El visitante

octubre 6, 2019 at 9:01 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Desde hace una o dos semanas sabemos que contamos con una presencia nueva en casa. Esto no tendría que extrañarnos, porque donde habitamos suele estar siempre transitada por gente que no duerme (¡gracias al cielo misericordioso!) ahí. Pero es cierto que circula mucha gente por nuestra casa. En ella sólo vivimos cuatro personas: la abuela, mis nenas, la grande y la chiquita, y quien suscribe. Habría que sumar también al nuevo visitante, pero al parecer no mora en el mismo habitáculo sino que, como el resto de personas (enfermeras, cuidadoras –de ancianos y de coches-, algunos parientes, una madre y su amiga), merodean y rondan como Pedro por nuestra casa.

El primer indicio de nuestro no convidado fue que las bolsas donde guardábamos el pan o los grisines o los bollos, sobre la mesa del comedor, aparecían rotas en una parte donde no estaba el nudo. Yo esto lo había observado, pero lo adjudiqué a la escasa o nula paciencia de alguna de las alimañas en tránsito. Por ahí, a horas muy tempranas y recién despiertos nos es fatigoso desatar el nudo que cierra la bolsa. Sospeché en primera instancia de mi propia madre. No por nada en especial, pero a esa hora parece hacer las cosas aún dormida (es raro porque a esa hora ya condujo su coche por diez kilómetros y lo tuvo que estacionar y todo, en un lugar céntrico). Pensé que los nervios de tener que encontrar un lugar para aparcar durante un rato, la cargaban de una tensión incapaz de desanudar. De hecho, en más de una oportunidad, fui testigo de cómo abría un paquete de yerba: volando medio paquete de esta por los aires y la mesada y dejando la abertura como si la hubiera realizado un cocodrilo con sus fauces. No le di mucha importancia, porque además, el investigar me obligaba a un mayor contacto.

Sin embargo, mi nena, la más grande, sopesó la posibilidad de un animal, modesto en un principio, nimio. Adujo que la bolsa estaba rota, como rasguñada, y que siempre encontraba miguitas alrededor. Sospechó que se trataba de un roedor, de una rata más precisamente. La imputación fue desechada a la brevedad, puesto que estos animales suelen dejar sus heces por la zona, ignorando el refrán que amonesta que eso no se hace donde se come. También se desechó mi hipótesis de que podría tratarse de un comando organizado de hormigas negras. No entiendo por qué: la forma en que aparecía rota la bolsa… bien podría haberse tratado de un centenar de pinzas o mandíbulas actuando al unísono, con la ayuda de seis o siete arañas mercenarias descolgándose desde las alturas hasta pellizcar el producto alcanzado.

Mi nena, la más pequeña, desestimó que pudiera ser un mapache: “Papá, no hay mapaches en esta zona”, me dijo sin ocultar su fastidio. Le dije que quién sabe, que estamos en temporada alta para el turismo, que podría ser un mapache mochilero o que también podría no ser precisamente un mapache, pero si alguien de su familia como un coatí o un mayuato. Entendí que no tenía que ir por esa línea cuando dejaron de prestarme atención.

Se decidió, en todo caso, que sería un gato. No entiendo tampoco, porque la hipótesis de un felino tiene tantas pruebas como las que yo esbocé. La idea de que sea un gato no me gusta para nada; ya hubo uno que nos estuvo robando la comida durante casi cuatro años como para que venga un advenedizo menor. Es cierto que es la postura más posible. Es más, una noche subí las escaleras (mis nenas y yo vivimos en la parte de arriba) y al prender la luz del baño vi que de la habitación de mi hija salía un felino. Este rumbeó para las escaleras, pero yo sabía que abajo quedaría atrapado, así que le abrí la puerta de la terraza y entré al baño como para que no se sintiera impedido a escaparse. Si es el mismo gato, conoce las dos entradas: la de la terraza y la del patio trasero de la planta baja. Eso le da una ventaja y a mí me pone muy incómodo. Eso y que son animales de filosas uñas que se mueven en silencio y a oscuras. El mapache, en cambio, además de ser más exótico, creo que es más torpe y hace ruido, uno puede percibir cuando está dentro de la casa. No así el gato, capaz de pisar sobre la misma almohada en la que duerme tu cabeza. Esa peligrosa delicadeza también se agradece algunos momentos: empezamos a meter las bolsas de plástico con pan dentro de una bolsa de tela o algún otro material que no descifro. Pasó que un día nos olvidamos de sacar la basura, y la verdad es que mi nena, la más grande, se encontró con los restos esparcidos prolijamente, como si el gato hubiera sido un joyero. No quiero imaginarme si hubiese sido un mapache. Hannibal Lecter también era refinado al comer, y no por eso sería bienvenido en nuestra casa.

El rigor científico me impide dar por consumado algo que puede ser pero también puede no ser. Como ya mencioné antes, es posible que sea un gato, pero todavía no está probado. Y de la misma manera puede tratarse de un espíritu, un alma en pena, un duende, el Kurupí o algún otro personaje de la mitología nacional. Tampoco hay pruebas de que no puedan serlo. El ejemplo tal vez sea un poco excesivo, pero sirve para explicar mi punto. Tampoco descarto ninguna de estas posibilidades. Además del comando hormiga, surgió la posibilidad de que no fuera un ser terrestre. No me refiero a un alienígena o a un fantasma (aunque no elimino estas figuraciones), sino a un bicho aéreo: un ave o más de una. Mi nena más grande, o sea, mi pareja refutó que los pájaros duermen de noche, pero bien podría tratarse de un mochuelo o una lechuza. Además, si bien la mayoría de las aves duerme de noche, también es cierto que rompen las bolas desde muy temprano, por lo que el saqueo podría producirse a tempranas horas de la mañana, cuando todos disfrutamos aún del sueño. La paradoja es que de haber un gato, ningún ave entraría, pero como todavía no sabemos si hay tal gato, las aves pululan a sus anchas.

No existen pruebas que echen por tierra ninguna de las hipótesis esbozadas anteriormente, sin embargo, en el imaginario colectivo el intruso sigue siendo un gato. Mi nena, la más pequeña, y llevada por algún sentimiento de compasión, insiste en adoptarlo. La idea es por demás descabellada, primero, porque se trata de un gato, segundo porque sería lo mismo si se tratase de un perro, de una zarigüeya o un tucán. Una mascota ya de por sí es una intromisión, una alteración en el orden natural de las cosas y su normal acontecer. Además ya mencioné en algún texto anterior las adversidades que tuve que enfrentar por tenencia de mascotas. Por lo pronto hemos extremado algunas medidas como para que el visitante no entre o al menos no nos coma los grisines. Yo estoy durmiendo con un ojo medio abierto, porque no desecho y temo alguna represalia del intruso, sea lo que fuere, y tuviera pico, uñas afiladas, ansiosas fauces, enérgicas tenazas o potentes mandíbulas. Ni hablar si hay veneno. Por ahora sigo levantándome por las mañanas, y sigo encontrándome con otro tipo de intrusos, intrusos que parecen inofensivos, sólo porque no se mueven en la clandestinidad.

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Qué será lo que tiene el negro

septiembre 14, 2019 at 8:36 pm (Uno que estudia (Lic. Nolrad Leira), Uno que siempre es Otro)

Decir que Alejo Berger Colque fue uno de los negros que más respeto y admiración me provocó no encierra ninguna falacia más que la temporal: sigue siendo uno de los negros que más admiro, pues aún vive, y aún sigue siendo negro: un negro literario. Sé que la calificación puede causar algunas molestias y que puede haber personas que prefieran el término de escritor fantasma, pero él mismo Colque gusta de llamarse así. “Ey, ¿quién es tu negro preferido?”, suele proferirme afectuosa y jocosamente cada vez que nos encontramos. Dotes literarias para “triunfar”, si se quiere la palabra, por cuenta propia no le faltaban, pero él decidió esta forma que lo amparaba en el total anonimato. En un momento se lo cuestioné, lo acusé, poco más, poco menos, de ser un arrogante inseguro incapaz de soportar la frustración. Él casi ni se mosqueó, se sonrió con algo que se parecía a la ternura o a la sorna y me dijo: “Ey, ¿que acaso ya no soy tu negro preferido?”.

Confieso que en esos tiempos, este tipo de discusiones, de enfrentamientos llegaban a exasperarme, pensaba que era dueño de desperdiciar su talento de la manera que le diera la gana, pero al mismo tiempo veía agrandarse la gloria y la vanidad, la repugnante petulancia de los que firmaban las obras y se paseaban por los salones de la literatura y de la fama sin un atisbo de vergüenza siquiera, y yo que sabía, no entendía cómo no se les caía la cara como tampoco así ninguna idea. En realidad, me enojaba porque Alejo era y es mi amigo, un ser muy querido, y los otros sólo una horda de zánganos, pero el se reía y decía que me tomaba muy en serio algo que no valía la pena, y a veces me parecía que no se refería al reconocimiento o no social, sino directamente a la literatura. “Hay que saber manejar la vanidad”, me decía también.

Se podría decir que su carrera comenzó mientras hacía algunos trabajitos de corrección para unas pocas e ignotas editoriales, cuando fue convocado por un venezolano afincado en el modernista L’Eixample de Barcelona. El tipo no sabía que hacer con toda la guita que había juntado y que aún le sobraba de un gasto fijo y oneroso de cocaína, y al parecer se había dado cuenta que igual no le alcanzaba para lo que él quería. El tipo no había sido trigo limpio, y pretendía una especie de autobiografía que lo redimiera. Berger Colque, entusiasta de este nuevo desafío le inventó una niñez cálida al cuidado de su nana, tras la temprana muerte de su madre, divertidas y osadas anécdotas adolescentes, una juventud emprendedora y sacrificada, le escondió todos los espurios manejos en negocios y algunas otras conductas deplorables y lo fue llevando hacia una madurez templada, reflexiva y de tintes altruistas. El venezolano festejó con euforia y algarabía este vuelco notable que había dado su vida, pero quiso objetar lo de la temprana muerte de su madre, que por cierto aún vivía. Berger Colque argumentó que el temprano deceso era lo único que podía justificar la presencia y también transformación en una niñera amorosa y preocupada, la que para él sólo fuera una “cachifa hedionda, una niche sudorosa”. El venezolano no sólo aceptó el argumento sino que aplaudió y dio muestras de efusivo cariño. El trabajo final estaba bien logrado: Berger Colque había ahondado en las palabras y expresiones propias del país caribeño, que utilizó con comodidad y frecuentemente durante los primeros capítulos y que poco a poco, con el paso del tiempo de nuestro personaje se fue convirtiendo en un lenguaje más neutral, serio, sin pretensiones de vocabulario y de ritmo, tal como lo aprueba y le gusta a la Real Academia Española.

El libro no sólo le traería a Alejo cierto respiro económico sino que además, y de forma casi inmediata, le traería más trabajo. Resulta que el venezolano, moviendo sus influencias, había colocado a un sobrino suyo en un importante periódico local. El chico se había recibido en una facultad privada de Girona, pero al parecer “privada” de cualquier enseñanza; ya le costaba armar una oración compleja en su lengua materna, como para, encima, tener que construirla y escribirla en catalán, idioma en el que se imprimía dicho periódico. Fue así que Colque incursionó en las crónicas deportivas y en la escritura catalana. Y en un breve lapso de tiempo pasó de cubrir crónicas de ciclismo y judo a relatar de fútbol. Incluso hizo varias notas sobre el FC Barcelona. Podría haber seguido, porque la cúpula del periódico se mostraba más que conforme con su prosa (conla prosa supuesta al chico), pero estaba el problema de que sólo podía informar sobre los partidos que el Club jugaba de local, ya que era muy difícil justificar los viáticos de un chico que era un inútil y de su fantasma acompañante. El chico no estaba dispuesto a un gasto que saldría de su bolsillo y menos teniendo en cuenta que ya un casi cuarenta por ciento de su sueldo se le iba en un negro. Tal vez en el único acto de lucidez que tuvo el chico durante su carrera, pidió a los directivos escribir para la sección cultural. Esto no desagradaba para nada a Alejo, pero ya le había tomando cariño al ritual futbolístico.

La oferta cultural de Barcelona siempre fue copiosa, y a Berger Colque no le costó acostumbrarse a los conciertos, las obras de teatro, alguna que otra ópera, inauguraciones de galerías, pero siempre deambulando como un fantasma, cruzándose incluso con el chico que abrazaba el reconocimiento público y la frivolidad social con ahínco, y que solía bajar la mirada cuando lo enfrentaba, pero no por vergüenza sino para terminar su recorrido de desprecio y para que quedara en claro en su entorno su superioridad moral. Pero no duró mucho. A pocos meses el chico se envalentonó con la idea de escribir él mismo las notas, y prescindir del negro. Esto tampoco molestó a Berger Colque. “Es el fin de un ciclo que ya veía venir”, dijo. Yo sí me molesté y le mostré que él podía estar ocupando el lugar del chico, y que aún mostrando desagrado por ese entorno, al menos estaría cobrando un sueldo entero y no andar con esa urticaria de bolsillo. Él sólo sonrió y repitió: “El éxito y la vanidad no son para cualquiera”. Además dijo que el problema no era pecuniario porque le habían estado saliendo otros trabajos paralelos. “Se ve que en el ambiente se corrió la bolilla. No sólo de mi capacidad sino también de mi discreción”, y continuó: “Vos eras el único que sabía, Leirita, pero sé que vos no dijiste nada. Sin embargo, nos movemos por rumores. Incluso en el periódico saben que el chico no escribe. Una vez, en un entreacto de una obra… no recuerdo ahora cuál era, se me acercó el Jefe de Redacción del periódico y me hizo saber que sabía quién era yo. Y que si quería escribir para su periódico, esta vez de cara lavada al publico, que no dudara en llamarlo. Le dije que seguramente se equivocaba de persona, pero le agradecí con un gesto tenue y me fui; no vi el segundo acto: tuve que inventar más de la mitad de la nota”. Me contó también que trabajaría para dos autores de mediana reputación, pero que seguramente la desarrollarían, y me guiñó un ojo.

La versatilidad de Alejo lo acercó a ensayos, libros de cuentos, poesía, novelas, tesis doctorales, discursos políticos y canciones de distintos géneros musicales y llegó a trascender no sólo fronteras geográficas sino también idiomáticas: compuso las letras de un grupo post-punk ruso, un álbum completo. Pero yo seguía sin entender su postura. “El barro, o lo que se construye en base a él tarde o temprano se desmorona”. sonreía. En ese momento comencé a entender o creí empezar a hacerlo. Recordé al sobrino del venezolano que paulatinamente fue volviendo a la sección de deportes del periódico y terminó cubriendo certámenes de ping-pong y poco a poco sus notas dejaron de publicarse. Su tío lo acomodó en una de sus empresas. A todos se les hacía cuesta arriba mantener la farsa cuando Alejo dejaba de “colaborar” con ellos. Era muy difícil superar en un disco siguiente la poesía con la que Berger Colque matizaba las canciones, pero mucho más difícil era enfrentar el espejo con las críticas del lunes que afirmaban que a tal o cual compositor o cantautor le habían arrebatado la inspiración o su talento por arte de magia; lo complejo, frente al reflejo era que cada uno confrontase a ese que ya no era con el que nunca había sido. Algunos suelen adjudicar a este enfrentamiento personal el suicidio del vocalista de una reconocida banda londinense. Si no doy nombres es por la discreción que siempre me rogó Alejo, pero más de uno sabe de quiénes hablo. Al igual que esos dos “autores”, esos escritores de mejorada reputación, que llegaron a culparse mutuamente de plagio, llevando la causa a la justicia, por argumentos y frases que jamás, ninguno de ellos, había escrito. Este absurdo fue interpretado con ironía por el ambiente literario. Sin embargo, los autores no mencionados no fueron apartados ni castigados socialmente por la sencilla razón que en ese ambiente había más de uno, por no decir muchos, que se paseaban con el culito sucio. Aclaro que la banda post-punk rusa nunca se adjudicó la autoría de las letras sino que en su disco figuraban como anónimas; el punk suele o supo ser una expresión honesta. “Al final, el fantasma que ellos encadenaban no deja nunca de perseguirlos; ellos terminan siendo esclavos de la sombra”, me esclareció Alejo alguna vez.

Hay agrupaciones en varios países que, un poco al tanto de todo, persiguen a Berger Colque aunque no sepan su nombre, que siguen incansablemente a esa sombra, a ese fantasma. Y compran discos o libros porque escuchan o leen en ellos la pluma volátil el paso sigiloso, silencioso de Alejo.

Alejo Berger Colque sigue trabajando. A veces pide un nombre prestado y no le cobra porque desea volver a escribir del Barça o le resuena una letra para cierta melodía. En este mismo blog existen innumerables renglones que ha escrito Alejo. Incluso puede que yo no haya escrito este texto.

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La vida secreta de las mascotas (Una mascota no es masacote)

septiembre 11, 2019 at 11:23 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“Una vez tuvimos un gato y nos costó sacárnoslo de encima” Uno que se queja y reflexiona.

No me gustan las mascotas. Ninguna, de ninguna clase, raza o especie. Alguna vez deliré con una pareja de suricatas a las que llamaría Ernestina y Horacio, y que saldrían de cuando en cuando a la calle y, en su típica posición vigía, otearían hacia una y otra esquina para verificar y esperar mi llegada. En todo caso siempre tuve inclinación por algunos animales exóticos que distan de ser domésticos. No sé… una beluga, un oso panda, un pangolín, un hipopótamo albino, un unicornio, qué sé yo, algo que se saliera de la ingratitud e indiferencia del gato, de la obsecuencia y abrumadora deferencia del perro, de la falta de autonomía de un canario o la condición de objeto de una tortuga. Tal vez haría una salvedad con este último caso que, junto a los peces (pescados) superan la categoría de mascota para pasar a la de adorno. Pero los pescados requieren de cuidado: hay que alimentarlos todos los días, pero con dosis discretas, porque se ve que estos bichos no tienen fondo (¡cuac!); me refiero a un escaso control en el consumo, y siempre están a la vuelta de la esquina de morir empachados. Además, aconsejan cambiarles el agua cada tanto, y son poco tolerantes a las visitas de niños, condición que es lógico que se extienda al resto de los animales (humanos incluidos) excepto, ¡cómo no!, los estúpidos e impasibles cánidos, capaces de aguantar las vejaciones más abyectas, las peores canalladas. Pero volviendo a los adornos con limitada capacidad de movimiento, la tortuga sería una opción que no requiere de más atención que una hortaliza, que ella sola se encargará de administrar (no como los glotones pescados), y la atención de que no quede panza arriba en caso que la pateáramos en un descuido. Incluso sirve como centro de mesa. Lo de la tortuga podría andar de no ser por el espanto que me produce su cara de arte precolombino.

Supongo que me produce algo de rechazo lo domesticado o que se pueda domesticar. Esto creo haberlo contado en otra oportunidad: cuando aún vivíamos en Barcelona, nos cambiamos de casa. Los dos gatos que mi nena, la más grande, tenía como mascotas no soportaron el cambio y en noches de viento y tormenta cayeron de un séptimo piso. La gata sobrevivió esa vez, pero con la tristeza y el tiempo se dio una segunda oportunidad. Reconozco que hay personas que desconfían de la carátula de “Accidentes”. En mi defensa diré que no actuaría de la misma manera porque entiendo que si bien un primero puede ser tomado como accidente, un segundo similar sólo puede ser visto y entendido como torpeza y falta de creatividad del autor material. No tenía una coartada, pero por suerte para nuestra vida conyugal mi pareja, es decir, mi nena, la más grande, vio algo de la escena, le pareció ver un enredo en una resbalosa cornisa y la posible caída. Y no me vio en el lugar del hecho… porque no estaba allí. Esto no impidió que una que otra mente perniciosa no siguiera sospechando de mí.

Es evidente que prefiero una mascota no presente y parece que se me nota, pero jamás estaría dispuesto a un daño mayor que el de alejarlas con algo de aprensión pero sin violencia. Aclaro esto porque el episodio de los gatos no fue el único que me sentó en el banquillo de los acusados. Cuando nos vinimos de Barcelona a Salta nos instalamos a vivir en casa de mi abuela con la idea de algo transitorio (planeo un ensayo titulado “Lo eterno e interminable de la transitoriedad”). Ella tenía un perro, el Giusseppe, que no sé si estaba inscripto así o sólo como Yusepe, y no lo comprobé puesto que el animal no firmó nunca ningún documento. En fin, era un perro bajito y alargado, sin llegar a salchicha, negro con un cuellito blanco, un pelaje bastante sedoso y un ladrido que trascendía su tamaño, incluso el de un rottweiler, y de marca pichicho, como quien dice. Pero sobre todo era un perro viejo y cansado. Dormía con mi abuela y despedía ese olor rancio y agrio propio de la vejez. Me refiero al Yusepe. La abuela ya había comenzado su carrera contra la senilidad, y esta última ya le venía sacando dos vueltas. Empezaba a no responder al paso del tiempo y cada vez se instalaba más en esos años lejanos, donde era totalmente autónoma, hacía empanadas y pollos para veinte personas, iba sola al súper o a sacar créditos de los que aún nos siguen llamando para cobrar, y su perro era vigoroso. Y sucedió lo que tenía que suceder. Ya venía medio rengo, comía poco y le costaba subir a la cama (hablo del perro; mi abuela, gracias al cielo, sigue viva, en otros años o en ninguno, pero viva al fin). Mi mujer, mi nena grande, lo encontró tirado y convaleciente entre los pies de la cama y una cómoda. Hacía unas semanas había estado un veterinario que nos cobró como si fuera neurocirujano y le recetó no sé qué cosas caras para que el animal no aguante más de lo que hubiera aguantado sin ese gasto improductivo. Y ahí estaba el pobre Yusepe, agonizando, boqueando y largando un líquido, un fluido bastante diferente a la saliva o a la sangre por el hocico. Me quedé a acompañarlo. De sus potentes ladridos ya ni estertores quedaban.

Fui yo el encargado de colocarlo en una bolsa grande cuando empezaba a ponerse tieso. Las mascotas no me gustan vivas, imagínense cuando no lo están. También me tocó embolsar los dos gatos en Barcelona. Si bien mascotas, también fueron convivientes, compartíamos un espacio, por lo que no dejó de moverse en mí algunos telones emotivos. En los tres casos fue lo mejor y capaz que el más idóneo para hacer ese trabajo. No quiero imaginarme si hubiese sido un tío (yerno de mi abuela) el que hallara el cuerpo muerto del Yusepe, un tío que tiene vocación de servicio, un afán de reconocimiento social y siempre adopta gestos y expresiones de circunstancia. No quiero, pero me lo imagino tratando de reanimarlo cardiopulmonarmente al grito de “apártense todos”, y uno, dos, tres… veintinueve, treinta, pfffff, pfffff, soplando el hocico del can. Mi imaginación no es arbitraria: hacía menos de un año, en la misma casa, otro tío (hijo de mi abuela y cuñado del anterior) amaneció muerto; también estaba muy enfermo. Ahí fui testigo de cómo el otro tío trataba de traerlo del más allá a puro cachetazo limpio, como para despertarlo del sueño de un oso. No quise intervenir, lo dejé hacer: el que recibía era inmune al dolor; y el que daba estaba cuasi poseído por un capítulo de “E.R.”, pero más ensañado que el Dr. Frankenstein con los dictados de la vida o la muerte. Después, con el paso del tiempo y recordando lo sucedido se me dio por pensar que no intentaba revivirlo sino vengarse. Recordé también aquella vez, más lejana en el tiempo casi treinta años atrás: mi tío, el ya desaparecido, había tenido un brote psicótico, y ¡cómo no!, el otro tío, nobleza obliga, fue a hacer su intervención sanadora y salvadora. Fue hasta la habitación del fondo a cumplir su misión, pero a los pocos segundos lo vimos aparecer nuevamente por la cocina y entrado a sopapos limpios; lo habían atendido por casi quince metros.

Pero volvamos al tema. Pasó un tiempo y un día se acerca mi mamá y me pregunta si yo alguna vez lo había pateado al Yusepe. Sé lo que estará pensando el supuesto lector, y lo sé porque yo pensé lo mismo en ese momento: que la madre de Charles Manson hubiese estado más dispuesta a confiar y defender a su hijo, que la mía con el suyo. Sí, mi mamá entra dentro de esas mentecitas perniciosas. Ella hizo ver como que preguntaba más que nada como para introducirnos en el tema en cuestión: que mi abuela le había contado en confidencia que me había visto pateando al perro, y que su muerte fue producto de mi frustrada carrera futbolística. Estuvo varios días o semanas con ese crimen dándole vueltas en la cabeza. Nunca se refirió a mí directamente como el asesino, pero se encargó de hacérselo saber a cuanto familiar o conocido estaba a su alcance. El hecho no me perjudicaba en absoluto. Además, si mi propia madre albergó la sospecha (si es que no la culpabilidad propiamente dicha), bien lo podrían hacer algunas tías, cualquier primo o el panadero y la quiosquera de la esquina. Pero reconozco que sí me perturbaba un poco la idea de tenerlo a mi tío asiduamente y con su mejor cara de “aquí sucedió algo extraño”, recabando pistas o intentando preguntas de apariencia inicua para esclarecer el caso. No pasó eso, o no me enteré.

Mi abuela se fue olvidando del asunto, o viendo que la justicia es lerda y no prosperaba, fue evitando mencionar el tema; incluso llegó a olvidarse del perro, creo. Hasta hace poco. Me gritó desde su habitación para preguntarme si el perro todavía estaba afuera, para que lo entrara. Hice lo posible para no causarle ningún dolor y le dije, evitando mencionar a su perro pero sin mentir, que el ladrido que sentía era del perro vecino, que en nuestra casa todo estaba en orden. Volvió a llamarme a los cinco minutos y la escena se repitió casi tal cual. El problema con mi abuela es la repetición hasta el hartazgo: todos los días promete lo mismo, las empanadas, los pollos, los ñoquis que hará al día siguiente (un día que no llega nunca y ya nunca llegará), pero que también, supongo, ve en una imagen eterna a su nieto pateando, en un gerundio interminable, y dando muerte a su perro. En realidad la repetición no es su problema sino el nuestro. Esa noche se durmió sin confiar que yo haya entrado al perro, pero al día siguiente me la encuentro en su habitación, llorando y hablando con mi tía (su hermana) de la muerte de su perra. Al verme en el umbral de su puerta, me señala y me acusa: “¡Él lo mando a matar!”. El asunto que me lo dijera de frente y en la cara me alegró, porque por ese lado de la familia las cosas se dicen teniendo el excesivo cuidado de que el que debe recibir el mensaje no esté nunca presente. Por un lado eso, pero por otro es el cambio de carátula. Ya lo consultaré con mi abogado, pero he pasado de ser el autor material al ser el autor intelectual. Supongo que eso es más difícil de probar.

Mi hija, mi nena, la más chiquita, de vez en cuando insiste con una mascota y yo le contesto como Homero Simpson cuando vuelven de New York: “Ya veremos, cariño… ya veremos”.

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¡Qué hijos de perra!

julio 21, 2019 at 8:53 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

“Ladran, Sancho, señal de que son perros” CFK

“Los pobres que votan a la derecha, son como los perros… Cuidan la mansión pero duermen afuera” John William Cooke

Como todos sabrán, desde hace unas semanas ocupo el cargo de Director de esta editorial, y si he sonado presuntuoso pido disculpas, aunque no creo que haya sonado así; si tuviese que sonar a algo, este cargo sonaría más o menos así: “pdrrrrrrr”; digo, honestamente, que no es un cargo que despierte la admiración de nadie, sino más bien una responsabilidad adquirida porque nadie más quiso hacerse cargo. En fin, tampoco vamos a ser tan honestos ante el ejercicio de tan noble y nada remunerable (aunque sí redituable) tarea. De este trabajo, bien o mal, puedo hablar. No así del otro, del que utilizo para poner un pan sobre la mesa. No es por oscuros y siniestros motivos, nada más que hay diversas instituciones involucradas y cada una maneja un criterio de prensa o algo así me explicaron cuando me aconsejaron no andar difundiendo la tarea. Sí puedo mencionar que visito algunos colegios secundarios y otros tantos centros de salud. Sí puedo agregar que trabajo para adolescentes aunque me toque lidiar con adultos.

Esta semana asistí a los colegios, un poco en vano; era semana de exámenes y había más docentes que adolescentes. Y no me quedó otra que mantener conversaciones. Hace rato que evito temas polémicos, y si bien antes y ahora se hablaba y se habla que en una mesa no conviene debatir sobre fútbol, política y religión, ahora y en mi caso prefiero no abordar con adultos temas como el aborto la diversidad y un modelo de país que involucre a la mayoría, que sería de política también. Nunca entendí por qué se aconsejaba esto, me parecía arbitrario, autoritario y de gente incapaz de mantener una conversación basada en argumentos. Yo prefiero pensar que es la intolerancia la que no debe sentarse a una mesa. Puede que algunos entiendan que la agresión, la amenaza, la violencia, el enfado, el grito, el ladrido, el gruñido sean los cimientos de un buen fundamento, pero a mi humilde entender, la gente que hace de esto y de sus cuerdas vocales un argumento deberían comer en un lugar más acorde aunque al perro tampoco le agrade esta compañía.

ALIMENTO PARA EL GATO

Antes de las vacaciones tuve dos episodios con sendos docentes sobre temas de diversidad y elecciones no legitimadas por la Santa Sede. Debo reconocer que con uno de ellos podría sentarme a la mesa, pues si bien no compartía del todo, casi nada, estaba dispuesto a no llevar el asunto a las manos y se notaba que, aun sin acordar, disfrutaba de la conversación; con la otra docente sería imposible y seguramente yo terminaría con un plato de tallarines al tuco sobre mi cabeza, pecho o falda. No viene al caso referir esos episodios, pero esta semana tuve que mantener una conversación con otros dos docentes. Cuando vi para dónde encaminaban sus argumentos, tuve la cintura de Messi, y en un slalom casi impecable logré sortear varios de los temas que generan controversia. Incluso callé en varias oportunidades argumentos sobre asuntos de la realidad nacional, porque anteriormente una de los docentes había comentado de un video que circulaba de un perro que ladraba a Cristina, o algo así, y se reía jocosamente, con una animosidad visceral. Me abstuve de poner en evidencia a su querido presidente y a toda su troupe de delincuentes e ineptos. Y como les decía, venía eludiendo como aquel barrilete cósmico del que hablaba Víctor Hugo cuando se me soltó el patín: mencioné que las y los adolescentes, y según lo estipulado por el Código Civil y Comercial, tienen derecho a decidir sobre su salud sin necesidad de acompañamiento adulto. Logré mantener el equilibrio pero detrás, como un alud, se me venía toda la patria potestad encima.

Y así es como una se lanzaba a hablar del grado de irresponsabilidad de los jóvenes, y que a esa edad apenas si habían aprendido a atarse los cordones (ni hablar de condones) del zapato y ya querían decidir por sí mismos. Antes de contestarle que esos jóvenes, por lo pronto, habían sido mucho más responsables que ella por no haber votado a Macri, aunque fuera por edad, opté por indicarle que lo que decía no era motivado por mi arbitrio sino porque las leyes así lo indicaban. En ese momento, el otro manifestó que su hija, que iba a primer año del P________ (otro colegio también de la zona y a pocas cuadras del que en ese momento nos encontrábamos), le había caído a su casa con esas ideas, porque algún profesor se las había inculcado, y él, que no es muy muchas pulgas que digamos, se estaba volviendo medio loco y que ya le iban a hablar de derechos, en su casa y una mocosa, y que antes iba a conocer su derecha. Aclaro que no fue así de literal, pero llevaba algo de ese tinte. Para evitar suspicacias no quise insinuar que era más que probable que yo hubiera sido esa persona que andaba inculcando esas cosas. Siguiendo con la metáfora del esquí, leí alguna vez por ahí que la técnica se basa en un continuo movimiento (supongo que también se puede aplicar al boxeo), en un movimiento fluido y constante. Siguiendo esta máxima, me despedí respetuosamente y me fui yendo despacito.

COMIDA DE PERROS

Aprovechando la cercanía me dirigí al colegio P________, esperando encontrarme con ningún adulto. Durante el trayecto sucedió algo que no suele salir de lo común, es más, se pasa de ordinario, pero igual lo voy a contar. En una de las esquinas por donde transitaba y donde había un claro como de patio anterior, de pronto, comenzaron a ladrar algunos perros. No parecían perros en actividad, pero ninguno portaba collar alguno. Esto es bastante normal en el barrio donde me desplazo: jamás había visto tal cantidad de perros sueltos. Casi inmediatamente me percaté que los ladridos se dirigían a mí, lo que me dio a pensar que no eran callejeros, sino que tenían amo; los perros callejeros suelen ser educados y no están para defender ningún interés que no sea el propio, y creo que consideran inútil ponerse a ladrar por otros. Si nos ponemos a pensar, más ladradores son mientras más encerrados los tienen. Bueno, vuelvo al episodio: comenzaron a ladrar, y a ladrar en patota. No les di más pelota que lo que merecían, pero no conformes con mi indiferencia se iban acercando a la vez que aumentaban la frecuencia y el volumen de ladridos. Ya es violento el aturdimiento, pero lo es mucho más un ataque a mordiscones, y no tenía interés en ponerme a probar la veracidad del refrán. Me acuerdo que cuando niño solía invocar a San Roque, como una tía solterona. Había un recitado: “San Roque, San Roque, que el perro no me toque”. Era más largo pero no lo recuerdo bien. Dejé de usarlo cuando un perro enorme y desconocedor de su patrono me tiró al piso. No tenía intenciones de hacerme daño, pero el susto me lo comí igual y perdura hasta estos tiempos. Dejé de usar la frase y opté por la mímica de agacharme y recoger una piedra, generalmente imaginaria. Es notoria la eficacia de este gesto. Yo no sé cuántos perros fueron apedreados, pero en el inconsciente colectivo canino eso está arraigado, y si bien no dejan de ladrar, sí dejan de acercarse, y ellos también se conforman con la mímica y el amague.

En el otro colegio me crucé sólo con un celador (confeso votador del gato) y dos preceptoras, y como ninguno tenía mucho para hacer estaban dispuestos a hablar de cualquier cosa. No les di el gusto, aunque suelo hacerlo por afán autodestructivo. Y en ese afán suelo escuchar repetidamente frases huecas que ya habían sido dichas por políticos o sus difusores mediáticos. De tal forma uno se encuentra con cosas como que la desocupación es producto del aumento de población, como lo dijo el Hada Virginal, o que es necesaria una reforma laboral para que los empresarios puedan despedir con justicia a los vagos. Y la gente apoya este axioma como si fuera empresaria, propietaria o paladín contra la holgazanería, sin entender que lo hacen para seguir bajando el precio de mano de obra. De la misma manera que acepta pagar el triple o el cuádruple porque en los medios le dijeron que estaban viviendo una fiesta con los servicios. O que la Gendarmería es la institución más valorada de nuestro país, mucho más que la escuela publica, como lo dijera una de las más impresentables de este gobierno, si es que alguno fuera más impresentable que otro. Entonces, contra los que defienden estos sinsentidos, he optado por un camino que creo más sano. Y así, cuando repiten o gruñen que está en juego la democracia, yo, con mi mejor cara de póker repregunto: Pero… ¿por qué? ¿Acaso no van a haber elecciones? ¿Ya no podremos elegir, aunque sea mal y sin pensar, como lo hicimos en el 2015? Entonces, antes de dejar concretarse un silencio de reflexión, los gruñidos se vuelven ladridos. O como cuando algún otro u otra dice que vamos camino a ser Venezuela, y yo, en vez de hacer ver que fue este gobierno el que nos puso en ese camino, digo: Sí, pero ahí en… en… ¡Ay!, ¿cuál era la capital de Venezuela? Y ahora si se produce un silencio porque mis interlocutores lo desconocen; entonces yo los miro desde el fondo último de la satisfacción esperando que ellos entiendan que no pueden hablar de Venezuela si apenas saben que está en América. Y al ver expuesta su completa ignorancia, eligen el ladrido como respuesta o represalia. Y esa es mi manera de levantar la piedrita imaginaria; seguramente ellos seguirán ladrando, pero lo van a pensar dos veces antes de acercarse. Y si esas pequeñas piedras no resultan del todo, me vuelvo a agachar y hago como que levanto una más grande y pregunto: Bueno, decime, ¿qué es lo que hizo este gobierno? Y ahí los veo revolcarse como si no tuvieran un solo centímetro de sus cuerpos sin pulgas, y revolean los ojos y se debaten entre ladrar o aullar, porque si contestasen tendrían que confesar que lo que hizo este gobierno es empujar a más perros a la calle, y que la visión de tales los pone a ellos en una posición diferente, de perros domésticos y con techo, con amos, y su obsecuencia quedaría totalmente explícita. Algunos lo hacen: son los que se adjudican un pedigrí inexistente por el solo hecho de tener y conducir un programa de radio o de televisión, o por plasmar ladridos de manera gráfica. Son los formadores de ladridos. Abundan, y aunque sus amos de vez en cuando les rasquen sus lomos le siguen tirando el hueso al patio, para que no se mal acostumbren y quieran ocupar un lugar que no les corresponde dentro de la casa.

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Un servicio a la inteligencia

julio 7, 2019 at 3:25 am (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

“A ver los peronistas del fondo, ¿por qué no cuentan qué les parece tan gracioso así nos reímos todos?” Gabriela Michetti

No me he alejado de este blog por flojedad y apatía ni por una vindicación monetaria, sino porque comenzaron a circular rumores de que mi amigo, y ahora actual e interino Director de este blog, era parte de algún Servicio. Al principio me costó asimilar la idea, no tanto por una supuesta intachabilidad moral de Irtzuberea sino por la figura asociada a los servicios de inteligencia que cualquiera arrastra por algunas películas o novelas; se suponía que los espías debían tener algunas características especiales como para que pudieran pertenecer a un servicio de “inteligencia”. Sin embargo, y visto lo que viene sucediendo en Argentina, se ve claramente que agudeza e ingenio no son requisitos básicos para entrar. A menos que todos esos que vemos sean de la escuela de investigaciones del teniente Columbo: que en su afán de hacerse los despistados, vienen derrapando y mordiendo la banquina hace rato. El Vasquito me dijo que no me preocupara, que si bien su trabajo estaba teniendo algunos tintes de un Servicio, no explicitados en el contrato inicial,, que los de este blog podíamos quedarnos bien tranquilos, dado que el alcance del mismo y las ideas de su personal difícilmente justificaran un vigilante, una bala y ni siquiera un expediente.

Y aquí me veo otra vez en un intento más por comprender la situación de un país cuyo futuro se ve menos claro que una explicación de Gabriela Michetti. Pero no voy a ahondar en situaciones que ya cualquiera sabe, aunque se las vean canutas para tratar de ocultarlas, con la complicidad de Medios Martirios de Comunicación capaces de defender lo indefendible o desviar hasta lo indefinible, con fiscales declarados “en rebeldía”, con aprietes judiciales, tanto de jueces hacia empresarios, como de gobernantes hacia jueces que no siguen sus premisas, con un Estado de derecho que pende de un hilo, con una Oficina Anticorrupción que sólo investiga a los opositores por más que pesen más causas y con más pruebas entre los oficialistas, y cuya titular (puesta por decreto, ya que hasta ahora no se le conoce ningún mérito) debe haber sido, junto a la Ministra de Seguridad, de los mejores promedios en la Escuela Teniente Columbo por sus capacidades de hacerse las boludas. Y junto a éstas, y acompañando sus aventuras, la Lilita y la Margarita; todas denunciadoras seriales, todas grandes defensoras de la “moral, Dios, la patria y la república”, siempre y cuando se trate de opositores, y con más razón si el opositor es mujer y ex presidente; pareciera que más las mueve una envidia visceral hacia su congénere que los mandatos de la mismísima embajada de Estados Unidos. Y acá también se ve cómo la inteligencia es una virtud completamente prescindible a la hora de ocupar un cargo de responsabilidad; se puede ser, incluso, presidente. Y si bien me estoy refiriendo al nuestro, que exhibe su impudicia con total procacidad, porque le hicieron creer que “no es visible para una persona de bajo nacimiento”, está visto que hay varios “Reyes desnudos”, por éste y otros continentes.

La pregunta es: ¿por qué negamos la evidencia? ¿Por qué preferimos sumarnos de forma agrupada y colectiva a creer una mentira aunque se vean los hilos (aunque no en el caso de los “nuevos trajes del emperador”)? ¿Por qué, aunque sea obvio, preferimos acomodarnos en la ignorancia, el desconocimiento y la vista gorda sólo porque lo proclama alguien a quien legitimamos únicamente por su situación de poder, ya que no podríamos certificar ninguna otra característica de valor? ¿Por qué insistimos en naturalizar cuando nos vulneran derechos? Esta gente lleva años lucrando con fake news, ganaron una elección diciendo que a Nisman lo mataron, y cada vez que pueden vuelven a sacar el muerto del ropero; cuando se les antojó hicieron que Santiago Maldonado, ya muerto, ya desaparecido, anduviera paseando por todo el país. Y en los dos casos, la Gendarmería lleva la voz cantante. Y en ambos casos, los argumentos parecen sacados de un capítulo de Benny Hill o de Mr. Bean. Sin embargo hay que ver la que se armó porque cierta ministra apareció despeinada; porque eso sí los desprestigia de cara a una campaña. No el hambre, no los cierres de las industrias y las pymes, no las muertes del gatillo fácil, no el desmantelamiento en salud, educación y derechos humanos, no la deuda contraída ni la fuga impúdica de capitales. No. El escándalo es que por las calles la gente exprese lo que le parece y le provoca el presidente o cualquiera de sus súbditos, y que eso salga en algún medio. Para ellos eso es un escrache vergonzoso, pero si sucede hacia alguien de la oposición es un simple incidente. Y ahí están, rasgándose las vestiduras porque unos jóvenes, mediante un engaño travieso, le hicieron abrir la ventanilla del auto al presidente para decir que “era bienvenido… en ningún lado”. Lo que tiene mucho de verdad, siendo que lo que dijo este presidente que iba a hacer tiene mucho de mentira.

Así con todo. En estos días hubo muertos por la ola de frío y un club de fútbol abrió sus puertas para dar cobijo a los sin techo. No podían quedarse callados. Ahí nomás salió un chimpancé camorrero a decir que todo eso era una opereta kirchnerista. Este simio es diputado, está en todos los programas de debate de televisión y no salió con dignidad de ninguno. Hablo de Fernando Iglesias, por si cabía alguna duda. Ahí nomás salió un cuasi actor a apoyarlo y a decir barbaridades del estilo. Es probable que muchos no conozcan a Juan Acosta: es un tipo cuyo mejor papel fue hacer de nabo en un lejano programa de Antonio Gasalla; y no logró salir del personaje. Lo mismo le pasó a Alfredo Casero, que concurre a la televisión a opinar de política como si estuviera en Cha Cha Cha. Sin embargo hay personas capaces de creer esto o de reafirmarlo. Pero, ¿que les molestaba? Primero y principal, les molestan los pobres; segundo: que estén visibles, que se vean. Pero además les molesta la solidaridad entre ellos. ¿Por qué? Porque la solidaridad les quita a ellos y a sus aburridas mujeres esposas la posibilidad de una foto y de salvar su apagada conciencia yvida en algún evento de caridad. Les quita la posibilidad de dar lo que les sobra, lo que no necesitan y a su vez quedar como filántropos.

¿Por qué somos capaces de tragarnos eso? ¿Por qué nos llega a resultar verosímil que los pobres que pasan hambre y frío, familias enteras, niños, abuelos, son parte de un complot contra el “buenazo y rico de Macri? ¿Hasta qué punto nos menosprecian y nos tratan de tarados que se animan a decir (y nosotros nos las comemos con papas) que los pobres muertos, por el cambio climático y por la precariedad a la que los empujó este gobierno, son parte de un comando kamikaze de La Cámpora?

El odio y el cinismo carecen de límites. Estos adalides de la meritocracia, pero de una meritocracia cimentada en la desigualdad de posibilidades, en la desventaja del punto de partida (porque de partir de un mismo punto, de una igualdad de posibilidades, tropezarían nomás salir como lo hacen sus lenguas cada vez que intentan un discurso o una oración con sujeto y predicado), estos son los que nos dicen que no nos merecemos lo que tenemos porque quisimos vivir por encima de nuestras posibilidades y nos aseguran que lo que bien nos merecemos es castigo y precariedad. Y ahí vamos cabizbajos y arrepentidos de nuestro atrevimiento, pensando que no sólo los trabajadores deben volver al lugar que les corresponde sino también los otros, las otras, les otres, las minorías, los gais, las lesbianas, los trans, los incluidos, los que jamás debieron salir de la oscuridad; “vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza, el señor cura a sus misas y el avaro a las divisas”, como canta el poeta. Los pobres a la construcción, las pobres a la limpieza y les pobres a la prostitución.

Estos, cuyo mérito se erige en la mentira, la amenaza, la extorsión y la fuerza bruta son los que hablan de la corrupción del gobierno anterior e instalan la idea de que se robaron un PBI o que alguien revoleó unos bolsos con dinero mal habido, porque es lo único que tienen para ofrecer: un traje invisible. No tenían otra idea que la de polarizar con Cristina Kirchner, y ahora que ella bajó su candidatura, se les desdibujó todo, y como no tienen ninguna otra idea, exigen que les saquen las papas del fuego los periodistas y jueces amigos, que los unos ya no saben qué decir y los otros ya no saben a quién llamar a indagatoria, y ninguno sabe qué inventar. Y una vez entre las cuerdas hacen lo que siempre les sale: morder la oreja, cabezazos, golpes bajos. Apelan a lo más ruin, que es lo que sale cuando uno está cagado en las patas: la intolerancia, la xenofobia, el racismo, la violencia, la estigmatización. Y lo hacen porque seguramente siempre hay alguien que piensa así o que los legitima porque lo vieron almorzando con Mirtha Legrand o en el sillón de Susana Giménez o siendo esquivado y menospreciado por Trump. Porque se dirigen a ese otro producto bruto interno, al que puede ser manipulado, engañado, al que así como le introducen el gusano del odio, la mosca de la envidia, con el aval de los medios masivos de comunicación que sueltan humo pero que termina siendo veneno. Y así los terminan ahogando. Y así se muere la clase media, envenenada. Y a ellos no les importa porque hicieron de ese gusano y ese veneno su marca registrada, y esa marca los puso ahí donde están.

No tengo un cierre, no tengo un final. Tengo cierta impotencia porque empecé este escrito bien y me fui calentando. No es para menos. Muchos son culpables. Pero también habemos (y me da igual lo que opine la RAE sobre el uso de este término, porque esta misma tediosa academia hace la distinción entre un uso “culto” y otro “popular”), digo que también habemos los responsables.

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La rebelión de los artefactos

julio 1, 2019 at 7:57 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Cuando llegamos a instalarnos en Salta nos quedamos en la casa de mi abuela, en la parte de arriba. Al principio por razones económicas. Cuando tuvimos posibilidades de mudarnos, no quisimos dejar sola a la vieja. No hay, por supuesto una única razón, pero explicar el contexto es cansador, y no me senté frente al teclado por ese motivo. Decía que al llegar a Salta nos instalamos donde ya dije. Es una casa antigua, pero es cómoda en cuanto a ubicación. Aunque durante la semana hay mucho movimiento en horas laborales y es calle por donde suelen pasar manifestantes y procesiones religiosas. Sin embargo eso atañe a aspectos del exterior y yo quería hacer mención a los del interior.

Empezaré por donde nos sugiere el título. Los artefactos eléctricos. De Barcelona nos trajimos la computadora, un equipo de música que también reproduce DVD y un televisor. Este último necesita una antena o un codificador o vaya a saberse qué cosa porque los sistemas del norte difieren de los del sur, entonces no podemos ver ninguna frecuencia ni por aire ni por cable. Tal vez sí por satélite, pero si no tuve la diligencia de conseguir ese adaptador, fuera lo que fuese, mucho menos una antena satelital. Además, en la casa había otros tres televisores: uno en la habitación de la abuela, otro en el comedor y un tercero en la que fuera mi pieza de soltero y ahora, quince años después, la de casado. Durante este intervalo están los diez años que vivimos en España. El televisor de la abuela funciona bien y se ven todos los canales, pero falla el control remoto. No son las pilas; las cambiamos y nada. También intentamos con uno universal y tuvimos que devolverlo. Esto no es gratuito y creo que tiene que ver con el deterioro de la abuela. No porque el mando haya sido como su fiel acompañante y se mimetizara, sino porque junto con el tedio y el aburrimiento de la ancianidad y las limitaciones propias, la mente le empezó a fallar; carece de memoria a corto plazo, lo que hace que a los dos minutos no sepa qué es lo que está viendo, y al no enterarse decide cambiar de canal para ver si en el siguiente engancha la idea. Esto cuando aún funcionaba el aparato. A veces se ponía a cambiar simplemente por encontrarse haciendo una acción, sin interesarse en lo que pasaban, por el solo hecho del cambio de iluminación; formas de mantenerse despierta, de cerciorar que sigue viva, como la de repetir lo mismo cada minutos: no importa el mensaje ni lo que se diga, importa sentir que no se le apagó la voz. En fin, el constante manoseo terminó por inutilizar el mando. Ahora casi ni ve la tele, por lo ya contado y porque cada vez escucha menos.

Luego está el del comedor. Además de también tener un control remoto poco efectivo tiene la limitación de tener sólo 30 frecuencias y entre las cuales hay seis o siete que jamás se pudieron sintonizar… Miento: en una época, allá por mi soltería, se veían 30 canales diferentes, pero alguien decidió hacerse el entendido en tecnología y jamás se volvieron a ver tantos canales. Ahora, eso, seis o siete frecuencias de hormigueos, cuatro o cinco canales deportivos, cinco o seis de dibujos, otros tantos de noticias (de los cuales sólo uno no pertenece al grupo hegemónico), un par de variedades y chismes, el canal público y dos culturales. Una oferta bastante limitada. Además el control remoto; hay botones que no funcionan o que requieren de una presión mayor a la normal. También tiene afectadas las pilas, pero a veces con un golpecito empieza a funcionar. Otras veces, cuando el golpecito no funciona, giro las pilas. Me pasó algunas veces que este procedimiento funcionó, pero más bien creo que fue azaroso: es como si tuvieran una posición especial, y que yo desconozco, que abre las puertas a la energía, como las combinaciones giratorias de un maletín. Cada vez se me hace más difícil acertar la clave secreta. Por suerte los tres o cuatro canales que suelo ver están juntos, por lo que cambio de frecuencia de manera manual.

Y tercero estaba el de nuestra habitación. Se veían todos los canales. Pero una prima decidió regalarnos uno que ya no usaría, y como tenía más pulgadas hicimos el siguiente cambio; nos quedamos con el regalo en nuestra habitación, bajamos el de nuestra habitación y relegamos el de veinte aburrimientos a otra sala pero a modo de trasto. Este movimiento no duró mucho. Más pronto que tarde, al del comedor le comenzó a fallar el sonido y se iba a cero. Con el control se lo volvía a subir, hasta que en algún momento volvía a quedar en mute. Cada vez fue más difícil restaurar el volumen hasta que llegó el momento en que se subía e inmediatamente se bajaba hasta que ya no se pudo subir más porque la reacción de mantenerlo en cero del televisor era más rápida y tenaz que mi pulgar y que el de cualquier otro descendiente de los primates. Así que el viejo trasto volvió al comedor.

Durante algún tiempo disfrutamos de ver tele tirados en la cama, pero el aparato que nos regaló la prima comenzó a fallar y a oscurecerse y cambiar los colores para verse en tonalidades de rojo y azul, como si estuviese solarizado en un Photoshop. Pasaba que si uno era paciente, al rato de encendido volvía a la normalidad, por lo que teníamos que tener bien planeados los horarios de espectador: Pensamos que era porque al aparato le costaba entrar en calor, pero cuando nos pasó que de un tiempo de estar viendo normal volvía a solarizarse, entendimos que no era enfriamiento. Además de que no había un tiempo estipulado de espera sino que se normalizaba cuando se le ocurría, y cada vez se le ocurría más tarde. En todo caso es la pérdida menos molesta porque soy de los que creen que la habitación no es un espacio para ver televisión, si bien muchas veces resulta más que confortable.

Si a esto sumamos dos radios incapaces de sintonizar una frecuencia por vez, todo parecería indicar de que se trata de un complot electrónico, y lamento haber escrito esto porque de ahora en más voy a escribir preocupado de que la computadora se llene de virus, se apague, revienten los parlantes y se me queden los dedos pegados al teclado.

Hay películas enteras dedicadas a esto; no voy a redundar. Al contrario, tiene que ver menos con la tecnología que con su caducidad. Todo es viejo, todo a renovar. Las paredes de la cocina (y de otros lugares) parecen la piel de un lagarto en plena muda. En la sala donde ahora escribo, cuando llueve se asemeja al vestuario de un club de fútbol, con la diferencia que en el suelo hay más tachos que en la batería del de los Chili Peppers. En el living, que nadie usaba excepto en las fiestas navideñas de antaño, donde se juntaba una familia numerosa y que volvió a usar mi nena, la más chiquita, porque fue el único lugar donde pudimos poner una cama elástica que nos regalaron, se quemó un foco que no había sido cambiado desde que tengo memoria. Quise cambiarlo pero me quedé sólo con la parte de vidrio; la parte de metal que se enrosca quedó pegada, y no quise indagar más por estar a medio camino entre un frágil equilibrio de una escalera enclenque y de otro más frágil: colgado de la araña.

La factura del agua cada vez es más cara. Mucho tiene que ver el desgraciado que nos gobierna, pero también es cierto que cuando se arregla una pérdida, la presión hace que un agujero se abra en otro lado, y un sonido persistente, constante nos traslada hacia a algún recoveco amazónico. Las cañerías son de plomo y la desidia ha obrado durante más de medio siglo. Mis conocimientos de oficios hogareños, si bien se han profundizado, siguen sin alcanzar, como tampoco alcanzan los pegamentos ni las famosas gomitas de los grifos.

Casa Tomada, el cuento de Cortázar, tiene variadas interpretaciones; se habla de fantasmas, de una clase media que no acepta al peronismo y a sus cabecitas negras, de espíritus, del pasado que va comiéndose poco a poco los colores, tiñéndolo todo de sepia o blanco y negro, atrapando a las personas en ese revivir que es un no vivir, de una simple pesadilla. Pero también está el deterioro. A los personajes del cuento les gustaba la casa “porque aparte de espaciosa y antigua (…) guardaba los recuerdos…” Tal vez los personajes la abandonaron porque convenía más eso que la reparación de los daños que se la iban comiendo cada vez con mayor celeridad. Tal vez porque de pronto les empezaron a sobrar los espacios, y porque ni siquiera todos los recuerdos de la infancia alcanzaban a llenarlos; entonces todo se volvía vacío.

Ante lo irreparable a veces conviene dejarse ir. Y esto no sólo tiene que ver con una casa antigua, sino con cualquier otra situación, un noviazgo, un matrimonio, un contexto laboral, una amistad, un aburrido hobby, la vida en general. ¿Cuánto se invierte en arreglar? ¿Cuánto en empezar de nuevo? Claro que si lo vemos bien, hay una línea delgada entre la sensatez y la cobardía, y lo que para algunos es una cosa, para otros es muy otra. Pero no estoy aquí ni escribo esto para filosofar, sino para cumplir el compromiso que le hice al Director (mejor dicho: por ahora y por un tiempo “exdirector”) de tratar de mantener este blog medianamente activo. Por eso y porque no puedo ver una mierda en televisión si no es en mute, en colores de cómics o de expresionismo alemán o a través de periodistas (que se creen tales) obnubilados por una bilis envenenada, un servilismo ciego, y jugando a ser Todos los hombres del presidente (y que, por supuesto, lo son).

Comencé este texto hablando de los electrodomésticos y pretendo retomarlo en los pocos renglones que seguramente quedan. A decir verdad, con el único que no tuvimos inconvenientes es con la plancha. De hecho no por el instrumento en sí, sino porque en casa no planchamos más que cuando dormimos. Si lo analizamos con calma recordaremos que la vieja plancha tenía un cable con ruidos magnéticos similares a los que emite un trozo de pollo al primer contacto con aceite hirviendo. Además de que el enchufe macho estaba todo quemado y daba bastante impresión tener que conectarlo, aunque el problema que lo dejó así hubiera sido de un mal día del enchufe hembra. Tenía pensado hacer el chiste de que era probable que, más que la ropa, fuera uno el que quedaría planchado, pero sería casi lo mismo que la analogía de dormir.

El lavarropas tampoco se portó bien en estos casi cuatro años que llevamos aquí. Lleva algunas reparaciones y sigue actuando con el desgano de un funcionario público. En cierta forma, y dada nuestra modalidad sedentaria, es la forma que tienen nuestras vestimentas de salir a dar unas vueltas (hoy estoy a full con los juegos de palabra). Mención aparte merece una pava eléctrica que se incendió, más bien se derritió sin ninguna otra razón aparente de que la abuela la hubiese puesto a calentar sobre una hornalla encendida de la cocina. Despego al artefacto eléctrico de toda responsabilidad en este episodio; el problema eléctrico se da en el circuito interno de la abuela.

En fin, así están dadas las cosas.

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Informe de la situación XVIII (Ni con un seguro se está seguro)

junio 15, 2019 at 8:31 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea), Uno que juega)

Hace casi cuatro meses que nadie aporta a este blog. Eso en general; en particular se podría mencionar colaboradores que han perdido por completo su condición de tales. No estamos aquí para alcahuetear a nadie, pero la verdad es que el Director tiene algo de razón; no sé si en sus improperios más fuertes, pero sí en la base del reclamo. Eso si entendemos que una colaboración es gratuita, cosa que no damos por sentado ninguno de los que alguna vez supimos colaborar en esta editorial.

Aun así no es justificable el histrionismo y su sobreactuada victimización. Fingir un paro cardíaco era demasiado excesivo. Incluso hasta él mismo se dio cuenta (aunque seguramente no tan a tiempo como le gustará recordar), y de pronto cambió el gesto de agarrarse el supuesto brazo acalambrado y el rictus por una relajación y lasitud que apuntaba a desmayo y que, debido a sus pésimas dotes actorales y a su impuntual discreción, terminó siendo un sentido desvanecimiento, a lo sumo, una baja de presión. En medio de ese clímax, y en un tour de force, fue que me dejó a cargo de este blog aduciendo que en ese estado en el que se encontraba le iba a ser harto trabajoso asumir con tesón y aplomo el liderazgo de la empresa (sic). (Telón)

Sinceramente, no entiendo bien en qué cambia la cosa, si el Director vino a aparecerse después de no sé cuántos meses a hacer su paripé teatral, ante un público más que escaso, es decir, sólo ante el editor de esta redacción, que no resulta otro que quien suscribe, y tal vez el único que escribe… al menos en los últimos tiempos. Con la inmediatez que me caracteriza, me puse manos a la obra, y pasado mes o mes y medio de la entrevista con el Dire convoqué a una reunión con algunos de los colaboradores. Dejé pasar este tiempo prudencial para no preocupar al personal por el frágil estado de nuestro abandónico líder, y porque no me iba la vida en ello. Me hubiese gustado que ellos también vieran el espectáculo al que fui sometido, sobre todo porque varios de ellos profesan un sentido de la discreción y de la corrección algo diferente al mío. Digo: hubiese estado interesante que alguien hubiera convencido in situ al Director, de la forma que fuese, que del ridículo no se vuelve.

En fin, aquí me veo escribiendo. La intención primera era relatar lo sucedido en la mencionada reunión. No por lo que se habló o proyectó, por supuesto, sino por lo que terminó ocurriendo por intentar un encuentro laboral en un lugar de expendio de bebidas alcohólicas y con miembros a quienes la madurez emocional les está vedada casi por completo y cuya idea de vida es la de un disparate triste o alegre, según el caso y el día, pero inmediato. Los grandes ausentes fueron Errolan y el Licenciado Nolrad Leira, dos personas que hubiesen podido apaciguar la impronta sanguínea y proclive a la refriega del Chango Vergara, de Gauna y del curita Elías. Que quede en claro que hice lo que estuvo a mi alcance para evitar la disputa, como bien se lo expliqué al oficial en la comisaría (un Director, aunque sea de manera interina, tiene mucho para perder). Pero seguramente relataré lo sucedido en algún momento… o lo harán los otros testigos y partícipes si es que les viene en gana cumplir con lo que prometieron ese día, entre copas, antes de la escaramuza, a saber: volver a colaborar.

Por mi parte, comienzo dando el ejemplo y subiendo a este blog estas palabras que desconocen dónde irán a parar, pues no me he propuesto ningún tema ni ninguna idea ni nada que merezca ser publicado. Además del episodio del bar, se me viene a la cabeza la deplorable situación argentina, la dejadez, la inutilidad, la negligencia, la soberbia, la altanería, y a la vez sumisión, la vergüenza impúdica, impune y paseandera con las que se conducen los que dicen conducirnos. Pero fue uno de los compromisos que adquirió Vergara ese día. Sin embargo, hubo algo que sucedió en estos días: recibí por correo un mensaje alarmante. El asunto decía: “tramite” (así, en minúscula y sin tilde) seguido por un número de siete cifras. Ya en el cuerpo del texto, dos renglones exaltan mi natural sereno:

“Ante la imposibilidad de contacto con usted

Le solicitamos por favor se contacte con nosotros a la brevedad, por un siniestro.” (Así, sin signo de puntación después de “usted”.)

La idea de un siniestro exalta a cualquiera porque no conlleva nada bueno (creo que no estaría bien aplicado decir que Messi y Maradona son siniestros por pegarle con la zurda). Inmediatamente la mente se puebla de oscuridad y catástrofe. Sigo leyendo, más acelerado, y renglón y párrafo siguiente está la invitación, más bien la conminación a comunicarme en días hábiles, en horario de corrido a un teléfono, con interno y todo, o que visite cualquiera de sus sucursales. Yo no sé de qué carajos ni de sucursales de qué me está hablando, mientras que transversalmente mi cerebro busca conocidos o familiares que pudiera tener en Buenos Aires, puesto que el teléfono tiene la característica de esa localidad, y analiza cómo mierda hacer para hacercarme a “algunas de sus sucursales”. Tiene la firma de una persona que existe: Ana Clara Zavaleta. Lo sé porque gugleé su nombre para saber si no se trataba de una de esas estafas o de piratas informáticos. Esta persona figura como Analista de siniestros y trabaja para una empresa de seguros importante, pero no llegué a averiguar si se trataba de eso por lo que la había gugleado, aunque es casi seguro. Otra cosa me hizo sospechar: el cuerpo del texto comenzaba con un “Estimados buenos días:” (así, si coma, por lo que deduje que los “estimados” no éramos los destinatarios del mensaje sino los “buenos días”; todos estimamos los buenos días, si fuera por nosotros no tendríamos ni un día malo). Lo que me llevó a la siguiente deducción: no era un asunto personal. Aunque tratándose de un siniestro es evidente que podría involucrar a varias personas, pero imagino que lo comunicarían con al menos una pizca de delicadeza.

Nombré a Zavaleta porque ella me envía el correo, y pretendiendo que si alguien sabe algo de esto me lo comunique o lo comunique para tranquilidad del resto de afectados, que imagino montones. No nombro la empresa porque en esta, mi nueva gestión no vamos a publicitar gratuitamente, pero sí voy a decir que debajo del logo de la empresa venía un mensaje (otra amenaza) que decía en letrita pequeña: “La información contenida en este mensaje y sus archivos adjuntos, es confidencial y está dirigida exclusivamente a sus destinatarios consignados. No debe ser divulgada sin autorización previa del remitente. Si usted no es uno de los destinatarios, no está autorizado a copiar, distribuir y/o retener la información contenido (o parte de ella), instándolo en tal caso a notificar al remitente inmediatamente y eliminar el correo”… hay un poco más de blablablableo hasta una recomendación final: que pensemos en nuestro medio ambiente antes de imprimir ese mail.

Cuando el corazón empieza a recuperar su ritmo cardíaco normal, el cerebro puede descubrir la tomada de pelo, pero sobre todo en un hecho preciso: dice “Ante la imposibilidad de contacto con usted”. ¿Y qué es lo que está haciendo en este momento, señora? O señorita. Usted se está contactando conmigo por correo, o todo esto me lo he imaginado, y yo no sé de dónde robó mi dirección. La hubiese robado antes, cuando le era presciso y al parecer indispensable contactarse conmigo por un siniestro. Usted no mintió señora o señorita Zavaleta, era por un siniestro; por el siniestro modo de conducirse, suyo, de la empresa que la patrocina y de otras tantas empresas y organizaciones que actúan de igual o peor manera. Es como la primera vez que alguien recibe una de esas cadenas de no sé qué cosas, y que si uno no se la reenvía a veinte amigos (como si se pudiese tener tal cantidad de tales), se quedaría pelado, perdería a un familiar querido y no volvería a usar el pito ni siquiera para mear. No sé a cuánta gente pueden captar de esta manera, pero no soy quién para subestimar ese procedimiento porque seguramente les funciona. Y eso es más siniestro aún.

La nombro, señora o señorita Ana Clara Zavaleta, porque quizá, en un ataque de vanidad como los puede tener cualquiera, usted guglee su nombre y se encuentre con este texto. Y al leerlo tenga la amabilidad de contestarme de qué se trata el “tramite” 11456 y dos números que ahora no recuerdo, y me libre de tener que viajar casi dos mil kilómetros para que usted me venda un plan de seguros o algo parecido. O si quiere explicarme o excusarse o putearme o amenazarme por haber divulgado sin autorización la información confidencial que me dirigieron “exclusivamente” a mí y a otros no sé cuántos miles de destinatarios. Total, usted tiene mi contacto aunque jamás se lo haya dado… ni a la empresa para la que trabaja.

Quedo a su disposición, pero ahora me despido porque tengo obligaciones gerenciales dentro de esta editorial que no puedo esquivar, y porque en breve debo presentarme ante un fiscal o algo así a declarar sobre mi participación en una gresca tabernaria ocurrida hace poco más de un mes.

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¿Qué bicho no te picó?

febrero 20, 2019 at 11:32 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Al final le puse un nombre; con mi nena, la más chiquita, lo llamamos Shazam. Creí que era lo apropiado. No el nombre en sí, sino el hecho de nominarlo, de reconocerlo, de que sea parte.

Pero empecemos por el principio: martes por la tarde. Nos encontrábamos en el natatorio (no me gusta esta palabra) Juan Domingo Perón. Utilizo el plural porque hallábame junto a unas compañeras de trabajo, y nos hallábamos en nuestras funciones, que como recordará el supuesto lector, no puedo especificar. Una de ellas lo descubrió sobre la mesa. La verdad es que escapaba a la mayoría de los invertebrados que acostumbramos a ver, si bien poseía unas antenas de cucaracha rubia, un exoesqueleto parecido al del escorpión, aunque más pequeño acabado en una cola con un color intenso, como de luciérnaga bajo consumo, amarillo con puntos negros y anaranjado el último segmento o telson; seis patas zancudas, pero con serrucho, como las langostas, las de tierra (aunque mirado de cerca su cuerpo tenía algo de langosta marina). Esto, sumado a nuestros escasos, más bien nulos, conocimientos entomológicos, hizo que tratáramos de identificarlo y clasificarlo en los insectos que conocíamos medianamente, y pasó de ser un mosquito a una mantis religiosa en un santiamén, pasando por un alacrán, un grillo o cualquier otro insecto que nuestro bagaje enciclopédico nos permitiera. Desde ya descartamos un arácnido porque sólo contaba con seis patas. Por esta razón también desechamos que fuera un miriápodo. Más tarde me aseguraría de que no era un himenóptero, pues carecía de alas: a menos que si las tuvieran las castas reproductoras de su especie, pero eso sí que me impresionaría. Le mandé una foto por celular a mi nena, la más grande, para que la compartiera con mi (nuestra) nena, la más chiquita.

Una de mis compañeras, y expresando que uno teme lo que desconoce, propuso matarlo. Es cierto que impresionaba y que no estábamos seguros de si picaba o no… o si mordía o si expulsaba un gas venenoso, o si podía ahorcarnos o degollarnos. Y entre los pocos conocimientos que albergábamos estaba el de que los colores llamativos suelen avisar de un peligro, conocimiento proclive a los errores que nos haría acariciar una viuda negra y saltar horrorizados ante una mariquita o un pez payaso. En fin, sin ser budista ni nada parecido, opté por la vida del artrópodo y juzgué innecesario el crimen. Mi compañera confesó que su padre actuaba de manera semejante y prefería soplarlos a matarlos. Y si bien nos quedó cierto recelo, que nos hizo tratar de ubicarlo a cada momento, sobre todo para certificar que no lo teníamos en la nuca, el bicho deambuló por la mesa a sus anchas.

Y ahora viene lo interesante o espeluznante. En un momento de la tarde, nuestras actividades hicieron que nos olvidáramos del insecto; es más, con el trajín y la cantidad de personas que transitaron por nuestro lugar de trabajo, era hasta probable que estuviese muerto, pero a causa de un delito culposo y no doloso, como proponía mi compañera. Una vez pasada la batahola, y vuelto todo a la tranquilidad, me dirigí a los sanitarios (ahora entiendo por qué no me gusta la palabra “natatorio”), ubicados a unos 60 metros de nuestro puesto de trabajo. Diez metros antes siento una tenue cosquilla en mi antebrazo izquierdo. Evité cualquier movimiento brusco, y ahí lo vi: el invertebrado trepando por mi brazo, con sus patotas quebradas y ásperas y sus antenas flexibles y oscilantes. Dejé que alcanzara la parte de mi cuerpo que cubría la remera y aproveché para preguntarle al personal del natatorio, puesto que ellos estaban allí todos los días, si estaban familiarizados con el insecto. No. Jamás habían visto uno así. Alguien se ofreció a quitármelo a fuerza de un castañazo limpio. Le agradecí pero le dije que ya me las arreglaría. Entonces soplé siguiendo los sabios consejos del padre de mi compañera. Nada. El bicho inclinó su cuerpo hacia delante y se aferró con ganas a mi remera. Volví a soplar, esta vez con más fuerza, y él repitió el mismo gesto, con más ahínco, dejando su parte trasera semi levantada y achicando distancias en su parte delantera y mi remera, apoyando su minúsculo pechito contra el mío, obstinándose contra viento y marea. No voy a exagerar y decir que pude sentir sus latidos, pero sí me pareció verle la cara, frunciendo el seño y cerrando sus ojitos. Ya no temí una picadura, sino que me dio pavor su obsesión; no le di un tincazo pero lo aparté lo más suave que pude con el meñique; no vi dónde cayó. Meé con un leve cargo de conciencia.

Al terminar la jornada, recogimos todos los bártulos y regresamos cada cual a su hogar. Mi casa se encuentra a catorce cuadras del natatorio. Llegué, saqué el equipo de mate, dejé mi mochila en el comedor, y me dispuse a emprender las tareas de cocina para la cena. Yo no lo ví, lo vio mi nena, la más grande, y lo reconoció por la foto que le había mandado. trataba de salir de un bol donde ponemos algunas frutas o verduras; se esforzaba y antes de llegar al borde resbalaba y volvía a caer. Antes de que la más grande de mis nenas entrara en pánico, agarré una espumadera y logré que se subiera. Lo saqué a la calle. Después me arrepentí: debí dejarlo en algún cantero o una maceta en el patio o en el balcón. Lo dejé en una parte del frente de la casa que es como una medianera baja, como una repisa que funciona como asiento de piedra. Se quedó ahí, frotándose con fuerza una antena con sus dos patas delanteras, como si a él lo hubiera picado algo, como enojándose de que la señal que él esperaba no llegase. Volví adentro y seguí cocinando, pero siempre con la mente puesta en el bicho. Cualquier mente pseudocientífica podría argumentar que no se trataba del mismo, que podría tratarse de cuatro, cinco o la cantidad de bichos de esa especie (incluso no faltaría quien asegure que seguramente eran vidas extraterrestres) que hicieran falta para justificar el recorrido y el apego. Yo sé que no, que se trató siempre del mismo. El nombre lo propuso mi nena, la más chiquita, cuando salí a mostrárselo y trataba de buscar una aplicación o una manera online de poder saber de qué insecto se trataba. Ahora lo sé: se trata de Shazam.

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Qué me vienen a hablar de Venezuela

febrero 14, 2019 at 11:47 pm (Diarios de Motoneta (el Chango Vergara))

A un país democrático se lo puede reconocer fácilmente: es el que no tiene empacho en mostrarse sometido a los designios e intereses de una potencia imperialista, colonial. Por oposición se puede reconocer a los países con regímenes totalitarios, antidemocráticos, fascistas y alineados a las fuerzas de Satán. De la misma manera debemos saber que el fraude electoral se produce cuando la mayoría no vota a los candidatos conservadores, cipayos, oligarcas y genuflexos ante la colonia. Un mismo sistema electoral puede dar a un ilegítimo usurpador del poder como a un gerente de empresas privadas que bien se lo merece. Igualmente, un delincuente detenido por golpista y por causar muchas muertes es considerado preso político, mientras que los presos políticos, en los países arrodillados ante el imperio, son tratados como delincuentes y asesinos. Sobran los ejemplos. Y por supuesto: libertad de expresión es cuando más del 80% de los medios de comunicación puede consensuar tranquilamente, y sin que disonantes voces los molesten, sobre qué y cómo hay que opinar en torno a los asuntos que para ellos son importantes.

Y tantas veces repitieron y mintieron sobre eso que al final la gente termina creyéndoselo. Incluso los mismos periodistas terminan creyéndoselo. Y a muchos les viene bien esa credulidad. Y unos mienten y otros repiten, y no les mueve en absoluto ser parte de esa farsa, de esa ficción. Y ahí están los que corean con aire cansado y reprobatorio que el tirano de Maduro rechaza la ayuda humanitaria. Y les es más fácil canturrear eso y amargarse en el estribillo que recordar lo que le pasó a Irak, a Libia, lo que le podría estar pasando a Siria, cada vez que Estados Unidos o Europa, tan consternados ellos por el ser humano universal, mandaron su “ayuda humanitaria”. O leer por ahí, en uno de esos medios tan desentonados (¡que menos mal que son pocos y no alcanzan ni el 20% del total!), que esa ayudita que les querían meter los antes mencionados era bastante miserable. Durante 2017 y 2018 los buenazos de EEUU y Europa mandaron una ayuda de 60 millones de dólares, siendo que el bloqueo que esa misma gentuza le hace a Venezuela es de 20 mil millones. Es decir que, dándole al pueblo venezolano un 0,3% de lo que le usurparon, estos desgraciados sienten no sólo el derecho sino la obligación de tener injerencia en su soberanía. Y usted me preguntará: “¿No estará usted exagerando?”; y yo le contestaré que basta con que un pelandrún de Estados Unidos, con un mediano poder en el dedo índice (pero que llega a hacer estragos con el mayor), pronuncie las palabras “Narcotráfico”, “Ayuda Humanitaria” o “Democracia”, para que el erario de ese país pase a solventar otra base militar más fuera de su territorio. Pero no sólo ese país y los de la comunidad europea. Por supuesto que hay corporaciones multinacionales que tienen un corazón enorme y se angustian notablemente ante un pueblo que sufre y que poco les importan esos mundanos bienes como el petróleo, el gas, el oro, los diamantes, el coltán, etcétera, etcétera.

Ahora imaginemos que un congresista norteamericano se sienta sobre la falda del monumento a Abraham Lincoln y se autoproclama presidente de su país. No pasarían cinco minutos sin que una certera bala arruinara y manchara de carmesí el traje del malogrado presidente (tanto el del viejo y marmolado, como el del nuevo y autoproclamado). A las 24 horas gran parte del mundo estaría repitiendo que el congresista no sólo era irrespetuoso con la memoria de ese país, sino que además era un despechado terrorista perteneciente a un comando palestino-venezolano-iraní entrenado en Nizhni Nóvgorod por la mismísima Viuda Negra. Y casi al unísono saldrán los lameculos de siempre a declarar que el sistema y la justicia funcionan, y por eso es importante que los más poderosos nos metan mano y administren nuestros recursos, nuestra justicia y nuestra soberanía.

Sin embargo, va un tipejo en Venezuela y desconoce el voto de más de seis millones de venezolanos, es decir el casi 68% del electorado, y tan tranquilo se autoproclama presidente. Diez minutos, una hora, dos días, una semana después el tipejo conserva su frente y su traje intactos. Otros igual de payasos (aunque estos sí elegidos) e igual de muy poco graciosos salen a reconocer su cargo.

Entre los primeros en salir a apoyar este desvarío, ¡faltaba más!, Estaba Trump. ¿Cómo no iba a estar entre los primeros si seguramente estaba al tanto de eso aun antes de que ocurriera? Y luego su séquito de impresentables: Bolsonaro, Piñera, el desleal Lenin Moreno, sus pares de Colombia, Perú, Paraguay y, por supuesto, el nuestro que, ¡pobre!, no entiende nada de lo que pasa: su país se incendia y él lo único que pretende es ser el hijo predilecto de Trump porque su padre, el verdadero, nunca dio un rublo por él. Y se pone a hablar de democracia cuando intenta proscribir por cualquier vía a Cristina, incluso mediante jueces y fiscales extorsionadores, y cuando su campaña electoral consiste en robar datos e identidades de la población, luego de haberles vaciado los bolsillos y la heladera. A su par, e hiperbólico nominal, francés también se le quema el país, y también sale a bancar este fantoche, al igual que el español. Ahora pregúntenle a este último qué es lo que está haciendo y cómo está obrando, no ante un tipejo, ante una marioneta caprichosa, sino ante un pueblo que desde hace años busca emanciparse de un Estado que lo oprime, y plantea una República independiente. Seguramente, y por corrección política, no contestará que cagándolos a palos y encerrando a sus referentes en condiciones infrahumanas. Asimismo el alfil de Estados Unidos en la OEA y otros igual de impresentables a los que también les demora en llegar la bala.

Hay algo en común en este tipo de personajes: son malcriados, mal aprendidos, caprichosos y maleducados como buen nene de papá. Y para mantenerse en su antojo contratan a un ejército inmensurable capaces de decir que el rey va vestido y sin sonrojarse aunque ande con el culo al aire. Y unos obedecen y repiten, y otros acatan y repiten, y un montón más repite. Porque hay que combatir el mal, y por eso tanto los unos como los otros van a la iglesia a rogar que una bala se estrelle en la frente del Papa porque no fue capaz de posicionarse a favor de una marioneta que decide ser presidente de un día para el otro sin elecciones, y sin aceptar el diálogo de paz que propone tanto su mandatario (el verdadero, el elegido) como gran parte del pueblo venezolano. Claro, me faltó especificar: diálogo es ese proceso donde el interlocutor escucha silenciosamente y sin interrumpir, las barbaridades de uno de estos especímenes, independientemente de si saben hablar y pueden articular una oración entera sin ponerse en ridículo. Y así como definen el diálogo definen una investigación periodística: si molesta y no coincide con el consenso de los medios que ocupan el 80% del mercado informativo (que son los que tapan o te hacen tapa), se trata de una operación planeada por un servicio de inteligencia ruso y cruento; pero hablar de bóvedas que se abren para adentro, imaginar un diálogo, desviar el tema, repetir lo que las agencias le mandan repetir o abundar en condicionantes sería periodismo independiente.

Cuidado con las palabritas, porque un usurpador, al parecer, nunca será aquél que invoque la injerencia extranjera, que permita que los buitres metan sus zarpas, en el cuerpo herido, pero no muerto de un país. Apoyado por los carroñeros internos que reconocen que de no ser así de serviles, tendrían que competir con gente bastante más capaz que ellos. Y al no tener más herramientas que una lengua ávida y desvergonzada, se verían en la obligación de tener que aceptar su inacabable mediocridad.

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Memorias de unas vacaciones

febrero 8, 2019 at 3:15 pm (Diario ínfimo (Sebastián Irtzuberea))

Martes

Cuando vimos que alquilar un coche era apenas un poco más fácil que sensibilizar a Christine Lagarde, desistimos de nuestra aventura por los Valles Calchaquíes. La idea era ir lentamente, parando cada vez que nos diera la gana de hacernos los bucólicos, y pernoctar en distintos tramos del recorrido. Al final, y dado el inconveniente mencionado, decidimos pasar todas las noches en un solo lugar, tomando, además de no obviar el precio, la precaución de que el lugar no estuviera demasiado lejos, ni tan cerca que nos hiciera o permitiera volver ante cualquier eventualidad.

Foto: Brian Abán

La imposibilidad de alquilar un coche no fue del todo desafortunada, porque con auto teníamos planeado parar en campings… en carpas. Y conociéndome, nos hubiéramos pegado la vuelta al segundo día, y más teniendo en cuenta la facilidad con que el clima se daba a la lluvia. En resumen: tomamos un autobús que nos llevó a Trancas, en Tucumán, y de allí otro semi-urbano que nos alcanzó a San Pedro de Colalao. No mucho para reseñar, excepto que el conductor de este último trayecto, al principio, intentó o hizo algunas anotaciones mientras conducía y tuvo que encarrilar de golpe al vehículo en varias ocasiones, porque éste se iba para la banquina. Cuando terminó de anotar fue peor, porque para mí estaba a punto de quedarse dormido, pero como llevaba gafas de sol no podía cerciorar mi presunción. Cada tanto se acercaba algún pasajero invocando una parada próxima o preguntando por otra; esto lo mantenía despierto.

San Pedro de Colalao carece de algunos beneficios muy aptos para el goce de la buena burguesía. Pero también para los otros. Por ejemplo, hay un solo cajero que se queda sin efectivo en pleno fin de semana. Y luego, cuando vuelven a depositar dinero, es tal la demanda que se recalienta, y cada cierta cantidad de personas deja de funcionar hasta nuevo aviso; las colas son interminables. Los comercios tampoco tienen muy afianzado el uso de tarjetas, sean de crédito o de débito; algunos las aceptan según la hora del día. Suelen acusar a la caída del sistema pero a mí me suena a arbitrio o capricho. También es difícil conseguir una bolsa de hielo. Hoy ni en la gasolinera tenían. Esto se explica, quizá, fácilmente: no hay agua, la cortan cada dos por tres, o sale turbia por la crecida del río. Igual, lo de bañarse diariamente está sobreestimado.

Hoy, siendo el segundo día en San Pedro de Colalao, mientras buscaba cualquiera de esas cosas, agua, hielo, dinero, cortes de carne para asado, se frenó un auto cerca de mí. Ya me preparaba para decirle que no era del lugar, pero que ya tenía una idea de qué cosas jamás iba a encontrar aquí, cuando el conductor me preguntó si por casualidad no necesitaba un taladro. Estuve tentado en preguntarle si recibía tarjeta de débito, pero nomás le dije que gracias, pero que ya había venido con mi mujer.

Miércoles

En todo caso vacacionar no es más que cambiar el escenario del tedio; es cotizar el aburrimiento, pagarlo más caro (aunque mucha gente se empeñe en creer que es para descansar). Eso en caso de “salir de vacaciones” en el sentido de alejarse del hábitat cotidiano. Porque es verdad, en el inconsciente colectivo deambula la idea de que si uno no se distanció y gastó mucho dinero para convertir lo prescindible en algo vital, siente como si no hubiese salido de vacaciones. Pero si se pone atención, ese mismo uno que regresa de su “salida de vacaciones” siente como si no hubiese descansado.

Foto: Brian Abán

Cuando me desperté la segunda mañana (porque el primer día llegamos por la tarde), no había luz: la habían cortado. De haber estado usando el ventilador de techo lo habría notado más temprano, pero por suerte refrescó las dos primeras noches (y espero que así continúe, porque el ventilador de la habitación donde duermo (que es también comedor) tiene un foco agarrado de una manera que no debe ser la habitual, porque cuando lo encendí para probar, el foco comenzó a girar al compás de las paletas, golpeándose contra las paredes de la tulipa. Me pareció que eso ponía en riesgo la integridad del foco, hecho que me tendría que chupar un huevo, porque no había luz de todas formas, por lo que tampoco puedo poner a andar el ventilador.

Me desperté por la lluvia, y porque oí desde la ventana que tres personas debatían sobre la desaparición de un teléfono celular, ocurrida la noche anterior. Habían diferentes conjeturas. Se hacía hincapié en la negligencia del nieto del damnificado, de nueve años y díscola atención, pero aun así se ponía énfasis en que el aparato debía seguir dentro del predio del hospedaje. Desde mi cama los escuchaba como quien oye llover. Después de desayunar me preocupé e involucré en el hecho, porque nos habíamos relacionado, y de manera grata, con el hombre del celular, su mujer, la hija y el nieto (el principal responsable, pero el menos sospechoso). Revisamos el predio con cautela. Las cámaras de seguridad nos darían una referencia cercana, pero la luz no había vuelto aún. Se volvió a largar fuerte y nos quedamos charlando con esta gente en el quincho, de bueyes perdidos y de otros cornudos que gobiernan el país. En un momento, un chico (uno de los mellizos hijo de una de las tres personas conjeturantes), apareció con el hallazgo. Fue raro: lo encontró bajo la lluvia más intensa en un lugar que había sido revisado en varias oportunidades (como en el caso de Sergio). Mi santiagueño amigo se contuvo de mayores indagaciones. no culpo al niño, ¡ojo!, otras personas residen en el complejo, incluso los dueños y sus hijos y sus nietos (uno de los dueños era la tercera persona que debatía).

Pero bueno, apareció el cuerpo, pero no se resolvió el misterio y los culpables siguen impunes. Por la tarde fuimos al zoológico.

Jueves

Esta mañana se fue la vecina junto a sus hijos mellizos, con los que comimos un asado anoche. Hemos tomado la costumbre de trabar relaciones con gente que se va al día siguiente. Supongo que es una manera inconsciente de evitar excesos o abusos de confianza de cualquiera de las dos partes. Al igual que con la pareja anterior, con esta chica (la madre de los mellizos) también compartíamos puntos de vista similares en algunos aspectos y en la comprensión de eso que llamamos realidad. El hecho no es menor si tenemos en cuenta que coincidíamos con el periodo vacacional de nuestro presidente, circunstancia que hacía que nuestro ocioso status se viera legitimado por el cargo público de mayor importancia, coincidencia que, en realidad, carece de cualquier valor por dos razones: primero, porque es muy difícil no coincidir con los tiempos de holgazanería de ese vago inoperante; y segundo, porque nadie en su sano juicio debería coincidir en nada con el mentado, y a la vez innombrable, funcionario.

Es una pena porque mi nena, la más chiquita, había hecho buenas migas con uno de los mellizos, y la más grande con la madre. Por supuesto que es más fácil hacer amigos a edades tempranas. Por lo pronto he decidido ponerme a leer. Ante la suposición de que tendría harto tiempo libre me traje (o debó decir “me llevé”) tres libros. También está el mito que en vacaciones uno hará todas esas cosas que suele postergar por la rutina, pero la verdad es que no estoy leyendo un pomo y presumo que no alteraré esta inercia. El tiempo que tengo libre lo estoy dedicando casi enteramente a la inacción. Este modo de aparentar reflexión hizo que me centrara en un antiguo dolor de muelas (o de lo que queda de ellas: una fue una reparación hecha hace menos de tres años pero la perdí la semana pasada cuando un Sugus masticable de menta). El asado debió alentar la inflamación.

Ignoro cómo hacía las peregrinaciones este santo, pero llegó a la iglesia de San Pedro de Colalao. Al fin de cuentas son los ángeles los que no tienen sexo.

Aprovechando que el día estaba fresco y que no teníamos con quién jugar, fuimos a visitar la promocionada gruta de la Virgen de Lourdes. Nos habían mencionado la belleza del camino, la excelente imitación de su par en Francia debido al trabajo de un arquitecto traído especialmente de ese país. El camino es, como cualquier otro, un armado de cemento y arena u hormigón o lo que fuera que le ponen a los caminos, de dos o tres metros de ancho, ciento veinte de largo, con una pendiente de 45 grados, plagado de recomendaciones, directrices y obligaciones con el fin de no alterar el debido silencio en el que la virgen puede escuchar las plegarias que le dirigen (incluso recomiendan, en dos o tres oportunidades, “ir correctamente vestido”). El camino concluye en la imitación de la gruta francesa: otro bodoque de cemento de unos diez metros de alto con un gran agujero en la parte inferior a modo de cueva y una estatua de la virgen arriba a la derecha. Estoy rogando que nadie me pregunte qué me había parecido, porque será el momento en que empiece a hacer enemigos.

Para poner mi frustración y estafa en remojo, fui a la pileta con mi nena, la más chiquita. Ella volvió a hacer amigos. Al rato se metieron dos adultos más, que habían estado compartiendo unas cervezas y entablado una fructífera relación de vacaciones. La pileta no es olímpica, por lo que pronto me vi escuchando su conversación (aunque me pareció que entre ellos no se escuchaban). No sólo eso, sino que en varias oportunidades me dirigieron miradas con el fin de participarme. Yo me hice el que sin lentes no veía, independientemente de si ellos sabían o no que suelo usar gafas, me zambullí, salí de la pileta y fui a darme una ducha. No había hecho el duelo aún; no estaba preparado para una nueva relación.

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