde los que quedan vivos precisamente son los que más capacidad de daño ejercen sobre ella. Pero si echamos otro vistazo, nos damos cuenta que, en su inmensa sabiduría, deja ilesa a esta gente porque es la gente que cada tanto crea guerras, mantiene el hambre, genera pobreza y deja que las enfermedades arrasen hasta que sean redituables; los que inventan las vacunas y las esconden, los que deforestan y contaminan; deja a todos aquellos que le van facilitando el trabajo.

Y ahí anda el nuevo virus, dando vueltas por el mundo hace un año, mientras algunos laboratorios se frotan las manos y exigen recursos naturales a cambio, o cobrando el doble o el triple a los países más desafortunados económicamente. Y tan tranquilos, porque su incalculable ejército de esbirros sigue minando la verdad y la sociedad por todo el mundo. Y por supuesto, la mejor herramienta para oponerse a la sabiduría de la naturaleza: la necedad humana.

Pero no tengo ganas de hablar de eso. Lo cierto es que desde hace un año, y al no saber nada de nada, los planteos son a corto plazo, y todavía no se alcanza a ver ni el inicio de las secuelas que puede dejar este virus. En lo personal, creo que la pasé, pero no quedé cero kilometro. Y digo creo porque no me hice los estudios. Mi nena, la más grande, se hizo un testeo y le salieron positivos los anticuerpos, por lo que se deduce que ella la pasó, como así también mi nena, la más chiquita, y quien suscribe. Y la enfermedad nos pasó medianamente desapercibida, pero creo tener secuelas. No hablo de cierta fatiga, que supo acompañarme desde que tengo recuerdos, ni de un resentimiento físico factible después de meses cuya actividad principal fue la cocina y Netflix, pero es verdad que conservo cierta dificultad respiratoria. Al parecer, nada grave. Es más, al principio recordé que solía pasarme en agosto. En esa época visitábamos Salta, cuando aún vivíamos en Barcelona y de cuando en cuando, sobre todo en lugares cerrados, me faltaba el aire i debía recurrir al bostezo para oxigenarme. Lo atribuía a un episodio pasado, cuando en un partido de fútbol el Gordo Bianchi me cruzó a la altura del matambrito provocándome algo en una costilla. Desde allí, cada tanto me pasaba eso, pero era siempre en agosto, que fue también el mes del episodio. Se ve que era una costilla con memoria. Sin embargo, esto persiste. No me genera grandes dificultades, pero sí más bostezos. Es como si el virus hubiese entrado y me hubiese movido algunas cosas de lugar, poquito: una foto por aquí, un cuadro por allá, un florero más acá, separo los tenedores de la cuchara… detalles casi imperceptibles. Pero sé de personas a las que les fue peor y que tienen secuelas más graves.

Esto analizado en modo particular. Pero a nivel general va a ser casi imposible volver a como estábamos antes, porque también descolocaron los retratos, también cambiaron el sofá de lugar, y nos plumerearon la estantería, y nos barrieron el polvo y nos cambiaron la manera de respirar y de saludar.

Y tal vez sólo sea la manera de restablecer un orden, de barajar y volver a dar. Mientras tanto estamos debatiendo si las clases presenciales sí, si presenciales, no. Y claro, sin medidas, sin infraestructura, sin recursos, sin vacunas, sin saber los que arrastra y deja a su paso. Yo qué sé, tal vez valga preguntarnos si acaso no será el ser humano el meñique del pie, el cuerno del rinoceronte, el apéndice inflamado de la naturaleza. Y si no habrá sido cósmica la necedad de los dinosaurios.

“No le demos al mundo armas contra nosotros, porque las utilizará” Gustave Flaubert

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Uno y el coronavirus

noviembre 5, 2020 at 10:36 pm (Así es Uno)

“Lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada” Edmund Burke

Y es entonces cuando Uno nota que la gente está perdiendo el miedo. O todo lo contrario: el mismo miedo que no pueden dominar los vuelve temerarios. Y viene Alguien y lo invita a una fiesta, y viene Otra y lo llama para tomar una cerveza, y Otro que no aguanta más y nota que se le va la vida si no se sienta en algún lugar a tomar un café o comerse una hamburguesa. Uno entiende que la gente se extraña, que está cansada y presa del hastío, pero también sabe que la gente, las personas se enferman y se mueren, aunque muchos lo hayan olvidado o quieran borrarlo.

Y es como si las fechas especiales hubieran revitalizado en su relevancia, porque además está la transgresión y el vértigo de la clandestinidad. Y ahí está Alguna pensando cómo juntarse para el Día de la Inmaculada Nosequé, pero por supuesto, tomando los recaudos y las medidas sanitarias necesarias, recaudos y medidas que se van al garete con el timbre del primer invitado. ¿Y qué le vas a hacer? Si somos de sangre latina y ancestrales costumbres pegajosas. Si total, todes nos cuidamos. Sin embargo, y esto lo sabe Cualquiera, no todes entienden el cuidado de la misma manera. Siempre hay Alguna que entre sus cuidados extremos contempla juntarse a emborracharse con veinte amigos en un cóctel de fluidos; u Otra que gusta de pasearse por pleno centro en horas pico sólo para comprobar que puede estar ahí, comprando cosas que no necesita, para demostrar que la libertad no tiene precio; o Alguien que argumente que no hay riesgo porque sólo se ve con Maribón y Susette, dando por hecho que la cadena se corta ahí y convenciéndose o negando directamente que Maribón se encierra día por medio a exudar hacinada en un sucucho porque no puede perderse su clase de zumba, y que Susette es una enamorada crónica de las orgías clandestinas. Ni hablar de esos que gustan de organizar marchas en contra de las personas que odian enfermarse y morirse. Pero esos ya pertenecen a otro documental.

Por supuesto que Uno no hace hincapié en todos los casos: entiende que hay personas que precisan movilizarse, sea ya por trabajo, por abastecimiento, por salud, por cualquier motivo que sea una necesidad primordial, pero sí objeta a Aquellos y Aquellas que confunden necesidades con caprichos, y salen más que nada para bregar que el pobre virus no pierda su transporte. Uno se niega a caer en la exageración de que ese es un comportamiento suicida, pero sí concede que es un comportamiento egoísta, individualista y despreocupado de todo Aquel o Aquella que no se mueva dentro del radio de su vida afectiva (aunque también los perjudique) y de su generoso ombligo. Y Uno se entristece y se frustra cuando ve o escucha que Alguna u Otro, en un acto de contrición, comprensión y hermandad extrema juran y perjuran entender que no se trata de elles sino de todes y que patatín y que patatán, y su compasión por la humanidad les llega a nublar la vista de lágrimas, y ese mal trago, es inevitable, lo deberán pasar, media hora después, subiendo fotos en sus Estados del celular o en redes sociales de la fiesta que se están pegando en un bar atestado o en una piscina pública o en un Black Friday. Y Uno se entristece porque suele querer a Alguno y a Otra y le cuesta entender que prioricen sus caprichos de pequeños burgueses por encima de la muerte de miles, aunque sean desconocidos. Y ahí está el tema: cuando Alguien salta y baila asustado es porque las balas pican cerca, como el poema de Niemöller que erróneamente le adjudican a Brecht, ese en que primero vinieron por los socialistas, los sindicalistas, los judíos y Tal o Cual no decía nada porque no era nada de eso… hasta que fueron por Tal o Cual y ya no había Nadie que hablara por él.

Y ahí está el árbol que cae en el bosque, y el tiroteo que no sucede si se lleva vidas de otro barrio, la realidad a través de una foto, del encuadre de cada observador, y si se sale del cuadro no existe. Y se abre y se cierra, se dilata y contrae el diafragma según la luz con que se quiera ver, y se hace foco masajeándose suavemente el ombligo en movimiento rotativo. Y por alguna razón que excede a Uno, tanto Alguna como Otro, tanto Tal como Ninguno salen a la calle como recubiertos por una pátina de inmunidad. Es cierto, y esto lo sabe Cualquiera, que el virus se comporta a veces de manera arbitraria, y corren voces de cónyuges no infectados y de estrechos contactos negativos. Uno no le desea el mal a nadie, pero debe resignarse ante la injusticia de muchos agentes sanitarios caídos en combate y con el mayor de los recaudos que les fue posible, mientras Cualquiera se pasea con el barbijo como collar, convencido de que goza de una nariz prodigiosa, o esa Otra que se te pega en la cola del banco como si estuviera carnavaleando.

Decir que este virus es inhumano es más que una obviedad; decir que es aleatorio tal vez sea una estupidez. Pero pongamos el caso de todes aquelles que se pasearon con total irresponsabilidad y no se contagiaron, o se contagiaron pero sin ningún síntoma, lo que es peor porque siguieron distribuyendo la enfermedad, o se contagiaron con algún que otro síntoma y no les importó, lo que es mucho peor, porque no querían privarse catorce días de aseverar que libertad es hacer lo que te da la gana, siendo que tal vez Jack el destripador manejaba el mismo concepto. Bueno, es muy probable que muches de elles se lo atribuyeran al Manto Sagrado o al dióxido de cloro, o mejor dicho, a un Dios que en su infinita sabiduría impidió que no sólo se contagiaran la enfermedad sino que además no murieran intoxicades por consumir un compuesto que receta el o la pelotuda de turno por televisión. Pero dado el caso, y aceptando en un esfuerzo sobrenatural que eso pudiera ser cierto, este dios resultaría mucho más arbitrario que el virus, un dios capaz de abandonar a los que ponen el cuerpo por la humanidad que Él “creó”, para cobijar a aquellos a los que les importa un pito su Creación, o al menos creen que eso de la Creación es algo exagerado y hay demasiados humanos, animales y plantas que están de más, ya que en su micro mundo con uno o dos caniches por casa basta y sobra. Y estos y estas son los mismes que se quejarían y elevarían el grito en el cielo ante la injusticia de que abuelos, médicos y enfermeros recibieran antes que elles las vacunas. Eso, claro está, si no estuvieran convencides, también porque el o la pelotuda lo anunció por televisión, de que la vacuna alterará su estructura cromosómica y toda su progenie nacerá negra, planera y comunista.

Y de alguna manera continuarán creyendo de la importancia cósmica de su rol y su estadía en este mundo. Y también puede ser probable que Uno, que se cuidó pero que seguramente no está en la lista de ese dios, se enferme, y que no falte Quien que diga: “Ves, tanto que se cuidó y ahí lo tenés”; probablemente tampoco faltará Alguien que se preocupe honestamente por Uno, o Aquel que se frunza un poco al oír la bala silbar cerca, ni Otro que se ría secretamente recordando la vez que Uno desechó una invitación a la irresponsabilidad colectiva y piense: “Ves, te lo perdiste y ahí tenés” . Y se regodearán, un poco por su condición intocable, por su inmunidad bíblica, pero también por el malestar ajeno y el deseo incontenible de decir “te lo dije”. Y permanecerán tan tranquiles sin haber entendido nunca que no se trataba sólo de Uno.

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Rumores como virus

septiembre 3, 2020 at 8:59 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“Sólo la fantasía permanece siempre joven; lo que no ha ocurrido jamás no envejece nunca” Friedrich Schiller

La cosa funciona más o menos de la siguiente manera: un fin de semana cualquiera (aunque podría ser cualquier día) un niño de barrio sale a jugar. Supongamos que al fútbol, aunque también podría ser cualquier otro juego. Es sabido que en los barrios no está muy marcada la segmentación etaria, puesto que muy difícilmente los vecinos hayan acordado parir y procrear en conjunto, por lo que las juntas prometen variedad de edades. Entonces resulta que terminado el partido se quedan charlando, comentando algunas jugadas con más imaginación que rigurosidad, fantaseando algunos goles, se podría decir: relatando el partido acontecido. Pero el fútbol se agota y se pasan a otros temas y nunca falta el grandulón enterado que no tiene otra cosa que hacer ese día que socavar la ingenuidad de un niño con una verdad brutal. Y así un niño (aunque también podría ser una niña), regresa a su casa entre el espanto, la curiosidad, la congoja de un engaño que acaba de desmoronarse y que había construido con tanto ahínco durante todo el tiempo. Pero también con la euforia de una revelación. Y se preguntará a solas por cómo será su vida de ahí en más ahora que sabe el secreto, un secreto que no querrá compartir con sus padres, aunque ellos ya lo sepan. Pero lo que ellos no saben es que él o ella (el niño o la niña) lo saben. Aunque también podría ocurrir que les pregunten para verificar; en este caso, los tutores seguramente querrán indagar cómo se enteraron de eso, como si eso fuera a cambiar algo y no fuera otra cosa que hacer tiempo, patear la pelota afuera para acomodar el equipo y repensar la estrategia a seguir.

Esa noche, ese niño, esa niña, esa infancia asistirá al duelo por Papá Noel, los Reyes Magos, el Ratón Pérez, la cigüeña, el repollo o la, hasta entonces, intachable y sin mácula percepción de sus padres. Y esa noche, esa personita tardará en conciliar el sueño porque estará hurgando entre los escombros de una creencia bombardeada, pero también porque se sabrá poseedora de una primicia que es en sí una bomba; portará la verdad e invitará a otros y otras a participar de su amarga decepción.

Y la cosa seguirá más o menos de la siguiente manera: el lunes irá a la escuela, y si llega temprano le contará a su mejor compañero o confidente antes que se ice la bandera; y en un descuido de su señorita, se lo manifestará al compañerito o compañerita de banco; en el primer recreo lo hará extensible a otro puñado de compañeros que a su vez funcionarán como repetidoras en el segundo recreo, y así se propagará el rumor como un virus. Y esa noche, todo tercer grado de la escuela número 4057 hará un esfuerzo inconmensurable por conciliar el sueño pensando en el desvanecimiento del Hada de los Dientes. Y elijo tercer grado (aunque quizá también podrían ser segundo y cuarto), porque creo que es donde se dan estas revelaciones, cuando uno o una tiene ocho, pero también siete y nueve años.

Ahora bien: mi nena, la más pequeña hubiese cursado este año el tercer grado, con altas probabilidades de descubrimientos. Y pasó lo del virus y el aislamiento; y la cosa no siguió como se esperaba: porque el niño, o la niña, no llegó con la primicia el lunes porque no hubo escuela. Y lo más probable es que ni siquiera se haya enterado porque el fin de semana no fue a jugar al fútbol en el canchón del barrio con el ocioso grandulón de turno, y por consiguiente nadie de tercer grado de la escuela número 4057 se desveló ni develó nada este 2020. (La reciente es una didáctica explicación de por qué es importante el aislamiento, el distanciamiento, etcétera, pero sé que es al vicio porque el o la que no quiere entender, no lo va a hacer, y va a seguir cagándose en todo, faltándole el respeto a los que ponen el cuerpo, creyendo que su falsa y estúpida libertad es pasar por encima al otro hasta enfermarlo y matarlo; gente que, ya sabemos, aunque hayan visto a sus padres fornicando, entre ellos o con ajenos, seguirán apostando a la cigüeña y al repollo.) Lo que significa que el gordo abultado en ropa y pelambre va a seguir allanando la privacidad de mi casa por una chimenea; que un ratón o un hada se van a pasear por mi almohada y mi habitación buscando un diente para intercambiarlo por chocolates (en mi casa, por suerte, no tienen la maldita costumbre de dejar dinero sino dulces que propicien la caída de los dientes y los odontólogos venideros).

La paradoja se da en que están en una edad donde comienzan a interpretar las dificultades económicas de sus progenitores. Y en un grado sublime de comprensión, entienden que no está bien pedirle regalos caros a sus padres porque valoran el esfuerzo, y por eso optan por exigírselos a tres monarcas multicolores de un remoto lugar, montados en animales de un andar demasiado parsimonioso para el recorrido que deben abarcar. Debo aceptar que suplantar a un hada que deja golosinas y cartitas no me repercute en la economía hogareña… y mucho menos ocupar el lugar de un ratón, se entiende, aun sin saber explicar para qué quieren tantos dientes o qué están construyendo con ellos. Pero dar vida a tres generosos orientales o a un filántropo del Polo Norte se me hace cada vez más cuesta arriba, y eso que creo haber dado con el phisique du rolê de este último dejándome la barba y la panza.

Mi nena, la más chiquita, ya empezó la tarea de escribir las cartas… Sí, cuatro meses antes. Las va cambiando a medida que se le ocurren nuevas demandas. A medida que fue creciendo, y a modo de broma, fui tratando a estos personajes como violadores de la intimidad, como unos mapaches o unos gatos que se cuelan en tu casa, te comen las galletas, el pasto, se toman el agua o la leche y te roban un diente. Gente, animales o criaturas fantásticas clandestinas. Mi nena se enoja conmigo por el tratamiento que les doy y me acusa de no quererlos porque ellos dejaron de traerme regalos, pero también me dice que eso es una consecuencia, y que en realidad dejaron de traerme regalos porque yo dejé de quererlos… o creerlos. El asunto es que viendo la costosa lista de mi nena yo me animé a aventurar que no sería conveniente que una persona de riesgo, ya que es mayor, pasado de kilos y seguramente intolerante al azúcar se expusiera a un virus tan peligroso como el que nos aqueja, ya que sería más que probable que se contagiara, y que lo peor de todo sería que volvería al Polo Norte y transmitiría la enfermedad a todos esos indefensos elfos que fabrican juguetes, poniendo en peligro las navidades venideras. Ella me riñe porque me conoce y sabe que bromeo. Yo sé que no será este año, porque el rumor está aislado. Es muy probable, dadas como están las cosas, que aparte de los mencionados lleguemos a la visita del Conejo de Pascua, incluso. La verdad es que, aun los desbarajustes económicos que provocan esos seres, no tengo ningún apuro en que los desenmascare. Pero me pregunto qué pasara cuando ella, mi nena la más pequeña, sepa que yo no sé que ella ya sabe que mis bromas sólo me alcanzan a mí.

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Simón dice (Los Forros de Simón)

agosto 8, 2020 at 10:26 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

“Hay algo patológico en esta empresa: captan a un profesional bueno, le dan posibilidades y, cuando empieza a tener vuelo propio, a querer organizar el trabajo saliendo del ala paternalista de la jefatura, le cortan las alas” Silvia Martínez Cassina

Ahora están oponiéndose a una reforma judicial. Una reforma que no saben de qué se trata y que ni han leído. Pero no, es peor: no están protestando la reforma, sino que se están oponiendo al proyecto de reforma. Y ni siquiera eso, se están quejando y elevando el grito al cielo ante el esbozo, el boceto de un proyecto de reforma. ¿Y por qué? Supongo porque simplemente Simón dice. Hace un mes Simón les dijo que tenían que salir a las calles a exponerse para defender los intereses de un grupo privado que estafó al Estado (siendo que el Estado somos todes), y salieron. Las matemáticas no fallan, y dos semanas después se multiplicó notoriamente el número de infectados por coronavirus en Buenos Aires, acelerándose la velocidad de contagio.

Las consignas de esta gente a la hora de protestar suelen ser bastante confusas: para defender la libertad de expresión acorralan, golpean y amenazan de muerte a periodistas que no condicen con Simón. En su afán de proteger las libertades individuales pasan demasiado por alto un Gobierno que usó los servicios de inteligencia para espiar y perseguir tanto a propios como a ajenos. El máximo responsable de esto (al que no nombraré para no sucumbir a la superstición de tener que tocarme un huevo) pasea a sus anchas y les muestra a sus acólitos que una de las libertades individuales más importantes es poder cagarse en un montón de personas sin que te importen un choto así te hayan votado, apoyado, e incluso hayan sido cómplices de tus fechorías y de tu cobarde huida. Son los mismos que salieron a rasgarse las vestiduras para que no les suban los impuestos a los más ricos, como si eso afectara sus economías hogareñas. Pero ni se fijan ni reconocen ni levantan la cacerola con los verdaderos responsables de destruirles sus economías. y por su ignorancia, por su temor a salirse de un grupo al que creen pertenecer pero del cual ya están fuera… o mejor dicho, nunca estuvieron dentro, eligen culpar al peronismo, al comunismo, a la vagancia, el planerismo y al negrodemierdismo.

Y esto porque Simón dice. Es cierto que mucha gente elige a sus voceros, a sus representantes blandiendo la capacidad crítica de un zombi lobotomizado. Entonces, ha elegido escuchar a pelandrunes gatas floras que se quejaban y disparaban contra el aislamiento para erosionar un gobierno y así después adjudicarle las muertes, y mientras más, mejor, y que tras fogonear esa irresponsabilidad, esa falta de solidaridad, ahora ponen gesto adusto y preocupado y responsabilizan al mismo gobierno por la audaz flexibilización. O a zonzitos inmaduros e hijos de que aprietan el puño como un triunfo ante la escalada de casos y de muertos; o padres de que creen que el insulto gratuito y el despotricar sin argumentos los exorciza de sus propios demonios o les hace un lavaje de la podredumbre que produce su propio organismo. O decrépitos pensadores que arengan a la desobediencia civil siendo que si predican con su ejemplo sólo pueden alentar a la desobediencia senil. O nefastos personajes que culpan a la gravedad de su caída libre y al peronismo de que su desacreditado programa pierda con un niñito rubio que no habla hijo de otro rubio que habla por demás o con un programa que no afloja con los postres. O advenedizos chupamedias que son capaces de trabajar con oscuros personajes del espionaje pero que patalean y hablan de persecución si se les critica o desnuda su accionar. O incisivas hasta el capricho entrevistadoras con los otros, pero mansas y condescendientes gatitas con los suyos. O pobres diablas que son capaces de tomar veneno al aire (aunque sepamos que no lo toma, como también se sabe que los que agitan la desobediencia, no salen de sus casas). Fieles representantes del “hago lo que me da la gana”, apólogos de caprichos malcriados, que brindan espacios para que cualquier caradura y cómplice de la deuda adquirida salga a decir que ellos hubieran logrado un mejor trato. Seguro. Pero ¿para quiénes? Para ellos y sus buitres amigos. Los que callaron durante los cuatro años de latrocinio del macrismo ahora agitan contra un gobierno que no alcanza el año. Pero ellos no son Simón; para nada. Son la herramienta de Simón, son el condón de Simón. Son los que titulan, porque así lo quiere y dice Simón, que los problemas económicos de Europa y Estados Unidos son por la pandemia, pero acá, como gobiernan los “populistas” es por culpa de la cuarentena; los que aseguran que el proyecto de la reforma judicial es porque los peronistas (aunque ahora se habla de kirchnerismo por el pánico enajenado que les despierta Cristina) quieren ir por todo, incluso quieren invadir Venezuela, pero que se hicieron los boludos como perro que ha meado la alfombra cuando el innombrable puso dos jueces por decreto y dispuso de una mesa judicial y de las formas más espurias para perseguir opositores o empresarios que se negaron a regalarle sus empresas. Y ya que hablamos de decretos, nada dijeron cuando el impresentable firmó a diestra… y siniestro un montón de decretos que le permitían desarrollar sus tropelías según sus propias necesidades y urgencias, y que ahora, ahora que hay una emergencia real, se llenan la boca de blasfemias, sofocones y Dios nos salve maría, ante decretos de verdadera necesidad. Pero el mamerto (como felizmente gusta de llamarlo Aníbal Fernández) tampoco es Simón; es otro de los condones de Simón. Y sin ánimo de ser grosero, diría que para Simón ya está acabado.

Estos son los mismos que se regodean hablando de la libertad de prensa y se desgarran la garganta y las vísceras denunciando que un gobernante retuiteó un episodio donde el Jefe de Gabinete pone en ridículo y evidencia la estupidez de un “periodista” que presume de ya ser grande y que ya fue mencionado y soslayado en estas líneas; o se arrancan los pelos del pecho porque otro gobernante, o el mismo, retuiteó otra de las tantas incongruencias que pronunció un “gordito lechoso”; o se enloquecen porque la justicia investiga las irregularidades, ilegalidades y corrupciones que cometieron con tal de no enojar a Simón y seguir bajo su ala; o mueven cielo y tierra para que la revista Barcelona y EAMEO, dos entidades financiadas seguramente por el mismo comando venezolano-etarra-iraní, paguen y cumplan condena por un meme o una portada; o se escandalizan porque un periodista de verdad les rebate con pruebas otras de sus mentiras y operetas. Ahí hablan de censura, de persecución, de que los quieren silenciar porque son un adalid de la justicia, pero que solitos y solitas se censuraban y silenciaban, y además festejaban, cuando el inefable Hernán Lombardi no sólo sacó a 678 del aire, sino que también medio proscribió a Zamba y desguazó Télam y la televisión pública. Poco dijeron cuando robaron y desmantelaron la redacción de Tiempo Argentino. Y nada están diciendo de Silvia Martínez Cassina, una compañera del mismo grupo que fue “desplazada” sólo Simón sabe por qué pero seguramente por ser mujer y estar sindicada.

Todos esos que querían preguntar, querían preguntar, pero que jamás responden, porque entienden que la libertad de expresión es un derecho de unos pocos y que ellos son los únicos idóneos para ejercerla. Pero saben en el fondo último de su vanidad y subordinación que eso no es así, y a eso le temen más que a nada en este mundo, porque secretamente reconocen que otro u otra con sus mismas posibilidades y oportunidades no harían más que desnudar su cotidiana e inabarcable mediocridad. Y tal vez no lo sepan o no lo quieran descubrir, pero cada vez que se miran al espejo sospechan que no llegaron hasta donde llegaron precisamente por su talento o su vocación profesional. Y temen. Temen porque para ellos y ellas los otres son una amenaza, porque saben que partiendo de la misma largada y sin ventajas ni desventajas, aunque se crean los conejos más rápidos del condado, se les escapa la tortuga. Y por eso necesitan de Simón, porque sin él no sabrían qué hacer ni para dónde ir, dependen completamente del ala de Simón. Y ese recelo, ese resentimiento les exuda por todos los poros. Y por eso no les tiembla la garganta ni cuando mandan al muere a la misma gente que los sigue, esa gente que se identifica con ellos porque padecen del mismo gusano interno: el temor del otro, de lo que es diferente, de lo que podría revelarles y enrostrarles su natural y confortable vulgaridad.

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La intelectualidad al palo

mayo 28, 2020 at 10:59 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Leyendo las noticias, tratando de informarme pese a tanta mentira y opereta, leo el título “Beatriz Sarlo: `Me equivoqué con Cristina Kirchner y Alberto Fernández´”. El título es sugerente, y conociendo el pasado de Sarlo la verdad es que me dio curiosidad. Me parecía raro de antemano porque no es mujer de andar por ahí ni por ningún lado reconociendo sus errores, pero pensé que tal vez, no sé, la edad, el inminente final de su carrera, la ya perdida credibilidad, un mea culpa, una reflexión sincera y desprovista de su marcado gorilismo, tal vez, no sé. Así que entré en la noticia… Y entré como un chorlito. Reconozco que el deseo, el anhelo, la esperanza de un acto de honestidad intelectual por parte de esta mujer me cegó por completo y ni siquiera me fijé en el medio que publicaba la nota. Después, ya con la decepción a cuestas, noté que este titular era reproducido por los medios de siempre, que ahora actúan más en conjunto que nunca para sacar fuera toda la mierda que los inunda y porque además ya no se les ocurre una idea por separado.

Por supuesto que no encontré más que una excusa para que la pensadora sacara a pasear su resentimiento, pero por sobre todo para pegarle a Cristina. Ignoro de dónde proviene el odio que le profesa, pero seguramente debe venir de una o más vidas pasadas, porque si no, no se explica. Lo mismo hacen muchos más, nombrados en este blog como ejemplo de lo ilimitado de la miseria, la mediocridad y lo deplorable, pero uno espera alguito más de alguien que es presentada como intelectual, ensayista, y un largo etcétera de petulancias. Pienso también en Sebreli, en Aguinis, en Sandra Pitta o en tantos otros y otras que se dedicaron a acumular títulos y adjetivos para ser presentados en televisión.

Nada, el artículo, la entrevista es otro escupitajo de resentimiento gratuito que intenta demostrar, a una audiencia dispuesta a creerlo, que Cristina Kirchner es descendiente (descendienta) directo de Mengele, Calígula, Atila, el Príncipe Vlad y el mismísimo Saurón. Que la ambición de poder de Cristina es inacabable y que Alberto terminó siendo el títere que todos (los que están de ese lado) querían. Pero como ya estaba adentro y enterrado hasta el cogote, se me ocurrió leer algunos comentarios benevolentes para con Beatriz y demonizantes para con Cristina, y me di con todo lo contrario. Los que leen Clarin, La Nación, Infobae, etcétera, no suelen abrazar el peronismo, esto lo sabe cualquiera, como tampoco lo suele hacer Sarlo; todo lo contrario. Es cierto, que durante el gobierno anterior le tiró algunos palitos a Macri, sobre todo cuando estaba por acabar su mandato, pero algo tenía que disimular. No se puede pasar por alto todas las cagadas que se mandó el otro si querés que alguien te tome en serio (acá vale reconocer el gesto de Majul, Leuco, padre e hijo, Viale, igual, que expresan constantemente que ya no les importa ser tomados para la chacota), pero nunca como le dio a Cristina, es decir, a mansalva y sin asidero argumental más que el otorgado por sus vísceras. Jorge Asís suele comportarse también de esta manera, aunque presumiéndose algo peronista.

La cuestión es que los cacerolos lectores de estos medios estaban enojados con la pobre Beatriz, a mi parecer, sin haber interpretado lo que decía. Como suelen hacer, se quedaron sólo con el título (como suelen hacer estos lectores y también los medios que saben cómo funcionan sus lectores). Quizá se deba a que en un momento apoyó a Alberto Fernández en las pasadas elecciones, pero que pretendían que hiciera; el barco de Macri ya estaba completamente hundido y de ahí sólo sobrevivieron ratas y cucarachas. El tema es que los comentaristas se olvidaron ya del odio visceral que la ensayista expresó durante el kirchnerismo (pero sobre todo contra Cristina), se olvidó también de cuando fue a prepotear y camorrear a Barone en 678, programa tan denostado por ellos.

La pobre Beatriz, ignorada y descreída por los que estamos de un lado, ahora es aborrecida por los del otro lado. Hay que reconocer que, a diferencia del silencio que reinó en Aguinis y Sebreli durante el mandato de Macri, ella habló y habló mal de Macri, no con el retintín de resentimiento con el que hablaba de Cristina sino más bien con un paternalismo rezongón de tía que se enoja con el travieso le aplica un cariñoso coscorrón pero después le da chupetines a escondidas para seguir siendo la gruñona y solterona tía querida. Lo necesario para no perturbar la calidad comodidad de pantuflas y chimenea que tanto bien le hacen a la intelectocracia argentina.

Leyendo un artículo de Anibal Fernández, de allá por el 2011, este decía de Beatriz Sarlo: “…maoísta en su juventud, defensora de López Rega antes del golpe, radical alfonsinista en la recuperación de la democracia, asesora de Graciela Fernández Meijide, cuando “Ella” apuntó a ser presidenta de la Nación, devota de Lilita Carrió en sus días mejores y, últimamente, exégeta y lenguaraz de Clarín, aunque utilice a La Nación para su prédica”. Lógicamente el medio para el que trabaja, influye, aunque la mayoría de los que trabajan para estos medios, los ya mencionados y otros medios colegas, suelen presumir de independencia. “Dime de qué te jactas…” dice el refrán. En mismo artículo, Fernández recuerda un episodio donde la ensayista se levantó y abandonó el programa Los Siete Locos porque el escritor David Viñas “iba preparado para enfrentarla a ella misma. A su pasado. A su pecado que es algo más que un pecado de juventud”. Viñas pensaba que la literatura de Sarlo era comercial, no artística y que lo suyo consistía en un pacto de poder y de dinero; por eso acostumbraba llamarla Beatriz “Saldo”.

Otro Fernández con el que no se llevaba bien la ensayista. Tal vez porque Fernández es un apellido muy común, popular. No tengo nada personal con la escritora, no me gusta, nada más, no me gusta la exposición gratuita del odio y la miseria, sea por dinero, poder, sólo resentimiento o por mandato de los amos. No me gustan las expresiones vertidas desde un podio o un púlpito imaginario, sustentado en los endebles cimientos de la vanidad y la lisonja.

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El virus, definiciones y dimensiones

mayo 24, 2020 at 9:29 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“¿Es angustiante salvarse? Angustiante es enfermarse; no salvarse” Alberto Fernández

Seguimos encerrados. Algunos más que otros. Los unos dirán que por responsabilidad social, los otros dirán que es por pánico y paranoia. En Salta hubieron cuatro casos confirmados de Coronavirus y al parecer se recuperaron. Se cuenta que no hay casos de contagios comunitarios y eso posibilitó la apertura parcial del aislamiento. La gente, el salteño y la salteña promedio, desconocen el significado de la palabra “parcial” o la asumen solamente como sinónimo de arbitrario y se comportan conforme, es decir que salen a la calle de manera caprichosa e injusta, es decir de forma parcial. En fin, si bien puede ser cierto que no haya contagios comunitarios, cada vez que salgo a la calle por una necesidad mayor, de pago de cuentas, extracción de mi escaso capital, víveres, vuelvo queriendo quemar la ropa y durante unas horas siento síntomas del virus: me duele la garganta, toso, respiro con dificultad (esto suele ser hasta que me saco el barbijo), me cago entero… figuradamente, se entiende.

Hay personas que ya decidieron andar por la vida sin barbijo o con un barbijo bien de moda, como tejido a croché, y que seguramente será apto para detener virus ligeramente más grandes que una arveja pero no los que andan circulando. Ni hablar de respetar la distancia, hecho que me parecería harto normal y sano aun sin carga viral en el ambiente. El mundo se hace agüita por socializar y un simple “Un kilo de cebolla, por favor” abre un portal hacia todos los recovecos de la vida y el corazón del almacenero. El “qué tal” o el “cómo va” que proceden al “Hola”, han dejado de ser preguntas retóricas.

Es evidente que no estábamos preparados para algo así. Pero jode más la prohibición, la limitación impuesta, el quién me viene a decir a mí que no me puedo juntar a emborracharme con mis amigos. Estoy en un grupo de WhatsApp en el que de a poquitito me fui peleando con casi todos, básicamente porque algunos no entienden que yo no me quiera pasear por el centro caminando y luego atravesar la ciudad en un transporte junto a mis dos nenas y haciendo esfuerzos para respirar con los barbijos que, según Terminator, deben llegar “Hasta la vista, baby”. Ni hablar de lo difícil que es ver con los lentes empañados. Y los tres, mis nenas y yo, usamos lentes. Lo absurdo del caso, si es que no todo es un absurdo, es que con dos de ellos, y con suerte, solíamos vernos cada tres meses (a veces miento o exagero, pero también es cierto que hubo momentos de más de noventa días sin vernos). Con otros dos, nos veíamos más esporádicamente, y sólo compartíamos un rato en una tarde o un trago por la noche. A un quinto lo pude ver en el velorio de mi abuela, pero ya había pasado medio año de la última vez. El que sigue en la lista de falta de regularidad fue visto por mi persona en noviembre de 2018, y el último mucho antes. Bien está visto que nuestra compañía no era una emergencia ni tampoco una urgencia. Pero ahora sí.

No creo que necesite ser probado que el aislamiento desarrolla la susceptibilidad de las personas, y estas suelen ser capaces de ver malicia en cualquier emoji; y si ya de por sí un mensaje de texto está sujeto al matiz que le impone el receptor, aún más cuando al destinatario lo apura la soledad y tiene los sentimientos a flor de piel. Y no es que no los extrañe o no tenga ganas de ver a mis amigos y parientes, sino que a veces me resulta casi un capricho el tema del asado postergado hace dos meses. Me parece que hay gente que de verdad la está pasando mal, está enferma o tiene un familiar enfermo y no puede asistirlo, o se está muriendo en soledad, o debido a su trabajo no puede ver ni abrazar a sus hijos, y duerme en un hotel que se caga en los protocolos de salud, renegando o llorando porque tiene una cita diaria con la enfermedad o la muerte, personas que se vieron imposibilitadas de cumplir el aislamiento necesario debido a sus ocupaciones y que encima tienen que escuchar o ver cómo unos nenes caprichosos o unas nenas malcriadas se quejan de su falta de libertad y son capaces de hacer saltar la térmica de una sociedad sólo porque están aburridos y no encuentran qué hacer solos en sus casas.

Cabe la posibilidad que este aislamiento no le haya venido del todo mal a mi natural misantropía. No es una misantropía muy avanzada, pero se desarrolló lo suficiente como para que no me desespere mi ausencia en ninguna reunión de carácter social (de más está decir que es mucho menor mi ansiedad por asistir a reuniones laborales). En todo caso, es una misantropía tan ligera que me permite juzgarme y, tal vez, reprocharme pensar que de seguir esto así no voy a necesitar inventar ninguna excusa en casos de cumpleaños y navidades. Pero asumo que es injusto y egoísta trasladar o querer contagiar mi postura frente a la sociedad a los demás, y sería un necio, un gran cretino si no reconociese que hay personas para las que les es relevante y hasta urgente el encuentro con sus pares, aunque a veces cueste discernir entre la necesidad y el capricho.

La distancia no es un asunto que se lleve de igual manera. La explicación que voy a dar tiene algo de estúpida, pero la voy a dar igual, porque me da la gana y porque en estos momentos no encuentro algo de valor para hacer (con esto me refiero a una actividad de provecho, no al coraje para salir de la inacción): Desde donde está situado A hay una cierta distancia hasta donde reposa B, pero aun así estamos hablando de un tramo bastante diferente para A que para B, independientemente del cariño que se profesen estas letras. Pero también es probable que sea directamente proporcional. En fin, nada, un devaneo que utilicé para tomar envión y contar lo que sigue a continuación.

Como dije antes, es comprobable que no tengo la urgencia ni el impulso para un encuentro social, no en estos momentos… o menos en estos momentos, lo que no significa que no se me remuevan algunas emociones. Hace dos o tres días, mi nena, la más grande, salió a trabajar. Me quedé en casa con mi nena, la pequeñita, porque además ella iba a participar de una videoconferencia con los compañeritos de tercer grado, a los que no vio en todo el año. Era con la profesora de Educación Física. Al principio acompañados por uno de sus tutores, pero a medida que los y las niñas iban entendiendo el proceso, los adultos se alejaban… o al menos eso hice yo una vez que todo funcionaba. Me quedé en la misma sala, pero salí del plano y me fui a hacer otra cosa, seguramente de menor valor (y ahora puede leerse, si al supuesto lector le viene en gana, una referencia al arrojo). Sin embargo seguía escuchando de reoído (¿se podrá decir así cuando uno escucha de soslayo? ¿O sólo se aplica a la mirada?), por si precisaban a los padres para algo. En un momento me levanté para ir al baño. En el camino vi a mi hija, a mi nena, mirando la pantalla de la computadora con avidez, como queriendo abarcar a todos sus compañeritos, moviéndose, agitándose en la silla como reflejo de una impotencia, de una imposibilidad, y mientras oía el murmullo de todas esas vocecitas mezclándose, esforzándose por expresarse, descorazonándose, desesperándose por llegar, por abarcar… en todas sus definiciones y dimensiones… Y me quebré, me rompí, no me pude contener, y en el baño me explotó un sollozo, y lloré, y en el espejo, en mi mirada vidriada pude ver la impotencia, la imposibilidad de contener… en cualquiera de sus definiciones y dimensiones.

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La endemia en tiempos de pandemia

mayo 6, 2020 at 11:22 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

Titula el periódico La Nación: “Maniobras para hacer tambalear el juicio por el pacto con Irán”. La nota es de un tal Cappiello, otro de esos periodistas de circo que gustan de los malabares y equilibrios para tratar de afirmar algo que no es cierto o carece de sentido. La nota intenta tapar las declaraciones de una jueza que denuncia los aprietes del gobierno macrista para reabrir la causa.

Ahora bien, las hipótesis de delito de esa causa no tienen asidero alguno: se decía que ese memorándum favorecía a los iraníes sospechados de atentar contra las AMIA. Pero Irán nunca aceptó el pacto; también se decía que era para levantar alertas rojas, hecho desmentido por el Secretario General de Interpol que, ¡oh, casualidad!, no se lo llamó y se le negó la posibilidad de declarar en la causa; se habló también de un intercambio de granos por petróleo iraní, pero resulta que su petróleo no puede ser refinado por Argentina y los granos no los vende el Estado sino los privados. Todo esto basado en una denuncia del malogrado fiscal Nisman, al que inmediata y aun actualmente se usa de la misma manera en que el poder usa a sus títeres con ínfulas de periodistas: su suicidio pasó a ser materia prima de una fábula exagerada a tal punto, y pese a cualquier prueba, de hacerlo pasar como homicidio, basándose en un peritaje hecho dos años y medio después, en un espacio reconstruido, es decir, ni siquiera donde ocurrió el suceso, tomando como testimonio fotos, ya no el cuerpo del occiso. Las conclusiones del peritaje de Gendarmería confrontan con todas las del Cuerpo Médico Forense, que sí hizo autopsias y sí estuvo en el lugar del hecho. Una mano lava a la otra: ustedes afirman como cierto este delirio y nosotros miramos para otro lado en el tema de Maldonado. Ninguno de los gendarmes que peritaron en esta ocasión declararon en la causa judicial. Y, ¡oh, sorpresa!, las conclusiones a las que llegó Gendarmería ya habían sido publicadas por el diario Clarín y sus repetidoras cuatro meses antes.

Estaría bueno leerlo e interpretarlo como quien lee “Viajes de Gulliver” o “Viaje al Centro de la Tierra” o como algo de Marvel, pero esa ficción nos costó cuatro años de uno de los peores gobiernos de nuestra historia, salvando las dictaduras. Y estaría mejor si no repetimos esa estupidez. En estos momentos, en pleno aislamiento, en plena pandemia, esos cretinos siguen fogoneando y avivando sus mentiras, porque son incapaces de tolerar un gobierno que haga lo que tiene que hacer, mejor o peor, y por lo que lo eligieron. Hace poco agitaron un cacerolazo con la mentira de que el Poder Ejecutivo estaba liberando violadores, asesinos y mercenarios que velarían por los intereses de lo robado históricamente por los gobiernos populistas, y ahí salieron todos ante tamaña injusticia peronista. Nadie se puso a pensar que es el Poder Judicial quien tiene las facultades de llevar a cabo esas tareas, y que nada tienen que ver ahí ni el presidente ni sus ministros, pero qué importa, a darle a la matraquita. Si alguien preguntaba, como vi que lo hicieron, por qué estaban protestando, los cacerolos no lograban ponerse de acuerdo, y cada cual tenía una respuesta. Lo cierto es que estaban ahí porque Clarín o TN se lo habían mandado, Y ¿por qué? Indudablemente no porque estos medios velen por la seguridad y los derechos del ciudadano, sino porque en ese momento se estaba sopesando la posibilidad lógica de cobrarle impuestos a los que más tienen, y porque, además, a éstos no les gustan para nada las medidas sanitarias de aislamiento porque impide que sus esclavos salgan a la calle a infectarse en pos de sus riquezas y negocios (riquezas y negocios de este selecto grupo, se entiende, no del pelagatos que sale a enfermarse ni el rascabuche que sale a cacerolear).

Imagen extraída del diario virtual JuventudInformada

Y en un manifiesto, Vargas Llosa titula: “Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo”, y seguidamente refiere a “el Estado de derecho, la democracia representativa”, y agita los también falsos fantasmas, o al menos tan deteriorados como aquel desvaído de Canterville que retrataba Wilde, de Venezuela, Cuba, Nicaragua, el comunismo y la mar en coche, y apela a la “restricción de las libertades individuales”, a sabiendas que esto cala hondo en los espíritus planos y poco profundos. Al documento lo firman el mismo escritor devenido en peor calaña, junto a pares como Macri, Aznar, Álvaro Uribe (esto ya sería suficiente para llegar donde quiero), pero también la Bullrich, Lopérfido, López Murphy. Subrayados que no tardaron en hacerse eco en cretinos como Majul, Lanata, Leuco (ambos), Feinmann (alias Fakeman), Longobardi, Morales Solá, Viale (también los dos), Laje y un largo etcétera, todos ellos (y ellas también, porque que las hay, las hay: O`Donell, Ninci, Guiñazú, Santillán, Pérez, y otro largo etcétera) cultores del hago lo que se me da la gana, potestad y libertad que, por supuesto, les fue otorgada por sus amos. Y cada vez que alguno de estos habla de libertad y de democracia es como si me inyectaran nitrógeno líquido en la columna porque enseguida me viene a la cabeza cuando Estados Unidos las nombra; y cada vez que lo hacen es para justificar la muerte y el delito.

Sin embargo, uno puede entender el comportamiento de algunos personajotes; de última ellos saben o creen saber para quién trabajan, o a quién le lamen los zapatos (porque quieren, por supuesto, por su libertad individual alcanzada), pero es difícil comprender al que escupe para arriba porque sí, al que sale a golpear ollas sin saber por qué lo hace, sólo porque se lo dijeron en televisión, y que no se dan cuenta que así están mordiendo la mano que les da de comer y los acaricia para defender al que los hecha de la casa a patadas y los deja encadenados a la intemperie. ¿De qué, o a qué tienen tanto miedo? Miedo que se traduce en resentimiento y mediocridad, y mientras golpean la cacerola con una mano, firman con la otra la amenaza que van a colgar en el ascensor del edificio dirigida a un trabajador o una trabajadora de la salud; y con una mano sin guantes pasan las hojas de un diario que los envenena mientras con la otra firman una petición del Club de Corredores o de Ciclistas, exigiendo la libertad de salir a correr con barbijo (sin temor a morir de asfixia). Y con este criterio, y defendiendo quién sabe por qué, van a salir a sus balcones, primero, a aplaudir un ratito a esas médicas, a esos enfermeros que ellos mismos echaron cobardemente del edificio para luego, y segundo, protestar por la vuelta del fútbol para que unos pobres diablos no sigan sin cobrar los derechos de televisación. Y cuando Clarín, TN o cualquier otra repetidora de sandeces, y por intermedio de sus leales y serviles súbditos, salgan a afirmar que con la actividad pugilística parada el gobierno busca atentar y avasallar los derechos individuales de andar en cueros y cagar a trompadas a cualquier otro, ahí van a estar ellos y ellas, al pie del cañón, cacerola en mano, bregando por la vuelta del boxeo y el natural deseo de violencia… eso sí, respetando la distancia que exigen las medidas de prevención; da igual, porque, en realidad, es probable que a ninguno le guste ni importe el boxeo.

Debemos cuidarnos y protegernos de la pandemia, o de cualquier amenaza externa, pero para eso es necesario tratar, y si es posible curar, una infección endémica. Como conclusión, en caso que hiciera falta, me apropiaré de palabras ajenas y transcribiré el siguiente fragmento de “Viajes de Gulliver”:

“Quedé disgustado (…) descubrí cómo escritores descalificados han descarriado el mundo hasta atribuirle las mayores hazañas de la guerra a los cobardes; los más sabios consejos a los necios, sinceridad a los aduladores, virtud romana a los traidores a su país, piedad a los ateos y veracidad a los espías. ¡Cuántas personas inocentes y virtuosas han sido condenadas a muerte o destierro por secretas influencias de grandes ministros sobre jueces corruptos y por la maldad de los mandatos! ¡Cuántos villanos han sido ascendidos a los más altos puestos de confianza, poder, dignidad y provecho!” Jonathan Swift

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La clase media y el coronavirus

abril 23, 2020 at 10:20 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“Help me to carry the fire
To keep it alight together”

Editors (No sound but the wind)

Y siempre uno se engaña, se quiere convencer que va aprovechar los días de confinamiento obligatorio para hacer las cosas que lleva tiempo posponiendo. No por estar preso, conviene aclararlo, o si, por estarlo de alguna manera pero no por motivos penales sino sanitarios. Y en ese engaño que se practica a sí mismo, uno se dice que no hay mal que por bien no venga, y que al fin podrá terminar o empezar su novela, o grabar sus canciones o aprender origami o resolver lo de las cañerías o pintar o hacer el huerto o lo que sea que se haya planteado hacer alguna vez pero que tuvo que dejar por obligaciones de relevancia. Pero se engaña (y lo sabe) y encuentra en el vacío, en la sobra de tiempo una excusa para seguir posponiéndolo. O al menos eso me pasa a mí. Aunque calculo que habrán personas que se hagan más caso que yo.

El coronavirus ha planteado un cambio bastante radical en nuestros quehaceres, en nuestra rutina, y el aislamiento nos predispone a hacernos la cabeza. Es cierto, o al menos así lo creo, que estamos ante un momento que tendrá algo de histórico, un momento bisagra, como se suele decir. Por ahí no, y esto en un par de meses habrá pasado como un río de verano; estaría bueno. Pero presumo que algo se habrá roto y que no se reparará así nomás. Hablemos de economía, de un sistema sanitario de una forma de comportamiento social, de lo que sea. No faltan los que ven una oportunidad: algunos de un cambio en el orden establecido; otros para seguir lucrando con el miedo y la desesperanza. Algunos verán una forma de solidaridad y unión futura; otros, una amenaza permanente. En realidad, las situaciones extreman actúan como potenciadores de las virtudes o defectos de cada cual.

De noche, cuando me quedo solo, cuando mis nenas, la más grande y la más pequeña ya se fueron a dormir, me quedo haciéndome mala sangre con programas periodísticos o entonando canciones en la guitarra. En estos tiempos he optado por prescindir un poco de las noticias. He notado al cantar que he perdido voz, que me cuesta alcanzar algunas notas que alcanzaba hasta hace poco. He atribuido este hecho a: 1) Que al ir afinando la guitarra la hubiese dejado en un tono más alto; 2) Recordé que muchas voces extraordinarias (que no es mi caso) perdían potencia cuando el o la cantante bajaban de peso… Pero tampoco es mi caso. Desechado este punto puedo adjudicar el hecho a que 2) Se me han subido los huevos a la garganta, y eso desentona. La escena la estamos viendo todos, no hace falta transcribirla. Se contagia con facilidad, pero puede incubarse durante mucho tiempo; en muchos casos requiere de respiradores artificiales… Ahí está el punto, en la falta de oxígeno, de aire, ahogarse, quemarse, quedarse encerrado en un lugar pequeño, sin ventilación. Y esa angustia, junto a otras, se me atraviesa en la garganta como un moño de testículos, entonces ya no canto.

Ni tampoco arreglo las cañerías, ni veo todas las películas que siempre quise ver. Pero sí estoy viendo otra película, veo muchas personas igualadas, como uniformadas, saliendo a las calles con barbijo, primero, por ordenanza municipal, provincial, y segundo, convencidos y convencidas que eso les da cierta inmunidad, como la capa de Superman, que nadie sabe para que mierda la lleva si puede volar igual sin ella; mera decoración; veo hermanas que acuerdan salir de compras a la misma hora para charlar y verse al menos respetando los dos metros de distancia; veo la impotencia ante la imposibilidad de contacto;: veo hermanos que de golpe frenan un abrazo y se chocan los codos (que es justo el lugar acordado para toser y escupir según las normas de sanidad); veo gente gritándose y solapándose en conferencias telefónicas tratando de comunicarse y expresarse, jugando a abolir la distancia; veo personas buscando excusas para salir aunque sea un rato y me cuesta, pero también veo personas cagándose en todo, convencidos que un dios todopoderoso y únicamente suyo o una cuna o un buen pasar social; pero también sé que hay personas que necesitan salir porque si no ni ellos ni su familia comen.

Mientras, la cinta sigue rodando y veo cómo se desarrollan antes que las vacunas y las defensas todas las teorías conspirativas, y como los chinos de pronto son culpables de todo por sus malas costumbres o por su avanzada sobre la economía global, pero también veo que Bill Gates y su señora y la OMS estaban al tanto desde hace tiempo con la idea de colocar chips en las vacunas y hacer una sociedad de soldados que combatan mutantes o extraterrestres, y veo unos soldados norteamericanos inmiscuirse en Wuhan, y cómo la naturaleza se venga del daño que le causó el ser humano; y también veo gente dispuesta a creerlo todo porque odia a los chinos, porque no sabe quién carajo es Bill Gates o porque saben que los norteamericanos son capaces de cualquier cosa o porque no come carne. Pero también está la posibilidad de un virus instalado hace ya mucho tiempo en la comunidad pero no expresándose con tanta virulencia.

Ni he pintado nada ni he visto las series que quería. Pero a cada rato veo sectores que se vuelven locos con la cuarentena. Los sectores de más poder que no pueden ni quieren entender que la economía tampoco funciona con muertos. Pero claro, les desespera saber que un montón de personas dejaron de producir para ellos y exigen que salgan a la calle a contribuir con sus ganancias hasta que caigan enfermos o muertos, pero que no estén por ahí desperdiciando tiempo en prevenir, si al final lo mejor es contagiarse para crear defensas, como proponen los líderes de las primeras potencias o los que son obsecuentes con ellas. Para esta finalidad, estas marionetas buscan marionetas subalternas capaces de transmitir sus deseos. Para qué hablar de ellos si abundan, los medios de comunicación rebalsan de ellos, y estos perros fieles, a su vez, llegan a personas que se preguntan cómo va a hacer el país para salir económicamente y cómo para generar empleo, siendo que estuvieron callados y sin preguntarse nada, meciéndose en su hamaca burguesa, sin importarles nada, pero que ahora, fogoneados por aquellos a los que tampoco les importan un pomo, salen a rasgarse las vestiduras. Y ¿a que no saben quiénes estaban en el poder esos últimos cuatro años? Exacto, los que ahora se preocupan por el parate económico siendo que ellos no sólo lo pararon sino que lo destruyeron, excepto, por supuesto, para unos cuantos que ahora se tiran de los pelos porque un montón de personas (aunque ellos no las consideren así) no sale a la calle a enfermarse y morirse para ellos. Aquí están los Trump, los Macri, los Vargas Llosa, los felpudos del verdadero poder.

Y no he leído los libros que quería leer, excepto uno (que aún no terminé) pero que oportunamente me regaló un amigo antes de volverse a Mendoza y apenas unos días antes que todo esto empezara. Y eso sin contar que, técnicamente, tenemos todo el tiempo que nunca tuvimos para hacerlo, pero que lo ocupamos en no hacer nada, o en administrarlo de mala manera o en ocuparlo pensando que es una verdadera pena que tengamos todo ese tiempo y no podamos compartirlo con otros seres queridos, hermanos, padres, abuelos (los que tienen), amigos, tíos (si se quiere), compañeros de trabajo. Y me refiero a tiempo presencial y de contacto. Pero no termina de ser una queja, porque sería una queja injusta y caprichosa sabiendo que hay abuelos y nietos que no se ven y personas que salen a la calle a exponerse porque ellos sí que no pueden parar, y que se les niega la oportunidad de volver y abrazarse con quienes le diera la gana, y encima y para más INRI, se encuentran con amenazas anónimas de gente que los culpa, los criminaliza, los demoniza y los quiere echar del edificio o del vecindario, y que seguramente, estos cobardes que amenazan escondidos son los mismos cagones y cagonas que estuvieron sin quejarse esos últimos cuatro años, llenándose de odio y resentimiento, viendo los canales y pseudoperiodistas que hablan de los médicos cubanos o de cualquier nacionalidad que conozcan el significado de la solidaridad como si fueran espías alienígenas; claro, no lo entienden porque la solidaridad no es remunerada en términos monetarios, y por eso no hay mercenarios en sus filas; pero lo extraño, lo verdaderamente estúpido y necio, es que de alguna manera, esta gente cree que está inmunizada al virus como lo está para la ayuda desinteresada, que visten una especie de barbijo supraterrenal que los protege hasta llegado el momento en que el Señor los llame. Sin embargo, estos cagones y cagonas van a ser capaces de desenchufar a su madre por un respirador y van a rogar y exigirle al personal sanitario, al mismo que ellos basurearon y echaron cobardemente, que los salve por el amor de Dios y de la Virgen Santísima, para que después puedan volver a subir sus videos violando el aislamiento y cagándose en todo.

Y ahí sigue mi novela sin terminar, sin siquiera empezar; de haber escrito a máquina, como en los viejos tiempos, esos bollitos de papel arrugado que poblarían el sesto de basura de ideas sin concretar serían lo más cerca que estuve nunca del origami. Sin ir más lejos, me llevó más de quince días, una vez comenzado el aislamiento, comenzar este escrito… y otros tantos en terminarlo. Acá lo dejo: iré a ver si me pongo a hacer esa mayonesa casera de apio que vengo postergando hace casi una semana. Veré si sirven los huevos que llevo en la garganta.

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Una de gatitos

febrero 1, 2020 at 11:08 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Esto me sucedió hace dos semanas por lo menos, tal vez un poco más. Sentí un ruido, prendí la luz del velador (o ya estaba prendida, no lo recuerdo; a veces me duermo con la luz prendida con el afán de que mi mujer, es decir, mi nena, la más grande, no pierda su capacidad de reproche); lo vi: ahí estaba mirándome, apareciendo apenas por la entrada del dormitorio, semi-oculto por el armario que está junto a la pared. En un escrito anterior mencioné la aparición de algunos seres ajenos a la familia… o tal vez de la familia pero que no son los que acostumbran a pernoctar en la casa. Opté por no hacer ningún movimiento brusco, no fuera cosa que el gato se espantara y corriera hacia algún lugar de la casa donde fuera más difícil sacarlo. Mi idea era que se fuera por donde había venido, sin violencia, sin ponernos en riesgo. Me acerqué despacio y pronuncié una débil onomatopeya de amedrentamiento que acompañé con un leve y plástico movimiento de brazos, pero sin perder las formas, para que el animal entendiera que no quería conflictos, pero ahí nomás el muy condenado me respondió con esa onomatopeya que acompaña una curvatura de espalda, una erección de pelos y que se parece a lo que nosotros hacemos cuando nos pica la garganta. Mi primera reacción se acercaba bastante al pánico, porque estos bichos juegan con ventaja en la oscuridad, además que poseen armas blancas en cada dedo. Pero debía demostrarle quién era el hombre (nunca mejor dicho), y en un acto reflejo emití un gritito histérico y un movimiento de brazos más enérgico y seguido de un espasmo de cuerpo, seguramente producto de escalofríos. El gato repitió el rugido, graznido, quejido o como se llame ese sonido gutural, pero contrariamente a mis intenciones no se volvió por donde había venido sino que el muy desgraciado saltó sobre los pies de la cama y se paseó por los bordes sin dejar de mirarme. Cuando comenzó a caminar sobre las almohadas me pareció ver que se reía. No aguanté más y agarré la almohada donde se paraba y tiré de ella. El gato saltó al suelo y volvió a ocupar su posición primera. Entendiendo que la mímica para espantar no servía, revoleé la almohada y se la estampé en la cabeza. Un simple almohadonazo. Lo extraño es que no sonó como goma espuma o plumas o lo que sea que compone una almohada, sino seco y pesado, como si hubiese tenido un ladrillo dentro. Al ver la cara que se le puso al felino y su mareo y tambaleo me asusté. El gato no se recomponía del golpe, seguía oscilando de un lado a otro, y en ese vaivén fue retrocediendo hasta alcanzar la puerta que da a la terraza. yo lo seguí despacio sin soltar la almohada, que pesaba como una almohada, ni más ni menos; me hizo pensar que el gato me estaba tomando el pelo o quería hacerme sentir culpable. En la terraza continuaba bamboleándose, como en pasitos de vals, lo que asentuaba la idea de burla, y me dispuse a estrellarle otro almohadonazo cuando vi que pisaba mal el primer escalón (o el último, depende si se baja o se sube la escalera), y de pronto comenzó a rebotar por cada uno de los escalones del primer (o último) tramo de la escalera y lo perdí de vista en la curva. Dudé en bajar y al final me quedé en la terraza, junto a la casita de madera de los trastos… Y por ahí lo vi aparecer nuevamente, con la plasticidad de un fantasma emitiendo un sonido parecido a la risa de los que no se preocupan por su vida porque tienen más.

Stelio KontosY allí, parado en la terraza, almohada en mano, comencé a vislumbrar que se trataba de un sueño, sobre todo cuando el gato, personificado en alguien con un peinado estilo setentas, muy parecido a Stelios Kontos, ese personaje que le hacía la vida imposible a Stan Smith en American Dad, me confesaba que necesitaba de nuestro hogar y nuestra comida para subsistir. Entré a la casa en silencio y cerré la puerta. Pensé en buscar algo de comida pero me arrepentí y volví a abrir la puerta como para espiar si aún seguía: allí estaba, extendiendo una frazada, un acolchado sobre el suelo, dando cobijo a otros gatos y gatitos que, supuse, eran parte de su familia.

A los pocos días volví a soñar con un gato, con otro tipo de gato, en realidad. Era de noche y yo parecía volver de una juerga porque llevaba una botella medio vacía de vino. En esas estaba cuando Alberto Fernández me encontró y me pidió que lo acompañara que tenía que ver a alguien. No pregunté mucho y fui con él. Ese alguien era el gato en cuestión: MMLPQTP (de ahora en adelante MM). Nos hizo pasar. Reconocí la casa: en la vigilia es la de unos tíos míos en el Barrio San Remo. Nos atendió con esa cortesía obligada de los niños malcriados y caprichosos. Nos ofreció algo para tomar. Alberto no quiso nada y yo dije que continuaría tomando vino, y señalé en dirección a la mesita donde lo había dejado; ya no estaba. Sospeché que me lo había robado. En ese entonces apareció su esposa, que no era como la Awada sino más peticita y retacona, un poco entrada en carnes y un brushing como peinado, similar al que tenía el gato del sueño anterior, pero más claro y esponjoso, y entre cariñosa y sermoneadora obligó al vago de su marido a ir al kiosko de la esquina y traer algo para los invitados. MM se quejó y se encaprichó en que por qué tenía que ser él, pero la señora insistió entre amorosa y severa y al final terminó yendo. Volvió quejándose del precio del whisky que el ladrón de la esquina le había cobrado. Me sirvió medio vasito y se encargó de, disimuladamente, guardarlo. A mí no me importó porque ya comenzaba asentir cansancio y casi me dormía sobre la mesa. Y justo cuando creí que nos levantaríamos y nos iríamos, Alberto Fernández dijo: “Bueno, ahora vamos a hablar de (algo que no recuerdo) que es para lo que hemos venido”. Ahí me desperté.

Ambos gatos están inspirados en hechos reales. El del primer sueño por algo que nos sucedía en casa; el del segundo, por una pesadilla. Lo curioso es que a partir de ese sueño, del que narré primero, el o los gatos (o mapaches, quién sabe) no volvieron a entrar a casa a romper bolsas y mordisquear nuestro pan o la basura. Si bien pusimos otros tipos de trabas en las puertas, sabemos que eso no es un gran impedimento para bichos tan ágiles y astutos. El otro gato espero que no vuelva nunca jamás ni siquiera en sueños o en otra pesadilla. Hay ausencias que no se extrañan y que más bien se desean. Sin embargo, entre estos dos sueños, otro habitante de la casa, la abuela, también nos dejó. Y esa ausencia sí que se extraña.

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Pompas de jamón

diciembre 1, 2019 at 9:00 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“No te tomes en serio nada que no te haga reír” Eduardo Galeano

Siempre tuve rechazo hacia lo solemne; la pompa siempre me pareció no más que una invitación al circo. Y jamás me gustaron los circos. Miento: tal vez de chico, la novedad, algunas acrobacias, el saber que a todos, a la mayoría le gustaba, y que tal vez yo podría estar equivocado. De los circos me abrumaba su tristeza, la de los payasos, la de los animales encerrados y maltratados (en mi época infante aún usaban animales), los maquillajes, las máscaras, la pobreza errante, el destierro itinerante, los sueños rotos… Prefería quedarme jugando. Pero no pretendo hablar de los circos sino de la pompa, de la puesta en escena, de la mascarada. Presumo que no les gusta ni a reyes ni a diplomáticos, pero la eligen porque saben que hay una gran mayoría que cree que detrás de esa pantomima afectada está lo sublime, una mayoría obsesionada con el afán de alejarse de lo que está cerca para soñarse en lo que está lejos, como creo que más o menos decía Jauretche.

Tampoco pretendo dar mayores características de mi trabajo pero basta con sentar que mensualmente debemos hacer un informe de nuestras actividades que será revisado por un departamento de monitoreo nacional, habiendo sido aprobado antes por una referente provincial. En el pasado mes, esta coordinadora (de aquí en adelante G) me dijo que si bien mis informes la hacían reír, por su tono literario, sería conveniente que tomaran un matiz más, cómo decirlo, académico. A mí el término “académico” me da los mismos escalofríos que la solemnidad, es otra adusta invitación a lo ampuloso. En un principio me molestó un poco la amonestación, pero también es justo reconocer que en el último informe tal vez me había extralimitado “literariamente”. También conviene aclarar que la molestia no es en sí con G, ella hace su trabajo y es la que tendría que dar la cara en caso de que alguien de monitoreo, por esas casualidades de la vida, haya leído un informe y que además justo fuera el mío. Seguramente ese alguien se sentiría algo escandalizado ante expresiones tales como: “Noté el desagrado de algunos docentes, pero cada vez me importa menos”; o que a un director “de armas no tomar” podría “caerle la de Dios es grande”; u otras del estilo. Es posible, que dado el caso, ese alguien de monitoreo le pidiera alguna explicación a G y ella se viera obligada a responder por algo que puede considerarse un capricho mío. No sería justo.

Distinto sería si la responsabilidad cayera directamente sobre mí. En ese caso me animaría, más bien me obcecaría en seguir escribiendo como me da la gana, porque en todo caso, no lo veo como un capricho sino más bien como un juego, como una pequeña subversión a lo establecido. No es de ahora: lo hacía con las cartas de presentación para un trabajo, porque entendía que esa forma era más sincera y mucho menos pomposa que la enumeración de experiencias, formaciones, cursos e intereses personales. Y así lo hago (o lo hacía) con los informes, además basándome en que alguna vez otra persona había sugerido que no hiciéramos los informes ajustados a un modelo sino que lo barnizáramos con la impronta de cada uno de nosotros (no fue textual, pero más o menos esa era la idea). Y me dejé llevar. Sin embargo, este mes, se me solicitó “academizar” mi lenguaje, es decir, que lo “normalizara”, con todo lo que esto significa. Es raro porque no hay un formato de cómo hacer informes, o no lo vi en ninguna biblioteca ni página de internet, sin embargo acarreamos una construcción cultural que nos hace pensar en la formalidad, en lo adusto como forma de expresión académica, porque los textos con los que nos educamos están escritos así; ¡y para qué ponerse a practicar la heterodoxia si la ortodoxia todavía funciona?

En fin, de mi informe recorte todo lo que oliera a metáfora, a subjetividad, y me quedó reducido a sólo un tercio de lo que era. Aún así, y por recomendación de G, que confía en que sus correcciones me servirán para ver los criterios de redacción de los próximos informes, tuve que corregir otras cositas, como expresiones coloquiales. Y repito, mi molestia no es con G, que además puso bastante de su parte y dedicó su tiempo en casi rehacerme el informe, sino con todo el sistema que propende a la “normalización” y al “correcto hacer”. En estos momentos se me viene a la cabeza un tipo diciendo: “Mire doctor, creo que lo conveniente es que usted se refiera a ellos como personas cuyo constante crecimiento logra que no terminen de amoldarse y se inclinen a la crueldad”. Y el doctor respondiendo: “Entonces tacho lo de perversos amorfos”. En todo caso, la formalidad, el academicismo en el lenguaje surge de la idea de que la objetividad es una alternativa. Para quien suscribe eso no sólo es una fantasía, una falacia, sino también el colmo del tedio. En una de las correcciones del informe quedó como si una compañera y yo hubiésemos actuado al unísono para orientar a un director en la forma de conducirse con un asunto que llevaba entre manos. Ese pequeño texto equipara mi labor con la de mi compañera, y debo decir que falta a la verdad. Ella llevó todo a las consecuencias alcanzadas, y de no haber sido por ella (mi aporte fue mínimo en comparación), el mentado director hubiese seguido de brazos cruzados en la mecedora de su función pública. La subjetividad es la que nos deja y nos propone las entrelíneas, lo que está pero no se dice.

Entonces, ¿para qué la heterodoxia? La normalización también es un resguardo, una red tendida para que el salto no sea al vacío (o al vicio); cultura de rebaño: la oveja negra no es para pullover. Sin embargo, y por poner un ejemplo, el idioma inclusivo también surge como una subversión de lo normalizado, de lo que es la norma. Y es progre aceptar y apoyar esa irrupción en el lenguaje. Yo también lo hago, aunque no como practicante; me cuesta expresarme y traducirme al mismo tiempo. La mayoría de mis compañeros lo hace, y muches de elles, gustan de poner x en lugar de vocales. Pero parece que cuesta más aceptar una ruptura en el lenguaje académico (tal vez porque el inclusivo se da como colectivo, pero por qué no aspirar a que la ruptura que planteo no alcance también esa forma), como si en este no hubiera mucho de patriarcado y social establecido, y como si uno no tuviera que andar pidiendo permiso para expresarse como le dé la real gana.

Cuando egresé de la facultad viví un episodio parecido. En realidad, dos, porque debía presentar dos tesis. Ambos profesores que debían orientarme en cada una de ellas se mostraron reticentes en la elección del tema que había elegido y cómo quería encararlo. Luego, ambos me aprobaron con diez, y uno de ellos, la que era mujer, me felicitó por el tono y la ironía que expresé al escribir. Ambos reconocieron (aunque es probable que esto sea fruto de mi cosecha), en un ámbito académico, que la realidad pasa por cada uno, que la subjetividad es tan verosímil como la pretendida objetividad, y que al final de cuentas sean, quizá, igual de inútiles, con la diferencia que la primera es tal vez, y sólo tal vez, más comprometida y arriesgada. Acaso por esto, es que los informes académicos propongan un plural inexistente a la hora de narrar, donde quien suscribe se disfraza (nos disfrazamos) de conjunto haciendo que sus (nuestras) ideas y opiniones vertidas pasen a ser parte de una construcción colectiva, inventada a modo de modestia para legitimar las barbaridades que expresa (expresamos), y que en todo caso es la mejor forma de no hacerse (hacernos) cargo de nada.

Por eso, cada vez que una fanfarria me invita al circo, yo elijo quedarme jugando.

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